Juan miró el reloj de sobremesa de su consulta psiquiátrica que marcaba la hora esperada, 20:00. Saboreó la perspectiva de unos días de vacaciones, apagó con deleite el ordenador, siguió hilando sus nubes e imaginó que diferentes serían esos días sin tener que oír los discursos de personas con fuegos acariciados hasta la llama. Mantenía la distancia, esa que quebró una vez hasta abrasarse.
Miró la fotografía de los niños que presidía su mesa y pensó lo rápido que habían crecido. Al día siguiente se uniría a ellos, en la tranquilidad de su pueblo. En realidad no tenía prisa, nadie le esperaba hasta entonces…
El cajón de los informes archivados estaba entreabierto, y ahí estaba el recuerdo, preparando su terreno. Encontró lo que buscaba…Amanda.
Tenía en su mente grabada la primera vez que la vio. Entró por esa misma puerta que ahora él contemplaba, con su tristeza, su transparencia intocable y el tacto de su mano de mármol que le heló la sangre al recibirla.
Evocó sus ojos eternamente inundados, su pecho agitado que llenaba el discurso de dolorosas interrogaciones sin respuesta, y día tras día sintió la frialdad que aumentaba poco a poco la desazón de sus huesos.
Juan siguió pasando las páginas, con apuntes al margen en los que ella le contaba, como una melodía inútil que rodaba sin fin, sintiendo cómo se le quemaban las manos y no tenía agua ni ganas de beber.
Aún guardaba esa sensación de sorpresa cuando ella le abrazó. Entonces descubrió la gran atracción que le producía esa mujer, mezcla de polvo de luna y tierra húmeda.
Juan pensó en sus compromisos, e impuso una frontera, pero sintió de nuevo el bloqueo cuando días después Amanda le agarró la mano y le ofreció sus dedos, sus cabellos, su frente, su costado y su pecho. Y de nuevo su respiración subterránea rebotó contra el más antiguo de sus sentimientos, de sus deseos, de sus principios. Las aguas fueron invadiendo los sentidos y quebrando voluntades, anegando el pensamiento.
Juan volvió a encender el ordenador y escribió una dirección de correo electrónico. Después tecleó quedamente “Amandayyo”…Allí aparecieron los mensajes que aún guardaba. Fue leyendo frases al azar, llamando a puertas a las que no estaba seguro querer entrar. Y volvió a ver escritas sus palabras de adiós, aquellas que quebraron el sostén en donde Amanda se asía. No fue capaz de seguir, sentía que estaba obsesionado, que no podría huirla, fuese demonio o ángel o tentación en el aire.
Pensó en su familia, en su reputación, y las manos comenzaron a esquivarse cuando antes se entrelazaban como palomas amantes. Vio la nieve en sus propios ojos, y Amanda, que el grito y el silencio aunaba, entregó su latido.
Juan abrió el último mensaje de ella, un año atrás, en el que no había nada escrito, solamente un enlace que le llevó a escuchar una canción, “Alfonsina”… No necesito más, ya sabía todo. Fue corriendo hacia donde ella vivía, pero ya era tarde, según le dijeron hacía más de tres horas que había salido.
¡Querida Amanda! ¡Que llegaste hasta mis labios, que bebiste el agua que manaba entre mis manos ahuecadas! ¡No me podrás perdonar!
Juan apartó la mirada de la pantalla y la fijó en un punto cualquiera del teclado, ausente. Eran más de las doce y no había percibido el paso del tiempo, tan solo sentía el pasado en su confuso cénit.
Salió a la calle y subió al coche. La cuidad le llenó de luces. Cerró con fuerza los ojos y en su mente apareció una mirada, la que contempló aquel día, de ojos diluidos, ojos verdes agua, que la corriente llevó río abajo para desembocar en el océano inmenso.
La noche se llenó de olor a mar y sabor a sal…
Como una imagen tatuada en la retina, Juan volvió a ver a Amanda en la orilla inmóvil. Salió corriendo de su coche y se lanzó hacia el espejismo. Jadeante, la llamó mil veces, trató de inyectarle el oxígeno vital que aquel día le negó, pero ella dormía perdida, acariciante, como un beso lejano…Cayó sobre el asfalto de rodillas, exhausto, e imaginó con todas sus fuerzas que abrazaba aquel cuerpo empapado contra su pecho con la esperanza de sentir su inerte corazón latiendo, y que así, al fin, su alma pudiera descansar.
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Comentarios
Especialmente ese ir y venir entre la realidad y los recuerdos. Esta bien narrado.
Un abrazo.
Me alegra que os haya gustado.
Abrazos
Enhorabuena Mave!!!
Un abrazo.