En la oficina había lidiado desde temprano con una y otra contrariedad. No hace falta decir más: la acostumbrada jornada de oficina. Deseaba tan sólo llegar a casa.
Corrí lo más rápido que pude. Diminuto ser en movimiento bajo las bóvedas monumentales de la Estación Central. Perder el último interregional equivalía a vagar una hora por la estación, husmeando insatisfecho las portadas de diarios y revistas expuestas de los kioscos hasta la próxima partida, visitar al menos una vez los sórdidos baños. Ante todo, significaba postergar tristemente la intimidad y la sencillez acogedora de mi casa.
Con fortuna alcancé la baranda del tren. Mi pie se posó como una garra felina sobre el peldaño del vagón de cola. Subí de un salto las escaleras, tambaleando me zambullí en el corredor del furgón y busqué un puesto libre donde desparramarme junto a la ventanilla. Es mi preferencia ver pasar el afuera en reposo silencioso, sólo conmigo mismo ante el horizonte. Me quité el abrigo y acomodé mis cosas. Al rato ya echaba un vistazo triunfal sobre la llanura. Continué durante unos kilómetros impasible ante el panorama. El débil velo de la noche, al caer, me devolvía mi reflejo pensativo y misterioso. Era inevitable no percibir en el vidrio, superpuestas al horizonte, las graves líneas de mi rostro.
-Qué golpeado estoy-(pensé)- Aquellos lineamientos curvos de inflexión negativa en torno a mis ojos, expresaban efectivamente mi fatiga. - Los pesares hay que disimularlos- (me dije a mi mismo) - ¿pero cómo?- E inmóvil proseguí junto al vidrio de la ventanilla sin saber responder.
El tren había dejado atrás la metrópolis, se internaba de a poco en el campo. De pronto, por el vidrio del corredor me pareció percibir un reflejo pasar velozmente. Era el revisor que había comenzado su ronda, llevaba prisa. Palpé mi abrigo. Un bono me ponía a salvo de apuros y olvidos por un mes. De nuevo, otro revisor volvió a pasar frente a mi compartimiento, iba en sentido contrario esta vez, con un vozarrón inoportuno lo escuché anunciar:
-Los señores pasajeros tengan la gentileza de abandonar sus corazones sobre el asiento. Mi colega pasará a recogerlos.
Una sonrisa involuntaria se me escapó.
- Este tipo es un comediante -(pensé)-los revisores de tren no pueden menos que divertirse, si realmente saben apreciar los privilegios de su labor. Viajes gratis en primera, los trescientos sesenta y cinco días del año por todo el país, con los ferrocarriles estatales.
El tren había partido sin retrazo y a medida que nos alejábamos avanzaba gradualmente hasta alcanzar una velocidad sostenida y estrepitosa. Me agradaba la marcha y disfrutaba del viaje; llegaríamos pronto. Afuera el horizonte terminaba de oscurecerse tras el vidrio y me sorprendió de pronto una idea: ¿dónde estoy yendo?
Acercándonos a la primera estación, el tren disminuyó la marcha. Ví pasar por el corredor dos personas. Sin alcanzar a prestar atención a la primera, la segunda pasó tan lentamente que me sirvió para verla en detalle. Al parecer se trataba de una persona ciega. El semblante extremadamente pálido de aquel individuo me causó una fuerte impresión. Extrañamente no llevaba puestas las gafas, ni se ayudaba con un bastón flexible. Los huecos que contenían sus globos oculares estaban vacíos. Al contrario de lo que normalmente sucede con los ciegos, el párpado no se había rehundido para recubrir la cavidad. Daba esto al rostro el aspecto de una máscara. Su cara era una superficie pálida con dos hoyos. Era un hombre alto, vestido de pantalón y chaqueta blanca que llevaba en su mano un elegante portafolio de novillo marrón. Avanzaba con precaución, la vista en alto, anteponiendo su brazo derecho.
Tras el espanto, me causó cierta compasión el verlo alejarse caminando detrás de su compañero, que con actitud impaciente iba adelante de él y no lo esperaba.
Tras haber descendido recorrieron el andén. El primero de ellos llevaba su mano derecha sobre el pecho, caminaba con paso presuroso, con aire resignado y sin detenerse. El ciego lo seguía. Cruzaron el hall de la estación y desaparecieron en la noche.
El interregional prosiguió. Yo estuve pensativo unos minutos memorando aquel personaje ciego. Luego busqué distraerme observando la noche que se había vuelto más profunda y oscura sobre la planicie.
