Nacido, amamantado y criado en la ciudad de Sevilla, era un
escritor medianamente culto, pero prolífico en el arte de la escritura. Este octogenario,
educado, amable y altruista, escribió infinidad de escritos de todas las temáticas,
y más de quince libros. No obstante su endeble bagaje cultural para llegar a
ser alguien en el difícil oficio de la Literatura, en sus escritos contaba el
mundo como lo veía su singular óptica, pero el lector sagaz que sabía hurgar en
ellos, podía encontrar lo que quería saber o corroborar lo que ya sabía. Esa
parrafada suya, que aparece a continuación, escrita en letras cursivas, levantó
ampollas entre las féminas de su época:
“Mientras las mujeres se sienten realizadas y son poseedoras de
una verdadera estabilidad, pueden alcanzar el éxito; pero, aun el alto precio
que a veces pagan, se encuentran solas cuando, por fin, lo consiguen; solas
como raramente llega a estar un hombre en sus mismas circunstancias”.
Buenos días, Antonio, y todos los demás miembros de este foro. Aquí bien, con un clima inusualmente templado por estas tierras, que es algo que se agradece un montón, y tomando un descanso de tanto trajín en la universidad y de trabajos que me piden de otras universidades.
Nacido, amamantado y criado en la ciudad de Sevilla, era un
escritor medianamente culto, pero prolífico en el arte de la escritura. Este octogenario,
educado, amable y altruista, escribió infinidad de escritos de todas las temáticas,
y más de quince libros. No obstante su endeble bagaje cultural para llegar a
ser alguien en el difícil oficio de la Literatura, en sus escritos contaba el
mundo como lo veía su singular óptica, pero el lector sagaz que sabía hurgar en
ellos, podía encontrar lo que quería saber o corroborar lo que ya sabía. Esa
parrafada suya, que aparece a continuación, escrita en letras cursivas, levantó
ampollas entre las féminas de su época:
“Mientras las mujeres se sienten realizadas y son poseedoras de
una verdadera estabilidad, pueden alcanzar el éxito; pero, aun el alto precio
que a veces pagan, se encuentran solas cuando, por fin, lo consiguen; solas
como raramente llega a estar un hombre en sus mismas circunstancias”.
Antonio Chávez López Sevilla enero 2007
Esto parece ser una breve autobiografía de tú persona.
Nacido, amamantado y criado en la ciudad de Sevilla, era un
escritor medianamente culto, pero prolífico en el arte de la escritura. Este octogenario,
educado, amable y altruista, escribió infinidad de escritos de todas las temáticas,
y más de quince libros. No obstante su endeble bagaje cultural para llegar a
ser alguien en el difícil oficio de la Literatura, en sus escritos contaba el
mundo como lo veía su singular óptica, pero el lector sagaz que sabía hurgar en
ellos, podía encontrar lo que quería saber o corroborar lo que ya sabía. Esa
parrafada suya, que aparece a continuación, escrita en letras cursivas, levantó
ampollas entre las féminas de su época:
“Mientras las mujeres se sienten realizadas y son poseedoras de
una verdadera estabilidad, pueden alcanzar el éxito; pero, aun el alto precio
que a veces pagan, se encuentran solas cuando, por fin, lo consiguen; solas
como raramente llega a estar un hombre en sus mismas circunstancias”.
Antonio Chávez López Sevilla enero 2007
Esto parece ser una breve autobiografía de tú persona.
Salía a la calle,
como cada día, con un deseo, obsesión casi: "el famélico afán de hacer el
bien por el bien, de regalar paz e infundir amor e ilusión a cambio
de nada".
Y siempre coincidía
con buenas personas, enfrascadas en sus tráfagos cotidianos. Nos estrechábamos las
manos, nos saludábamos, e incluso hasta nos abrazábamos y nos deleitábamos en
todas las cosas (más en las pequeñas, porque nos obligaba a forzar la
imaginación).
Me daba lo mismo que fueran mujeres u
hombres, mayores o jóvenes; blanco, negro o amarillo el color; llena o vacía la
billetera, agraciado o no el físico, alta o baja la estatura, amplio o pequeño su acervo intelectual, porque como veía que todos nadábamos en las aguas de una
misma karma, nos permutábamos éxitos y certidumbres. Y estos comunes rasgos nos llevaban a entendernos y a comprendernos mutuamente.
¡Cuánta emoción y satisfacción sentía todos los día! Y si en mi dedicación y vocación, con alma y corazón, aparecía algún
abúlico insensible que me motejaba de loco... ¡me enorgullecía mi locura!
Siempre hallaba sensibilidades acusadas
y oráculos coherentes, sin chácharas, provistas de ahínco para entregarse altruistamente
a los demás. Y entonces nos aferrábamos a tan exquisito hábitat y nos
explayábamos en él a nuestras anchas.
Nunca encontraba hipocresías; no las
había. Todo aquel rio humano estaba troquelado con un mismo cincel: el cincel de
la concordia, el de los corazones en fiesta, el del amor. Y nuestros sutiles
cruces de miradas y nuestras consistentes charlas nos facilitaban un
entendimiento que a su vez nos vitaminaba el alma; eran ojos y labios bondadosos,
nada de bon vivant.
