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El limpiabotas

JNMJNM Gonzalo de Berceo s.XIII
editado abril 2010 en Narrativa
Aquí os dejo un cuento que escribí hace bastantes años. Pese al paso del tiempo me sigue gustando y eso es buena señal. Ya me contaréis si estoy en lo cierto y es de vuestro agrado.


El limpiabotas.


Era "el topo" un niño de doce años que habitaba los suburbios de La Paz, en Bolivia. Lo llamaban "el topo" porque no veía bien y no tenía dinero para lentes. Los demás muchachos se reían de él porque tropezaba sin cesar. "El topo" era huérfano. No sabía si sus padres estaban muertos o simplemente no querían saber que él estaba vivo. Nunca conoció a nadie que se identificara como su padre o madre, o que se preocupara por él. Vivía en la calle, con otros muchachos, entre cajas de cartón. Tenía muchos amigos, algunos de ellos iban con chicos mayores, de diecisiete o dieciocho años, y atracaban a los gringos con un cuchillo de matar cerdos. Pero él no, él era bolero, limpiabotas. Su mejor amiga era Cati, una niña medio india medio negra que limpiaba cristales de auto en los semáforos. "El topo" la había acompañado alguna mañana al centro de la ciudad a limpiar cristales con bayetas húmedas, cargando cubos con agua sucia y pestilente. Pero a él no le gustaba aquello, los clientes casi nunca daban propina y solían molestarse porque les tocaban sus flamantes automóviles. Al "topo" lo que le gustaba era estar con Cati. Al "topo" le gustaba Cati. Y prometía a la muchacha casarse con ella cuando fueran mayores. "El topo" limpiaría muchos zapatos, se haría el mejor bolero de toda Bolivia, llegando a limpiar los botines y los zapatos de los gringos ricos. Ganaría dinero y podrían casarse y comprar una casa en las afueras, donde eran más baratas, una casita pequeña para los dos. Tendrían luego tres o cuatro niños y él los querría y los cuidaría, no dejándolos abandonados en la calle.
Cati y "el topo" solían buscar la comida en los callejones, pequeñas callejuelas, mugrientas y estrechas, infectas de ratas, y tapiadas por un extremo. A ellas daban las puertas traseras de los restaurantes del centro de la ciudad, siendo allí donde estos comercios arrojaban sus despojos. En ellos, en los callejones, entre grandes bolsas negras de basura, se podían hallar auténticos manjares si se tenía empeño y algo de paciencia. Los niños habían encontrado pan y carne habitualmente y, en alguna ocasión, algún trozo de dulce, restos de una tarta o helado a medio derretir.

Pero la calle se estaba poniendo difícil últimamente. Debían andarse con cuidado. Desaparecían chicos. Siempre se los veía por última vez acercándose a cualquier coche de lujo. Corría el rumor de que se los llevaban para hacer carne que alimentara a los animales de las granjas ricas.

Mas "el topo" era valiente y seguía fiel a sus modestos sueños de limpiabotas. Se pateaba la zona centro de La Paz ofreciendo sus servicios a los hombres que vestían traje, esos tenían dinero, mucho dinero, acostumbrando a ser generosos. Los dejaba los zapatos relucientes utilizando su bayeta de algodón, apretándola bien fuerte contra la piel de los mocasines, y usaba como betún sus salivazos certeros. Siempre se estrellaban en la punta de los zapatos, nunca fallaba un disparo.



El Sr. Romero despertó aquella mañana con un fuerte dolor en el pecho. Rápidamente llamó a uno de sus hijos, pidiéndole que le acercara al hospital. Al hermano de éste, el segundo hijo del Sr. Romero, le encargó que tomara la dirección de la fábrica. No debía bajar la producción pon ningún contratiempo. A los pocos minutos, el Sr. Romero, su hijo primogénito y el chofer de la familia, estacionaban en la puerta de la clínica privada que velaba por la salud del viejo magnate. Tras la visita del doctor se hicieron realidad los peores augurios. El corazón del anciano se mostraba demasiado cansado de latir, sobradamente viejo como para seguir cumpliendo con su trabajo. Necesitaba un relevo, un trasplante. Pero las noticias empeoraron: no existían donantes y, por tanto, ningún órgano disponible en aquella clínica para el Sr. Romero.

Felipe, el hijo del magnate, contactó apresuradamente con Carlos y le explicó la situación. Carlos era el brazo ejecutor, la mano en la sombra, el trabajo sucio; podía conseguir cualquier cosa en la ciudad de La Paz. Sabía moverse. Carlos trabajaba a sueldo para el Sr. Romero desde hacía más de treinta años y hubiese hecho lo que hiciera falta por complacer a su patrón. Y seis horas después proporcionaba un corazón a su jefe. Se recibió el órgano en la clínica sin preguntar de dónde procedía. Mejor no saberlo. La operación se llevó a cabo por un grupo selecto de cirujanos. Fue un éxito.

El Sr. Romero pasó cuatro horas en la sala de cuidados intensivos y tras esto lo alojaron en la segunda planta del hospital que era la más silenciosa y la que mejores vistas ofrecía. Cuando despertó, aturdido todavía por los restos de la anestesia que había recibido su cuerpo, contempló fijamente sus zapatos. Reposaban debajo de una silla en un rincón de la estancia. Los observó detenidamente y, por alguna extraña razón, sintió un deseo irrefrenable de limpiarlos.

