Como ya es viernes, el padre Francisco pide paso para contar otra de sus historias. Espero que les entretenga.
Aquella
primavera, los geranios del padre Francisco estaban más bonitos que nunca. La
vecina, que llevaba viuda unos tres años, estaba tendiendo más ropa que de
costumbre en la azotea que daba al convento. María, que así se llamaba la
mujer, era madre de dos hijas pero aún mantenía su lozanía intacta. María y
Francisco se habían cruzado algunas miradas y saludos durante esos momentos de
ropas y regadas.
Fue el domingo, en el que tras la misa, el sacerdote se
introdujo en el viejo confesionario de madera de roble, como de costumbre. Tras
varios pecados menores y absoluciones casi mecánicas, la vecina, María, se
postró de rodillas junto a él, separados solamente por el entramado de madera.
-Ave
María purísima.
-Sin
pecado concebida. Dime hija, que te aflige.
María, sonrojada, ocultaba su cara con las palmas de las
manos apretadas una contra otra. Sin embargo, por los huecos de hiladas de
roble entrecruzadas, Francisco pudo admirar sus turgentes pechos insinuarse por
el escote del vestido negro.
-Padre,
he pecado.
-¿De
acción o de pensamiento?
-De
pensamiento, padre.
A Francisco se le aceleró el corazón y comenzó a sudarle
la frente. Se separó el alzacuello, que
de repente le estaba apretando y estiró el cuello a un lado y a otro. Su fino
olfato comenzó a recibir olores enigmáticos de rosas y claveles frescos que
parecían venir del cuello de María. Tras esa primera impresión, el olor se
tornaba suavemente parecido al de las frutas silvestres, maduras, insinuantes y
apetecibles.
-¿Que
pensamientos has tenido, hija?
María se retorció y subió su escote, tímida. Sus
pechos se agitaron levemente. El perfume invadió el espacio de Francisco,
envolviéndole en una nube de suave deseo.
-Padre, no sé si
debo contarlo. Perdóneme padre, perdóneme…
-“Ego yo te
absolvo”, hija. Reza tres ave Marías y tres padres nuestros.
María se levantó y se marchó, contoneando levemente
sus caderas y dejando tras ella un febril aroma.
A las dos de la mañana, el padre Javier, que tenía
su cuarto junto al del padre Francisco, fue a la capilla en pijama y se encontró
a su capellán frente a la imagen de cristo, con una botella de vino casi vacía
en su mano derecha. Le acompañó piadosamente a su aposento.
Al día siguiente, Francisco vociferaba levantándose,
a las siete de la mañana:
_Vamos, hermanos,
tenemos doscientos niños que enderezar!
Javier, desde la cama, todavía con los ojos pegados,
sonrió.
¡Qué bueno, padre Francisco, digo amigo y paisano Fran! Por cada capítulo te estás superando. Esto va pa pelotazo literario de los gordos.
¿Qué puñeta querría la viuda y "necesitada" María con el "inocente" curita? Ya mismo monta el vasco-asturiano un sacro prostíbulo en la sacristía de su parroquia, para así atender a las almas perdidas y pecadoras como el alma de la pechugona María. ¡La pobre María, sin marío que le parle ni perrito que le ladre!
El hecho de que te adaptes a las normas de microrrelato, hace más atractivo el texto. "Lo breve, si bueno, dos veces bueno".
Mañana mismo, sin falta, le voy a pedir al padre Francisco una plaza de monaguillo, y a ver si cae algo.
Gran acierto el tuyo de colgar en este foro un hilo, exclusivamente para el reverendo y tremendo sacerdote.
Gracias por tus ánimos e ideas, compañero. Intentaré seguir mejorando. Ten cuidado de monaguillo, que te puede caer un buen guantazo a la mínima.