Pero uno de aquellos días se
interponía en mi ruta un dios falso, mismamente el Diablo en persona, que
desbarataba mis ideales, barría mis misivas, arruinaba mis nobles causas, y por
más que trataba de apartarlo de mi vía pastoral, inútil, no lo conseguía. Y
olía mal, y no precisamente a mierda; el pus y el odio que desprendía eran más
insoportable que todas las acciones malas juntas.
Pero, hábilmente, yo hurgaba en su
podredumbre, y miren por dónde aparecía el dinero. ¡Oh, Don Dinero, El Poderoso
Caballero!, a decir del poeta, al que oso enmendar la plana y digo: “hijoputa
fullero es el judas dinero, que envilece primero, condiciona y mata, segundo y
tercero, y, finalmente, transmuta en carroñeros a todos los que, gloriosos
y sin peros, lo vitorean y lo enmarcan como el mayor logro terrero”.
Empero, yo seguía insistiendo, hasta que la realidad
me sacaba de mi sueño, venido a pesadilla. Y ahora... ¿qué será de la calle?
Porque, inmediatamente después de sacar los pies de la cama, lloroso, nervioso
y rabioso, mi afán se tornaba en desidia y temor, y ya no quedaba hilo en mi
ovillo para proseguir hilando una hermandad que prospere frente al
poderío de ese dios iracundo. Por todo eso, me flagela mi propia
impotencia; el dique de mis deseos se ha quebrado por culpa de mis copiosas
lágrimas derramadas, y mi cabeza se ha llenado de un sin fin de ácidos
recuerdos.
Y aunque mis querencias permanecen
intactas, ya no tengo arma para derrocar a ese ladino incitador: “Don Dinero
(disintiendo de nuevo de Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas), al gastoso no lo convierte al austero, al calmoso lo convierte en pendenciero y al manso en fiero.
¿Y no sería más justo y verdadero que, en
modo severo, colme de yero al universo entero, con tesón y esmero, y que todos,
pobres, ricos, parados, tarados y punteros, renazcamos cuales Fénix duraderos,
sin aceros, sin guerras, sin miserias, sin envidias, sin rencores y sin
egoísmos, y vivamos en un mundo auténticamente llevadero?
Salía a la calle,
como cada día, con un deseo, obsesión casi: "el famélico afán de hacer el
bien por el bien, de regalar paz e infundir amor e ilusión a cambio
de nada".
Y siempre coincidía
con buenas personas, enfrascadas en sus tráfagos cotidianos. Nos estrechábamos las
manos, nos saludábamos, e incluso hasta nos abrazábamos y nos deleitábamos en
todas las cosas (más en las pequeñas, porque nos obligaba a forzar la
imaginación).
Me daba lo mismo que fueran mujeres u
hombres, mayores o jóvenes; blanco, negro o amarillo el color; llena o vacía la
billetera, agraciado o no el físico, alta o baja la estatura, amplio o pequeño su acervo intelectual, porque como veía que todos nadábamos en las aguas de una
misma karma, nos permutábamos éxitos y certidumbres. Y estos comunes rasgos nos llevaban a entendernos y a comprendernos mutuamente.
¡Cuánta emoción y satisfacción sentía todos los día! Y si en mi dedicación y vocación, con alma y corazón, aparecía algún
abúlico insensible que me motejaba de loco... ¡me enorgullecía mi locura!
Siempre hallaba sensibilidades acusadas
y oráculos coherentes, sin chácharas, provistas de ahínco para entregarse altruistamente
a los demás. Y entonces nos aferrábamos a tan exquisito hábitat y nos
explayábamos en él a nuestras anchas.
Nunca encontraba hipocresías; no las
había. Todo aquel rio humano estaba troquelado con un mismo cincel: el cincel de
la concordia, el de los corazones en fiesta, el del amor. Y nuestros sutiles
cruces de miradas y nuestras consistentes charlas nos facilitaban un
entendimiento que a su vez nos vitaminaba el alma; eran ojos y labios bondadosos,
nada de bon vivant.
Pero uno de aquellos días se
interponía en mi ruta un dios falso, mismamente el Diablo en persona, que
desbarataba mis ideales, barría mis misivas, arruinaba mis nobles causas, y por
más que trataba de apartarlo de mi vía pastoral, inútil, no lo conseguía. Y
olía mal, y no precisamente a mierda; el pus y el odio que desprendía eran más
insoportable que todas las acciones malas juntas.
Pero, hábilmente, yo hurgaba en su
podredumbre, y miren por dónde aparecía el dinero. ¡Oh, Don Dinero, El Poderoso
Caballero!, a decir del poeta, al que oso enmendar la plana y digo: “hijoputa
fullero es el judas dinero, que envilece primero, condiciona y mata, segundo y
tercero, y, finalmente, transmuta en carroñeros a todos los que, gloriosos
y sin peros, lo vitorean y lo enmarcan como el mayor logro terrero”.
Empero, yo seguía insistiendo, hasta que la realidad
me sacaba de mi sueño, venido a pesadilla. Y ahora... ¿qué será de la calle?
Porque, inmediatamente después de sacar los pies de la cama, lloroso, nervioso
y rabioso, mi afán se tornaba en desidia y temor, y ya no quedaba hilo en mi
ovillo para proseguir hilando una hermandad que prospere frente al
poderío de ese dios iracundo. Por todo eso, me flagela mi propia
impotencia; el dique de mis deseos se ha quebrado por culpa de mis copiosas
lágrimas derramadas, y mi cabeza se ha llenado de un sin fin de ácidos
recuerdos.
