Hola a todos.
Aquí voy a ir colgando los capítulos de un relato en el que estoy trabajando ahora. Son 7 en total. En el título del hilo, y aquí mismo, iré indicando el capítulo por el que voy.
Ya están subidos todos los capítulos.
Cualquier crítica será bien recibida.
CAPÍTULO 1
La pequeña sierra dejó de girar cuando el esternón se quebró con un chasquido seco. Sus dientes, teñidos de rojo, siguieron rodando unos segundos, perdiendo velocidad gradualmente hasta detenerse por completo.
Álvaro dejó la sierra a un lado y separó las costillas. La masa roja quedó a la vista, palpitando con ritmo constante.
―Es un corazón muy grande ―dijo la enfermera.
―Sí que lo es, pero hay que extraerlo ―apuntó Álvaro en tono aburrido.
Ya había realizado varios trasplantes de corazón y no sentía nada remotamente parecido a un reto. Se trataba de un procedimiento rutinario para él. El paciente obtendría un corazón nuevo y pasaría el resto de su vida tratando de prolongarla el máximo posible. Acataría dócilmente un sinfín de normas, que implicarían renunciar a gran cantidad de vicios y actividades que la inmensa mayoría de las personas consideraba placenteras, y lucharía por aferrarse a este asqueroso mundo cuanto le fuese posible.
Álvaro le envidió.
―Bien, vamos allá ―dijo dirigiéndose a su equipo―. No quiero ni un solo…
La puerta se abrió de repente, cortando su discurso. Álvaro clavó una dura mirada en el entrometido y consideró retirarse la máscara antes de hablar. Quería asegurarse de que se escucharan con claridad todos los insultos con que iba a adornar su explicación de por qué no era aconsejable irrumpir en un quirófano.
El recién llegado ni siquiera vestía una bata, iba con ropa de calle y lucía una sonrisa despreocupada, tan campante.
Álvaro dejó el instrumental sobre una mesa y se acercó al intruso. Su compañero y las dos enfermeras estaban tan sorprendidos que no reaccionaron. El desconocido se aproximó a Álvaro y le tendió un sobre negro con los bordes blancos antes de que pronunciase una sola palabra. Álvaro agarró el sobre de mala manera, intuyendo cuál era su contenido. El mensajero no esperó ni un segundo; se dio la vuelta y salió del quirófano.
Sin duda era una resolución legal destinada a detener el trasplante de corazón. Era un mal asunto. Álvaro no había prestado la debida atención a los pormenores de la situación de su paciente, no le importaban en absoluto. Recordaba vagamente que había dos mujeres pugnando por decidir qué era lo más conveniente. Una estaba a favor del trasplante, su mujer si no le fallaba la memoria, y la otra se oponía, esa debía de ser su hermana. ¿O era al revés?
En cualquier caso, el dictamen de los médicos no parecía contar con el peso suficiente para garantizarle a ese pobre desgraciado, a quien no se consideraba en plenas facultades mentales para decidir su propia suerte, un nuevo y saludable corazón. En parte era por su culpa; no es que se hubiera volcado en comunicar su opinión médica profesional. Informó del estado del paciente, recomendó el trasplante y luego dejó la mente en blanco mientras aquellas arpías se despedazaban mutuamente en su lucha por demostrar quién quería más al paciente, y por consiguiente, quién debía decidir.
Estaba claro que la perdedora había recurrido a métodos legales para insistir en salirse con la suya. Algún juez medio idiota, que no entendía nada de medicina, habría resuelto detener la intervención para que los médicos acudiesen a un tribunal a exponerle la situación una y otra vez hasta que su señoría entendiese que debía dar la razón a los profesionales del sector y apoyar el trasplante; de ahí que ahora le notificasen por escrito que no operase al paciente.
Álvaro conoció un caso similar unos años atrás. Se trataba de una amputación de pierna, pero el sobrecito llegó tarde y se encontró con una pierna que no estaba unida ya a ningún cuerpo. En esta ocasión, el paciente solo tenía el pecho abierto de par en par. Iban mejorando.
―¿Qué es? ―preguntó su compañero.
Álvaro suspiró con desgana.
―Imagínatelo ―dijo mientras rasgaba el sobre con sus guantes manchados de sangre―. Lástima que no lo hubieran enviado unas horas antes. Nos habríamos ahorrado rajar al paciente. Le va a quedar una cicatriz preciosa, y todo para nada. Eso sucede cuando…
Álvaro cerró la boca y se tragó el resto de la frase. No se trataba de una notificación legal, ni siquiera era una carta oficial, estaba escrita a mano. El papel estaba plegado sobre sí mismo, dos veces. Álvaro lo desenvolvió a toda prisa, sin poner cuidado alguno. Jamás había visto algo parecido. La caligrafía era muy elegante, con trazos estilizados y terminaciones alargadas, impregnada de un cierto aire antiguo, imperecedero. Algo recargada, tal vez. La tinta era roja sin mantener el tono uniforme, a veces muy vivo, otras, apagado. Álvaro no pudo imaginar una pluma o bolígrafo capaz de extender una tinta que reflejase semejantes tonalidades, tampoco le resultaba fácil creer en una mano que dibujase aquellas letras, y sin embargo, sabía que ningún ordenador ni máquina de escribir hubiese podido dar ese toque a aquella carta.
Leyó con gran atención. Se extrañó un poco al ver que sus guantes de látex no dejaban manchas de sangre sobre el papel de la carta como lo habían hecho en el sobre que la contenía. Las palabras se formaban en su mente con una naturalidad sorprendente, fluían con suavidad y le impedían dejar de leer. Por un instante, olvidó el lugar en el que se encontraba y qué estaba haciendo.
Cuando terminó la lectura, Álvaro lo entendió todo a la perfección.
Arrojó la carta al suelo, despreocupado, y se fue hacia la puerta mientras se quitaba la mascarilla y los guantes.
―¿Dónde vas? ―preguntó la enfermera.
―¡Eh! ¡Que tenemos a un tipo abierto sobre la camilla! ―gritó el otro cirujano, asombrado.
Álvaro no les hizo el menor caso. Comenzó a quitarse la bata sin dejar de andar. Al llegar a la puerta la tiró al suelo y salió sin decir nada. Nadie supo cómo reaccionar, aquello era insólito.
―Deben de haberle dado una mala noticia ―aventuró la enfermera agachándose para recoger la carta―. Tal vez un pariente haya sufrido un accidente.
El otro médico no estuvo de acuerdo con esa suposición. Álvaro se hubiese marchado corriendo y habría dado alguna explicación. No hubiera abandonado el quirófano con un paso tan tranquilo. No, no era eso. Demasiado… indiferente.
―¡Más te vale tener una buena excusa o pienso dar parte de esto, imbécil!
―gritó el cirujano―. ¿Y bien? ¿Qué pone en esa carta?
El rostro de la enfermera estaba arrugado en una mueca imprecisa. El médico estaba perdiendo la paciencia. Arrancó el papel de las manos de la enfermera y lo examinó en busca de una explicación.
No la encontró. El papel estaba en blanco.
Comentarios
Colgó el abrigo y no vio en el espejo de la entrada el rostro angelical que todo el mundo le atribuía. En su lugar contempló a una jovencita de unos veinte años, a pesar de que tenía treinta, de mirada triste y aspecto derrotado. Con gusto le hubiese soltado una bofetada, a ver si reaccionaba.
Sobre la mesa de la cocina, encontró un montón de cartas que la asistenta había dejado allí tras recoger el correo. Judith las repasó rápidamente. Todo propaganda. Sus ojos se detuvieron un instante en un sobre negro con los bordes blancos que sobresalía entre los demás. No había nada escrito en él, así que no sería importante. Y si lo era, ¿qué más daba? Que hubiesen indicado su contenido en la parte de fuera.
Lanzó todo el correo al fuego de la chimenea y se quedó ensimismada viendo arder la condenada propaganda. Perdió la noción del tiempo.
John Lennon la trajo de vuelta a la realidad de la mano de Imagine, su canción favorita.
―¿Sí?
―Por fin coges el teléfono ―dijo la voz de Néstor. Judith maldijo haber contestado sin mirar antes quién llamaba―. Sólo pretendo que hablemos.
―Ahora no, Néstor. No me encuentro muy bien.
―¿Entonces, cuándo? Me merezco una explicación ―dijo Néstor sin poder disimular su enfado―. Me pediste tiempo y creo que he sido más que razonable. Llevo esperando cuatro meses.
―Lo sé y te lo agradezco. Pero no pasa nada por esperar un poco más.
―¡Eso se acabó! ―gritó Néstor. Judith retiró un poco el móvil―. Puedo hacer cualquier cosa por ti, pero al menos dame una razón. No me trago la excusa que me diste para dejarme. Eras feliz conmigo, Judith. Lo sé, se te notaba.
Ella también lo sabía. Se permitió un momento de flaqueza y una avalancha de recuerdos felices invadió su mente con una fuerza demoledora. Se vio a sí misma con Néstor seis meses atrás. Estaban en la cama tumbados entre las sabanas, acababan de acostarse juntos…
Judith sacudió la cabeza con brusquedad. Era un error revivir esas escenas, un descuido que no se podía permitir.
―No puedo decirte nada nuevo, Néstor ―dijo con un nudo en la garganta―. Necesito un poco más de tiempo.
Néstor tardó en responder.
―Ya no puedo más, Judith, lo siento. Llevo meses aguardando, dándole vueltas, sin una explicación por tu parte. Me volveré loco. Tienes que decidir de una vez. O compartes conmigo lo que sea que te esté ocurriendo o esto se acabó definitivamente.
―No me presiones, Néstor. Solo necesito un poco más de tiempo. Lo estoy haciendo por ti, no me obligues a escoger ahora.
―Ya no lo soporto más ―dijo con la voz destrozada―. O me dejas entrar de nuevo en tu vida o me perderás para siempre ―sentenció.
―Entonces te perderé.
Judith colgó y luego estrelló el teléfono contra la pared. El móvil saltó en pedazos. Permaneció sentada con la mirada perdida en las llamas durante un tiempo indeterminado.
Empezó a adormecerse, a sentir como su cuerpo se relajaba. Agradeció que su mente le permitiese distanciarse del mundo. Se tumbó en el sofá y se cubrió con una manta.
Se despertó con un sobresalto. Una sensación desconocida la apremiaba, como una especie de alarma. Tal vez había tenido una pesadilla. Se incorporó a medias y se frotó los ojos. Aún era de día, así que no podía haber dormido demasiado. Sin embargo, el fuego se había consumido. Una par de brasas anaranjadas sobresalían entre el manto de cenizas, Los leños se habían consumido y no quedaba nada más que… Aquello no podía ser. Debía de seguir dormida porque era imposible lo que sus ojos estaban viendo.
Judith se agachó junto a la chimenea y cogió el sobre negro de bordes blancos, que estaba parcialmente sepultado bajo las cenizas. ¿Cómo era posible que no hubiese ardido?
