¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Fuerzas para escribir

LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
editado enero 2011 en Literatura
[FONT=&quot]Fuerzas para escribir[/FONT]
[FONT=&quot]
[/FONT]

[FONT=&quot]
[/FONT]

2309102140
¿Por qué me resulta tan difícil encontrar el momento y el lugar para escribir aquello que, supuestamente, tanto deseo comunicar a los demás?

De pronto, en una cena con los amigos, recuerdo y me prometo empezar a escribir mañana mismo. Sin falta. Lo siento con todas mis fuerzas, con toda mi alma. Y estoy seguro que empezaré mañana, porque las ansias que siento en ese momento son las que he esperado siempre ¡por fin llegaron, ya están aquí!

No necesito nada más. El ímpetu que he esperado durante años ya lo tengo. Y llega mañana. Y no. ¡Maldito sea!

¿será el día, la hora, la habitación? ¿cuántas cosas he de ordenar en mi vida antes de empezar a escribir?



2309102151
Al día siguiente y, deprimido por mi falta de entusiasmo, pienso que quizá necesito más erudición para la literatura. Preciso más preparación para empezar la ardua tarea. ¿por dónde tiro? historia, geografía, poesía, sí, eso es, cuando tenga los suficientes conocimientos sobre todas estas materias ya estaré preparado. Y entonces ¡sí que me vendrán las ganas! Ya me atreveré.

Vale, ya lo tengo. El primer tomo de Historia de la antigua Grecia me servirá. O, sino, Platón. La república de Platón. Eso es.



2309102159
A ver. Estos diálogos -de los que habla todo el mundo- son muy interesantes, sí. Es preciso conocerlos para ser un buen escritor porque todos ellos han hecho referencia, en un momento u otro de su obra, a las famosas conversaciones de Platón y aquel otro tipo que escuchaba y siempre le daba la razón.

¿tengo que empaparme toda la literatura escrita a lo largo de estos siglos para convertirme en buen escritor?

Yo solo quiero contar la historia de un hombre de ciudad que le pasan cosas típicas de ciudad. De ciudad de ahora: drogas, restaurantes caros, coches de lujo, follar muy bien ... todo eso.

Ya sé que si un centurión agrede a un panadero ello engendrará violencia en un futuro. Eso lo sabemos en mi ciudad hace dos milenios y, pese a saberlo, no hemos sido capaces de solventarlo.



2309102213
Acudo al recurso fácil de la novela negra, donde autores de todas las épocas han triunfado a base de una sintaxis facilona, de verbo simple, con pocos adjetivos. Algunos han tenido mucho éxito y se han hecho ricos vendiendo novelas a un público poco exigente.

Para empezar me servirá. Ya cambiaré a escritor profundo y filosófico más adelante. De momento voy a hacer dinero. Y fama.

Sí, es una buena idea. Mañana empiezo.



2309102224
Releo a Simenon. Demasiado cándido para mí, alguien que ha pasado ya por todo el cine salvaje hecho hasta hoy, este tipo de novela de "tomando el té" se me empalaga insoportablemente. Necesito algo más perverso, sofisticado. Una mezcla de inteligente trama de Sherlock Holmes con las formas propias del hombre hijoputa del siglo XXI.

Busco autores actuales con esta capacidad. No hay. Los códigos Da Vinci, catedrales y demás son, sencillamente, vergonzosos. Dicen mucho de las aspiraciones aventureras e imaginativas de los niñatos que leen esos bodrios.



2409101230
Consulto toda la obra escrita sobre el tema con el fin de aprender rápidamente los trucos, quiero hacer trampas y tomar atajos. Tengo prisa por empezar y quiero ser reconocido pronto, muy pronto.

Si he de leerme al puto Joyce con su Ulises de los cojones, desisto. Ha de haber alguna forma de llegar a lo más alto saltándose a Cervantes. Al fin y al cabo ¿cuántos han leído En busca del tiempo perdido, de Proust? ¿Y cuántos lo han entendido?

Nadie notará mis deficiencias, seguro que no. Llegado el momento, cuando me entrevisten en la radio y en la televisión, me habré preparado algunos comentarios sobre estos autores y los que se suelen citar: "Pues como dijo Aristóteles"; "bueno, ya saben que según Schopenhauer"; "Espinoza, como buen racionalista que era", y así unos cuantos más.

La vida nocturna me ha enseñado mucho de la gente. Y miento muy bien. Saldré de estos aprietos con toda elegancia, cuando sea famoso y me lleven a los medios de comunicación a hablar sobre literatura. Seguro que no fallaré.



2409101316
Entre los escritores de novela negra (polis, detectives, comisarios, zorra-con-arma, agente secreto, y el periodista valiente) el aburrimiento llega al sofoco mareante: poli bueno incomprendido por su jefe, que le impide ser justo. Poli conoce zorra que se la acaba jugando a éste, porque es bueno. Él es bueno. Un poli requetebueno quiere el bien para el mundo. Un poli ayuda a los demás y lucha contra los malos. Los malos son el camello del barrio porque vende droga a los niños. Eso hace el poli bueno, luchar contra el camello quitándole lo que lleva encima, dándole unos cuantos puñetazos, llevándolo al calabozo unos días, y así soluciona el gigantesco problema de corrupción total que sufre el cuerpo de policía nacional. Quitándole al chico seis gramos de lo que sea, porque es malo.

Al poli bueno le faltan dos cojones para enfrentarse a todo su ministerio empezando por el ministro. Y decirles que el asunto de las drogas no lo solucionarán nunca, jamás. Que la violencia que acompaña a las drogas es causada precisamente por la ilegalidad.

Pero entonces se acabaría la novela. Y el poli bueno no se follaría a la zorra-con-arma, que es la base del capítulo, sino de la novela entera, sino de la literatura universal. El ansiado momento que la penetra a ella por detrás. Éxtasis de todos los millones de títulos que se han escrito y se escribirán expresamente dirigidos a los oficinistas cantamañanas cuya única aspiración en sus aburridas vidas es penetrar a una rubia por donde sea.



2409101347
Sigo buscando algún personaje interesante entre la fauna de bienintencionados decadentes de las novelas. Ninguno. Me asalta la duda de si no sabré yo distinguir entre el bien y el mal. Me caen mejor los malos que los buenos. Estoy de los buenos hasta el gorro.

Cuando voy acabando una novela o una película y el arcángel de turno se dispone a apresar a los ladrones, y sé que quedan diez minutos o quince páginas de relato, siempre espero que ocurra un milagro en el último momento que salve a los cacos, se larguen con el dinero y sin un rasguño.

Esa es la novela que acabaré escribiendo. Cuando me vengan las ganas. Cuando, por fin, encuentre las fuerzas necesarias para escribir. Así es como la narraré, en beneficio de los asaltabancos, ladrones de joyas, traficantes de armas y drogas. A los falsificadores de cheques brindaré toda una trilogía.



2409101813
He hablado con una tía que está metida en las Plataformas Digitales de Libros. Le he dicho que tenía cien páginas escritas de una novela. Es mentira. Solo tengo una vaga idea que podría cuajar bien, o quizá ni eso.

Me ha explicado que este medio, ideal por lo inmediato de su publicación, sus mínimos costes de producción (sin papel, sin impresión, sin correctores, sin agente literario, sin librero, etc.) y su rápida disponibilidad para lectores de todo el mundo con una simple conexión a la red, está teniendo un éxito sorprendente y es, según ella, el futuro para nuevos escritores.

Es una magnífica noticia, un aliciente más para escribir y ser leído. Y de inmediato. No será preciso suplicar a las editoriales la lectura de tu manuscrito y, lo que es peor, aguardar a que algún despistado lector de esas empresas repare su atención en tu humilde novela vulgar y callejera. Y más tarde, si la diosa fortuna se detiene en un escritor barriobajero, y la editorial se arriesga con tu libro, entonces comienza la insufrible andanza por esas librerías del mundo donde la ilusión de tu vida se convierte en pasta de papel al cabo de dos semanas de poca expectativa.

Según esta chica, conocedora de la materia, el inconveniente de estas plataformas es el cuantioso volumen de obras que salen a diario, que hace muy difícil al lector decidirse por un título u otro.

Ahora, mi mentira acerca del avance de la novela, me obliga a escribir sin demora un buen número de páginas durante este fin de semana. Como mínimo le presentaré una buena sinopsis para la semana próxima. Ya estoy en el primer lío. Si alguien quiere ayudarme prometo citarlo en la novela follándose a una famosa de primera línea. Lo juro.


sigue ...
«1

Comentarios

  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    aaaaaaaaaaaaaa
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    aaaaaaaaaaaaaaaaa
  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado septiembre 2010
    He borrado mi comentario porque el autor de este post ha añadido la información en su primer mensaje DESPUÉS de mi comentario. Shai
  • RegísimaRegísima Fernando de Rojas s.XV
    editado septiembre 2010
    Qué atormentado te lees.
  • WoodedWooded Garcilaso de la Vega XVI
    editado septiembre 2010
    .
    .
    Tranzamos por winona ryder con pelo corto?
    en el peor de los casos
    angelina jolie de medidados de los 90 no la chica hollywood actual.
    .
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    2409102325
    Veo imposible entregar una parte del relato, siquiera un resumen extenso. Tengo una idea: copiar novelas a trozos de distintos autores. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Tomar una estructura de novela como ejemplo, distribuir la historia en varios capítulos –sabiendo cómo debe acabar y comenzar cada uno de ellos-, y a partir de ahí rellenar con todos aquellos párrafos de novelas conocidas.

    Sí, exacto. Aportando como estilo propio aquel de los escritores que han desarrollado con éxito obras indiscutiblemente válidas.
    Es fantástico y muy novelesco. Lo haré con suspicacia, de forma que nadie sospechará nada.

    Si la historia a copiar trata originalmente de un sheriff que liquida a todo el personal molesto de su pueblo de cara a una reelección del puesto, yo le daré la vuelta convirtiendo al sujeto en una prostituta dispuesta a eliminar a todas las almas que hayan descubierto su carrera. Con sentido del humor socarrón (como el original). Añadiré personajes un pelín depravados psicológicamente, a lo Highsmith, con la ironía de Chandler, algunos toques de glamour artístico –como Donna Leon-, desarrollando bien la trama imitando a Gardner, y con la brevedad concisa de Hammet.

    Será preciso intercalar pequeñas historias a cargo de personajes tradicionalmente atractivos en este tipo de novelas. Larsson ha resultado un maestro en estas cuestiones: chica con tatuajes maltratada por los hombres hasta el punto de hacerla follar en contra de su voluntad. En contra pero ya queda escenificado. Muy bien, sueco. Esto cautiva a una parte considerable de lectores: ella no quería pero acabó follando. Me resulta familiar.


    2509101158
    Alba, la chica de la Plataforma Digital de Libros, me ha llamado.

    —¿Lachosse, cómo va el resumen del relato? —preguntó interesada.

    —Bien, bien, muy avanzado —le mentí.

    —¿Pero no tenías ya escritas 100 páginas? —se acordaba ella perfectamente.

    —Tengo que ordenarlas antes. Está todo muy liado —dije con poca convicción.

    —¿Quieres quedar para tomar algo y hablamos de tu novela? —se ofreció, con suma bondad.

    —Sí, sí, mejor, estoy un poco nervioso —y era cierto, pero no por ordenar la inexistente novela, sino por empezarla.

    —¿Te va bien en el Cactus, en el Borne, a las ocho?

    —De acuerdo, Alba, hasta ahora, y gracias —dije con toda la alegría posible.


    El Borne estaba muy animado, como de costumbre. Aún más en esta época del año. Al colorido habitual del fin de semana, compuesto por los asiduos de la ciudad, se suman los guirigamba propios del verano, con sus bocas abiertas a izquierda y derecha, observando con igual atención el envejecimiento de las casas en declive del barrio barcelonés como a los nativos que, al paso, se aproximan demasiado. Da igual el aspecto del autóctono, las recomendaciones del agente de viajes eran bien precisas: ¡cuidado con todos los españoles!

    A decir verdad, el barrio ha adquirido con la enorme afluencia de turistas una vistosidad que nunca tuvo. Los nuevos residentes —argentinos, brasileños, italianos, ingleses—, han transformado el paisaje decadente de calles viejas en un lugar lleno de vida, de aire fresco y ganas nuevas. En locales —tiendas, restaurantes, bares musicales—, se nota la influencia de estas gentes: formas de cocina, combinaciones en las copas y música en directo. Incluso han traído una nueva forma de relacionarse y de ocupar el barrio que ha superado, por fin, las dos únicas alternativas que existían en la zona: el quinqui del extrarradio asiduo al centro y el pijo provinciano despistado caído por allí.

    La convivencia a pie de calle de tan distintas procedencias me recuerda a esas fiestas, sin apenas organización, donde el anfitrión ha ido invitando a todos los que estaban disponibles en su pobre agenda social y el resultado es un magnífico caos de gentes, tropiezos, vasos de plástico y música que se para. Una agradable variedad imposible de planificar de otro modo. El contraste ofrece una libertad de aceptación fabulosa para movernos jovialmente en cualquier espacio. Ese maravilloso efecto consigue en ocasiones el turismo en mi ciudad.

