Buenas noches. ¿Qué estáis haciendo? ¿Algún proyecto de escritura? ¿Algún plan para las vacaciones -si las tenéis-? Antonio, ¿estás ya en suelo patrio?
Buenas noches. ¿Qué estáis haciendo? ¿Algún proyecto de escritura? ¿Algún plan para las vacaciones -si las tenéis-? Antonio, ¿estás ya en suelo patrio?
Hola, Isabel. Enfrascado ando en mi tarea de Tratado/Ensayo El antaño y el hogaño con el paso de los años, pero con muchas lagunas de tiempo porque mi intención es insertar imágenes significativas; y, por más empeño en el menester, a veces se me va la olla por falta de concentración, además de que es un trabajo de más de 500 páginas, que no va a ser publicado, ni muchos menos, solo para mi deleite. Pero me pesan más de la cuenta mis casi 81 tacos. Sigo en Nueva York. El próximo abril o mayo volaré hacia Sevilla para visitar a mis otros hijos y mis nietos, pero solo un mes porque he decidido quedarme a vivir aquí. No pensaba que me iba a adaptar, pero, poco a poco, me estoy adaptando. El tener diariamente la compañía de dos de mis hijas, sus maridos y sus hijos, contribuye grandemente.
Buenas noches. ¿Qué estáis haciendo? ¿Algún proyecto de escritura? ¿Algún plan para las vacaciones -si las tenéis-? Antonio, ¿estás ya en suelo patrio?
Hola, Isabel. Enfrascado ando en mi tarea de Tratado/Ensayo El antaño y el hogaño con el paso de los años, pero con muchas lagunas de tiempo porque mi intención es insertar imágenes significativas; y, por más empeño en el menester, a veces se me va la olla por falta de concentración, además de que es un trabajo de más de 500 páginas, que no va a ser publicado, ni muchos menos, solo para mi deleite. Pero me pesan más de la cuenta mis casi 81 tacos. Sigo en Nueva York. El próximo abril o mayo volaré hacia Sevilla para visitar a mis otros hijos y mis nietos, pero solo un mes porque he decidido quedarme a vivir aquí. No pensaba que me iba a adaptar, pero, poco a poco, me estoy adaptando. El tener diariamente la compañía de dos de mis hijas, sus maridos y sus hijos, contribuye grandemente.
El entrar todos los días en el foro, más que quitarme tiempo me distrae. Es una especie de footing mental entre el teclado y la inspiración para proseguir con lo otro, además de estar al corriente de los movimientos de este foro-tortuga. También participo en la LISTA de Iramesoj. Lo último que he publicado ha sido un relato con un cierto donaire: "La lata de Cola Cao". (Por cierto, pedí a la moderadora Amparo Bonilla que eliminase lo primero que plasmé, dando como válido y ya corregido el texto insertado al final).
