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Banshee

HazygnomeHazygnome Anónimo s.XI
editado enero 2011 en Narrativa
Saludos a todos. Me he registrado hoy. Os dejo uno de mis relatos para que opinéis y empecéis a conocerme un poco.

Muchas gracias por leerlo.

BANSHEE

El viejo pastor se levantó mucho antes del amanecer. Salió de la cama con cuidado, para no despertar a su voluminosa esposa que roncaba ruidosamente, mucho más fuerte de lo que él pudo hacer jamás. No era lo único en que aquella condenada mujer le superaba. Sus enormes brazos podían cargar cuatro cubos de leche a la vez, mientras que él apenas podía con dos. Pero él era más viejo, y además tenía la salud minada por las heridas de guerra y el abuso de la ‘uisga beatha’, el agua de vida, que los finolis de ciudad llamaban whisky.

De pie en la cocina, bebió un vaso de leche de oveja y masticó el duro pan de centeno que había sobrado del día anterior, regándolo con un chorrito de ‘uisga’ para ablandarlo. Bien sabía Dios que era necesario, so pena de perder los pocos dientes que le quedaban en el intento.

Se puso la zamarra de lana, escondió en ella su petaca, y se disponía ya a salir cuando un grito a su espalda le detuvo en seco.

-¡Niadh O’Keefe! Ni se te ocurra dar un paso más mientras no sueltes ese condenado licor que has escondido.

Su mujer le miraba desafiante, brazos en jarras, ocupando casi la mitad del pequeño recibidor de la casa de piedra. Alargó una mano en gesto imperioso, con la palma hacia arriba, y agitó los dedos un par de veces, reclamando el objeto prohibido.

-¡Oh, vamos, Riona! Hace frío ahí fuera. Los campos están cubiertos de niebla.
-¿Y qué día no hay niebla en esta bendita tierra irlandesa? Ya sabes lo que te dijo el doctor O’Connor. Acabarás en la tumba si no dejas de beber.
-¿Y qué diferencia hay? –respondió el viejo, depositando el recipiente en la mano de su esposa. –Desde que Egan se fue, ya no tengo ganas de seguir viviendo.
-Nuestra hija se suicidó. –contestó ella, en tono duro.- Se quitó la vida. Cometió pecado mortal, y está condenada por toda la eternidad.
-¡Por culpa de ese maldito muchacho que la dejó embarazada y se largó!
-¿Qué más da la razón? No era dueña de su vida, pero la tomó. Y tú tampoco eres dueño de la tuya. ¡Ahora vete, y cuida del ganado!

Sin decir palabra, Niadh salió de la casa y se dirigió al corral. Su perro Bran corrió a su lado y caminó junto a él. No se dijeron nada. Después de doce años, las palabras no eran necesarias entre ellos. Abrió la puerta de la cerca, y Bran hizo su trabajo concienzudamente, guiando al rebaño hacia los pastos.

La niebla era especialmente espesa aquel día, y calaba hasta los huesos. Junto a los pastos había un minúsculo castillo en ruinas, más bien un torreón. Mientras las ovejas pacían, Niadh se acercó a una de las paredes derruidas y apartó un montoncito de piedras disimuladamente colocado. Sacó la botella de ‘uisga’ que allí ocultaba, y, entre risitas irónicas, la descorchó y dio un largo trago.

Se acurrucó contra la pared, y empezó a cantar una vieja canción irlandesa.

Despertó cuando la tarde ya estaba cayendo, al notar los lametones de Bran en su cara. La botella estaba vacía. El perro ladró frente a su cara, arrancándole una mueca de dolor.

-¡Por Dios bendito, Bran! ¡No me grites así, me duele la cabeza! ¡Maldito chucho piojoso!

Apoyó una mano en la pared y se alzó penosamente sobre sus pies. Apenas había acabado de erguirse, cuando un dolor agudísimo le punzó en el lado izquierdo del pecho. Cayó al suelo, gimiendo, mientras el perro ladraba desaforadamente. Entonces oyó un lamento espeluznante, largo y penetrante, que helaba la sangre en las venas. Con la mano agarrando el pecho, se sentó en el suelo, mirando con temor los jirones de niebla que se deslizaban ante él.

-¡La Banshee! ¡Viene a por mí! ¡Mi hora ha llegado!

Bran huyó despavorido, y él vio con horror como de la niebla surgía flotando la silueta de una hermosa mujer, con largos cabellos verdes flotando alrededor de su cabeza, cubierta de gasas, que le miraba con ojos aterradores.

Cuando la Banshee llegó hasta él, la ira se desvaneció de su bello rostro y dio paso al estupor. El odio en sus ojos se trocó en pena, sus cabellos verdes se tornaron pelirrojos, y sus pupilas azules. Miles de pecas brotaron en sus mejillas y sus labios dibujaron una palabra, aunque no emitieron sonido alguno.

-Egan… –murmuró el viejo.

La silueta se desvaneció, como si se diluyera en el aire, y lo último que vio antes de que desapareciera fue una sonrisa que dejaba asomar unos dientes blanquísimos.
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Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado enero 2011
    me gustó su cuento, se lee rápido y fácil de entender.
  • UndermythumbUndermythumb Anónimo s.XI
    editado enero 2011
    Hola Hazygnome, aunque no entres hace mucho al foro(varios meses diría yo) me gustó mucho la historia, las descripciones de ciertas situaciones estuvieron muy bien.

    Saludos.
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