  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    2509102240
    Alba estaba en la terraza del Cactus. Sola, esperándome. Llegó antes que yo para ir preparándose la ristra de preguntas acerca de mi novela, seguro. Pobrecilla, si supiera que es una invención. Ella accedió de buena fe interesándose por mi supuesto relato para ayudarme en su publicación. Le dije que tenía un centenar de páginas acabadas, listas para leer. Y es mentira. Ahora debo dar la cara y salir de esto con toda la honestidad posible. Por ella. Debo agradecerle su generosidad y la atención prestada. A ella. No puedo defraudarla, me rompe el corazón. Necesito tiempo. Tiempo para escribir. Ahora sí que tengo ganas, lo que me falta es tiempo. ¿O tengo ganas de puro miedo? Juro que si salgo de esta empezaré a escribir de una puta vez. ¡Ahora sí! Maldita sea mi pereza. Cuántas horas, días, años, perdidos en mi vida. Tirados en un sofá, soñando con ser escritor. Un gran escritor sin tocar una tecla. Sí, señor. Un urdidor de escritos de otros, sin componer un párrafo. Me ha atraído ser el personaje de cualquier historia leída, de cualquier película vista. Ser el chico, ser el hombre, ser el héroe, hasta límites fantasiosos vergonzantes, escapándome de la realidad insoportable en la que vivía, en la que vivo. Sin dar palo al agua, con el menor esfuerzo posible. Esa ha sido mi verdadera ficción.

    Nos sonreímos a lo lejos. Se me pasó por la cabeza que bien podríamos estar follando en la cama, pasado ya el trago de la jodida novela.

    —Hola, Alba –dije con franco entusiasmo.

    —¿Qué tal, Lachosse? –sonriente ella, con un tono entre amistoso y profesional que aumentó mi nerviosismo.

    —Bien. Muchas gracias por venir –dije–. Te estás tomando muchas molestias para nada.

    —¡Para nada, no! Ya verás que bien irá todo –afirmó, como si conociera de antemano el desenlace positivo de lo que venía.

    —¿Cómo va, Alba? –pregunté de nuevo, con el ánimo de que su respuesta nos llevara a un mundo que nada tuviera que ver con el tema.

    —Cansada de leer todo el día. En mi vida he leído tanto –bufó con los labios, de agobio.

    —¿A qué te dedicas exactamente? –preferí que hablase ella.

    —Hago de todo –respondió hundiendo los hombros. Era obvio que el trabajo la fatigaba.

    —Leo manuscritos, hablo con los escritores, planifico ediciones, colaboro en la web, trabajo con administración y… cuando ya no puedo más, vuelo a leer –citó de carrerilla.

    —¡Vaya! –dije asombrado ante alguien tan trabajador.

    ––Bueno, ¿Y tú, Lachosse, cómo vas?

    ––¿Es nueva la editorial para la que trabajas? –lancé intentando ganar tiempo, a riesgo de parecer descortés. Aunque era inútil, tarde o temprano abordaría el asunto.

    ––Relativamente nueva. La edición digital sí es un departamento nuevo. ¡Y en auge! –dijo con el orgullo de contribuir a su éxito.


    Decidí, en ese instante, saltar al ruedo con el firme propósito de esforzarme al máximo en escribir en cuanto tuviera tiempo, hoy mismo. Esta noche.


    ––Había pensado en tomarme unos días para poner orden en el resumen que te prometí –dije–. Quisiera quedar bien y convencer a la persona que ha de decidir si publicar o no.

    ––Que resulto ser yo –levantó su dedo índice con una amplia sonrisa, presumiendo de poder ejecutivo en la editorial.

    ––Puedo decidir su publicación –prosiguió– en base a un borrador. Siempre que haya un compromiso por tu parte de acabar un determinado número de páginas en los plazos acordados. Tu amigo, ¿Pedro? ¿Se llama, Pedro?

    ––Sí, Pedro –respondí–

    ––Me explicó la historia y me quedé sorprendida. Es magnífica. –le brillaron los ojos y recordé la exposición que le hice a Pedro sobre el relato. ¡Caray con Pedro, qué buen narrador!

    ––¿De verdad te gustó, Alba? –pregunté con el afán de recibir a cambio otro alago.

    ––Sí, mucho. ¿La idea original es tuya? –Hizo un leve gesto de desconfianza–, mira que si publicamos y luego nos sale el autor de verdad.

    ––No, no, no. Vamos a ver, escúchame –le dije parándola con las manos.



    Me apresuré a defender mi honradez. Tengo clara mi ineptitud en encontrar la musa capaz de superar mi holgazanería. Lo reconozco abiertamente. Me atrevería –como así ha ocurrido– a robarle a cualquiera, sin violencia, lo que se ponga al alcance. Pero otra cosa muy distinta es copiarle la vida a otro para explicársela a los demás.

    Porque era mi vida lo que relaté a Pedro. Mi vida confundida con alguna escena cinematográfica. Los excesos en las noches de mi vida que conté a Pedro. Aflicciones y adicciones en mi vida enredados con la trama de alguna novela ya olvidada. Hasta el futuro predije para darle un buen final a mi vida.

    ––Verás, Alba, no tengo nada escrito.
  • WoodedWooded Garcilaso de la Vega XVI
    editado septiembre 2010
    Es inquietante como pasa el tiempo sobre las hojas en blanco.
    Hable(nos) le de su vida, siga, siga.

    (PenelopeCruz a cara lavada)
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    2609102310
    Andando a toda prisa hacia casa, mirando atrás. Avergonzado. No sea que me persiguiera algún testigo del escándalo que se recitó contra mí en la terraza del Cactus, en mitad del paseo del Borne. Mil quinientos espectadores a los que faltó un pelo para arrojarme monedas. Subí las escaleras como lo hacen los humillados, de poco a poco y con la cabeza gacha. Cerré la puerta tras de mí y apoyé la espalda.

    ¡Buah, cómo se ha puesto!

    –– ¿Sabes cuántas horas he dormido esta semana, tío?

    Quería escribir ya, lo que fuere. Ponerme y no parar hasta doler los ojos. Encendí el ordenador, nervioso, dolido. Me daba igual cómo empezar, por dónde seguir. Escribir, escribir. Sin corregir. Dale, dale y no duermas.

    –– ¿Para eso me vino a ver tu amigo Pedro con aquella historia?

    Abrí el Word, preparar página, márgenes. Venga, el título. El título es importantísimo, sobretodo si no tienes nada más.

    ––¡¡El relato le gustó mucho a mi jefe!! ¡¡Me dijo que te llamara, joder!! ¿Ahora qué?

    El peso en el estómago sobrepasaba lo aconsejable. Debía calmarme e intentar organizar metódicamente el trabajo.

    –– ¿Por qué no me lo has dicho antes?

    La angustia me impedía pensar. Sentía un ligero mareo y ganas de vomitar, de los mismos nervios. Calma, tranquilo. Fui a la cocina, abrí la nevera en busca de agua fresca. Sentí un mareo más fuerte. Me senté en la silla.

    –– ¿Luchi, qué te pasa?

    Era la vecina, la señora Paqui. A través de las ventanas de las cocinas contiguas me había visto sentarme, atontado.

    ––Nada, estoy bien. Un poco sofocado del calor –dije aturdido de verdad.

    –– ¿Quieres algo, Luchi? Voy a bajar –tan amable como siempre era.

    ––No, gracias, señora Paqui, pasará enseguida. Vaya, usted.

    La imagen de Alba mortificándome se fue diluyendo. Ya no la oía tan cerca, tan fuerte, tan disgustada. Una sensación de bienestar me invadía, gracias a dios. La sangre volvía a circular por mi cabeza a su ritmo habitual, por el recorrido acostumbrado. Era como un pequeño subidón, pero sano. Qué agradable no sentir palpitar el corazón más allá de lo prudente.

    Sobre corazones, ritmos y subidones soy todo un experimentado. Hasta ahora, el final, siempre ha sido feliz: la sangre vuelve con su velocidad y a su sitio. No ha fallado jamás. Imperturbable, el líquido mágico se obstina, una y otra vez, en hacerme la vida más extensa. Sin guardarme ningún rencor por cuidar tan mal mi cuerpo. Sin vengarse de mí por envenenarla.

    Bien sé que el cuadro sufrido es más fruto del castigo autoinfligido a mi sistema neurológico que por la importancia en sí del asunto con Alba.
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    2709101753
    Desde la ventana, el Arco del Triunfo, inmutable y estoico –como corresponde a todo lo glorioso–, me trajo a la memoria el veredicto de Kundera: la realidad es más que un sueño, mucho más que un sueño. En efecto, si no cuentas con la fortaleza orgánica del Arco del Triunfo, tu ligereza te hará polvo. Los sueños sirven de bien poco. Cuando un portazo te devuelve al mundo real, cuando una llamada te trae de nuevo a la existencia, todo se muestra ahí puntualmente donde se quedó. ¿Si no han cambiado un ápice los hechos reales que durante el sueño he manipulado a placer, qué beneficios reporta soñar? Si el propósito no es enteramente reparador ¿qué utilidad tiene?

    Después del sofoco me he echado un rato con el ánimo de descansar y acabar de tranquilizarme. Me acudió Alba a la mente. Antes, en el bar, no he tenido oportunidad de pedirle perdón por lo ocurrido, así que lo hice en la cama.

    La retomé en el momento de mayor histeria, colocándola a cuatro patas, mientras gritaba:

    –– ¿Sabes cuántas horas he dormido esta semana, tío?
    Le bajé las bragas blancas por debajo de sus rodillas. Se acomodó perfectamente, muy acostumbrada a la pose, dejándose los zapatos blancos a juego con su camiseta también blanca.


    –– ¿El relato, dónde está el puto relato?
    Giraba la cabeza hacia atrás, buscándome los ojos, para que yo viera su expresión de viciosa enfadada.

    –– ¿Y ahora?
    Tomé su pelo de la nuca con mi mano izquierda mientras preparé la verga con mi mano derecha. Ella la miraba sin cesar.

    –– ¿Qué hago yo, eh?
    Se la introduje por el agujero más pequeño, supuse era el adecuado para conseguir el perdón cuanto antes.

    –– ¿Y mi jefe …
    Le cacheteaba el culo estirándole fuertemente de los pelos. No paraba de mirarme y de mirarse como la entraba.

    ––Ahhhh!! ¡fuerte, fuerte!
    Elevó las rodillas, pasando a apoyarse en la cama con la punta de los pies. Seguía como una perra, obligándome a sujetarla aún con más fuerza. Aumenté el ritmo y la intensidad de los manotazos. Se iba, se iba, cada vez más. Se golpeó la cabeza contra la pared. Le giré la cara hacia mi rabo, me miró sonriendo con la boca abierta y sacó su lengua. Se la frotaba contra los dientes delanteros, a un lado y otro, como limpiándose la dentadura. Y entonces, eyaculé sobre sus mejillas, sobre su boca, su lengua, sus dientes.



    Ella seguía observándome, ahora con semblante sereno, un poco risueña. Le había desaparecido la secreción del rostro, y con ella, la expresión obscena. No quedaba ni huella de lujuria. Nos tumbamos sobre las almohadas, temblorosos por el esfuerzo. Ni un reproche, ni una riña. Nos abrazamos en silencio, mágicamente, como en un sueño.
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    2809101924
    [FONT=&quot]––Hola, Pedrolo[/FONT]

    [FONT=&quot]––Joder, Luchi –contestó cansinamente– ¿qué ha pasado?[/FONT]

    [FONT=&quot]––¿De qué? –dije haciéndome el despistado.[/FONT]

    [FONT=&quot]––La chica de la editorial –pronunció todas las sílabas lentamente, perdonándome de antemano.[/FONT]

    [FONT=&quot]–– ¡Cómo se ha puesto la tía por nada! –añadí, quitándole importancia a mi falta de compromiso.[/FONT]

    [FONT=&quot]–– ¿Por nada? –preguntó en tono más acusador–. ¿No sabes lo que hemos hecho por ti, verdad?[/FONT]

    [FONT=&quot]–– ¿Habéis hecho? –exclamé intrigado.[/FONT]

    [FONT=&quot]––Ahora no puedo hablar –dijo apurado, se oían voces a su alrededor. [/FONT]

    [FONT=&quot]––Te invito a comer, Pedrolo, donde a ti te gusta –sabía que no se resistiría a una buena comida.[/FONT]

    [FONT=&quot]––Bueno –dijo un tanto afligido, y colgó.[/FONT]



    Su respuesta a mi invitación no fue tan entusiasta como en otras ocasiones; sin duda mi engañifa ha acabado defraudando a Pedrolo. Lo que empezó como un desvarío explicado en una noche de copas, partiendo de mis propias vivencias como eje central de la narración, a las que fui añadiendo todo tipo de entelequias sobre la marcha, creíbles o no, se fue convirtiendo con el paso de los días en una hazaña que yo mismo acabé por creer.

    Mi locura era tan entusiasta que Pedrolo se sorprendía de que aquello fuese simplemente el delirio de un amigo en plena inspiración. Los mentirosos patológicos nos creemos nuestras propias petulancias ¿Cómo no vamos a hacérselas creer a los demás? Tanto es así que ya no distingo si la mentira es fruto de una intención incontrolable por presumir, o bien, del deseo de ser aquello que cuento, O ambas cosas al tiempo. ¡Yo qué sé!

    La bola subía y subía; y Pedrolo escuchaba y escuchaba. Tan emocionado lo veía que me pasaba los días visualizando y corrigiendo (como en una película) los detalles de la acción para explicárselos luego a Pedrolo. El esfuerzo por urdir las novedades que diariamente aportaba a la cháchara me costaba una dedicación que de haberla dedicado a la escritura, ahora no me vería en este aprieto. Engañé a un amigo durante muchos días y ahora me iba a descubrir.

