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El Violin De Romanko

yacaréyacaré Pedro Abad s.XII
editado septiembre 2010 en Narrativa
Allá por la década del 50, en el solar trasero de mi casa materna, conocida en el barrio como “la casa de los eucaliptos” por un par de estos majestuosos árboles que se erguían dominantes, existía un conventillo de piezas para alquiler.

En el último de estos cuartos vivía un hombre solo, un ruso regordete de barba color zanahoria, un trabajador laborioso y muy buena persona al que todos los vecinos llamaban don Romanko.

Era fontanero y se dedicaba a la reparación de canaletas de latón para los desagües pluviales que colgaban de los techos de las casas; también hacía soldaduras de hojalata.

Andaría casi por los cuarenta años más o menos, y no tenía parientes en Argentina, según así él lo decía. Me llamaba Pepito, elemental diminutivo de mi nombre de pila; apenas me veía salir por la puerta de atrás de mi casa, ya me gritaba: Qué tal Pepito, como anduvo escuela?

Sufrido y de pocas palabras, como tantos inmigrantes del Este de Europa había llegado a estas tierras corrido por el hambre y las calamidades de las guerras.

Muchas veces se ponía triste y en esos momentos era cuando más hablaba. Hoy, todavía me parece verlo con su cigarrillo de tabaco negro, reclinar la cabeza hacia atrás y mientras las caladas intermitentes titilaban como luciérnagas que se iban desvaneciendo en las primeras sombras del atardecer, brillaba en sus ojos una luz que a mí se me antojaba intensa, y entonces me hablaba de sus padres, de sus hermanos, de los que no tenía ninguna noticia. Se preguntaba una y otra vez si estaban vivos o muertos. Hablaba con angustia de los suyos, de los que habían quedado allá en “la Rusia”, y repetía constantemente con amargura:“vaya uno saber que pasó con familia durante guerra”.

Cuando regresaba a su cuarto, se ponía a freír en una sartén de hierro en la que echaba unas gotas de aceite, semillas de girasol, las que una vez cocidas dejaba enfriar para luego descascararlas con la habilidad de un periquito y comerlas con no menos satisfacción, acompañándolas con una copita de vodka barata.
Siempre me invitaba… “come Pepito, come girasol, es bueno”, decía, y de tanto en tanto yo aceptaba un puñadito.Y así pasaban los días felices de mi infancia junto a aquel ruso grandote, amigo y casi otro padre para mí.

Pero el verdadero apego que yo tenía por “don Romanko” estaba plasmado por la fascinación que me producía su extraño e increíble violín. Lo había fabricado totalmente de latón. Las clavijas, imposibles de ajustar, no eran más ni menos que unos tornillos comunes remachados a la caja, y las cuerdas estaban hechas con alambres muy finos salvo una de ellas de bastante más grosor y algo más corta.

Naturalmente que tocaba su violín y siempre la misma melodía. Era del tipo de esas danzas rusas en las que los hombres bailan agachados en una sola pierna a un ritmo ligero y muy pegadizo, sólo que “don Romanko” la tocaba muy lenta, con una cadencia casi hipnótica en su discurrir interminable.

Tocaba y tocaba sin descanso cuando llegaba de su trabajo, pero nunca hasta tarde, no más allá de las diez de la noche, porque, me decía en su pobre castellano: “Ahora no hace más ruido, gente tiene que dormir, gente mañana tiene que ir trabajo, usted también tiene que ir escuela así no se viene bruto como Romanko”, y durante años, aquella melodía sonaba y sonaba allá en el conventillo trasero de la casa de los eucaliptos, siempre hasta las diez de la noche, “hora que gente va a dormir”

Un día se fue. Lo habían contratado en un pueblo del centro de la provincia como soldador en una metalúrgica, y ya no le volví a ver, ni tuve más noticias de él.

Año 1999. Víctima de una larga enfermedad, falleció un vecino cuya propiedad se encuentra frente a la mía. Sus hijos, bastantes esquivos para el trabajo, decidieron alquilar la casa familiar, además de otras habitaciones contiguas que el extinto padre tenía como depósito de elementos de albañilería.