Y aunque mis querencias permanecen
intactas, ya no tengo arma para derrocar a ese ladino incitador: “Don Dinero
(disintiendo de nuevo de Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas), al gastoso no lo convierte al austero, al calmoso lo convierte en pendenciero y al manso en fiero.
¿Y no sería más justo y verdadero que, en
modo severo, colme de yero al universo entero, con tesón y esmero, y que todos,
pobres, ricos, parados, tarados y punteros, renazcamos cuales Fénix duraderos,
sin aceros, sin guerras, sin miserias, sin envidias, sin rencores y sin
egoísmos, y vivamos en un mundo auténticamente llevadero?
Antonio Chávez López Sevilla mayo 1980
Son tantos los filántropos - y naturalezas verdaderamente sensibles, no caritativos de palo - que terminan descarriando ahí, y más abajo, cayendo en el falso cinismo y en la hipocresía para justificarse.
Tiene trazas de algo más que una reflexión moral, de un relato; le he echado en falta el meollo, el hilo concreto. La prosa es excelente.
Salía a la calle,
como cada día, con un deseo, obsesión casi: "el famélico afán de hacer el
bien por el bien, de regalar paz e infundir amor e ilusión a cambio
de nada".
Y siempre coincidía
con buenas personas, enfrascadas en sus tráfagos cotidianos. Nos estrechábamos las
manos, nos saludábamos, e incluso hasta nos abrazábamos y nos deleitábamos en
todas las cosas (más en las pequeñas, porque nos obligaba a forzar la
imaginación).
Me daba lo mismo que fueran mujeres u
hombres, mayores o jóvenes; blanco, negro o amarillo el color; llena o vacía la
billetera, agraciado o no el físico, alta o baja la estatura, amplio o pequeño su acervo intelectual, porque como veía que todos nadábamos en las aguas de una
misma karma, nos permutábamos éxitos y certidumbres. Y estos comunes rasgos nos llevaban a entendernos y a comprendernos mutuamente.
¡Cuánta emoción y satisfacción sentía todos los día! Y si en mi dedicación y vocación, con alma y corazón, aparecía algún
abúlico insensible que me motejaba de loco... ¡me enorgullecía mi locura!
Siempre hallaba sensibilidades acusadas
y oráculos coherentes, sin chácharas, provistas de ahínco para entregarse altruistamente
a los demás. Y entonces nos aferrábamos a tan exquisito hábitat y nos
explayábamos en él a nuestras anchas.
Nunca encontraba hipocresías; no las
había. Todo aquel rio humano estaba troquelado con un mismo cincel: el cincel de
la concordia, el de los corazones en fiesta, el del amor. Y nuestros sutiles
cruces de miradas y nuestras consistentes charlas nos facilitaban un
entendimiento que a su vez nos vitaminaba el alma; eran ojos y labios bondadosos,
nada de bon vivant.
Pero uno de aquellos días se
interponía en mi ruta un dios falso, mismamente el Diablo en persona, que
desbarataba mis ideales, barría mis misivas, arruinaba mis nobles causas, y por
más que trataba de apartarlo de mi vía pastoral, inútil, no lo conseguía. Y
olía mal, y no precisamente a mierda; el pus y el odio que desprendía eran más
insoportable que todas las acciones malas juntas.
Pero, hábilmente, yo hurgaba en su
podredumbre, y miren por dónde aparecía el dinero. ¡Oh, Don Dinero, El Poderoso
Caballero!, a decir del poeta, al que oso enmendar la plana y digo: “hijoputa
fullero es el judas dinero, que envilece primero, condiciona y mata, segundo y
tercero, y, finalmente, transmuta en carroñeros a todos los que, gloriosos
y sin peros, lo vitorean y lo enmarcan como el mayor logro terrero”.
Empero, yo seguía insistiendo, hasta que la realidad
me sacaba de mi sueño, venido a pesadilla. Y ahora... ¿qué será de la calle?
Porque, inmediatamente después de sacar los pies de la cama, lloroso, nervioso
y rabioso, mi afán se tornaba en desidia y temor, y ya no quedaba hilo en mi
ovillo para proseguir hilando una hermandad que prospere frente al
poderío de ese dios iracundo. Por todo eso, me flagela mi propia
impotencia; el dique de mis deseos se ha quebrado por culpa de mis copiosas
lágrimas derramadas, y mi cabeza se ha llenado de un sin fin de ácidos
recuerdos.
Y aunque mis querencias permanecen
intactas, ya no tengo arma para derrocar a ese ladino incitador: “Don Dinero
(disintiendo de nuevo de Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas), al gastoso no lo convierte al austero, al calmoso lo convierte en pendenciero y al manso en fiero.
¿Y no sería más justo y verdadero que, en
modo severo, colme de yero al universo entero, con tesón y esmero, y que todos,
pobres, ricos, parados, tarados y punteros, renazcamos cuales Fénix duraderos,
sin aceros, sin guerras, sin miserias, sin envidias, sin rencores y sin
egoísmos, y vivamos en un mundo auténticamente llevadero?
Antonio Chávez López Sevilla mayo 1980
Son tantos los filántropos - y naturalezas verdaderamente sensibles, no caritativos de palo - que terminan descarriando ahí, y más abajo, cayendo en el falso cinismo y en la hipocresía para justificarse.
