Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me sonaba en el oído, como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido, y un horizonte de perros ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras, los juncos y los espinos, bajo su mata de pelo hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata. Ella se quitó el vestido. Yo el cinturón con revólver Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena, yo me la lleve del río. Con el aire se batían las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy. Como un gitano legítimo. La regalé un costurero grande de raso pajizo, y no quise enamorarme porque teniendo marido me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río.
Con diez cañones por banda, viento en popa, á toda vela, no corta el mar, sino vuela, mi velero bergantín: Bajel pirata que llaman, por su bravura, el Temido, en todo mar conocido, del uno al otro confín.
La luna en el mar riela, en la lona gime el viento, y alza en blando movimiento olas de plata y azul; y ve el capitán pirata, cantando alegre en la popa, Asia á un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul[1]:
«Navega, velero mío, sin temor, que ni enemigo navío ni tormenta, ni bonanza tu rumbo á torcer alcanza, ni á sujetar tu valor.
»Veinte presas hemos hecho a despecho del inglés, y han rendido sus pendones cien naciones a mis pies.»
»Que es mi barco mi tesoro, Que es mi Dios la libertad, Mi ley, la fuerza y el viento, Mi única patria, la mar.
»Allá muevan feroz guerra, ciegos reyes por un palmo más de tierra; que yo tengo aquí por mío cuanto abarca el mar bravío, a quien nadie impuso leyes.
»Y no hay playa, sea cualquiera, ni bandera de esplendor, que no sienta mi derecho y dé pecho a mi valor.»
Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar.
»A la voz de «¡barco viene!» es de ver como vira y se previene, a todo trapo a escapar; que yo soy el rey del mar, y mi furia es de temer.
»En las presas yo divido lo cogido por igual; sólo quiero por riqueza la belleza sin rival.
Que es mi barco mi tesoro, Que es mi dios la libertad, Mi ley, la fuerza y el viento, Mi única patria, la mar.
»¡Sentenciado estoy á muerte! Yo me rio; no me abandone la suerte, y al mismo que me condena, colgaré de alguna entena, quizá en su propio navío.
»Y si caigo, ¿qué es la vida? Por perdida ya la di, cuando el yugo del esclavo, como un bravo, sacudí.
Que es mi barco mi tesoro, Que es mi dios la libertad, Mi ley, la fuerza y el viento, Mi única patria, la mar.
»Son mi música mejor aquilones, el estrépito y temblor de los cables sacudidos, del negro mar los bramidos y el rugir de mis cañones.
»Y del trueno al son violento, y del viento al rebramar, yo me duermo sosegado, arrullado por la mar.
Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar.
Por la garganta me sube un río de sangre fresco de la herida que atraviesa de parte a parte mi cuerpo. Tengo clavos en las manos y cuchillos en los dedos y en mi sien una corona hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone la piel ca vez que me acuerdo que soy un hombre casao y sin embargo, te quiero.
Entre tu casa y mi casa hay un muro de silencio, de ortigas y de chumberas, de cal, de arena, de viento, de madreselvas oscuras y de vidrios en acecho. Un muro para que nunca lo pueda saltar el pueblo que anda rondando la llave que guarda nuestro secreto. ¡Y yo sé bien que me quieres! ¡Y tú sabes que te quiero! Y lo sabemos los dos y nadie puede saberlo.
¡Ay, pena, penita, pena de nuestro amor en silencio! ¡Ay, qué alegría, alegría, quererte como te quiero!
Cuando por la noche a solas me quedo con tu recuerdo derribaría la pared que separa nuestro sueño, rompería con mis manos de tu cancela los hierros, con tal de verme a tu vera, tormento de mis tormentos, y te estaría besando hasta quitarte el aliento. Y luego, qué se me daba quedarme en tus brazos muerto.
¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía, luto, angustia, llanto, miedo, muerte, pena, sangre, vida, luna, rosa, sol y viento. Es morirse a cada paso y seguir viviendo luego con una espada de punta siempre pendiente del techo.
