Había terminado la carrera en Sistemas Computacionales. Como todos imaginaban, se había graduado con honores. A pesar de obtener su título por excelencia académica, había logrado terminar una tesis bastante completa acerca de redes neuronales y su aplicación en la nanoelectrónica. Su familia estaría feliz —claro, eso si les importara su vida—. Como era de esperarse no asistieron a la entrega de reconocimientos. Al igual que toda su vida, estaba sola. Vio a Servando al lado de la misma chica con la que lo había visto besarse un par de años atrás.
Un compañero se acercó a ella para levantarle el ánimo, pues se veía taciturna y triste.
—Vamos Mériac iremos a comer, estás invitada.
Sonrió, después de eso se alejó hacia el camino de siempre: tomar un camión para recorrer la trayectoria hasta el hogar. Con suerte y en casa habría comida congelada, que ingeriría con un poco de televisión donde vería las historias felices de familias reunidas o de grandes amores consumarse al final de una gran prueba; ilusiones que el medio vendía para gente como ella, que sólo conseguían aumentar el vacío que había en su alma.
La rutina es tan adictiva que un breve cambio en ella es suficiente para alterar por completo a una persona. Ensimismada, no vio a ese vendedor que iba directo suyo hasta que lo tuvo de frente. Entre sus manos traía un puñado de billetes de lotería que humildemente le ofreció.
—Señorita, compre un huerfanito y… su suerte cambiará.
—Tengo toda la suerte del mundo señor, pero toda ella mala.
Trató de esquivar al sujeto, pero la insistencia de éste comenzó a ponerla nerviosa, pensó en regresar corriendo, pero… ¿si la perseguía y alcanzaba? Ante la pérdida de compostura sólo atinó a decir unas palabras mientras sacaba trescientos pesos de sus bolsillos.
—56,873 —balbuceó.
La presencia de aquel extraño la perturbaba, su mirada algo lasciva comenzaba a preocuparla; no podía ocultar que sentía miedo, la angustia de ser asaltada o incluso violada por ese desagradable personaje que no dejaba de asediarla; estaba a punto de romper en llanto, si sólo era dinero se lo daría y todo terminaría bien.
Buscó entre las tiras de billetes para sacar un entero con el número que Mériac le había dado.
—Muchas gracias señorita y mucha suerte.
Contempló alejarse al hombre y perderse entre las calles; miró los billetes para afrontar una realidad cruda que golpeó su mente: había gastado todo su dinero. Tendría que caminar hasta su casa, era la segunda vez que esto le ocurría y estaba en extremo molesta.
Tardó cerca de tres horas en llegar a su casa. Tenía tanto los pies como el resto de su cuerpo molido. Sintió un sopor enorme y decidió darse un baño; mañana comenzaría a buscar trabajo. El baño fue relajante, pero la somnolencia no menguaba, así que decidió dormir.
No obstante, el descanso que esperaba era nulo. Sus sueños fueron intranquilos. Algo se posaba sobre ella presagiando un sino oscuro, un pentágono, con un circulo en su centro, el cual era fusionado a la primer figura por líneas que se empalmaban en las aristas. Toda la figura en rojo dando vueltas de un lado a otro en su sueño. Una silueta envuelta en azul oscuro se movía frente y detrás de éste. Sólo alcanzaba a ver el perfil de soslayo, pues se movía cada vez que ella trataba de observarla. Un dolor agudo, seguido de un placer ingente inundó su cuerpo, el cual se estremeció en espasmos de angustiante deseo. Poco a poco el sueño recuperó su calma.
Una de las ocupaciones más frecuentes en México es buscar trabajo. Llevaba cerca de tres meses en ello y cada vez se desilusionaba más, hasta que terminó de analista en una empresa dedicada a la consultoría en
software fiscal. El sueldo era patético, se le exigía hasta once horas al día y casi nunca le pagaban las extras, a fin de cuentas, por algo tenía que empezar. Al igual que muchos, cada mañana al despertar se repetía a sí misma: “
no pienso hacer esto toda mi vida”.