Allá por el mes de noviembre de ese año, una noche de caluroso verano, llegó hasta mi dormitorio, al parecer desde el otro lado de la calle, la melodía de un violín que sonaba muy hermosa. En un principio no le presté mucha atención, pero como la misma seguía y seguía con la misma consonancia, un llamado de alerta agudizó mi memoria. Algo muy lejano, que venía de los tiempos de mi niñez me regresó tiempo atrás, muy atrás, a la casa de los altos eucaliptos.
Al día siguiente hablé con la inquilina de la vivienda familiar. Aunque no existía un trato mayor a los saludos diarios, le pregunté si en la tarde pasada había escuchado la música de un violín. Me contestó: “Sí, la toca ese alemán - dijo alemán con total naturalidad- un hombre viejo que alquila una de las piezas de atrás, y añadió, llegó hace poco, por allí atrás debe andar, recién lo vi.”

Solicité permiso e ingresé por el portalón de chapa que daba acceso a los fondos de la propiedad.
En una silla de madera, con la barba y los cabellos totalmente blancos, los ojos algo hundidos, mucho más delgado pero inconfundible pese a los años, estaba “don Romanko”.
Me quedé como una estatua frente a ese hombre. Él me miraba pero no me reconocía aunque me pareció advertir que hacía un esfuerzo buceando en su memoria, buscando un recuerdo, un detalle, más no dijo nada, ni una palabra, se mantuvo en silencio.
Le hablé. Le dije:”don Romanko”, soy Pepe... usted me decía Pepito cuando yo era un chico... ¿No se acuerda de mí? La casa de los eucaliptos, las semillas fritas de girasol por las tardes....

Se puso serio, me miró muy fijamente y luego, lentamente se levantó de su silla y me abrazó mientras murmuraba en ese castellano que no había logrado conciliar con su idioma natal..

” Pepito….cuantos años . ... casa de eucalipto”…

Y mientras eso decía, aquel ruso grandote que ahora andaría por los ochenta y tantos años, aquel hombre que un día, como muchos, dejó su patria lejana y llegó a buscar un mejor destino a estas tierras, comenzó a lagrimear.

Luego me contó que anduvo de un lugar a otro haciendo changas después que cerró la fábrica metalúrgica hacia donde había marchado casi medio siglo atrás, y que aún seguía trabajando para comer, soldando rejas y alguna otra cosa, “lo que venga, porque mí, no tiene jubilación, patrón no hizo aportes que descontaba a mí de sueldo, eso porquería estafó, yo trabaja hasta morir, después que muere no trabaja más “. Dentro de mi garganta se formó y creció algo que iba subiendo hacia los ojos como una riada de agua que de pronto se atomizó convertida en un goteo de lágrimas salobres. Desvié la mirada para sobreponerme a esos segundos de conmoción en silencio, y fue la voz de “don Romanko” la que me volvió a la realidad.

Me dijo, “está hecho hombre ahora”.
Pese a la agitación, sonreí, y le dije:
Y...el tiempo pasa, ¿no?
Se alisó la barba con las dos manos;“sí”, murmuró, y luego hizo una pregunta:
¿Como encontró usted a mí?
Le expliqué lo de mi casa, la música, la hora, y al fin largó una risotada de aquellas que mi niñez aún tenía presente.

Pasamos a la pieza y me mostró el violín. Estaba como siempre, al menos como yo lo recordaba. ¡Nada! Ni el arco, ni las cuerdas, ni la caja, nada habían sucumbido al tiempo. Sólo nosotros, “don Romanko” y yo, éramos consecuentes con los designios de la naturaleza y envejecíamos.

Desde entonces con las primeras sombras, desde mi casa escuchaba la dulce y única melodía que el viejo ruso sacaba de su violín como un duende que sale de sus ignotos refugios por las noches para llenarlas de magia y de música, eso si, hasta las diez nomás, “porque gente tiene que dormir para ir trabajo mañana”.

Y eso duró un año, casi exactamente un año.

