VARIACIONES SOBRE EL MITO DE ORFEO Y EURÍDICE
(Con pequeño homenaje a W.A. Mozart)
Tema.
Orfeo, el héroe tañedor de lira cuyo canto embelesaba hasta el llanto a humanos y fieras, a piedras y ríos, paseaba por los campos de Tracia con su amada Eurídice, la de mirada de miel, cuando de pronto ella lanzó un grito. Una serpiente la había mordido en el pie, y en pocos minutos murió. Orfeo, desconsolado, la vio partir de viaje al inframundo gobernado por Hades y su esposa Perséfone. Y así es como aprendió dos cosas: que el amor es una rosa con espinas y que había que llevar buen calzado por los campos de Tracia.
Durante días, Orfeo se sumió en un llanto inconsolable que tomó forma de música, y tan sobrecogedor era su canto que Hades y Perséfone, conmovidos, decidieron devolver a Eurídice a la vida terrenal. Así se lo comunicaron a Orfeo, pero le impusieron una condición: que en el camino de regreso ella le seguiría, y que él no podría volver la vista atrás en ningún momento hasta haber alcanzado ambos la superficie. Orfeo se internó en el inframundo sin detener su canto doliente, y al escucharlo Hades y Perséfone prorrumpieron de nuevo en llanto, y los tormentos del infierno cesaron, y Sísifo, condenado a empujar eternamente una piedra hasta la cumbre de una montaña, se detuvo, y los buitres que devoraban las entrañas del encadenado Prometeo se posaron en el suelo para escuchar. Así llegó Orfeo hasta Eurídice, y emprendieron el viaje de regreso cumpliendo la condición impuesta. Pero, ¡ay!, cuando Orfeo ya había salido a la superficie no pudo resistir la tentación de contemplar a su amada y se dio la vuelta cuando ella estaba a punto de emerger. Lentamente, la desesperada Eurídice empezó a descender de nuevo, y aunque Orfeo trató de retenerla, sólo abrazó el aire.
I.
Orfeo, el héroe tañedor de lira cuyo canto embelesaba hasta el llanto a humanos y fieras, a piedras y ríos, alcanzó por fin a Eurídice en el inframundo y trató de abrazarla. Pero ella se zafó y le dijo: «vete por donde has venido. Para volver a estar conmigo te has valido de la música y de la compasión, pero yo hubiera preferido que tu arma hubiera sido una lanza para batirte con Caronte el barquero, o con los Tormentos, o con el mismo Hades si menester fuera. O que te hubieras quitado la vida para compartir conmigo la muerte. Vete, repito, y no vuelvas». Orfeo, desconcertado, emprendió en solitario el viaje de regreso y murmuró entre dientes: «Mujeres…».
II.
Perséfone, esposa de Hades y reina del inframundo, acudió a visitar a Eurídice tan pronto ésta regresó de su frustrado ascenso con Orfeo. Postrada en la sombra, demacrada y temblando de frío, Eurídice alzó sus ojos del color de los prados de Tracia y miró a Perséfone con expresión vacía.
-Vaya cagada la de tu chico.
-Déjame en paz.
Eurídice se encogió abrazando sus piernas con los brazos, en busca de calor.
-No te atormentes. Aunque soy la reina de este lugar no estoy aquí por gusto, y ni siquiera estoy enamorada de Hades, el Señor de los Muertos. Él me secuestró un día mientras paseaba por el campo y me hizo su esposa. Mi madre, Deméter, diosa de las estaciones, se abandonó, consumida por el dolor, y los campos se volvieron yermos y estériles. Zeus, asustado, llegó a un pacto con mi marido: durante los meses de invierno me quedaría aquí con él, y en primavera saldría al mundo terrenal para estar con mi madre. Por eso en primavera mi madre está alegre y la vida florece, y durante los meses de invierno, cuando regreso aquí, todo es desapacible y frío.
-Llévame contigo en primavera, y en invierno regresaremos juntas.