Tiene trazas de algo más que una reflexión moral, de un relato; le he echado en falta el meollo, el hilo concreto. La prosa es excelente.
Buen jueves, o mejor buenas noches, Antonio
Piensa por un momento que ese "samaritano" del relato es Antonio Chávez López; o sea, yo. Después de pensar eso. ¿ves el meollo, el hilo concreto?
Por suerte, ¡sí, por suerte!, soy una persona excesivamente filantrópica. Tanto, que hace unos años visité a un psicólogo (sobrino mío) y me asustó lo que me dijo, literalmente: "Antonio, un altruismo desmesurado se puede convertir en una enfermedad, pero una enfermedad difícil de tratar psicológicamente, porque a través de fármacos es imposible, toda vez que no existen".
Como sacarás en conclusión después de leer mis diferentes comentarios en este foro, mi compañera inseparable de viaje es la extroversión, que, hasta ahora, me ha ido mejor que peor en la vida.
Mi escrito "Soñar, todavía es de balde" lo presenté a un concurso para escritores noveles, promovido por una revista literaria sevillana. Gané el primer premio, consistente en un finde a Mallorca, hotel incluido, y 15.000 pesetas. En nuestro país no había aún Internet, por consiguiente, tampoco los "me gusta", pero a través de un sondeo, de más o menos credibilidad, supe por la propia revista que mi texto había sido leído por un montón de lectores. Pero mi mejor premio sería que el párrafo último, el de los pareados acabados en "ero", se haga realidad.
Algunos párrafos extraídos de mi libro "Atormentado"
Desoladora era la
opresión del paisaje, y más desoladora al lado
del esplendor del trigo, en el que ya se podía
ver el peso fecundo de las espigas. El campo se poblaría enseguida
de flores, que se ceñirían al
cinturón de la carretera, con la gracia de un polisón; verde, como un milagro; verde,
como el alma delBetis, club de fútbol señero de
la ciudad de Sevilla; y de tierra fecunda; y
fecundidad era amor.
Pasaban parejas de
enamorados acariciándose bajo el astro rey, endeble ya; suspendían sus arrullos mientras nos cruzábamos, y después se oía a mi
espalda una sonrisa queda. Me hacía daño. “Felicidad
presentida, jamás saboreada”. Todo ese maravilloso despertar de la
Naturaleza me dolía.
El cielo bajaba de su
alta frialdad invernal y se echaba, esponjoso de nubes y
rilado de lluvias, sobre el vientre de la Tierra, y la Tierra suspiraba,
empapada de sudor, quejándose, como una
parturienta.
Los pájaros se
perseguían con un sonido caliente de alas. Regresaban ya al pueblo los
inquilinos de las caballerizas; blancos caballos de anca
piel relucientes; negros caballos de resollante nariz y mirar fiero; burros lentos, pesados; mulas
grandonas, y todos iban de un lado a
otro, nerviosos, ligeros de patas, a
medio levantar su rabo.
Y en todo el tiempo no
dejaba de oírse una música de relinchos; gritos de pasión. Los blancos caballos,
los negros caballos, los burros, las mulas, aguardaban: insaciables
equilibristas de patas traseras.
Pasaban rebaños de
cabras; algunas ya habían parido. El pastor traía siempre un bebé sobre sus hombros, sucio de sangre aún. Algunas otras cabras, con la panza hinchada, se unían a la lista de
espera de tan feliz acontecimiento.
Flotaba en el aire un olor a agrio, a leche, a placenta. Los cabrones, excitados,
dejaban en el ambiente el perfume de su febril pasión.
Había muchos árboles en aquel
pueblo sevillano, y dentro de ellos se podía
oír ese estribillo primaveral de la savia por mor de la Sabia. Como cuando uno arrima el
oído a un poste del teléfono. Y sus brotes estaban cargados de fuerza, como puños de hombre, y cargados de ternura, como puños de mujer.
Mi escrito "Soñar, todavía es de balde" lo presenté a un concurso para escritores noveles, promovido por una revista literaria sevillana. Gané el primer premio, consistente en un finde a Mallorca, hotel incluido, y 15.000 pesetas. En nuestro país no había aún Internet, por consiguiente, tampoco los "me gusta", pero a través de un sondeo, de más o menos credibilidad, supe por la propia revista que mi texto había sido leído por un montón de lectores. Pero mi mejor premio sería que el párrafo último, el de los pareados acabados en "ero", se haga realidad.
Pues te felicito por el reconocimiento; el texto es muy bueno. Ojalá, respecto a esto último que dices, la literatura pudiese ser una herramienta, remover conciencias de verdad.
Antonio, confieso que leyendo los apartes de tu obra "Atormentado" aprendí una palabra nueva. A mi se me hacía raro que tú, siendo un gran conocedor de la lengua española, hayas puesto la palabra "polisón", la cual yo creía, eran un yerro ortográfico de la palabra "polizón". Pero luego vi que el contexto no entraba y en verdad, la palabra "polisón" sí existe.
DEFINICIÓN DE LA RAE (PARA LOS QUE NO SABEN QUÉ SIGNIFICA)
Del fr. polisson.
1. m. Armazón que, atada a la cintura, se ponían las mujeres para que abultasen los vestidos por detrás.