Salgo de mi casa al campo sólo con tu pensamiento, para acariciar a solas la tela de aquel pañuelo que se te cayó un domingo cuando venías del pueblo y que no te he dicho nunca, mi vida, que yo lo tengo. Y lo estrujo entre mis manos lo mismo que un limón nuevo, y miro tus iniciales y las repito en silencio para que ni el campo sepa lo que yo te estoy queriendo.
Ayer, en la Plaza Nueva, vida, no vuelvas a hacerlo te vi besar a mi niño, a mi niño el más pequeño, y cómo lo besarías ¡ay, Virgen de los Remedios! que fue la primera vez que a mí me distes un beso. Llegué corriendo a mi casa, alcé mi niño del suelo y sin que nadie me viera, como un ladrón en acecho, en su cara de amapola mordió mi boca tu beso.
¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase, aunque se hunda el firmamento, aunque tu nombre y el mío lo pisoteen por el suelo, y aunque la tierra se abra y aun cuando lo sepa el pueblo y ponga nuestra bandera de amor a los cuatro vientos, sígueme queriendo así, tormento de mis tormentos.
¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero!
Felipe II sólo lloró una vez en público. Fue en el funeral de su tercera esposa, Isabel de Valois, su gran amor. En ese terrible instante, el monarca comprendió que "su corazón se había quedado ya colmado con ella y que no le cabría nadie más". Este detalle se leyó entre los millones de líneas de textos en los que se adentró en la investigación previa a la escritura de La casa de los siete pecados (Grijalbo), se convierte en el punto de partida de una narración donde se mezclan a la perfección el misterio -la novela recrea la leyenda del fantasma de su amante Elena de Zapata- y la sensualidad con el devenir de la Historia.
-Después de La casa de los siete pecados y del anterior El diamante de la reina, debe sentir ya a Felipe II casi como de su familia...
-Lo que siento es una profunda necesidad de seguir indagando en su persona. Creo que es un personaje tan rico en matices y que hizo tantas cosas durante su vida que sigo teniendo la sensación de que me queda mucho todavía por averiguar de él, por contar y transmitir.
-¿Tiene algo que ver la fascinación que Felipe II ejercía en las mujeres y en su corte con el atractivo que despierta como personaje para novelar?
-Imagino que sí. A mí, por lo menos, me ha cautivado. Felipe II es un personaje en el que se da una enorme contradicción histórica. Se ha escrito mucho sobre él, pero apenas se han dado a conocer pormenores y detalles de su persona. Ya en los últimos años ha sido cuando algunos historiadores se han atrevido a saltar por encima de esa leyenda negra y han intentado ver esa figura desde muchos más ángulos. Estudiando los documentos de él que han perdurado hasta nuestros días se ha llegado a conclusiones de tipo más personal sobre cómo era y cómo sentía. Se ha podido saber, por ejemplo, que amó de una forma increíble, paternal y tierna a las dos hijas que tuvo con Isabel de Valois, pese a que quería un varón como monarca.
-¿Qué importancia tenía el amor en su forma de estar en contacto con el mundo?
-Él se enamoró con locura de dos mujeres: una fue su tercera esposa, Isabel de Valois, y otra fue una amante que había tenido hace mucho tiempo, Isabel de Osorio, con la que tuvo dos hijos. Es muy posible que tuviera dificultades para amar de verdad a las mujeres; no fue un hombre fácil en ese sentido. Tenía cierto tormento interior, era muy complejo, y no se relacionaba bien con las mujeres.
-¿Y qué supuso la irrupción de Elena de Zapata en su vida?
