En los últimos días se respiraba en la ciudad un ambiente muy extraño, como grisáceo. La gente se comportaba de forma si cabe más rara de lo habitual: el café de por la mañana, que solía tomarse entre bostezos, risas y bromas, se había convertido en un mero ritual, casi realizado por obligación y de mala gana. Ya nadie hablaba en los descansos, las vecinas no se cuchicheaban las últimas noticias del vecindario, los niños en los colegios ya no jaleaban al jugar, incluso los coches parecían haberse silenciado, como pidiendo perdón por su torpeza al intentar callar.
Este silencio sólo era roto de vez en cuando, si el que lo rompía lo consideraba estrictamente necesario, y siempre con una mueca a medio camino entre el disgusto y la vergüenza, como intuyendo que eso no era lo que se debía hacer.
Había personas que ya no se acordaban de su propia voz, cada vez más, y toda aquella actividad que necesitara de sonidos para hacerse, se había sumido en un tabú tan radical como inmediato.
El genio le mostró todo esto a su amo en una neblina mágica. El muchacho miraba atentamente la visión que se le brindaba, admirándose por cuán grandioso deseo había pedido.
El etéreo ser, que había mirado horrorizado la nube durante un rato sin poder hablar, se giró hacia su satisfecho señor, y, le dirigió una mirada suplicante que decía:
- Amo, ese silencio es antinatural, ¿seguro que no querría echarse atrás?
- No, gracias. - Respondía la sonrisa torcida del chico sordomudo.
Cuando veo a algún amigo con el que compartí dependencia, el -no, gracias-, va siempre acompañado de una sonrisa de complicidad, pero cierra las puertas de mi corazón a amigos de la infancia, gente que en su día lo dio todo por mi, aunque cuando fue necesario no dudaron en quitármelo todo también, yo por mi parte actué con ellos de la misma forma. En nuestro caso, el -no gracias- es un juego de envidias, muchas veces me pregunto porque seguimos buscándonos y no somos capaces de encontrarnos ( igual el - no, gracias- es un acto de cobardía ), porque lo que realmente deseamos es un último viaje juntos, como cuando tenía uno de nosotros que ser el primero en probar la mercancía,... entonces no se oía – no, gracias-, pero nuestra sonrisa era la misma, la sonrisa que solo se regala a las personas que forman parte de tu historia, aunque receles de ellas.
Para mi la frase va asociada a una insulina, para todo lo demás, con un simple no me vale.
Acabó dentro de ella. La sacó de encima hacia un lado, procurando que no me manchase con semen y fluidos vaginales. Dos minutos de potente y duro amor, dos minutos de soportar su cuerpo y agitarla arriba y abajo, tomándola desde la cintura, abriendo sus nalgas. Sólo dos minutos. Tenía un problema, y por eso buscaba follar con putas callejeras y baratas a las que nunca volvería a ver. Diez mil pesos a la basura por dos minutos frente a un saco de huesos con feas cicatrices y el pelo apestando a cigarro y humedad. Estaba rendido, quería sacarla de su auto en la primera esquina a la que pudiese conducir, y dirigirse a su casa a dormir con esa mierda gorda y gruñona que tenía de esposa. Dos minutos, simples dos minutos.
- ¿Quieres descansar y luego te la chupo? Te puedes ir en mi boca, ya me pagaste los diez pesos.
El la miró, y notó como el líquido de amor comenzaba a asomarse por su muslo izquierdo. Se estremeció. Por no soportar más de malditos dos minutos, debía pasar por tales asquerosidades. Puta barata, puta de mierda, puta de diez pesos, puta de dos minutos.
- No, gracias- dijo con una sonrisa. Limpió leves rastros de semen con su calzoncillo, se vistió y encendió el motor. Primera parada, una oscura esquina de la calle 10 de Julio, Santiago de Chile...
Es y siempre ha sido una vida difícil, caminar por horas y horas, caminar bajo la lluvia, caminar con los dedos de los pies cubiertos de lodo; siempre en busca de una respuesta diferente, de alguien que no me miráse con miedo.
