Lluvia
Aplastamiento de las gotas
Yo no sé, mirá, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones
cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita
en lo alto del marco de la ventana, se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo
y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae.
Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga,
ya es una gotaza que cuelga majestuosa y de pronto zup ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran, me parece ver la vibración
del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse.
Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
Julio Cortazar
Comentarios
Llueve y tú dices es como si las nubes
lloraran. Luego te cubres la boca y apresuras
el paso. ¿Como si esas nubes escuálidas lloraran?
Imposible. Pero entonces, ¿de dónde esa rabia,
esa desesperación que nos ha de llevar a todos al diablo?
La Naturaleza oculta algunos de sus procedimientos
en el Misterio, su hermanastro. Así esta tarde
que consideras similar a una tarde del fin del mundo
más pronto de lo que crees te parecerá tan sólo
una tarde melancólica, una tarde de soledad perdida
en la memoria: el espejo de la Naturaleza. O bien
la olvidarás. Ni la lluvia, ni el llanto, ni tus pasos
que resuenan en el camino del acantilado importan;
Ahora puedes llorar y dejar que tu imagen se diluya
en los parabrisas de los coches estacionados a lo largo
del Paseo Marítimo. Pero no puedes perderte.
Roberto Bolaño
Saludos
Uve murió una noche alcoholizado por la lluvia.
Uve pensó: por la boca muere el pez.
Y se ahogó bebiendo lluvia.
Pobre Uve tragalalluvia, Uve de traje oscuro,
que a nadie dijo adiós.
Se le veía siempre triste en su despacho,
con la gabardina chorreando
y el paraguas abierto en una esquina.
Decían que era un tipo extraño, Uve,
adusto solitario introvertido.
Que sus tripas sonaban como a lluvia
que miraba de soslayo
que al caminar dejaba charcos
que atraía siempre el temporal.
Pobre Uve de traje oscuro,
asomado a la ventana con su calva imán de lluvia.
¿ Qué no hubiera hecho por ver brillar el sol ?
Soñaba que se cortaba las venas
y su sangre era de lluvia
que su semen germinaba
en un monstruo de lluvia
que sus manos su nariz
y hasta su corazón eran de lluvia.
Pobre Uve tragalalluvia, de iris encharcados,
de ojos de musgo y de rocío.
Se fue como la espuma,
como el fracaso como el viento,
con su maletín negro de lluvia
y el secreto de su pena dentro
sin decir a nadie adiós.
Salió una noche de su casa
alzó la vista al cielo
y se ahogó bebiendo lluvia.
Buscando su destino
perdiéndose en las nubes.
sin ver brillar el sol.
VICENTE MUÑOZ ALVAREZ (León, 1966-).
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Lluvia
Hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la mujer
entra a la casa por la ventana y no por la puerta,
por una puerta se entra a muchos sitios
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo, pero no al mundo
ni a una mujer, ni al alma
es decir a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así
como hoy que llueve mucho
y me cuesta escribir la palabra amor
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran
y cuándo y cómo
pero el alma qué puede explicar por eso mi vecino tiene tormentas en la boca
palabras que naufragan
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá
como el silencio que hay entre dos rosas
o como yo que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia
a la lluvia
a mi corazón desterrado.
Juan Gelman
Bajo una lluvia fría de polígono,
con un cielo drogado de tormenta
y nubes de extrarradio.
Porque este amor de llaves prestadas nos envuelve
en una intimidad provisional,
paredes que no hacen compañía
y objetos como búhos en la sombra.
Son
las sábanas más tristes de la tierra.
Mira
cómo vive la gente.
Luis García Montero
Llueve sobre vosotros y llueve en mi garganta.
Llueve entera la noche este silencio y llueve
sin arca que refugie
vuestra piel en la rosa de los vientos.
–Hoy a madre le temblaba el mentón.
Chorreaban las puertas sin un ancla de amparo,
y la casa crecía,
y yo pisaba charcos descorriendo el oído
del diluvio y la nada.
Porque ahí en el brasero se sientan mis mitades,
esos dos niños huérfanos que no conoceré.
Y traigo una carcoma colgándome en los labios,
pero no sé el camino de las hojas brillantes
y me vuelvo a mi casa
y os dejo con la lluvia y el temblor de los trenes.
–No me quiero morir.
Mientras entro en mi cama oigo afuera la lluvia,
la lluvia en vuestro embozo,
la lluvia que os empapa las sombras y las manos,
mi lluvia vuestra, huérfana,
mis niños arrecidos, tan huérfanos de mí.
