No perdió un solo día, de inmediato compró un local en la avenida Chapultepec; tenía muchos planes: poner una tienda donde pudiera vender revistas, cartas de juego, juegos de rol, equipo de cómputo, consultorías y desarrollo de soluciones integrales. Lo llamó simplemente El Refugio, porque eso significaba para ella, el refugio de una realidad que pretendía evadir.
El trabajo fue arduo. Ella realizó muchas de las reparaciones e instalaciones con sus propias manos para ahorrar dinero. Lo eléctrico, el cableado de la red, la instalación de puntos de venta, creación de inventarios; hasta se metió con algo de carpintería en su oficina. Debido a que los resultados no fueron muy favorables, estuvo obligada a comprar mobiliario nuevo.
Después de un mes de duro trabajo, al fin estaba listo. Su propio negocio, su refugio en la selva de asfalto. No tendría que volver a trabajar para nadie. Y lo mejor, le había sobrado tanto dinero que lo tenía en inversiones, las cuales le aseguraban de por vida un ingreso superior a lo que ganaba con Mario. Después de todo, uno nunca sabe.
El negocio iba de mal a regular, pero era todo lo que necesitaba. Cuando no estaba vendiendo, estaba desarrollando
software o bien navegando, invariablemente frente a un monitor.
Había modificado un poco el local para hacer una pequeña habitación en el sótano —que originalmente había sido diseñado como bodega—con baño y una cama. Dejó el departamento que rentaba desde su graduación para irse a vivir ahí. Ahora El Refugio era su hogar.
La tienda llevaba cerrado horas, pero ella seguía frente al monitor navegando y haciendo un poco de
hacking. Estuvo brincando en tantos servidores que ya había perdido la cuenta. De pronto vio un icono que llamó su atención. Era un pentágono con un círculo en su interior. Recordó su sueño. Trató de entrar pero se le restringió el acceso.
—¡Qué demonios! —gritó desconcertada.
Trató de ingresar de nuevo, pero el algoritmo de seguridad estaba muy bien diseñado. Dio un sorbo al café e hizo un nuevo intento con resultado similar. Decidió guardar la dirección en sus favoritos e intentar otro día.
“
Mala película” —Se repetía a sí misma mientras tiraba la bolsa de palomitas en un cesto cercano—. Había estado esperando tanto tiempo para verla y ni siquiera habría valido la pena descargarla de Internet. Abandonaba el centro comercial. Pasaba de la media noche, el estacionamiento estaba casi vacío. Avanzó con cierto miedo cuando alguien la empujó por la espalda con violencia, haciendo que cayera de bruces; el impacto hizo que perdiera los lentes, sólo vio una silueta algo borrosa frente a ella amenazándola.
—Quédate callada pendeja y no te lastimaré mucho —advirtió una voz aguardentosa.
El miedo se apoderó de ella como un ratón ante la serpiente. No podía ver claramente al agresor, pero sabía que si cooperaba no saldría lastimada. Las sucias manos del victimario recorrieron su cuerpo mientas que con su diestra le tapó la boca para evitar gritos.
“
Piensa en algo agradable, esto pasará rápido” —se repetía una y otra vez.
Su aliento agrio, rancio, llegó a su olfato; su cuerpo era manoseado como si se tratará de un animal. Sintió su pantalón bajar y el jaloneo de su pantaleta. Poco a poco se iba desvaneciendo, quizás sería mejor, al despertar todo habría pasado o estaría muerta, en cuyo caso no importaría mucho si quedaba inconsciente.
Cuando volvió en sí todo había terminado. Se revisó y notó que nada le hacía falta, tenía todos sus dedos, sin heridas visibles; buscó sus lentes para encontrarlos a un par de metros del lugar donde estaba recostada.
Tras despabilarse, por fin pudo ver bien, sus pantaletas no estaban rasgadas. No tenía dolor en su vientre y tampoco presentaba algún indicio de violación. Pero percibió algo de sangre en su blusa y a unos metros de ella. Se volvió a revisar buscando alguna herida, pero no encontró nada. Se alejó rápido del lugar.
