Ay ! Este Alejandro no merece ser argentino.... jajajajajaja; Francis, lo has dejado en medio de la vía, tan bien que en pocas líneas, ya lo llevabas rumbo al altar, o a otra parte, eso se vería más adelante.
Estupendamente logrado. Eso sí: Entre el "tontolín" del Floro Avendaño que dejó escapar a la piba bailarina de tango y este Alejandro, el resto de la gente ha de creer que los argentinos somos todos " tarambanas" respecto de las "femmes".
Felicitaciones .,..ah! y no le des el teléfono a nadie; en todo caso haz un sorteo...lo más justo ¿ no?:rolleyes:
Ay, Francesca, parece que seas mi biografa, cuantas veces me ha pasado eso de conocer a una chica fascinante...para jamás volver a saber de ella! QUe coraje da!:D
Ela, se llamaba, bueno en muchas pelis vi chicas que se llamaban Ella (pronunciese el-la) y resultaba ser diminutivo de Isabella...
Eso si, el día que le pongas un poco de pimienta al asunto te voy a decir algo más que guapetona, guapetona.;)
Ay ! Este Alejandro no merece ser argentino.... jajajajajaja; Francis, lo has dejado en medio de la vía, tan bien que en pocas líneas, ya lo llevabas rumbo al altar, o a otra parte, eso se vería más adelante.
Estupendamente logrado. Eso sí: Entre el "tontolín" del Floro Avendaño que dejó escapar a la piba bailarina de tango y este Alejandro, el resto de la gente ha de creer que los argentinos somos todos " tarambanas" respecto de las "femmes".
Felicitaciones .,..ah! y no le des el teléfono a nadie; en todo caso haz un sorteo...lo más justo ¿ no?:rolleyes:
¡Cómo me he reído con tu comentario, Alone!
Y eso de Francis, me ha robado el corazón.
Ahora, te toca a ti , como argentino, volver a levantar el pabellón patrio, ¿no?
Y no, no doy el teléfono a nadie, no te preocupes.
Ay, Francesca, parece que seas mi biografa, cuantas veces me ha pasado eso de conocer a una chica fascinante...para jamás volver a saber de ella! QUe coraje da!:D
Ela, se llamaba, bueno en muchas pelis vi chicas que se llamaban Ella (pronunciese el-la) y resultaba ser diminutivo de Isabella...
Eso si, el día que le pongas un poco de pimienta al asunto te voy a decir algo más que guapetona, guapetona.;)
Sí, en la historia de todos existen personas a las que- por desgracia- no volvemos a ver. Y a otras cuyo "careto" tenemos que ver - por desgracia - todos los días.
Siento haberme demorado tanto en la respuesta a vuestros mensajes.
Procuró disfrutar de mi familia y almacenar energía para el crudo invierno. Me esperaban la piscina, el Museo Dalí en Figueras, exposiciones de Sorolla y de "pequeñas joyas del Prado" y mucho cine...
Esta semana aún andaré por aquí y regresaré en Septiembre, porque tengo una cita con Donatello, Giotto, Michellangelo, y los viejos Medici. Estoy haciendo maletas y terminando de preparar nuestro viaje... Y me siento impaciente por salir.
Éste es el primero de mis relatos cortos que recupero, para que figure entre las personas con las que me crucé en algún momento de mi vida.
Juanito, el loco.
Él se llamaba a sí mismo Juan, así, a secas.
Desconocía, porque era como un niño que vive con los ojos cerrados al mundo, que todos lo llamaban "Juanito , el loco". Pero así era.
Juan pateaba las calles con dos cubos de arena enganchados de las asas por un palo, que hacía de balancín y de asidero. Cada mañana, se lo cargaba a la espalda y pregonaba:
-¡Arena, arena "branca y colorá"!
Las mujeres salían a la puerta de sus casas para comprar un poco de arena , que él medía con un jarro de hojalata de un cuarto. Esa arena servía para abrillantar y pulir los cacharros de metal, sobre todo los de peltre. Y Juan se iba manteniendo con lo que ellas le daban, además de alguna fiambrera con comida caliente y algún pitillo que se agenciaba por ahí. Porque todos sabían que Juan se gastaba la mayor parte del dinero en vino peleón en las tabernas que punteaban su recorrido. Es que el invierno era frío y su casa no estaba nunca caliente , por falta de picón para el brasero y, también, por no tener las ancas de una buena moza que le calentara la cama por las noches.
Juanillo era mocito. Nunca había tenido una muchacha tan cerca como para saber a qué olía su piel o a qué sabían sus besos.Nunca había tenido a una mujer, cantando por la casa, mientras hacía las tareas domésticas. Tampoco lo había echado de menos, porque había estado muy bien cuidado por su madre, doña Remedios, hasta que ésta muriera hace tres años, aquel maldito invierno que se llevó por delante a muchos viejos del lugar.
Juanillo, que siempre había tenido muchas rarezas, se volvió más raro todavía. Hablaba solo, mascullando quejas e imprecaciones con una colilla colgando del belfo. No se afeitaba, ni iba aseado como antes, y la ropa empezaba a rasgarse por las costuras.¡Qué falta le hacía su madre!
Pero él parecía no darse cuenta y hablaba con ella como si nunca se la hubiesen llevado los de la funeraria , con los pies por delante. Eso sí, cuando Juan pasaba por enfrente del Cementerio, apretaba los ojos para no verlo. Porque a veces se le venían imágenes a la cabeza de un día de lluvia- o eran sus lagrimas- y de un golpe seco de una caja dentro de un nicho perturbadoramente familiar.
Juan, con la exactitud de un reloj suizo, pasaba por las calles pregonando la arena que recogía en una cantera cercana al pueblo. La roja, de grano grueso y la blanca, fina, para dar acabados brillantes a las piezas. Con la misma puntualidad, las vecinas se asomaban a comprarle un cuartillo de ésta o de aquélla.
Lo que Juan no sabía era que ya nadie necesitaba la arena para limpiar, porque casi nadie tenía objetos de peltre en su casa.Lo moderno era el duralex, y las mujeres usaban jabón, con mucha espuma,y algunas - las más modernas- máquinas para lavar la vajilla.
Pero se apiadaban de Juan, cada día más "Juanillo", porque iba encogiendo dentro de su ropa holgada y porque se comportaba como el crío que fue y que algunas recordaban aún. A medida que pasaban los años , también era más "el Loco", con su mirada perdida en otros tiempos y en otros mundos, y había dejado de hablarle a los vivos para charlar siempre con sus difuntos.
Pero él, loco y todo, por no haberle hecho daño nunca a nadie, pudo tener una vejez tranquila, con su pregón y con sus recuerdos.
Me encantan tus crónicas, hacen sentir que estás cerca de los protagonistas, se siente la calidez de los sentimientos.
[OCULTAR]"Entonces, Ella se encogió de hombros y se perdió de vista.", no se me habría pasado por alto ese detalle: ella evaluó la situación, supo que no había nexo y...se fue.[/OCULTAR]
Me encantan tus crónicas, hacen sentir que estás cerca de los protagonistas, se siente la calidez de los sentimientos.
[OCULTAR]"Entonces, Ella se encogió de hombros y se perdió de vista.", no se me habría pasado por alto ese detalle: ella evaluó la situación, supo que no había nexo y...se fue.[/OCULTAR]
.
..
.
Me ha encantado que no se te haya pasado por alto lo de "ella se encogió de hombros y se perdió de vista". Es un detalle muy sutil y mientras lo escribí pensé si lo advertiríais, si alguien lo advertiría.
Ella se ha dado cuenta de que Alejandro no le ha pedido su número de teléfono. Y - como dices bien- comprende que ahí se ha acabado todo.