Comentarios

  • isabel veigaisabel veiga Garcilaso de la Vega XVI
    editado enero 2010
    Precioso, pero taaan triste :( Y lo peor es que ocurre realmente -o eso dicen-. El texto está cuidado, mimado, y eso se transmite en la lectura (ahora no me digas que lo escribiste de un tirón y sin pensar :D).
  • JNMJNM Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado enero 2010
    Gracias a texas y odmaldi por vuestras críticas. Lo cierto es que es un cuento antiguo que si está mimado en el estilo, como dices texas, no es tan rápido ni reciente como los otros dos míos "Paz y Amor" y "Resurreción", que has leido. Aunque hay cosas que creo que ahora haría mejor. Es un cuento que muchas veces he pensado en reescribir desde otras perspectivas.

    Tiene razón odmaldi quizá el personaje principal es un estereotipo literatio, pero es que después de Dickens cualquier niño pobre y en una situación social marginal parece estereotipado. No obstante, quizá podría quitarle algo de esa carga, intentar darle, aunque sea difícil, algo de originalidad. Lo de entrecomillar "El Topo", lo hago porque es un apodo. Pero posiblmente sean prescindibles las comillas. Tampoco me he preocupado mucho de ese detalle, la verdad. El corte, cuando aparece el otro personaje está hecho de forma muy consciente. Sé que no hay transición entre uno y otro, pero es que son dos personajes que viven en mundos distintos y yo quiero que el lector lo aprecie así, y que sólo con la última frase los relacione, cuando es consciente de que el niño pobre ha sido sacrificado para que sobreviva el rico y opulento. No me interesaba que los personajes se cruzaran o relacionaran en todo el texto para que la frase final tuviera todavía más fuerza.

    Gracias por leerme. Un saludo.
  • LARALARA Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado enero 2010
    Pese al tiempo que haya transcurrido desde la creación de este relato, JNM, es como si fuera hoy la historia del "topo". Pues no es leyenda urbana el tráfico de órganos y la hambruna de los niños que vagan con su soledad y penurias, intentando conseguir algo que llevarse al estómago mientras se les trunca el cuento de la lechera, en paises del tercer mundo...también...

    Creo que has recreado muy bien el sueño del pobre al que un rico no le importa arrancarle el corazón para que él pueda seguir viviendo entre la inmundicia de su rica vida.

    Muchas veces me he preguntado, y es el final que le das a tu relato, si al trasplantado (legalmente, claro), le cambiará afectiva y/o pisológicamente el tener un órgano ajeno. Es decir: si la forma de ser del anterior dueño del órgano, se impondrá, como en el caso del "topo", y el trasplantado adoptará, en ocasiones, la forma de ser y sentir de quien le facilitó que siguiera vivo.
  • JNMJNM Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado enero 2010
    Gracias, Lara, por tu comentario. Me alegra saber que el cuento se sigue sintiendo actual, yo así lo siento. Esa misma duda que me comentas de si el organo que se transplanta lleva la "personalidad" del primer portador fue lo que dio pie a mi primera idea del cuento.

    Un saludo.
  • AnamarAnamar Fernando de Rojas s.XV
    editado abril 2010
    Hola, JNM!:)

    Me ha gustado mucho. Y curradito tiene que estar, porque creo que sólo me he tropezado con tres pegas (un gerundio, un "los" y una coma) en los que no me quiero entretener. Encontraría muchos más en cualquiera de las relecturas que hago de mis propios relatos, jaja! Y eso que los propios son los difíciles de ver.:o

    Leí los comentarios, todos buenos, pero mis ideas suelen ir por libre :rolleyes:. Estaría bien ver una versión actualizada, me parece una idea interesante, si algún día te da por ponerte. Y de darse el caso... ¿Manejaste algún final alternativo? Ya sé que ése es el que le pega, y queda muy redondo, pero... Hmmm! Después de los lugares comunes del huérfano, las ilusiones rotas, el ricachón y la cruda realidad... Estaba bien construido para una sorpresa, no sé si me explico. :confused:

    Comparado con otros que leí tuyos, te diría que el trabajo le vino bien, así que no te conformes y púlelos tanto como veas, porque las mejoras dan resultados espectaculares. Ejem! Lo dice una a quien le urge aplicarse el cuento :o, pero va en serio, no todo el mundo sabe hacerlo bien.

    Saludos!
  • JNMJNM Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado abril 2010
    Gracias, Anamar. Debería hacerte caso, sé por propia experiencia que no hay nada tan "sano" para un escrito como reescribirlo y releerlo hasta casi conocerlo de memoria. Sólo así mejoran, al menos en mi caso. Últimamente, entre estudios, familia, trabajo y algún proyecto personal que ya te he comentado por via email, no tengo demasiado tiempo para dedicarle a los relatos, pero intentaré darles ese puntito que les falta.
  • B.T.B.T. Pedro Abad s.XII
    editado abril 2010
    vaya!!! me ha salido un suspiro, jeje, me ha gustado mucho la interrelación de los dos personajes. odio a carlos ea, la verdad es que siempre es mas dura la realidad que la ficción, te felicito por el escrito, ya sabes que gusta lo que rompe la indiferencia de la costumbre...
    un abrazo
    bea.
  • JNMJNM Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado abril 2010
    Gracias, Bea. Me alegra que te gustara. Precisamente en el juego y la relación de esos personajes está "la gracia" del texto.

    Un abrazo.

    P.D. Yo también odio a Carlos.
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