Los recién casados entraron al vagón del tren tres horas después de que saliéramos de Madrid. La novia representaba más edad. Vivían en un pueblo de Toledo, y se dirigían al Sur, en luna de miel. Ella parecía una pueblerina con resabios de señorita marisabidilla. Su físico era vulgar: estatura baja, gruesa, cara ancha, poco pelo, ojos inexpresivos y boca con labios finos. Él tendría 25 años: alto, manos callosas, y su expresión delataba que era un poco infantil. Parecía ahogarse dentro del traje azul, poco holgado para su amplio tórax. Se inclinaba sobre su esposa, rendido a 'sus encantos'. "¡No seas imbécil!", lo increpaba ella. Empecé a sentirme mal. La impertinente mujer le hacía advertencias "¡no hagas esto, no hagas lo otro, no te pongas así, no te pongas asao!". Y cada frase la acompañaba de insultos. El traqueteo del tren pespunteaba el silencio. Pasaban rápidos los palos del teléfono y la electricidad, y subían y bajaban los cables, culebreando en el paisaje. Los bruscos vaivenes del tren iban acunándome, y las ideas llegaban soñolientas a mi cerebro, como olas cansinas de la canícula sobre la playa. Pensaba que ella sería una aldeana rica que había aceptado como marido a aquel gañán, frente la amenaza de la soltería. Y lo pensaba con obstinación, sintiendo que las ideas se escurrían como libro entre dedos torpes de sueño. Viajábamos bajo un Sol de sentencia. Las ventanillas del vagón iban abiertas, y las cortinillas, que tamizaban los rayos solares, sumían nuestro compartimento en un ámbito sofocante. El meneo del tren, que comenzaba a deslizarse sobre una pendiente, zarandeaba los cuerpos como a muñeco. Flameaban las cortinillas, dejando pasar, a intervalos, chorros de luz que mostraban el paisaje entre guiños. Caían mis párpados sobre mis ojos, haciendo un esfuerzo volvía a subirlos, como si quisiera levantar una pesa de diez kilos con una mano sin nervios y sin músculos. "Por eso lo humilla y lo desprecia". Las ideas se pegaban a mi mente como las patas de las moscas en una de esas tiras de papel cazamoscas. "Porque su marido le representa el recuerdo enojoso de sus petulancias desvanecidas, del novio que se burló de ella, del señorito que la dejó plantada". Todos esos pensamientos revoloteaban en mis adentros, hasta que terminaban por escapar como una bandada de pájaros. Me quedé vacío. De pronto me zarandeaban, sin miramientos. "¡Billete!". Ante mí el revisor, con esa estúpida expresión de no haberse saciado de interrumpir el sueño fugaz del viajero. Lo suyo era picar billetes, y poco más debía importarle.
Aunque en un comentario anterior dejé constancia de que me gustaba entrar en el foro porque me distraía, estoy empezando a hartarme de ser yo casi el único que participa últimamente. Es cierto, como he dicho en varias ocasiones, que todos estos foros están de capa caída, pero lo que más me molesta es que permita la dirección del nuestro que entre gente solo para "vender sus productos", entiéndase por productos novelas, libros, web, blog... y a veces hasta troles. Una pena. Y es una pena porque éste foro de Literatura es un buen foro, pero se ha convertido, o se está convirtiendo en un medio de publicidad gratuita.
Hola a todos. Espero que estéis disfrutando del domingo.
Es verdad que es difícil encontrar en el foro conversaciones que merezcan la pena. Muchas son, como dice Antonio, para vender, pero ni se preocupan por los compradores. Llegan, hablan de su producto y se van para no volver.
Por suerte, siempre hay gente disponible a hablar de temas interesantes, por eso seguimos por aquí. En mi caso, no es todos los días, pero intento no desaparecer del todo.