Me ha recordado a un hombre de mi infancia que recogía cartones por mi barrio. Aun lo veo de vez en cuando. Un hombre con un caminar raro y dificultad para expresarse y del qu econtaban historias muy curiosas. Podría haber sido un buen personaje para algún relato mío. Pero no sé, le tengo cariño como personaje curioso de mi infancia. Quizá por eso no me atreva a darle una historia que a lo mejor no tiene nada que ver con la realidad...:rolleyes:
Al ver el título pensé inmediatamente en Juan El Golosinas.:D
has conseguido que otro de tus personajes sea como de la familia... en todas partes existe un Juanito, el Loco que vive en su propio mundo y no hace daño a nadie... Añades siempre la ternura en la descripción de tus personajes, es de agradecer...
Me ha recordado a un hombre de mi infancia que recogía cartones por mi barrio. Aun lo veo de vez en cuando. Un hombre con un caminar raro y dificultad para expresarse y del qu econtaban historias muy curiosas. Podría haber sido un buen personaje para algún relato mío. Pero no sé, le tengo cariño como personaje curioso de mi infancia. Quizá por eso no me atreva a darle una historia que a lo mejor no tiene nada que ver con la realidad...:rolleyes:
Al ver el título pensé inmediatamente en Juan El Golosinas.:D
La escritura ( no me atrevo a decir "la literatura", en relación con mi persona) es muy caprichosa. A veces, tengo en mi cabeza una historia, un personaje o una vivencia y parece que ella ( la escritura) haga conmigo lo que le da la real gana. Esos personajes cambian o crecen. Pero, en realidad, nunca falto a la verdad.
Yo tengo una gran facilidad por encariñarme con las personas y hasta por llegar a quererlas de verdad. Y estoy muy encariñada - incluso quiero- a las personas que se han cruzado en mi camino y que hago aparecer por este "My way".
Con afecto.
has conseguido que otro de tus personajes sea como de la familia... en todas partes existe un Juanito, el Loco que vive en su propio mundo y no hace daño a nadie... Añades siempre la ternura en la descripción de tus personajes, es de agradecer...
Gracias por el relato.
Sonrisas
Agradezco profundamente tu comentario.
Yo no poseo cualidades literarias suficientes como para poder hacer un alarde de sabiduría estilística, léxica o gramatical. Sólo intento hacer justicia a personas que me han importado o que se han cruzado conmigo en algún momento.
Hoy es lunes. Nadie comprende por qué espero impaciente a que pase el fin de semana y llegue el bienhadado lunes. Lucía. El lunes trae a Lucía, trae consigo una semana con ella. Lucía. Me enamoré de ella en el instante en el que escuché su voz por primera vez. Sé que eso no es lo corriente, pero yo soy así. Me fijo en cosas que pasan desapercibidas a los demás. Su voz era - es- dulce pero fuerte, a la vez. Parece que unos dedos invisibles te rozan mientras habla. Juega con la cadencia de las palabras y , creo yo, eso se debe a que sonríe de una manera que te corta el aliento. Ella hablaba conmigo, me prestaba atención, entendía mis chistes - los malos y los buenos-, me daba la réplica con inteligencia. Era curiosa y anhelaba aprender, aprehenderlo todo. Lucía. Parecía no mirarme como una mujer mira a un hombre. Había un novio por ahí. Un novio del que ella me hablaba porque desconocía que esa palabra,"novio", era como un puñal que me mataba por dentro. Parecía no mirarme como una mujer mira a un hombre... Hasta que un día, sentados en el banco de piedra en el que charlábamos animadamente sobre literatura, sobre arte o sobre cine - o sobre otros miles de asuntos- un viento caprichoso metió un mechón de su cabello entre los labios. Lucía. Con dos dedos, saqué ese mechón suave de entre sus labios y rocé su cara. Ese contacto produjo una sacudida eléctrica en la punta de mis dedos. Ella abrió desmesuradamente los ojos y me miró con intensidad. Entreabrió los labios. Y yo deseé besarlos como quien se muere de sed. Me acerqué a ella, muy despacio. Rodee su talle con un brazo y besé sus labios. Ella se me ofreció, dócil, y permitió que yo invadiese su boca. Después, ella tomó la mía y el beso fue algo de ambos, algo nuestro. Su aliento era dulce. Su pelo olía a flores. Y su carne parecía fundirse dentro de mi abrazo. Cuando me separé de ella, una lágrima rodaba por su mejilla. - ¿Por qué lloras, Lucía? ¿Te he ofendido? Ella levantó sus dulces ojos y vi en ellos una ternura y un amor profundo: - Lloro porque pensaba que no me querías.
Bueno, Francesca, este último relato que has publicado aquí es lo mejor que te he leído y de hecho de lo mejorcito que he leído en el foro. La verdad me ha gustado mucho, y sobre todo el estilo. Está muy cerca de lo que a mí me gusta más escribir. De hecho tengo un brevísimo relato titulado Ana Lucía que quizá va en la misma onda (pero mi relato es muy escueto y muy malo), igual lo pongo aquí para que lo veas:D
Pena no poder darte más puntos verdes, este relato se lo merece y mucho!:rolleyes:
He leído hace un rato el relato, y ahora he vuelto a leerlo. Es francamente precioso.
"Me enamoré de ella en el instante en el que escuché su voz por primera vez. Sé que eso no es lo corriente, pero yo soy así. Me fijo en cosas que pasan desapercibidas a los demás. Su voz era - es- dulce pero fuerte, a la vez. Parece que unos dedos invisibles te rozan mientras habla. Juega con la cadencia de las palabras y , creo yo, eso se debe a que sonríe de una manera que te corta el aliento."
Esto que narras me sucedió una vez. Me enamoré de una voz cantándome suavemente, susurrándome en una cadencia musical que me dejó embobada, literalmente, me flechó . Después, continué enamorándome de él... de su magia...
"Ese contacto produjo una sacudida eléctrica en la punta de mis dedos."
Ainss esos calambrazos que te dejan k.o. y fuera de cobertura :rolleyes:
Bueno, Francesca, este último relato que has publicado aquí es lo mejor que te he leído y de hecho de lo mejorcito que he leído en el foro. La verdad me ha gustado mucho, y sobre todo el estilo. Está muy cerca de lo que a mí me gusta más escribir. De hecho tengo un brevísimo relato titulado Ana Lucía que quizá va en la misma onda (pero mi relato es muy escueto y muy malo), igual lo pongo aquí para que lo veas:D
Pena no poder darte más puntos verdes, este relato se lo merece y mucho!:rolleyes:
Carlos,
He decirte que admitir que "mi relato es escueto muy malo", me parece humilde. Yo admiro a los que saben ser así.
Segundo: gracias por lo que me dices. Hoy me siento tierna y me he emocionado leyendo tu relato "La mujer del gladiador", releyendo el mío y tu comentario y el de Estrofa. Se me han llenado los ojos de lágrimas.
¿Sabes qué me pasa a mí, Carlos? Que escribo siempre, siempre, siempre con el corazón.
Con afecto.
He leído hace un rato el relato, y ahora he vuelto a leerlo. Es francamente precioso.
"Me enamoré de ella en el instante en el que escuché su voz por primera vez. Sé que eso no es lo corriente, pero yo soy así. Me fijo en cosas que pasan desapercibidas a los demás. Su voz era - es- dulce pero fuerte, a la vez. Parece que unos dedos invisibles te rozan mientras habla. Juega con la cadencia de las palabras y , creo yo, eso se debe a que sonríe de una manera que te corta el aliento."
Esto que narras me sucedió una vez. Me enamoré de una voz cantándome suavemente, susurrándome en una cadencia musical que me dejó embobada, literalmente, me flechó . Después, continué enamorándome de él... de su magia...
"Ese contacto produjo una sacudida eléctrica en la punta de mis dedos."