-Elena de Zapata es un personaje cuya existencia se presupone; muchos historiadores la dan como real pero a través de referencias lejanas, porque no hay constancia cierta de que fuese amante del rey. Yo he querido pensar que existió y, en cualquier caso, ya existe como personaje literario. Creo que si llegó a existir esa relación fue como cuenta el libro. Elena de Zapata le aportaba una gran pasión en la cama y él se dejaba llevar sin poder evitar controlarse. Cuando Ana de Austria llegó a España para casarse con él y tener un heredero, él comprendió que no podía compartir dos lechos y actuó como en otras ocasiones: ordena que Elena fuese quitada del medio y la casa con un capitán de los Tercios de Flandes. Un día, al poco de irse el capitán al frente, Elena aparece muerta en su alcoba y, antes de que el cuerpo fuera enterrado, desaparece y nunca más se supo de él. Ahí nació la leyenda de Elena Zapata que habla de que en las noches de luna llena, en la casa de las Siete Chimeneas donde ella vivía, en el tejado de la casa aparece un espectro, un fantasma de mujer de gran belleza, vestida de blanco y con una antorcha en la mano. Camina por el borde en dirección al Alcázar, que era la residencia del rey, lanza un alarido terrorífico en medio de la noche, se golpea en el pecho y cae hincada de rodillas. Se decía que era el espíritu de Elena que aparecía esas noches claras para azuzar la conciencia del rey, quejándose por haberla ordenado asesinar. Leyenda o no, lo cierto es que en el siglo XIX, durante unas obras en la casa de las Siete Chimeneas aparece un cadáver de mujer que nunca fue identificado y, junto a él, varias monedas fechadas en el reinado de Felipe II.
La vida de las monarquías siempre ha despertado un enorme interés y parece que son una fuente inagotable para historiadores y escritores...
Históricamente siempre ha existido la curiosidad por la vida ajena. Cuando se refiere a reyes y gobernantes es más entendible, ya que al pueblo le gustaba saber de las debilidades de sus monarcas. Los reyes eran casi dioses, gente intocable y perfecta, y nosotros tenemos una larga retahíla de reyes imperfectos... Felipe II, por ejemplo, que era el paladín de la cristiandad, caía en pecados como la lujuria.
En La casa de los siete pecados, los acontecimientos históricos se suceden de forma natural, pero ceden el protagonismo a la forma en que le afectaban personalmente y emotivamente a Felipe II.
En la Historia que estudiamos existen elementos abstractos que han sido decididos por reyes, es decir, por personas, con sus imperfecciones, sus debilidades, sus sentimientos, sus enfermedades... Eran personas y decidían el curso de la historia. Yo he querido pasar a ese segundo plano y ver qué había debajo de ese gran gobernante que tomaba decisiones fundamentales que tenían repercusiones indudables en su vida.
¿Quién conoce mejor a los personajes de su novela? ¿El escritor de ficción que se los inventa de la nada o el autor que investiga y profundiza en los que sí existieron en la vida real?
La novela histórica, por su proceso previo, requiere de mucha más entrega y es un proceso laborioso y arduo, pero que te permite un momento más apasionante de escritura. Recrear históricamente hechos, situaciones y personajes que han existido y que fueron importantes en la Historia es un ejercicio que me ha desatado la creatividad más que todos los que he hecho literariamente hasta ahora. Juegas con elementos de estudio, herramientas como documentos y bibliografías, así que darle cuerpo literario e inventar escenas es muy divertido.
¿Pesa la responsabilidad de inaugurar el mejor premio español dedicado a la novela histórica. Cuando supe que había ganado pensé en una puerta maravillosa que se abre y a través de la cual me espera una senda con gran responsabilidad para seguir adelante. Debo cumplir con la responsabilidad con quienes me han dado el premio y con los lectores que han confiado en él, y eso es apasionante.
Comentarios
MIGUEL HERNÁNDEZ
Nanas de la Cebolla
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
ACHL
La casada infiel
Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me
sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la lleve del río.
Con el aire se batían las
espadas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
ACHL
Para mis múltiples ex y para las damas
que a partir de ahora entren en mi cama
ACHL
¡Niña, que es la hora de la vendimia!
ACHL
Queridísima amiga Amalia
te conviene ir en bici a Australia
ACHL
El Catecismo del asesino Otegi
ACHL
¡Si te caigo mal, te chinchas!
ACHL
ACHL
de esta panda de perroflautas
ACHL
Canción del pirata
Con diez cañones por banda,
viento en popa, á toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
mi velero bergantín:
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido,
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia á un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul[1]:
«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo á torcer alcanza,
ni á sujetar tu valor.
»Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.»
»Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria, la mar.
»Allá muevan feroz guerra,
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
»Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.»
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
»A la voz de «¡barco viene!»
es de ver
como vira y se previene,
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
»En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria, la mar.