Era martes, lo sé porque un joven leía un diario en el parque y al terminar decidió abandonarlo en una banca, cosa que me pareció maravillosa, pues hacía tanto frío que lo tomé para introducirlo entre mi ropa y mi cuerpo para calentarme un poco; cuando terminé y volteé para seguir con mi camino fue que sucedió, una chica se acercaba a mí, demasiado decidida y mirandome fijamente, no lo podía creer. Cuando por fin se detuvo frente a mí me preguntó - ¿Disculpe, sabe dónde se encuentra la calle Mérida?- A lo que yo respondí -Claro, siga este camino hasta que vea una gasolinera, cuando esté ahí, al cruzar ya estará sobre esa calle-. Ella sonrió y respondió -Muchas gracias señor- Dio vuelta lentamente y antes de que se alejara demasiado un extraño impulso me hizo gritar -¡Disculpe señorita!-, la chica regresó esos cuantos pasos de distancia. -¿Qué sucede?- me dijo; yo estaba nervioso, pero no pasaron mas de unos segundos para que le dijera -¿Desea comprar un chocolate?-. Esos segundos entre pregunta y respuesta me parecieron casi eternos, ella me miró con una expresión extraña e indescriptible en su rostro y me respondió -No, gracias-.
Creo que algo realmente grande sucedió ese día, porque desde entonces no he vuelto a esa colonia y ahora vendo pequeños cuentos en transportes públicos.
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Este silencio sólo era roto de vez en cuando, si el que lo rompía lo consideraba estrictamente necesario, y siempre con una mueca a medio camino entre el disgusto y la vergüenza, como intuyendo que eso no era lo que se debía hacer.
Había personas que ya no se acordaban de su propia voz, cada vez más, y toda aquella actividad que necesitara de sonidos para hacerse, se había sumido en un tabú tan radical como inmediato.
El genio le mostró todo esto a su amo en una neblina mágica. El muchacho miraba atentamente la visión que se le brindaba, admirándose por cuán grandioso deseo había pedido.
El etéreo ser, que había mirado horrorizado la nube durante un rato sin poder hablar, se giró hacia su satisfecho señor, y, le dirigió una mirada suplicante que decía:
- Amo, ese silencio es antinatural, ¿seguro que no querría echarse atrás?
- No, gracias. - Respondía la sonrisa torcida del chico sordomudo.
Para mi la frase va asociada a una insulina, para todo lo demás, con un simple no me vale.
- ¿Quieres descansar y luego te la chupo? Te puedes ir en mi boca, ya me pagaste los diez pesos.
El la miró, y notó como el líquido de amor comenzaba a asomarse por su muslo izquierdo. Se estremeció. Por no soportar más de malditos dos minutos, debía pasar por tales asquerosidades. Puta barata, puta de mierda, puta de diez pesos, puta de dos minutos.
- No, gracias- dijo con una sonrisa. Limpió leves rastros de semen con su calzoncillo, se vistió y encendió el motor. Primera parada, una oscura esquina de la calle 10 de Julio, Santiago de Chile...
Era martes, lo sé porque un joven leía un diario en el parque y al terminar decidió abandonarlo en una banca, cosa que me pareció maravillosa, pues hacía tanto frío que lo tomé para introducirlo entre mi ropa y mi cuerpo para calentarme un poco; cuando terminé y volteé para seguir con mi camino fue que sucedió, una chica se acercaba a mí, demasiado decidida y mirandome fijamente, no lo podía creer. Cuando por fin se detuvo frente a mí me preguntó - ¿Disculpe, sabe dónde se encuentra la calle Mérida?- A lo que yo respondí -Claro, siga este camino hasta que vea una gasolinera, cuando esté ahí, al cruzar ya estará sobre esa calle-. Ella sonrió y respondió -Muchas gracias señor- Dio vuelta lentamente y antes de que se alejara demasiado un extraño impulso me hizo gritar -¡Disculpe señorita!-, la chica regresó esos cuantos pasos de distancia. -¿Qué sucede?- me dijo; yo estaba nervioso, pero no pasaron mas de unos segundos para que le dijera -¿Desea comprar un chocolate?-. Esos segundos entre pregunta y respuesta me parecieron casi eternos, ella me miró con una expresión extraña e indescriptible en su rostro y me respondió -No, gracias-.
Creo que algo realmente grande sucedió ese día, porque desde entonces no he vuelto a esa colonia y ahora vendo pequeños cuentos en transportes públicos.