JUANA CASTRO, (Villanueva de Córdoba, 1945-)
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Al fondo,
sobre una mesa, debajo de
una taza
desborda la lluvia.
Desborda, cae, y dibuja un charco,
Hugo Mujica
Llueve
sobre la arena, sobre el techo
el tema
de la lluvia:
las largas eles de la lluvia lenta
caen sobre las páginas
de mi amor sempiterno,
la sal de cada día:
regresa lluvia a tu nido anterior,
vuelve con tus agujas al pasado:
hoy quiero el espacio blanco,
el tiempo de papel para una rama
de rosal verde y de rosas doradas:
algo de la infinita primavera
que hoy esperaba, con el cielo abierto
y el papel esperaba,
cuando volvió la lluvia
a tocar tristemente
la ventana,
luego a bailar con furia desmedida
sobre mi corazón y sobre el techo,
reclamando
su sitio,
pidiéndome una copa
para llenarla una vez más de agujas,
de tiempo transparente,
de lágrimas.
Pablo Neruda
¿Has visto cómo se oscurece
la tierra después de llover?
Tal vez noviembre sólo guarda
silencio:
es tan breve cuando esmerila
los ángulos de la ciudad,
cuando la niebla y el sol, luego
una nube, apaciguan
la carne de las piedras
y una bella manzana rueda
calle abajo
y te pregunto si el sabor
de un amor devorado puede
persistir.
Tal vez este manto granate
no quiera hablar sino extenderse,
cerrar la naranja de zumo
de tus labios, porque me observo
preciosa,
callando,
renunciando a tu regalo.
Únicamente las encinas
cantan con sus violines
y se resisten a cromarse
de cansancio.
¿Has visto
cómo me voy sin irme, yéndome
al lado de la lana
silenciosa,
cerca de la raíz del vino,
muy cerca del alacrán que oye
en su nido dulce llegar
a la dama de hielo?
María Antonia Ricas Peces (1956-)
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PRESENTIMIENTO
Hoy presiento que vienes con la lluvia,
como envuelta en las nubes,
en cada ráfaga de aire.
En el sardinel,
el paso de los años, deteriorando su estructura.
Todo el decorado parece quieto:
el húmedo azul, la verticalidad de los pinos.
El radiador en el punto más alto,
las paredes en blanco tatuadas en negro,
un café distendido, el calor entre mi pecho,
las canciones que acompañan a estos versos,
como acompaña a la lluvia
el tintineo en el plástico.
Y claro, me pregunto
si habrás venido para quedarte.
JESÚS CÁRDENAS SÁNCHEZ (1973-)
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Lluvia
Llueve otra vez. Llueve de nuevo. Llueve:
siempre el amor me llega con la lluvia.
Sobre la calle una llovizna breve
y aquí en mi corazón, cómo diluvia...
Llueve. Y el agua cae sin relieve
sobre las piedras, ávidas de lluvia.
Aquí en mi corazón, cómo remueve;
aquí en mi corazón, cómo diluvia.
Siempre el amor me llega así. Sin ruido,
con silencioso paso estremecido:
niebla menuda que después diluvia.
Siempre el amor me llega así, callado,
con silencioso andar desesperado...
Y no sé dónde estás. Y está la lluvia.
Julia Priluzsky
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Un flojo cachorro de agua ha de ponerse el traje de una manzana a punto de llorar
(Sólo) ha sido tu mirada.
Así eres terrestre en el palacio de los pómulos dormidos.
Sin la ventaja de la sábana usada, su santidad acosando-
te...en el presagio del frío hecho en los aeropuertos el pájaro roto en tu oído las
costillas equivocadas de tristeza adivinada en el restaurante de carretera
donde comimos una vez pescado azul en silencio
Esta niebla la distinguí yo ya
en la forma que tenías de coger las tazas y las cosas inútiles
El cristal desperdiciado en la sonrisa de los ángeles
que nacía y moría como
una carretera invisible, dañando en secreto la fauna de los jardines abúlicos
Todo lo que en fin
mientras miro hacía otro lado me dice
que empezará a llover cuando te marches
Arturo Méndez Cons (Cádiz, 1980-)
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Con el olor de la lluvia se aproximan
Con el olor de la lluvia se aproximan
las remotas caravanas del recuerdo.
Abandonan su equipaje de añoranza
en los portales de una calle anónima.
El sabor de la lluvia posee aromas de infancia,
cadencias de lavanda y pellizcos de ciclamen.