Abrió el sobre a toda velocidad y extrajo un papel sencillo sobre el que reposaban unas letras rojas trazadas con una caligrafía que jamás había visto. Judith leyó con mucha atención el contenido.
Cuando terminó, dejó la carta en el suelo. Fue a su cuarto a cambiarse de ropa y luego se marchó de su casa.
No le cogió por sorpresa enterarse de lo poco que valía su vida. Había exprimido todo cuanto tenía de valor para solicitar un préstamo por el mayor importe posible.
―Si usted contase con un aval podríamos aumentar la cantidad ―dijo la eficiente señorita que le atendió en el banco―. Quizás algún familiar suyo pueda aportar…
―¡No! ―gritó Héctor―. Quiero el máximo que pueda obtener yo solo, sin involucrar a nadie más.
Su casa era lo único que el banco consideraba valioso. Y tampoco demasiado. El triste apartamento en el que vivía apenas alcanzaba los cuarenta metros cuadrados, y era suyo gracias a una herencia. Cuarenta y tres años, y esa era toda su fortuna.
Hasta la semana siguiente no hizo nada más. Llevó al banco la documentación que le exigieron y el resto del tiempo se quedó en casa. En dos ocasiones salió a la calle, una para comprar algo de comida, la otra para ir al médico. Su psiquiatra le hizo las preguntas de siempre. Héctor las contestó distraído, recogió las recetas y pasó por la farmacia para comprar los ansiolíticos y los antidepresivos.
Por fin le concedieron el préstamo, diez días después de entregar la documentación y formalizar la solicitud. Héctor puso una transferencia por el total del importe a otra cuenta de un banco distinto y dejó solo un euro en la suya.
―Es una cantidad importante ―dijo la cajera alzando las cejas―. La comisión de la operación será muy grande.
―Me da lo mismo ―repuso Héctor.
Luego fue al otro banco y preguntó cuándo podía retirar todo el dinero en efectivo. De nuevo se alzaron las cejas de quien le atendía. El empleado le pidió amablemente que esperara y se fue a hablar con un compañero. Héctor imaginó que estaba consultando a un superior.
―En tres días estará disponible su dinero ―informó el cajero.
Héctor regresó a su casa y esperó pacientemente a que transcurriese el periodo indicado. A los tres días regresó al banco, vestido con la misma ropa, y retiró el dinero. Fue todo muy sencillo y muy rápido. Había imaginado que tendría que firmar muchos papeles e incluso contestar varias preguntas. No sucedió nada de eso. Le entregaron el dinero y le pidieron que lo contara.
―No es necesario, me fío de ustedes ―dijo Héctor.
Firmó una única vez y salió del banco con el dinero guardado en una mochila naranja, de las que utilizan los chavales para ir al instituto. Tomó un taxi que le llevó hasta su destino en unos razonables veinte minutos. Héctor pagó al taxista y luego se quedó sentado en la calle, en las escaleras de un edificio de oficinas. Sujetaba la mochila contra su pecho con los dos brazos. En dos ocasiones, los transeúntes dejaron caer monedas a sus pies. Héctor no las recogió.
Siguió allí dos horas más. Hasta que vio su objetivo al otro lado de la calle. Una mujer rubia, muy delgada, llegó caminando con un niño que cojeaba. El chico aparentaba unos diez años y tenía una prótesis que sustituía su pierna derecha.
Héctor se levantó en cuanto les vio y cruzó la calle sin mirar. Un coche tuvo que dar un frenazo para no llevárselo por delante.
―¡La madre que te parió! ―gritó el conductor―. ¡Mira por dónde vas, anormal!
La mujer rubia se giró atraída por el escándalo y vio a Héctor acercándose a ella.
―No se alarme ―dijo Héctor intentando sonar muy tranquilo―. Sólo he venido a entregarle esto ―añadió mostrando la mochila.
La mujer le miró extrañada. Una mezcla indescifrable de emociones se dibujó en su rostro. Héctor temió que fuese a echar a correr. Quizá lo hubiera hecho de no estar su hijo con ella.
―¿Quién es este hombre, mamá? ―preguntó el chico―. Está muy sucio y su ropa está rota.
La madre no reaccionó. Siguió congelada con una mueca de terror y rabia en la cara. Apretaba la mandíbula con mucha fuerza. Héctor comprendió que hacía lo imposible por dominarse.
―Sólo quiero hacer cuanto esté en mi mano ―dijo muy serio―. No he podido reunir más. Dentro hay setenta y dos mil euros. ―Héctor le acercó la mochila.
La mujer continuó sin moverse.
―No tienes por qué hacerlo ―logró decir con mucha dificultad.
―Yo creo que sí. Aunque solo sea por su hijo, tiene que tomar esta mochila. ―La dejó en el suelo y retrocedió dos pasos. El niño cojeó hasta su madre. Héctor miró su pierna falsa y añadió―: Ojalá hubiera podido hacer algo más.
Se fue sin despedirse. Regresó a su casa y esperó. Dos días más tarde recibió la carta. La encontró por la mañana, al despertarse, tirada en el suelo, como si alguien la hubiera deslizado por debajo de la puerta. Era un sobre negro con los bordes blancos. Héctor leyó el contenido y luego salió de su casa.
No se molestó en cerrar la puerta.
Dante cogió un informe financiero, resumido en trece folios, lo metió en una carpeta vacía y salió de su despacho. Recorrió el pasillo, de vuelta a la reunión, ajeno a las miradas furtivas que le dedicaban sus empleados.
Apenas le quedaba pelo en la cabeza, y los escasos mechones que aún resistían eran totalmente blancos. Su rostro estaba ajado por una piel muy erosionada, surcada por incontables arrugas. Una barriga enorme, una espalda ancha y dos ojos oscuros eran los atributos que más resaltaban de él a primera vista. Dante tenía sesenta y tres años, y jubilarse dentro de dos era el último de sus pensamientos.
En la sala de reuniones le esperaba su abogado y único amigo, junto a su principal asesor financiero.
―¿Has comprobado los datos que te envié? ―preguntó el asesor.
―Lo tengo aquí mismo ―dijo Dante agitando en alto la carpeta. Tomó asiento y luego sacó el informe―. ¿Es este el informe al que te refieres?
El asesor confirmó con un vistazo que era el análisis que él mismo había realizado.
―El mismo. Como verás las cifras son correctas, y revelan…
―Todo está en orden. Estoy de acuerdo con las cifras.
―Entonces, parece que estamos todos conformes ―dijo el abogado.
El asesor financiero apenas pudo contener su alegría.
―Es una operación inmobiliaria segura. En unos cinco años, cuando revaloricen el terreno vamos a multiplicar la inversión por diez. No te arrepentirás…
―Desde luego que no ―repuso Dante―, porque no vamos a realizar esa operación.
Se produjo un silencio incómodo.
―No lo entiendo ―dijo el asesor―. Estás de acuerdo con el informe. ¿Cuál es el problema? Tenemos sobornadas a las personas clave, no hay riesgo.
―¿No lo ves claro, Dante? ―preguntó el abogado, sorprendido―. Es tu tipo de operación, has participado en miles como esa.
―Conozco muy bien los negocios que he hecho ―dijo Dante, impasible―. Y en este no voy a entrar. Quiero vender.
―¿Qué? Eso no tiene sentido ―dijo el asesor―. Solo tenemos que esperar cinco años y nos forraremos. No podemos desaprovechar esta oportunidad.
―Sí podemos ―le contrarió Dante―. No me interesa invertir, quiero liquidez.
―¡No me lo puedo creer! ¡Es absurdo!
El asesor cerró enseguida la boca, consciente de que había estallado delante de su jefe. Aún así era evidente que no podía contenerse. El rechazo de una ocasión tan clara de enriquecerse aún más era casi imposible de aceptar para él.
El abogado intervino antes de que todo empeorase y logró que el asesor financiero abandonase la sala antes de que Dante dijese nada.
―Debes reconocer que tenía razón ―le dijo a Dante cuando estuvieron a solas―. Era un gran negocio. Además, miles de familias se quedarán sin sus viviendas si nos retiramos.
―No es mi problema ―repuso Dante―. Alguien se encargará de construir sus viviendas. Yo tengo otras prioridades.
―Estás muy cambiado desde hace unos meses ―reflexionó el abogado―. Lo que ha sucedido hoy no es propio de ti.
―Eso es asunto mío.
Dante recogió el informe de la mesa y abrió la carpeta para guardarlo dentro, pero no llegó a hacerlo. Su mano se detuvo en el aire.
―¿Te ocurre algo? ―preguntó el abogado al verle paralizado con la mano alzada.
Dante no contestó. Se quedó mirando una carta que descansaba en el interior de la carpeta y que estaba seguro que él no había puesto allí. Dejó el informe y sacó el sobre. Era negro y tenía los bordes blancos, sin referencias en el exterior. Lo abrió y extrajo una hoja de papel escrita en tinta roja. Dante se maravilló por la excepcional caligrafía que tenía ante él. Leyó con mucha atención.
―¿Qué estás mirando? ―preguntó el abogado―. Solo es una hoja en blanco.
Dante terminó de leer y lo dejó todo sobre la mesa. Atravesó la sala de reuniones sin mirar siquiera al abogado y se largó.
Dos minutos más tarde, salía por la puerta del edificio con su abrigo puesto.
¿Nos vas a dejar en ascuas?
No, no te dejaré en ascuas. Si hay al menos uno al que le guste, lo terminaré de publicar.
Una preguntita, es que soy nuevo en el foro. El relato con 7 capítulos. Creo que es un poco largo para el foro, por lo que estoy viendo que cuelga la gente. ¿Debería poner el resto como posts de este hilo o crear un hilo por capítulo?
En serio, animate a seguir. Yo a veces utilizo la forma de ir añadiendo al propio tema continuaciones, que siguen o están relacionadas. Me parece más ordenado. Pero lo tuyo parece muy largo...quizás vete creando temas, pero deja un par de días o más en medio hasta completar los 7, no sé. De todas las maneras, si que es verdad que el relato es muy extenso para o que aquí se acostumbra.
Pero ahora, nos revelas lo de la carta o.....:D
Gracias por leer y molestarte en dejar tus impresiones.
No te preocupes que lo terminaré de publicar. Voy a hacer como has dicho. Creo que lo más sencillo es ir añadiendo posts en este mismo hilo, así queda todo junto.
Mañana si todo va bien colgaré el segundo capítulo. Es que los estoy revisando por otra idea que he tenido respecto al relato.
Me ayudaría mucho si me ayudaseis a detectar las partes más aburridas o más flojas. Si un capítulo os parece aburrido, me encantaría saberlo para poder retocarlo. Me da un poco de miedo aburriros porque es un poco largo.
Saludos.
Por cierto, ¿es posible cambiar el título del hilo para ir actualizando al parte de "CAP X" con el número del capítulo publicado?
