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Bajo la lluvia fría, le murmuro a los oídos “Encontraremos a Peter Pan”. Su mirada se calma, sonríe y, convencido como un científico del valor del empirismo o un obispo de la fe, me besa violentamente. Me lanzo al abismo y respondo a su beso con mis labios. Y mientras nuestras lenguas se enredan, mi cuerpo tiembla y mis vísceras se deshacen en cenizas. Un tempestuoso viento separa nuestras bocas y echamos a correr cogidos de la mano a través de calles torrenciales. En nuestra marcha, nos encontramos algunos callejones estrechos inundados que tenemos que atravesar a nado, esquivando contenedores, gatos ahogados y ratas que nadan con habilidad.
Cada vez hay más agua, y cada vez es más violenta. Nuestros brazos se fatigan, tan solo podemos dejarnos llevar por la corriente. Descendemos por los callejones convertidos en ríos sin separar nuestras manos. La travesía nos lleva hasta una azotea en la cual decidimos descansar. Nos echamos sobre un suelo encharcado. “Peter me comentó que vivía en una estrella próxima a la Luna” añade mi ángel caído y demente mientras contemplamos un cielo nublado que oculta todos sus astros y anuncia la condena inminente. Intento deshacerme de la premonición fatal con un beso, pero sus labios están impregnados con el sabor del fatídico desastre. No hay nada que podamos hacer frente al insuperable peso del destino. Consagramos nuestro amor y terminamos refugiados en un abrazo que ojalá hubiera sido eterno. Trato de mantenerme despierta, pero los párpados se vuelven pesados y caen sin remedio. Me pierdo en un sueño profundo.
Sin saber cuánto tiempo ha transcurrido y si permanezco en la misma noche, en la siguiente o incluso en una lejana, me despierto alarmada, con el presentimiento de que mi aventura ha llegado a su fin. Mi ángel caído está tendido al lado, mirando con unos ojos sin vida una luna clara. Tambaleo su cuerpo, pero no responde. Ahora soy yo la que chilla y llora desconsolada.
Ante mí, un chico de cabello rubio me sonríe maliciosamente. Siento el peligro en su mirada. Se aproxima a mí dando unos inquietantes brincos mientras se presenta con una voz rota: “Me llaman Peter Pan. Soy mercader de consuelo”. Extiende su mano y me ofrece un caramelo de aspecto extraño. En él se ve el Universo en miniatura. Estoy tan cansada, tan vencida, que no encuentro fuerzas suficientes para oponer resistencia. Sencillamente, cedo, extiendo la mano para recibir mi dosis de destrucción. Mientras este atraviesa mi garganta se me hiela toda la piel. De pronto, Peter ya no está, tampoco el cuerpo de mi estimado inmaculado.
Mi cuerpo empieza a convulsionar y, de repente, aparezco de nuevo en el mismo local donde acabo todos los sábados de esta vida mía, maldita y roída por la humedad del hastío. Estoy tendida en el suelo y no me puedo mover. Mis amigos, desencajados, se esfuerzan para reanimarme. Intento decirles que lo dejen estar, que no gasten ni un ápice de energía en un cuerpo muerto, pero mis palabras ya no tienen voz. Alrededor de mi cuerpo, los mismos rostros perpetuos dejan caer sus miradas sobre mi pálida figura. Miro por la ventana, que está siendo golpeada por una lluvia intensa, y me concentro en escuchar su sonido sobre todos los otros. “Maldita gota fría, al fin será la última…” y la luz tenue se apaga.
Comentarios
Paula, ¿has publicado aquí, en este foro, la primera parte? Si es así, dime dónde está que me gustaría leerla. Porque supongo que ésta segunda es continuación. Gracias.
Ah, gracias Laura. Voy.
Reitero lo dicho en la primera parte, pero mi sobrecogimiento ha aumentado.
Decías en el prólogo de la primera parte que esto te ha ocurrido a ti. Empezando por esa afirmación tuya, te digo que eres una mujer valiente, y no sólo por haber sufrido en tus propias carnes lo que narras, sino también por contarlo públicamente.
