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Boudica. La mujer que osó desafiar a Roma.

DrawenaDrawena Pedro Abad s.XII
editado mayo 2010 en Histórica
Boudica: la mujer que osó desafiar a Roma

Primera parte
La mordedura del látigo
Año 43 d.C. El emperador romano Claudio invade la isla de Britania en busca del enriquecimiento de sus agotadas arcas imperiales y de nuevas tierras que conquistar. La explicación del emperador a Roma, la llamada de auxilio del rey britano Verica, aliado del Imperio, cuyo reino es atacado por sus enemigos. En ese mismo año, las tropas enviadas por Claudio acaban con las revueltas, consiguiendo una aplastante victoria sobre once reyes locales y apropiándose de sus tierras, que pasan a manos del Imperio Romano.
La noticia se extiende como la pólvora por Britania, llegando a oídos de Prasutagus, rey de los Icenos, que propone una alianza a Roma. Ésta se basa en la ayuda militar y económica al rey britano mientras éste viva, y a cambio, la mitad de sus tierras y bienes serán entregados a los romanos cuando el monarca fallezca.
Como con tantos otros reyes de Britania, Roma acepta y cumple su parte del trato con creces: Prasutagus ve como los icenos progresan gracias a la ayuda romana, como sus tierras se convierten en unas de las más ricas de toda la vieja Alvión, y como sus gentes viven en paz gracias a la protección que les ofrece el Imperio. Son tiempos felices, luminosos, que apenas se ven oscurecidos por las negras nubes que comienzan a ensombrecer el horizonte y que Prasutagus no llegará a ver caer sobre él.

Trece años antes de esa alianza, nació en el seno de una familia noble icena un bebé, una niña de hirsutos cabellos rojos y llantos enérgicos y pertinaces que ya hacían presagiar su carácter duro y salvaje, aunque no el destino oscuro y trágico que ya le estaba reservado. Su nombre pasaría a la Historia como el perteneciente a una de las más grandes heroínas que han existido nunca y que más han quedado ocultas en las sombras: Boudica, cuyo significado cobraría sentido durante casi toda la vida de esta valiente mujer, y se recogería casi dos mil años después para ensalzar la figura de otra reina con el mismo nombre.
Esta es la historia de Boudica,”Victoria”: la mujer que osó desafiar a Roma.

Poco o nada se conoce sobre la infancia y adolescencia de Boudica. Nacida alrededor del año 30 d.C., fue educada acorde a su rango de noble y casada con el rey de los icenos, Prasutagus, cuando apenas tenía dieciocho años, naciendo sus dos únicas hijas poco tiempo después. Gracias a la alianza de los icenos con los romanos, las tierras de Prasutagus gozaban de riqueza, libertad y seguridad. Sus súbditos eran felices, y su familia disfrutaba de la prosperidad y la calma, en apariencia inquebrantables.
Pero las vidas de Boudica, sus hijas, y todos sus súbditos dieron un brusco giro en el año 60 d.C, cuando las nubes negras se cernieron sobre los icenos como un mal presagio de todo lo que estaba a punto de ocurrir...