Nervioso, revolví todo mi escritorio. Pero, de pronto, recordé que lo que buscaba estaba en mi cuarto. Saqué del armario una pistola de caza y una caja de balas que, por olvido, no se había llevado el anterior médico del pueblo, reverberaron en mis manos. La cargué, aun temblando, y salí hacia el puente. El puente estaba a cien metros de mi casa. No quería pensar, solo dos palabras golpeaban mi cráneo: "lo mataré". La noche era clara. El notario López esperaba apoyado sobre el pretil. Al verme a lo lejos, se puso en medio de la carretera, no sin antes, metódico siempre, quitarse las gafas y dejarlas sobre el asfalto. Me detuve a unos diez metros de él. No hablamos. Solo apreté el gatillo, López se tambaleó y después se llevó la mano al hombro. De pronto, un chillido me hacía girar en redondo. El forense Ruiz venía corriendo hacia donde estábamos. "¡Estáis locos!", gritaba, jadeante. Apenas llegó a nosotros, de un tirón me arrebató la pistola y se fue en auxilio de López, tumbado en el suelo. "¡Además de 'valiente', te recuerdo que eres médico, hay que llevarlo a tu casa!", me reprendió en un tono de voz que no admitía réplica. Puso su pañuelo en el hombro de López. Lo cogimos cada uno de un brazo y empezamos a caminar. Solo nos cruzamos con un matrimonio influyente del pueblo. Ruiz, mostrando una sonrisa forzada le daba explicaciones: "ha bebido más de la cuenta". Pero la señora no parecía creer esa explicación, y por sus miradas y gestos se podía deducir que estaba empezando a hilvanar. Al final del trayecto, la cara de López se puso blanca. En el cemento iba quedando un reguero de sangre. "Aunque sangre derrame y ande con paso débil, me ha vencido, y de haber querido, podía haberse reído de mí; yo no soy sino un despreciable, y López me ha tratado como se debe tratar: como una persona civilizada a un salvaje, y con la impotencia de un salvaje odio yo a López", pensaba en el trayecto. Dejamos la carretera y nos desviamos hacia mi casa. Mi asistenta sevillana, que se llamaba Socorro, se hallaba enfrascada en la cena y no se percataba de que entrábamos. Pasamos directamente a mi despacho "¡Coñac!", me dijo Ruiz, y López bebió del tirón la copa que le puso Ruiz en la mano. "Prepara el instrumental", me ordenó Ruiz. "Un momento, dijo, López, con voz tenue pero firme, "nadie más que nosotros tiene que saber lo que acaba de ocurrir". Y sin que Ruiz ni yo nos percatásemos se apoderó de la pistola, que Ruiz había dejado sobre la mesa. Ruiz lo miraba, asustado. Y yo sonreía. Me hubiera hecho un favor si me hubiera matado. Pero, obviamente, sus intenciones eran diferentes. "Solo ha sido un accidente, ¡esto!", y disparó contra la pared. "No necesito tu generosidad", le dije. "No pensaba en ti, sino en Lola", de nuevo me comió la moral. Sin embargo, no satisfecho, pus en mis palabras salía de nuevo, en forma de pregunta: "¿Es esto lo que llaman los circunspectos como tú portarse como un caballero?". No me dijo nada. Socorro acudió, alarmada por la detonación en el sosiego de sus quehaceres domésticos. Golpeó la puerta del despacho. "¡Taujté ahí, jeñó dojtó? ¿Lacurrío argo? ¿Cajío eje ruío?". Ruiz entreabrió la puerta, asomó la cabeza y dijo, sonriendo: "No es nada, Socorrito, estábamos revisando una pistola de caza y… en fin, pon a hervir un poco de agua". "¡Ya voy, don Pepe! ¡Virgen Janta, várgame er jielo!". Y se alejó dejando un rosario de jaculatorias. López tenía perforado el hombro, pero la bala no había dañado ningún órgano vital, por lo que la herida sanaría pronto. Mientras salían de mi despacho, López, en un gesto gentil, me tendió la mano. No secundé su intención, pero cuando cruzó el umbral dije en voz baja "hazla feliz". Me oyó, a juzgar por la mirada que me envió. Y Ruiz también me escuchó, pero se limitó a darme una palmadita en la espalda y a decirme que no dejase de curarme la herida en el muslo. Salí del pueblo esa noche, solo con lo puesto. Solo cogí un dinero que guardaba en mi escritorio. Y como a esas horas no había autobús público, tuve que caminar, a duras penas, aunque descansando en el camino, 14 horas para recorrer los cien kilómetros que separaban el pueblo de Sevilla. Me fui sin despedirme de nadie. Estaba triste, hundido, desamparado… y enamorado sin ser correspondido. Solo me acompañaba en mi estampida una cauda lastimera: "el nombre de Lola iba ya de boca en boca, inútilmente".