Escribes bien; para mí, es fluida la lectura; en ningún momento he tenido un tropiezo de lo leído, pero debo decirte sinceramente (no me gusta mentir) que no son de mi agrado los relatos de esta índole, que eso no quita mérito alguno al tuyo.
Enjuciándolo como texto, sin importar el contenido, la redacción es perfecta, respetando las normas de la gramática y la ortografía.
Y ya que veo y leo que tienes esa facilidad para escribir, deléitame (deléitanos) con otros textos más alegres. Gracias.
Bajo la lluvia fría, le murmuro a los oídos “Encontraremos a Peter Pan”. Su mirada se calma, sonríe y, convencido como un científico del valor del empirismo o un obispo de la fe, me besa violentamente.
Me lanzo al abismo y respondo a su beso con mis labios. Y mientras nuestras lenguas se enredan, mi cuerpo tiembla y mis vísceras se deshacen en cenizas. Un tempestuoso viento separa nuestras bocas y echamos a correr cogidos de la mano a través de calles torrenciales.
En nuestra marcha, nos encontramos algunos callejones estrechos inundados que tenemos que atravesar a nado, esquivando contenedores, gatos ahogados y ratas que nadan con habilidad.
Cada vez hay más agua, y cada vez es más violenta. Nuestros brazos se fatigan, tan solo podemos dejarnos llevar por la corriente. Descendemos por los callejones convertidos en ríos sin separar nuestras manos. La travesía nos lleva hasta una azotea en la cual decidimos descansar.
Nos echamos sobre un suelo encharcado. “Peter me comentó que vivía en una estrella próxima a la Luna” añade mi ángel caído y demente mientras contemplamos un cielo nublado que oculta todos sus astros y anuncia la condena inminente.
Intento deshacerme de la premonición fatal con un beso, pero sus labios están impregnados con el sabor del fatídico desastre. No hay nada que podamos hacer frente al insuperable peso del destino.
Consagramos nuestro amor y terminamos refugiados en un abrazo que ojalá hubiera sido eterno. Trato de mantenerme despierta, pero los párpados se vuelven pesados y caen sin remedio. Me pierdo en un sueño profundo.
Sin saber cuánto tiempo ha transcurrido y si permanezco en la misma noche, en la siguiente o incluso en una lejana, me despierto alarmada, con el presentimiento de que mi aventura ha llegado a su fin.
Mi ángel caído está tendido al lado, mirando con unos ojos sin vida una luna clara. Tambaleo su cuerpo, pero no responde. Ahora soy yo la que chilla y llora desconsolada.
Ante mí, un chico de cabello rubio me sonríe maliciosamente. Siento el peligro en su mirada. Se aproxima a mí dando unos inquietantes brincos mientras se presenta con una voz rota: “Me llaman Peter Pan. Soy mercader de consuelo”.
Extiende su mano y me ofrece un caramelo de aspecto extraño. En él se ve el Universo en miniatura. Estoy tan cansada, tan vencida, que no encuentro fuerzas suficientes para oponer resistencia. Sencillamente, cedo, extiendo la mano para recibir mi dosis de destrucción.
Mientras este atraviesa mi garganta se me hiela toda la piel. De pronto, Peter ya no está, tampoco el cuerpo de mi estimado inmaculado.
Mi cuerpo empieza a convulsionar y, de repente, aparezco de nuevo en el mismo local donde acabo todos los sábados de esta vida mía, maldita y roída por la humedad del hastío. Estoy tendida en el suelo y no me puedo mover.
Mis amigos, desencajados, se esfuerzan para reanimarme. Intento decirles que lo dejen estar, que no gasten ni un ápice de energía en un cuerpo muerto, pero mis palabras ya no tienen voz.
Alrededor de mi cuerpo, los mismos rostros perpetuos dejan caer sus miradas sobre mi pálida figura. Miro por la ventana, que está siendo golpeada por una lluvia intensa, y me concentro en escuchar su sonido sobre todos los otros. “Maldita gota fría, al fin será la última…” y la luz tenue se apaga.
CharlyElvisRocker dijo:
Un saludo...