  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    3009102000
    Camino de El Yantar de la Ribera, un asador cojonudo a la manera castellana, en el Eixample bajo de Barcelona (a ver si el cochinillo y los vinos ejercían sobre Pedrolo el efecto euforizante acostumbrado y así facilitarme la tarea humillante de reconocerme un liante novelero y soñador) iba debatiéndome entre las diferentes emociones que la situación me acarreaba.

    Debía a Pedrolo el impagable favor de haber buscado un contacto muy valioso en el mundo de la distribución de libros. Nunca se lo agradecería bastante. También reconocía al personal de la editorial su extremada atención y amabilidad hacia mí, en estos tiempos que vivimos donde nadie te devuelve una llamada, el simple hecho de ser contactado para una cita con una responsable de edición, en base a una ficción sólo relatada, es para sentirse excepcionalmente orgulloso. Y así me sentía.

    Me regalaron el inmenso goce de imaginar que mi historia había gustado, que fue explicada de uno a otro, pronunciada en voz alta y escuchada. Los veía por sus despachos charlando animadamente sobre mi guión novelado, contentos por haber descubierto el próximo superventas editorial. Soñaba yo. El nuevo escritor de éxito. Soñaba yo. Mi dicha era infinita, inexplicable. Habían inflado mi amor propio y me llenaron de esperanzas.

    Que unos profesionales del mundo literario se hubieran dicho mis vivencias me provocaba una emoción indescriptible. ¡Ya era escritor! Faltaba escribir algo, pero eso qué más daba, fui capaz de fabricar una historia y hacerla vendible. ¿Qué representaba ahora tener que escribirla? Toda ella estaba en mi mente, reposando, a la espera de ser trasladada al papel. Quedaba ese único paso, escribir, ¡bah! un puro trámite.

    Aquella madeja de recuerdos inconexos traídos en forma de aventura urbana, falsificados con escenas tomadas de aquí y de allá, inventadas unas, verídicas las otras, había producido un embolao capaz de convertirse en algo sólido para hacer público. ¡No me jodas!

  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    3009102102
    El asador estaba petao a la hora punta del mediodía. El office de la entrada exhalaba esa euforia típica que la gente emana a las puertas de los buenos restaurantes, mezcla de saberse bien atendidos, comidos y bebidos; donde culminará la dosis diaria de felicidad satisfaciendo el apetito que se ve venir. El aroma exquisito de las mejores carnes asadas al horno encaja perfectamente con la estética rústica y tradicional del lugar. Es maravilloso salir a comer al restaurante. Yo no entendería mi vida sin ellos.

    Confirmé la reserva, pero el sube y baja emocional me impedía sentarme sólo en la mesa, demasiado tranquila, necesitaba hinchar los pulmones y bufar bastante a menudo. Así que esperé a Pedrolo en la puerta.

    Pedrolo. Lo conocí hace unos años en una exposición de Kandinsky, en la Pedrera de Gaudí, en Paseo de Gracia. Acudí con una amiga, muy apasionada al pintor ruso y al arte general, siempre que la obra no sea un aristócrata hinchado subido en un caballo. En la primera planta un corro de personas esperaba el momento de la visita guiada. Unos escalones forrados con moqueta ascendían al comienzo de la exposición. Es bien sabido que los peldaños enmoquetados son siempre peligrosos pues esconden precisamente los peldaños. Y allí estaba él, haciendo un raso entre el primero y el segundo nivel, allanando lo que, a su entender, debería ser un único piso. Tras perder el firme salió volando –literalmente– y aterrizó con su cabeza contra el hombro de una señora del grupillo de personas que esperaba en la cola, a nuestro lado.
    El golpe fue tremendo y la cara que puso todo un poema, entre el ridículo y el aturdimiento. La hijaputa de mi amiga no paraba de reírse, se giraba de espaldas para disimular. De la risa se contagiaron también los del grupo que paró su caída y ya era un descojone total. La verdad es que la pose de él intentando pararse en el aire fue muy graciosa. Yo sabía que se tenía que haber hecho daño, obligadamente. Era imposible haber salido indemne de semejante golpe. Le hice sobreponerse, las risas aflojaron, vinieron entonces los ofrecimientos de ayuda.


    –– ¿Estás bien? –le pregunté.

    ––Sí, sí gracias –contestó tocándose la barbilla.

    –– ¿Quieres un vaso de agua o algo? –le pregunta mi amiga, en el intento de subsanar el cachondeo iniciado por ella. Vaso de agua, le dijo, como si se hubiera mareado.

    ––No, no gracias –respondió con gesto avergonzado–. Si no ha sido nada.


    Lo dijo con la humildad propia de la buena gente. Su mirada me agradeció de corazón el gesto de ayudarle y, sobretodo, por no haber sucumbido yo también al guirigay colectivo que momentáneamente explotó en la sala. Se quedó a nuestro lado por un momento, temeroso de iniciar él sólo el camino de salida a la calle. Entendí la actitud de compasión que reclamaba y decidí no entrar ya a la exposición.


    –– ¿Qué tal la muestra? –le pregunté dirigiéndome hacia fuera. Guiñé un ojo a mi amiga, haciéndola entender que no entraríamos en ese momento.

    ––Para salir corriendo –reímos todos con una carcajada que alivió la tensión del momento.

    ––Bueno, yo soy Pedro, me llaman Pedrolo.

    .....


  • editado octubre 2010
    Supongo que tratas de ser original.. al principio lo estabas consiguiendo pero realmente hay palabras que me chirrían muchísimo, e incluso alguna que otra palabrota referente a las mujeres que me indigna.
    Conozco a alguna editora que te lo diría tal que así. "Palabras como petao no quedan muy bien al lado de exhalar".

    Me desconcierta si se trata de un mero relato que compartes aquí con nosotros o de un relato aderezado de vivencias y tormentos.
    En el segundo caso, decir que diferimos mucho en nuestros gustos y me parece egocéntrico y desacertado que desprecies los míos y de tantos otros lectores:
    Igual solo has dado con malas novelas negras y no te guste la historia. Pero crear una trama histórica, de investigación o misterio no es nada sencillo, solo el proceso de documentación y el transmitirlo sin aburrir ya es mucho más difícil que hablar de un tema tan sencionalista y llano como prostitutas, drogas y "follar" (como dices) sin quererlo. Esto lo veo muy sencillo y poco alentador.

    Estoy orgulloso de ser imaginativo y aventurero, estas "aspiraciones" que pareces despreciar con tan poco miramiento (pensaba yo que los escritores eran imagnativos ¿?) me han llevado primero a ser feliz, al éxito personal, pues mi pareja las comparte y le encandiló que yo las tuviera. Después han resultado llevarme también al éxito profesional.

    Yo creo que no hay que buscar las historias, las buenas historias son las que suelen buscar al autor. Lo hacen a través de la inspiración y las vivencias propias o ajenas que les llegan. (Lo digo porque conozco a escritores publicados y los buenos afirman esto). No "fuerzan" las historias.

    Y copiar a otros autores, espero que no vaya en serio, no me parece nada genial, ni original.
    Aún así el conjunto de tu relato queda entretenido como relato en sí mismo.
  • WoodedWooded Garcilaso de la Vega XVI
    editado octubre 2010
    Supongo que tratas de ser original.. al principio lo estabas consiguiendo pero realmente hay palabras que me chirrían muchísimo, e incluso alguna que otra palabrota referente a las mujeres que me indigna.
    Conozco a alguna editora que te lo diría tal que así. "Palabras como petao no quedan muy bien al lado de exhalar".

    Me desconcierta si se trata de un mero relato que compartes aquí con nosotros o de un relato aderezado de vivencias y tormentos.
    En el segundo caso, decir que diferimos mucho en nuestros gustos y me parece egocéntrico y desacertado que desprecies los míos y de tantos otros lectores:
    Igual solo has dado con malas novelas negras y no te guste la historia. Pero crear una trama histórica, de investigación o misterio no es nada sencillo, solo el proceso de documentación y el transmitirlo sin aburrir ya es mucho más difícil que hablar de un tema tan sencionalista y llano como prostitutas, drogas y "follar" (como dices) sin quererlo. Esto lo veo muy sencillo y poco alentador.

    Estoy orgulloso de ser imaginativo y aventurero, estas "aspiraciones" que pareces despreciar con tan poco miramiento (pensaba yo que los escritores eran imagnativos ¿?) me han llevado primero a ser feliz, al éxito personal, pues mi pareja las comparte y le encandiló que yo las tuviera. Después han resultado llevarme también al éxito profesional.

    Yo creo que no hay que buscar las historias, las buenas historias son las que suelen buscar al autor. Lo hacen a través de la inspiración y las vivencias propias o ajenas que les llegan. (Lo digo porque conozco a escritores publicados y los buenos afirman esto). No "fuerzan" las historias.

    Y copiar a otros autores, espero que no vaya en serio, no me parece nada genial, ni original.
    Aún así el conjunto de tu relato queda entretenido como relato en sí mismo.


    Suponer lo que se dice suponer, suponemos todos, yo supongo que... no mejor no te digo.
    .


    wow (mire lo que venimos a enterarnos)



    .
    Siga Lachosse
  • WoodedWooded Garcilaso de la Vega XVI
    editado octubre 2010
    .



    .
    Ahi vamos
    ...



    .
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    021010 1630
    La falta de voluntad en sus años mozos le impidió a Pedrolo finalizar los estudios de psiquiatría y la situación familiar hizo el resto: apartarlo definitivamente de cualquier ocupación que no fuese ganar dinero. La vocación de servicio mental fue creciendo en él a medida que cumplía años pero la dificultad en retomar la carrera le llevó a conformarse con una plaza como auxiliar de clínica en un centro de salud mental de Barcelona, poniendo así fin a sus aspiraciones más doctas.

    Durante el proceso de selección para el puesto hubo de pasar las oportunas pruebas de aptitud y eficiencia, test de personalidad y psicológicos, así como varias entrevistas con responsables de la clínica. El último día de pruebas, el quinteto finalista formado por los aspirantes de los que saldría el único seleccionado, entre los que se encontraba Pedrolo, sufrió un retraso en el ejercicio definitivo por incomparecencia del Director General. Los candidatos se dispersaron por las distintas salas del hospital, a la espera de ser llamados para el examen decisivo. Pedrolo se alejó hasta el fastuoso jardín que conducía a la entrada principal de las instalaciones de la residencia.

    Reparó en una de las estancias situada en el extremo del edificio; en su cuidado diseño, las enormes dimensiones de la acristalada pared que facilitaba un buen chorro de luz natural a su interior. Y pensó en el privilegio del que disfrutaban los enfermos allí ingresados, si es que un enfermo puede sentirse privilegiado alguna vez, con las magníficas vistas que sobre los aposentos se percibían desde la posición de Pedrolo.

    Entre el grupo de personas que advertía, unas en silla de ruedas, otras de pié, algunas sentadas en sofás individuales, distinguió a una ancianita situada muy próxima a la pared transparente. Apoyaba la cabeza cansadamente sobre el vidrio y le hacía señales con la mano. En principio, Pedrolo no correspondió al gesto, recordó que estaba en una clínica mental y que aquella señora alguna dolencia psíquica sufriría para encontrarse allí recluida. Giró la cabeza hacia otro ángulo del jardín con la voluntad de olvidarse de la señora.

    ¡El examen! recordó entonces el motivo por el que se encontraba allí y arrancó apresurado por el camino de vuelta. Ignoraba el rato que había pasado en el jardín ¡joder, si me pierdo la última prueba me da algo! –se decía Pedrolo.

    Caminando a toda prisa hacia la puerta por la que había salido momentos antes, se premió con el compromiso de visitar a los enfermos si resultaba elegido. ¿Y si no me cogen? Se detuvo en seco, irritado consigo mismo por tener la miserable duda de si saludar o no a una pobre gente cuya única relación social era saludar, saludar a todos. Saludar a los de fuera.

    Viró decididamente hacia la sala de enfermos; junto a la abuelita otros compañeros suyos empezaron a llamar a Pedrolo, requiriéndolo. Le decían que fuera hacia ellos. ¡Era todo el grupo con las manos levantadas, como si lo conocieran, reclamándolo!

    Nada puede ocurrirme –se tranquilizaba Pedrolo– pues abandono el lugar. Entró en la sala.




    –– ¡Señor Pedro Casanovas!
    –– ¡Pedro Casanovas! –voceaba la secretaria por los pasillos contiguos. El Director General había llegado dispuesto a realizar las entrevistas.

    ––Sr. Director, falta un candidato –dijo temerosa la secretaria, como si lo hubiera extraviado ella.

    –– ¿Ha venido? –preguntó solícito.

    ––Sí, sí, señor –respondió– estaba aquí hace un rato. Cuando usted llamó para avisar de su retraso les dije que podían darse una vuelta. Y no aparece.

    ––Estará por aquí, en algún sitio –se levantó decidido a iniciar su búsqueda.



    Se detuvo después de traspasar el umbral de la puerta. Había algo en el ambiente que decidió analizar con distancia, la secretaria hizo lo propio dos metros tras él.