“
Calma, calma, nada pasó. Quizás hasta lo imaginaste; esas cosas suelen suceder. Es más común de lo que uno cree. Ya era tarde y tenía sueño, tal vez me dormí de pie y soñé. Dicen que un segundo de tiempo real en un sueño pueden ser hasta varios años. Sí, eso debió ser; lo soñé… sino, ¿por qué estoy bien? Necesito vacaciones de manera urgente” —pensaba Mériac mientras conducía su motocicleta de camino al Refugio.
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continua en el siguiente mensaje de este hilo.
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Pasaron dos años. Mériac había llegado a la edad de veinticinco años y el negocio comenzó a mejorar. Tenía una buena cartera de clientes con desarrollos de software y mantenimiento a sistemas de datos en varias tiendas, además, una clientela frecuente para la compra de mangas y animé japonés que tenía en exclusiva gracias a varios contactos hechos en la red. Como ya el trabajo era mucho, el tiempo de comenzar a deslindar responsabilidades había llegado, por tanto, en el vitral de su negocio colocó un anuncio solicitando personal. Ahora sí, era toda una empresaria.
Una joven de dieciséis años llegó a la entrada de El Refugio. Llevaba el cabello suelto color castaño oscuro. Era de tez morena clara, ojos café oscuro y nariz respingada, que levantaba delicadamente su labio superior, mostrando el metal de sus aparatos dentales. Algo llenita, mas no demasiado. Su cuello era largo y permitía lucir un collar con piedrecillas azules; se veía el nerviosismo de ir a solicitar su primer trabajo; había pasado las últimas semanas viendo programas acerca de cómo realizar un buen currículo y una excelente entrevista de trabajo. Vestía blusa azul cielo con saco sastre azul rey; su falda llegaba debajo de las rodillas, se notaba que mostró preocupación por llevar su calzado en excelente estado, uno podía llegar a verse reflejado en éste.
“Tranquila… Con seguridad; eso es, seguridad ante todo y tendrás el trabajo” —se repetía mentalmente antes de entrar a la tienda.
Respiró profundamente para tranquilizar los nervios que comprimían su estómago entre una maraña de sensaciones y emociones; por fin se armó de valor, sujetó con firmeza la carpeta azul donde venían sus documentos y entró.
—Muy bien Beto —dijo Mériac—, mañana inicias.
El joven se veía de su edad: no pasaría los dieciséis años. De piel un tanto más oscura que la de ella y más alto. Cabello negro un poco largo para lo acostumbrado, enmarañado. Sus ojos eran oscuros sin llegar al negro, pero brillaban con la alegría de haber encontrado trabajo al fin. Su complexión era delgada, demasiado, pensó. A diferencia de ella no usaba la indumentaria que se requería para una entrevista de trabajo. Vestía mezclilla azul deslavada y una playera negra de manga corta.
Todo su ánimo desapareció. Ya habían contratado a otra persona. Ahora tendría que volver a buscar en el periódico otra oportunidad.
—Buenas tardes —dijo Mériac con una sonrisa—¿En qué te puedo servir?
—Yo... este... bueno, venía por... bueno, no importa ya.
—¡Ah! —Mériac comprendió—venías por el empleo.
—Sí —contestó con resignación—. Pero veo que llegué algo tarde.
—Pues sí —respondió Mériac con pena.
—Bueno... no importa, buscaré en otro lado, gracias de todas maneras.
Mériac se vio a sí misma cuando las puertas comenzaron a cerrársele y terminó trabajando para Mario en una empresa donde fue esclavizada; si la contrataba su margen de ganancias se vería muy reducido, pero a final de cuentas era sólo dinero.
—¡Espera! —dijo Mériac mientras la joven estaba a punto de salir—¿Puedo ver tus papeles?
El rostro de Sofía se iluminó; enseguida entregó la carpeta a Mériac. Abrió para ver la documentación, era egresada de una escuela técnica en administración con computación e inglés. Tenía buenas notas. Sofía se mostraba orgullosa cuando vio su promedio de egreso. Mériac cambió de hoja y ambas vieron una solicitud de empleo llena de borrones y tachones.
Sofía palideció, en la prisa por salir no había retirado el borrador, dejando sobre la cama el que tenía que presentar, completado con esmero.
—Este... no sé cómo ocurrió... yo tenía una solicitud perfectamente completada.
—No te preocupes, esto es mero formulismo; mira —Sofía temía la respuesta negativa por parte de Mériac—, acabo de contratar a un chavo con conocimientos de programación y mantenimiento en equipo de cómputo, además le agrada y sabe de animé japonés.