Lo vi por primera vez mientras se bajaba del autobús, ajustándose el cuello de su abrigo y poniéndose unos guantes negros de cuero. Enseguida se ocupó de su equipaje, y luego saludó, entre presuntuoso y cortés, a todas las personas que habían ido a recibirle. Daba la sensación de un hombre metódico y seguro de sí. Era un poco más bajo que yo; rubio, delgado, y con facciones más agradables que correctas: ojos azules, nariz fina y dientes desiguales. Usaba gafas con montura de carey. Era inteligente y se jactaba de una sólida cultura. Sus juicios eran a la vez ponderados y ecuánimes. En su trato con los nativos del pueblo, sabía ser enérgico o blando, según la circunstancia. No toleraba nada que fuese en contra de su decoro, y se encogía de hombros frente a los tiquismiquis locales. Su actitud, hábil, le granjeaba respeto y estima entre la gente del lugar. Era un conversador infatigable, raramente ameno, y sus criterios estaban a igual distancia de lo común que de lo original. No obstante a sus buenas prendas, no llegué a estimarle ni a considerarle siquiera. Un pálpito me ponía en guardia contra él desde el primer día. Presentía el rival. Había en él un mucho de escurridizo, a pesar de sus formas circunspectas. Escuchándole hablar, nadie dudaba de su sinceridad. Pero en mí, tan torpe de ordinario en juzgar a los demás, me quedaba un extraño pesar, un tilín abejorrero, como si callase algo y lo que callaba era más trascendente que lo que decía. Otro detalle que chocaba del "impecable dios de la fe" era su presuntuosidad, que la ejercía con aires de ponderación desdeñosa. Pero no podía escapar de una mirada penetrante de un espectador enconado como éste médico suscribiente. López era un tipo al que complacía ser conocido, destacar en todo ámbito y ambiente, incluso ruines; estar en primera fila, presidir los actos públicos, ir al frente de las procesiones, dirigir una comisión que debía recibir a altas personalidades y dejar oír su parla, elocuente en verdad, con cualesquiera de ésos motivos. Su familia era rica, pero de baja extracción. Había asistido a los más afamados colegios, e incluso hasta del extranjero, y sabía usar y, quizá, abusar de las prerrogativas de ser el único heredero de una fortuna. Acabó la carrera con brillantez, siendo el número uno de su promoción, y pensaba encumbrarse enseguida. Era millonario, y no necesitaba trabajar, pero quería sumar al brillo de su dinero el lustre de un cargo ejecutivo que empavonase su ego hasta borrar su imagen de sangre plebeya. Se avergonzaba de sus orígenes y hasta trabas vería en ellos para ser el día de mañana gobernador o algo así en alguna ciudad provinciana, e incluso en Madrid. Pero aun mis reparos, solo podía hacer elogio de él. Lo que le negaba era que fuera de la talla suficiente para enamorar a Lola. No me importaba que diese pie para que se dijese de mí que era un petulante. Quizás ahora la vida de Lola sea feliz con López, pero yo podía haberle dado más en un minuto que López en toda la vida. Puede que Lola sea en la actualidad una autoridad en alguna capital de provincia. Una triste y respetable señora; ¡sí, una triste y respetable señora!, noble y virtuosa, cargada de hijos y de amistades enojosas, pero crucificada en una eterna admiración hacia su esposo, con una gratitud cuya conveniencia le habrá recordado varias veces. Porque en el supuesto de una vanidad de un ser superior, haya permitido a su esposa guardar su pasado y él no haya indagado sobre lo que le ocurrió conmigo, no es sino una repugnante generosidad de un hombre comprensivo con una afectación falsamente cristiana y con la desdeñosa ejemplaridad de su vida recta, pero con altibajos y concesiones de un cabrón consentido. No era López de esa clase de personas que perdonan fácilmente. Se habría casado con Lola porque la amaba. De acuerdo. Pero después de los primeros compases de la pasión, amargaría la vida a su esposa con injustificados recelos. López era uno de esos tipos que se erigen como un archivo de rectitud, como modelo a seguir, uno de esos implacables hombres buenos. Lo que nunca perdonaré a López es que haya convertido la vida de Lola en vulgar. ¡Se puede mutilar El Giraldillo, en un acto de locura, o incendiar La Catedral, en un ansia por figurar o arrojar La Torre del Oro hacia el Guadalquivir, por esnob, ¡pero no se puede convertir en una casa de vecinos!
