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Kobren

GileblitGileblit Fernando de Rojas s.XV
editado febrero 2011 en Fantástica
Os presento el relato con el que participé en el concurso de Prosófagos. El fallo ha salido hoy mismo. No ha resultado premiado, pero me contento con haber podido competir con los ganadores. Ojalá algún día sea capaz de escribir tan bien como ellos. Y ahora, a preparar otros concursos. :D

Espero que os guste.



- Tranquilo, chico – dijo Kobren palmeando al perro que gruñía a su lado en el pescante.

Se le había hecho tarde en la feria. Tras tanto trasegar de un lado a otro buscando sin descanso dueño para sus mercancías, había entrado en una taberna, donde se demoró más de lo previsto. Al salir del local se encontró con que el sol ya casi se había ocultado por completo tras las montañas que ahora se perfilaban a su derecha. Para tardar menos y evitar los caminos, en los que al anochecer se amontonan los bandoleros, decidió internarse en el bosque y, guiándose por las estrellas, llegar en unas horas a su hogar.

Sobre él ya había visto, desde que partió, el cielo rosado, amarillento y, finalmente, cada vez más negro.

Kobren no era un hombre al que se pudiera asustar fácilmente, y de hecho, en su aldea, su valor era casi una enseña, merced a la férrea resolución que siempre mostraba.

Quizá fue esto, o quizá la insensatez, lo que le hizo pasar por alto los gruñidos del perro que le acompañaba y los devaneos del caballo que tiraba de su carro, su mercancía y él.

Tras un rato intentando calmar a los animales, Kobren empezó a notar algo extraño. Era una sensación muy agobiante, como si todo a su alrededor le observase. De pronto, por primera vez en mucho tiempo, se sentía asustado. La brisa que le acariciaba la cara ya no era simple aire, sino un aliento helado que le ponía los pelos de la nuca de punta. Las hojas y las ramas de los árboles, recortadas contra el cielo nocturno, ya no recordaban a figuras de animales, sino que eran ropajes negros hechos jirones flotando a su alrededor y sobre su cabeza. El sudor frío comenzaba a correr por su frente. El ruido de las hojas al moverse se había desvanecido. En su lugar oía miles de crujidos, los de las ruedas de su carro, que se habían vuelto muy ruidosas. Los troncos a ambos lados del camino ocultaban siluetas negras que él, con los ojos muy abiertos y las pupilas totalmente dilatadas, trataba de descubrir. La senda parecía mucho más estrecha y sinuosa...

Kobren estaba aterrorizado, tanto que ni siquiera se sentía capaz de avergonzarse por ello. Miraba al frente y a los lados, encorvándose contra las riendas, esperando que algo le saltara al cuello en cualquier momento.

Advirtió un movimiento y un trémulo fulgor a su lado, sobre el pescante. Aún encogido, giró la cabeza lentamente hacia allí, notando cómo se le empapaban las manos fuertemente asidas a las riendas y el acelerado latir de su corazón. Lo que fuera no había hecho ni un ruido, no había movido el carro al encaramarse a él.

Lo primero que vio fue una especie de túnica blanca que contrastaba con la negrura del bosque. Un oscuro manto de pelo liso y mojado que goteaba sobre la madera del pescante. Las manos, juntas sobre el regazo y pálidas como la propia muerte, tenían finas líneas amarillentas a lo largo de sus dorsos.

Al principio no se atrevió a mirarle a la cara, pero, sabiéndose frágil en aquella situación, decidió que al menos, si iba a morir, quería verle el rostro. Esperaba ver unos ojos pequeños y oscuros, quizá rojos y viles, una sonrisa burlona y amenazadora, o incluso unos enormes colmillos o una cara deformada por innumerables cicatrices. Pero en su lugar vio la cara de una muchacha que bien podría haber sido hija suya. Estaba muy pálida, tanto que el vestido parecía desaparecer sobre su piel. Su expresión, su gesto, tampoco fue el que esperaba. Simplemente no tenía. Sus ojos castaños estaban fijos en algún punto del horizonte. La boca, de labios finos y algo más oscuros que el resto de su piel, no sonreía, simplemente estaba allí, completando los elementos de su rostro. La nariz, pequeña y respingona, no se movía. Inmediatamente, el hombre bajó la vista hacia su vientre, y comprobó horrorizado que tampoco se movía en modo alguno.

Kobren parpadeó una y otra vez luchando por hacer desaparecer aquella horrible visión. Entonces se dio cuenta de que el carro estaba parado y el caballo pataleaba en el suelo con tanta fuerza que no se explicaba cómo no lo había oído antes. Su perro había desaparecido, pero aún se oían sus ladridos en la lejanía. Volvió a mirar a la muchacha. Seguía tal y como la había visto antes.

Como no parecía querer hacerle daño, el campesino decidió, haciendo de sus inquietas tripas tembloroso corazón, ignorar su presencia y seguir adelante. Kobren seguía teniendo miedo, pero, concentrándose en el camino, consiguió no prestar atención a su costado derecho, donde la mujer seguía como ausente.

Cuando ya empezaba a clarear, comenzó a reconocer los árboles que se hallaban a su alrededor. Estaba muy cerca de casa. Sólo entonces, debido a la seguridad que la cercanía de su hogar le daba, miró directamente a su derecha. Pero allí sólo vio a su perro, tumbado perezosamente a su lado y, un poco más allá, unas gotas de agua.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado diciembre 2010
    Hola Gileblit, me parece muy madura tu actitud, saber perder también es muy importante, querer seguir compitiendo mejorando cada día es de sabios.
    Tu cuento me gustó, trasmite el miedo que estaba sintiendo Kobren, a veces me ha pasado esa sensación que pone los pelos de punta.
  • GileblitGileblit Fernando de Rojas s.XV
    editado diciembre 2010
    Gracias. :)
  • IbeamIbeam Pedro Abad s.XII
    editado enero 2011
    Buenas Gileblit,

    Bueno pues el relato me parece ciertamente magistral,

    Sobre todo como eres capaz de meter al lector en la situacion sin tan siquiera percatarse.
    El final me ha encantado, te hace releer de nuevo el relato dejandote esa extraña curiosidad en el cuerpo al reflexionar sobre lo relatado.

    Un abrazo enorme y continua escribiendo, ganaremos todos.
  • JanoJano Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado febrero 2011
    Has sabido transmitir muy bien las sensaciones de Kobren.
    Tienes un buen estilo, Gileblit.
    Me ha gustado.
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