Un saludo Andaluz
Al ingenio, tan menospreciado de ordinario, hay que premiarlo. Y este es tu caso. El padre Francisco va a acabar con el cuadro. Humildemente, te aconsejo le metas una o dos velocidades más a tus relatos; vaya, que pase de miradas picaronas e insinuaciones pueriles a hechos
Compañero, en ese enfoque no coincidimos. Prefiero la insinuación pero quien sabe como evolucionará el personaje.
Ojo, que no he querido decir que te expreses guarramente, sino que le inyectes al padre Francisco más incisión en el diálogo con alguna fémina. Eso es todo. Solo era una sugerencia, pero olvídala.
Los inviernos de ahora no eran como los de antes, repetía el padre Francisco a sus amigos, en la tasca de Bautista. Cuando yo era pequeño, durante los inviernos del norte, cuando meabas por la mañana, salía vapor de la orina como si fuera agua hirviendo. De camino a la escuela, los charquitos en el suelo estaban congelados reflejando el gris del frío cielo. El viento soplaba aullando como temeroso de si mismo por las gélidas campiñas escarchadas. La gente atrancaba las puertas y ventanas de las casas pero la humedad entraba por el suelo y los bajos de los muros a través de las cimentaciones de piedra.
La chimenea era lo único que podía hacer habitable uno de esos caserones fríos y antiguos. De camino a la escuela, mi amigo, Paxi, estando embutido en su abrigo con los cuellos hacia arriba, las manos en las bolsillos y el sombrero tipo ruso calzado hasta que casi los ojos no podían ver, se quedó petrificado. La mirada fija, seguí la dirección de su mirada y allí estaba. Mi vecino Aitor, entrenando con su saco de boxeo, !en calzonas!. Su cuerpo emitía sudor y humo, como rodeado de un aura de poder misterioso. Se movía como un rayo y asestaba series de golpes como si una máquina con resortes liberara sus brazos. Paxi, sin moverse dijo con voz trémula:
¶
-O ese es un superhombre o todos los demás somos maricones.
Y allí fue donde el, todavía niño, decidió que quería ser boxeador.
Observo que has cambiado un poco el encauzamiento de las narraciones. En este relato, el padre Francisco no entabla diálogo con nadie, sino que monologa. Bien descrito los inviernos de antes y los de ahora. También he observado "un toque poético" en los dos primeros párrafos. Me han gustado.
En el País Vasco llevan a gala que los vascos poseen un ADN especial.
Veo en esa frase un pequeño fallo en el tiempo de verbo ser:
Los inviernos de ahora no eran como los de antes....
Bautista,
el tabernero, llegó a Chiclana en su vieja vespa hace unos años.
Sólo llevaba unos
billetes en el bolsillo y su petate del ejército amarrado a la moto
con cinchas. Cuando alquiló el viejo local en la esquina opuesta a
la parroquia nadie pensó que duraría mucho allí pero Bautista
venía ya curtido del norte y cuando abrió la tasca no tardó en
hacerse con una fiel clientela.
Aparte
de su simpatía y conversación, Bautista servía una pequeña tapa
gratis con la bebida. No tardó el padre Francisco en entablar
amistad con el simpático norteño,
a pesar de ser un ateo confeso.
Bautista
era un hombre bajo y fuerte, con la moto y su chaqueta de piel y su
casco de aviador no pasaba desapercibido a las mujeres del pueblo
pero por algún motivo no merecía las atenciones de María, la
atractiva vecina de la parroquia, cosa que este achacaba al párroco
entre bromas y chistes.
Francisco
rehuía la conversación bromeando
con la corta estatura de Bautista. Este era un combate lento, un toma
y daca que ninguno resolvía entrando en el cuerpo a cuerpo.
Simplemente una diversión entre ambos que nunca llegaría a
resolverse o quizás si.
Cierto
día de primavera, estando Francisco, Bautista y algunos amigos mas
bebiendo y comiendo en la humilde taberna, María irrumpió en la
entrada de la misma.
_Por
favor, puede llevarme al río?, mi hijo juega allí y su amigo me ha
dicho que está en problemas, que se ha hundido en el barro.
