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Esto...


Voy a seguir escribiendo. Al ritmo que el escarabajo hace su pelotita de mierda. Así es como puedo hacerlo ahora. Y si mi material se ha roto, qué importa, ya se recompondrá.


Es la madrugada, entiendo por qué he escrito durante tanto tiempo poesía, he alcanzado un nivel de saturación mental considerable. Pero al tiempo, atrás, escribí un par de buenos relatos. Me da igual, voy a seguir escribiendo. Quizá sea mejor que empiece tomando una pastilla para el dolor de cabeza. Estaba en mi cama, sin dormir, sin intentarlo siquiera, el café que tomé después de cenar ha debido hacer su efecto, y lo que me ha traído a mi portátil han sido conjeturas varias que estaba haciéndome. Ahora que estoy aquí no le doy la suficiente trascendencia al asunto como para escribirlo. Nada, simplemente que me preguntaba que qué sería peor, si la cárcel o un psiquiátrico. Por rizar el rizo, vaya. Yo no he estado propiamente en una cárcel, pero sí pasé un buen puñado de horas en una celda terrorífica, y del asunto del psiquiátrico pues qué vamos a decir… Supongo que todo depende en cómo llegue uno y en quién sea uno. Es muy críptico el asunto que me he puesto en las narices. Pero quiero llegar al final. No sé a santo de qué de repente este arrebato por escribir hasta en contra de mis facultades. Parece que me dirija a alguien pero estoy solo, y esto lo leerán muy pocos, quizá sea solo algo ilusorio, una expectación creada de la nada, imaginaria, la suficiente para impulsarme a seguir haciéndolo. ¿Será eso con lo que cuentan los escritores? ¿Y si luego no resulta? ¿Qué? Chafón. ¿Acaso cuando pensamos no creamos un escenario imaginario donde una o dos voces se replican argumentos? Bueno, “argumentos”. Yo decliné ese tipo de pensamiento hace mucho. Ahora solo son perspectivas, gustos, observaciones, todo en un mezcolanza de referencias, visualizaciones y demasiada imaginación. Recuerdo cuando creía en una verdad, en la persecución de una misma hasta el final, aquellos largos trayectos en tren, pensando y pensando en el ser humano. Qué locura, ¿cierto? Pues así acabé. Y en uno de los trasbordos de la ruta que me tocaba hacer para ir a la universidad, camino a casa, creí dar con un enigma esencial. A mi juicio todo estaba resuelto, solo necesitaba llegar a casa y escribirlo, lo tenía, de camino iría saboreando la transición de mi pensamiento, afianzando los cabos, puliendo mi hallazgo. Al tomar asiento me di cuenta de que lo había olvidado todo. El proceso, la conclusión, siquiera los objetos de análisis. Pasé tantas horas en tren sumido en una inútil inopia… ¿Qué me cautivaba? ¿qué no me dejaba dormir? Creo que simplemente era yo. Aquel furor filosófico no era más que una válvula de escape de una ferviente juventud que por otra parte veía cómo tenía que acabar en una clase de la universidad estudiando cosas que le eran por completo ajenas. Estaba harto, quería vivir, había descubierto el sexo y el amor casi al mismo tiempo. Y estos se hallaban lejos, demasiado lejos para compaginarlos con aquel deber. Hoy un inevitable lamento me aplaca al recordarlo. ¿Y qué hay de eso de la cárcel y el psiquiátrico? Pues la verdad es que no tengo ni chorra idea. Ni me importa siquiera. Solo te diré algo. ¡Evítalos!


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