Llovía de forma pertinaz y obstinada aquella fría noche del año 60 d. C., empapando la lluvia los verdes campos que rodeaban lo que parecía ser un pueblo de casas de madera y piedra. No obstante, y a pesar de la tormenta y el frío, una pequeña multitud se había dispersado alrededor de una de las moradas más grandes y soberbias, envueltos en gruesas ropas de abrigo y aguantando como podían el temporal. Todos estaban sumidos en un silencio sobrecogedor, observando temblorosos el interior de la casa iluminado por una frágil luz rojiza.
Dentro, la lluvia repiqueteaba insistentemente sobre el tejado de madera, produciendo un sonido vivaz que inundaba la más amplia habitación, tenuemente iluminada por las antorchas que ardían en las manos de cinco hombres. Estos rodeaban en afligido mutismo un lecho ocupado por un hombre pálido y escuálido, tapado hasta la cintura con mantas, cuyas manos temblorosas descansaban sobre su vientre. Su respiración era regular y su rostro surcado de arrugas mostraba un leve rictus de dolor.
De pie junto al lecho, tres mujeres, dos de ellas apenas unas niñas, observaban al enfermo con la angustia y el dolor grabados en sus macilentos semblantes. Los hombros de las dos muchachas estaban rodeados por los brazos de la mujer adulta, en actitud protectora. Era Boudica, la reina de lo icenos y esposa de Prasutagus; llamaba la atención por su altura, poco habitual en una mujer, pues llegaba a superar a la de muchos hombres. Su cuerpo era esbelto y espigado y su tez poseía un suave tono pálido que contrastaba con el profundo color negro de sus ojos fieros y duros; una cascada de cabellos rojos como el fuego caía desgreñada hasta sus caderas. Su indumentaria constaba de una larga túnica multicolor, un grueso manto ajustado y sujeto por un broche y un largo collar de oro. No tenía más de treinta años, pero las arrugas de preocupación que cruzaban su rostro le hacían parecer mucho mayor.
El enfermo postrado en la cama fue entonces presa de unos súbitos temblores silenciosos y las antorchas iluminaron su semblante pálido y sudoroso, marcado por el dolor. Hasta que, por fin, Prasutagus emitió un quedo jadeo y quedó inmóvil sobre el lecho, mientras sus párpados caían pesados sobre sus ojos.
Las dos muchachas rompieron en débiles sollozos, y por sus mejillas comenzaron a caer gruesas lágrimas cargadas de desolación y angustia. Uno de los cinco hombres que rodeaban el lecho se acercó con respetuosa lentitud hasta el enfermo, se arrodilló junto a él y le susurró:
- ¿Mi señor Prasutagus? ¿Señor…?
Pero el aludido no respondió a su nombre, solo se quedó inmóvil, paralizado en los oscuros brazos de la muerte. El hombre arrodillado frente al cuerpo alzó la mirada hacia Boudica, quien negó con la cabeza mientras una solitaria lágrima caía por su mejilla, única muestra de su dolor.
Sabía lo que todo eso significaba, y que la muerte de Prasutagus era el principio de un periodo oscuro y doloroso. Boudica abrazó con fuerza a sus hijas y abandonó la habitación, dejando a sus espaldas el cuerpo exangüe de su esposo, y la felicidad y la alegría que hasta ese momento habían dominado su vida.

Comentarios

  • DrawenaDrawena Pedro Abad s.XII
    editado mayo 2010
    El enviado de Roma llegó al encuentro de Boudica apenas hubieron enterrado a Prasutagus. La reina no se sorprendió cuando le comunicaron la llegada del mensajero romano y lo mandó llamar ante ella. Cuando los soldados icenos entraron en la gran sala destinada a las audiencias del rey, escoltando a un hombre alto y enjuto, Boudica ya ocupaba su sitial frente a la entrada, rodeada de sus más fieles guerreros. El enviado de Roma no dudó al atravesar la sala y colocarse frente a la reina, a pesar del fiera imagen que ofrecían esta y sus hombres con sus muecas salvajes y sus ropas burdas y toscas. El heraldo alzó la barbilla, como queriendo demostrar que no les profesaba ningún temor.
    - Reina Boudica – saludó el romano, sin hacer ningún ademán de respeto – Roma llora la pérdida de tu rey y está conmocionada por su repentina muerte. Prasutagus fue un fiel servidor del emperador, y nadie más que él siente la dura agonía que tuvo que sufrir. No obstante, la muerte de Prasutagus significa para los icenos el cumplimiento de su parte del tratado de paz, dado que Roma ya lo ha cumplido con creces.
    La única reacción de Boudica ante las palabras del mensajero fue entornar los ojos, acrecentando así la mueca feroz que cubría sus facciones.
    - El emperador Nerón exige que las tierras pertenecientes a los icenos pasen a formar parte de Roma como una provincia más, y que todos sus bienes sean confiscados para que se conviertan en parte de las posesiones romanas, así como la dote de las hijas de Prasutagus.
    - ¡Ese no era el trato! – exclamó uno de los guerreros de la reina – el tratado declaraba que sólo perderíamos la mitad de nuestros territorios.
    - La generosidad de Roma ha sido excesiva y vosotros, icenos, habéis abusado de ella. El emperador no os reclama más que lo que ha perdido por vuestra culpa – replicó el mensajero sin perder la calma.
    - No podemos daros lo que nos pedís – señaló Boudica alzando la voz – Roma nos ha engañado y nos ha traicionado. Ahora pide tanto que no podemos darle más que lo que prometimos.
    - Entonces, reina Boudica, no te queda más que aceptar las consecuencias de tus actos y suplicar perdón ante el gran Nerón.
    Un brillo colérico apareció en los ojos de Boudica.
    - Los icenos nunca nos doblegaremos ante Roma – escupió entre dientes.
    - Eso ya lo veremos.
    El mensajero se volvió y con expresión triunfante abandonó la sala ante la iracunda mirada de los icenos, que vieron impotentes como el heraldo escapaba de ellos sin el menor rasguño tras la insolencia que había cometido contra su reina.
  • Alejandra Correas VázquezAlejandra Correas Vázquez Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado mayo 2010
    Ví en televisión la recreación de Boudica en canal Historia, me resultó muy interesante. No cambia empero la historia de Inglaterra donde su iglesia da misa en latín y se enseña Roma y latín en sus escuelas, la parte inglesa es romana por entero (sobre todo en tema de impuestos e imperialismo).

