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Me di cuenta ya de adulto de que mis emociones no eran normales. Rectifico, no eran mis emociones lo anómalo o distinto, sino mi forma de vivirlas, así como lo que me provocaban. Durante mucho tiempo pensé que la ira, por ejemplo, dolía en el cuerpo a todo el mundo; que realmente dolía en la esfera física, como si uno tuviera las venas y las arterias echando fuego bajo la piel. Pensaba que la ira le entumecía a todo el mundo los dedos de las manos, hormigueándolos, volviéndolos rígidos igual que garras. Pensé que era una experiencia común a todos los mortales la necesidad de agarrar algo muy fuerte para calmar ese dolor, de apretar, de pulverizar y de romper, siempre. Igualmente, pensé que todo el mundo me entendería al describirles una disociación mental. “Esta claro que las emociones muy intensas tienen ese poder” me decía —es que ni me planteaba que pudiera ser de otra forma—, “el poder de sacarte de ti y que tú veas todo lo que ocurre desde fuera, como en una película”. Y claro, resulta que no. De un modo muy amoroso, gracias a la vida misma, fue que me di cuenta de que no, la mayoría de personas no me entendía. Digo “de un modo amoroso” porque caí del guindo escribiendo, cuando a través de mis personajes yo describía las cosas tal y como las experimentaba. Fue amoroso porque nadie juzgó a mis personajes (y por extensión nadie me juzgó a mí), pero había una cantidad considerable de personas que, después de leerme, me comentaban que lo descrito (que para mí era lo normal) les había llamado de forma poderosa la atención. Para ellos era una dimensión fascinante. Y ahí quedé en shock; agradecido pero en shock, y empecé a ir hacia atrás en toda la madeja emocional de mi vida, recapitulando, comprendiendo que “mi manera” interna de procesar no era entendible generalmente. Creí comprender muchas cosas entonces. De niño frustra mucho que no te entiendan en “algo tan fácil de entender que le sucede a todo el mundo”.
Para todo hay etiquetas y diagnósticos, desde luego. O eso supongo. Hoy en día se oye y se lee mucho una etiqueta que es: “persona de alta sensibilidad”. Perdón, pero me parece una falta de respeto decir que hay gente que tiene los ecualizadores altos en esta cuestión y gente que no. Está muy bien que uno sea consciente de su propia sensibilidad, pero por qué asumir que, si mi sensibilidad es “alta”, existe alguien “al otro lado” cuya sensibilidad no sería “tan alta” como la mía. Aparte de que “sensibilidad” no siempre significa “grado en el que a uno le afectan las cosas”, en absoluto. El grado en lo que te afecta algo tú lo puedes interiorizar y hacerte consciente de él, enfrentarlo; en cierto sentido puedes elegir, o pensar que eliges: “me gustaría fortalecerme en esto o en aquello”. Culpa de cosas como esta es que se señale a personas sensibles como personas débiles. En absoluto. Sensibilidad es capacidad de sentir, ni más ni menos; una persona puede ser muy capaz de sentirlo todo, pero también puede haber tenido una trayectoria de vida en la que se haya fortalecido mucho. En la opinión de mi corazón, alguien que ha conservado intacta su sensibilidad a lo largo de años, años y años es, de hecho, una persona fuerte. Aunque ahí entraríamos en qué significa para cada uno ser “fuerte” o “débil”, y eso ya es abrir otro melón. Pero bueno, lo mismo que quien elige mantenerse inocente lo hace por inteligencia y no por ser iluso, pues esto es igual. Qué te cuento, grandes confusiones populares.
Yo no hablo de eso. No hablo de que yo fuera “más sensible” que el resto. Simplemente mis emociones se trasladaban al cuerpo, de forma habitualmente desagradable. Y eso hacía lógico la necesidad de “hacer” cosas, como por ejemplo agarrar un objeto muy fuerte, romper algo, gritar. Era lógica la necesidad imperiosa de liberar al cuerpo, de hacer “algo” con las sensaciones físicas desagradables, a ser posible sin hacer daño a nadie. A ser posible, por ejemplo en el caso de la ira, que un ser vivo jamás se convirtiera en el OBJETO de la misma.
Desarrollé una mala relación con mis propias emociones no agradables durante mucho tiempo. Hoy creo que tener una buena relación con todas las emociones es lo que le lleva a uno más rápido a estar en paz, lo cual es muy parecido a estar feliz. Y no definirse en estas emociones. Uno no es su herida, por eso hablar a través de las heridas nunca trajo paz a nadie, por mucho que uno se alivie al largar lo que siente en ese momento de verdad (cuando la verdad de la ira es sólo eso, un momento que luego pasa).
Uno no es estúpido por sentir miedo o vergüenza, es evidente. Una persona no es mala por sentir ira, asco, odio.