Solo tienes que clikar en "Editar" y cambias lo que quieras. Después das a "guardar cambios" y ya lo tienes.
Pues debo de ser muy torpe porque consigo modificar todo menos el título del hilo. Cuando lo miro desde el foro de narrativa, sigue siendo el mismo. No consigo cambiar el "CAP 1".
un saludo
Gracias por pasarte y leer.
Ahora mismo sigo...
Cuando Álvaro llegó a su destino ya era de noche. Se sintió ligeramente desorientado.
Había salido del hospital hacía muy poco, media hora más o menos, y solo había recorrido tres estaciones de metro. Recordaba haber alzado la mano para proteger sus ojos del sol, que brillaba con gran intensidad en lo alto del firmamento, poco antes de descender por las escaleras del metro. De modo que… ¡No debería ser de noche!
Álvaro alzó la cabeza y contempló una luna grande y redonda mientras caminaba por la calle. No se veía a nadie más. Sus pasos resonaban en la oscuridad rellenando el abrumador silencio que le atenazaba. Se detuvo bajo la luz intermitente que derramaba una farola inclinada, a punto de caerse, y comprobó el número que tenía delante.
Era allí. Imposible equivocarse. La dirección se había grabado en su memoria a fuego rojo, del color de la tinta con que se había escrito la nota que recibió en el quirófano.
La casa que tenía ante él no concordaba con la arquitectura moderna del resto del barrio. Flanqueada por dos enormes moles de hormigón, de al menos diez pisos de altura, aquella construcción de madera, pequeña y sencilla, de dos plantas como mucho, parecía proceder de una época diferente, más antigua. Contaba con una parcela propia, no muy grande, delimitada por una verja oxidada que amenazaba con derrumbarse en varios puntos de su trazado, y que tenía entrelazada una auténtica maraña de hiedra.
Álvaro se acercó y empujó la verja. Estaba abierta. Cruzó el jardín pisando una sucesión de piedras lisas, parcialmente cubiertas de césped, que formaban un tosco camino hasta la entrada. No le sorprendió que no hubiese timbre en la puerta. Tenía la impresión de haber entrado en otro mundo al cruzar la verja, uno en el que la electricidad no era un elemento cotidiano. Levantó el puño, pero no llegó a golpear. La puerta se abrió sola antes de que sus nudillos la tocasen. Tardó lo que a Álvaro se le antojó una eternidad. Las bisagras protestaron con un chirrido agudo y alargado mientras giraban perezosamente. El cirujano entró y no se sorprendió cuando la puerta se cerró sola a su espalda. Esta vez de forma brusca.
El interior era cálido. Flotaba una fragancia que no supo identificar, era penetrante y embriagadora. De un modo inexplicable, supo que se trataba de un aroma que sólo se capta una vez en la vida. Álvaro no prestó atención a la decoración recargada del recibidor y abrió las dos enormes puertas, en forma de arco, que intuyó daban paso al salón.
Sintió un leve mareo. La estancia era muy amplia, demasiado, abarcaba una superficie muy superior a la que era posible, a juzgar por el tamaño de la casa. Debía de contar al menos con setenta metros cuadrados, algo que no podía caber en la construcción que había visto desde fuera. Se obligó a guardar la compostura y mantener el control. Sabía a qué venía y debería haber imaginado que no se trataría de un vulgar apartamento.
El suelo era de madera y estaba cubierto por alfombras con tapizados coloridos y muy enrevesados. Parecían mullidas, tuvo el repentino impulso de descalzarse y pasear sobre ellas. Los muebles eran evidentemente antiguos, barrocos, y las cortinas, que llegaban hasta el suelo y mantenían las ventanas ocultas, eran de ese color rojo que empezaba a resultarle tan familiar.
―Buenas noches ―dijo Álvaro en tono alegre.
Había dos personas sentadas en un sofá de respaldo alto con un estampado a juego con las alfombras. Una era una mujer, o tal vez una chica. Le pareció muy joven. Su rostro era delicado y lucía una expresión triste. Los ojos de Álvaro tardaron en separarse de la fascinante melena negra que le ocultaba los hombros.
A su lado estaba sentado un individuo extraño. Hacía tiempo que no pasaba por la peluquería, eso saltaba a la vista, y tampoco debía frecuentar la bañera. Su pelo estaba sucio, despeinado y largo, casi le llegaba a los hombros. Debía de ser castaño, pero era difícil de asegurar con tanta mugre encima. Sus rasgos estaban prácticamente ocultos por una barba en un estado similar al del cabello. Iba vestido con un chándal cubierto de roña con un roto en forma de siete en una de sus rodillas. Las deportivas que calzaba iban a juego con su indumentaria. Lo único con un mínimo de limpieza era la camisa de cuadros marrones y negros, pero estaba completamente arrugada y no era precisamente lo que más concordaba con el resto de su atuendo deportivo. Tenía la mirada perdida en algún punto distante.
Ninguno de los dos le devolvió el saludo.
―Si habéis venido por el mismo motivo que yo, nos espera una noche muy larga ―dijo Álvaro intentando sonar amable―. Será muy aburrido permanecer en silencio.
La chica volvió la cabeza despacio.
―Tienes razón, perdona ―dijo con la voz apagada―. Me llamo Judith y este es Héctor. No habla mucho.
―Ya veo ―dijo Álvaro. Al contemplar de frente el rostro de la chica, reflexionó que era aún más joven de lo que había pensando. Tal vez contase con veinte años. Aquello era horrible. No debería estar allí alguien tan joven―. Disculpa mi atrevimiento, pero aparentas unos…
―Ya era hora ―protestó una voz a su espalda―. ¿No podías haber tardado más? Te estábamos esperando, no podemos empezar sin ti.
Álvaro observó con desagrado al personaje que acababa de entrar. Era un hombre mayor, de al menos sesenta años. Estaba gordo y calvo, y su envergadura era considerable. Vestía un traje muy caro y llevaba la corbata aflojada. Le resultó vagamente familiar.
Le extrañó un poco la alusión a su tardanza. Había acudido en cuanto recibió la carta, impelido por una necesidad inexplicable de llegar cuanto antes.
―He venido lo más rápido posible. No empecemos con mal pie, no merece la pena ―dijo esbozando una sonrisa. Le convenía llevarse bien con todos ellos, si era posible―. Me llamo Álvaro, y no hay razón para que nos enfademos tan pronto, ¿no crees?
El desconocido le miró con el ceño fruncido durante unos segundos.
―Yo soy Dante ―dijo al final―. Y ahora somos enemigos. No creo que nos llevemos bien.
Una respuesta contundente, y sincera. Su análisis de la situación era acertado y no vacilaba en recalcarlo, y eso no beneficiaba su estrategia. Álvaro catalogó a Dante como potencialmente peligroso, probablemente el más fuerte de los tres, basándose en la primera impresión. Un tipo duro sin duda, y con todo, un imbécil. Le cayó mal. Y no se desprendía de la sensación de que ya le había visto con anterioridad.
―Que vayamos a enfrentarnos no implica que tengamos que odiarnos. Es un juego, después de todo. Si nos comportamos con deportividad…
―Corta el rollo ―interrumpió Dante. Se acercó a una mesa que estaba cerca del sofá y se sirvió una copa de una de las numerosas botellas que había sobre ella―. Bueno, ¿a qué espera nuestro anfitrión para empezar con la fiesta?
―¿Dónde está Zeta? ―preguntó una voz infantil.
Álvaro bordeó el sofá, seguido de cerca por Dante, y se toparon con una imagen difícil de creer.
―¿Alguien sabía que estaba ahí? ―preguntó Álvaro.
Los demás negaron en silencio. Jugando sobre la alfombra estaba una niña de unos cinco años, seis como máximo. Era morena y llevaba el pelo recogido en dos coletas altas. Sus ojos eran dos esferas negras penetrantes que resaltaban sobre una piel suave, ligeramente pálida. La niña les obsequió con una sonrisa irresistible y luego se dirigió a Álvaro, que era el que estaba más cerca.
―¿Dónde está Zeta?
―¿Qué hace aquí esta mocosa? ―preguntó Dante con desgana.
Héctor se arrodilló junto a la niña y se quedó mirándola fascinado.
―No sé dónde está Zeta, pequeña ―contestó Álvaro―. ¿Quién es Zeta? ¿Lo sabéis vosotros?
―Esto es absurdo ―gruñó Dante―. Una niña no puede estar aquí esta noche. Voy a llevármela y avisaré a la policía…
―¡No lo hagas! ―gritó Héctor incorporándose bruscamente.
―¿Qué te pasa, desharrapado? ―preguntó Dante.
Héctor no apartó los ojos de la niña, que les observaba a todos con expresión divertida. Gateaba sobre la alfombra acercándose a cada uno de ellos según hablaban, excepto a Judith, que permanecía en el sillón y la miraba desde detrás del respaldo.
―Yo no la tocaría―dijo Héctor―, es ella.
―¿Qué quieres decir? ―intervino Álvaro―. No insinuarás que ella también ha recibido una invitación. Es imposible.
―Tú eres el que no debes tocarla ―dijo Dante―. Con lo sucio que estás le transmitirías alguna enfermedad.
Dante dio un paso hacia la niña.
―Es ella ―repitió Héctor en tono firme. Dante se quedó quieto y le fulminó con la mirada, era evidente que no estaba de acuerdo―. Fíjate bien en la niña. Mira su sombra.
Todos siguieron la sugerencia. Tardaron unos segundos en darse cuenta de lo que Héctor quería que viesen. Álvaro se agachó para ver más de cerca. No lo necesitaba pero era demasiado increíble, tenía que estar soñando. Judith se reclinó más sobre el respaldo del sofá. Dante entornó los ojos y abrió la boca.
―Es imposible ―dijo Álvaro con admiración.
―Es un truco ―dijo Dante.
―¿En serio? ―preguntó Judith―. ¿Y cómo se hace un truco así?
Dante no respondió, siguió mirando la sombra de la niña, como los demás. Era la única que se proyectaba hacia la luz, en sentido contrario al resto. Las sombras de Álvaro y Dante se extendían desde sus pies hacia la niña, obedeciendo la lógica de bloquear la luz de la lámpara, que estaba situada por encima de ellos, detrás de sus espaldas. La sombra de la niña debería alejarse de ellos, pero sin embargo, se proyectaba en sentido contrario.
Álvaro dedicó un momento a estudiar el semblante de la pequeña y vio que las sombras de su rostro se correspondían con las que crearía una lámpara que estuviese por detrás de ella, pero la luz le daba directamente en la cara. No tenía sentido.
―Definitivamente es ella ―dijo convencido.
―Es lo último que hubiese esperado ―dijo Dante―. Es demasiado joven. ¿Cuántos años tendrá? Dudo siquiera que sepa escribir, ella no puede habernos enviado las invitaciones.