Un tapiz de intenso gris cubre la argamasa del cielo
y las copas de los árboles recortan el paisaje
con la dimensión de un adiós o un hasta luego
que busca semillas de sol en la distancia.
El olor de la lluvia, de la tierra mojada,
nos recoge en el claustro de la meditación,
en el aula reservada para aprendices de náufragos
condenados a ser eternos arlequines de agua.
En estas horas escritas con zumo de limón
las lágrimas pesan como goterones de plomo,
como las monedas sin lustre de la tristeza
hurtadas de la hucha secreta del corazón baldío.
El viento pregona los poemas de la ausencia
entre los portales de la ciudad vencida por el agua;
y una voz solitaria, ebria de roble y de tanino,
acuña el silencio en el vaho de la ventana.
La lluvia es el poema de los que se fueron.
José Luis García Herrera
Gota de lluvia
Una gota de lluvia temblaba en la enredadera.
Toda la noche estaba en esa humedad sombría
que de repente
iluminó la luna.
José Emilio Pacheco
Llueve en silencio, que esta lluvia es muda
y no hace ruido sino con sosiego.
El cielo duerme. Cuando el alma es viuda
de algo que ignora, el sentimiento es ciego.
Llueve. De mí (de este que soy) reniego...
Tan dulce es esta lluvia de escuchar
(no parece de nubes) que parece
que no es lluvia, mas sólo un susurrar
que a sí mismo se olvida cuando crece.
Llueve. Nada apetece...
No pasa el viento, cielo no hay que sienta.
Llueve lejana e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un deseo grande que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente...
Fernando Pessoa
¡Te quiero!, -me dijiste,
y la flor de tu mano
puso un arpegio triste
sobre el viejo piano.
( En la ventana oscura
la lluvia sonreía...
Tamboril de dulzura.
Gong de melancolía.)
-¿Me querrías tú lo mismo?-
Y en tu voz apagada
hubo un dulce lirismo
de magnolia tronchada.
( La lluvia proseguía
llorando en los cristales...
Cortina de agonía.
Guadaña de rosales.)
-¡Para toda la vida!-,
te dije sonriente.
Y una estrella encendida
te iluminó la frente.
( La lluvia proseguía
llamando en la ventana
con una melodía
antigua de pavana.)
Después, casi llorando,
yo te dije: -¡Te quiero!-
Y me quedé mirando
tus pupilas de acero.
-¡Para toda la vida!-
dijiste sonriente,
y una duda escondida
me atravesó la frente.
( En la ventana oscura
la lluvia proseguía
rimando su amargura
con la amargura mía.)
Rafael de León
Mientras muere el día,
llueve.
Es un agonía
breve.
La ciudad se queda abrumada
con la tristeza de la hora.
La lluvia no dice nada,
y llora.
Ciérranse puertas y vidrieras,
huye la gente
como de un mal, por las aceras;
y un hombre mira, indiferente.
La lluvia parece cansada
cual un rosal que se desflora;
no dice nada, nada, nada,
y llora...
Viene mandada por el río,
soltando besos de frescura,
deshace en gotas el envío,
para que alcance su ternura.
Pero al sentirse rechazada,
se vuelve un poco más sonora:
Va a hablar... y, al fin, no dice nada,
y llora...
La lluvia tiene algo de loca:
gime un recuerdo de canción;
todo la irrita, en todo choca
su vagorosa obstinación.
Ve la ciudad atormentada,
y la campiña verde añora;
no dice nada,
y llora...
¿Mira en el pueblo tanta pena,
que no hace más que lagrimear?
¿O forma un lienzo de tan buena,
porque nos quiere consolar?
¿Es que se sabe desdeñada,
y que su inútil fin deplora?
No dice nada, nada, nada,
y llora...
Sobre el muerto día,
llueve
una melodía
leve.
La ciudad se queda encantada
bajo una luz que se evapora...
La lluvia no dice nada,
y llora...
Pedro Miguel Obligado
Cae quieta la lluvia,
la espera,
en la caída la lluvia es su camino
Hay que osar lo abierto y la caída:
Hugo Mujica
Este otoño que tanto te quiero
te regalo la lluvia.
la lluvia es todo:
es canción triste, es compañía,
es llanto persistente sobre todo el paisaje,
es la caricia que hace temblar el suelo
y elevar el sexo de las flores.
es la orden húmeda que implanta
los más espesos olores.