El trabajo era desgastante. Su jefe era un déspota que disfrutaba de atosigarla con exceso de trabajo y jornadas extenuantes. Sabía que Mériac necesitaba el dinero, así que podría explotarla cuanto quisiera, no le quedaba a ella más que resignarse.
Pasaron algunos meses; no obstante, las oportunidades se volvían cada vez más estériles. Pensaba en poner su propia consultoría, pero requería más dinero para hacerlo y aún no lo tenía. Llegó a su departamento después de una jornada normal de once horas, encendió su PC y decidió navegar un rato.
No se percató de la cantidad de horas que llevaba
surfeando entre las redes de la Internet, brincando de un lado a otro, bajando archivos; opinando en foros, leyendo boletines en línea y demás cosas, hasta que el frío caló un poco sus huesos, por lo cual decidió tomar una chamarra. Al hacerlo, cayeron al piso dos trozos de papel, uno pequeño, otro más grande. Eran los billetes de lotería que había comprado hacía un par de meses y que había olvidado por completo. Los tomó con cierto dejo y desdén. Miró el monitor.
Entró en la página de Internet para buscar dichos números, haciendo la búsqueda por fecha; el puntero del ratón se posó en la fecha del primer boleto y lo pulsó “
como si me fuera a sacar algo”.
Su sorpresa fue mayúscula: ¡El número 258,697 había ganado el premio mayor! Al ser un vigésimo le tocaban ciento veinte mil pesos. Sus ojos miraron con miedo el entero que había comprado, su mente hizo un cálculo rápido.
—¡Dios mío, ciento veinte mil por veinte son casi dos millones y medio! Vamos Mériac, ¿qué estás pensando? Ya tuviste mucha suerte con un cachito, ¿piensas acaso que…?
Tomó con firmeza al ratón e inició una nueva búsqueda; permaneció durante varios minutos observando la fecha del sorteo. Su dedo vacilaba entre presionar o no el botón. Esa cantidad de dinero terminaría con sus problemas. El sonido del clic parecía lejano, como un eco distante, la barra de estado de su navegador mostraba la palabra CARGANDO y un avance de la información descargándose en su máquina. Nunca le había parecido tan lenta la descarga de una página. Sus ojos miraban la pantalla blanca, propia de una página en proceso de visualización.
Lo primero que vio fue la barra de estado, HECHO; miró de reojo el billete y posteriormente la pantalla. Recorrió lentamente, buscando con lentitud, leyendo cada premio: mil pesos, veinte mil; reintegros; hasta que leyó PREMIO MAYOR en una serie: seis millones de pesos.
Cerró los ojos, apartando el rostro del monitor.
—¡Seis millones!, ¡seis millones! no son dos… ¡son seis! —dijo en el paroxismo del éxtasis—Calma, calma, respira lento y miremos el número de una maldita vez.
De golpe vio el número en el monitor y un gran suspiro emergió de su garganta; no era su número. Al menos tenía ciento veinte mil pesos, los cuales le servirían para poner su negocio. Tomó el ratón para cerrar la ventana, pero su mano se negó a continuar con la acción a pocos segundos de conseguirlo.
El premió por el segundo lugar: tres millones en una serie ¡Ahí estaba su número! ¡Era dueña de poco menos de tres millones de pesos! —quitando impuestos claro está—; comenzó a gritar pletórica de júbilo, brincando por toda la habitación.
—¡Dios! —extendió los brazos y comenzó a girar sobre si —¡si tuviera enfrente a ese pordiosero hasta lo besaría! —gritó eufórica.
El refosilante sentimiento no le permitió percatarse que no estaba sola en su habitación, detrás de la ventana una silueta la observaba, nada extraño que alguien observara por una ventana, de no ser porque el departamento de Mériac se encontraba en el quinto piso.
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