Álvaro detectó nerviosismo en la argumentación de Dante. A todas luces estaba discutiendo consigo mismo, tratando de convencerse de que aquella niña con aspecto inocente no era la responsable de que todos estuviesen allí. Era difícil de aceptar, y sin embargo no cabía otra explicación.
―¡Quiero jugar! ―dijo la niña de repente.
Dio un par de palmadas en el suelo, se levantó con algo de dificultad y echó a andar hacia la mesa. Los tres hombres se apartaron rápidamente de su camino. La pequeña caminó con paso tambaleante hasta una de las sillas que rodeaban la mesa, exhibiendo en todo momento una sonrisa muy amplia. Álvaro se alegró, pues lo último que quería era ver a esa niña enfadada.
―No creo que lo consiga ella sola ―observó Dante. La niña se esforzaba al máximo por subir a la silla, pero era demasiado alta para ella―. Tal vez deberíamos ayudarla.
―Buena idea ―dijo Álvaro―. Adelante, aúpala. ―Le invitó a hacerlo con un gesto de la mano.
Dante no se movió. Álvaro captó una fugaz sombra de miedo en sus ojos, no se atrevía a tocar a la pequeña anfitriona. Héctor seguía observando con mucha atención a la niña, como si nada más existiese en el mundo.
―Nos está indicando que nos sentemos ―dijo Judith desde el sofá―. ¿No os habéis fijado en la mesa?
Había cinco sillas en total, la que la niña intentaba ocupar y cuatro más, una para cada uno de ellos. Pero era otro el detalle que les convenció a todos. La colección de botellas que antes poblaba la mesa, y de la que Dante se había servido ya tres copas, había desaparecido. En su lugar había un tapete verde sin adornos con un objeto en el centro, que era el verdadero motivo de su reunión.
―Tienes razón ―dijo Dante. Pasó al lado de la niña y se sentó en la silla que estaba más alejada―. Espero que vuelva a traer la bebida.
Héctor se sentó justo a la derecha de la niña sin decir una sola palabra.
―Yo la ayudaré a subir ―anunció Álvaro.
Se aproximó a la pequeña y se agachó con los brazos alargados, resuelto a cogerla por debajo de los hombros. Pero no llegó a tocarla… Se quedó quieto en esa extraña postura al escuchar un gruñido grave a su espalda. Era profundo y retumbaba en toda la estancia. Álvaro no dudaba que aquello era algún tipo de advertencia, tal vez de amenaza. Giró la cabeza muy despacio, con cuidado. Solo el cuello, sus brazos continuaron extendidos en el aire hacia la niña.
En ese momento, Dante se cayó al suelo. Se levantó a toda velocidad y retrocedió asustado. Héctor ni se inmutó, solo tenía ojos para la niña. Judith tenía la boca abierta y sujetaba un cojín contra su pecho sin darse cuenta de que lo estrujaba con todas sus fuerzas.
Un perro enorme miraba directamente a Álvaro. Era de pelo negro, largo como el de un pastor alemán. Los ojos carecían de pupila y eran del color rojo ya visto por todos en la caligrafía de las invitaciones. Sus dientes asomaban afilados y enormes por debajo del labio superior, parcialmente retirado. El animal debía de pesar por lo menos setenta kilos, era inmenso, y se adivinaba una musculatura completamente desarrollada en sus gruesas patas.
Álvaro notó cómo su corazón se disparaba enloquecido. Aquel perro podría arrancarle un brazo de un solo mordisco. Jamás había tenido tanto miedo. El gruñido se prolongaba indefinidamente, aunque no aumentaba su intensidad.
Al principio no tenía intención de hacerlo, pero tras unos segundos interminables, en los que el perro mantuvo su mirada fija en él, Álvaro consiguió serenarse lo suficiente para razonar sobre lo que estaba ocurriendo. Era evidente que el perro quería algo de él, o no le sometería a ese férreo escrutinio. Conservó su extraña postura mientras se devanaba los sesos en busca de una solución, y entonces sus ojos se posaron sobre la sombra del animal. Era como la de la niña, iba en la dirección opuesta a las demás, se alargaba hacia la luz. Eso le dio una idea de qué hacer.
Muy lentamente y sin dejar de mirar al perro, Álvaro dio un paso alejándose de la niña. El animal siguió mirándole, pero el gruñido perdió algo de fuerza y su labio superior descendió un poco cubriendo sus amenazadores colmillos. Al observar aquellos detalles tan prometedores, Álvaro se apresuró a distanciarse todavía más.
El animal se relajó de inmediato.
―La madre que… ―exclamó Dante soltando todo el aire de sus pulmones de golpe―. Joder con el chucho. ¡Casi me cago en los pantalones!
―Dímelo a mí ―dijo Álvaro apoyándose en el respaldo del sillón―. Sugiero que nadie toque a esa niña.
―¿Y qué me decís del indigente? ―preguntó Dante, molesto―. Ni se ha movido el tío. Sigue ahí, atontado con la nena. Sabe algo.
―Pues claro que sé algo ―respondió Héctor sin volver el rostro―. Lo mismo que vosotros. Si usarais el cerebro entenderíais qué está pasando. ¿Olvidáis quién es la niña y por qué estamos aquí?
Era un modo de pensar razonable, muy sensato, y Álvaro descubrió que había lógica en las palabras de Héctor, pero aún así, era muy raro. No era natural conservar la calma de esa manera ante la súbita aparición de una animal como ese, por más que supieran qué hacían allí. Si de verdad Héctor era capaz de controlar sus emociones de ese modo, tendría que tener mucho cuidado con él, más que con Dante. Su primera impresión había sido errónea. Se había dejado influenciar por la roñosa indumentaria que llevaba y por el leve atisbo de imbecilidad que se apreciaba en su mirada. Un mal juicio por su parte. No era imbecilidad, era indiferencia. Sería preciso averiguar más sobre Héctor o no podría manipularle debidamente.
―Héctor tiene razón ―dijo Álvaro en tono conciliador―. Eres muy observador. Te importa que te pregunte…
―¡Zeta! ―gritó la niña, entusiasmada.
El enorme perro negro trotó alegremente hasta la pequeña. ¡Era tan alto como ella estando a cuatro patas! La niña le abrazó en cuanto estuvo a su lado, apenas pudo rodear su cuello con los dos brazos. Zeta entrecerró los ojos y soportó con una expresión de felicidad todas las travesuras a que le sometió la chiquilla. El perro aguantó dócilmente mientras ella le retorcía las orejas y le daba golpes por todo el cuerpo, incitándolo a pelear. Afortunadamente, Zeta no aceptó la invitación. Luego la niña agarró un cojín y empezó a empujar al perro con él. Álvaro dio un salto atrás involuntariamente cuando el perro mordió el cojín y empezó a forcejear con su compañera de juegos. De nuevo se escuchó su gruñido mientras daba minúsculos tirones al cojín. La niña reía descontrolada y sujetaba el otro extremo con dificultad. El espectáculo era impresionante. Álvaro fue una vez al circo, de pequeño, y cuando vio a un domador meter la cabeza dentro de las fauces de un león, pensó que nunca contemplaría algo semejante. Se equivocó. Este juego entre Zeta y la niña le puso mil veces más tenso. Si ese animal se enfurecía podría tragársela entera de un bocado.
Pasados unos minutos, la niña soltó el cojín. Entonces, Zeta se acercó a la silla, se sentó en el suelo y posó el hocico sobre el asiento. La chiquilla corrió hasta él y trepó por su lomo hasta alcanzar la silla, no sin esfuerzo.
―Ya sabemos quién es Zeta ―dijo Dante regresando a su asiento―. Hola, bonito ―le dijo al perro al pasar junto a él.
Zeta ni se inmutó. Se tumbó junto a su amita.
―¡Quiero jugar! ―dijo la niña en tono jovial.
Estaba de pie sobre la silla, apoyada contra la mesa. Agarró unas piezas de plástico de diversas formas y empezó a jugar con ellas, apilándolas unas sobre otras. Había cubos, pirámides, esferas y muchas otras formas que la pequeña combinaba muy entretenida.
―Creo que debemos imitarla ―dijo Álvaro―. Es obvio que nuestra pequeña anfitriona no va a dirigirse a nosotros directamente.
―Eso creo yo ―dijo Judith.
Álvaro casi se cae al suelo al verla levantarse del sofá. No había reparado en que su cuerpo había estado oculto por Héctor y por el alto respaldo del sillón. Pero ahora que la observaba en su totalidad no daba crédito. Judith era delgada, como se apreciaba en sus brazos, y parecía frágil y delicada. Por una parte, Álvaro tuvo el impulso de protegerla, de cuidar de ella. Pero luego le asaltó un pequeño acceso de pánico. Vio cómo Judith sujetaba su vientre al incorporarse y comprendió que estaba embarazada un segundo antes de que su abultada tripa quedase a la vista. Tenía que ser un error. ¿Cómo era posible que una mujer embarazada estuviese allí aquella noche?
―N-No lo entiendo. Estás… ―A Álvaro le costaba decirlo en voz alta.
―Embarazada, sí ―dijo Judith caminando hacia la mesa―. No es asunto tuyo.
Ahora entendía perfectamente la expresión de tristeza que ensombrecía su rostro. Álvaro deseó preguntarle un montón de cosas. La primera de todas, ¿qué diablos hacía allí en su estado? Pero no lo hizo. Ella tenía razón, no era de su incumbencia. La ayudó a tomar asiento. Judith aceptó su ayuda evitando mirarle directamente a los ojos, como si estuviese avergonzada.
―Yo pensé lo mismo que tú ―dijo Dante―. Está como una cabra, pero así son las mujeres. Y nosotros la necesitamos para que esto tenga algo de gracia. No te hagas el galante con ella y céntrate en lo que hemos venido a hacer.
Álvaro estuvo a punto de gritarle. Le hubiera gustado explicarle a ese viejo calvo y barrigón dónde podía meterse sus consejos, pero se contuvo.
―Desde luego ―dijo forzando una sonrisa. Ocupó el lugar que quedaba vacío y tomó el paquete que estaba en el centro de la mesa―. Bien, pues empecemos. ―Rasgó el envoltorio, sacó las cartas de su caja de madera y empezó a barajar―. Juguemos al póquer.
un abrazo
bea
Gracias, B.T.
A ver si puedo subir mañana el siguiente capítulo, es que lo estoy revisando por una adaptación que estoy haciendo de la historia.
Me alegro de que te guste.
Enseguida pongo otro capítulo. Gracias por seguir leyendo.
―¿Por qué empiezas repartiendo tú? ―preguntó Dante―. ¿No deberíamos decidirlo a la carta más alta?
Álvaro sonrió, intuyendo el motivo de Dante para quejarse. Pretendía demostrar su fuerza, establecer desde el inicio una imagen autoritaria y seria para intimidar a los demás. Era una actitud bastante frecuente entre jugadores. Ya había tratado con tipos así.
―Naturalmente ―contestó Álvaro―. Llevas toda la razón. Estoy algo nervioso, eso es todo. Te agradezco que llames mi atención sobre ese detalle. Todos queremos una partida limpia y correcta.