Evadía cada tanto mi nítido rostro, ruinoso y cansado sobre el vidrio. La máquina recuperó nuevamente su máxima velocidad y fueron quedando atrás otros parajes en pocos minutos. No se oía otro rumor que el tan-tan incesante de las ruedas al pasar sobre la junta de los rieles, era un martillo distante y adormecedor. Entonces, hipnotizado por la velocidad y adormilado por el vaivén, tuve la impresión de ir solo en aquel tren. Como aquella ocurrencia me intranquilizaba no perdí la oportunidad de comprobarlo. Abrí la puerta del compartimiento y asomé la cabeza sobre el pasillo. No ví a nadie.
En eso se oyó el declinar de la marcha y el brusco freno de las ruedas. Olor a caucho quemado llegó hasta mis narices. El vagón quedó en silencio repentinamente y sentí al revisor venir por el pasillo a toda prisa. ¿Estábamos llegando?
Por las dudas palpé entre mis ropas, deslizando la mano dentro la chaqueta busqué el bono. De golpe se abrió la puerta del compartimiento. En el umbral de la puerta distinguí la figura de un hombre de uniforme, permanecía inmóvil, de pie ante mi. Antes de que pudiera hablar y sin molestarme en dirigirle una mirada, le extendí el billete. Acto seguido, preparándome para descender, intenté ponerme de pie. El revisor se adelantó sorpresivamente y me dió un empujón. El impacto fue fulminante y quedé casi enterrado en el asiento. El golpe terrible y absurdo en el pecho me cegó. Aturdido por el dolor entreabrí los ojos, bastante confuso alcé la vista. Mi agresor escondía el rostro tras una sonriente careta blanca de plástico, de las que suelen usar los niños en las fiestas. Resultaba grotesca pues era más pequeña que su cara. Al costado de su cuerpo colgaba su brazo derecho con el puño ensangrentado que goteaba sobre su bota. Se mantuvo de pie ante mí unos segundos, luego desapareció rápidamente como había venido. Entonces me percaté del hueco alevoso en mi pecho.
El tren continuaba detenido a escaso metros de la estación. La gravedad de mi abandono en aquel compartimiento me obligó a reaccionar. Decidido me alcé tembloroso y recorrí el pasillo del vagón. Me gobernaba una angustia sin horizontes. Bajo mi mano latía el dolor de la herida y descendí del tren cubriéndome el pecho.
Quería llegar a casa, no podía pensar otra cosa. Sorteé un tramo de la vía entre la fantasmagórica neblina hasta llegar a la estación. Tomé por la calle posterior a la entrada como otras veces. Al llegar al puente lo atravesé cabizbajo, por debajo pasaban grises las aguas tumultuosas.
Aquel regreso tenía algo de definitivo, no como cualquier otro. Me eran ajenos sus contornos. Al llegar a la esquina todo era neblina. En la calle no había un alma.
Comentarios
El relato que has leido pertenece a una serie de cuentos fantásticos que me gustaría cerrar este año, pero tiempo es lo que se diluye en la arena.
Hasta cualquier momento.
Les
concuerdo con el otro comentario, la descripcion de la atmosfera esta muy bien lograda, realmente te envuelve cuando lees el relato,
me gustó a pesar de no estar muy apegado a los relatos de terror/suspenso, pero esta realmente bueno
Un saludo.
¿A qué apuntas con lo del "espacio entre líneas"? El foro te amputa el relato si es muy largo y partir un cuento en dos es un abuso para la paciencia.
No entiendo a que aludes con lo de "tiempo para asimilar todo"...No suelo otorgar tiempo a un cuento corto, es el lector quien gentilmente me concede el suyo.
He visto que estas escribiendo sobre máscaras, el tema me interesa, en cualquier momento me daré una vuelta y te dejo un comentario.
Un saludos y gracias.
Lo del espacio lo digo porque a veces al ponerlo todo de corrido no parece que haya alguna parte mas importante que otra, un ejemplo, si tienes tres parrafos y el segundo es una sola linea queda claro que es algo que debe leerse y tomarse en cuenta, si se separan las lineas se altera el ritmo de lectura y se puede alargar un momento o describir varios sin que se deba poner mucha atencion a ellos, algo que sirve muy bien en el suspenso
El limite de palabras es un fastidio pero ni modo
Mentiría, si dijera que no voy a tomar en consideración tus recomendaciones.
Un saludo