    En la sala habría unas treinta personas, entre personal de ayuda y enfermos. El aspirante se situó ante éstos, quedamente, como esperándolos desde hacía mucho tiempo. Ellos lo rodeaban observándolo con total serenidad. Esto fue lo que extrañó a los empleados allí presentes: la calma de los maniáticos más delicados. Nadie se movía. El cuadro era insólito, pues si alguien ajeno al hospital irrumpía en las dependencias para enfermos, éstos se abalanzaban sobre el intruso acribillándolo a preguntas, sobresaltados: ¿tú quién eres? ¿Qué te pasa? ¿Cuántas pastillas tomas? Otros habrían comenzado con su alteración habitual ante lo desconocido, con el consiguiente alborozo entre sus compañeros y las molestias causadas al personal por la obligada atención de éstos a los recién trastornados. Normalmente las visitas sorpresa o irrupciones inesperadas acababan en algarabía total.

    Nada. No pasó nada. Por primera vez la quietud se anticipó al jolgorio con el que los internos recibían a los extraños. La expresión serena de sus rostros iba acompañada de una actitud apacible y sosegada. Lo observaban con la confianza que sólo los afectados ofrecen a sus cuidadores más comprensivos. Nadie como una persona que sufre es capaz de sentir la capacidad humana de quien le atiende. Lo leen en sus ojos, hasta los locos perciben eso.

    El candidato ante ellos, vigilante pero cálido, se mostraba tal cual, ofreciéndose para que vieran sus intenciones. Así era. Así sería. El círculo formado entorno a él regocijaba tranquilamente.



    ––Pedro Casanovas –pronunció el director. No fue una pregunta, sino una constatación.

    –– ¡Yo! ¡Oh! ¡Ostras, las pruebas! –exclamó Pedrolo, alterado, volviendo a la realidad que le había traído al lugar.

    ––Soy el Director General –extendiéndole su mano mientras lo miró con fijeza, intentando adivinar el origen de la magia del momento, sin conseguirlo. El personal presente, boquiabierto tras la función ofrecida, cercó al jefe superior para no perderse una palabra.

    ––Enhorabuena. El puesto suyo.


  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    041010 0400

    Giró por la esquina de la Gran Vía y en cuanto me vio abrió los brazos de par en par, renegando desde lejos, a grito pelao por toda la acera.


    ––¡Quevedo perdió la pluma! –gruñía uniendo los dedos en racimo al estilo italiano. Yo le correspondí con igual gesto encogiendo los hombros.

    ––¡Shakespeare se quedó en blanco! –se llevó ambas manos al pecho. La peña de la puerta del restaurante se divertía con la dramatización, viéndole llegar.




    Cuando llegó a mi altura nos congratulamos mutuamente, como siempre.

    ––¡Pedrooolooo! Me alegro de verte.

    ––Yo también, Luchi ¿O debería llamarte Mr. Ripley? –personaje de Highsmith que no se conforma con matar a sus víctimas, luego se hace pasar por ellas.

    ––Eh, eh, tampoco es para tanto –dije en tono manso.

    ––¿No tienes nada escrito? ¿Nada? –levantó la vista al cielo, desalentado.

    ––Vamos a comer y te explico mis planes –lo tomé del hombro invitándole a entrar.

    ––¿Planes? ¿Necesito la botella del oxígeno?


    Las mesas del Yantar estaban al completo; junto al horno una única mesa vacía, la nuestra. Mantel blanco inmaculado, los cubiertos bien alineados y las enormes copas de vino, aún vacías, auguraban una prometedora comilona. Me encantan las copas de vino grandes. Y de buen cristal –no lo distingo del vidrio cutre– pero que sean de cristal.

    He visto muchas y diferentes presentaciones de servicio en mesas de restaurantes: porcelanas de lujo desproporcionado para el nivel de la carta, que daba miedo tocarlas, tan bonitas y delicadas que parecían estar fabricadas para aceptar cualquier otra cosa (no sé, lingotes de oro o especias orientales) excepto comida. Cubiertos de diseño ostentoso que todo el mundo toma en mano ¡a ver cómo se coge esto! Mesas ridículamente pequeñas o demasiado próximas entre si. Servilletas de la Barbie comiditas en desentono total con el resto del servicio. Todo se perdona si la cocina es buena, incluso el trato a patadas del personal.

    Ahora bien ¡las copas de vino no! ¡Las copas de vino no pueden fallar! Y si el caldo vale más de cuarenta euros, aún menos. Pagar por una botella de buen vino lo que cuesta un día de trabajo y tomarlo en una copita chistosa ¡Es una guarrada! ¡Uno se levanta de la mesa y se va a tomar por culo!



    ––Oye ¿Por qué me dijiste por teléfono que yo no sabía «lo que habíais hecho por mí»? –le pregunté.

    ––Tu narración me pareció tan verídica que…

    ––Y lo es, lo es –le corté.

    –-¡Lachosse! ¡Cállate de una vez y escucha lo que tengo que decirte! –le cambió el semblante a serio.

    ––Un socio principal de la clínica --prosiguió– está casado con una de las traductoras más importantes del grupo Planeta. Está metida en ese mundo. Escritores, traducciones, correcciones, estilos y todo eso que tú deberías conocer.

    ––Estoy en ello, estoy en ello.

    ––Él está muy agradecido conmigo por un asunto con un familiar suyo cercano que padece una especie de…, en fin, ya te lo explicaré en otra ocasión.

    ––Vale, vale –dije disculpándolo.

    ––O sea que, en pago al trato que dispensé a su familiar, me atreví a comentarle que tenía un amigo “muy prometedor” con una novela “muy interesante”.

    ––¡Yo, yo!

    ––Y a partir de ahí todo vino rodado y en un santiamén. Me llama la señora diciéndome que ya había hablado con una de las múltiples empresas de grupo Planeta, una pequeña especializada en libros digitales y bla, bla, bla.

    ––Hostia, cómo suena todo eso. Qué cabrón que soy –dije aprovechándome de la infinita paciencia de Pedrolo.

    ––Me da un número de teléfono para que hable yo con una de las responsables de esa editorial –seguía

    ––¿Por qué no me dijiste nada? –pregunté extrañado.

    ––Todo avanzó tan deprisa –siguió– que quise hacerlo todo yo para darte una sorpresa. ¡Joder! –dijo decepcionado.

    ––¡Dame un abrazo, tío! –me levanté de la silla con mucho teatro– Pedrolo hizo lo mismo. Nos dimos un abrazo escandaloso. La gente del restaurante pasó a mirarnos con sospecha y, como provocación, empezamos con el tono sarasa que tan bien nos sale.

    ––Te dije que fueras al médico a hacerte la pruebas ¡maricón! –me grita Pedrolo a pulmón partío.

    ––¡Hiujuu! ¡Menos mal que no ha sío na! –le digo con una mano en la cadera y la otra en la barbilla. Los dos de pié.

    ––Qué suerte tienes con los análisis so zorra –metido en el papel, el amigo.

    ––¡Venga, otros seis meses más! –dije levantando la copa y brindando como una loca.


    El camarero se acercaba partiéndose la caja pues nos conoce de hace años. ––El próximo día os pongo dentro del horno –nos dijo aplacando lo que se había convertido en una actuación teatral. Comimos abundantemente. Pimientos, alubias, morcilla. Cuarto de lechazo y ración de cochinillo de Segovia. Milhojas de Aranda. Dos botellas de Ribera del Duero. Cafés y orujo gallego. ¡Madre mía! Hasta arriba.

    Decidimos aplazar la charla seria para otro día, qué más daba. La suerte de los amigos es que no necesitan tomarse con solemnidad lo que son simples trances de la vida. La vida está antes.

  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    061010 0230


    Me dirigía por Paseo de San Juan hacia la Barceloneta, una buena pateada me iría bien para bajar la cogorza que llevaba encima. Vino, cafés, orujo ¡joder! Cada vez que quedamos para comer es un desfase. ¿Cómo llegaría él a la clínica? Buahhh! No quiero ni pensarlo. Aunque el autocontrol que tiene es asombroso, desde luego. No conozco a nadie con esa facultad para dominarse en situaciones límite. Estoy convencido que Pedrolo tiene poderes. Siempre lo pensé; no se lo he dicho a nadie por rubor, por no reconocer que creo en esas tonterías. La verdad es que no creo en ellas. Pero cuando uno llega a conocerlo, a ser testigo de tantas circunstancias vividas en las que ha salido (hemos salido) indemnes, no puedo por menos pensar que tiene un hechizo benévolo que proyecta positivamente sobre los demás. Su influjo sobre todas las personas allegadas –que son muy pocas, pues no se relaciona en exceso– es determinante. Nadie se siente incómodo en su compañía. Si está presente nada malo puede ocurrir.

    Notaba que andaba demasiado rápido. ¿Dónde voy? Sé muy bien dónde voy. Me quité de encima a Pedrolo después de la comida –habiendo propuesto él tomar las últimas en una terraza al lado de su trabajo– con la intención de quedarme solo. ¿A quién quiero engañar? Después de un festín como este es muy difícil que me resista a unas rayas. Iba de cabeza. Le dije a Pedrolo que había quedado con mi hermana para un asunto de economía familiar. Mentira. Otra trola de las mías. Se lo dije porque me incomoda esnifar en presencia de alguien que no toma. Me corta el rollo. Y más, Pedrolo, que no está en nada de acuerdo con mi afición y aún me hacer sentir más molesto.

    Cuando en el restaurante el bienestar producido por la comida y el vinillo se me instaló en el estómago, ya supe que pillaría un gramo. Es como una consecuencia de sentirme satisfecho: ir un poco más lejos.

    Llegué a la cabina de teléfono de la parada de metro de Barceloneta, desde donde el Rulas quiere que le llamen. Es el único camello que conozco que se hace llamar desde la cabina pública más cercana a su casa. Las cabinas de la calle son lo más intervenido que existe en el mundo occidental, más que los móviles, los fijos, locutorios, servidores de correo electrónico, PMR, TDT, emisoras 27mhz, VHF y banda marina. Y para acabar de arreglarlo hay que llamar al fijo de su casa. ¡Alucina! Llamas sin llegar a hablar y cuelgas. Al minuto aparece por ahí mirando a todos lados. Lleva no sé cuántos años en el negocio y nunca le ha pasado nada. Le llamé.

    ……….



    http://www.forodeliteratura.com/showthread.php?t=13693
    http://lachosse.blogspot.com/
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    Es ponerme un poco de farla y entrarme unas ganas de follar irresistibles. Luego en mitad de la obra se me corta la trempera pero el vicio sigue en el coco. Repasé a las candidatas disponibles. Lunes por la tarde ¿Dónde coño voy un lunes a las cinco de la tarde? La única libre era Susan, la alemana. Con el material que llevaba encima me recibiría con los brazos abiertos (¿los brazos?) y me aseguraba una buena tarde, por lo menos hasta las nueve. Luego me iría a casa a escribir, claro. Después de unos buenos polvos, cinco whiskys y un moco, seguro que empiezo a escribir. ¡Fijo, vamos!

    ––Meine Liebe Quadrat! –la llamo mi amor cuadrado y ella simula irritarse apretándose la cabeza con las manos imitando a algún compatriota serio.

    ––¡Hola, torero macho! –a mí me molesta más su broma–.

    ––Qué guapa estás –además de verdad, es la alemana con la carita de niña más guapa que conozco. Pequitas alrededor de la nariz, boca perfecta, ojos como una piscina de bonitos y rubia, rubia que te mueres.


    Susan vino de Berlín a trabajar como diseñadora gráfica mientras aprendía español. Buena estudiante en su país, prometía como creativa en el sector de la publicidad. Con una facilidad poco común para las tecnologías audiovisuales empezó con mucha fuerza en una empresa especializada en innovación gráfica para productoras de televisión. Dedicaba gran parte del día y de sus esfuerzos en organizar y planificar la actividad de su departamento, alcanzando en poco tiempo una merecida fama de magnífica profesional. ¡Claro, es que es alemana! decía algún gandul paisano mío –como si a él le estuviera vetado involucrarse en la empresa–. Cuando la conocí no paraba de hablar de trabajo, de los incompetentes compañeros españoles y de la falta de seriedad de los directivos nacionales en general.

    Un domingo me la encontré en un after hours del extrarradio de Barcelona; eran las doce de la mañana, bailaba sobre un podio a cuatro metros de altura, sólo llevaba un sujetador y unos tejanos. «Ésta ya se ha integrado» –pensé– bailaba como lo hacen las chicas con experiencia en la noche y además, guapas (todo les queda bien pero, sobretodo, bailar). Los brazos alzados en señal de victoria, moviendo la cabeza a un lado y a otro, al ritmo house de la canción que sonaba. La recuerdo perfectamente:

    [FONT=&quot]Bu-bu-bump, and dance[/FONT]

    La música y ella era todo uno, seguía el ritmo con la sensualidad única que proporciona ir colocada.

    The underground baby, the underground

    Cada nuevo cambio en el compás, en cada entrada, añadía un gesto distinto que mejoraba el anterior.

    Now let me see you work

    Ahora el pelo hacia atrás, luego una mano en la cadera y en la otra el dedo índice arriba, diciendo «yo»

    Bu-bu-bump, and dance

    Y alzaba de nuevo los brazos girando media vuelta, mostrando un culo portentoso, sabiéndose rica, muy rica.



    ––¿Quién es la tipa? –preguntaron los colegas.

    ––Una amiga alemana. ¿Has visto cómo está? –pregunté una obviedad.

    ––¡Joder con la alemana! –embobaos perdidos los tenía.