Acercó el mazo de cartas a Dante. El viejo cortó por la mitad. Álvaro completó el mazo y lo arrastró al centro de la mesa. Invitó a todos a coger una carta con un elegante gesto de su mano derecha.
Dante fue el primero. Tomó la primera carta y destapó un rey de corazones. Judith alargó el brazo; le costó llegar hasta el mazo, su tripa topaba con el borde de la mesa. Álvaro se apresuró a acercarle las cartas para que no tuviese que esforzarse. Se la veía tan débil y desprotegida… Sacó un siete de diamantes.
―¡Eh, tú! ―gritó Dante, malhumorado―. ¿Qué tal si prestas atención a la partida? ―Héctor no dio muestras de haberle oído. Seguía embelesado contemplando a la niña―. Dile algo al guarro ese ―le dijo a Álvaro―. Si no quiere jugar…
Héctor extendió el brazo sin dejar de mirar a la pequeña. Alcanzó el mazo de cartas y levantó la primera. Ni siquiera le echó un vistazo. Era un cinco de picas. Álvaro hizo uso de su turno y sacó otro cinco. Luego recogió las cartas y se las tendió a Dante con mucha amabilidad.
―Tú empiezas.
Dante empezó a barajar. Álvaro y Judith estudiaron un momento sus respectivos montones de fichas. Estaban compuestos por piezas circulares de plástico de tres colores diferentes: rojo, verde y amarillo. Las fichas rojas eran con diferencia las más numerosas y las amarillas las más escasas.
―Entiendo que las rojas son las de menor valor ―dijo Judith pensando en voz alta.
Álvaro terminó de colocar las suyas y miró a Judith con curiosidad.
―En efecto, y las amarillas las de mayor valor.
No sabía cómo pero era una certeza indiscutible. El valor de cada ficha era evidente para él, como si llevase jugando al póquer toda la vida con aquel juego de fichas. Era imposible equivocar sus respectivos valores. Al pensar en ello reconoció la misma sensación que había tenido al leer la invitación en el quirófano, cuando le había invadido la necesidad de acudir a la partida inmediatamente. No dudaba que a los demás les estaba ocurriendo lo mismo.
―Empieza la primera mano ―anunció Dante repartiendo las cartas.
―Suerte a todos ―dijo Álvaro alegremente.
Nadie le correspondió. Dante terminó de repartir con mucha rapidez, como si estuviese ansioso por comenzar. Álvaro levantó sus cartas pero no les hizo el menor caso, fingió estudiarlas mientras deslizaba miradas furtivas a sus adversarios. Comprobó con gran satisfacción que ninguno de ellos era un profesional. Le bastó con observar cómo sujetaban las cartas. Álvaro llevaba más de diez años jugando al póquer, había estado sentado en mesas de mucha categoría con gente muy buena, en un par de ocasiones con campeones internacionales, y podía reconocer a un jugador consumado por el modo de sostener los naipes. No era el caso de Dante ni de Judith, el primero mantenía el rostro demasiado tirante, se notaba que intentaba esconder sus emociones. Judith estaba claramente nerviosa, sus finos dedos vibraban ligeramente.
Con Héctor era más complicado, sobre todo porque ni siquiera había tocado sus cartas. Álvaro se preguntó un instante por esa fascinación hacia la niña. Sin duda se trataba de algo excepcional, pero todos sabían dónde habían venido y quién era su diminuta anfitriona, ya debería habérsele pasado la fijación. Puede que fuese por las sombras. Tal vez Héctor no le quitaba ojo intentando descubrir cómo era posible que la sombra de la niña y su mascota se proyectasen en el sentido opuesto a las demás.
―Paso ―dijo Héctor cuando le llegó su turno.
Continuaba sin haber tocado sus cartas. Álvaro no entendía a qué estaba jugando. Esta no era una partida de la que uno se pudiera desentender. Y ahí estaba Héctor, sin mostrar el menor interés. Álvaro empezó a preocuparse. Si no desvelaba el misterio que envolvía a Héctor, no podría descifrar sus emociones y anticiparse a sus jugadas. Nunca se había topado con un jugador tan enigmático. Y luego estaba su aspecto sucio y destartalado. ¿Sería parte de una estrategia para desorientar a sus rivales? De ser así estaba funcionando. Álvaro estaba acostumbrado a ver más allá del aspecto físico, a dar con la personalidad de fondo que impulsaba cada acción en una partida de póquer, pero no terminaba de definir a la clase de jugador que ocultaba esa apariencia de vagabundo.
―Aún no hemos contado por qué estamos aquí ―dijo Álvaro con aire despreocupado―. Yo soy cirujano y lo cierto es que no tengo los detalles de por qué recibí mi invitación. Nuestra pequeña amiga no me los reveló.
―¿En serio? ―preguntó Judith, interesada―. ¡Qué raro! Entonces se tratará de un accidente, supongo.
Álvaro imaginaba lo mismo. Por su modo de responder, dedujo que Judith sí contaba con toda la información de su propio caso. Seguramente esa era la situación de todos ellos. Ahora solo necesitaba que Héctor hablase.
―Muy interesante ―interrumpió Dante―. Pero, ¿qué tal si juegas?
―Por supuesto ―dijo Álvaro―. Voy. ―Echó un par de fichas al montón―. ¿Qué hay de ti Héctor? Puedes contarnos algo para amenizar un poco la noche.
―Y puedo no cantaros nada ―repuso Héctor. Por primera vez desde que se sentaron dejó de mirar a la niña―. Tu charla no me interesa. La de ninguno de vosotros en realidad.
―Era solo para entretenernos ―se defendió Álvaro.
―Hay que ver cómo se pone el desharrapado por una pregunta de nada ―dijo Dante. Héctor permaneció impasible―. Ni que le hubiésemos preguntado cuánto hace que no se cambia de ropa.
―No te metas con él ―dijo Judith. Su voz era demasiado suave para transmitir autoridad. A Álvaro le costaba imaginar un rostro tan dulce enfadado, pero su expresión era seria―. Si no quiere contar nada es cosa suya, no puedes obligarle. ¿Por qué no hablas tú?
―No hace falta que nos enfademos ―dijo Álvaro, conciliador―. Podemos empezar por nuestras profesiones. Yo ya he dicho la mía. ¿Dante?
Dante no respondió enseguida. Tomó el mazo de cartas y repartió de acuerdo a los descartes, excepto a Héctor, que había pasado esa mano.
―Soy un hombre de negocios, un inversor.
―Lo que me faltaba por oír ―dijo Héctor despectivamente―. ¿De verdad no sabes quién es este impresentable? ―le preguntó a Álvaro. El cirujano se sintió repentinamente avergonzado. De nuevo le invadió la sensación de conocer a Dante de algo―. Es un ladrón de la peor calaña. El típico especulador corrupto que…
―¿Qué has dicho, piojoso? ―gruñó Dante levantándose de la silla.
Álvaro juzgó la envergadura de Dante como imponente. A pesar de contar con unos veinte años más que Héctor, a la vista de las apariencias, de producirse un enfrentamiento entre ellos, Álvaro apostaría por Dante. El sesentón era puro nervio, mientras que Héctor parecía débil y demasiado delgado, a la par que despreocupado. Ni se inmutó ante la actitud amenazadora de Dante; nada le perturbaba.
Dante dio un paso hacía Héctor y se quedó paralizado con un pie en el aire. Un gruñido retumbó rebotando de una pared a otra y todos se callaron. Zeta estaba plantado ante él con las enormes patas flexionadas, listo para dar un gran salto. Tenía el lomo erizado y los colmillos a la vista.
―M-Muy bonito ―contestó ella.
―Yo volvería a sentarme ―aconsejó Álvaro a Dante―. Haz lo que diga la niña.
Si Zeta se abalanzaba sobre Dante le despedazaría en medio segundo. El animal era enorme, casi parecía un león negro.
―¿No más juego? ―preguntó la niña con tristeza. Dejó escapar un par de sollozos―. Yo quería más juego… Más… ―Rompió a llorar y derribó los bloques que estaba apilando, desperdigándolos sobre la mesa.
Dante reaccionó y volvió a su sitio a toda velocidad. El perro regresó junto a la chiquilla.
―Por si no lo habéis entendido ―dijo Judith―, la niña no va a permitir que os peleéis. Lo ha dicho bien claro, quiere que juguemos. Y yo no pondría a prueba lo que ese perro es capaz de hacer.
Dante se sentó en una postura particular que disparó una conexión en la memoria de Álvaro. Su expresión… ya la había visto antes, pero ¿dónde? Y de repente, se acordó. Lo había visto en la televisión, en las noticias para ser exacto, asociado a un escándalo inmobiliario.
―Tú eres el especulador que traficó con influencias para inflar el precio del terreno ―dijo Álvaro, más para comprobar que estaba en lo cierto que para recriminarle nada a Dante―. Te acusaron de robar millones y…
―No pudieron probar nada ―le cortó Dante.
―Pero todo el mundo sabe que eres culpable ―apuntó Héctor―. Y eso es sólo uno de los miles de chanchullos en los que habrás estado metido.
A pesar del tono neutro de la voz de Héctor, Álvaro detectó un profundo desprecio en sus palabras, y no era para menos. De ser ciertos los rumores, Dante era un multimillonario que había levantado su imperio con todo tipo de actividades ilegales. Sobornos, extorsión, tráfico de influencias… La lista era interminable. Le habían acusado de incontables delitos, pero siempre terminaba por librarse. Si no recordaba mal, hacía unos años le condenaron por algún tema de corrupción, pero no llegó a ir a la cárcel. La mitad del país se había indignado ante el modo de proceder de la justicia, que le permitía conservar su libertad. Le habían cobrado una multa astronómica, que por otro lado no debía suponer demasiado para la fortuna de Dante.
Álvaro se sintió mejor. Ahora se hacía una idea mucho más precisa de cómo era Dante; de poco le servirían sus influencias en esta partida. Seguramente por eso su actitud era tan hostil, no estaba acostumbrado a enfrentarse a nadie sin partir de una posición ventajosa, apoyada en su riqueza. Allí no podría sobornar a nadie para ganar.
―Bueno, no creo que nos corresponda juzgar el pasado de nadie ―dijo Álvaro aparentando normalidad―. Hemos venido a jugar después de todo.
Y siguieron jugando. La primera mano la ganó Judith. Recogió las fichas y empezó a barajar. Álvaro notó como le temblaban las manos. Ella estaba nerviosa, y eso se hizo evidente cuando, al hacer un mal movimiento, se le cayó el mazo y las cartas se desparramaron sobre la mesa.
―No te preocupes ―dijo Álvaro ayudándola a recoger―. Le puede pasar a cualquiera.