El
tabernero, sacando las llaves de su moto dijo:
_Francisco
puede llevarla usted? yo no puedo dejar la taberna.
Francisco
estiró el cuello a un lado y a otro y asintió cogiendo las llaves
con decisión. María montó pero no con la clásica postura de lado
si no abrazando la cadera del sacerdote con sus firmes muslos bajo el
vestido negro. El sacerdote, imaginando al chaval en el barro,
condujo rápido, aceleró, cambió, inclinó la moto y la
suave brisa acarició sus caras y sus cuerpos. Una sensación de
inusitada libertad les invadió sumiéndoles en otra realidad. Sus
cabellos, gozosos se
mezclaron
alegremente, mecidos por el aire bailaron al unísono cabalgando
sobre los baches de las calles.
Por un momento fueron hombre y mujer, no sacerdote y piadosa.
Afloró toda la feminidad de María con el aire y el frescor.
Francisco se abandonó a las sensaciones, notando la calidez de la
piel de María. Finalmente
frenó sintiendo los pechos de la mujer en su espalda, que junto a la
presión de la pelvis en su cadera terminaron de ponerle en un
compromiso pecaminoso. María se bajó apresuradamente y corrió
hacia su hijo que reía junto a sus amigos bañado
de barro negro. La madre le trajo hacia la moto, donde el padre
Francisco
permanecía montado para no mostrar la sotana erguida como por
un
poste.
_pero
hijo, me has asustado, ¿estás
bien?, por
favor no vuelvas a darme un susto así...
El
niño, reía despreocupado ante la regañina
de su madre apartándole
las manos con desprecioy
Francisco, cuando le tuvo a tiro le soltó un guantazo que el
chico no
olvidaría, en su a
partir de entonces, recta vida. María miró con aprobación el gesto que la educación del niño necesitaba.
Nunca
más volvió el niño a caer en el barro del río y nunca se
arrepintió Francisco más de dar un guantazo, ya que el episodio no
se volvió a repetir.
Y allí,
en la estantería de los recuerdos de la
memoria de Francisco
quedó aquel pequeño libro oscuro cerrado con una gomilla y que de
vez en cuando era cogido con gran cuidado para revivir ese mágico
momento en
la vespa con María.
Allí, junto al Olmo viejo, arriba de la loma, se encontraba el sabio padre Gabriel. Francisco se acercó respetuosamente. El anciano estaba de espaldas pero la brisa iba hacia el.
-Hola Francisco, me alegro mucho de volver a oler tu inconfundible jabón lagarto.
Dijo el anciano volviéndose lentamente con una leve sonrisa y la mirada resplandeciente, arropada entre arrugas suaves de piel fina. Francisco le abrazó quizás demasiado fuerte para la escasa musculatura del anciano, aunque éste le correspondió cariñosamente. Se separaron sonriendo. La fresca sombra que les cobijaba, mecida por la brisa les regalaba suaves aromas a campo, flores y hiervas.
-¿Como te va la vida, hijo mío?
-Bien, padre, bien. Estoy en un pueblo precioso del sur, la gente es amable y el clima suave durante todo el año. Tiene una playa preciosa a unos kilómetros de la humilde parroquia y en verano es una bendición bañarse en ese mar fresco y agitado.
-Que bien, cada vez me cuestan mas los inviernos... (hizo una pausa apoyándose en el hombro del padre Francisco)... como recuerdo cada vez que te reprendía en el patio del seminario cuando le pegabas guantazos al primero que se metiera contigo. Imagino que la madurez templado ese carácter, ¿no?
Francisco agachó la mirada, le dio una patadita a una piedra que tenía cerca del pie y luego ambos se miraron riendo a carcajadas.
Hombre, otro curita a escena, ahora un anciano curita. A ver qué nos deparan estos dos pingüinos en los próximos capítulos, si es que el autor de "Las andanzas del padre Francisco" decide que siga el pingüino Gabriel.