    Por más tías buenas que haya en un local, incluso en aquellos donde el nivel es superior, siempre hay una que es la reina. Esa noche era Susan. Es una combinación de elementos lo que consigue hacerlas radiantes: el pelo, la ropa, las ganas de bailar, el agustón. Sí, sí, de acuerdo, lo sabemos. Pero ha de haber algo más. No se logra cada vez, ni con el mismo peinado, ni repitiendo vestido. Es un estado al que se llega tras una noche milagrosa, sin apenas proponérselo (de lo contrario acaban pasadas de vueltas a las dos de la mañana) donde los encuentros con la gente se van sucediendo por encanto. Cada nuevo conocido, cada nueva presentación, aporta un halo de bienestar que aumenta la felicidad, y con ello, la belleza. Todo lo ingerido sienta bien. La buena música facilita la expresión erótica precisa para mostrar el cuerpo a placer y el buen rollo va generando una especie de exaltación que, finalmente, se transforma en el reconocimiento colectivo de ser la más arrebatadora. Y ellas lo saben, vamos si lo saben. Así estaba Susan ese día.

    Al finalizar su exhibición de baile nos vimos en la barra y no me pareció aquella profesional de otros tiempos. Mejoró notablemente su español y desprendía una aureola de madurez vital muy atrayente. Había encontrado el equilibrio emocional tan necesario en la gente que se encuentra fuera de su país, lejos de lo suyo. Me alegré mucho por ella.



    ––¿Vienes con la botella de whisky? ¿Y con el vichy catalán? Ja, ja, ja –reía como loca, nunca entendía que se pudiera beber esa mezcla–.

    ––Traigo otra cosita –dije con cara de niño travieso.



    http://www.forodeliteratura.com/showthread.php?t=13693
    http://lachosse.blogspot.com/

  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    Llegué a casa ansioso, como de costumbre después de la misa. No fui capaz de hacer el recorrido andando pese a la poca distancia, la gente me miraba acusándome por la calle –creía yo–, me notaban el nerviosismo en los ojos, en los andares –creía yo–. Agobiado tomé un taxi, la carrera fue tan breve que me excusé ante el taxista con un repentino cansancio.

    Ya en el portal se redujo la paranoia social. Me reconfortó sumergirme en la soledad deseada de mi casa; nunca me fallaba, ahí dispuesta a acogerme en todo momento, provocando el enfrentamiento de mí conmigo mismo. La casa a solas se me antoja, en ocasiones, una inmejorable sesión de psicoterapia con resultado curativo inmediato. Ningún lugar del mundo supera a mi casa; no existe compañía comparable a «mi casa y yo».

    Con la parsimonia del barman profesional me serví un Glen Grant con hielo y vichy. Puse a Laurent Garnier, que siempre me sugiere alguna cosa y me dejé llevar. La boca me sabía a Susan, la sentía como si aún nos estuviéramos tocando y sus ojazos azules me seguían por todo el piso.



    Fue como una aparición.
    De pronto, la figura del personaje central de mi falsa novela me vino a la mente con fuerza. Se presentó así, por las buenas. ¡Pero, si esta no es mi cara! –fue lo primero que pensé–. No soy yo. Me llevé una desilusión sólo pasajera, pues comprendí que si se trataba de una ficción debería tener algún rostro, el hombre. Y tendría que ser diferente al mío, cómo no. Él miraba hacia la calle a través de la ventana de un hotel con los ojos llenos de nostalgia y, a la vez, con una plácida sonrisa. Estaba recordando, sin duda. Sus labios apretados y la mirada triste depositada en un punto fijo del vacío evocaban momentos del pasado. No se movía, no gesticulaba, sólo recordaba. Pero ¿en qué estaría pensando? ¿qué recuerdos le producían aquella melancolía tan evidente?

    ¡Qué bajada me está pegando esto! –exclamé–. La situación era más que real y, aunque no me desagradaba, había algo de turbador en todo aquello. Fui a la habitación a buscar un Tranquimazín, ideal para eliminar el efecto congoja de la bajada. Iba por el pasillo camino del cuarto y, de pronto, sentí a alguien tras de mí. Oí sus pasos. Oí hasta su respiración. Me di la vuelta ¡Ahh! No había nadie. ¡Joder qué susto! ¡Ufff! –bufé aliviado–. Me tomé el ansiolítico a toda prisa mirando hacia la puerta de la habitación ¿no estará ahora ahí en el pasillo esperando a que salga? «Tranquilo, tranquilo» –me dije abriendo las palmas de las manos–. «Esto es una gilipollez, Luchi, eres un tío hecho y derecho».

    Fui de nuevo a la sala de estar, algo más repuesto; bajé la música hasta el nivel mínimo; exploré con un golpe de vista desde la perspectiva que me ofrecía el salón. Estaba de pie junto al sofá pero fui incapaz de sentarme pues no me atrevía a perder el ángulo de visión. Nada. No pasaba nada. El espectro no aparecería.

    El efecto del Tranki empezó a hacerse notar, el calor se apoderó de mi abdomen, las pulsaciones bajaron y, fue entonces, cuando me propuse averiguar el motivo de aquella presencia casi fantasmal. Tenía que haber una razón; llevaba mucho tiempo con la historia del relato y, aunque yo no quería reconocerlo, me estaba comiendo las entrañas. Empezaba a pagar psíquicamente por la desidia y la indolencia de tanta fabulación, de tanta pereza. ¡Se acabó!

    Y empecé a escribir:


    Asomado a la ventana del hotel, con los ojos perdidos en un punto
    cualquiera, recordaba algunos de los momentos vividos en esa ciudad.

    Años bien locos, reconocía ahora, pero no cambiaba ni uno solo de aquellos
    [FONT=&quot]
    minutos por un lustro más de vida.

    ..........



    [/FONT] http://lachosse.blogspot.com/

  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    Cerré de un portazo sin echar la llave y bajé las escaleras de dos en dos. Tenía prisa, aunque donde iba no me esperaba nadie. A lo largo de la noche pensé en el bocata de salchichas del país con pimientos del Conesa. Entre pecho y espalda que fue a parar. Carajillo de JB en el mesón del café, y p’arriba.

    Cogí la moto y me dirigí a la zona alta de la ciudad, había un buen trozo y disfrutaría del viento del viaje, de la calle y de las tiendas, de la gente y del espléndido sol. La moto es estupenda cuando tienes ganas de conducir y el tiempo acompaña, además no te pierdes ni una tía buena, con el casco puedes mirar con descaro adonde quieras que te cubre las vergüenzas.

    Me sentía vivo, feliz. Disfrutaba del agradable tacto del aire en mi cuerpo, del olor de la ciudad y hasta del ruido. A pie de calle todo me parecía perfecto. Los sombríos letreros eran los adecuados; la suciedad quedaba bien en los edificios; las obras de las calles se me antojaban justas; el coche de al lado cambia bruscamente por necesidad. Todo estaba bien. Los taxistas eran unos incomprendidos; los bancos debían de existir; la lotería alivia a más de un pobre; la autoridad de la policía la creía muy necesaria. Sin duda, el bienestar hace milagros.

    La llaga en mi interior se había empezado a enfriar, el primer paso del tortuoso camino me acababa de reportar una sacudida de orgullo y amor propio muy placentera.



    ––¿La señorita Alba, por favor?

    ––¿Tiene usted cita, señor? –preguntó de forma mecánica la secretaria–

    ––Me está esperando, soy Lachosse –la boleé con la certeza que me descubriría en cinco segundos, pero yo iba muy sobrao

    ––¿Lachó? –repitió muy guasona, la piba, con un improvisado deje andaluz–

    ––La-shoss –pronuncié la sílaba del medio con un exagerado acento francés que ponía en práctica cada vez que encontraba a alguien que se cachondeaba de mi nombre–.


    Tomó el teléfono.
    ––Está aquí el Sr. Lachó –le anunció la muy cachonda, haciéndome notar que se confundía con toda la intención–

    Alzó la vista y me miró con insolencia mientras escuchaba cómo Alba le diría que no tenía hora concertada ni nada parecido. Tras una breve charla y con una mueca de desaprobación, dijo:

    ––Lo recibirá igualmente –arqueando sus cejas y salvándome la vida–, última planta.


    La editorial tiene su sede en una casa de estilo modernista en la avenida Tibidado, una de las zonas privilegiadas de la ciudad. La panorámica que se ofrece desde la parte más alta de esta montaña urbana es grandiosa. Cuántas veces he jugado a averiguar las calles y edificios de Barcelona desde el Mirablau, el mirador más envidiado de la ciudad, allí donde todos quisieran tener su casa.

    Las oficinas –y la casa entera– tienen un estilo muy diferente en su interior. Se diría que la funcionalidad a la que obliga la práctica empresarial acabó por dentro con las filigranas del arquitecto de la época y solo ha sobrevivido la fachada en general y sus jardines. Da la impresión de haber entrado en una casa muy distinta de la que se aprecia desde fuera.


    Iba con traje de chaqueta azul marino, camisa blanca abierta en el último botón, corbata gorda frambuesa con nudo desenfadado, labios a tono, los zapatos de color ocre.

    ––¡Vaya por dios! –se fijó en mi mochila–. ¿No me digas que traes “algo”? –preguntó con ironía.

    ––Sí ¿quieres leerlo? por favor –me esforcé para que mis ojos expresaran sumisión y perdón.


    Alargó su mano. Saqué a toda prisa la carpeta que contenía los folios impresos y se la entregué.

    ––Ya te llamaré –dijo con la frialdad de quien se sentía todavía irritada por mi falta de responsabilidad que le habría supuesto, seguramente, una reprimenda de alguien de más arriba.

    Dio media vuelta y desapareció.


    Al salir vi de nuevo a la secretaria del vestíbulo cómo presumía ante el guarda de seguridad mientras éste se apoyaba sobre el mostrador, todo chulesco él.

    Se le iluminó el rostro, sin duda, por verme despachado con tanta rapidez.
    ––Buenos días, señor Lashó.

    ––Adioh shoshito.

    El vigilante irguió su cuerpo y sacó pecho, en actitud defensiva por haber escuchado lo que para él era un insulto hacia la hembra y, por tanto, justificado de sobras para iniciar una posible reprensión.

    Me detuve a examinarlo y deduje que no me aguantaría dos movimientos. Pero eso sería en otra ocasión «hoy me encuentro demasiado feliz».





    http://www.lachosse.blogspot.com
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    ■■ El Dr. Jungson dirigía la reunión semanal sobre terapias en la clínica Burgoll de Barcelona. Todos los lunes, a primera hora, los Psiquiatras Jefes debían presentar el informe de tratamientos y exponer las novedades –progresos y retrocesos– que durante la semana se habían producido.

    Los médicos convocados estaban convencidos de que estas sesiones eran una simple tramitación más, un vicio burocrático. Consideraban que el escaso margen de maniobra que tenían ante el paciente no daba para tantas reuniones, comités, sesiones, comisiones y consejos. «Si todo nos viene dado de antemano ¿para qué tanta charla?» pensaba la mayoría.

    El Dr. Jungson no creía lo mismo. Reconocía el escaso recorrido para la estrategia personal de los especialistas, pero era precisamente en esa falta de espacio donde se distinguían los buenos facultativos de los mediocres. El médico corriente se escabulle en la inercia propia que ofrecen centenares de enfermos, en el cansancio de miles de horas, se excusa con los desajustes por cambios de horario, con los infinitos historiales clínicos, se deja llevar por la tendencia generalizada y, sobretodo, por la vagancia universal tan extendida en el género humano. Siempre hay a mano un motivo para la negligencia. Para el no.

    Los mandatarios del centro hospitalario confiaban ciegamente en el Dr. Jungson y en sus reuniones semanales como ejercicio clave de seguimiento a los propios psiquiatras. Hacía diez años que venía obteniendo resultados más que satisfactorios en cuanto a profesionalidad y participación del cuadro médico. Acertaba en su elección, distribuía las responsabilidades tendiendo en cuenta no solo las facultades de cada cual, sino, los rasgos de su personalidad que mejor cuadraban en el desarrollo de determinadas tareas. De ellos averiguaba, con suma facilidad, el grado de implicación que alcanzaban con sus pacientes. Este detalle no pasaba por alto a los accionistas del grupo que, además de mirar por los beneficios de su empresa, también tenían familiares ancianos. Todo el mundo los tiene. La vejez aflora gran parte de las dolencias que la clínica trataba, por tanto, se reconocían a sí mismos como sanadores y sanados.

    Los accionistas del grupo estaban contentos y no concebían a otro inspector de psiquiatras que no fuera el Dr. Jungson.


    Él abrió la reunión.
    ––¿Dr. Ansiedades? –le preguntó con una sonrisa.

    Se refería así al Dr. Castilla desde que un día reconociera su dificultad en autosatisfacerse sexualmente después de que un paciente aquejado de frotismo le confesara que tras un leve roce con él se retiraba al baño para masturbarse buena parte del día.

    Dijo harto ya de la broma:
    ––En esquizofrénicos ingresados: suministro y control de antipsicóticos en las dosis indicadas. [FONT=&quot]Rehabilitación psicosocial y actividades deportivas según el programa establecido. Nada a destacar desde la semana pasada.

    [/FONT]––¿Dra. Wolf?

    ––La Sra. Belha, de nuevo –dijo con seriedad.


    Estaban al corriente del suceso acaecido días antes. El asunto provocaba una consternación generalizada en el hospital porque la Sra. Belha era muy querida por todos. El tercer intento de suicidio en dos años. Había sido testigo de la muerte de su propio hijo; matado en la calle a plena luz del día, a su lado, mientras ambos miraban el escaparate de una tienda que exponía una preciosa mesa de billar, juego al que su hijo había sido muy aficionado y magnífico jugador, decía ella entre sollozos: «Estaba tan guapo con su chaleco verde como sus ojos verdes. Tan guapo». Lloraba y lloraba la pobre Belha. Era aún joven, no había cumplido los sesenta, de modales refinados, hablar pausado, pronunciaba las eses como un agradable silbido, no se la oía al andar. En estos dos años había envejecido dos décadas y su mirada ausente combinaba momentos de ira y de ternura a partes iguales.

