En «El final del poema», Giorgio Agamben sostiene que la posibilidad de «encabalgamiento» es el único criterio eficiente que permite diferenciar la poesía de la prosa. Define al «encabalgamiento» como el punto donde el verso gira y retrocede, no para repetir la misma línea, sino para iniciar de nuevo el movimiento que dará forma a la siguiente. Ampliaré la idea.
El término «verso» evoca al «surco», la marca que deja el arado al labrar la tierra, su raíz es similar a la de «prosa», palabra que deriva de «prosa oratio», lo que se dirige hacia adelante en un camino recto. Por otro lado, «versus» significa «retorno», al terminar cada surco el apero de labranza gira, vuelve. Agamben afirma que el núcleo constitutivo del «verso» no se encuentra al principio, sino al final, en el punto de «versura», que en latín hace referencia al momento en que el arado gira y se vuelve atrás para reiniciar el movimiento.
El filósofo italiano se cuestiona: «¿Qué ocurre en el momento en que el poema llega a su fin? Si consideramos que el verso se define por el encabalgamiento, por ese punto de retorno del arado, entonces es consecuente que el último verso del poema no sea un verso. ¿Implica esto que el último verso traspasa hacia la prosa?». Antes que Agamben, en el siglo XIV, Nicolò Tibino había observado: «Sucede con frecuencia que la rima termina, sin que el significado de la oración haya sido completado».
En lugar de disolver el verso en la prosa, lo que el final del poema anuncia es la convergencia entre el sonido y el sentido en un punto de suspenso. El final del poema sugiere que «cualquier» cosa puede ser dicha en esa «pausa asémica». Al detener el signo, al hacer que el sonido y el sentido se alineen, el poema concluye para un posible recomienzo.
Con la inviabilidad de encabalgamiento en el último verso, el poema revela, al fin, su mayor estrategia: dejar que el lenguaje llegue a comunicarse a sí mismo, a «decirse a sí mismo, sin que quede inexpresado en lo que es dicho».
Ariel García
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