Ejem. Todos conocéis tanto mi falta de imaginación para los títulos como mi inexperiencia en este campo. Espero que sean comprensivos con eso
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- ¿Cómo te has hecho eso, cariño? -preguntó con una dulcísima ternura un padre a su hija. Ella todavía no tenía cinco años, y en el codo tenía un gran raspón, ensangrentado y reciente. Había estado jugando fuera, con sus amigos.
- Me... me he caído -dijo ella en voz baja, casi temerosa. Tenía una bellísima voz blanca, una piel anormalmente pálida para ser americana y los ojos rasgados, heredados de sus bisabuelos filipinos. El pelo largo hasta los omóplatos estaba enmarañado y revuelto, y su infantil vestido azul lleno de rasgones irremediables. Sus oscuros ojos denotaban miedo.
- Hey, no te preocupes. El vestido no es importante, no te vamos a reñir por eso -la expresión de la niña se relajó un poco- además, mamá te lo arreglará, ¿Verdad?
La pequeña forzó una mueca amistosa, mientras sus músculos momentáneamente relajados se tensaban de nuevo. No, no quería. No quería que él dijera que Ella era su madre. La odiaba, desde el momento que pisó aquella casa. Sus ojos cínicos y mentirosos, su expresión de falsa angelicalidad y sus amables palabras engañaron a todos, menos a ella, que más lejos de ser inocente, podía ver a través de las personas.
- ¡Oye, Annita, ven un momento! -la sola mención de su nombre erizó los cabellos de la nuca de la niña- mira, ¿puedes curarla, por favor? Tengo que irme ya al trabajo.
- Sí, amor, claro que puedo, después de todo es nuestra hija -la susodicha reprimió un gruñido y las ganas de salir corriendo. Su padre había doblado la esquina del recibidor y gritó un adiós,- ¡Adiós, tesoro! -la niña también fue a despedir a su amado padre, cuando una mano le agarró del brazo y la alejó.
- Pero... Quiero decirle adiós a papá...
- Cállate, niña. Mira, ¿Tú te crees que esa es forma de tratar uno de los vestidos que te he comprado? ¡Mira lo que has hecho! -de un tirón le quitó toscamente el vestido, dejándola en camisa interior y bragas- debería darte vergüenza. Eres una estúpida.
- Pero papá dijo que...
- ¡Papá, papá! ¡Ahora YO soy tu madre! ¡Me tendrás que llamar "mamá" y obedecerme como a tal! ¿Qué dirá la gente de mi si me llamas por mi nombre de pila?
- Pero tú no eres mi madre -replicó ella, sin comprender del todo por qué tendría que llamarle por lo que no era.- Yo ya tengo una mamá...
- ¡Cállate! -de una bofetada, la niña salió por los aires y cayó al suelo. Se le inundaron los ojos en lágrimas, pero pese a su corta edad, era orgullosa, y odiaba llorar frente a alguien que no fuera su padre.- ¡Puta niña maleducada, mimada, consentida! Ese hombre inútil te ha dado todo lo que has querido. ¡Pues ahora va a cambiar! Desde hoy, soy la dueña de esta casa, ¿Me has entendido?
- Pero -volvió a replicar ella, sobándose la mejilla enrojecida- esta casa es de papá y de mamá... y mía- la interrumpió otra salvaje bofetada, seguida de una tercera aún mayor.
- Tú no eres nadie, bicho insignificante. Eres alguien que no debería existir, eres un error, eres una bastarda que pretende tenerlo todo, pero eso se acabó. Yo mando aquí, tu padre es mío, y tú, por desgracia, también.
- No... -susurró la pequeña, pero el finísimo oído de aquella mujer captó la palabra dicha al aire más que a ella, y su ira creció descomunalmente. Se levantó y abrió el armario; varios percheros colgaban mansamente de él. Cogió uno, metálico, frío. Acto seguido, la piel de la niña lo sentía enterrado en tu carne, una y otra vez, siendo azotada por aquella loca pederasta.