Ah, el odio, ese gran enemigo amigable, ese amigo esquivo e inconquistable. Esa ironía. “No soporto amarte, y al mismo tiempo no puedo olvidarte sin morir”, para mí esto es odiar. Es amar en el más profundo extremo negativo posible. Y aquí pasa lo mismo que con el “objeto”: ¿odias a alguien, u odias lo que alguien (te) hizo?
Pero volviendo a lo anterior, y también a esto de las peligrosas confusiones comunes que son como minas antipersona, ojalá a todos los niños les enseñaran (en casa, en los colegios), que el control emocional no es reprimir, sino conocerse, y no dejar de quererse por pensar que uno es “malo” por sentir esto o aquello. Después de todo, emoción que uno niega es emoción que a uno le somete. Y por mucho que uno condene o niegue, o incluso criminalice en sí mismo o en “otro” (el otro que se transforma por arte de magia en uno mismo, y viceversa), uno no va a dejar de reaccionar en su espejo interior.
Mucho antes de ser consciente de todo esto, yo ya había empezado a “hablar” a través de mi cuerpo. Lo cual tiene que ver, seguramente, con que en grados intensos de emocionalidad no sabía expresarme de otra forma (esto es, con las palabras). Crecí en un entorno donde la violencia era una forma de comunicación para mis figuras referenciales, si no la de rigor. Mi manera extrema de vivir lo que sentía, unido a factores ambientales, creo que es lo que conformó la etiqueta “trastorno límite de la personalidad” que me diagnosticaron a los dieciocho, después del que fue mi primer intento de suicidio. Me autolesionaba a escondidas desde los catorce. Experimentaba crisis de fragilidad abismales y disociaciones constantes. Aunque mis disociaciones, gracias a dios, no eran tan graves como para, por ejemplo, tomar el autobús y aparecer en la quinta chimbamba sin saber lo que hacía ahí.
Leer era una razón poderosa para seguir vivo entonces. Y escribir era la atadura a la “realidad”.
Aun hoy no comprendo qué es la realidad sin el sujeto que la vive. Creo en tu realidad, en mi realidad, en la de él, ella, elle. Pero no en “la realidad” como mágica entidad per se, como ideal al que todos debemos atenernos para no estar (o parecer) locos. Esa es mi llave personal para el realismo mágico cuando balbuceo en ese género. No existen los moldes en el mundo vivo.
Leer me salva la vida y escribir me salva la consciencia, la autoconciencia donde comienza todo, previamente incluso al punto de vista. Por eso sigo haciéndolo, porque lo necesito. Y porque disfruto al crear puntos de vista y puntos de fuga, al jugar conmigo y con lo de más allá… en toda forma y esencia buscando lo que vive “más allá” de mí.
Comentarios
Muchas veces las tensiones, alegrías, tristezas, experiencias y las frustraciones de la vida encuentran un escape en la literatura, así como otras personas se desfogan en el ejercicio, en la música, en múltiples actividades e incluso en la violencia.
A mí me consta que el mejor psicólogo del mundo es la literatura. En ella dejamos ir lo que sentimos por dentro, y no solamente lo malo que nos atosiga y que necesita un medio de escape, sino también todas las emociones acumuladas y todas las cosas que deseamos expresar y que por medio de las letras tienen salida.
Tu relato, querida amiga, me hace reflexionar mucho, sobre todo en las cosas que llevo dentro de mi ser y que por medio de mi pluma se escapan y que transmiten sentimientos, emociones a todos los que me leen.
Gracias por compartirlo. Me doy cuenta que no soy el único que piensa así y me siento apoyado y reconfortado.
Voy a avanzar un poquito la historia aquí. Se lo pasaré a Nacho para Literanoicos cuando lo tenga completo, para el reto de "Música".
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Me llamo India Kastro y tengo veintiocho años. Si la escritura es mi amante, la música es mi esposa. Durante mucho tiempo, la música fue mi amante también (afortunado yo), pero me casé con ella el día que Matt me empujó, de forma casi literal, al escenario del Madison Square en un evento multitudinario. Tocaban varios artistas, algunos increíbles y todos atemporales. Yo tenía pánico escénico; rectifico, tengo pánico escénico (aunque en estos últimos meses procuro pensar que lo controlo un poco, si es que eso se puede controlar), pero tal circunstancia a Matt le dio igual. Pasó por encima de ello. Supongo que pensó que, si yo continuaba esclavo de mi miedo toda mi vida, jamás tocaría delante de nadie. Y me figuro que él tendría poderosas razones para considerar que yo no podía irme al otro barrio sin tocar y sin cantar delante de otra gente. Por otra parte, Matt es una vieja leyenda del rock (en términos de todo lo que es respetable), y ya lo era entonces. No le costó nada que me hicieran un hueco en aquel evento, porque tenía y tiene amigos en todas partes. Si no amigos, personas que le idolatran, ya sabes cómo son estas cosas. Así que lo amañó todo a mis espaldas, me llevó de viaje, me pidió que no me dejara la Fender en casa, y el resto ya lo sabes.