Algunos párrafos extraídos de mi libro "Atormentado"
Desoladora era la
opresión del paisaje, y más desoladora al lado
del esplendor del trigo, en el que ya se podía
ver el peso fecundo de las espigas. El campo se poblaría enseguida
de flores, que se ceñirían al
cinturón de la carretera, con la gracia de un polisón; verde, como un milagro; verde,
como el alma delBetis, club de fútbol señero de
la ciudad de Sevilla; y de tierra fecunda; y
fecundidad era amor.
Pasaban parejas de
enamorados acariciándose bajo el astro rey, endeble ya; suspendían sus arrullos mientras nos cruzábamos, y después se oía a mi
espalda una sonrisa queda. Me hacía daño. “Felicidad
presentida, jamás saboreada”. Todo ese maravilloso despertar de la
Naturaleza me dolía.
El cielo bajaba de su
alta frialdad invernal y se echaba, esponjoso de nubes y
rilado de lluvias, sobre el vientre de la Tierra, y la Tierra suspiraba,
empapada de sudor, quejándose, como una
parturienta.
Los pájaros se
perseguían con un sonido caliente de alas. Regresaban ya al pueblo los
inquilinos de las caballerizas; blancos caballos de anca
piel relucientes; negros caballos de resollante nariz y mirar fiero; burros lentos, pesados; mulas
grandonas, y todos iban de un lado a
otro, nerviosos, ligeros de patas, a
medio levantar su rabo.
Y en todo el tiempo no
dejaba de oírse una música de relinchos; gritos de pasión. Los blancos caballos,
los negros caballos, los burros, las mulas, aguardaban: insaciables
equilibristas de patas traseras.
Pasaban rebaños de
cabras; algunas ya habían parido. El pastor traía siempre un bebé sobre sus hombros, sucio de sangre aún. Algunas otras cabras, con la panza hinchada, se unían a la lista de
espera de tan feliz acontecimiento.
Flotaba en el aire un olor a agrio, a leche, a placenta. Los cabrones, excitados,
dejaban en el ambiente el perfume de su febril pasión.
Había muchos árboles en aquel
pueblo sevillano, y dentro de ellos se podía
oír ese estribillo primaveral de la savia por mor de la Sabia. Como cuando uno arrima el
oído a un poste del teléfono. Y sus brotes estaban cargados de fuerza, como puños de hombre, y cargados de ternura, como puños de mujer.
En el contexto de ese párrafo, la palabra "polisón" me encajaba a la perfección para exaltar el donaire en el vestir de las damas del siglo XIX, que ahí la hago comparar con "un campo lleno de flores".
¿Existe algo más bello que una flor? Flor, para mí, es sinónimo de mujer.
No te aflijas. Reconozco noblemente que más de una vez he tenido que echar mano de diccionario para saber el significado, en la acepción adecuada, de algunas palabras tuyas en tus textos. El idioma español, que no castellano, es entre las casi siete mil lenguas parlantes y escritas en el mundo, una de las que más riqueza tiene de vocabulario, si o es la número uno al respecto.
Provenía de una familia adinerada, pero tenía mala
fama en el pueblo; fumaba porros, esnifaba coca y bebía alcohol, todo en exceso. A veces, se reunía en su casa con amigos y amigas, para echar unas jugaditas en la play. Pero todos
estaban confabulados contra él. Y mudos. La novia de Dini, en cambio,
le hablaba al oído a Sara. Haciendo esfuerzo podía él escuchar lo que le decía: “te acompañará esta noche hasta tu casa y le hablarás; zanjarás de una vez esto; no
tiene derecho a seguir molestándote”. Empero, juntos iban todos. El
frío era intenso. El cemento, escarchado, parecía cristal. El Sol había huido
ya de la Tierra. El Cielo estaba huérfano de estrellas. El viento se
quebraba en las esquinas, como chasquidos de carámbanos;
silbaba, cortante, dejando en la negrura de la noche heridas blancas. Recorridos unos metros, él, deliberadamente, quedó rezagado. Sara retrocedió y le habló, árida, displicente, telegráfica: “jamás pensé en ser tu novia,
no te amo; que me besaste una vez, bien; que me acompañaste en las fiestas del
pueblo, bien: solo amistad; no tienes derecho a más; tus pretensiones no solo
me molestan, también cuestionan mi reputación”. Cuando acabó de hablar, le respondió,
yéndole el alma en ello: rudo, brutal, y telegráfico también. La amenazó de
muerte. La ira y el amor en sus labios. Que la necesitaba y que la perdía. Que
no podía amar a Alejandro ni a otro hombre, que era suya, solo suya. Que se lo
pensase.
No te aflijas. Reconozco noblemente que más de una vez he tenido que echar mano de diccionario para saber el significado, en la acepción adecuada, de algunas palabras tuyas en tus textos. El idioma español, que no castellano, es entre las casi siete mil lenguas parlantes y escritas en el mundo, una de las que más riqueza tiene de vocabulario, si o es la número uno al respecto.
No me aflijo, me viene de maravilla aprender o a menudo repasar; tengo memoria de pez y muchos términos que busco los olvido (incluso los anoto, y sin embargo los olvido, hasta los que más me llaman la atención).
Me vino luego a la cabeza aquello de "la luna con su polisón de nardos", de Lorca
Solicité a la señora moderadora, Amparo Bonilla, un cambio de look, digo de nick (jajaja en qué estaría yo pensando, si ya no tengo arreglo). De "cehi" pasará a "antonio chávez", que es mi nombre y mi primer apellido.