Ainss esos calambrazos que te dejan k.o. y fuera de cobertura :rolleyes:
¡Qué cercanía consigues transmitir, Francesca!
Gracias y Sonrisas
Estrofa, tu comentario me parece tan tierno y tan afectuoso que, como he dicho anteriormente a Carlos, me he emocionado.
Tengo la gran fortuna de VIVIR enamorada. Me quiere el mejor hombre del mundo: el que mejor me entiende , el que me quiere más que a sí mismo. Eso hace que no sea una persona endurecida por la vida. Una vez lo fui, y mucho, pero su amor me curó de tal manera que me siento muy joven de nuevo.
Además, mis hijos son maravillosos y me devuelven, muy aumentado, el amor que les doy a ellos.
Estrofa, tu comentario me parece tan tierno y tan afectuoso que, como he dicho anteriormente a Carlos, me he emocionado.
Tengo la gran fortuna de VIVIR enamorada. Me quiere el mejor hombre del mundo: el que mejor me entiende , el que me quiere más que a sí mismo. Eso hace que no sea una persona endurecida por la vida. Una vez lo fui, y mucho, pero su amor me curó de tal manera que me siento muy joven de nuevo.
Además, mis hijos son maravillosos y me devuelven, muy aumentado, el amor que les doy a ellos.
Sonrisas y gracias para ti también.
Todo esto que cuentas, Francesca, queda reflejado en tu manera de escribir... hay mucho amor reflejado en las palabras de cada una de tus historias de vida.
Estas lecturas son reparadoras y un bálsamo
Más sonrisas a la espera de nuevos relatos y protagonistas...
Tengo un nuevo texto, "Mi primo Alberto" ( el último , tal vez, antes de las vacaciones), y he dudado hasta el final si sería adecuado ponerlo aquí o no.
Mi chico hacía como la Parrala : "Que sí, que no..." Y yo jugaba a "pito pito colorito..."
De momento, lo pongo en "Erótica" y luego ya veré si es adecuado para mi "MY way".
Supongo que me despido hasta Septiembre: ¡ la Toscana nos espera!
El teléfono sonó, aquella mañana, cuando aún estaba en la cama: - Marta, hija - gritó mi madre- ¿sabes que se casa tu prima Paqui? - Sí mamá, - respondí, alejando el auricular de mi oreja como medida terapéutica- me ha llegado la invitación. - Se casa en la catedral de Coria , así que podrás parar en casa con … tu novio. - Adrián, mamá. - Eso, Adrián, hija. Porque venís a la boda, ¿ verdad? - noté incertidumbre en su voz- Como a vosotros no os va mucho eso de los casorios, dudaba. Adrián se incorporó sobre un codo y me miró con los ojos cargados aún de sueño. - Mi- ma-dre -articulé en silencio. - Viene tu primo el Cebollino.- siguió ella- y solo, por cierto. Se ve que es un hacha en lo suyo. La vida le va muy bien. -Mamá, es mejor que vayas llamándole Alberto para que no se te escape lo de Cebollino- esperé yo, algo molesta con ella. Después de varios intentos fallidos de despedirme , logré colgar. Puse al tanto a Adrián de la conversación con mi madre. Él, que es muy gracioso - lo digo con retintín- se revolcó sobre las sábanas, riéndose a gusto de mí. Alberto era el hijo de mi primo Andrés. No habíamos tenido una relación muy estrecha con ellos porque habían emigrado a Madrid. Desde entonces, apenas nos tratábamos: de vez en cuando, recibíamos alguna carta y, por Navidad, la felicitación de rigor, con angelitos gordos y vírgenes adolescentes. Cuando yo tenía doce años, aparecieron por aquí para pasar las vacaciones en la casa de mi abuela. Alberto me cayó como un tiro desde que entró por la puerta. Era cuatro años mayor, pero deslizó sobre mí su mirada de un adulto condescendiente, a duras penas, con los pequeños. ¡Jolín, que yo era casi una mujer! Luego supe que me llamaba " Pelotita de pin- pón", porque yo conservaba todavía la redondez de la infancia. Eso me mortificó ya que, en plena pubertad, no sienta demasiado bien que te traten como a una cría pequeña. Sobre todo, cuando el que se burla es un "cebollino", rechoncho y con la cara picada por el acné. No volví a verle hasta que, cuatro años más tarde, Andrés llamó a casa:
-Ángeles, hija, al niño le ha tocado hacer ahí la mili y no puede andar subiendo a Madrid a cada instante. ¿Te importaría que pare en tu casa cuando le den permiso de fin de semana? Mi madre - que tenía vocación de hermanita de la caridad- aceptó e invitó a Alberto cada vez que necesitara venir a nuestra casa. Pero no creo que la idea le entusiasmase porque ella inventó el apodo por el que todos llamábamos a Alberto. -Vaya cebollino está criando Andresín. Se cree que es algo porque vive en la capital-se quejaba ella.
Un viernes por la tarde, se presentó en casa vestido de militar. Estaba en Infantería Mecanizada y llevaba, ladeada con chulería, la boina negra de los cuerpos especiales. Lo que nunca explicaba él es que tenía un destino de chupatintas en el que no tocaba un arma ni por casualidad. Pero, físicamente, Alberto había cambiado. ¡Y tanto que había cambiado!: estaba delgado y llevaba remangada la camisa caqui para marcar bíceps. Yo me había convertido en toda una mujer y - he de reconocerlo- a los quince años era un bombón. Me miró un rato largo. - Ahora si me miras, ¿no, Cebollino?- lo pensé pero no se lo dije. Le sonreí con fingida dulzura. - Bienvenido, Alberto, a tu casa- podía ser muy cínica y muy hipócrita cuando me lo proponía.
Alberto se hospedó con nosotros casi todos los fines de semana y se comportaba conmigo como un hermano mayor: a veces, insoportable y encantador cuando le daba por ahí. Jugábamos al parchís después de comer, arropados con las faldas de la mesa camilla, mientras mis padres dormían la siesta. Más tarde, salía con sus amigos y volvía a media noche. Un día, me excusé para ir al baño. Entonces, acercó los labios a mi oreja. Tan cerca de mí sentí su aliento que se erizó mi piel: - Cuando bajes, no traigas puestas las braguitas. Yo no me atreví ni a mirarle. A los dieciséis años era aún muy inocente. Me había dedicado a estudiar y nunca acompañaba a mis compañeras a las discotecas. Mi relación con los chicos se limitaba al intercambio de miradas, de risitas o de conversaciones tontas y breves, por el atolondramiento propio de la edad. No obedecí a Alberto y él no hizo ningún intento de averiguarlo, pero desde ese momento, no fui capaz de pensar en otra cosa. El morbo de esas pocas palabras, me tuvo alterada durante toda la semana, mientras él permanecía en el cuartel. El sábado siguiente, en la mitad de una partida de parchís, amenizada por los ronquidos en estéreo de mis padres (hacían la siesta en sendos butacones situados a ambos lados de la mesa), Alberto repitió: -Sube. Cuando bajes no traigas puestas las braguitas. Yo subí como una autómata los escalones que conducían a la planta superior. Discutía conmigo misma: - Marta, que te conozco. ¡Ni se te ocurra! - Pero es que no he dejado de pensar en esto... Hacer esa locura con mis padres flanqueándonos ,durmiendo tan tranquilos, era la madre de todos los morbos.
