CAPÍTULO XI
La tarde mutaba a noche y la penumbra se extendía sobre los prados. Solo un foco acometía, de manera fugaz, en una cruzada luminosa; importunando las sombras; incomodando al ocaso.
Su luz era vanguardia de otras menores, que, como una cadena incandescente, iban prendidas a él, siguiendo su curso.
Dentro de uno de los brillantes eslabones, una acalorada discusión se estaba desarrollando; hacía ya, varios minutos.
Eran Ana y Caw, en uno de los compartimientos. La primera, enardecida, increpaba con porfía. El segundo, de manera un poco más calma y paciente, procuraba el convencimiento de su oponente a las razones por él expuestas.
- ¡Pero, Jonathan! ¡¿De qué lado estás?! – peguntó ella de forma enérgica.
- De ninguno, Ana – respondió él, sin sobresaltos – Sólo quiero que recapacites. Lucy sigue siendo la misma de siempre. Yo sé lo que te digo. Créeme.
- ¡Ah! ¡Ya caigo! – y señalándolo, sonriente, le observó – ¡Estás saliendo con ella!
- ¡No! ¡Por dios! – exclamó.
- ¡¿Entonces, cómo lo sabes?!
- Es que hablé con ella en estos últimos tiempos. Está muy entristecida porque la has distanciado u…
- ¡Que yo la he distanciado! – interrumpió Ana con ironía - ¡Vamos, Jonathan! ¡Si hasta tú mismo la has visto coqueteando públicamente! – y negando con la cabeza, le marcó - ¡A mi no me pareció verla muy apesadumbrada! ¡Al contrario! ¡Parece estar muy contenta sin mi compañía!
- Que ría en público, no implica que sea feliz.
- ¡Jonathan! ¡No la sigas defendiendo! – le gritó - ¡Te estas quedando sin argumentos! ¡James también insiste en que hable con ella! ¡¡Pero no comprende!! ¡Ha estado ausente largo tiempo y aún no termina de ver la realidad aquí!
- Mira que eres testaruda. ¡¿Echarás fuera toda una vida de amistad?! – preguntó incriminándole.
- ¡Las pruebas están a la vista! ¡Hasta su tía duda de ella! – contestó rápidamente.
-¡Es una anciana incomprensiva! – replicó - ¡No puedes aferrarte a su testimonio!.
- ¡¡Basta, Jonathan!! – le ordenó, enfadada – ¡¡O terminaré peleada contigo!! ¡Y no quiero que eso suceda!
- Yo tampoco, Ana – y se disculpó – Lo siento. No debí exaltarme de ese modo.
- Está bien. Es comprensible. Se que Lucy ha sido nuestra amiga desde siempre y entiendo tu ímpetu por defenderla. Pero no me harás cambiar de parecer. Desiste en tu empeño.
Coincidiendo con el aplacar de los ánimos, un guarda del ferrocarril les anunció desde el pasillo:
- En pocos minutos llegaremos a la estación de Luton.
Caw, levantándose de su asiento, comenzó a aprontarse sin mayor apuro. Se puso el abrigo, cuidando de que no le quedaran pliegues, calzó los guantes en sus finas manos, y por último, sacándose el sombrero, le dijo a Ana:
- Espero, no me guardes rencor por esta desavenencia.
- De ninguna manera. Fue solo una discusión. Ya pasó – le contestó.
- Nos veremos el mes entrante.
- Así es. ¿Tú regresas enseguida?
- Sí. Pienso volver a Londres esta misma madrugada.
- ¡Te encomiendo, resguardes a James del acoso de las londinenses! Su tez bronceada está acaparando las miradas de las “inocentes niñas” – ironizó, riendo.
Caw la acompañó con una carcajada, que cortó después y le comentó:
- Haré lo posible – y levantando las manos, agregó chistoso – ¡Pero no te prometo nada!
La mole negra se detuvo en Luton. Tomó un descanso. Caw y otros pasajeros descendieron de él.
El vapor sobrante de su caldera, sumado a la niebla reinante, entorpecía la visual de los transeúntes. Solo el brillo de las ruedas relucía en la oscuridad, pues el resto de sus figuras se camuflaban con la noche.
Sin alcanzar el sosiego, emitió un quejoso silbido y, refunfuñando, paulatinamente fue retomando el ritmo de antes, para continuar el camino a la norteña ciudad de Manchester.
En el camarote, Ana con las manos en la cara, sollozaba. La fuerte charla con Caw le había afectado en lo más hondo. Se daba cuenta de lo mucho que aun quería a Lucy y eso le causaba una terrible angustia. Comenzaba a estar indecisa. Tal vez Caw y James estaban en lo cierto, y ella había magnificado los eventos, segándole la razón. Tal vez debía replantearse las cosas dentro de sí. Tal vez tenía que ceder y hablar con Lucy.
Su madre, en eso, entró en el recinto y la vio.
- ¿Qué ocurre, hija? – le preguntó.
Ana retiro sus manos del rostro. Simuló estar dolorida, sin lograrlo, y buscando evadir, contestó:
- No. Nada, mamá. Tengo una jaqueca terrible.
- ¿Una jaqueca que se llama James? – insinuó la madre.
La joven rió lánguidamente y no realizó ningún comentario.
Comentarios
Echo de menos la rosa que James entregó a Ana. Porque al final parece que los hechos no tienen profundidad, que son más que nada algo que ocurre sí, pero no acaban de significar algo. Una excusa para la marcha imparable de las líneas, una línea tras otra, que avanza inexorable como la locomotora. A pesar de que uno se siente cómodo leyendo, la rosa debería tener más importancia, como si gritara desde algún lugar reclamando ser más que una simple línea.
Solo te contestaré que, con respecto a la rosa, talvez tengas razón (yo no lo descartaría), o talvez debas esperar.
De cualquier forma, gracias por comentarlo y te mando un saludo.