Escuchó letanías, rezos y plegarías. Sentía su cuerpo caer en una penumbra completa, luz, mucha luz y canto de ángeles. Vida después de la vida; un camino lleno de resplandor y un portal al final custodiado por dos enormes ángeles. El cielo, sin lugar a dudas, aquella verja se abrió de par en par, con intenciones de bienvenida.
Un sentimiento refosilante recorría su ser, una tranquilidad como nunca había experimentado, justo cuando iba a cruzar la puerta, se cerró de golpe en su nariz; Ambos guardianes desenvainaron sus flamantes espadas con agresivas intenciones, uno de ellos le espetó.
—Perra del maldito, has dejado de ser una hija de Dios; ahora tu andar está vedado en este sagrado camino, has sido condenada a las sombras, comerás cenizas y sangre; vagarás eternamente y cuando tu ser se extinga desaparecerás, porque ni Lucifer te recibirá en su reino.
Oscuridad, el camino, los cantos, la verja y hasta los ángeles son devorados por una oscuridad y un vacío que se traga todo su ser.
La biblioteca llena de luz incandescente; libros, cientos de ellos. Nicolás, ese maldito cerca y ella mordiendo su muñeca, aferrándose como su única ancla a la vida, como el náufrago al trozo de madera en la inmensidad del mar. Trató de soltarla pero no podía, el sabor y éxtasis eran demasiado como para dejarla, fue el mismo Nicolás quien la apartó, usando bastante fuerza, puesto que ella no quería despegarse del brazo que ofrecía tan sustanciosa bebida.
—Basta Mériac, suficiente.
Quedó sentada en el piso, mientras él se incorporaba. Confundida por lo que había pasado. Se supone que debería de estar muerta, pero seguía viva.
—¿Qué pasó?, ¿por qué sigo viva? ¿Por qué mi corazón aún...?
Tocó su pecho para darse cuenta con terror que su corazón no latía más y no lo haría nunca jamás.
—¡Maldito engendro! ¿Qué me has hecho? —preguntó aterrada.
—Te di lo que pediste Mériac. Solo había dos caminos: morías o recibías la conversión.
Se frotó las manos ahora frías y más pálidas que nunca. Se puso en pie pero cayó de rodillas, un espasmo de dolor la hizo contraerse sobre el piso; vomitó todo lo que había en su estómago. Sus nervios estallaron unos segundos, llevando un dolor que arqueó su espalda y contrajo cada músculo de su cuerpo, que comenzaba a morir y renacer al mismo tiempo.
Sus ojos comenzaron a ver una gama de colores como nunca, con la diestra se quitó los restos de vómito de la boca. Con bastante dificultad se puso en pie, sujetó sus sienes, un cambio más. Su mente parecía estallar, sentía como si el cráneo fuera a despedazarse; podía escuchar incluso la sinapsis entre dendrita y dendrita. Las ideas fluían con mayor facilidad, el código de innumerables programas y scripts venían a su mente como si fuera dictado; soluciones a problemas que no había podido resolver. Veía el servidor de Nicolás y comprendía todo el proceso del algoritmo con mayor facilidad y se reprochaba por no haberlo roto antes, era algo tan sencillo. Muchas ideas, demasiada información que parecía detonar dentro de su cabeza; golpeando como si fuera un martillo, cada idea seguida de otro pensamiento y otro y otro, aquello no era una tormenta de ideas sino un huracán de pensamientos.
—¡Basta! —gritó llena de terror—¡Has que pare!
—Estás evolucionando Mériac, cambiando a tu nueva naturaleza, tu cuerpo ahora está acostumbrándose a los nuevos cambios, yo seré tu tutor en esta nueva vida.
—Tú... me convertiste en esto... esos ángeles... ya no soy una criatura de Dios... soy, soy.... un monstruo, una aberración a todo cuanto Dios ama... te odio —increpó con desprecio —destruiste mi alma... yo... ¡Te voy a matar desgraciado!
Una furia ingente se apoderó de ella, impeliéndole a destruir a Nicolás. Sentía su cuerpo caliente y una fuerza titánica recorrer su ser. Su visión se tornó roja, únicamente veía a Nicolás mientras una sola cosa golpeteaba como mazo su cerebro. Mátalo.
Levantó el escritorio de ébano negro como si fuera una almohada. Se lo arrojó con fatuos resultados. Le arrojó todo cuanto tenía a su alcance y cuando ya no hubo nada más que usar de misil, ella misma se lanzó a despedazarlo con sus propias manos.
Aquel puñetazo iba directo al rostro de Nicolás, pero éste se hizo a un lado, su puño encontró la dureza del ladrillo, dejando un hueco en la pared. Una serie más de ataques continuaron, hasta que de pronto perdió contacto con el piso, estaba flotando y no podía controlar su cuerpo.
—¡Déjame! ¡Maldito infeliz, voy a trozarte en tantos pedazos que tardarán años en reconocerte! Te voy a...
El silencio. Un trozo de madera del escritorio atravesó su pecho directo al corazón y dejó de moverse.
Veía todo pasar, pero no podía moverse. Sus músculos no le respondían; escuchaba sonidos pero no los ubicaba, hasta que una voz le habló.
—Es natural, muchos chiquillos tratan de matar a su
sommelier, el cambio es demasiado brusco, pero terminarás por acostumbrarte; estarás conmigo un par de noches, tus amigos ya recibieron instrucciones mías para cuidar tu tienda.
Sintió cómo el trozo de madera se movía en su pecho.
—Te quitaré esto, pero si continúas con tus infantiles rabietas, te la volveré a colocar y créeme Mériac, no habrá una tercera vez.
El movimiento volvió a su cuerpo y miró con cierto recelo a Nicolás.
—¿
Sommelier?
—Así es Mériac, toma asiento, te contaré una historia antigua, la historia de nuestra sociedad inmortal y de nuestra familia —miró fijamente a su interlocutora—. Todo sucedió hace muchos miles de años, con un hombre y un par de homicidios; nuestra historia se remonta a los inicios de la humanidad, te hablaré de la ascensión a la oscuridad del viñador maldito, Natael, el primer vampiro.