Y lo hice. Bajé a la sala temblando y me senté a su lado. Los dos mirábamos a la tele, cuando noté su mano subiendo desde mi rodilla. Nunca había sentido algo así. La anticipación de ese "algo" que iba a venir, me hizo jadear. Él comenzó a acariciar mi muslo y continuó subiendo. Con sus dedos recorría pliegues y repliegues que hasta entonces habían permanecido como un territorio virgen e inexplorado. Yo no sabía bien qué estaba pasando. Era tan inexperta e ignorante, porque mi educación en un colegio religioso había logrado que sintiese el peso de la culpa ante los "actos impuros" sobre los que nos advertía el capellán todas las semanas del curso. Él tocó algo que me hizo sentir como una descarga eléctrica. Oleadas de placer me sacudieron y si no grité, fue porque me puso el índice de la otra mano sobre los labios. Esto se repitió todos los sábados durante el año en el que Alberto hizo su servicio militar en Extremadura. Yo pensaba toda la semana, a todas horas, en la mano de Alberto - siempre la derecha- recorriendo el camino hasta mi parte más íntima. Nunca quiso salir conmigo, nunca me pidió que le tocase, nunca nos besamos. Cuando terminaba, yo subía a vestirme y él continuaba la partida tratándose como a la primita pequeña a la que se le toma el pelo. Acabó su servicio militar, regresó a Madrid y nunca volvimos a vernos… hasta el día de la boda de mi prima Paqui.
El quince de agosto, acudimos a la catedral de Coria. Yo, que siempre voy uniformada con mis vaqueros, elegí para aquella ocasión un vestido femenino, delicado y favorecedor. Estaba morena y delgada. Mi Adrián me mantenía joven y alegre y lo cierto es que estaba madurando muy bien. Todos me decían que, a los cuarenta, estaba más guapa que nunca. Adrián que tiene algo de brujo, me miró desde todos los ángulos posibles y me dijo: - Tú quieres que Alberto piense lo que se perdió tratándose así. Lo negué. Creo que no lo habría admitido aunque me hubiesen clavado astillas en las uñas de los pies y les hubiesen prendido fuego. - No, ya sabes que me he arreglado para ti, mi amor- ronroneé, en un vano intento de disimular mi azoramiento. Adrián se río: -¡Ya, ya!- masculló. Llegamos a la plaza de la catedral. Saludamos a los familiares que no veíamos desde hace mucho tiempo. Las vecinas nos miraban y criticaban los modelitos de toda la que pasaba. Las calles adyacentes estaban llenas de jóvenes que bebían en la puerta de los bares y constituimos una momentánea distracción para ellos. Yo miraba entre el gentío sin encontrar a Alberto. Imaginaba al mismo joven alto y guapo, con unos años más. ¿Sería un madurito misterioso e interesante, tal vez con alguna arruga en la frente y con las sienes plateadas? Miré a Adrián de reojo, no quería que notase que el recuerdo de Alberto, y de sus caricias bajo la ropa de la mesa de camilla, seguía siendo muy sensual. De repente, alguien tocó mi hombro con suavidad. Al principio, no reconocí al hombre que intentaba llamar mi atención: estaba pasado de peso y el botón de su blazer amenazaba con salir disparado si tosía. Su cabeza era del modelo "descapotable", aunque se peinada de oreja a oreja con gomina dos largas guedejas teñidas de un un negro imposible. Su sonrisa de fumador no se había citado con el señor Colgate, desde hacía mucho tiempo. Me dio dos sonoros besos en las mejillas: - Marta, ¡qué guapa estás! Tú y yo nos lo pasábamos muy bien, jugando al parchís - entonces guiñó el ojo- Teníamos que haber salidos juntos ¿No lo lamentas? Yo, sí. Miré a Adrián que, muy elegante con su traje azul, conversaba con mis primas más jóvenes. - No, en absoluto- dije, mientras me alejaba de Alberto. Me acerqué a Adrián por la espalda y le susurré al oído: - Amor, ¿sabes?, hoy no llevo ropa interior.
Éste es el primero de mis relatos cortos que recupero, para que figure entre las personas con las que me crucé en algún momento de mi vida.
Juanito, el loco.
Él se llamaba a sí mismo Juan, así, a secas.
Desconocía, porque era como un niño que vive con los ojos cerrados al mundo, que todos lo llamaban "Juanito , el loco". Pero así era.
Juan pateaba las calles con dos cubos de arena enganchados de las asas por un palo, que hacía de balancín y de asidero. Cada mañana, se lo cargaba a la espalda y pregonaba:
-¡Arena, arena "branca y colorá"!
Las mujeres salían a la puerta de sus casas para comprar un poco de arena , que él medía con un jarro de hojalata de un cuarto. Esa arena servía para abrillantar y pulir los cacharros de metal, sobre todo los de peltre. Y Juan se iba manteniendo con lo que ellas le daban, además de alguna fiambrera con comida caliente y algún pitillo que se agenciaba por ahí. Porque todos sabían que Juan se gastaba la mayor parte del dinero en vino peleón en las tabernas que punteaban su recorrido. Es que el invierno era frío y su casa no estaba nunca caliente , por falta de picón para el brasero y, también, por no tener las ancas de una buena moza que le calentara la cama por las noches.
Juanillo era mocito. Nunca había tenido una muchacha tan cerca como para saber a qué olía su piel o a qué sabían sus besos.Nunca había tenido a una mujer, cantando por la casa, mientras hacía las tareas domésticas. Tampoco lo había echado de menos, porque había estado muy bien cuidado por su madre, doña Remedios, hasta que ésta muriera hace tres años, aquel maldito invierno que se llevó por delante a muchos viejos del lugar.
Juanillo, que siempre había tenido muchas rarezas, se volvió más raro todavía. Hablaba solo, mascullando quejas e imprecaciones con una colilla colgando del belfo. No se afeitaba, ni iba aseado como antes, y la ropa empezaba a rasgarse por las costuras.¡Qué falta le hacía su madre!
Pero él parecía no darse cuenta y hablaba con ella como si nunca se la hubiesen llevado los de la funeraria , con los pies por delante. Eso sí, cuando Juan pasaba por enfrente del Cementerio, apretaba los ojos para no verlo. Porque a veces se le venían imágenes a la cabeza de un día de lluvia- o eran sus lagrimas- y de un golpe seco de una caja dentro de un nicho perturbadoramente familiar.
Juan, con la exactitud de un reloj suizo, pasaba por las calles pregonando la arena que recogía en una cantera cercana al pueblo. La roja, de grano grueso y la blanca, fina, para dar acabados brillantes a las piezas. Con la misma puntualidad, las vecinas se asomaban a comprarle un cuartillo de ésta o de aquélla.
Lo que Juan no sabía era que ya nadie necesitaba la arena para limpiar, porque casi nadie tenía objetos de peltre en su casa.Lo moderno era el duralex, y las mujeres usaban jabón, con mucha espuma,y algunas - las más modernas- máquinas para lavar la vajilla.
Pero se apiadaban de Juan, cada día más "Juanillo", porque iba encogiendo dentro de su ropa holgada y porque se comportaba como el crío que fue y que algunas recordaban aún. A medida que pasaban los años , también era más "el Loco", con su mirada perdida en otros tiempos y en otros mundos, y había dejado de hablarle a los vivos para charlar siempre con sus difuntos.
Pero él, loco y todo, por no haberle hecho daño nunca a nadie, pudo tener una vejez tranquila, con su pregón y con sus recuerdos.
Leo todos tus textos, y gozo de ellos, aunque no te diga nada. Este de Juanito es de mis preferidos (con tus textos me pasa como con las canciones de los Beatles, que puedo decir mis doscientas preferidas, pero no las diez, ni las veinte, ni las treinta, ni...).
Escuchándote contar sobre este loco tan digno de ser compadecido, amado, he sentido nostalgia de otras épocas, con usos, costumbres, actitudes y valores tan diferentes de los nuestros de hoy, y que a mí tanto me gustan (aquellos).
Pero él, loco y todo, por no haberle hecho daño nunca a nadie, pudo tener una vejez tranquila.