Esa carcajada como respuesta de Gabriel y Francisco define al padre Francisco.
En aquel tiempo en el que todos los vecinos de bien iban a misa el domingo, al Padre Francisco le divertía averiguar los secretos de sus feligreses por medio de la observación.
Al dar la hostia consagrada, la distancia era tan reducida que podía observar el mas mínimo detalle.
Así que cuando Alfonso, el mecánico, se acercó pudo ver sus puños ensangrentados y su expresión seria. Tras el, Lourdes su mujer, presentaba los ojos rojos, aunque afortunadamente sin ninguna magulladura. Su fragancia femenina y su escaso vestido contrastaban con la expresión afligida. Uno tras otro fueron pasando los feligreses sin que nuestro amigo viese donde aquellos puños habían ido a impactar. Casi el último se acercó, Tomás, el galán del barrio. Su perfecto traje color café estaba arrugado, cosa que no ocurría nunca. Una mancha de grasa negra estropeaba la preciosa camisa de Holanda. Unas gafas de sol oscuras cubrían sus vivarachos ojos pero por el lateral dejaban ver un moratón violáceo. La expresión de oveja esquilada era definitiva.
- Tomasito, Tomasito, te veo después en el confesionario.
El padre Francisco ha estado peregrinando durante un largo periodo tiempo su peculiar doctrina por todo los rincones de este intrincado mundo, pero parece que ya ha acabado su excelsa cruzada y lo más probable es que regrese al foro, sobre todo para deleitarnos con sus fabulosas historietas
Comentarios
Como ya es viernes, el padre Francisco pide paso para contar otra de sus historias. Espero que les entretenga.
Aquella primavera, los geranios del padre Francisco estaban más bonitos que nunca. La vecina, que llevaba viuda unos tres años, estaba tendiendo más ropa que de costumbre en la azotea que daba al convento. María, que así se llamaba la mujer, era madre de dos hijas pero aún mantenía su lozanía intacta. María y Francisco se habían cruzado algunas miradas y saludos durante esos momentos de ropas y regadas.
Fue el domingo, en el que tras la misa, el sacerdote se introdujo en el viejo confesionario de madera de roble, como de costumbre. Tras varios pecados menores y absoluciones casi mecánicas, la vecina, María, se postró de rodillas junto a él, separados solamente por el entramado de madera.
-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida. Dime hija, que te aflige.
María, sonrojada, ocultaba su cara con las palmas de las manos apretadas una contra otra. Sin embargo, por los huecos de hiladas de roble entrecruzadas, Francisco pudo admirar sus turgentes pechos insinuarse por el escote del vestido negro.
-Padre, he pecado.
-¿De acción o de pensamiento?
-De pensamiento, padre.
A Francisco se le aceleró el corazón y comenzó a sudarle la frente. Se separó el alzacuello, que de repente le estaba apretando y estiró el cuello a un lado y a otro. Su fino olfato comenzó a recibir olores enigmáticos de rosas y claveles frescos que parecían venir del cuello de María. Tras esa primera impresión, el olor se tornaba suavemente parecido al de las frutas silvestres, maduras, insinuantes y apetecibles.
-¿Que pensamientos has tenido, hija?
María se retorció y subió su escote, tímida. Sus pechos se agitaron levemente. El perfume invadió el espacio de Francisco, envolviéndole en una nube de suave deseo.
-Padre, no sé si debo contarlo. Perdóneme padre, perdóneme…
-“Ego yo te absolvo”, hija. Reza tres ave Marías y tres padres nuestros.
María se levantó y se marchó, contoneando levemente sus caderas y dejando tras ella un febril aroma.
A las dos de la mañana, el padre Javier, que tenía su cuarto junto al del padre Francisco, fue a la capilla en pijama y se encontró a su capellán frente a la imagen de cristo, con una botella de vino casi vacía en su mano derecha. Le acompañó piadosamente a su aposento.