Te la regalo porque es como tú,
extensa, repentina,
de estatura cansada por el sol de la tarde,
de ojos también cayéndose camino del invierno
y porque en ella yo me siento tan dulce
como me siento en ti.
De todo lo que vuela y nos hace sufrir
nada más compasivo y simple que la lluvia,
y nada tan frágil y a la vez tan invicto
y nada como su misma promesa de frutos y verdor.
Mírala, como un mar derrumbado,
como ruinas de una atmósfera de agua que existió.
Muchas veces
me empapa de nostalgia y me hace nudos
que escuecen al tragar.
Será porque la lluvia
cubre bosques que has amado conmigo,
nos ha mojado juntos, imparcial, minuciosa,
en lejanas provincias junto al mar.
Ya para siempre tendrás lo que te he dado,
de mi regalo nunca podrás huir
ni devolvérmelo.
Y cuando llueva, cada gota en tu cuerpo será un beso,
un beso que no pide nada a cambio,
que atravesará los impermeables, los paraguas,
diciéndote con su idioma monótono y dormido
que te quiero.
José Maria Parreño
Caminé por las calles desiertas por la lluvia,
En cada puerta un ojo que vigila y
Un movimiento oculto.
Remonté la pendiente resbaladiza y tibia
Que me llevó a la cima de una ciudad distinta
En las horas nocturnas abrasadas de asombro.
El espejo de asfalto refleja las farolas
Y el sueño paraliza la aventura perdida
Y aunque un viento turbado desabrochó mi blusa
Seguí buscando el signo que me llevara al día.
Maria Cinta Montagut
PARTE METEREOLÓGICO
Se avecinan tormentas por tu norte
Y es posible que antes del mediodía
descargue una potente borrasca
en el centro geográfico de tu casa.
Se teme que lloverá copiosamente
en el trabajo.
Caerán las hojas del calendario
bajo un tenaz viento de levante.
Hacia la media tarde se espera algún claro
Un amigo tal vez proponga
una escapada al cine
y es posible que aún brille el sol a intervalos
si no se cruza alguna llamada impertinente
de alguna vieja amante, un tanto rencorosa.
Fuertes vientos arreciarán con la tarde
Las páginas de tu agenda se agitarán por completo
cuando desesperado acudas a su abrigo
y busques quien te ofrezca su mano.
Se anuncian nuevas ráfagas de soledad
azotando el norte de tu alcoba en la noche
Y avisan que podría ser peligroso
asomarse al espejo, por si acaso
Puede, de todas formas, hacer más frío
en el sur de tu casa.
La luna saldrá a la hora de siempre.
Y es casi seguro que estarás
completamente helado para entonces.
ENRIQUE TOMÁS, (Valencia, 1962-)
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IX - Conduciendo bajo la lluvia...
Conduciendo bajo la lluvia,
la luna es del color de los coches que pasan.
Atrás queda el pequeño
hotel de carretera junto a un bosque.
Conduciendo bajo la lluvia,
en los jardines públicos brillan ángeles fríos.
Atravesando calles
tranquilas,
soledad edificada.
Conduciendo de vuelta hacia nosotros mismos.
La última frontera es nuestro corazón.
Benjamín Prado
Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos
de humo.
Volcó la ceniza
en el cenicero
sin hablarme.
Sin mirarme
se puso de pie.
Se puso
el sombrero.
Se puso
el impermeable
porque llovía.
se marchó
bajo la lluvia.
Sin decir palabra.
Sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.
Jacques Prévert
La lluvia cae en el polvo igual que en el poema
de Li Po. En el sur
los días tienen ojos grandes
y redondos; en el sur el trigo ondula,
sus crines danzan en el viento,
son la bandera
descamisada de mi embarcación;
en el sur la tierra huele a lino blanco,
a pan en la mesa,
el fulvo ardor de luz invade el agua,
cayendo sobre el polvo, leve, encendida.
Igual que en el poema
Eugenio de Andrade
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COITO
Desnuda o desvestida como más te haga olvidar tu arrastre
por las aceras que van quedándose con tu boca ensangrentada,
ven, oye mis palabras,
excítate con mi voz,
todo se parió mal, hasta la muerte no existe,
nadie puede estar en paz en medio de la noche cuando el fuego
de las estridencias te aniquilan
como si fueras un niño lamiéndote un olor a sotana bordada
por quien alguna vez tuvo coito como dios manda.