Me gustaría haber escrito esa frase. Y, sobre todo, me gustaría tener esa vejez.
Bueno, Francesca, por fin algo picante que llevarme a la boca!:D
Eso de los "pliegues y repliegues" no tiene precio. Me has recordado al inicio de Trópico de Cáncer de Henry Miller, na menos.:rolleyes:
Tus dos últimos relatos son los mejores con diferencia...espero que no te vayas de vacaciones y nos dejes huerfanitosssssssssss. Ahora que te has animado a contar estas cosas.:rolleyes:
En fin, ahora que por fin sé como va eso de dar estrellitas...ya verás.:D
Pliegues y repliegues...madre mía. igual te plagio en el futuro...:rolleyes:
Hoy es lunes. Nadie comprende por qué espero impaciente a que pase el fin de semana y llegue el bienhadado lunes. Lucía. El lunes trae a Lucía, trae consigo una semana con ella. Lucía. Me enamoré de ella en el instante en el que escuché su voz por primera vez. Sé que eso no es lo corriente, pero yo soy así. Me fijo en cosas que pasan desapercibidas a los demás. Su voz era - es- dulce pero fuerte, a la vez. Parece que unos dedos invisibles te rozan mientras habla. Juega con la cadencia de las palabras y , creo yo, eso se debe a que sonríe de una manera que te corta el aliento. Ella hablaba conmigo, me prestaba atención, entendía mis chistes - los malos y los buenos-, me daba la réplica con inteligencia. Era curiosa y anhelaba aprender, aprehenderlo todo. Lucía. Parecía no mirarme como una mujer mira a un hombre. Había un novio por ahí. Un novio del que ella me hablaba porque desconocía que esa palabra,"novio", era como un puñal que me mataba por dentro. Parecía no mirarme como una mujer mira a un hombre... Hasta que un día, sentados en el banco de piedra en el que charlábamos animadamente sobre literatura, sobre arte o sobre cine - o sobre otros miles de asuntos- un viento caprichoso metió un mechón de su cabello entre los labios. Lucía. Con dos dedos, saqué ese mechón suave de entre sus labios y rocé su cara. Ese contacto produjo una sacudida eléctrica en la punta de mis dedos. Ella abrió desmesuradamente los ojos y me miró con intensidad. Entreabrió los labios. Y yo deseé besarlos como quien se muere de sed. Me acerqué a ella, muy despacio. Rodee su talle con un brazo y besé sus labios. Ella se me ofreció, dócil, y permitió que yo invadiese su boca. Después, ella tomó la mía y el beso fue algo de ambos, algo nuestro. Su aliento era dulce. Su pelo olía a flores. Y su carne parecía fundirse dentro de mi abrazo. Cuando me separé de ella, una lágrima rodaba por su mejilla. - ¿Por qué lloras, Lucía? ¿Te he ofendido? Ella levantó sus dulces ojos y vi en ellos una ternura y un amor profundo: - Lloro porque pensaba que no me querías.
Nadie comprende por qué espero impaciente a que pase el fin de semana y llegue el bienhadado lunes.
Obviamente, esa supuesta incomprensión no es una queja contra la generalidad de las personas; pues éstas seguramente no sabían de esa espera impaciente, o de esa impaciencia esperanzada, que diría mi admirado Unamuno, dando ingeniosamente la vuelta a la expresión. Yo creo que es una interpelación, como si él nos dijera:
¿No comprendéis, no sabéis?, pues vais a comprender, vais a saber, cuando os hable de ella, por qué me muero de ganas de que llegue el lunes.
El lunes trae a Lucía, trae consigo una semana con ella.
El lunes trae a Lucía. Como si dijéramos: el lunes trae la luz del día. El lunes, mi lunes, mis lunes, traen la plenitud, toda una semana con ella. El lunes, un lunes cualquiera, trae mil cosas, mil afanes, mil achaques,... Pero el lunes que trae a Lucía lo trae todo sin traer el resto del mundo; porque mi todo, mi mundo, es ella. Y sin ella, el lunes está vacío, de luz, de color, de risa,...
Lucía...Lucía...Lucía...Lucía...Lucía...Lucía.
Él pronuncia su nombre con unción, como en oración, latente (de latir) al son, al ritmo de los latidos de su corazón. Con cada golpe, él le dice: ¡te amo! Repite su nombre en arrebatado éxtasis, lo convierte en música, lo convierte en luz, mentalmente se prosterna ante su amada, como los antiguos súbditos persas hacían proskynesis ante su soberano.
Me enamoré de ella en el instante en el que escuché su voz
Su voz era un viento inflamado, cálido, un aire vivificante y libre, una brisa suave rodeando una montaña, un soplo amoroso rodeándolo a él de un modo tan embriagador, tan placentero, que ya nunca querría cambiar de aires, dejar de ser el prisionero de su abrazo venturoso.
Francesca, si comento cada línea de tu texto, no sé cuándo acabaré.
Como CarlosSerrano, pienso que este es un texto que hay que enmarcar. Y, como te dije en mi comentario a tu Juanito, de los tuyos, uno de mis doscientos (recuerda mi alusión a las canciones de los Beatles) preferidos.
Francesca, me ha emocionado mucho este texto, porque a mí, hace muchos años, el lunes me traía a Alicia. Y porque yo también, en parecida letanía, repetía su nombre:
Leo todos tus textos, y gozo de ellos, aunque no te diga nada. Este de Juanito es de mis preferidos (con tus textos me pasa como con las canciones de los Beatles, que puedo decir mis doscientas preferidas, pero no las diez, ni las veinte, ni las treinta, ni...).
Escuchándote contar sobre este loco tan digno de ser compadecido, amado, he sentido nostalgia de otras épocas, con usos, costumbres, actitudes y valores tan diferentes de los nuestros de hoy, y que a mí tanto me gustan (aquellos).
Pero él, loco y todo, por no haberle hecho daño nunca a nadie, pudo tener una vejez tranquila.
Me gustaría haber escrito esa frase. Y, sobre todo, me gustaría tener esa vejez.
Yo también creo en unos valores que a otros, quizás, les parezcan trasnochados. No creo, sin embargo que , como dice Manrique, "cualquier tiempo pasado es mejor". Hay que luchar en la medida de lo que sea posible por mejorar el radio de acción que seamos capaces de alcanzar.
Que alguien goce con mis relatos, me hace muy feliz. Da sentido a mi ansia incontrolable de escribir.
Comentarios
A ver... al día siguiente no porque sería como no valorarse a sí misma. Imposible.
Al segundo tampoco, porque si el chico está interesado, hay que darle la oportunidad de que demuestre que sabe esperar un par de días.
Al tercero... es que ya no hay otras escusas razonables, o por lo menos ya no las verá, si es que quiere volver a verle.
Se puede creer en el destino, y un día, donde y cuando menos se lo esperen, volverán a encontrarse :-O
Gracias Francesca por My way
Sonrisas
Estupendamente logrado. Eso sí: Entre el "tontolín" del Floro Avendaño que dejó escapar a la piba bailarina de tango y este Alejandro, el resto de la gente ha de creer que los argentinos somos todos " tarambanas" respecto de las "femmes".
Felicitaciones .,..ah! y no le des el teléfono a nadie; en todo caso haz un sorteo...lo más justo ¿ no?:rolleyes:
Ela, se llamaba, bueno en muchas pelis vi chicas que se llamaban Ella (pronunciese el-la) y resultaba ser diminutivo de Isabella...
Eso si, el día que le pongas un poco de pimienta al asunto te voy a decir algo más que guapetona, guapetona.;)
,
,,
,
Gracias a ti. De verdad.
¡Cómo me he reído con tu comentario, Alone!
Y eso de Francis, me ha robado el corazón.
Ahora, te toca a ti , como argentino, volver a levantar el pabellón patrio, ¿no?