El penúltimo día del año 2000, el inquilino de la pieza de al lado lo encontró muerto. Su cuerpo ya no quizo seguir la marcha en esta tierra. Agobiado de tanto trabajar día a día como un animal de carga buscando conseguir algunos pesos para no morirse de hambre, su cansado corazón se había detenido.

El municipio aportó el mísero féretro para indigentes. Lo velamos afuera, bajo un viejo parral, por el calor. Algunas mujeres trajeron flores de sus casas.
Al día siguiente, el del sepelio, entré a la pieza de “don Romanko”. Allí, sobre un viejo baúl de madera estaba el violín y el arco atados con una banda elástica hecha con la cámara de goma de un pequeño rodado. Lo tomé y salí. Nadie habló. Éramos unas pocas personas, seis o siete. Me acerqué al féretro, levanté la mortaja, y a un costado de su rígido brazo derecho, como si ese lugar estuviese reservado al viejo compañero de latón, había un pequeño espacio donde coloqué el arco y el violín tal como los encontré.

Lo sepultaron en tierra y clavaron en la cabecera de la tumba, una cruz con dos fechas y un nombre: Romanko Polancov. Fue entonces que supe su apellido. Me resultaba ahora, luego de los años, extraño, curioso…nunca se me había ocurrido que lo tuviese.... para mí siempre había sido nada más que “don Romanko”.

Y quedó él en su morada final; nosotros regresamos.

Y eso es todo. Es la simple historia de un hombre bueno que conocí cuando yo era un niño y ayer se murió.

A veces, cierro los ojos y creo verlo con su barba colorada, el cigarro negro en la boca y el eterno martillo en las manos; se esfuma por un momento y luego reaparece, esta vez con su enorme sartén de hierro, las semillas de girasol y la botella de bebida blanca. Pero es solo un sueño…. “don Romanko” ya no está aquí entre nosotros, se fue para siempre a unirse con los espíritus inmortales de la tierra…. solo me queda su recuerdo; donde él esté ahora pertenece al misterio. A mi me parece que debe andar tocando su violín de latón y cuerdas de alambre por los conventillos del cielo, casi seguramente hasta la diez de la noche, hasta las diez nomás, para que duerman los ángeles.

FIN


31 de Diciembre de 2000.

Comentarios

  • fantasyfantasy Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado septiembre 2010
    ¡¡¡felicitaciones¡¡¡me Encanto Tu Relato,y Sabes En Esta Tierra Bendita En La Cual Yotambien Vivo,esos Recuerdos De Inmigrantes Que La Poblaron Junto Con Los Nuestros Dejaron Huellas De Su Pais Y Enriquecieron Nuestra Cultura.
    Te Reitero Yacare¡¡¡felicitaciones¡¡¡:):):)
    Te Dejo Un Gran Abrazo De Oso Y Una Muy Buena Vida Coterraneo
  • yacaréyacaré Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    Tenés razón Fantasy:

    Hay tantas historias de aquellos " gringos" que llegaron a nuestra patria en busca de mejores horizontes.

    Mis viejos eran " tanos" y Don Romanko existió; es una historia real.

    Lástima que el sistema no permite más de 10000 letras, ya que tuve que acortarlo y bastante. Por ello se pierde algo, pero traté de no desvirtuarlo demasiado con los quites que debí practicar.

    Te agradezco mucho tu comentario y esencialmente te agradezco que me hayas leído.

    Un abrazo, compatriota;)
    Yacaré
  • editado septiembre 2010
    Yacaré, he leído los relatos que has mostrado, me han gustado sinceramente, te comento éste porque me ha emocionado especialmente, me gusta como desarrollas el escrito y el lenguaje y la expresión que empleas. Me ha resultado un placer leer tus aportaciones, y no te lo digo para alabarte.
    ¡Enhorabuena!
  • yacaréyacaré Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    Mave: Te agradezco muchísimo tus palabras. Para nosostros los que - en mi caso, modestamente- escribimos, estas críticas y opiniones nos sirven mucho, nos alientan a seguir y mejorar día a día. Muchas gracias chamiga española.
    Un abrazo cordial.
    Yacaré
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