    ––Hablé ayer noche con ella, antes de irse a la cama –siguió la Dra. Wolf muy afectada–[FONT=&quot] dice que es inútil que la vigilemos. Que no podremos evitarlo, que tarde o temprano lo conseguirá.[/FONT]

    [FONT=&quot]Los presentes se precipitaron a intervenir y el Dr. Jungson hubo de detenerlos extendiendo una mano y tomando la palabra.[/FONT]

    ––Me han dicho que ha pasado buena noche. Tomó el Citalopram y la Nefazodona sin problemas. ¿Y ahora? –preguntó

    ––¿Sabéis qué hace en este preciso instante? –preguntó con suspense Ana Pons, psiquiatra especialista en trastornos de adolescencia, sabedora que estaba dando un noticia bomba.

    ––¿Queeé? –preguntaron las catorce voces a la vez.

    ––¡Está desayunando! –respondió

    ––¡No puede ser! –exclamó incrédulo el Dr. Jungson.

    Tomó el teléfono y llamó a planta.

    ––Soy el Dr. Jungson ¿con quién hablo, por favor?

    ––Soy la auxiliar Eva Cárdenas.

    ––¿Podría decirme qué hace la Sra. Belha, por favor? –preguntó impaciente–

    ––Toma el desayuno con… ese chico. Quiero decir… ehmm… con el auxiliar Pedrolo.

    ––¿Quién coñ… carajo es el auxiliar Pedrolo? –requirió cansado ya del misterio.

    ––Pedro Casanovas, señor. El nuevo.


    ■ ……



    http://www.lachosse.blogspot.com
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    [FONT=&quot]■■ [/FONT]Soltó el teléfono pasmado. Ciertamente, el intento de suicidio de la Sra. Belha no había tenido consecuencias físicas dañinas para su organismo, pues el impulso de seccionar sus venas con un espejo conseguido de una visitadora ingenua, no llegó a profundizar siquiera para sangrar un poco. Gracias a Dios que el ruido de su lamento fue escuchado por la compañera de habitación que rápidamente avisó a la enfermera. Pero de ahí a desayunar tranquilamente dos días después de querer abandonar este mundo le parecía, al Dr. Jungson, cómo mínimo inaudito.

    ––Iré a verla después –pensó en voz alta. Y a eso chico nuevo, el…

    ––Pedrolo –dijo Ana Cárdenas.

    ––¿Este es el chico aquel de…? –preguntó señalando hacia la sala donde se produjo el acontecimiento del que todo el hospital, familiares incluidos, no dejaban de hablar hacía una semana.

    ––Sí, el “Tropezín” –siguió Ana, emocionadísima con el tema que ocupaba hoy parte de la reunión, habitualmente tan aburrida–. Va tropezando con todo lo que encuentra a su paso y los enfermos lo han bautizado “Tropezín”, parece nombre de medicamento. Le queda bien.

    Todos rieron a una. En verdad el bautizo era muy acertado.

    ––¿Dra. Ana Cárdenas? –preguntó con retintín uno de los allegados más jóvenes– se la ve a usted excitada cuando habla del Sr. Pedro Casanovas. ¿Necesitará usted un diazepam?

    Ana se sonrojó, pero lejos de rehuir la respuesta o dejarse amedrentar por la irónica pregunta, respondió al indiscreto compañero:

    ––Me bastaría con un tropezín –respondió aclarando sus preferencias varoniles en la clínica y descartando así a todos los presentes, algunos de los cuales suspiraba hacía tiempo por la lozanía de la brillante doctora.

    El Dr. Jungson medió:
    ––Señores, señoras, por favor, volvamos a lo nuestro.

    Siguieron los informes de resultados, las copias de análisis y los gráficos de los electros. Los que hubieron de argumentar los retrocesos de pacientes, lo hicieron de mala gana; aquellos que previnieron sobre los avances de los suyos, los mostraron con jactancia; los estabilizados no empeoraban, y al final de la reunión, todos proyectaban el nimbo desde sus cabezas, orgullosos de contribuir a la más noble de las actividades que pueda desarrollar el ser humano: mejorar la vida de los otros. Se sabe poco acerca de las enfermedades mentales y mucho menos sobre el hermano pobre de la medicina –el cerebro– el gran desconocido.

    Pero lo poco que se sabe lo saben los médicos.




    [FONT=&quot]– [FONT=&quot]… Kafka paseaba por el parque Steglitz de Berlín y sabía que iba a morir de la tuberculosis que le estaba debilitando. Se encontró con una niña sola que lloraba desconsoladamente. Se acercó a ella y le preguntó qué le pasaba: la niña había perdida su muñeca. Lloraba con una intensidad tal que afligió al propio escritor y éste inventó una historia para confortar a la pobre niña. Le explicó que la muñeca no estaba perdida, que se había ido de viaje y que le había enviado una carta que tenía en su casa porque él era “cartero de muñecas”.[/FONT]

    [/FONT] La Sra. Belha escuchaba atentamente a Pedrolo, con la expresión abstraída de niña escuchando un cuento.

    [FONT=&quot]… la niña, fascinada, dejó de llorar y le exigió la carta que le había escrito la muñeca. Kafka prometió entregarle la carta al día siguiente. Esa noche escribió la carta que llevaría un timbre inglés sacado de la correspondencia que recibía el escritor y al día siguiente se la entregó a la expectante niña. Durante varias semanas, Kafka, escribió unas cartas maravillosas procedentes de todos los lugares pues la muñeca era muy viajera, le explicaba él, y la niña encandilada miraba los sellos de correos de Europa, América, África, mientras imaginaba a su muñeca Brígida dando la vuelta al mundo.

    [/FONT] ––¿Y cómo acabó, porque la muñeca no apareció nunca, verdad? –preguntó la Sra. Belha preocupada por la felicidad de la niña.

    [FONT=&quot]… la niña recibió un paquete con una nueva muñeca. Era el consuelo máximo que Kafka le pudo conseguir. Elsi –así se llamaba la niña– no recuperó la muñeca perdida pero la nueva muñeca venía de parte de ella y el dulce propósito del “cartero de muñecas” con sus cariñosas cartas hicieron muy feliz a la niña.


    [/FONT] La Sra. Belha arrancó a aplaudir enternecida y con ella todos los compañeros que se congregaron en la habitación para escuchar el fabuloso relato. El Dr. Jungson presenció la escena desde el pasillo.


    ■ ……



    http://www.lachosse.blogspot.com
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    ––¿Pedro? –le saludó cordialmente– te invito a un café.

    ––Gracias, señor, quiero decir… doctor.

    Y salieron entre el gozo de los asistentes, agradecidos por oír de boca de un cuidador –que era como decir de uno de los suyos– una historia tan emotiva.




    ––Te estás haciendo famoso, chico –le dijo con una palmada en la espalda.

    ––Espero que no Dr. Jungson –respondió Pedrolo con modestia.

    ––¿El cuento es real? –preguntó a la espera de un sí que reafirmase su simpatía por los personajes protagonistas.

    ––Sí, por supuesto –dijo–. Todos los seguidores de Kafka buscaron durante años a la niña Elsi, sin conseguirlo. Revolvieron la ciudad de Berlín entera, casa por casa, publicitaron anuncios en la prensa de todo el mundo y no recibieron respuesta.

    ––Quizá haya sido mejor así –apuntó– a saber en qué se habría convertido la adulta Elsi.

    Pedrolo rió.
    ––Sí, a saber.

    ––El mensaje de sustitución de un ser querido por otro es muy acertado para la Sra. Belha –descifró a la perfección el astuto psiquiatra.

    Pedrolo asintió con sencillez.
    ––¿Me permite preguntarle si sabe por qué mataron a su hijo?

    ––Según la policía fue un error. Unos matones de… no sé dónde buscaban a un jugador de billar con pinta de inglés y fueron a por él. Aún no los han cogido, parece ser –le explicó con desagrado.

    Pedrolo miró receloso al doctor tras escuchar la versión policial. Después, suspiró. El Dr. Jungson creyó leer en su rostro un atisbo de preocupación más allá del puramente profesional.

    ––Olvida este asunto, no es tu trabajo –le ordenó.

    ––Sí, doctor Jungson –acató, Pedrolo, con obediencia.

    ––¿Hablaste ayer noche con la Sra. Belha? –le sondeó– estaba un tanto excitada y, sin embargo, ha pasado buena noche y esta mañana a desayunado a primera hora.

    ––Me despido de los enfermos antes de retirarse a dormir –dijo.

    ––Ya, ya, pero ¿puedo saber exactamente cómo te despediste de la Sra. Belha? ¿por favor? –preguntó con una precisión tal que hacía imposible evadir la respuesta.

    Pedrolo decidió mentir, no estaba dispuesto a desvelar la conversación con la Sra. Belha ni siquiera al psiquiatra jefe, sobretodo, después de haber comprobado el efecto beneficioso que la charla ocasionó en ella.

    ––Nada en particular, doctor Jungson. Le dije que la vida valía la pena y que…

    ––¡Vamos, Pedro! –interrumpió perdiendo la paciencia– conozco a los pacientes y las enfermedades. Eso de la vida se lo hemos dicho todos a lo largo de dos años un millar de veces.

    ––No sé a qué se refiere. Eso fue todo– Pedrolo se plantó dispuesto a no soltar prenda, el compromiso dado a la Sra. Belha le convenció de su acertada actitud.

    ––Está bien, está bien –se rindió el superior ante el toma y daca que se veía venir.

    Pedrolo jugaba con la cucharilla del café, era su manera de evitar los ojos de su jefe. Cuanto éste se rindió respiró aliviado y adoptó de nuevo su aire afable y enigmático.

    ––¿Ha visto el pequeño accidente del Dr. Pons esta mañana en el parking? –preguntó Pedrolo con desinterés.

    El Dr. Pons fue uno de los asistentes a la reunión de esa misma mañana, había estado con él casi dos horas y no le comentó nada de accidente alguno. Fue el que profirió el comentario indiscreto a la Dra. Ana Cárdenas sobre Pedrolo, precisamente, aunque el Dr. Jungson no estaba dispuesto a confesarle a Pedrolo la declaración de la doctora.

    ––¿Accidente? –preguntó curioso.

    ––Se ha llevado por delante la valla automática de entrada al parking –el Dr. Jungson escuchaba con atención a la espera de ver cómo acababa el percance.

    ––Bueno, habrá sido un pequeño despiste –dijo quitando importancia al suceso.

    ––El vigilante se encontró la valla golpeando sobre la parabrisas de su coche y él dentro.

    ––¡Claro que estaría dentro! –explotó– si era el conductor lo normal es que…

    ––Dormido –le interrumpió– como un tronco, doctor. Despertó cuando el vigilante abrió su puerta, después de golpear el cristal en numerosas ocasiones.


    El Dr. Jungson se levantó sin despedirse dirigiéndose al parking. El vigilante le confirmó lo sucedido con todo lujo de detalles: ruido del golpe contra la valla, el frenazo del vehículo, número de veces que la valla pegó sobre la luna, cantidad de toques sobre el cristal de la puerta para despertar al conductor, todo ello adornado con gestos grandilocuentes y sacando de órbita los ojos, como si se le hubiera aparecido el monstruo de las siete cabezas allí en el parking.

    ––Bien, bien –cortando al entusiasmado vigilante-- ¿cuál es el coche de Pedro Casanovas?

    ––¿Pedrolo? No tiene coche, viene en bicicleta –dijo escenificando con las manos el movimientos de los pedales–

    ––¿Y dónde la deja? –preguntó buscándola con la vista.

    ––Arriba, en el cuarto de secretaría.

    ––Si no viene al parking ¿cómo ha hablado usted con él? ¿Acaso le ha llamado para explicarle el incidente?

    ––No, señor. No se lo he explicado a nadie. El Dr. Pons me pidió que no lo dijera, al fin y al cabo, no ha habido daños materiales para el parking. Yo creí, Dr. Jungson, que usted lo sabía por el mismo Dr. Pons.





    Pedrolo iniciaba su descanso habitual para la comida. Decidió llamar al único amigo que podía prestarle el tipo de ayuda que necesitaba.

    ––¿Luchi? ¿Tú sabes jugar al billar? –le pidió directamente.

    ––¿Billar? Soy un puto crack.


    ■ ……




    http://www.lachosse.blogspot.com
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    ■■ Tengo una llamada perdida de la editorial. Eso significa malas noticias o muy buenas, no hay término medio. Si les ha gustado el comienzo, bien, si me vienen con cualquier excusa del tipo: «le vemos posibilidades pero no está en la línea de…» o bien «quizá si reescribieras el comienzo dándole más fuerza a…» entonces ya puedo buscarme otro editor. No me importa, desde la noche que empecé a escribir como si estuviera loco tomé una decisión: seguir con mi novela aunque no interese a Alba, a su editorial ni a dios bendito. La acabaré en contra de la opinión de los demás, tanto si es buena como si no. Aunque argumenten con buen criterio que lo mejor que puedo hacer es dedicarme a otra cosa, no me hundiré por ello.
    Ahora ya no. Nadie tiene ahora el poder de apartarme de mi propósito porque encuentren el vocabulario demasiado oral (si es así lo corregiré sobre la marcha) si lo que me falta es estilo lo adquiriré a fuerza de releerme a mí mismo. Si resulta un lenguaje muy de la calle, ya lo enriqueceré página a página, párrafo a párrafo. A fuerza de leer y leer, escribiré y corregiré.