Bueno, no. No lo sabes. Al instante después de que Matt me soltó ahí, sentí que se me cerró la garganta. Casi vomito y me meo de miedo en el sitio. Me quedé clavado en el escenario, cegado por las luces, la camiseta pegada al cuerpo por el sudor y yo queriendo desaparecer tras la tela empapada y tras los latidos de mi corazón. Te he hablado antes de las sensaciones físicas asociadas a la ira sólo porque la ira me parecía el ejemplo más básico, pero ay, del miedo qué decirte. El miedo es la emoción que, por desgracia, siempre ha gobernado mi vida.
No sé cómo logré respirar y pasar a través de mi propio miedo entonces, pero al final arranqué. Canté una canción cuya letra es estúpida; se titula “Sacaré sangre”, no sé en qué momento se me ocurrió que sería la mejor opción. Además, la putada más grande cuando tengo mucho miedo en mi cuerpo es que al final de todo me da risa, lo cual era muy fácil que me pasara con semejante truño de letra y por supuesto yo lo sabía, pero no sé, soy tonto.
Puede parecer una contradicción lo de estallar en carcajadas cuando estoy aterrado, lo sé, pero tiene sentido. Imagino que es algún tipo de defensa histérica porque sencillamente no puedo soportar lo que siento dentro. Dentro, encima, debajo de mí. Hay algo horrible que ocurre con esto, y es que de pronto mi mente me dibuja un chiste. Las disociaciones pueden ser chistes de humor negro cuando ves todo el cuadro desde arriba y el cuadro es un chiste. Por ejemplo, cuando murió mi abuela y fuimos al tanatorio, entré a la habitación donde estaba ella y me encontré a mi tía rezando el rosario al lado del féretro. Sucedía que mi abuela estaba irreconocible con aquel sudario puesto, porque apenas se le veía la cara y además le habían quitado la dentadura postiza. Y de la ausencia de expresión en su cara qué decir. Realmente no parecía ella; yo pensé que NO era ella, así que le dije a mi tía (procurando ser discreto porque, joder, menudo marrón) que se había equivocado de muerto. Mi tía me miró como si yo estuviera loco, y entonces me empecé a reír, en parte por el cuadro pero sobre todo por escuchar esa vocecilla interior que me decía que sí, que era mi abuela quien estaba ahí, despojada de todo y sin ser ella pero de cuerpo presente. No quería creerlo. Yo adoraba a mi abuela. Salí de allí corriendo, me escondí en los cuartos de baño del tanatorio, me encerré en uno de los cubículos y reí, reí libremente, lloré, reí, inutilizado por completo para volver a salir al ruedo y para llevar a cabo cualquier interacción humana.
Pero sabes, ni siquiera la risa me incapacitó para seguir cantando en el Madison. Tuve una disociación tremenda en plena actuación y solo veía luces danzando y gente coreando furiosa el estribillo del “sacaré sangre”. Es una canción tan unga-unga que te aprendes la letra enseguida; al final esto me dio una baza a mi favor.
Su grotesca visión le permitió salir adelante y vencer el pánico escénico, el cual a todos los llega a suceder alguna vez.
Recuerdo que a los 17 años me sucedió en el Palacio de los Deportes cuando toqué rock and roll con mis Panteras Negras. Era tanto el público que comencé a temblar.
Lo que hice fue que cerré los ojos y toqué mi guitarra y canté como cuando estábamos en la cabina de grabación. El espectáculo fue un éxito.
Te agradezco de corazón, Charly, por leer.
El relato está completo aquí. Tiene algunos errores por culpa de la prisa
Skin – Literanoicos
¿En qué quedamos, la quieres o la amas?
Parece lo mismo, pero no es igual.
Reyes, te puse en el privado de este foro por segunda vez mi comentario en respuesta a tu audio.
En cuanto a tu relato "Esto y aquello y lo de más allá", es bueno, me ha gustado, pero hay algunas cosas que no he entendido. Más adelante te comentaré.
Es común compartir cosas del alma. Cuando tratamos de ocultar lo que sentimos, se escapa por nuestras bocas. Pocas veces dejamos que eso se escape en lo que escribimos... pero lo hace sin que nos demos cuenta.
Sigamos escribiendo, compartiendo, riendo y llorando. Que lo único que nos impide escribir algo, al fin y al cabo, somos nosotros mismos.
iremos escrirbiendo cosas si quieres para que ninguna historia de las nuestras se pierda.
¡Y a ti te quiero!
Lo que me gusta de tus relatos, amiga, es que pones mucho de ti en ellos.
Un abrazo
¡Me tocó, jajajajaja!