Anoche estuve en casa de la Mari Pili. Me contó, con todo lujo de detalles, el chasco de la Inés, y cuando salí de su casa tropecé con la capillita Pepi y me habló de los milagros del Palmar, y también de ese rollo macabeo que se trae la mulatita putita de nuestro barrio; que, oye, otra cosa no, pero guapa y bien hecha es un rato la tía. Mientras mi novio y yo estábamos enfrascados en… “eso”, hablábamos del oficio de ramera, que, desde luego, es una gran ramerada. En mi casa, después de almorzar, salió a la palestra el asqueroso temita de las tarjetas del suavón Rato ese, que se ha cargado los ahorros de un montón de abuelos. Hablamos también de la casita en la playa de Rota, que no sabemos quién se la va a quedar. Y, cómo no, comentamos de pasada el asunto interesante del ex caudillo Franco, que si lo sacan o no del agujero, que si lo embalsaman o lo momian, que dónde lo meten. Ya de noche vi, por casualidad, a la Charito, la gitana, y me largó la pelea que han tenido las hermanas “Azúcar Moreno”. Más tarde, ya en mi camita no podía dormir porque estaba hasta el moño de tantos chismes. Me dieron las tantas de la madrugada y al tontorrón de Morfeo no le salía de... ahí aparecer. Me levanté tarumba esta mañana a las nueve, y ahora estoy más aburrida que un matrimonio de ostras porque no veo a nadie en el barrio para que me cuente algún chisme.
“Mujer, llama ahora a sus padres y diles que tenemos que vernos”, se serenó un poco. “No puedo hacerlo; no los conozco, solo la voz de ella y por teléfono”. “¡Será posible!, se enfureció de nuevo. ¡Diles que tu hija ha hecho el amor con uno de sus hijos, o quizás con los dos, de modo que somos familia, consuegros o algo así, eso es razón suficiente, ¿no crees?!”. “¿Por qué haces siempre lo que te dice el director de tu Banco?”. “¡Porque, además de que es el tío de esos dos chicos, le debo un dineral en préstamos para mis construcciones; de no ser por él, seguiría siendo un simple albañil haciendo chapuzas!”, tragó saliva. “¡Coge de una puñetera vez ese teléfono!”, y se fue hacia la escalera del piso superior. “Me da igual lo que les digas, pero concierta una cita con ellos ya!”. “¿Dónde vas tú ahora?”. “¡A hablar con nuestra libertina hijita, si no me cuenta toda la verdad de esa violación, que creo se ha inventado, se la arrancaré de los labios!”. Dio un puñetazo en la barandilla y enseguida empezó a subir peldaños de dos en dos. Su esposa, al coger el teléfono, oyó pasos hacia el dormitorio de su hija. Empezó a marcar, pero se detuvo al escuchar unos gritos. Su dedo se paró en el dial. Cesaron los gritos y de nuevo reinició la maniobra, pero con desgana y lentitud. Es que quería ser abuela.
Mi abuelo nació y vivió en Santander. Era un hombre con una fuerza tan grande como su brutalidad. Se ganaba la vida de peón. Pero pasaba de trabajar. Era adicto al vino, a las mujeres y a las peleas de tabernas, y los otros hombres le temían. A los 30 se enamoró de una muchacha de 20 años. Pero su amor era agresivo. Ella lo odiaba, y sus padres no habrían autorizado nunca su boda. Él acosaba a la chica con la procacidad de un sátiro. Dos hermanos de ella, más jóvenes que mi abuelo, una noche le dieron una paliza hasta dejarlo herido. Mi abuelo se escondió y, cuando al alba salían sus agresores para acudir a su trabajo, entró en la casa y mató a la muchacha a porrazos. Luego huyó al monte y de él a Francia. Anduvo romero y vagabundo durante dos lustros. Trabajaba en todo lo que le iba surgiendo, para poder sobrevivir. A los 40, quebrantado por el rudo trabajo y, sobre todo. por su vida de borrachera y crápula, tuvo la suerte de colocarse de portero en un hotel de Marsella. Usaba entonces una barba larga, para tapar una herida que le cruzaba la cara, y unos mostachos. Pasados cinco meses se casó con una camarera del hotel, más joven que él, pero a veces perdía la dignidad frente a su marido.