Conozco yo a dos personas entrañables. A una de ellas la conozco más y mejor; es que es hija mía, Patricia, y a la otra la conozco un poco menos, pero si es
amiga de mi hija, tiene que ser maravillosa: es su compañero,
Pepe. Bueno, pues resulta que un buen día decidieron visitar las Islas Griegas,
y para ello, tras diferentes medios de transportes, desde su actual residencia malacitana, arribaron
a un crucero. Se deleitaron durante toda la travesía, sobre todo con el
ambiente empático, jocoso y afectivo que imperaba entre todos los viajeros, incluidos el capitán y sus ayudantes Pero, como todo lo que
empieza acaba, llegó la hora de regresar a casa, cuando, ¡oh, sorpresa! Súbitamente el barco se iba elevando progresivamente hacia arriba, empujado suavemente por el lomo de un
enorme pez, tal vez enviado por mis seres queridos que ya no están en este mundo, un poco celosillos porque querían que también visitasen su nuevo hogar: el Cielo.
Y vaya que lo es, amigo Antonio. Por acá ya llegaron las lluvias y el clima se ha vuelto mucho más agradable. En el momento que escribo esto, nos está cayendo un aguacero de Padre y Señor mío.
Y vaya que lo es, amigo Antonio. Por acá ya llegaron las lluvias y el clima se ha vuelto mucho más agradable. En el momento que escribo esto, nos está cayendo un aguacero de Padre y Señor mío.
Siempre me ha sorprendido ese dicho "¡qué llueva, que es bueno para el campo!", pero igual no es bueno para las ciudades, pueblos, aldeas..., en los que también hay intereses creados de negocios al aire libre (ferias, bares, simposios, tenderetes...). Es decir, lo de siempre, lo que es bueno para unos, no lo es para otros, más bien malo.
Pero, bueno, si es bueno que llueva ahora en tu Barranquilla natal, felicitaciones.
Comentarios
Escritor octogenario
Nacido, amamantado y criado en la ciudad de Sevilla, era un escritor medianamente culto, pero prolífico en el arte de la escritura. Este octogenario, educado, amable y altruista, escribió infinidad de escritos de todas las temáticas, y más de quince libros. No obstante su endeble bagaje cultural para llegar a ser alguien en el difícil oficio de la Literatura, en sus escritos contaba el mundo como lo veía su singular óptica, pero el lector sagaz que sabía hurgar en ellos, podía encontrar lo que quería saber o corroborar lo que ya sabía. Esa parrafada suya, que aparece a continuación, escrita en letras cursivas, levantó ampollas entre las féminas de su época:
“Mientras las mujeres se sienten realizadas y son poseedoras de una verdadera estabilidad, pueden alcanzar el éxito; pero, aun el alto precio que a veces pagan, se encuentran solas cuando, por fin, lo consiguen; solas como raramente llega a estar un hombre en sus mismas circunstancias”.
Sevilla enero 2007
Buen día
No andas desencaminado
Salía a la calle, como cada día, con un deseo, obsesión casi: "el famélico afán de hacer el bien por el bien, de regalar paz e infundir amor e ilusión a cambio de nada".
Y siempre coincidía con buenas personas, enfrascadas en sus tráfagos cotidianos. Nos estrechábamos las manos, nos saludábamos, e incluso hasta nos abrazábamos y nos deleitábamos en todas las cosas (más en las pequeñas, porque nos obligaba a forzar la imaginación).
Me daba lo mismo que fueran mujeres u hombres, mayores o jóvenes; blanco, negro o amarillo el color; llena o vacía la billetera, agraciado o no el físico, alta o baja la estatura, amplio o pequeño su acervo intelectual, porque como veía que todos nadábamos en las aguas de una misma karma, nos permutábamos éxitos y certidumbres. Y estos comunes rasgos nos llevaban a entendernos y a comprendernos mutuamente.
¡Cuánta emoción y satisfacción sentía todos los día! Y si en mi dedicación y vocación, con alma y corazón, aparecía algún abúlico insensible que me motejaba de loco... ¡me enorgullecía mi locura!
Siempre hallaba sensibilidades acusadas y oráculos coherentes, sin chácharas, provistas de ahínco para entregarse altruistamente a los demás. Y entonces nos aferrábamos a tan exquisito hábitat y nos explayábamos en él a nuestras anchas.
Nunca encontraba hipocresías; no las había. Todo aquel rio humano estaba troquelado con un mismo cincel: el cincel de la concordia, el de los corazones en fiesta, el del amor. Y nuestros sutiles cruces de miradas y nuestras consistentes charlas nos facilitaban un entendimiento que a su vez nos vitaminaba el alma; eran ojos y labios bondadosos, nada de bon vivant.
Pero uno de aquellos días se interponía en mi ruta un dios falso, mismamente el Diablo en persona, que desbarataba mis ideales, barría mis misivas, arruinaba mis nobles causas, y por más que trataba de apartarlo de mi vía pastoral, inútil, no lo conseguía. Y olía mal, y no precisamente a mierda; el pus y el odio que desprendía eran más insoportable que todas las acciones malas juntas.