Menos a él, por supuesto, si bien eso no lo dijo en voz alta. Álvaro era un profesional y debía evitar que los demás se dieran cuenta de ello. Y Judith empezaba a convertirse en el mayor de los peligros de un modo que jamás hubiese sospechado. Su expresión apenada desarmaba a Álvaro cada vez que ella le dedicaba una tímida sonrisa. No lo podía evitar, sentía la necesidad de ofrecerle su protección, se la veía tan desvalida, tan vulnerable, y era tan… Atractiva, sí. Álvaro reconoció para sí mismo que Judith era una chica muy bonita, un poco delgada, pero bien proporcionada. Todo en ella le atraía y, sencillamente, eso no podía ser. Tenía que librarse desesperadamente de esa mezcla de compasión y deseo que Judith despertaba en él. Era una enemiga, todos lo eran en aquella mesa, y su deber era permanecer concentrado.
Héctor tampoco miró sus cartas en la nueva ronda. Se limitó a arrojar una ficha al montón y cuando alguien subió, anunció que no iba. Dante le dedicó una mueca de desaprobación, pero ganó la mano y pareció contento de arrastrar las fichas del centro hacia su rincón.
La niña había empezado de nuevo a colocar bloques cuadrados formando una pared y se la veía muy contenta. De vez en cuando dejaba escapar una leve risa, como si le hubiesen contado un chiste de su agrado. Sus coletas botaban con los pequeños saltitos que daba sobre la silla, excitada. Daba la impresión de ser inagotable. Zeta permanecía en todo momento tumbado a sus pies, con la cabeza sobre el suelo y los ojos cerrados. Pero Álvaro no se dejaba engañar, el perro no estaba dormido. Solo era necesario un detalle minúsculo que molestase a la pequeña y el animal estaría de nuevo en pie, resuelto a poner orden.
Era su turno de repartir. Álvaro tomo el mazo y barajó, poniendo cuidado de emplear movimientos vulgares y corrientes que disfrazasen la habilidad de sus ágiles dedos. Esbozó una sonrisa inocente y repasó a sus adversarios. Ninguno le observaba con excesiva atención.
―¿Vas a pasarte la noche barajando? ―gruñó Dante―. Reparte de una vez.
―Ahora mismo ―contestó Álvaro.
No merecía la pena esperar otra ronda a que le volviese a tocar. Ya era hora de comprobar con quién se estaba enfrentando y, lo más importante de todo, si la niña interferiría o no en sus planes. De ser así, mejor saberlo cuanto antes.
Empezó a distribuir las cartas y decidió que había llegado el momento de hacer la primera trampa. Todo iría bien, se había preparado a conciencia, y su técnica era perfecta.
Otra lectora intrigada que se suma a la fiesta, jaja!
De momento me está gustando mucho, así que cabe dudar de mi imparcialidad, pero prometo comentarte si veo algo.
Saludos!:)
Pues bienvenida. Es una gran ilusión saber que te gusta. Cualquier comentario/opinión/crítica será bien recibido.
sigue escribiendo me esta entusiasmando.
un abrazo,
bea
Todo tiene una explicación. Ya lo verás más adelante.
En breve subo el siguiente capítulo.
Su trampa funcionó a la perfección. Álvaro había manipulado las cartas y había entregado una jugada concreta a cada uno de ellos, con el fin de estudiar su comportamiento.
Tal y como había sospechado, la niña no había interferido en su treta. Fue muy tranquilizador comprobar que no tenía que vérselas con Zeta.
El único problema continuaba siendo que Héctor se mantenía al margen del juego. Álvaro empezaba a desesperarse con él, no conseguía entenderle. En esta ocasión, el misterioso personaje tampoco tocó sus cartas, depositó la primera ficha y, en cuanto subieron la apuesta, abandonó con desinterés.
―Subo ―dijo Álvaro mirando a Dante, y lanzó cinco fichas rojas, las de menor valor―. A ver si tengo algo de suerte.
Dante dedicó unos segundos a repasar sus cartas y luego le devolvió una mirada desafiante, cargada de arrogancia.
―Hagámoslo más emocionante.
Igualó la apuesta de Álvaro y la aumentó con una ficha verde, la primera que se utilizaba en la partida. Era el montón más grande hasta el momento. No es que fuese una cantidad enorme, pero era un bocado jugoso.
―No voy ―dijo Judith tirando las cartas.
Bastante prudente. Álvaro sabía que ella tenía dobles parejas de damas y cincos, una jugada decente, pero tampoco nada del otro mundo, y juzgó su actuación como propia de un jugador comedido que no arriesga demasiado. Una decisión correcta, aunque tal vez demasiado precavida.
―Yo voy a subir un poco más. ―Álvaro puso una ficha verde y luego añadió tres fichas rojas.
La reacción de Dante fue mucho más reveladora que la de Judith.
―No seas tacaño, cirujano ―dijo Dante sonriendo―. Vamos a ver hasta dónde eres capaz de llegar.
Sin dejar de mirar a Álvaro ni un instante, Dante agarró una ficha amarilla, la más valiosa de todas y la llevó pausadamente hasta el centro de la mesa.
Fue todo un espectáculo, muy instructivo para Álvaro, que sabía la jugada que Dante tenía en sus arrugadas manos. Era una triste pareja de cincos. Con todo, Álvaro admiró el pequeño teatro de su oponente. Dante estaba representando su papel de fuerte con mucha dedicación, y no lo hacía nada mal. Su expresión era decidida y no mostraba signos evidentes de nerviosismo. Álvaro dudó si hubiese picado en el farol de no saber qué llevaba en realidad, pero lo sabía, y podía ganarle dado que él contaba con un trío de ochos.
Sin embargo prefirió ceder esta vez y alimentar el ego de su adversario.
―Demasiado para mí ―dijo arrojando las cartas.
Y se guardó la valiosa información que acababa de recabar para futuras jugadas. Podría identificar los faroles de Dante sin demasiado esfuerzo por su parte. Sólo tenía que esperar a cazarle en una mano en la que no fuese él quien repartiese, para no levantar sospechas.
―Ha sido muy sencillo ―se regodeó Dante, recogiendo el botín de su farol―. No sé por qué pensaba que tenías más huevos.
―Bueno, la verdad es que necesitaba unas cartas mejores para acompañar a mis huevos. ¿Qué llevabas?
―Ah, ah... Tendrías que haber ido para descubrir mi jugada. No querrás que desvele mi juego, ¿verdad?
No le hacía falta, Dante era un caso clásico. Le costaba disimular su entusiasmo por haber vencido con una jugada inferior. El placer de derrotar a un oponente con un farol bien acometido era toda una inyección de autoestima, uno se vanagloriaba internamente de haber ganado contra una jugada mejor, era como sentirse invencible. Se notaba que Dante se moría de ganas de decir que llevaba dos simples cincos y reforzar todavía más su gran talento.
Álvaro prefirió no contestar a Dante. En la siguiente mano recibió unas cartas realmente malas y pasó. Héctor hizo lo mismo una vez más. Como no iba a jugar, Álvaro decidió ignorar esa ronda y tratar de franquear el muro de indiferencia de su enigmático oponente.
―No pareces muy preocupado por la partida ―comentó en tono casual. Héctor no respondió; se limitó a observar a la niña―. No alcanzo a entender cómo es que no juegas ninguna mano, si estás aquí es por una razón. Imagino, por tu apariencia, que ya has descuidado muchos aspectos de tu vida. Puede que…
―No te canses ―le cortó Héctor―. Mis motivos son asunto mío y no voy a compartirlos contigo.
―¿Qué mal puede hacerte? Al fin y al cabo, nuestra situación es muy especial. ¿Por qué te niegas a hablar?
―Porque no me interesa tu opinión. Ahí tienes a otros dos a los que dar la paliza con tu labia. ¿Por qué no acosas un rato a la chica, que se nota que te gusta?
¿Tan evidente era? Álvaro no lo creía posible. Y sin embargo, Héctor se había dado cuenta, lo que significaba que era un observador muy perspicaz. Eso no era nada bueno. Y no parecía posible hacerle hablar de sí mismo, lo que era mucho peor. Álvaro se sintió desconcertado con él. ¿Por qué una persona tan sucia y descuidada estaba en la partida? No era un indigente, de eso no había duda. Álvaro había tratado en urgencias con muchas personas sin hogar y Héctor no era como ellos. Compartía algunos rasgos superficiales, pero sus ojos brillaban de modo distinto, ocultaban algo. Álvaro no sabía por qué, pero presentía que aquellas frías pupilas encerraban una fuerte determinación. Héctor tenía muy claro qué había venido a hacer y nada más le importaba. Esa era la fuente de su inquebrantable despreocupación.
La niña, ella era la clave. Héctor apenas había despegado los ojos de ella desde que había aparecido. ¿Qué buscaba en la pequeña? Todos sabían quién era, por lo tanto no era su identidad lo que acaparaba la atención de Héctor. Tal vez se tratase del hecho de que fuese una niña, y también de su singular mascota. Álvaro recordó que había imaginado que su anfitriona sería una mujer, no sabía por qué, sencillamente así había sido, y toparse con aquella chiquilla de expresión dulce le había descolocado inicialmente. Aun así, no entendía la fascinación de Héctor por ella. Se fijó en él una vez más. De nuevo estaba observando a la pequeña, sus manos concretamente. La niña cogía los pequeños bloques de su juego personal y los apilaba formando un castillo, o tal vez una casa. De pronto, Álvaro reparó en un detalle y se quedó mudo de asombro. La orientación de la sombra de los bloques de plástico cambiaba cuando la chiquilla los tocaba, pero cuando los soltaba, la sombra volvía a su posición original. Era bastante confuso. Álvaro tomo nota mental de no tocar a la pequeña, no le apetecía lo más mínimo experimentar en sus propias carnes ese…
―¡Has hecho trampas, niñata! ―rugió Dante. Álvaro se sobresaltó y se centró de nuevo en la partida. Por un segundo había olvidado dónde se hallaba―. A mí no me engañas con esa pinta de no haber roto un plato en tu vida.
―Eres un embustero ―se defendió Judith, recogiendo las fichas―. Si crees que he hecho trampas, demuéstralo o déjame en paz.
Dante dio un sonoro puñetazo sobre la mesa.
―No lo creo, estoy seguro. Aunque no pueda probarlo…
Álvaro se levantó de la silla y dio un paso hacia Dante.
―Más te vale controlar esa bocaza que tienes y dejar de meterte con ella.
Aquello era demasiado. Amedrentar de esa manera a una pobre chica embarazada. No le importaba a qué estuviese acostumbrado Dante en el mundo corrupto en el que vivía normalmente. Puede que allí controlase a la gente con su dinero y actuase como le viniese en gana, pero aquí no iba a asustar a Judith con su actitud de matón, no lo consentiría.
―¿Qué piensas hacer, doctor? ―preguntó Dante―. Ya no estás tan cordial y amable. ¿A qué viene tanta preocupación por la princesa?