    No pienso esperar a tener la preparación de Flaubert para empezar a escribir. Ni hablar. No tengo paciencia, necesito comunicarme con la misma inmediatez que escribo. Me da igual la valoración que hagan los profesionales del mundo editorial, yo voy a seguir escribiendo igualmente.


    Es Alba.
    ––¿Lachosse?

    ––Hola ¿qué tal?

    ––Oye ¿cuánto tiempo has tardado en escribir las cuarenta páginas? –preguntó muy directamente.

    ––Seis días –le dije.

    ––¡Seis días! ¿En serio? ¿No tenías nada escrito antes?

    ––No, nada ¿te ha gustado? –pregunté expectante.

    ––Sí.

    Se calló. Y me gustó su silencio. Sentí el efecto que había causado en ella.

    ––Y a mi jefe también. Lo he dado a leer a varios y ha gustado mucho –dijo.

    ––¿De verdad? –dije emocionado.

    ––Tienes los defectos típicos de los escritores noveles, pero tiene cura –dijo.

    ––¿Puedes pasarte mañana por la oficina? ¿A las diez? –preguntó.

    ––Allí estaré. Muchas gracias, oye, yo…
    Ya había colgado.



    ¡Bingo! O sea que no será necesario hacer trampas ni tomar atajos, no tendré que recurrir a copiar pedazos de novelas de otros escritores ni nada por el estilo. Sólo he de procurar mejorar lo que escribo. Lo mío. ¿Defectos de escritor novel? Claro, tengo un montón, los tengo todos. He notado que cuando las frases me salen muy cortas y demasiado expeditivas, si intento darle solución intercalando palabras y sinónimos nuevos, me quedan artificiosas y se nota el relleno. Quito lo que sobra, pero queda muy corto otra vez y no alcanzo a decir lo que quiero expresar. Me decido por una explicación más larga y entonces corro el peligro de ser aburrido y apartarme más de la cuenta del pensamiento original. ¡Escribir es una movida!

    Sin duda que la noticia era digna de saboreo pero el recuerdo de la tela que había de cortar de inmediato se impuso, quitándome la merecida satisfacción. «Ya lo celebraré más adelante. Lo primero va antes»


    Mensaje a El Chupao: 15 min en bar Medinaceli trae casco.

    Llamé a La Sevi.

    ––¡Sevi, guapa! ¿qué haces? –pregunté.

    ––Hola, niño ¿dónde te metes?

    ––¿Te va bien hacer un fundido hoy con una amiga? –pregunté– Trescientos para cada una. Es tranquilo. Media hora.

    ––Sí, sí, claro que sí. ¿A quién llevo? –dijo contenta ella por ganar en una hora lo que le costaba engañar a un guiri toda la noche, y a veces, ni eso.

    ––La italiana aquella… la escandalosa –dije.

    ––La Tina. Vale, la llamo –dijo.

    ––En treinta minutos en el bar de Medinaceli. Arregladitas y con tacones –le avisé.

    ––Tú tranquilo, nene.


    ■ ……


    http://www.lachosse.blogspot.com
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    [FONT=&quot]■■ [/FONT]El primero en llegar fue el Chupao, con su eterna cara de estar a la espera de algo «¿Qué?» «¿Qué pasa?» «¿Qué quieres?» «¿Qué haces?» éstas no pasarían de ser las preguntas típicas de un encuentro si no las formulara todas de corrillo. Nació en el Paralelo y tiene un sexto sentido para las movidas. Para las movidas y algo más porque al Chupao nadie le viene con chiquitas. Se comió dos años de trullo por una pinchadita. Un hermano del Chupao, el mayor, andaba metido en la fabricación de éxtasis a gran escala, desde hacía años, y un día montaron un trama contra él citándolo en un local de Pueblo Nuevo donde había escondido un pequeño alijo de diez mil pastillas (con huellas incluidas) suficiente para llevárselo palante unos cuantos años.

    Mientras el estratega de la trampa disfrutaba de una semana de relax en la Costa Brava, y el hermano del Chupao cumplía condena en La Modelo, de donde nunca saldría, El Chupado montó un tinglado para acabar con él. En el bar del hotel donde se hospedaba el hijoputa se organizaría una tangana con el propósito de atraer la atención con la pelea y, a la vez, provocar la salida del bar del hotel, de él y su chica, luego los meterían en el coche y los hundirían en una cala cercana. Pero en cuanto empezó la bronca se presentó la policía al momento y no hubo tiempo para nada. El Chupao no estaba por la labor de dejarlo ir así, sin más. No se quitaba de la cabeza la escena de esa mañana en la playa, el chotas acariciando la cabellera de la novia sobre la arena mientras su hermano se paseaba por el patio del talego, injustamente. Todos lo vieron. Fueron testigos directos los concurrentes del pequeño bar del hotel, junto al hall de entrada. Empleados, clientes, gente de la calle y la misma policía presente. Nadie se perdió un solo detalle, desde luego, no faltaron testimonios el día del juicio. Se abalanzó sobre el pavo y le metió la hoja por todo el cuello; apretó lo que pudo hasta que varios agentes lograron separarlo, cuando lo consiguieron, el pavaroti (lo bautizó él mismo después del chivatazo) se buscaba la navaja por el pescuezo, sabía que andaba por allí clavada pero el desconcierto y la sangre le impedían encontrarla. Se llevó una buena.

    Varias transfusiones de sangre de buena gente hicieron falta para salvar a aquel hijo de mala madre de una muerte segura. La que no pudo evitar Jope (así se llamaba el hermano) exactamente el mismo día. Lo envenenaron con estricnina poco antes de que el Chupao le diera lo suyo al pavaroti. Ingresó en prisión un día después de la muerte de Jope.

    La policía sabía del movimiento de armas de pequeño calibre (era lo suyo) que el Chupao se traía entre manos, y lo sabían por el cante de muchos detenidos (que cantan por soleares toditos, todos) aunque nunca consiguieron apresarle con nada ni llegaron a tener pruebas concluyentes.

    Un atenuante decisivo fue llevar encima un arma de fuego y no utilizarla. El mismo Chupao me ha hablado muchas veces acerca del placer de meterle al chungo, si es merecedor, con el baldeo y no con la pistola. Es más personal, dice.

    La situación familiar, el asesinato de su hermano y un buen abogado (al que yo contribuí pagando una buena parte), fueron suficientes para que el Chupao no envejeciera en prisión. Pasó dos años pensando (los presos no hacen otra cosa) en la trampa que el pavaroti urdió contra su hermano. Dos años maquinando movidas para acabar con él. Se especializó en estafas, amenazas, emboscadas, chantajes, coartadas, montajes de pruebas. Todo en teoría, claro. La práctica la empezó a su salida de la cárcel, demostrando a los choricillos de poca monta que pensar los palos con antelación es fundamental para el buen éxito de la empresa.

    —Luchi ¿dónde te metes, tronco?
    —Estoy escribiendo una novela, tío –dije esperándome la risotada– encerrado en casa como un loco.
    —¿Cómo escribiendo? –ya veía venir el cachondeo, mejor habría sido decir otra cosa.
    —Poner una letra detrás de otra, joder.
    —¿Tú sabes hacer eso? –lo preguntaba alucinado, como si fuera tan raro escribir.
    —Te explico la movida. Venga.

    Mientras le soltaba el plan que había pensado, él iba diciendo «vale» «bueno» «espera». Me propuso los cambios y me parecieron bien. ¡Cómo no! Qué facilidad para la improvisación sobre la marcha tiene el tío.


    —Bien, tenemos al Spielberg con el equipo –dijo con un chasquido de dedos.
    —Sí, llegará ahora.
    —Las chicas –pensaba en voz alta– Tú, yo y… falta.
    —No falta nadie, estamos los seis – dije con seguridad.
    —Falta… –pensaba con la vista perdida en el espacio.
    —Falta una polla como señuelo, por si acaso.
    —¿Una polla de señuelo? –pregunté– ¿qué coño dices?
    —Sí, sí. Una buena polla negra y enorme. ¡Verás, Luchi, qué fiesta vamos a montar! –disfrutaba como niño con un helado gigante.

    Tomó el teléfono.
    —¿Cafetito? ¿dónde estás?
    —Hostia puta, el Cafetito. El que faltaba para el bautizo –dije llevándome las manos a la cabeza.
    —Ahora viene. Vale ya está todo –pensé qué bien se lo pasaba el cabrón con estas movidas.
    —Oye, espera. ¿El Cafetito qué pinta? –pregunté.
    —El Cafetito es un agravante de primera línea, no te preocupes– decía tan pancho él.

    Mientras pensaba yo en lo del agravante entraron las chicas, arregladas para ir de fiesta.

    —¡Haaalaaa! ¡vaya nivelazo! –el bar entero se quedó mudo para verlas bien. Cuando las tías dicen de arreglarse para entrar a matar ¡cuidadito! eh?

    Afuera se oyó el claxon de la furgoneta del Spielberg, que venía con su ayudante. Llegó también el Cafetito. Ocupamos el interior del bar, reservado para nosotros previo pago de precio especial. La dueña encantada de la vida. La música dentro a gran volumen.

    Tomó la palabra El Chupao
    —Bien, estamos los siete. Buen número. Escuchad con las orejas.


    En primer lugar explicó el plan describiendo en líneas generales lo que iba a ser el asunto y los personajes. Luego pasó al plano individual describiendo el papel que cada uno debería hacer exactamente. Gestos, palabras, miradas, risas, escotes, lavabos. Todo con detalle y sus posibles variantes en función de la actitud y respuesta de los mirlos.

    —Spielberg ¿ya lo has hecho más de una vez? preguntó.
    —Sí, y más complicado. Tranquilo, sin problemas –dijo con seguridad profesional.
    —¿Chicas? ¿Queda claro?
    —Yo no lo hecho nunca –dijo la italiana con la inútil expresión de no haber roto un plato en su vida.
    —¡Venga ya! –soltó la Sevi, provocando la risa de todos mientras la escandalosa Tina se chupaba el dedo índice y ponía cara de boba, descubriendo las bragas con la otra mano.
    —Vale, vale. ¿Cafetito?
    —Perfecto para mí.

    Siguió el Chupao.
    —Yo iré en la moto con Luchi. En la furgoneta iréis los demás. Bajad de ella en el orden previsto. Entrad y sentaos de acuerdo a la instrucciones. Si algo sale mal no nos llamamos por el móvil ¿de acuerdo? –puntualizó con énfasis– quedamos en el Margarita Blue y no hacemos llamadas a nadie hasta que lleguemos los siete. ¿ok? Lleváis dinero para taxis. Bien. En marcha.

    ■ ……


    http://www.lachosse.blogspot.com
  • julianidrobojulianidrobo Anónimo s.XI
    editado octubre 2010
    ¡Vaya loca historia! Al parecer la respuesta fue dada por ti. Qué historia más cotidiana. Qué vida más tuya. Que alma más hallada. Creo que por ahora lo que necesitas es resistir la exasperación, mirar el camino trazado y sobretodo ver que lo que buscas ya es. Que la montaña que quieres inventar ya tiene tu nombre. Que tu premio al título soñado no es más que un título que el cotidiano movimiento de tus manos y cerebro ha creado. Sigue como sigue el barco sobre la tierra firme, vuela como vuela el tiburón sobre las nubes. Porque el que sueña y escribe lo que sueña es artista. Pero es que escribe y no sueña es simplemente un hombre vacío.

    Posdata: El camino es uno sólo. Pero sus opciones son infinitas.
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    [FONT=&quot]■■ [/FONT]Tomamos la ronda del litoral en dirección a Hospitalet y nos dirigimos a la Carretera del Medio, zona industrial plagada de naves que albergan empresas de todo tipo. Se hace extraño en este país de Caña con Calamares y escaparates, contemplar zonas donde el personal acude exclusivamente a trabajar. No hay ninguna diversión para la vista. Empresa de transportes, empresa de caucho, empresa de gráficas. Por lo apañado de la nave se puede adivinar la prosperidad de la compañía. Empresa de parquet, empresa de plásticos, empresa de suministros. A unas las rodea el parking interno, tras la verja, con el jardincito bien arreglado y las oficinas en las plantas de arriba que es adonde van los que no han pecado. Los mercedes y bmw aparcan cerca de la puerta principal (la limpia) y los seat y citroen lo hacen junto a la entrada del taller. Empresa de seguridad, empresa de limpieza, empresa de chapado. En contraste están las naves de una sola planta baja con sus uralitas rotas color pipí tan propio de los tejados abandonados y el olor a tuercas.

    El sector está exento de viviendas y cuando las empresas echan el cierre el barrio ofrece un panorama fantasmal pues nadie transita por allí y, quien lo haga, seguramente pasará por sospechoso.

    Junto a la gasolinera está el restaurante al que nos dirigimos; habilitado a última hora de la tarde en concurrida barra de copas para que empleados y directivos de alrededor puedan hacer la última antes de ir a casa sin tener que parar a mitad de camino. Conozco bien el sitio, lo he examinado estas últimas semanas, tiene una única entrada y, por tanto, una única salida. En los lavabos de hombres (y de mujeres) hay una ventanilla que, en caso de urgencia, se podría romper y salir al patio trasero por donde escapar si la cosa se pone difícil. No es el caso porque a los pringaos que venimos a saludar no hacen ni fuego con el mechero, pero nunca está de más saber que hay una ventana y un patio. Las ventanas en las primeras plantas son importantísimas para salvar culos. Los del equipo lo saben como yo.