»¡Sentenciado estoy á muerte!
Yo me rio;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.
»Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria, la mar.
»Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
»Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por la mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
ACHL
RAFAEL DE LEÓN
Pena y alegría del amor
Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo.
Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en mi sien una corona
hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone
la piel ca vez que me acuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo, te quiero.
Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.
¡Ay, pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría,
quererte como te quiero!
Cuando por la noche a solas
me quedo con tu recuerdo
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,
rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu vera,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento.
Y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía,
luto, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del techo.
Salgo de mi casa al campo
sólo con tu pensamiento,
para acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.
Y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.
Ayer, en la Plaza Nueva,
vida, no vuelvas a hacerlo
te vi besar a mi niño,
a mi niño el más pequeño,
y cómo lo besarías
¡ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que a mí me distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo,
y aunque la tierra se abra
y aun cuando lo sepa el pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
ACHL
a querer y a proteger a nuestra prole
ACHL
¿Y que pasa con la dieta?
¿La dieta? ¡A hacer puñetas!
ACHL
El Rey Felipe II tenía dificultades para amar
Felipe II sólo lloró una vez en público. Fue en el funeral de su tercera esposa, Isabel de Valois, su gran amor. En ese terrible instante, el monarca comprendió que "su corazón se había quedado ya colmado con ella y que no le cabría nadie más". Este detalle se leyó entre los millones de líneas de textos en los que se adentró en la investigación previa a la escritura de La casa de los siete pecados (Grijalbo), se convierte en el punto de partida de una narración donde se mezclan a la perfección el misterio -la novela recrea la leyenda del fantasma de su amante Elena de Zapata- y la sensualidad con el devenir de la Historia.
-Después de La casa de los siete pecados y del anterior El diamante de la reina, debe sentir ya a Felipe II casi como de su familia...
-Lo que siento es una profunda necesidad de seguir indagando en su persona. Creo que es un personaje tan rico en matices y que hizo tantas cosas durante su vida que sigo teniendo la sensación de que me queda mucho todavía por averiguar de él, por contar y transmitir.
-¿Tiene algo que ver la fascinación que Felipe II ejercía en las mujeres y en su corte con el atractivo que despierta como personaje para novelar?
-Imagino que sí. A mí, por lo menos, me ha cautivado. Felipe II es un personaje en el que se da una enorme contradicción histórica. Se ha escrito mucho sobre él, pero apenas se han dado a conocer pormenores y detalles de su persona. Ya en los últimos años ha sido cuando algunos historiadores se han atrevido a saltar por encima de esa leyenda negra y han intentado ver esa figura desde muchos más ángulos. Estudiando los documentos de él que han perdurado hasta nuestros días se ha llegado a conclusiones de tipo más personal sobre cómo era y cómo sentía. Se ha podido saber, por ejemplo, que amó de una forma increíble, paternal y tierna a las dos hijas que tuvo con Isabel de Valois, pese a que quería un varón como monarca.
-¿Qué importancia tenía el amor en su forma de estar en contacto con el mundo?
-Él se enamoró con locura de dos mujeres: una fue su tercera esposa, Isabel de Valois, y otra fue una amante que había tenido hace mucho tiempo, Isabel de Osorio, con la que tuvo dos hijos. Es muy posible que tuviera dificultades para amar de verdad a las mujeres; no fue un hombre fácil en ese sentido. Tenía cierto tormento interior, era muy complejo, y no se relacionaba bien con las mujeres.
-¿Y qué supuso la irrupción de Elena de Zapata en su vida?
