“La tierra llora”. Esta emotiva frase, que un día brotó del brazo de algún grafitero enrabietado, decora un muro cualquiera de una ciudad cualquiera. No son pocas las personas que caminan cada día muy cerca de ella, casi rozándola. Unas la leen sin detenerse, otras pasan de largo. Algunas apartan la cabeza como queriendo no mirar, mientras las más sensibles y románticas se detienen justo en frente para contemplarla despacio, desafiando así la presión del tiempo.
Era un trazo simple sobre cemento viejo y agrietado. Un garabato de un autor anónimo en un lugar cualquiera. Sin embargo, aquel osado grafitero sabe muy bien que muchos comprenderán aquel llanto, compadeciéndose, y que solamente unos cuantos locos, ciegos de sensibilidad y romanticismo, compartirán cada lágrima de la tierra, de su tierra, y que aquella frase alimentará su sueño de tejer el gran pañuelo que el mundo pide con grito silencioso.
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