Y no, no doy el teléfono a nadie, no te preocupes.
Sí, en la historia de todos existen personas a las que- por desgracia- no volvemos a ver. Y a otras cuyo "careto" tenemos que ver - por desgracia - todos los días.
¡Ay!, tú y la pimienta... De momento pongo sal.
Saludos, Guapetón.
Procuró disfrutar de mi familia y almacenar energía para el crudo invierno. Me esperaban la piscina, el Museo Dalí en Figueras, exposiciones de Sorolla y de "pequeñas joyas del Prado" y mucho cine...
Esta semana aún andaré por aquí y regresaré en Septiembre, porque tengo una cita con Donatello, Giotto, Michellangelo, y los viejos Medici. Estoy haciendo maletas y terminando de preparar nuestro viaje... Y me siento impaciente por salir.
No te he entendido, Cielito de...
Juanito, el loco.
Él se llamaba a sí mismo Juan, así, a secas.
Desconocía, porque era como un niño que vive con los ojos cerrados al mundo, que todos lo llamaban "Juanito , el loco". Pero así era.
Juan pateaba las calles con dos cubos de arena enganchados de las asas por un palo, que hacía de balancín y de asidero. Cada mañana, se lo cargaba a la espalda y pregonaba:
-¡Arena, arena "branca y colorá"!
Las mujeres salían a la puerta de sus casas para comprar un poco de arena , que él medía con un jarro de hojalata de un cuarto. Esa arena servía para abrillantar y pulir los cacharros de metal, sobre todo los de peltre. Y Juan se iba manteniendo con lo que ellas le daban, además de alguna fiambrera con comida caliente y algún pitillo que se agenciaba por ahí. Porque todos sabían que Juan se gastaba la mayor parte del dinero en vino peleón en las tabernas que punteaban su recorrido. Es que el invierno era frío y su casa no estaba nunca caliente , por falta de picón para el brasero y, también, por no tener las ancas de una buena moza que le calentara la cama por las noches.
Juanillo era mocito. Nunca había tenido una muchacha tan cerca como para saber a qué olía su piel o a qué sabían sus besos.Nunca había tenido a una mujer, cantando por la casa, mientras hacía las tareas domésticas. Tampoco lo había echado de menos, porque había estado muy bien cuidado por su madre, doña Remedios, hasta que ésta muriera hace tres años, aquel maldito invierno que se llevó por delante a muchos viejos del lugar.
Juanillo, que siempre había tenido muchas rarezas, se volvió más raro todavía. Hablaba solo, mascullando quejas e imprecaciones con una colilla colgando del belfo. No se afeitaba, ni iba aseado como antes, y la ropa empezaba a rasgarse por las costuras.¡Qué falta le hacía su madre!
Pero él parecía no darse cuenta y hablaba con ella como si nunca se la hubiesen llevado los de la funeraria , con los pies por delante. Eso sí, cuando Juan pasaba por enfrente del Cementerio, apretaba los ojos para no verlo. Porque a veces se le venían imágenes a la cabeza de un día de lluvia- o eran sus lagrimas- y de un golpe seco de una caja dentro de un nicho perturbadoramente familiar.
Juan, con la exactitud de un reloj suizo, pasaba por las calles pregonando la arena que recogía en una cantera cercana al pueblo. La roja, de grano grueso y la blanca, fina, para dar acabados brillantes a las piezas. Con la misma puntualidad, las vecinas se asomaban a comprarle un cuartillo de ésta o de aquélla.
Lo que Juan no sabía era que ya nadie necesitaba la arena para limpiar, porque casi nadie tenía objetos de peltre en su casa.Lo moderno era el duralex, y las mujeres usaban jabón, con mucha espuma,y algunas - las más modernas- máquinas para lavar la vajilla.
Pero se apiadaban de Juan, cada día más "Juanillo", porque iba encogiendo dentro de su ropa holgada y porque se comportaba como el crío que fue y que algunas recordaban aún. A medida que pasaban los años , también era más "el Loco", con su mirada perdida en otros tiempos y en otros mundos, y había dejado de hablarle a los vivos para charlar siempre con sus difuntos.
Pero él, loco y todo, por no haberle hecho daño nunca a nadie, pudo tener una vejez tranquila, con su pregón y con sus recuerdos.
[OCULTAR]"Entonces, Ella se encogió de hombros y se perdió de vista.", no se me habría pasado por alto ese detalle: ella evaluó la situación, supo que no había nexo y...se fue.[/OCULTAR]
.
..
.
Me ha encantado que no se te haya pasado por alto lo de "ella se encogió de hombros y se perdió de vista". Es un detalle muy sutil y mientras lo escribí pensé si lo advertiríais, si alguien lo advertiría.
Ella se ha dado cuenta de que Alejandro no le ha pedido su número de teléfono. Y - como dices bien- comprende que ahí se ha acabado todo.
Gracias por entenderme tan bien.
Al ver el título pensé inmediatamente en Juan El Golosinas.:D
has conseguido que otro de tus personajes sea como de la familia... en todas partes existe un Juanito, el Loco que vive en su propio mundo y no hace daño a nadie... Añades siempre la ternura en la descripción de tus personajes, es de agradecer...
Gracias por el relato.
Sonrisas
Yo tengo una gran facilidad por encariñarme con las personas y hasta por llegar a quererlas de verdad. Y estoy muy encariñada - incluso quiero- a las personas que se han cruzado en mi camino y que hago aparecer por este "My way".
Con afecto.
Agradezco profundamente tu comentario.
Yo no poseo cualidades literarias suficientes como para poder hacer un alarde de sabiduría estilística, léxica o gramatical. Sólo intento hacer justicia a personas que me han importado o que se han cruzado conmigo en algún momento.
Sonrisas también.
Nadie comprende por qué espero impaciente a que pase el fin de semana y llegue el bienhadado lunes.
Lucía.
El lunes trae a Lucía, trae consigo una semana con ella.
Lucía.
Me enamoré de ella en el instante en el que escuché su voz por primera vez. Sé que eso no es lo corriente, pero yo soy así. Me fijo en cosas que pasan desapercibidas a los demás. Su voz era - es- dulce pero fuerte, a la vez. Parece que unos dedos invisibles te rozan mientras habla. Juega con la cadencia de las palabras y , creo yo, eso se debe a que sonríe de una manera que te corta el aliento.
Ella hablaba conmigo, me prestaba atención, entendía mis chistes - los malos y los buenos-, me daba la réplica con inteligencia. Era curiosa y anhelaba aprender, aprehenderlo todo.
Lucía.
Parecía no mirarme como una mujer mira a un hombre. Había un novio por ahí. Un novio del que ella me hablaba porque desconocía que esa palabra,"novio", era como un puñal que me mataba por dentro. Parecía no mirarme como una mujer mira a un hombre... Hasta que un día, sentados en el banco de piedra en el que charlábamos animadamente sobre literatura, sobre arte o sobre cine - o sobre otros miles de asuntos- un viento caprichoso metió un mechón de su cabello entre los labios.
Lucía.
Con dos dedos, saqué ese mechón suave de entre sus labios y rocé su cara. Ese contacto produjo una sacudida eléctrica en la punta de mis dedos. Ella abrió desmesuradamente los ojos y me miró con intensidad. Entreabrió los labios. Y yo deseé besarlos como quien se muere de sed.
Me acerqué a ella, muy despacio. Rodee su talle con un brazo y besé sus labios. Ella se me ofreció, dócil, y permitió que yo invadiese su boca. Después, ella tomó la mía y el beso fue algo de ambos, algo nuestro. Su aliento era dulce. Su pelo olía a flores. Y su carne parecía fundirse dentro de mi abrazo.
Cuando me separé de ella, una lágrima rodaba por su mejilla.