Al día siguiente, Francisco vociferaba levantándose, a las siete de la mañana:
_Vamos, hermanos, tenemos doscientos niños que enderezar!
Javier, desde la cama, todavía con los ojos pegados, sonrió.
FIN
¡Qué bueno, padre Francisco, digo amigo y paisano Fran! Por cada capítulo te estás superando. Esto va pa pelotazo literario de los gordos.
¿Qué puñeta querría la viuda y "necesitada" María con el "inocente" curita? Ya mismo monta el vasco-asturiano un sacro prostíbulo en la sacristía de su parroquia, para así atender a las almas perdidas y pecadoras como el alma de la pechugona María. ¡La pobre María, sin marío que le parle ni perrito que le ladre!
El hecho de que te adaptes a las normas de microrrelato, hace más atractivo el texto. "Lo breve, si bueno, dos veces bueno".
Mañana mismo, sin falta, le voy a pedir al padre Francisco una plaza de monaguillo, y a ver si cae algo.
Gran acierto el tuyo de colgar en este foro un hilo, exclusivamente para el reverendo y tremendo sacerdote.
Un saludo Andaluz
Al ingenio, tan menospreciado de ordinario, hay que premiarlo. Y este es tu caso. El padre Francisco va a acabar con el cuadro. Humildemente, te aconsejo le metas una o dos velocidades más a tus relatos; vaya, que pase de miradas picaronas e insinuaciones pueriles a hechos
Otro saludo andaluz
Ojo, que no he querido decir que te expreses guarramente, sino que le inyectes al padre Francisco más incisión en el diálogo con alguna fémina. Eso es todo. Solo era una sugerencia, pero olvídala.
Los inviernos de ahora no eran como los de antes, repetía el padre Francisco a sus amigos, en la tasca de Bautista. Cuando yo era pequeño, durante los inviernos del norte, cuando meabas por la mañana, salía vapor de la orina como si fuera agua hirviendo. De camino a la escuela, los charquitos en el suelo estaban congelados reflejando el gris del frío cielo. El viento soplaba aullando como temeroso de si mismo por las gélidas campiñas escarchadas. La gente atrancaba las puertas y ventanas de las casas pero la humedad entraba por el suelo y los bajos de los muros a través de las cimentaciones de piedra.
La chimenea era lo único que podía hacer habitable uno de esos caserones fríos y antiguos. De camino a la escuela, mi amigo, Paxi, estando embutido en su abrigo con los cuellos hacia arriba, las manos en las bolsillos y el sombrero tipo ruso calzado hasta que casi los ojos no podían ver, se quedó petrificado. La mirada fija, seguí la dirección de su mirada y allí estaba. Mi vecino Aitor, entrenando con su saco de boxeo, !en calzonas!. Su cuerpo emitía sudor y humo, como rodeado de un aura de poder misterioso. Se movía como un rayo y asestaba series de golpes como si una máquina con resortes liberara sus brazos. Paxi, sin moverse dijo con voz trémula:
¶
Y allí fue donde el, todavía niño, decidió que quería ser boxeador.
FIN
Observo que has cambiado un poco el encauzamiento de las narraciones. En este relato, el padre Francisco no entabla diálogo con nadie, sino que monologa. Bien descrito los inviernos de antes y los de ahora. También he observado "un toque poético" en los dos primeros párrafos. Me han gustado.
En el País Vasco llevan a gala que los vascos poseen un ADN especial.
Veo en esa frase un pequeño fallo en el tiempo de verbo ser:
Los inviernos de ahora no eran como los de antes....
Si dices "ahora", corresponde "son", no "eran".
Un saludo sevillano
Algún vasco conozco, jejeje
Un salido chiclanero
Hombre, los otros tienen un son más específico de la mentalidad que tú mismo le has dado al padre Francisco, insinuaciones sin insinuarse, ¿entiendes?