―A que no vas a ponerte así de gallito cada vez que pierdas. Sé un hombre por una vez y no te excuses en las trampas. Si ella ha jugado mejor que tú, acéptalo.
―Si hubiese hecho trampas, la niña no me lo habría permitido.
―Ahí lo tienes ―dijo Álvaro apoyando a Judith, a pesar de saber muy bien que estaba mintiendo. La niña no había intervenido cuando él había hecho trampas.
―Tú no has seguido la partida, doctor ―declaró Dante ignorando a Judith descaradamente―. Yo, sí. Y te digo que esa arpía de aspecto angelical es una sucia manipuladora…
―¡Calla! ¡Tú, malo! ―gritó la niña de repente. Todos se quedaron en silencio. El pánico asomó al rostro de Dante, que no se atrevió a mover un solo músculo―. ¡Muy mal! Eso, no bueno. Quiero jugar más. ¡Para o yo castigo!
La niña estaba de pie sobre su silla, inclinada ligeramente hacia el suelo, y señalaba insistentemente con el dedo a su mascota. Zeta la miraba con expresión sumisa, tenía las orejas colgando hacia abajo y el rabo entre las piernas. El enorme animal no movía uno solo de sus pelos negros, y soportaba la reprimenda sin sostener más de un par de segundos la mirada de la pequeña.
―¿Me lo ha dicho a mí o al chucho? ―preguntó Dante con la voz temblorosa.
―No te mira a ti ―dijo Héctor muy tranquilo―. Pero yo me lo tomaría como una advertencia. ¿Cuántas veces hay que decirte que la niña no nos habla directamente?
Era una conclusión muy lógica. Álvaro regresó a su asiento con mucha calma y los demás le imitaron sin decir nada. Era impresionante ver a la niña imponiéndose sobre un perro que abarcaba fácilmente cuatro veces más que ella. También notó cómo les afectaba a ellos y a la partida. Hasta que la pequeña no empezó a jugar de nuevo sobre la mesa con sus juguetes, ellos no se relajaron lo suficiente para seguir. La niña controlaba cuanto sucedía de esa forma tan peculiar. El mensaje estaba claro. No toleraría peleas. Lo curioso era que no interviniese con las trampas, dado que Álvaro no albergaba la menor duda de que ella estaba al tanto de cuanto sucedía en la mesa de juego.
Judith recogió las fichas del centro y barajó. Luego repartió para continuar con la partida.
Álvaro empezó a sentir un profundo desprecio por Héctor. La curiosidad que sentía era tan fuerte que, unida a la frustración de no averiguar nada de él, comenzó a transformarse en repulsión, casi en asco. Estaba harto de ese impresentable que rezumaba frialdad e indiferencia, y que se negaba siquiera a cruzar unas palabras con los demás. Por no hablar de su aspecto repugnante.
Dante ganó la mano con una pareja de reyes. No se llevó demasiado.
En conjunto, Judith era la que más progresaba. Su montón de fichas había crecido sensiblemente. Héctor había perdido algunas, como consecuencia exclusiva de ir depositando una ficha roja en cada mano, para luego retirarse automáticamente. Dante y Álvaro habían perdido un poco, pero nada preocupante.
Era el turno de repartir de Héctor. Lo hizo distraído, sin prisas, arrojando las cartas de un modo casi despectivo. Álvaro se contuvo para no decirle nada.
Todos formularon una apuesta inicial.
―Un poco más por favor ―dijo Dante incrementando la apuesta.
Lanzó dos nuevas fichas al montón y, cómo no, Héctor anunció que se retiraba. Judith y Álvaro igualaron la apuesta. Se descartaron y recogieron sus nuevas cartas.
―Voy con tres fichas más ―dijo tímidamente Judith.
―Y yo ―anunció Álvaro.
Ambos pusieron las fichas a la vez y sus manos chocaron involuntariamente en el montón. Judith la retiró a toda prisa bajando la vista, avergonzada.
―A este ritmo, podemos pasarnos aquí una semana ―dijo Dante hinchando su amplio pecho―. No seáis cobardes y animemos esto un poco ―añadió dejando caer sobre el montón una cantidad considerable de fichas, la más grande hasta el momento.
Álvaro se quedó muy sorprendido por su suerte. Dante volvía a ir de farol y él lo sabía. Detectó la misma vibración en la voz y sus pupilas estaban igual de dilatadas. La postura corporal, el modo de pavonearse…, todo lo delataba. Era su oportunidad de darle un buen golpe, y sin tener que recurrir a las trampas de nuevo. Aún así, convenía asegurarse. Pudiera ser que Dante estuviese fingiendo, aunque eso implicaría unas dotes de actuación extraordinarias.
―No voy ―dijo Judith.
Dante resopló con desdén.
―Has apostado mucho ―observó Álvaro pacientemente―. Y nos has llamado cobardes. Veamos lo valiente que eres. Subo.
Y dobló la cantidad de Dante. Judith dejó escapar un suspiro involuntario.
―Por fin nos vemos las caras, doctor ―sonrió Dante. Su expresión de felicidad parecía levemente forzada, coincidiendo con las sospechas de Álvaro de que se trataba de un farol―. No quiero desaprovechar esta ocasión de darte tu merecido. Vuelvo a subir.
Dante separó sus fichas, quedándose con solo unas pocas, y empujó el resto al centro de la mesa. Álvaro tragó saliva. ¿Y si estaba equivocado respecto a las cartas de su oponente? A Dante no le había temblado la mano ni un ápice y estaban ante una apuesta importante. Quien perdiese quedaría relegado a una posición muy incómoda, con escasas posibilidades de alzarse con la victoria final. Por otro lado, no podía abandonar. Si no seguía su instinto, ¿de qué le servirían sus conocimientos de póquer? Si no confiaba en su intuición, forjada a base de innumerables partidas a lo largo de los años, sería como un jugador novato.
Miró de reojo a la niña en un intento desesperado de captar algún detalle que le ayudase a decidirse. La pequeña no le devolvió la mirada. Se la veía muy entretenida en su propio juego.
Álvaro se reprendió a sí mismo por su debilidad, por no ser más decidido. Ya debería haberse lanzado sobre la yugular de Dante, aprovechando su olfato para los faroles. Sólo tenía que arrancarle sus últimas fichas, subiendo la apuesta de nuevo, y se libraría de uno de los jugadores, de quien peor le caía por añadidura. Sin embargo, su miedo le frenó con la advertencia de que Dante podía esconder en realidad una jugada superior a su pareja de ases. Se lo había dicho a sí mismo infinidad de veces antes de llegar a la casa. Tenía que comportarse como si fuese una partida normal y corriente, o no ganaría. Pero era más fácil decirlo que hacerlo. Al menos no iba a abandonar, así que optó por un término medio.
―Lo veo ―anunció Álvaro.
La decisión estaba tomada. No subiría más pero tampoco se retiraría. Separó sus fichas y las añadió al botín del centro. Era el momento de comprobar si había sabido juzgar la situación debidamente o Dante le había engañado como a un principiante.
―¡Qué divertido! ―aplaudió la niña con entusiasmo mientras acariciaba a Zeta. El perro sonrió y le dio un lametazo a la pequeña que casi la tira de la silla.
Álvaro ni se inmutó en esta ocasión. Estaba ante un momento decisivo y sólo quería conocer el desenlace de esta mano. Descubrió su pareja de ases.
―Bien, veamos qué tienes ahí.
Animo y adelante
Hola, Mave.
Encantado de saber que sigues leyendo. Gracias por los ánimos.
La intención es subir mañana el capítulo 5 y el fin de semana el 6 y 7. Con lo que se terminaría el relato.
¡Ya queda muy poco!
Álvaro contuvo la respiración sin ser consciente de ello. Judith le dedicó una mirada imprecisa, difícil de descifrar. Creyó captar un destello de apoyo en sus frágiles ojos, de ánimo incluso, como si ella le transmitiese que deseaba su victoria, o tal vez la derrota de Dante.
―¡Cabrón con suerte! ―rugió Dante tirando las cartas.
Álvaro se tranquilizó de golpe, soltó el aire de sus pulmones y procedió a recoger el fruto de su triunfo. Apenas escuchó el insulto de Dante, acababa de reafirmar sus aptitudes como jugador. Ya no volvería a atravesar una crisis de confianza como la de antes, lo que era de mucho más valor que el sustancioso puñado de fichas que ahora le pertenecían. Se sintió bien, más que bien. Era un jugador excepcional y siempre lo había sabido. Nadie podía engañarle.
―La suerte nunca viene mal ―dijo Álvaro ―. Esta vez he ido y tampoco me has dejado ver tus cartas. Tienes mal perder.
―¿Qué más da? ―gruñó Dante―. Si no las enseño es porque no superan las tuyas, con eso te basta. No voy a dejar que te cachondees de mí.
A Álvaro le hubiese encantado hacerlo. El señor millonario, que había amenazado a una chica embarazada hacía unos momentos, estaba ahora prácticamente acabado. Ya no era tan prepotente. Ni con todo su dinero…
Una idea irrumpió en la cabeza de Álvaro. Sesgó el hilo de sus pensamientos y le proporcionó una imagen curiosa. Merecía la pena probar.
―Apenas te quedan fichas, grandullón ―dijo Álvaro―. No me gustaría estar en tu pellejo.
―Aún no estoy vencido ―repuso Dante―. Y no te pongas tan chulo o averiguaremos si el chucho de la niña puede detenerme antes de que salte sobre ti.
―No deberías ser tan violento ―continuó Álvaro―. Después de todo, voy a ofrecerte un trato para recuperar parte de tus fichas. Tengo entendido que eres un gran hombre de negocios. ¿Te interesa escuchar mi propuesta?
―Si es una broma…
―No lo es.
―Entonces te escucho, aunque no veo qué puedes querer de mí. Nosotros cuatro sabemos que lo único importante ahora son esas fichas. Puede que el piojoso, no. Ese tipo raro a saber qué piensa, pero los demás somos razonablemente normales. Así que dime, ¿qué quieres?
―Dinero, naturalmente. Algo que a ti te sobra.
―¿Me tomas el pelo? Dinero… ¡Es absurdo! Es lo último que puedes querer en estas circunstancias. No me lo creo.
―No es para mí. Mi hermano y su mujer pasan por serias dificultades económicas que no voy a detallar. Si quieres recuperar este montón, ―Álvaro separó la mitad de las fichas que le había ganado― sólo tienes que transferirles tres millones de euros. Tú decides.
―Vaya con el médico ―dijo Dante―. Así que tienes corazón después de todo. El precio es un poco exagerado.
―Yo no lo veo así ―repuso Álvaro―. Es una suma considerable, pero nada comparada con la que has robado a lo largo de los años con tus trapicheos ilegales. Si prefieres continuar la partida en tu posición actual puedes hacerlo.