- ¿Por qué lloras, Lucía? ¿Te he ofendido?
Ella levantó sus dulces ojos y vi en ellos una ternura y un amor profundo:
- Lloro porque pensaba que no me querías.
Pena no poder darte más puntos verdes, este relato se lo merece y mucho!:rolleyes:
Esto que narras me sucedió una vez. Me enamoré de una voz cantándome suavemente, susurrándome en una cadencia musical que me dejó embobada, literalmente, me flechó
Ainss esos calambrazos que te dejan k.o. y fuera de cobertura :rolleyes:
¡Qué cercanía consigues transmitir, Francesca!
Gracias y Sonrisas
Carlos,
He decirte que admitir que "mi relato es escueto muy malo", me parece humilde. Yo admiro a los que saben ser así.
Segundo: gracias por lo que me dices. Hoy me siento tierna y me he emocionado leyendo tu relato "La mujer del gladiador", releyendo el mío y tu comentario y el de Estrofa. Se me han llenado los ojos de lágrimas.
¿Sabes qué me pasa a mí, Carlos? Que escribo siempre, siempre, siempre con el corazón.
Con afecto.
Estrofa, tu comentario me parece tan tierno y tan afectuoso que, como he dicho anteriormente a Carlos, me he emocionado.
Tengo la gran fortuna de VIVIR enamorada. Me quiere el mejor hombre del mundo: el que mejor me entiende , el que me quiere más que a sí mismo. Eso hace que no sea una persona endurecida por la vida. Una vez lo fui, y mucho, pero su amor me curó de tal manera que me siento muy joven de nuevo.
Además, mis hijos son maravillosos y me devuelven, muy aumentado, el amor que les doy a ellos.
Sonrisas y gracias para ti también.
Todo esto que cuentas, Francesca, queda reflejado en tu manera de escribir... hay mucho amor reflejado en las palabras de cada una de tus historias de vida.
Estas lecturas son reparadoras y un bálsamo
Más sonrisas a la espera de nuevos relatos y protagonistas...
Mi chico hacía como la Parrala : "Que sí, que no..." Y yo jugaba a "pito pito colorito..."
De momento, lo pongo en "Erótica" y luego ya veré si es adecuado para mi "MY way".
Supongo que me despido hasta Septiembre: ¡ la Toscana nos espera!
Arrivediamo, amici!
El teléfono sonó, aquella mañana, cuando aún estaba en la cama:
- Marta, hija - gritó mi madre- ¿sabes que se casa tu prima Paqui?
- Sí mamá, - respondí, alejando el auricular de mi oreja como medida terapéutica- me ha llegado la invitación.
- Se casa en la catedral de Coria , así que podrás parar en casa con … tu novio.
- Adrián, mamá.
- Eso, Adrián, hija. Porque venís a la boda, ¿ verdad? - noté incertidumbre en su voz- Como a vosotros no os va mucho eso de los casorios, dudaba.
Adrián se incorporó sobre un codo y me miró con los ojos cargados aún de sueño.
- Mi- ma-dre -articulé en silencio.
- Viene tu primo el Cebollino.- siguió ella- y solo, por cierto. Se ve que es un hacha en lo suyo. La vida le va muy bien.
-Mamá, es mejor que vayas llamándole Alberto para que no se te escape lo de Cebollino- esperé yo, algo molesta con ella.
Después de varios intentos fallidos de despedirme , logré colgar. Puse al tanto a Adrián de la conversación con mi madre. Él, que es muy gracioso - lo digo con retintín- se revolcó sobre las sábanas, riéndose a gusto de mí.
Alberto era el hijo de mi primo Andrés. No habíamos tenido una relación muy estrecha con ellos porque habían emigrado a Madrid. Desde entonces, apenas nos tratábamos: de vez en cuando, recibíamos alguna carta y, por Navidad, la felicitación de rigor, con angelitos gordos y vírgenes adolescentes.
Cuando yo tenía doce años, aparecieron por aquí para pasar las vacaciones en la casa de mi abuela. Alberto me cayó como un tiro desde que entró por la puerta. Era cuatro años mayor, pero deslizó sobre mí su mirada de un adulto condescendiente, a duras penas, con los pequeños. ¡Jolín, que yo era casi una mujer! Luego supe que me llamaba " Pelotita de pin- pón", porque yo conservaba todavía la redondez de la infancia. Eso me mortificó ya que, en plena pubertad, no sienta demasiado bien que te traten como a una cría pequeña. Sobre todo, cuando el que se burla es un "cebollino", rechoncho y con la cara picada por el acné.
No volví a verle hasta que, cuatro años más tarde, Andrés llamó a casa:
-Ángeles, hija, al niño le ha tocado hacer ahí la mili y no puede andar subiendo a Madrid a cada instante. ¿Te importaría que pare en tu casa cuando le den permiso de fin de semana?
Mi madre - que tenía vocación de hermanita de la caridad- aceptó e invitó a Alberto cada vez que necesitara venir a nuestra casa. Pero no creo que la idea le entusiasmase porque ella inventó el apodo por el que todos llamábamos a Alberto.
-Vaya cebollino está criando Andresín. Se cree que es algo porque vive en la capital-se quejaba ella.
Un viernes por la tarde, se presentó en casa vestido de militar. Estaba en Infantería Mecanizada y llevaba, ladeada con chulería, la boina negra de los cuerpos especiales. Lo que nunca explicaba él es que tenía un destino de chupatintas en el que no tocaba un arma ni por casualidad. Pero, físicamente, Alberto había cambiado. ¡Y tanto que había cambiado!: estaba delgado y llevaba remangada la camisa caqui para marcar bíceps. Yo me había convertido en toda una mujer y - he de reconocerlo- a los quince años era un bombón.
Me miró un rato largo.
- Ahora si me miras, ¿no, Cebollino?- lo pensé pero no se lo dije. Le sonreí con fingida dulzura.
- Bienvenido, Alberto, a tu casa- podía ser muy cínica y muy hipócrita cuando me lo proponía.
Alberto se hospedó con nosotros casi todos los fines de semana y se comportaba conmigo como un hermano mayor: a veces, insoportable y encantador cuando le daba por ahí. Jugábamos al parchís después de comer, arropados con las faldas de la mesa camilla, mientras mis padres dormían la siesta. Más tarde, salía con sus amigos y volvía a media noche.
Un día, me excusé para ir al baño. Entonces, acercó los labios a mi oreja. Tan cerca de mí sentí su aliento que se erizó mi piel:
- Cuando bajes, no traigas puestas las braguitas.
Yo no me atreví ni a mirarle. A los dieciséis años era aún muy inocente. Me había dedicado a estudiar y nunca acompañaba a mis compañeras a las discotecas. Mi relación con los chicos se limitaba al intercambio de miradas, de risitas o de conversaciones tontas y breves, por el atolondramiento propio de la edad.
No obedecí a Alberto y él no hizo ningún intento de averiguarlo, pero desde ese momento, no fui capaz de pensar en otra cosa. El morbo de esas pocas palabras, me tuvo alterada durante toda la semana, mientras él permanecía en el cuartel.
El sábado siguiente, en la mitad de una partida de parchís, amenizada por los ronquidos en estéreo de mis padres (hacían la siesta en sendos butacones situados a ambos lados de la mesa), Alberto repitió:
-Sube. Cuando bajes no traigas puestas las braguitas.
Yo subí como una autómata los escalones que conducían a la planta superior. Discutía conmigo misma:
- Marta, que te conozco. ¡Ni se te ocurra!
- Pero es que no he dejado de pensar en esto...
Hacer esa locura con mis padres flanqueándonos ,durmiendo tan tranquilos, era la madre de todos los morbos.
