Me caían gotas de sudor. Por entonces mi suegro aún no había comprado el aire acondicionado. Aquello era un horno. Un Ático a los cuatro vientos. Solano lo mires por donde lo mires. No había escapatoria.
- En la mili sí que hacía calor.
- Ah, sí...?
- En el Sáhara. En la legión. Tres años. Eso sí que era mili y no las tonterías que hacen ahora.
- Diga usted que sí, Sr. Ramiro.
Una olla enorme. En medio de la mesa. Humeante. ¿Humea la ensaladilla rusa?. Cuando la destapó del todo la humarada llegó al techo y el comedor se convirtió en una sauna.
- Nena, qué es? - le pregunté flojito a mi novia, entre dientes.
- Habichuelas.
A Miguelón le caían las lágrimas desde la otra punta de la mesa. Le caían de la risa y ahora sí, le era difícil disimular. Mi suegro bramó:
- Qué pasa, Miguel?. Por qué lloras?
- De alegría y felicidad, Ramiro. No se preocupe usted.
10 de Agosto. Provincia de Jaén. Tres de la tarde. 43 grados a la sombra de un olivo. Disco Inferno. TOMA MARMITA DE HABICHUELAS.
Mi novia, que sabía de qué iba el percal cuando nos vio entrar (como ya he dicho), dejó de lado un poco la inquietud, adoptó finalmente una clara postura comprensiva y quiso servirme (para dosificar la cantidad). Pero entonces algo ocurrió. El cuñado pelota se había llenado el plato hasta los bordes. Un plato hondo. Un plato sin fondo. Y a mi derecha, el plato de mi suegro era el plato de habichuelas que nunca se acaba de David Copperfield. Así que antes de que mi novia se hiciera cargo de mi plato, y ante su sorpresa (incluso la mía), me escuché diciendo:
- Eche más, Sra. Antonia, eche más. Sin miedo.
- Claro que sí, hijo mío, que estás mu seco.
Mi novia me miró asustada. Tragaba saliva. Mi suegro gruñó:
- Te gustan las habichuelas?
- Sí, señor. Y si están bien calentitas, mejor.
Me comí, bajo la atenta mirada de reojo de mi suegro, un plato (por no decir balde) y medio de habichuelas. Tantas como las suyas y, por supuesto, más cantidad que la servida al cuñado papafritas. Medio litro de Cumbres de Gredos a temperatura ambiente (se acabó el fresquito). Y casi una barra de pan.
- Prueba el chorizo, hijo, que está muy bueno. Y coge morcilla, a ver si te gusta. Y ahí tienes boquerones en vinagre si quieres, también - mi suegra, siempre tan atenta la mujer.
Luego el melón. Se coge un cuchillo y se divide exactamente en las partes que hay que servir. El melón entero. Es decir: cuántos quieren melón? Cuatro? Toma melón de 7 kilos dividido en cuatro partes. Y funcionando.
The Twilight Zone.
Sirvió de algo? Bueno, depende del punto de vista de cada uno.
Estuve una semana (entera) a base de agua y poco más. Para no deshidratarme, básicamente. Pero mi honor quedó intacto. Nunca le caí bien a mi suegro, ni le caeré. Pero seguí sin casarme. Y seguiré. Sea como sea, aquel día estuve a la altura de los más "machos". Satisfacción personal, oiga.
Han tenido que pasar 15 años para volver a comer habichuelas (por aquello de la variedad en la dieta y tal).
Y ojo...: del LITORAL.
FÍN.
Comentarios
Esta batallita me ha gustado más que la otra, quizás porque se me hace más cercana. Da igual, el caso es que ha esta'o bien.
:rolleyes:
Ah!! Y un cosa es el vino, y otra bien diferente los cartones de Cumbre de Gredos...
Créeme.
Me alegro de que pasases la prueba.
Todo lo que he leído de ti,me encanta y me engancha,con ese humor que te gastas.De imaginarme yo,en medio de mis suegros,comiendo alubias y vino caliente,a 43 grados...aghhh me ha entrado hasta entera!!Lo que hay que llegar a hacer para agradar a los padres del nene,( en mi caso,nene ).
¿ " Ande " andará Chumosky ? ¿ Seguirá bebiendo vino a 43 grados y comiendo habichuelas para agradar o habrá disecado al cuñado pelota ?Algún día lo sabremos....