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Cara de rana

HazygnomeHazygnome Anónimo s.XI
editado abril 2010 en Narrativa
-¡Cara de Rana, Cara de Rana! ¡Si no te mueres hoy, te mataremos mañana!

Julio se tapaba la cara con los brazos, acorralado contra el muro de la escuela, en el patio, mientras los otros niños le cantaban la humillante rima, zarandeándole y dándole capones en la cabeza. Cuando el dolor de los golpes se hizo intenso, se dejó caer al suelo y se acurrucó como una bola. Las voces empezaron a sonar lejanas en su cabeza, ya no entendía lo que decían. Sólo percibía la simple melodía burlona, que se repetía una y otra vez. Los golpes dejaron de dolerle. Frente a la oscura pantalla de sus párpados cerrados comenzaron a desfilar imágenes. Primero fueron luces de colores, que se movían caprichosas y cambiaban de dirección repentinamente, como si fueran los renacuajos que acostumbraba a cazar en el río, y que guardaba en una pecera vieja en el trastero. Allí se pasaba las horas muertas, viéndolos bailar en el agua, hasta que crecían y escapaban de la pecera, ya convertidos en ranas adultas. Él creía que su mote venía de ahí, y no de sus grandes ojos saltones, aquejados de un fuerte estrabismo, ni de los numerosos granos que cubrían sus mejillas, ni de su labio inferior desproporcionado y que le hacía mantener la boca abierta permanentemente.

Luego, los renacuajos de colores desaparecieron y dieron paso a nubes de algodón de caramelo, que se mecían como llevadas por la brisa, cambiaban de tono y de forma, y luego se diluían como por arte de magia, sólo para ser sustituidas por una nueva que ocupaba su lugar. Y cuando la última se esfumó, llegó el silencio.

Julio giró los ojos en todas direcciones, buscando una nueva imagen que observar. Pero sólo había negrura, y silencio. Se esforzó más, apretando los párpados y aguzando el oído, hasta que percibió un lejano rumor, que sonaba áspero y vibrante en la distancia. Al principio no lo reconoció. Luego fue subiendo de tono, y lo identificó enseguida, con un suspiro entrecortado de júbilo. Era el lento, grave y majestuoso croar de las ranas, que se iba incrementando a medida que docenas, cientos, miles de ellas se incorporaban al coro. Mentalmente, se unió al concierto, hinchando la garganta con el aire de sus pulmones y dejándolo escapar por entre los labios, haciéndolos vibrar en un sonido chirriante y, sin embargo, deliciosamente musical.

La cacofonía de las ranas se elevó hasta ser casi palpable físicamente. El aire reverberaba en sus tímpanos, y notaba en su piel la humedad que desprendían miles de pieles húmedas al inflarse y desinflarse, imbuidas por el salvaje frenesí del canto. Abrió los ojos, y se irguió cuan alto era, con los ojos brillantes y sin dejar de croar. Los niños habían dejado de reír y de insultarle, y le miraban desconcertados y algo temerosos, apartándose de él con lentitud. Julio se puso en cuclillas, apoyando las palmas de las manos en el suelo, las rodillas flexionadas, como una rana, y saltó hacia delante, para recuperar la postura a continuación. Luego otro salto, y otro, y otro más, recorriendo el patio de la escuela ante la mirada atónita de sus crueles compañeros.

Uno de los chavales dejó escapar una carcajada nerviosa, que fue secundada sin mucha convicción por tres o cuatro más. Los niños iban tras él, alucinados, sin saber a ciencia cierta como reaccionar, hasta que el que se había reído se agachó y recogió una piedra, apuntó sacando la lengua y la lanzó contra Julio.

El golpe le dio en la coronilla, y le abrió una brecha de la que enseguida manó la sangre. Julio cayó al suelo, y se quedó inmóvil, boca abajo.

El cielo se oscureció rápidamente, cubierto de negras nubes de tormenta que parecían haber salido de la nada. Gruesas gotas empezaron a caer sobre la ominosa escena. El niño agresor levantó la cara hacia las nubes, y amagó un grito cuando vio una forma negra que se precipitaba sobre él. Un gran sapo cayó de lleno sobre su cara y le partió dos dientes, haciéndolo caer al suelo entre alaridos. Pronto empezaron a oirse gritos de dolor por todo el patio, a medida que los batracios llovían del cielo sobre el grupo. Caían a plomo, como si de pronto hubiera desaparecido la fuerza que los había sostenído en el aire, provocando el pánico entre los niños que intentaban huir hacia la seguridad del edificio.

Pocos lo consiguieron. Cuando la terrible lluvia cesó, el patio estaba cubierto de cuerpos caídos, humanos y anfibios. Los profesores salieron a toda prisa a auxiliar a los heridos, y se quedaron estupefactos al ver a Julio sentado en el suelo, frotándose la herida con la mano manchada de sangre, y riendo compulsivamente. En un círculo de aproximadamente un metro a su alrededor no había ni una sola rana.

Comentarios

  • editado abril 2010
    Acabo de leer tu historia.
    Quiero decirte que me ha impresionado, en su forma y su contenido.
    Me parece de muy buena calidad literaria, además de original. Con una doble lectura bien rica en mensajes ( yo al menos así lo he percibido). Remueve y no deja indiferente.

    Gracias por la buena lectura.
  • NandoNando Pedro Abad s.XII
    editado abril 2010
    Una historia original. Y muy bien escrita en mi opinión.
  • HazygnomeHazygnome Anónimo s.XI
    editado abril 2010
    Muchas gracias a los dos por vuestras amables palabras.
    Me alegro mucho de que os haya gustado.

    Un cordial saludo.
  • NeverMoreNeverMore Anónimo s.XI
    editado abril 2010
    Pedazo de relato y pedazo de personaje, !genial! Se podría hacer en formato cómic y quedaría muy bien, eso si, Julio seria un buen antiheroe, dale continuidad al personaje porque es verdaderamente bueno.
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