Todos los días pasaba por delante de mi tienda, lo veía venir calle abajo desde hacía muchos años, desde que era niño y despachaba la fruta con mi padre. Nunca nos compró nada y nunca nos saludó. Lo recuerdo sonriente, altivo, fugaz, caminaba como si en cada paso se comiera un segundo del tiempo. Luego con bastón, el pelo cano, más sereno, caminar más pesado. El tiempo que tardaba en cruzar la calle era pegajoso. Su mirada baja dejó de alcanzar el horizonte y un día me di cuenta que nada le interesaba más allá de sus pies. Ya no iba a la moda, su tiempo aletargado no le permitía esos excesos. Un día lo vi de lejos en silla de ruedas, su hija empujaba con dificultad y al pasar delante de mí su cabeza giró con mucha dificultad, parpados cansados, me miró y me dijo adiós.
Comentarios
Bonito micro.
Breve, emotivo e intenso, como el tiempo que escapa a nuestras manos y siempre nos acaba atrapando.
Saludos