—Yo puedo aprender —se apresuró a contestar.
—No puedo ofrecerte mucho, será poco tu sueldo y tampoco voy a salirte con la mentira que te pagaré el doble en experiencia. Yo jamás cobraría por darte capacitación.
—No importa; acepto —contestó de nuevo con premura.
—Pero... todavía no te digo tus responsabilidades, ni el sueldo —repuso Mériac abrumada ante el entusiasmo de la joven.
—Bueno, por algo he de empezar en la vida —respondió sonriendo.
—Está bien Sofía, mañana inicias; te encargarás de la tienda en lo que se refiere a las ventas de revistas, pósters y películas.
—Muy bien, no te arrepentirás de haberme contratado —comentó refocilándose mientras salía de la tienda.
En realidad Mériac no tenía idea del tipo de empleada que había contratado y cómo sería de valiosa su ayuda en el futuro.
—Mériac, iremos al teatro ¿Quieres ir? —preguntó Beto.
—No, gracias, tengo que hacerle un reclamo a un proveedor, porque no ha llegado el envío de películas.
—Como gustes, nos vemos mañana.
Miró al par de jóvenes salir de la tienda y cerrar la puerta con llave, descendió hasta su habitación improvisada en el sotano del local, dónde su computadora persona la esperaba, siempre encendida y lista para lo que su joven dueña requiriera. Entró en el sitio web del proveedor; pero, nadie contestó el chat de ayuda en línea. Estaba frustrada y bastante molesta, así que decidió eliminar esos sentimientos haciendo su diversión favorita, hackear servidores. “¿Del gobierno o privada?” —pensaba mientras tomaba una posición más cómoda en la silla giratoria, “Privada, será la de ese proveedor, ya verá lo qué pasa por informal” —hizo click en el botón de favoritos de su navegador. Miró el listado durante un minuto, ahí continuaba la dirección a la que no había podido entrar dos años atrás, recordó cómo se había rehusado a mostrarle sus secretos y el sentimiento de frustración causado por esa derrota se avivó.
—¡Esta vez sí! ¡Ese condenado servidor le va a bailar! —exclamó categórica.
Intentó mil y una formas de entrar, pero el servidor rechazó cada una de ellas; las horas pasaron con el mismo resultado.
—¡Pero qué demonios! ¡Ni el de la CIA es así de seguro! —gritó enfurecida.
Se puso en pie para ir a una gaveta, sacó un puñado de hojas y las leyó con avidez; durante un par de minutos sus ojos pasearon entre líneas de código; para muchos eran simples garabatos, para Mériac, partituras de una hermosa sinfonía que sólo ella podía escuchar. Volvió al teclado y reinició su ataque contra el servidor.
—¡Hasta qué! —Gritó llena de júbilo, haciendo girar su silla rotatoria.
Había logrado vencer el sistema de seguridad después de varias horas de estar atacándolo, Al fin hurgaría en los archivos. Un servidor con tal seguridad tendría información muy importante, digna de verse.
—Pero… ¿Qué es esto? —se preguntó desconcertada en voz alta.
Se topó con una gran colección de archivos de texto; cientos de miles de ellos; pero, lo que llamó su atención fue una carpeta con el símbolo que tenía la entrada del servidor.
Entró en ella y vio varios documentos que descargó en su máquina. Tras un rato de navegar encontró lo que había estado buscando con vehemencia: un contenedor de datos.
Decidió manosearlo “Aquí debe de estar lo que tan celosamente proteges” —pensó excitada. Encontró nombres, direcciones, teléfonos e itinerarios; al revisarlos, descubrió varios nombres: algunos en italiano, otros al parecer en copto; el resto ni siquiera podía pronunciarlos a la primera leída, pero sonaban muy antiguos, incluso parecía haberlos leído alguna vez en páginas que hablaban de rituales con demonios babilónicos, como Assur-ballit; pero sobre todo un nombre que —sin saber bien por qué— estremeció todo su ser, envolviéndola en un escalofrío como nunca en su vida había sentido: Natael.
—¡Tanto trabajo para esto, con un carajo! —golpeó la mesa—, de haber sabido mejor hubiera ido al teatro.
Unas semanas después lamentaría no haberlo hecho.