    Galos-celtas son los galeses, irlandeses, escoceses, a ellos pertenece Boudica y supongo que es su heroína junto a María Estuardo.

    Muy detallado tu informe.

    ALEJANDRA
  • DrawenaDrawena Pedro Abad s.XII
    editado mayo 2010
    Pasaron los días, incluso las semanas, pero los romanos no hicieron acto de presencia en la región tras la amenaza de su mensajero. Boudica reforzó la vigilancia de los límites de sus territorios pero no dio más importancia al ultimátum de Roma; si le inquietaban las intimidaciones del imperio, no dio muestras de ello, y hasta se puede decir que las ignoró por completo. Siguió ejerciendo de reina como si no hubiera pasado nada, y la rutina continuó gobernando la vida de los icenos. No obstante, la carencia de ayuda económica por parte de los romanos no se tardó en sentir, aún a pesar de estar ya libres de impuestos, y Boudica contempló como su pueblo se hundía día a día en una triste miseria. Tanto habían dependido de Roma que al retirarles ésta su apoyo, los icenos no sabían como afrontar la escasez de recursos que repentinamente les cayó encima.
    No se imaginaban que aquello sólo era el principio de una larga lista de desgracias.
    **
    Tres semanas habían pasado ya desde que el mensajero de Roma se presentara ante los icenos. Tres semanas en las que la ausencia de Prasutagus se había hecho notar y el pueblo había languidecido a causa de la miseria que planeaba sobre él como un ave de rapiña.
    Era noche cerrada, sin luna ni estrellas por culpa de las negras nubes que oscurecían el cielo y cubrían la tierra de frías sombras. Un silencio suave y helado reinaba en la región, solo roto por el ocasional ulular del viento y el dulce murmullo de las hojas de los árboles. Los icenos dormían acunados por la suave calma que invadía su tierra, ajenos a las luces parpadeantes y anaranjadas que se acercaban a la aldea desde el oeste, rodeando sus casas.
    Los destellos de las antorchas de docenas de soldados romanos no tardaron en iluminar las fachadas de las moradas, y cuando los icenos pudieron percatarse de la incursión, ya era demasiado tarde. Las huestes de Roma entraron en el pueblo con la furia de un vendaval, irrumpiendo con violencia en los hogares y sacando a sus ocupantes a rastras, sin haces distinciones entre hombres, mujeres o niños. Todo el que se revolvió fue brutalmente apaleado hasta que dejó de ofrecer todo tipo de resistencia ante los invasores.
    Con Boudica no fueron menos implacables. Los soldados allanaron su casa presas de una sed de sangre incontrolable, la sacaron de la cama con violencia y la obligaron a salir al exterior acompañada de sus aterrorizadas hijas. Fuera, los icenos habían sido agrupados en la parte más occidental del pueblo, iluminados sus maltrechos cuerpos por las antorchas de los romanos, que obligaron a Boudica a colocarse en el centro del círculo formado por los soldados, dejando a sus hijas atrás. Sus captores la tiraron al frío suelo terroso, de donde se intentó levantar hasta que uno de los soldados la agarró por el pelo y la mantuvo inmóvil, provocando las risas burlonas de sus compañeros.
    En ese momento, un soberbio jinete montado sobre un enorme caballo negro entró en el cerco de luz formado por las antorchas de los romanos, hasta frenar su avance frente a Boudica, arrodillada en el suelo, humillada por los soldados, pero aún así mirando a los romanos con odio y desafío. El jinete, ataviado con una armadura plateada, un casco coronado por un penacho rojo, y un manto colocado sobre los hombros, miró a la reina con desdén.
    - Mira donde ha llevado la arrogancia a tu pueblo, reina Boudica – le dijo con la voz cargada de desprecio y señalando a los icenos con un amplio gesto de la mano – observa lo que ha provocado tu insolencia. A causa de la deuda que tienes con el emperador, muchos de tus súbditos quedarán relegados a la esclavitud, y los hombres de más alto cargo perderán sus privilegios para convertirse en simples despojos humanos. Aprende la lección, mujer: los desleales a Roma no quedan impunes.
    Boudica clavó en él una mirada de profunda rabia. Así pudo reconocer los rasgos de ese hombre orgulloso, iluminados por las luces de las antorchas: era el mensajero que semanas atrás se había entrevistado con ella, el heraldo de Roma. Intentó abalanzarse sobre él, furiosa, pero el soldado que la retenía la obligó a permanecer quieta a base de dolorosos golpes.
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