También conozco a mucha gente del País Vasco, concretamente de San Sebastián. Para no ir más lejos, mi primera mujer es donostiarra.
Un saludo sevillano
Bautista, el tabernero, llegó a Chiclana en su vieja vespa hace unos años. Sólo llevaba unos billetes en el bolsillo y su petate del ejército amarrado a la moto con cinchas. Cuando alquiló el viejo local en la esquina opuesta a la parroquia nadie pensó que duraría mucho allí pero Bautista venía ya curtido del norte y cuando abrió la tasca no tardó en hacerse con una fiel clientela.
Aparte de su simpatía y conversación, Bautista servía una pequeña tapa gratis con la bebida. No tardó el padre Francisco en entablar amistad con el simpático norteño, a pesar de ser un ateo confeso.
Bautista era un hombre bajo y fuerte, con la moto y su chaqueta de piel y su casco de aviador no pasaba desapercibido a las mujeres del pueblo pero por algún motivo no merecía las atenciones de María, la atractiva vecina de la parroquia, cosa que este achacaba al párroco entre bromas y chistes.
Francisco rehuía la conversación bromeando con la corta estatura de Bautista. Este era un combate lento, un toma y daca que ninguno resolvía entrando en el cuerpo a cuerpo. Simplemente una diversión entre ambos que nunca llegaría a resolverse o quizás si.
Cierto día de primavera, estando Francisco, Bautista y algunos amigos mas bebiendo y comiendo en la humilde taberna, María irrumpió en la entrada de la misma.
_Por favor, puede llevarme al río?, mi hijo juega allí y su amigo me ha dicho que está en problemas, que se ha hundido en el barro.
El tabernero, sacando las llaves de su moto dijo:
_Francisco puede llevarla usted? yo no puedo dejar la taberna.
Francisco estiró el cuello a un lado y a otro y asintió cogiendo las llaves con decisión. María montó pero no con la clásica postura de lado si no abrazando la cadera del sacerdote con sus firmes muslos bajo el vestido negro. El sacerdote, imaginando al chaval en el barro, condujo rápido, aceleró, cambió, inclinó la moto y la suave brisa acarició sus caras y sus cuerpos. Una sensación de inusitada libertad les invadió sumiéndoles en otra realidad. Sus cabellos, gozosos se mezclaron alegremente, mecidos por el aire bailaron al unísono cabalgando sobre los baches de las calles. Por un momento fueron hombre y mujer, no sacerdote y piadosa. Afloró toda la feminidad de María con el aire y el frescor. Francisco se abandonó a las sensaciones, notando la calidez de la piel de María. Finalmente frenó sintiendo los pechos de la mujer en su espalda, que junto a la presión de la pelvis en su cadera terminaron de ponerle en un compromiso pecaminoso. María se bajó apresuradamente y corrió hacia su hijo que reía junto a sus amigos bañado de barro negro. La madre le trajo hacia la moto, donde el padre Francisco permanecía montado para no mostrar la sotana erguida como por un poste.
_pero hijo, me has asustado, ¿estás bien?, por favor no vuelvas a darme un susto así...
El niño, reía despreocupado ante la regañina de su madre apartándole las manos con desprecio y Francisco, cuando le tuvo a tiro le soltó un guantazo que el chico no olvidaría, en su a partir de entonces, recta vida. María miró con aprobación el gesto que la educación del niño necesitaba.
Nunca más volvió el niño a caer en el barro del río y nunca se arrepintió Francisco más de dar un guantazo, ya que el episodio no se volvió a repetir.
Y allí, en la estantería de los recuerdos de la memoria de Francisco quedó aquel pequeño libro oscuro cerrado con una gomilla y que de vez en cuando era cogido con gran cuidado para revivir ese mágico momento en la vespa con María.
FIN
--
Francisco Cabillas Martínez
¡Vaya, vaya! Esto se está poniendo interesante. No podemos olvidar que el curita, antes que curita es hombre, y, "casualmente", María es mujer.