-Desde luego que lo haré. Vivimos en un mundo hostil a las mujeres, y entre nosotras debemos ayudarnos. No te preocupes por Hades, no se dará cuenta. Aquí hay millones de espectros, más que habitantes tiene el mundo terrenal.
Eurídice dijo algo entre dientes, y su mirada volvió a ser de miel.
III.
En primavera, Orfeo, el tañedor de lira, y Eurídice de mirada de miel se reunían de nuevo y corrían, reían, charlaban, se amaban, e incluso se presentaron a sus respectivos padres. Y cuando paseaban por los campos de Tracia, Eurídice se ponía chirucas y calcetines de deporte, porque morir dos veces y de la misma forma no habría sido de recibo. En invierno regresaba al Mundo de los Muertos, y el lamento de Orfeo detenía el fluir de la Naturaleza.
IV.
Cuentan que Orfeo, cuando perdió a Eurídice por haberse dado la vuelta en el último instante, se sentó a la sombra de un olivo a emitir su canto y tañer su lira, pero esta vez no produjo efectos. Sísifo continuó empujando su piedra hacia la cumbre una y otra vez sin detenerse, y los buitres siguieron devorando las entrañas de Prometeo, y los ríos fluyendo, y las fieras cazando y los humanos...de los humanos mejor no hablar. Un día, Orfeo, por probar suerte, se acercó a la entrada del inframundo cantando y tañendo su melancolía. Hades salió a recibirle y le dijo: «No te esfuerces, Orfeo. He tomado medidas para no conmoverme con la belleza de tu música: llevo tapones en las orejas. Mucha suerte y adiós».
Las fuentes y jardines secretos de las musas también le fueron vedados, y Orfeo permaneció por los siglos sentado en silencio a la sombra del olivo.
V. Coda e Finale.
Inclinado sobre la mesa, con su rostro picado por la viruela débilmente iluminado por la luz de las velas, Wolfgang Amadé Mozart garabateaba en el pentagrama los primeros compases del Larghetto de su Quinteto para Clarinete y cuerdas. Con su pluma de penacho verde distribuía en el pentagrama, con trazo puntilloso, sin una sola vacilación, figuritas negras y blancas, solas o agrupadas o coronadas con una capucha ondulada, y escuchaba sus mudas voces concertadas. De vez en cuando se detenía para apurar un sorbo de ponche, y volvía a inclinar su pequeño cuerpo sobre la mesa. Por fin, desde el papel pautado, el canto tenue y amoroso del clarinete se elevó hasta lo más sublime, impregnando el aire de la estancia y la Tierra y el cielo enteros de una densa rarefacción poética que podía olerse y tocarse, hasta que llegó a oídos de Orfeo, el tañedor de lira, que, conmovido, pensó en utilizar aquella música para recuperar por fin a su Eurídice. Quizá, después de tantos siglos, Hades se mostrara sensible a aquella extraordinaria melodía. En un testículo del Settecento Teddy Bautista frunció el ceño, pero nada podía hacer de momento y siguió nadando.
Comentarios
Un saludo
CRACK!!
Saludos.
Muy bueno.
Coincido con la estimadísima papusa: muy ameno. Realmente muy bueno.
Saludos.
Muy de acuerdo con lo que apuntan los compis...
Es original (y bebe de lo clásico)
Es transgresor? Sí. PEro puestos a transgredir me pregunto si no hubiera estado bien llevarlo un poco más al extremo. Exprimir más el ácido del mito. Si me aceptas la buena intención de la comparación me ha recordado sanamente al humor de los MOnty Python y en general a la línea transgresora de TErry Gilliam. És quizá por eso que el texto me invita personalmente a que se explote algo más ese humor, como si quedara un poco en el intento. Ejemplo de ello es ese diálogo que empieza prometedor con ese "Vaya cagada la de tu chico"
Ah, puestos a mirar el título. No desvelaría la sorpresa de Mozart. Me parece suficientemente interesante su aparición en el el texto como motivo para (p)reservarla.
Un cordial saludo y gracias por la lectura, que la he disfrutado.