Comentarios
¡Ya no me pones más cuernos,
vete ya al maldito infierno!
Y su ginecólogo le dijo una vez
que nunca podría tener un bebé
¿Información al turismo
o tráfico-confusionismo?
Veo que este foro tiene porvenir,
no paran las gentes de acudir
La alta velocidad embriaga,
e incluso hasta te cagas
Su torito se tarda ya demasiao,
seguro que se ha emborrachao
Buenas tardes
Buenas tardes
Buenas tardes
Buenas tardes
Buenas tardes
Solo parió uno y chiquitino
y además sietemesino
Y Judas, que era un pingo,
se las jugó en el bingo
Y la acústica se hizo música
Felipe, vamos a la feria de Sevilla,
que dicen que es una maravilla
Buenas tardes
Buenas tardes
¿Qué estáis haciendo? ¿Algún proyecto de escritura? ¿Algún plan para las vacaciones -si las tenéis-?
Antonio, ¿estás ya en suelo patrio?
Hola, Isabel. Enfrascado ando en mi tarea de Tratado/Ensayo El antaño y el hogaño con el paso de los años, pero con muchas lagunas de tiempo porque mi intención es insertar imágenes significativas; y, por más empeño en el menester, a veces se me va la olla por falta de concentración, además de que es un trabajo de más de 500 páginas, que no va a ser publicado, ni muchos menos, solo para mi deleite. Pero me pesan más de la cuenta mis casi 81 tacos. Sigo en Nueva York. El próximo abril o mayo volaré hacia Sevilla para visitar a mis otros hijos y mis nietos, pero solo un mes porque he decidido quedarme a vivir aquí. No pensaba que me iba a adaptar, pero, poco a poco, me estoy adaptando. El tener diariamente la compañía de dos de mis hijas, sus maridos y sus hijos, contribuye grandemente.
El entrar todos los días en el foro, más que quitarme tiempo me distrae. Es una especie de footing mental entre el teclado y la inspiración para proseguir con lo otro, además de estar al corriente de los movimientos de este foro-tortuga. También participo en la LISTA de Iramesoj. Lo último que he publicado ha sido un relato con un cierto donaire: "La lata de Cola Cao". (Por cierto, pedí a la moderadora Amparo Bonilla que eliminase lo primero que plasmé, dando como válido y ya corregido el texto insertado al final).
Buenas tardes
Antonio Chávez López
Sevilla abril 1997
(Ese es un fragmentos de mi obra "Atormentado")
Aunque en un comentario anterior dejé constancia de que me gustaba entrar en el foro porque me distraía, estoy empezando a hartarme de ser yo casi el único que participa últimamente. Es cierto, como he dicho en varias ocasiones, que todos estos foros están de capa caída, pero lo que más me molesta es que permita la dirección del nuestro que entre gente solo para "vender sus productos", entiéndase por productos novelas, libros, web, blog... y a veces hasta troles. Una pena. Y es una pena porque éste foro de Literatura es un buen foro, pero se ha convertido, o se está convirtiendo en un medio de publicidad gratuita.
Es verdad que es difícil encontrar en el foro conversaciones que merezcan la pena. Muchas son, como dice Antonio, para vender, pero ni se preocupan por los compradores. Llegan, hablan de su producto y se van para no volver.
Por suerte, siempre hay gente disponible a hablar de temas interesantes, por eso seguimos por aquí. En mi caso, no es todos los días, pero intento no desaparecer del todo.