-Elena de Zapata es un personaje cuya existencia se presupone; muchos historiadores la dan como real pero a través de referencias lejanas, porque no hay constancia cierta de que fuese amante del rey. Yo he querido pensar que existió y, en cualquier caso, ya existe como personaje literario. Creo que si llegó a existir esa relación fue como cuenta el libro. Elena de Zapata le aportaba una gran pasión en la cama y él se dejaba llevar sin poder evitar controlarse. Cuando Ana de Austria llegó a España para casarse con él y tener un heredero, él comprendió que no podía compartir dos lechos y actuó como en otras ocasiones: ordena que Elena fuese quitada del medio y la casa con un capitán de los Tercios de Flandes. Un día, al poco de irse el capitán al frente, Elena aparece muerta en su alcoba y, antes de que el cuerpo fuera enterrado, desaparece y nunca más se supo de él. Ahí nació la leyenda de Elena Zapata que habla de que en las noches de luna llena, en la casa de las Siete Chimeneas donde ella vivía, en el tejado de la casa aparece un espectro, un fantasma de mujer de gran belleza, vestida de blanco y con una antorcha en la mano. Camina por el borde en dirección al Alcázar, que era la residencia del rey, lanza un alarido terrorífico en medio de la noche, se golpea en el pecho y cae hincada de rodillas. Se decía que era el espíritu de Elena que aparecía esas noches claras para azuzar la conciencia del rey, quejándose por haberla ordenado asesinar. Leyenda o no, lo cierto es que en el siglo XIX, durante unas obras en la casa de las Siete Chimeneas aparece un cadáver de mujer que nunca fue identificado y, junto a él, varias monedas fechadas en el reinado de Felipe II.
La vida de las monarquías siempre ha despertado un enorme interés y parece que son una fuente inagotable para historiadores y escritores...
Históricamente siempre ha existido la curiosidad por la vida ajena. Cuando se refiere a reyes y gobernantes es más entendible, ya que al pueblo le gustaba saber de las debilidades de sus monarcas. Los reyes eran casi dioses, gente intocable y perfecta, y nosotros tenemos una larga retahíla de reyes imperfectos... Felipe II, por ejemplo, que era el paladín de la cristiandad, caía en pecados como la lujuria.
En La casa de los siete pecados, los acontecimientos históricos se suceden de forma natural, pero ceden el protagonismo a la forma en que le afectaban personalmente y emotivamente a Felipe II.
En la Historia que estudiamos existen elementos abstractos que han sido decididos por reyes, es decir, por personas, con sus imperfecciones, sus debilidades, sus sentimientos, sus enfermedades... Eran personas y decidían el curso de la historia. Yo he querido pasar a ese segundo plano y ver qué había debajo de ese gran gobernante que tomaba decisiones fundamentales que tenían repercusiones indudables en su vida.
¿Quién conoce mejor a los personajes de su novela? ¿El escritor de ficción que se los inventa de la nada o el autor que investiga y profundiza en los que sí existieron en la vida real?
La novela histórica, por su proceso previo, requiere de mucha más entrega y es un proceso laborioso y arduo, pero que te permite un momento más apasionante de escritura. Recrear históricamente hechos, situaciones y personajes que han existido y que fueron importantes en la Historia es un ejercicio que me ha desatado la creatividad más que todos los que he hecho literariamente hasta ahora. Juegas con elementos de estudio, herramientas como documentos y bibliografías, así que darle cuerpo literario e inventar escenas es muy divertido.
¿Pesa la responsabilidad de inaugurar el mejor premio español dedicado a la novela histórica. Cuando supe que había ganado pensé en una puerta maravillosa que se abre y a través de la cual me espera una senda con gran responsabilidad para seguir adelante. Debo cumplir con la responsabilidad con quienes me han dado el premio y con los lectores que han confiado en él, y eso es apasionante.
ACHL
No le digo mi edad a nadie desde
hace 97 años 7 meses y 20 días
ACHL
El bragueta de becarias
ACHL
El tango anal
no se baila ya
ACHL
ACHL
¡Pobres venezolanos
con este perro tirano!
ACHL
Arrugas y humildad sana
las de esta pobre anciana
ACHL
La decencia no está en decadencia
ACHL
Una de las vistas, la menos
vistosa, de un humilde barrio
ACHL
0,5 y 0,7 m/m en el 2006. Y la subir ala red
ACHL
Policía, me han robado la honra
ACHL
Torras intentando localizar
al fugitivo Puigmamón
ACHL
aparecen los miuras
ACHL
Con dos cojoncitos
este pequeño bebito
ACHL
quedó sin nada!
ACHL
Cita a ciegas
ACHL
Omaíta se nos ha hecho viejita
ACHL