Y lo hice. Bajé a la sala temblando y me senté a su lado. Los dos mirábamos a la tele, cuando noté su mano subiendo desde mi rodilla. Nunca había sentido algo así. La anticipación de ese "algo" que iba a venir, me hizo jadear. Él comenzó a acariciar mi muslo y continuó subiendo. Con sus dedos recorría pliegues y repliegues que hasta entonces habían permanecido como un territorio virgen e inexplorado. Yo no sabía bien qué estaba pasando. Era tan inexperta e ignorante, porque mi educación en un colegio religioso había logrado que sintiese el peso de la culpa ante los "actos impuros" sobre los que nos advertía el capellán todas las semanas del curso. Él tocó algo que me hizo sentir como una descarga eléctrica. Oleadas de placer me sacudieron y si no grité, fue porque me puso el índice de la otra mano sobre los labios.
Esto se repitió todos los sábados durante el año en el que Alberto hizo su servicio militar en Extremadura. Yo pensaba toda la semana, a todas horas, en la mano de Alberto - siempre la derecha- recorriendo el camino hasta mi parte más íntima. Nunca quiso salir conmigo, nunca me pidió que le tocase, nunca nos besamos. Cuando terminaba, yo subía a vestirme y él continuaba la partida tratándose como a la primita pequeña a la que se le toma el pelo.
Acabó su servicio militar, regresó a Madrid y nunca volvimos a vernos… hasta el día de la boda de mi prima Paqui.
El quince de agosto, acudimos a la catedral de Coria.
Yo, que siempre voy uniformada con mis vaqueros, elegí para aquella ocasión un vestido femenino, delicado y favorecedor. Estaba morena y delgada. Mi Adrián me mantenía joven y alegre y lo cierto es que estaba madurando muy bien. Todos me decían que, a los cuarenta, estaba más guapa que nunca.
Adrián que tiene algo de brujo, me miró desde todos los ángulos posibles y me dijo:
- Tú quieres que Alberto piense lo que se perdió tratándose así.
Lo negué. Creo que no lo habría admitido aunque me hubiesen clavado astillas en las uñas de los pies y les hubiesen prendido fuego.
- No, ya sabes que me he arreglado para ti, mi amor- ronroneé, en un vano intento de disimular mi azoramiento.
Adrián se río:
-¡Ya, ya!- masculló.
Llegamos a la plaza de la catedral. Saludamos a los familiares que no veíamos desde hace mucho tiempo. Las vecinas nos miraban y criticaban los modelitos de toda la que pasaba. Las calles adyacentes estaban llenas de jóvenes que bebían en la puerta de los bares y constituimos una momentánea distracción para ellos.
Yo miraba entre el gentío sin encontrar a Alberto. Imaginaba al mismo joven alto y guapo, con unos años más. ¿Sería un madurito misterioso e interesante, tal vez con alguna arruga en la frente y con las sienes plateadas? Miré a Adrián de reojo, no quería que notase que el recuerdo de Alberto, y de sus caricias bajo la ropa de la mesa de camilla, seguía siendo muy sensual.
De repente, alguien tocó mi hombro con suavidad. Al principio, no reconocí al hombre que intentaba llamar mi atención: estaba pasado de peso y el botón de su blazer amenazaba con salir disparado si tosía. Su cabeza era del modelo "descapotable", aunque se peinada de oreja a oreja con gomina dos largas guedejas teñidas de un un negro imposible. Su sonrisa de fumador no se había citado con el señor Colgate, desde hacía mucho tiempo. Me dio dos sonoros besos en las mejillas:
- Marta, ¡qué guapa estás! Tú y yo nos lo pasábamos muy bien, jugando al parchís - entonces guiñó el ojo- Teníamos que haber salidos juntos ¿No lo lamentas? Yo, sí.
Miré a Adrián que, muy elegante con su traje azul, conversaba con mis primas más jóvenes.
- No, en absoluto- dije, mientras me alejaba de Alberto.
Me acerqué a Adrián por la espalda y le susurré al oído:
- Amor, ¿sabes?, hoy no llevo ropa interior.
Leo todos tus textos, y gozo de ellos, aunque no te diga nada. Este de Juanito es de mis preferidos (con tus textos me pasa como con las canciones de los Beatles, que puedo decir mis doscientas preferidas, pero no las diez, ni las veinte, ni las treinta, ni...).
Escuchándote contar sobre este loco tan digno de ser compadecido, amado, he sentido nostalgia de otras épocas, con usos, costumbres, actitudes y valores tan diferentes de los nuestros de hoy, y que a mí tanto me gustan (aquellos).
Pero él, loco y todo, por no haberle hecho daño nunca a nadie, pudo tener una vejez tranquila.
Me gustaría haber escrito esa frase. Y, sobre todo, me gustaría tener esa vejez.
Eso de los "pliegues y repliegues" no tiene precio. Me has recordado al inicio de Trópico de Cáncer de Henry Miller, na menos.:rolleyes:
Tus dos últimos relatos son los mejores con diferencia...espero que no te vayas de vacaciones y nos dejes huerfanitosssssssssss. Ahora que te has animado a contar estas cosas.:rolleyes:
En fin, ahora que por fin sé como va eso de dar estrellitas...ya verás.:D
Pliegues y repliegues...madre mía. igual te plagio en el futuro...:rolleyes:
Obviamente, esa supuesta incomprensión no es una queja contra la generalidad de las personas; pues éstas seguramente no sabían de esa espera impaciente, o de esa impaciencia esperanzada, que diría mi admirado Unamuno, dando ingeniosamente la vuelta a la expresión. Yo creo que es una interpelación, como si él nos dijera:
¿No comprendéis, no sabéis?, pues vais a comprender, vais a saber, cuando os hable de ella, por qué me muero de ganas de que llegue el lunes.
El lunes trae a Lucía. Como si dijéramos: el lunes trae la luz del día. El lunes, mi lunes, mis lunes, traen la plenitud, toda una semana con ella. El lunes, un lunes cualquiera, trae mil cosas, mil afanes, mil achaques,... Pero el lunes que trae a Lucía lo trae todo sin traer el resto del mundo; porque mi todo, mi mundo, es ella. Y sin ella, el lunes está vacío, de luz, de color, de risa,...
Él pronuncia su nombre con unción, como en oración, latente (de latir) al son, al ritmo de los latidos de su corazón. Con cada golpe, él le dice: ¡te amo! Repite su nombre en arrebatado éxtasis, lo convierte en música, lo convierte en luz, mentalmente se prosterna ante su amada, como los antiguos súbditos persas hacían proskynesis ante su soberano.
Su voz era un viento inflamado, cálido, un aire vivificante y libre, una brisa suave rodeando una montaña, un soplo amoroso rodeándolo a él de un modo tan embriagador, tan placentero, que ya nunca querría cambiar de aires, dejar de ser el prisionero de su abrazo venturoso.
Francesca, si comento cada línea de tu texto, no sé cuándo acabaré.
Como CarlosSerrano, pienso que este es un texto que hay que enmarcar. Y, como te dije en mi comentario a tu Juanito, de los tuyos, uno de mis doscientos (recuerda mi alusión a las canciones de los Beatles) preferidos.
Francesca, me ha emocionado mucho este texto, porque a mí, hace muchos años, el lunes me traía a Alicia. Y porque yo también, en parecida letanía, repetía su nombre:
Alicia... Alicia... Alicia... Alicia... Alicia... Alicia.
Yo también creo en unos valores que a otros, quizás, les parezcan trasnochados. No creo, sin embargo que , como dice Manrique, "cualquier tiempo pasado es mejor". Hay que luchar en la medida de lo que sea posible por mejorar el radio de acción que seamos capaces de alcanzar.
Que alguien goce con mis relatos, me hace muy feliz. Da sentido a mi ansia incontrolable de escribir.