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El apagón

Se acercaba una tormenta. Sophia, en la estación meteorológica, había consultado rápidamente los valores atmosféricos y sabía que sería una tormenta muy seria. La electricidad ambiental había aumentado considerablemente. Las nubes negras estaban cargadas de voltaje. Habría rayos abundantes.

–Walker –dijo a través del intercomunicador–, va a ser muy fuerte.

–Sí, he medido los valores. Me preocupa.

–A mí también.


Permanecieron en silencio. El intercomunicador soltó unos leves chasquidos.

–Te avisaré cuando llegue a mí –añadió luego Walker.

–Eso ayudaría a establecer la velocidad exacta de los vientos. Puede ser muy alta.

–Sí.

–¿Tienes miedo? –preguntó Sophia.

–Claro.


Las gotas de lluvia comenzaron a mojar los cristales de la estación meteorológica donde estaba Walker.

–Pero estamos para eso, ¿no?

–Por supuesto –. Esta vez la voz de Sophia sonó decidida.

–Está llegando aquí –exclamó Walker a través del intercomunicador.

Las mediciones cruzaron la distancia a través de la red y Sophia las vio en pantalla.


A través de su ventana, ella también vio la negrura cubrir el cielo, y un par de rayos cruzaron veloces, iluminando las oscuras nubes.

–Ya llega –dijo.

–Bien. Veo los datos.


Durante unos minutos, sólo se escuchó el ruido de la tormenta a través de los cristales reforzados de las dos estaciones de medición.

–¿Crees que esta vez llegará el apagón? –preguntó Walker temeroso.

–Por estadística, es muy probable. Sabes que algún día sucederá, ¿verdad? –. La voz de Sophia tenía un matiz dulce cuando dijo eso.

–Algún día. Quizá hoy.

–Quizá.


Los valores de las mediciones automáticas pasaron ante ellos dos a toda velocidad. Walker sintió crecer su temor. La electricidad era muy elevada. Nunca había medido rayos tan poderosos.


El apagón. ¿Cómo sería? Nunca habían hablado de eso, pero ambos sabían que era inevitable, al fin.


La lluvia arreció, creando una cortina de agua que cubrió los cristales y ocultó el magnífico paisaje montañoso. Ahora, las laderas serían ríos salvajes, arrastrando lodo y piedras hacia el valle. También donde estaba Sophia, su compañera, las laderas serían masas de barro, acumulándose entre los árboles, o arrancándolos si no eran muy fuertes.

Un nuevo rayo cruzó el cielo, cerca.

Demasiado cerca de la estación. Las luces titilaron y la pantalla se nubló por un instante, pero la imagen volvió casi inmediatamente. Walker sintió una súbita emoción.

–Este ha estado muy cerca –dijo.

–Lo he captado. Ha ido de poco.


Walker escuchó un trueno potente a travées del intercomunicador.

–También se te acerca bastante –comentó tratando de sonar despreocupado.

–Vaya que sí –confirmó ella.


En su estación también la lluvia había ocultado el paisaje, similar al que se podía ver desde la de su compañero. De cuando en cuando, el resplandor de un rayo se habría paso a través de la masa acuosa, y todo lo que podía ver era un conjunto de tonos negros, grises y blancos con formas redondeadas y cambiantes. Y la lluvia, que parecía surgir de ellas como una espectral falda de hilos casi invisibles. Estaba dentro de la tormenta, en medio de la violencia desatada de la Naturaleza. Era en cierta forma hermoso, a pesar del temor.


Entonces escuchó un crepitar más intenso, y luego, nada.

–¿Walker?

Sintió que su emoción daba un vuelco.

–¿Walker? –repitió– ¿Me oyes?

Nada.

La Nada. El apagón.


Al fin había sucedido.


Apenas tuvo tiempo de sentir nada, cuando el destello alcanzó su estación, con un poder eléctrico de millones de voltios y una intensidad enorme en megavatios.



Cuando la tormenta dio paso a una llovizna suave y el sol hizo tímidos intentos de lucir a través de las masas residuales de nubes, Mikel y Joanna detuvieron su todoterreno en la explanada que había a la puerta de la estación meteorológica Sophia Uno.

Con sus monos azules y las herramientas sujetas a su cintura por ceñidores rígidos, protegidos por dos chubasqueros acolchados con capucha, bajaron del vehículo y se encaminaron hacia la puerta hermética subiendo la escalerilla aislante. A pesar de serlo, una chispa saltó al contacto con el guante de Mikel.

–¡Eh!, vaya, parece que fue de alivio.

–Cuidado con lo que tocas, parece haber estática por todas partes.

Mikel sacó una varilla extensible y la hizo tocar tierra.

–Usa tu varilla de descarga.

Joanna extendió la suya y la aplicó a tierra.

–Venga, vamos –dijo ella con una sonrisa.


Tras abrir la compuerta, echaron un vistazo. Unas nubecillas de humo flotaban todavía en el aire.

Mikel soltó una exclamación malsonante.

–Aquí tampoco ha habido suerte, se ha fundido todo.


Joanna se acercó al panel de control y observó el ojo dorado de Sophia. Estaba apagado. Con su destornillador, abrió la tapa y acercó una linterna pequeña a los circuitos del ordenador de la estación.

–Sophia está igual que Walker. Sus circuitos se han fundido.

–Vaya. Mala suerte.

–Sí, mala suerte.

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