    Los primeros en llegar somos el Chupao y yo. En diez minutos lo hará la furgoneta, que previamente ha dejado a las chicas y al Cafetito en el paseo de la Zona Franca, desde donde tomarán un taxi que los traerá al restaurante. Encontramos un aparcamiento para la furgo en la esquina frente al local, es discreto, sin farola de luz encima y junto a una verja. Perfecto. Entramos al bar, el Chupao revisa las mesas y me hace un gesto con la cabeza para que ocupe una de ellas. Él va a la barra.

    —¿Qué tomas? –me pregunta.
    —Glen Grant con vichy catalán. Me siento en la mesa y caigo en la cuenta del cosquilleo en el estómago junto a un ligero nerviosismo que siento de hace rato. Pienso en los motivos que me han llevado a montar toda esta movida y el cosquilleo es sustituido por un leve ataque de ira que me trae la nostalgia de una época donde este asunto se habría solucionado a la brava, como se merecía. Hoy nos hemos digitalizado.

    Oímos el claxon de la furgo. El Chupao simula recibir una llamada y sale a la calle fingiendo hablar por el móvil; pone los ojos en el sitio donde ha de aparcar el Spielberg, que lo entiende a la primera sin necesidad de hablar con él. Mete el culo de la furgoneta contra la fachada de la nave, dejando el espacio mínimo para abrir las puertas traseras.Entra el Spielberg y su ayudante y toman asiento en una de las mesas cercana a la barra.

    —Hay cámara de vigilancia en la esquina, junto a la televisión –dice el Chupao.
    —Y en cada nave de la calle –le digo–
    —Tiene que salir bien, sin violencia, sino, estamos localizados –dice– y si la familia tiene pasta para investigar, chungo.
    —Conozco bien a las chicas –le dije.
    —Lo digo por ti, Luchi. –dice– Tú estás limpio pero yo no, o sea que, tranquilidad.


    Oímos el ruido de puertas de coche que se abren y se cierran, unos gritos seguidos de risas. No se adivinaba lo que decían pero traían jolgorio. Se abre la puerta del restaurante y entra Tina, la italiana, con el Cafetito.

    —¡Peazo de maricón! –dice él con ademanes de maricona hasta la exageración– ¡Será maricón el taxista!

    Tina no paraba de reír, lo tomaba del brazo para sostenerse en pie del ataque de risa que llevabaencima (qué bien lo hacen, pensé) bajando la cabeza a la altura de las rodillas y tapándose los labios como avergonzadapor la nota que estaban dando. Se enteró el restaurante entero, claro. De eso se trataba.

    —¡Camarero! –Cafetito metido en su papel totalmente–
    —¡Siuuusiuuu! –silbaba fingiendo que no le salía el sonido.
    —¡Un Larios con cocacola! ¡Coño! –el camarero se divertía con la alegría inusitada que traían los nuevos clientes.


    Entran los pringaos a la hora prevista.
    Trajeados y encorbatados hasta el gaznate. Se percatan de que la italiana va acompañada de un gay y deciden quedarse allí mismo al lado de ellos. Bien. Piden las copas y fuman. Miro a uno de ellos, al que conozco bien. Ya lo he seguido tres veces. Cambia de traje cada día, debe tener un buen fondo de armario el niño de papá. No es más que eso: hijo de empresario, de los que se petará rápidamente (ya lo hace) la fortuna de papi si alguien no pone remedio. Sus salidas nocturnas día-sí-día-no (el día que no sale es porque se lo impide el homenaje del día anterior) lo llevan a encontrarse en un perpetuo estado de mal humor. La mañana que consigue levantarse a las doce llega a las oficinas de papá a la una con el tiempo justo para demostrar lo borde que puede llegar a ser un tonto del haba dejado de la mano de dios y de sus papás, que ocuparon demasiado tiempo en la economía de la empresa y escaso tiempo en el niño. «Rosa qué provocadora vas hoy» dice mirándole los pechos (a ellas sólo les mira: la boca, los pechos, el culo o las piernas) nunca se dirige a ellas hablándoles a los ojos. Además, lo hace con la sonrisita típica del gilipollas de la clase. Clase que no fue la mía porque de haber sido ya le habrían cambiado la jeta entre todos. «Huy, huy, la Maribel cómo vieneeee» canta el muy imbécil. El padre es el primer avergonzado que arrojó la toalla con el nene hace tiempo y está convencido que mientras le tenga cerca vivirá más años, aún a costa de pasar una mala hora cada dos días. «Es el precio a pagar por los hijos» piensa papá. Cuando decide volver a la empresa después de la comida –todo ciego y dispuesto a la guerra con las féminas– alcanza el mayor grado de bochorno soportable por cualquiera. Cierto día se propasó más allá del límite con una de ellas. La atacó saliendo del lavabo de señoras metiéndole mano por todas partes y sacándole la lengua «vamos dentro un ratito» le decía. La chica gritó lo que pudo y sus compañeras (que estaban al loro pues ya sabían de qué iba el percal) acudieron en su ayuda. Subió el encargado y tras lo visto se fue directamente a hablar con su padre, quien, sonrojado el pobre hombre, lo puso de patitas en la calle. Volvió a otro día y la tomó con la chica en cuestión. Se hizo con su teléfono móvil y la llama a todas horas, por la noche, los fines de semana. Le dice guarradas, le dice que dónde va a ir si la echan de su empresa «porque es mi empresa ¿sabes? zorrita»

    —¡Luchi! No lo mires tan fijamente, coño –me dice el Chupao.
    —Es la emoción –le digo.

    ■ ……


    http://www.lachosse.blogspot.com
  • LachosseLachosse Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    [FONT=&quot]■■ [/FONT]La italiana, impresionante morenaza de metro ochenta con una boca imposible de no mirar, escote hasta la mitad de los pechos y la generosidad de inclinarse hacia adelante cada dos por tres para mostrarles el encaje de sus sujetadores negros, ha conseguido provocar al par de primos más allá de lo prudente.

    —¿Qué hacen estos dos aquí en el polígono? –pregunta el acompañante al niño malcriado.

    El Spielberg oye lo que ha dicho, gira la silla y nos hace el gesto. El Chupao le muestra la palma de la mano en señal de serenidad.

    —Esperar a alguien, supongo –le responde el pringao número uno al pringao número dos, sin perder de vista a Tina, y con la baba a punto de mojarle el nudo de la corbata.

    Se abre la puerta y entra la Sevi. La chaqueta hasta la rodilla cubre el osado vestido de su interior y pasa perfectamente por una moderna y elegante empleada de rango superior. Que la Sevi en eso de aparentar se queda sola. La seguridad que rezuma convence al más pintao de lo que haga falta. Que la calle y la noche enseñan mucho, sobre todo, si una no se deja llevar enteramente por el vicio. La Sevi se ha preocupado de su cuerpo y de ganar dinero. Siempre dice «la noche es la perfecta maestra para engañarlos a todos de día» Cómo lo sabe.

    El Cafetito la saluda con acompañamiento de orquesta
    —¡Encarna, Encarna! –la bautiza para el momento.

    —¡Francesca! qué elegante! –le devuelve la Sevi.
    —Hoy voy preparada para lo que sea –le dice Tina a la Sevi, insinuándose aún más al niño de papá.

    El pringado número dos ve el cielo abierto ante la posibilidad de ser cuatro –al gay no lo cuenta– en la improvisada fiesta.

    —Vamos al lavabo –ambas se cogen del brazo e inician la tradicional pasarela femenina camino del reservado.

    Los amigos se miran sorprendidos «aquí hay rollo, tío» se dice el uno al otro. «No sé, no sé ¿y el negrito maricón? ¿qué hacemos con él?» Se reían del Cafetito, disponiendo de él a su antojo.

    —¿Lo echamos o qué? –chuleaba uno mirando al morenito con la euforia de sentirse superior por creer estar ligándose a una pibaza.
    —¡Bujarrón! ¡Ábrete, anda! –le gritaban al Cafetito.

    El Cafetito os oía y no paraba de mirarles, sonriente, se fingía atraído por ellos, feliz en la situación y moviéndose al ritmo de la musiquilla que se escuchaba, muy levemente, pero suficiente para coger el ritmo que le ayudaba con su papel.

    En ese instante el colega del Spielberg se levanta de la mesa para ir al baño. Al pasar ante los amigos, éstos, subidos de tono por el entusiasmo de la espera a las chicas, le jalean:

    —Ehhh! ¿este dónde va? ehhhh! –dice uno.
    —Cuidado con mis chatis, eh? –dice el otro.

    Vuelve el ayudante y toma asiento. Un nuevo gesto del Spielberg nos confirma que las chicas ya tienen las llaves de la furgoneta.

    Vienen ellas tocándose las narices y con semblante un poco más serio. Tragaron saliva repetidas veces y los trajeados hicieron algún comentario al respecto. La Sevi le pide tabaco al pringao número dos y a éste le falta tiempo para tirar la cajetilla al suelo. Ya han hecho las parejas. Quedan dispuestos junto a la barra, la italiana y el niñato, y más alejados de la barra, en el estrecho pasillo que hay entre la barra y las mesas, la pareja formada por la Sevi y el compi del niñato.

    —¿Cómo os llamáis?
    —Yo, Francesca –dice abalanzándose sobre él, lo toma por la cintura y le besa las mejillas muy cerca de la boca. Vuelve a esnifar por la nariz haciéndole ver claramente el motivo de tanta inspiración. Tarda más de lo normal en soltarle sus caderas, maniobra que el gilipollas agradece eternamente.

    —Un momento, voy a hacer una llamada –dice el niñato sacando el móvil del bolsillo y dirigiéndose a la salida.

    Le digo al Chupao.
    —¿Dónde va?
    —A pillar coca.
    —¡Hostia puta! –digo– ahora hay que esperar a que pille coca, joder.
    —Ya lo sabíamos, Luchi. Estate tranquilo o te coges un taxi y te vas de aquí –me dijo amenazante.
    —Vale.

    Entra después de la llamada y siguen su charla. Acaban de hacer las presentaciones, Cafetito incluido, seguidas de las ¿qué hacéis aquí? pues he venido a una empresa y esta es mi amiga Encarna y mi amigo Daniel, que me han venido a esperar para irnos a una fiesta. Pero empieza a las diez y ahora son las… ¡las siete y media! qué temprano. ¿Y dónde es la fiesta? pues en Cornellá, en casa de unos amigos. ¿Y tú a qué te dedicas? Yo soy empresario ¿empresario? ¡anda! qué bien. Y este es mi amigo Félix, va conmigo a todos lados.

    —¿A todos, todos? –pregunta el Cafetito arqueando las cejas.
    —Eh, tranquilo que nosotros no somos maricones –dice el tonto del haba para informar a las chicas que no hay problema, que él sirve para eso de follar con mujeres. Le llaman por el teléfono: —bien, salgo, estoy en el bar –dice. Han tardado poco en venir, eso quiere decir que compra la coca en la zona franca y que lo conocen bien porque se la traen en moto. Sale y entra el instante. Sin disimular lo más mínimo guiña el ojo al colega y ambos se van apresurados a los lavabos. Muy caballeros.

    Las chicas nos miran. El Chupao les dice «bien» y mueve la mano imitando el movimiento al encender un coche y, seguidamente, señala al morenito. Ok, las llaves de la furgo pasan de la Sevi al Cafetito.

    Los pavos vuelven excitadísimos, me imagino el clenchote que se habrán metido ante las expectativas femeninas. Al llegar a la barra preguntan:

    —¿Queréis una rayita? ¿pequeñita? –pequeñita es lo que suelen decir los hombres cuando pretenden llevarse a una mujer a los lavabos, no sea que las asusten si dicen «un rayote».
    —Pero ¿no vamos a entrar en los lavabos todos? –dice la Sevi– nosotras hemos entrado ya. Y vosotros ahora.
    —¿Por qué no vais a la furgoneta? –propone el Cafetito– Pero solo cinco minutos, eh?

    A los pavos se les ponen los ojos como sandías.

    —¿Y vamos a salir todos y luego volvemos a entrar? Menudo cante –dice la Sevi.
    —¿Pagamos esto antes? –suelta la italiana.
    —Ya pago yo –dice el acompañante.

    El Cafetito le da las llaves a la Sevi —cuidado con los que hacéis— les dice a los chicos, animándolos aún más.



    La italiana propone ir a la parte de atrás ¿Atrás? –pregunta la Sevi, haciéndose la estrecha.
    —Chica, que no pasa nada –la tranquilizan los encorbatados.

    Pasan a la parte trasera. La Sevi enciende una tenue lucecita que hay en una de las esquinas del habitáculo —qué calor— dice, se quita con lentitud la chaqueta y descubre el vestido que había escondido hasta entonces. Se deja contemplar por el par de abobados que no pueden evitar los magníficos pechos, las contorneadas piernas y la figura perfecta. La italiana se acuclilla para desplegar una mesita instalada en la pared y, aprovechando la postura tomada, abre las piernas mostrándole las bragas al empresario. —¿Te la haces aquí? Él obedece llevado por la morbosa situación de encontrarse en un espacio de nueve metros cuadrados con dos mujeres de bandera y farlopa. «Esto es el paraíso» se decía a sí mismo.

    ■ ……


    [email protected]

    http://www.lachosse.blogspot.com
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com