Pero, hábilmente, yo hurgaba en su podredumbre, y miren por dónde aparecía el dinero. ¡Oh, Don Dinero, El Poderoso Caballero!, a decir del poeta, al que oso enmendar la plana y digo: “hijoputa fullero es el judas dinero, que envilece primero, condiciona y mata, segundo y tercero, y, finalmente, transmuta en carroñeros a todos los que, gloriosos y sin peros, lo vitorean y lo enmarcan como el mayor logro terrero”.
Empero, yo seguía insistiendo, hasta que la realidad me sacaba de mi sueño, venido a pesadilla. Y ahora... ¿qué será de la calle? Porque, inmediatamente después de sacar los pies de la cama, lloroso, nervioso y rabioso, mi afán se tornaba en desidia y temor, y ya no quedaba hilo en mi ovillo para proseguir hilando una hermandad que prospere frente al poderío de ese dios iracundo. Por todo eso, me flagela mi propia impotencia; el dique de mis deseos se ha quebrado por culpa de mis copiosas lágrimas derramadas, y mi cabeza se ha llenado de un sin fin de ácidos recuerdos.
Y aunque mis querencias permanecen intactas, ya no tengo arma para derrocar a ese ladino incitador: “Don Dinero (disintiendo de nuevo de Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas), al gastoso no lo convierte al austero, al calmoso lo convierte en pendenciero y al manso en fiero.
¿Y no sería más justo y verdadero que, en modo severo, colme de yero al universo entero, con tesón y esmero, y que todos, pobres, ricos, parados, tarados y punteros, renazcamos cuales Fénix duraderos, sin aceros, sin guerras, sin miserias, sin envidias, sin rencores y sin egoísmos, y vivamos en un mundo auténticamente llevadero?
Antonio Chávez López
Sevilla mayo 1980
Buen jueves tengáis todos
Son tantos los filántropos - y naturalezas verdaderamente sensibles, no caritativos de palo - que terminan descarriando ahí, y más abajo, cayendo en el falso cinismo y en la hipocresía para justificarse.
Tiene trazas de algo más que una reflexión moral, de un relato; le he echado en falta el meollo, el hilo concreto. La prosa es excelente.
Buen jueves, o mejor buenas noches, Antonio
Piensa por un momento que ese "samaritano" del relato es Antonio Chávez López; o sea, yo. Después de pensar eso. ¿ves el meollo, el hilo concreto?
Por suerte, ¡sí, por suerte!, soy una persona excesivamente filantrópica. Tanto, que hace unos años visité a un psicólogo (sobrino mío) y me asustó lo que me dijo, literalmente: "Antonio, un altruismo desmesurado se puede convertir en una enfermedad, pero una enfermedad difícil de tratar psicológicamente, porque a través de fármacos es imposible, toda vez que no existen".
Como sacarás en conclusión después de leer mis diferentes comentarios en este foro, mi compañera inseparable de viaje es la extroversión, que, hasta ahora, me ha ido mejor que peor en la vida.
Sarasvati
Mi escrito "Soñar, todavía es de balde" lo presenté a un concurso para escritores noveles, promovido por una revista literaria sevillana. Gané el primer premio, consistente en un finde a Mallorca, hotel incluido, y 15.000 pesetas. En nuestro país no había aún Internet, por consiguiente, tampoco los "me gusta", pero a través de un sondeo, de más o menos credibilidad, supe por la propia revista que mi texto había sido leído por un montón de lectores. Pero mi mejor premio sería que el párrafo último, el de los pareados acabados en "ero", se haga realidad.
Algunos párrafos extraídos de mi libro "Atormentado"
Pasaban parejas de enamorados acariciándose bajo el astro rey, endeble ya; suspendían sus arrullos mientras nos cruzábamos, y después se oía a mi espalda una sonrisa queda. Me hacía daño. “Felicidad presentida, jamás saboreada”. Todo ese maravilloso despertar de la Naturaleza me dolía.
El cielo bajaba de su alta frialdad invernal y se echaba, esponjoso de nubes y rilado de lluvias, sobre el vientre de la Tierra, y la Tierra suspiraba, empapada de sudor, quejándose, como una parturienta.
Los pájaros se perseguían con un sonido caliente de alas. Regresaban ya al pueblo los inquilinos de las caballerizas; blancos caballos de anca piel relucientes; negros caballos de resollante nariz y mirar fiero; burros lentos, pesados; mulas grandonas, y todos iban de un lado a otro, nerviosos, ligeros de patas, a medio levantar su rabo.
Y en todo el tiempo no dejaba de oírse una música de relinchos; gritos de pasión. Los blancos caballos, los negros caballos, los burros, las mulas, aguardaban: insaciables equilibristas de patas traseras.
Pasaban rebaños de cabras; algunas ya habían parido. El pastor traía siempre un bebé sobre sus hombros, sucio de sangre aún. Algunas otras cabras, con la panza hinchada, se unían a la lista de espera de tan feliz acontecimiento.
Flotaba en el aire un olor a agrio, a leche, a placenta. Los cabrones, excitados, dejaban en el ambiente el perfume de su febril pasión.
Había muchos árboles en aquel pueblo sevillano, y dentro de ellos se podía oír ese estribillo primaveral de la savia por mor de la Sabia. Como cuando uno arrima el oído a un poste del teléfono. Y sus brotes estaban cargados de fuerza, como puños de hombre, y cargados de ternura, como puños de mujer.
Buenas noches, Foro
Buen finde a todos
Pues te felicito por el reconocimiento; el texto es muy bueno.