―Empiezas a caerme bien ―dijo Dante―. Eres bueno con las cartas. Adivinaste perfectamente mi farol de antes, pero tratándose de negocios eres más bien patético. Podría negarme y rápidamente bajarías a un millón, o a medio, con tal de ayudar al muerto de hambre de tu hermano. Pero como no tenemos tiempo y el dinero es lo menos importante para nosotros, acepto.
―¡No lo hagas! ―pidió Judith. Se sujetó la barriga con delicadeza y extendió el brazo sobre la mesa hasta apoyar su mano sobre la de Álvaro―. Vas a darle la oportunidad de ganar, ahora que está casi derrotado.
A Álvaro le dolió en el alma entristecer a Judith.
―Tengo que hacerlo. Es mi oportunidad de ayudar a mi familia y sacar algo positivo de todo esto.
―Conmovedor. ¿Cerramos el trato? ―preguntó Dante tendiéndole la mano.
―De acuerdo ―dijo Álvaro―. Llamarás ahora mismo a tu contable y le dirás que haga el ingreso. Entonces te daré las fichas. Estoy convencido de que a nuestra pequeña amiga no le importará.
―No tan deprisa ―intervino Héctor―. Vas a enviar otros tres millones a otra cuenta que te voy a dar yo.
―El harapiento alucina ―dijo Dante―. Anda, sigue embobado con la niña y no nos molestes. Estabas muy bien calladito.
―Díselo ―le pidió Héctor a Álvaro―. Exígele que pague también lo mío.
Álvaro se sorprendió mucho. Héctor acababa de abandonar su habitual despreocupación para vestir su voz de un matiz apasionado y dramático. Estaba nervioso y se deshacía por conseguir esa bonita suma de euros. Era muy extraño. Lo último que hubiese pensado que interesaba a Héctor era el dinero.
―No estoy seguro. ¿Por qué debería ayudarte? Creía que no querías hablar conmigo, ni te importaba mi opinión.
―No te hagas la víctima ―le acusó Héctor―. Tienes la ocasión de hacer algo bueno con el dinero de ese delincuente. Aprovéchala.
―Mi oferta no se extiende al indigente ―dijo Dante―. Te lo advierto.
―Puede que tengas razón, Héctor ―dijo Álvaro―. Pero yo quiero algo a cambio. Las fichas son mías y tienes que pagar por ellas.
―¿Cómo quieres que te pague?
―Con información ―contestó Álvaro. Era la primera oportunidad que se le presentaba de averiguar algo acerca de Héctor, no la desaprovecharía―. Vas a contarme para quién es ese dinero y por qué estás aquí. ¿Entendido?
Héctor se mordió el labio inferior con tanta fuerza que se tornó blanco. Estaba claro que lo había entendido. Tardó varios segundos en responder.
―El dinero es para una mujer y para su hijo ―comenzó a relatar Héctor con los ojos desenfocados―. El niño tiene once años y le falta una pierna. Su madre es viuda. Sufrieron un accidente de tráfico. Un conductor borracho les embistió tras saltarse un semáforo en rojo y les arrolló. El padre murió ahogado en su propia sangre mientras los bomberos luchaban por sacar al pequeño del amasijo de hierros en que se habían convertido los dos coches. Al final, no pudieron salvarle la pierna y tuvieron que amputársela.
―Es una historia horrible ―dijo Judith, comprensiva―. Lo siento.
―¿Son familiares tuyos? ―preguntó Álvaro―. ¿Por qué te interesan tanto?
―Porque yo era el conductor que les destrozó la vida.
Aquello explicaba bastantes cosas. Álvaro meditó un poco sobre el efecto que aquel accidente había causado en Héctor y no pudo evitar un brote de compasión en su interior. Debía de ser terrible soportar la carga de haber destruido una familia. Era significativo el modo en que lo había expresado, asumía toda la responsabilidad, y atendiendo a su relato, no era probable que el culpable fuese otro.
―Fue un accidente ―dijo Judith―. No puedes atormentarte de ese modo. Su padre no resucitará ni al chico le crecerá una pierna nueva si te derrumbas.
Héctor se volvió hacia ella y habló despacio, con una voz devastadora.
―¿Crees que no lo he pensado? ¿Acaso imaginas que puedes pronunciar palabras que no me hayan dicho miles de veces mis psiquiatras o yo mismo? No te molestes. Yo estuve allí, tú no. El padre y la pierna del chico no fueron lo único que murió o salió herido mortalmente de aquel accidente.
―Págale ―le dijo Álvaro a Dante, impasible―. Otro millón a la cuenta que Héctor diga o no hay trato.
―Es posible que sea un blando, pero para tu desgracia voy a ser inflexible en esto. O pagas o continúas la partida así y observas cómo te destrozo.
―Muy bien, doctor, pagaré, pero sólo para poder venceros y hacerte tragar ese buen corazón que tienes. En el fondo, me estás dando otra oportunidad de enfrentarme con vosotros.
Dante agarró de mala manera las fichas de Álvaro y le arrebató las correspondientes al trato. Luego sacó su teléfono móvil y llamó a su contable.
―Es el momento de hacer un descanso ―dijo Álvaro.
Miró a la niña para comprobar si estaba de acuerdo o quería que siguiesen jugando. La silla estaba vacía. Con la discusión, ni se había dado cuenta de que se hubiese bajado. La encontró en una esquina con su amigo inseparable. Lanzaba una pelota de tenis, que rodaba sorprendentemente lejos dado su diminuto brazo, y Zeta salía disparado tras ella. El perro la cogía entre sus afilados dientes y regresaba junto a la niña una y otra vez. Era muy silencioso para ser tan grande, y nunca chocaba con ningún mueble.
Álvaro le dio un papel a Dante con la cuenta en la que quería el ingreso y luego se alejó de la mesa. Le apetecía estar solo un rato y reflexionar sobre los últimos acontecimientos y el curso que estaba tomando la partida. El misterio de Héctor sólo se había desvelado en parte. Ahora podía comprender mejor la clase de persona a la que se enfrentaba. Alguien abatido por una tragedia personal debería ser un rival fácil de superar, ni siquiera debería considerarle un rival. Aún así, allí había mucho más, y prueba indiscutible de ello era que Héctor no jugaba. ¿Sería parte de un plan? ¿Estaría esperando un momento favorable? Desde luego a él le despistaba y eso era peligroso. Luego meditó sobre las palabras de Dante respecto a que Héctor fingía. Repasó su triste historia y sus expresiones al contarla, y concluyó que no era probable. Ni el mejor de los actores podría reflejar tanto dolor a tan corta distancia. Y no dudaría de nuevo de sus dotes de observación. No, Héctor no mentía. Sólo restaba averiguar…
―Has sido muy generoso ―dijo Judith.
Álvaro no la había oído acercarse, absorto como estaba en sus cavilaciones. La joven estaba de pie frente al sofá que él ocupaba.
―Pensé que no te gustaba que permitiese a Dante seguir en la partida.
―Y no me gusta ―dijo ella―. Pero entiendo por qué lo has hecho. Eres una persona generosa, probablemente el mejor de todos nosotros.
Las palabras de Judith desataron un gran alivio en su interior. A Álvaro le encantó escuchar el buen concepto que ella tenía de él. Fue plenamente consciente del esfuerzo tan desmesurado que le suponía mantener a raya sus emociones al estar próximo a ella. Eso no era bueno para el póquer. Debería aislarse, descartar sus sentimientos como malas cartas que no le servían de nada y conservar la mente fría. Lo juicioso sería irse, poner una excusa educada y regresar con los demás. Sin embargo, era absolutamente incapaz de hacerlo.
―¿Quieres sentarte? ―dijo apartando un par de cojines.
Judith le dio las gracias, se acercó y se puso de espaldas al sofá. Con una mano se sujetó la tripa mientras con la otra se apoyaba contra el respaldo y controlaba el descenso de su cuerpo.
―Permite que te ayude ―se ofreció Álvaro, y se acercó resuelto a sujetarla para facilitarle la tarea.
―¡No! ―gritó ella, alarmada―. Puedo yo sola. ―Álvaro volvió a sentarse sobresaltado―. Perdóname, es que me pongo muy nerviosa con mi pequeño.
―No te preocupes, te entiendo.
―De verdad que lo lamento. No sé por qué, pero no me gusta que me toquen.
―Instinto de protección. Eso me lleva a pensar…
―En cómo estoy aquí si voy a ser madre. ¿Me equivoco?
―No te equivocas. La verdad es que me resulta difícil de comprender. Los beneficios para ti y para tu hijo son evidentes si ganas, pero estás arriesgando…
―Me violaron ―dijo Judith enterrando el rostro entre sus manos―. Ocurrió cuando regresaba a mi casa. Un hombre enorme saltó sobre mí y me arrastró a un callejón aislado. Le golpeé todo lo fuerte que pude pero no sirvió de nada. Abusó de mí, me utilizó y luego se marchó, sin prisa… Casi me muero del susto cuando descubrí que estaba embarazada… Y cuando por fin lo asimilé, me enteré de que tengo un aneurisma en el cerebro y dos años como máximo. Entonces me hablaron de esta partida y supe que era mi única esperanza. Rompí con mi novio por si perdía y dejé todos mis asuntos en orden. Yo… necesitaba hablar de ello y creo que tú puedes comprenderme.
―Lo siento mucho. Yo no tengo hijos, ni demasiada experiencia preocupándome por los demás, pero creo que de estar en tu posición obraría de la misma manera. ―No se le ocurrió nada mejor para reconfortar a aquella joven asustada. Imaginó por un segundo a un hombre inmenso violando aquel cuerpo delicado y le invadió una ola de rabia. Sintió que debía corresponder a la sinceridad de Judith con su propia historia―. Mi caso es infinitamente más sencillo. Estoy sano como una rosa, así que entiendo que dentro de dos años sufriré un accidente de algún tipo. Me temo que no hay nada más que saber de mí.
En el fondo, Álvaro consideraba que su vida estaba vacía, sin ningún contacto humano importante, ni siquiera con su familia, y con un trabajo que había dejado de apasionarle hacía mucho tiempo. En su opinión, una persona sin pasión, sin ilusiones, no debería tener la vida de otros en sus manos. Jugar a las cartas había sido lo único a lo que había dedicado tiempo y esfuerzo, demasiado a decir verdad. El resumen de su vida había sido una dejadez progresiva de todo cuanto merecía la pena por la avaricia de ganar dinero con el póquer. Era bastante patético, no consideró que a Judith le agradase conocer ese aspecto de él.
―Yo casi lo preferiría ―dijo Judith, pensativa―. Es mejor no saber qué será. Bastante malo es saber cuándo.
―No estoy seguro. He pasado muchas noches pensando en ese accidente, intentando averiguar si será doloroso, por ejemplo.
―Al menos ya no tienes que preocuparte por eso.
―¿A qué te refieres?
―Al accidente. No ocurrirá, por eso estamos aquí.
Álvaro torció el cuello y miró a la niña. Seguía jugando felizmente con Zeta.
―Tienes razón. Es un alivio saber que no moriré dentro de dos años.