Nada, sevillano-chiclanero, sigue exprimiéndote el coco, que me prometiste que "Las andanzas del padre Francisco" se componían de 10.000 capítulos
Allí, junto al Olmo viejo, arriba de la loma, se encontraba el sabio padre Gabriel. Francisco se acercó respetuosamente. El anciano estaba de espaldas pero la brisa iba hacia el.
-Hola Francisco, me alegro mucho de volver a oler tu inconfundible jabón lagarto.
Dijo el anciano volviéndose lentamente con una leve sonrisa y la mirada resplandeciente, arropada entre arrugas suaves de piel fina. Francisco le abrazó quizás demasiado fuerte para la escasa musculatura del anciano, aunque éste le correspondió cariñosamente. Se separaron sonriendo. La fresca sombra que les cobijaba, mecida por la brisa les regalaba suaves aromas a campo, flores y hiervas.
-¿Como te va la vida, hijo mío?
-Bien, padre, bien. Estoy en un pueblo precioso del sur, la gente es amable y el clima suave durante todo el año. Tiene una playa preciosa a unos kilómetros de la humilde parroquia y en verano es una bendición bañarse en ese mar fresco y agitado.
-Que bien, cada vez me cuestan mas los inviernos... (hizo una pausa apoyándose en el hombro del padre Francisco)... como recuerdo cada vez que te reprendía en el patio del seminario cuando le pegabas guantazos al primero que se metiera contigo. Imagino que la madurez templado ese carácter, ¿no?
Francisco agachó la mirada, le dio una patadita a una piedra que tenía cerca del pie y luego ambos se miraron riendo a carcajadas.
FIN
Hombre, otro curita a escena, ahora un anciano curita. A ver qué nos deparan estos dos pingüinos en los próximos capítulos, si es que el autor de "Las andanzas del padre Francisco" decide que siga el pingüino Gabriel.
Esa carcajada como respuesta de Gabriel y Francisco define al padre Francisco.
En ambos casos será bien recibido, amigo sevillano-chiclanero-acuarelista-motorista... y no sé cuántas cosas más
"TE VOY A DAR LA HOSTIA"
En aquel tiempo en el que todos los vecinos de bien iban a misa el domingo, al Padre Francisco le divertía averiguar los secretos de sus feligreses por medio de la observación.
Al dar la hostia consagrada, la distancia era tan reducida que podía observar el mas mínimo detalle.
Así que cuando Alfonso, el mecánico, se acercó pudo ver sus puños ensangrentados y su expresión seria.
Tras el, Lourdes su mujer, presentaba los ojos rojos, aunque afortunadamente sin ninguna magulladura. Su fragancia femenina y su escaso vestido contrastaban con la expresión afligida.
Uno tras otro fueron pasando los feligreses sin que nuestro amigo viese donde aquellos puños habían ido a impactar.
Casi el último se acercó, Tomás, el galán del barrio. Su perfecto traje color café estaba arrugado, cosa que no ocurría nunca. Una mancha de grasa negra estropeaba la preciosa camisa de Holanda. Unas gafas de sol oscuras cubrían sus vivarachos ojos pero por el lateral dejaban ver un moratón violáceo. La expresión de oveja esquilada era definitiva.
- Tomasito, Tomasito, te veo después en el confesionario.
FIN
Pues ahora casi has convertido al vasco padre Francisco en el argentino Papa Francisco I.
Que bien detallas a los personajes.
Este relato no me ha gustado tanto como los anteriores.
Un abrazo
El padre Francisco ha estado peregrinando durante un largo periodo tiempo su peculiar doctrina por todo los rincones de este intrincado mundo, pero parece que ya ha acabado su excelsa cruzada y lo más probable es que regrese al foro, sobre todo para deleitarnos con sus fabulosas historietas
Pues si está confesando a los políticos, tiene tarea para rato. Son muchísimos los pecados que esa plaga maloliente comete a diario