Ojalá, respecto a esto último que dices, la literatura pudiese ser una herramienta, remover conciencias de verdad.
Buen fin de semana, Antonio
Del fr. polisson.
1. m. Armazón que, atada a la cintura, se ponían las mujeres para que abultasen los vestidos por detrás.
Es prosa poética. "Tierra fecunda; y fecundidad era amor". Es precioso.
cehi dijo:
Para Sarasvati y Gary
En el contexto de ese párrafo, la palabra "polisón" me encajaba a la perfección para exaltar el donaire en el vestir de las damas del siglo XIX, que ahí la hago comparar con "un campo lleno de flores".
¿Existe algo más bello que una flor? Flor, para mí, es sinónimo de mujer.
¡Anda que no he quedado bien con las féminas!
Sarasvati dijo:
Es prosa poética. "Tierra fecunda; y fecundidad era amor". Es precioso.
Cierto, realmente precioso (modestia aparte de este autor)
Sarasvati
Yo tampoco conocía la palabra, "polisón".
No te aflijas. Reconozco noblemente que más de una vez he tenido que echar mano de diccionario para saber el significado, en la acepción adecuada, de algunas palabras tuyas en tus textos. El idioma español, que no castellano, es entre las casi siete mil lenguas parlantes y escritas en el mundo, una de las que más riqueza tiene de vocabulario, si o es la número uno al respecto.
...si NO es la número uno al respecto.
Una vez más, mi absurda manía de no repasar
Desaprobación colectiva
Provenía de una familia adinerada, pero tenía mala fama en el pueblo; fumaba porros, esnifaba coca y bebía alcohol, todo en exceso. A veces, se reunía en su casa con amigos y amigas, para echar unas jugaditas en la play. Pero todos estaban confabulados contra él. Y mudos. La novia de Dini, en cambio, le hablaba al oído a Sara. Haciendo esfuerzo podía él escuchar lo que le decía: “te acompañará esta noche hasta tu casa y le hablarás; zanjarás de una vez esto; no tiene derecho a seguir molestándote”. Empero, juntos iban todos. El frío era intenso. El cemento, escarchado, parecía cristal. El Sol había huido ya de la Tierra. El Cielo estaba huérfano de estrellas. El viento se quebraba en las esquinas, como chasquidos de carámbanos; silbaba, cortante, dejando en la negrura de la noche heridas blancas. Recorridos unos metros, él, deliberadamente, quedó rezagado. Sara retrocedió y le habló, árida, displicente, telegráfica: “jamás pensé en ser tu novia, no te amo; que me besaste una vez, bien; que me acompañaste en las fiestas del pueblo, bien: solo amistad; no tienes derecho a más; tus pretensiones no solo me molestan, también cuestionan mi reputación”. Cuando acabó de hablar, le respondió, yéndole el alma en ello: rudo, brutal, y telegráfico también. La amenazó de muerte. La ira y el amor en sus labios. Que la necesitaba y que la perdía. Que no podía amar a Alejandro ni a otro hombre, que era suya, solo suya. Que se lo pensase.
Sevilla octubre 2021
No me aflijo, me viene de maravilla aprender o a menudo repasar; tengo memoria de pez y muchos términos que busco los olvido (incluso los anoto, y sin embargo los olvido, hasta los que más me llaman la atención).
Me vino luego a la cabeza aquello de "la luna con su polisón de nardos", de Lorca
Buen domingo, Antonio.
Romance de la luna
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.
Federico García Lorca
Sarasvati
Lorca me copió la palabra "polisón"
Buen domingo también para ti; bueno, lo que queda de él.
Solicité a la señora moderadora, Amparo Bonilla, un cambio de look, digo de nick (jajaja en qué estaría yo pensando, si ya no tengo arreglo). De "cehi" pasará a "antonio chávez", que es mi nombre y mi primer apellido.
Del crucero al Cielo
Conozco yo a dos personas entrañables. A una de ellas la conozco más y mejor; es que es hija mía, Patricia, y a la otra la conozco un poco menos, pero si es amiga de mi hija, tiene que ser maravillosa: es su compañero, Pepe. Bueno, pues resulta que un buen día decidieron visitar las Islas Griegas, y para ello, tras diferentes medios de transportes, desde su actual residencia malacitana, arribaron a un crucero. Se deleitaron durante toda la travesía, sobre todo con el ambiente empático, jocoso y afectivo que imperaba entre todos los viajeros, incluidos el capitán y sus ayudantes Pero, como todo lo que empieza acaba, llegó la hora de regresar a casa, cuando, ¡oh, sorpresa! Súbitamente el barco se iba elevando progresivamente hacia arriba, empujado suavemente por el lomo de un enorme pez, tal vez enviado por mis seres queridos que ya no están en este mundo, un poco celosillos porque querían que también visitasen su nuevo hogar: el Cielo.
Antonio Chávez López
Sevilla mayo 2020
Buen miércoles a todos
Siempre me ha sorprendido ese dicho "¡qué llueva, que es bueno para el campo!", pero igual no es bueno para las ciudades, pueblos, aldeas..., en los que también hay intereses creados de negocios al aire libre (ferias, bares, simposios, tenderetes...). Es decir, lo de siempre, lo que es bueno para unos, no lo es para otros, más bien malo.
Pero, bueno, si es bueno que llueva ahora en tu Barranquilla natal, felicitaciones.
Buenas tardes