Iluminada entre los barrancos mis piernas se abren cuando van
dando cabrioladas por tu poitrine rota,
por ese tórax que se inclina ante los audaces del día,
tú, que yo tanto deseo y mordiera tu carne
en mitad de la tormenta sorbiera tu sangre,
así tan suave saber que puedo herirte más de los que te aniquilan
en la copa suave de tus labios
y el mentón mío que lascivo te cubre el vellocino tiznado
y morirme sobre semillas,
morir sobre ti.
“Un día más la lluvia se desnuda y se viste frente a mí, su charla monocorde ahuyenta a los pájaros y yo simulo no escucharla, así urden hilanderas arañas rutas antiguas, lento el paso al horizonte cada vez más nítido, yo mientras me constriño, me acoquino para no estorbar el nido”.
Ana Rosa Bustamante, es poeta chilena (1955-)
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Yo digo: estoy cansada de la lluvia,
de la neblina, de la bruma incierta.
Quiero volver al sol y estar contigo
simplemente, en la arena.
Comienzo a odiar el gris, me estorba el humo
y sé que la ceniza es harapienta.
Quiero mares de añil, y no estos ríos
hechos como de lodo y de miseria,
cansada de llevar el duelo
de todas las penumbras, y las nieblas;
quiero un cielo con nubes en retazos
y una noche de estrellas.
Ah, no sentir temor de ser la llama:
no, ni de arder, ni de quemarse en ella.
Toda la vida fue un interrogante
sin eco ni respuesta,
todas las horas fueron lejanías:
hoy quiero ser por fin, una presencia.
Julia Prilutzky
¿Tan charco que saltar? Bajo este día,
en esta lluvia larga tan de lunes,
tan de ciudad que aquí se me atraviesa,
tan de música y tú, que tan callado
me lo resumes todo, lo iluminas,
pareciera que sí, que es cosa fácil,
que está la vida hermosa y tiene flores,
que se escriben canciones porque tú,
o sólo porque tú,
porque nos llueve justo en este día
que acaso llamen lunes los que ignoren
el tiempo detenido por nosotros,
el mundo que se para porque tú,
o sólo porque tú,
todo nos lo revuelves, lo resuelves
también, le das sentido a este lunes
que no, no se parece a otro lunes
antiguo, repetido.
Pareciera que sí, que esto sucede,
que está la vida hermosa, tan callada,
porque tú, o sólo porque tú, creces
conmigo
(tan girasol de un cuadro de Van Gogh)
y yo tan azucena trasnochada
en un vaso con agua de esta lluvia,
de esta precisa lluvia tan de lunes,
tan de cuadro de tiza que mojado,
donde todo es saberse entrometido
y acaso, sí, feliz, porque tú o
sólo porque tú.
Macarena Trigo (Madrid, 1979-)
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Nos separaba de la calle
el cristal empañado de lluvia.
Yo estaba lejos del mundo,
hoja caída en el remanso de su llanto.
Ella era menuda y tierna
y se hacía más menuda entre mis brazos
y más tierna bajo mis ojos.
Entre nosotros y la calle
y la lluvia y el cristal de la ventana
eran dos abismos de plata.
La vida estaba allí naufragando en sus ojos
la belleza dormía en sus senos perfumados
la luz -toda la luz- se me daba en su boca
la humanidad - mi humanidad - era ella.
Más allá del cristal
más allá de la lluvia
pasaron...
Yo separé los ojos de los ojos de ella
para verlos pasar.
Marchaban chapoteando en el barro
los pies descalzos.
Desfilaban los rostros anochecidos de hambre.
Y las manos encallecidas de miseria
y las almas curvadas de injusticia
y las voces amanecidas de odio
desfilaban los pies descalzos.
Iba la madre con el hijo al cuadril
y el anciano rumoreando penas.
Y el mozo flameando la bandera,
iban de frente hacia la vida
armoniosamente rebeldes.
No sé si me lo gritaron ellos
o si me lo grité yo mismo.
Pero en las filas, de los que pasaban
estaban mi puesto, mi bandera y mi grito.
El cristal empañado de lluvia
esfumaba los rasgos de la calle
por donde pasaban los míos.
Volví los ojos hacia ella
que se hacia casi yo entre mis brazos
y le dije:
-Me llaman los que pasan.
Sus ojos empañados
me separaban de su alma
como el cristal con lluvia
me separaba de la calle.
Me dijo lentamente:
-No te vayas.
Y se hizo más menuda entre mis brazos
y me ofreció su boca palpitante
y sentí junto a mí, temblorosos sus senos.