- ¡Aprende, imbécil, aprende! ¡Lo tuyo ya no te pertenece! ¡Ahora todo esto es mío, y no dejaré que me lo quites! -parecía enferma, blandiendo aquel colgador en su mano derecha, mientras le gritaba de aquella manera a una niña indefensa en la que las marcas eran incontables ya. Mil pequeños golpes, cortes, moratones, todos frutos de "accidentales caídas", según Ella, decoraban la delicada piel de la niña, que hacía rato que había dejado de reprimir sus lágrimas y suplicaba:
- ¡Por favor, Annita, para! ¡Para, por favor!
Pero ella le azuzaba más fuerte.
- ¡Te he dicho que me llames "mamá"! ¿O no te quedan ya neuronas en esa fea cabecita tuya, querida? Más tonta y no naces. En eso te pareces mucho a tu madre...
Aquel suplicio continuó unos minutos más. Todo su abdomen y sus muslos estaban cubiertos de marcas, rojas, algunas sangrantes. Por fin dejó de sentir los latigazos en su cuerpo.
- Mamá, mamá, sálvame, mamá -lloraba la chica, cuando Ella se cansó de pegarle.
- Dúchate. Más te vale tapar esas heridas para que no las vea tu padre.
La pequeña sólo asentía secamente con la cabeza, surcada por el trazo de las lágrimas, y se apresuraba a hacer lo que Ella ordenaba, sin mediar palabra, como un robot.
- Mírate -comentaba la mujer de vez en cuando- pareces una rata asustada.
Y no distaba mucho de ser cierto, pues en sus ojos, aunque su rostro demostrara una expresión anormalmente inexpresiva en una niña de su edad, se adivinaba un pánico impropio de alguien que no está siendo torturado. La mujer se echó en el sofá para ver la tele. Unos minutos después, percibió la indecisa silueta de su hijastra.
- ¿Y qué quieres ahora?
- Hmm... Papá ha dicho que... me curases esto -señaló su codo. Ahora cuando se lo volvía a mirar, le parecía una marca superflua, sin ninguna importancia. El resto del cuerpo lo llevaba lleno de tiritas y cubierto de desinfectante, todo cubierto considerablemente por una gran camisa blanca, que al menos le daba algo de tono a su piel incolora y no le hacía parecer una muerta.
- Cúratelo tú, que ya tienes edad para hacer esas cosas, niña inútil.
Otra tarde más. Todos los días habían sido prácticamente iguales desde su llegada. Ese ángel sonriente, que no era otro que el que Dios echó a las inmediaciones humanas. El hijo de aquella Satanás de vez en cuando se cruzaba por la casa con su hermanastra. Algunas veces no se dignaba a mirarla, pero cuando lo hacía, ella no encontraba otra revelación aparte de compasión y pena. Él era tan solo un testigo, y no interferiría en las decisiones de su madre. Ya bastante tenía con haberla soportado hasta ese día. La noche llegó de improviso, y con ella el rugido del motor del todoterreno del padre de la familia.
La niña se levantó del suelo donde había permanecido durante horas esperando su regreso para ir en su busca. Casi estaba en la puerta del recibidor cuando alguien le tiró del pelo. Era Ella, de nuevo. Se agachó con esa hipócrita sonrisa de "madre" para decirle alentadoramente al oído:
- Dile una sola palabra indebida y juro que te mato.
Y otra noche más, la pequeña tuvo que contemplar cómo aquella arpía se abalanzaba sobre su padre antes que ella, arrebatándole su lugar.
Comentarios
Pero bueno, de tí ya me lo espero todo. Vas ganando nivel, madurez y expresividad. En este relato ya se hace difícil no ver detrás a un adulto, así que nada... A por más!
Disfruté de la esencia de este relato, que discurre con naturalidad y vigor; expresas un dominio de la crudeza expositiva magistral, es, bello de veras. Contenido duro, forma notable, hiperrealismo, personajes redondos.
Además, rescato una sinestesia: "voz blanca". Detallito que me encantó.
En cuanto al título despreocúpate; a veces siendo sencillos y minimalistas como éste, dan sorpresas más impactantes; además, este título lo interpreto como un juego del lenguaje propio: Ella y ella, un ente sombrío, indefinido, opresivo, amenazante (esto ya es más emocional, licencia mía).
Saludos, y...
Y por lo de la voz blanca, bueno... para que veas que las clases de música también se pueden aprovechar