Buenas tardes
- Nervioso, revolví todo mi escritorio. Pero, de pronto, recordé que lo que buscaba estaba en mi cuarto. Saqué del armario una pistola de caza y una caja de balas que, por olvido, no se había llevado el anterior médico del pueblo, reverberaron en mis manos. La cargué, aun temblando, y salí hacia el puente. El puente estaba a cien metros de mi casa. No quería pensar, solo dos palabras golpeaban mi cráneo: "lo mataré". La noche era clara. El notario López esperaba apoyado sobre el pretil. Al verme a lo lejos, se puso en medio de la carretera, no sin antes, metódico siempre, quitarse las gafas y dejarlas sobre el asfalto. Me detuve a unos diez metros de él. No hablamos. Solo apreté el gatillo, López se tambaleó y después se llevó la mano al hombro. De pronto, un chillido me hacía girar en redondo. El forense Ruiz venía corriendo hacia donde estábamos. "¡Estáis locos!", gritaba, jadeante. Apenas llegó a nosotros, de un tirón me arrebató la pistola y se fue en auxilio de López, tumbado en el suelo. "¡Además de 'valiente', te recuerdo que eres médico, hay que llevarlo a tu casa!", me reprendió en un tono de voz que no admitía réplica. Puso su pañuelo en el hombro de López. Lo cogimos cada uno de un brazo y empezamos a caminar. Solo nos cruzamos con un matrimonio influyente del pueblo. Ruiz, mostrando una sonrisa forzada le daba explicaciones: "ha bebido más de la cuenta". Pero la señora no parecía creer esa explicación, y por sus miradas y gestos se podía deducir que estaba empezando a hilvanar. Al final del trayecto, la cara de López se puso blanca. En el cemento iba quedando un reguero de sangre. "Aunque sangre derrame y ande con paso débil, me ha vencido, y de haber querido, podía haberse reído de mí; yo no soy sino un despreciable, y López me ha tratado como se debe tratar: como una persona civilizada a un salvaje, y con la impotencia de un salvaje odio yo a López", pensaba en el trayecto. Dejamos la carretera y nos desviamos hacia mi casa. Mi asistenta sevillana, que se llamaba Socorro, se hallaba enfrascada en la cena y no se percataba de que entrábamos. Pasamos directamente a mi despacho "¡Coñac!", me dijo Ruiz, y López bebió del tirón la copa que le puso Ruiz en la mano. "Prepara el instrumental", me ordenó Ruiz. "Un momento, dijo, López, con voz tenue pero firme, "nadie más que nosotros tiene que saber lo que acaba de ocurrir". Y sin que Ruiz ni yo nos percatásemos se apoderó de la pistola, que Ruiz había dejado sobre la mesa. Ruiz lo miraba, asustado. Y yo sonreía. Me hubiera hecho un favor si me hubiera matado. Pero, obviamente, sus intenciones eran diferentes. "Solo ha sido un accidente, ¡esto!", y disparó contra la pared. "No necesito tu generosidad", le dije. "No pensaba en ti, sino en Lola", de nuevo me comió la moral. Sin embargo, no satisfecho, pus en mis palabras salía de nuevo, en forma de pregunta: "¿Es esto lo que llaman los circunspectos como tú portarse como un caballero?". No me dijo nada. Socorro acudió, alarmada por la detonación en el sosiego de sus quehaceres domésticos. Golpeó la puerta del despacho. "¡Taujté ahí, jeñó dojtó? ¿Lacurrío argo? ¿Cajío eje ruío?". Ruiz entreabrió la puerta, asomó la cabeza y dijo, sonriendo: "No es nada, Socorrito, estábamos revisando una pistola de caza y… en fin, pon a hervir un poco de agua". "¡Ya voy, don Pepe! ¡Virgen Janta, várgame er jielo!". Y se alejó dejando un rosario de jaculatorias. López tenía perforado el hombro, pero la bala no había dañado ningún órgano vital, por lo que la herida sanaría pronto. Mientras salían de mi despacho, López, en un gesto gentil, me tendió la mano. No secundé su intención, pero cuando cruzó el umbral dije en voz baja "hazla feliz". Me oyó, a juzgar por la mirada que me envió. Y Ruiz también me escuchó, pero se limitó a darme una palmadita en la espalda y a decirme que no dejase de curarme la herida en el muslo. Salí del pueblo esa noche, solo con lo puesto. Solo cogí un dinero que guardaba en mi escritorio. Y como a esas horas no había autobús público, tuve que caminar, a duras penas, aunque descansando en el camino, 14 horas para recorrer los cien kilómetros que separaban el pueblo de Sevilla. Me fui sin despedirme de nadie. Estaba triste, hundido, desamparado… y enamorado sin ser correspondido. Solo me acompañaba en mi estampida una cauda lastimera: "el nombre de Lola iba ya de boca en boca, inútilmente".