Yo escuchaba chapotear en el barro
los pies descalzos
y presentía los rostros anochecidos
de hambre.
Mi corazón fue un péndulo entre
ella y la calle...
Y no sé con qué fuerza me libré
de sus ojos
me zafé de sus brazos.
Ella quedó nublando de lágrimas
su angustia.
Tras de la lluvia y del cristal
pero incapaz para gritarme:
-¡Espérame! ¡Yo me marcho contigo!
Miguel Otero Silva
Imperceptible, cae
una lluvia dulcísima. En las calles
la gente se apresura. Están sonando
las campanadas de un reloj. ¿La hora?
No sé, fueron cayendo,
una a una, despacio, y como buques
de papel navegaron hasta la alcantarilla.
Tras la ventana, veo
perderse su sonido entre las olas,
al otro lado del cristal. La noche
espesa la cortina de humo que me envuelve
y apenas reconozco, frente a mí, la figura
del hombre que se mira en el espejo:
no soy yo, no son éstas mis manos ni mi frente
peina, ya rala, unos mechones blancos.
Siguen rodando los pequeños buques
por el cieno sucísimo y oscuro.
Estoy solo. La vida es esa calle
por donde van al mar las horas muertas.
Domingo F. Faílde (Linares, Jaén, 1948-)
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Acuérdate Bárbara
Llovía sin cesar en Brest aquél día
Y marchabas sonriente
Dichosa embelesada empapada
Bajo la lluvia
Acuérdate Bárbara
Llovía sin cesar en Brest
Y me crucé contigo en la calle de Siam
Sonreías
Y yo también sonreía
Acuérdate Bárbara
Tú a quién yo no conocía
Tú que no me conocías
Acuérdate
Acuérdate pese a todo aquél día
No lo olvides
Un hombre se cobijaba en un portal
Y gritó tu nombre
Bárbara
Y corriste hacia él bajo la lluvia
Empapada embelesada dichosa
Y te echaste en sus brazos
Acuérdate de eso Bárbara
Y no te ofendas si te tuteo
Yo tuteo a todos los que amo
Aunque los haya visto sólo una vez
Tuteo a todos los que se aman
Aunque no los conozca
Acuérdate Bárbara
No olvides
Esa lluvia buena y feliz
Sobre tu rostro feliz
Sobre esa ciudad feliz
Esa lluvia sobre el mar
Sobre el arsenal
Sobre el banco d'Ouessant
Oh Bárbara
Menuda estupidez la guerra
Qué has llegado a ser ahora
Bajo esta lluvia de hierro
De fuego de acero de sangre
Y el hombre aquel que te estrechaba entre sus brazos
Amorosamente
Quizás ha muerto o desaparecido o vive todavía
Oh Bárbara
Llueve sin cesar en Brest
Como solía llover en otro tiempo
Pero no es lo mismo y todo está estropeado
Es lluvia desconsolada de duelo espantoso
Ni siquiera es ya tormenta
De hierro de acero de sangre
Simplemente nubes
Que revientan como perros
Perros que desaparecen
En el remanso de Brest
Y van a pudrirse lejos
Lejos muy lejos de Brest
Donde ya no queda nada.
Jacques Prévert
Versión de C. Deplois
Qué es lo que hace que en esta noche de lluvia
me quede en pie sobre las calles mojadas;
Un rumor incierto levanta mis oídos.
_Eres Libre La Felicidad existe Eres_
Y la coronación a tanto desvarío es una nueva ráfaga
de lluvia barriendo el silencio nocturno.
Acaso en esta noche que amanece
donde se espera el residuo de la ola
para mostrarnos las alas mas bellas
siempre al poniente de las flores
no pueda ser más que un lamento
de sombras arrugadas en mi cuerpo.
Hasta dónde el recuerdo de las nubes
repletas de esperanza me sujeta
a la tierra.
Si me han abandonado las cumbres
y la línea del mar se retira a su infinito
donde muere la ternura del tiempo.
Huye el reloj
pierde su vuelo
se lleva desnudas las horas.
Empujo con suavidad el aire.
Dejo que mis manos sepulten la luz.
Sobre la noche
sospecho la tormenta
presiento nebulosas
y ya sólo me queda preguntar
si el hallazgo de estos versos de Pessoa
podrán secar esta terrible humedad
celebrando su fiesta ante mi rostro.
A los dioses que hay o que fingidos haya
sólo la libertad pido: no me oprima
ni la felicidad
ni deseo de tenerla.
Concha Gonzalez Nieto