Una mesa redonda y un amplio ventanal desde donde se vislumbra la blancura de la espuma del mar iluminada por las farolas del puerto como telón de fondo. Éstos parecen ser hoy los únicos testigos de sus pasiones ahogadas durante tanto tiempo en la distancia y hasta casi en el olvido. La luz tenue tintineante de la vela que decora el centro de la mesa proyecta un brillo especial a sus rostros, hoy más que nunca enardecidos por la intensidad de ese tan efímero momento que ambos saben que es lo único que les queda.
Los dos frente a frente .Ella, dentro de un vestido de terciopelo negro de escote palabra de honor. El, impecablemente ataviado con un traje también negro ,a juego con su mirada.
Cualquiera podría percibir la atracción que sienten el uno por el otro .No hay más fijarse en cómo cada vez que se rozan bajo el mantel notan como intentan detener que salga la lava de sus volcanes subiéndoles por sus entrañas. Ese deseo tan intenso que desdibuja y desintegra todo lo que les rodea hasta el punto de hacerles sentirse completamente solos… si no fuera porque un camarero se ha acercado a servirles una copa de vino, hecho que simplemente ha pasado imperceptible dada la enajenación bajo la que se encuentran.
Él levanta la copa para sorber el líquido que ella contempla como se va deslizando por su garganta. Siente cómo el caldo se va mezclando con su saliva y con su cálido aliento .Imagina su lengua allí fundida con la suya.
Tose discretamente para apartar ese pensamiento pecaminoso pero la mirada de él clavada en la de ella elevando la copa en un brindis casi la obliga a descender la mirada hacia sus manos que ahora imagina jugando con sus pechos, ávidos de ser acariciados.
Asustada por la estrepitosa intensidad de sus sensaciones y emociones de ese encuentro tan soñado desea que no se desperdicie ni una sola brizna de ese instante. ¿A qué estarían dispuestos?
Estoy segura de que estarían dispuestos a devorarse. Podrían dar un manotazo a todo aquello que pudiese entorpecer su camino para lanzarse el uno sobre el otro allí mismo sobre la mesa. Estarían dispuestos a arrancarse el terciopelo y el tafetán, a saborearse, sin importarles el estruendo que podría causar la destrucción de toda la hermosa porcelana y el cristal al estampinarse contra el suelo.
A todo eso y a mucho más estarían dispuestos . A reclinarse sobre la mesa , a retozar , a gemir ante la luz tintineante de las farolas del puerto de allá a lo lejos del ventanal en una cabalgadura desbocada que los llevase al climax de la más estrepitosa sonoridad , a fundirse en un abrazo eterno , a mecer la locura del alma de ella y la cordura de la de él , a arropar en el mantel manchado la condena de su secreto .
A todo esto y a otras muchas más cosas , si no fuera porque dada la ceremoniosidad que el lugar requiere, no están solos sino frente a unos suculentos platos que tienen intención de degustar.
De nuevo una tos nerviosa .Sólo es capaz de articular dos palabras:
-Buen provecho.
Comentarios
Gracias por la lectura, Minerva.
Me gusta que te haya gustado y gracias por tu comentario. Ojalá escribiese la mitad de bien de lo que escribes tú¡¡¡
No me des las gracias por leerte¡¡¡Te las doy yo a tí por deleitarme con tus palabras como lo haces , por llegarme tan hondo¡¡¡¡
Sin duda, hemos vivido alguna experiencia similar¡¡¡ pero no se lo digas a nadie¡¡¡
un abrazo,
bea