Antonio Chávez LópezSevilla abril 1997
Antonio Chávez López
Sevilla abril 1997
(Ese es otro fragmentos de mi obra "Atormentado")
El embarazo
“Mujer, llama ahora a sus padres y diles que tenemos que vernos”, se serenó un poco. “No puedo hacerlo; no los conozco, solo la voz de ella y por teléfono”. “¡Será posible!, se enfureció de nuevo. ¡Diles que tu hija ha hecho el amor con uno de sus hijos, o quizás con los dos, de modo que somos familia, consuegros o algo así, eso es razón suficiente, ¿no crees?!”. “¿Por qué haces siempre lo que te dice el director de tu Banco?”. “¡Porque, además de que es el tío de esos dos chicos, le debo un dineral en préstamos para mis construcciones; de no ser por él, seguiría siendo un simple albañil haciendo chapuzas!”, tragó saliva. “¡Coge de una puñetera vez ese teléfono!”, y se fue hacia la escalera del piso superior. “Me da igual lo que les digas, pero concierta una cita con ellos ya!”. “¿Dónde vas tú ahora?”. “¡A hablar con nuestra libertina hijita, si no me cuenta toda la verdad de esa violación, que creo se ha inventado, se la arrancaré de los labios!”. Dio un puñetazo en la barandilla y enseguida empezó a subir peldaños de dos en dos. Su esposa, al coger el teléfono, oyó pasos hacia el dormitorio de su hija. Empezó a marcar, pero se detuvo al escuchar unos gritos. Su dedo se paró en el dial. Cesaron los gritos y de nuevo reinició la maniobra, pero con desgana y lentitud. Es que quería ser abuela.
Mi abuelo mató por despecho
Mi abuelo nació y vivió en Santander. Era un hombre con una fuerza tan grande como su brutalidad. Se ganaba la vida de peón. Pero pasaba de trabajar. Era adicto al vino, a las mujeres y a las peleas de tabernas, y los otros hombres le temían. A los 30 se enamoró de una muchacha de 20 años. Pero su amor era agresivo. Ella lo odiaba, y sus padres no habrían autorizado nunca su boda. Él acosaba a la chica con la procacidad de un sátiro. Dos hermanos de ella, más jóvenes que mi abuelo, una noche le dieron una paliza hasta dejarlo herido. Mi abuelo se escondió y, cuando al alba salían sus agresores para acudir a su trabajo, entró en la casa y mató a la muchacha a porrazos. Luego huyó al monte y de él a Francia. Anduvo romero y vagabundo durante dos lustros. Trabajaba en todo lo que le iba surgiendo, para poder sobrevivir. A los 40, quebrantado por el rudo trabajo y, sobre todo. por su vida de borrachera y crápula, tuvo la suerte de colocarse de portero en un hotel de Marsella. Usaba entonces una barba larga, para tapar una herida que le cruzaba la cara, y unos mostachos. Pasados cinco meses se casó con una camarera del hotel, más joven que él, pero a veces perdía la dignidad frente a su marido.