El pueblo andaba alterado aquellos días. La llegada de los familiares que venían de la capital, las idas y venidas de los chiquillos por las calles, la espesa capa de nieve que había caído durante los días anteriores... El pueblo seguía siendo el pueblo, pero con más barullo y gentío de lo habitual. Habían decorado las calles con luces de colores que se enredaban en los árboles, dando una sensación de magia que nunca, en otras fechas del año, se podía respirar en el ambiente tranquilo y sosegado de aquellas aceras. Pero no todo es calma y diversión, porque los pueblos, pueblos son, y como tales, los chismorreos íban y venían como si realmente tuvieran patas. Unos días después de haber cantado el gordo los niños de san Ildefonso, como todos los años, se empezó a extender el rumor de que le había tocado a don Manuel, el viejo médico del pueblo, y que se había ido lejos. Unos decían que había ido a vivir con su único sobrino en el extranjero; otros, que estaba dando la vuelta al mundo y que no iba a volver nunca más al pueblo.
Don Manuel, el día 22 de diciembre, había ido a comprar el periódico, como todos los días. La pensión no le daba para mucho, pero sobrevivía día a día sin más compañía que un viejo gato gordo y torpón que merodeaba por su casa. Don Manuel, benévolo, había recogido al animal dos años antes en los días de pascua. Se había percatado de que tenía la pata delantera rota, y la había curado él mismo, en su casa. Se encariñó del gato, y finalmente le llamó Napoleón, aunque ya se había percatado de que era una hembra. Había comprado un curioso collar con el nombre del animal: un collar granate, que contrastaba con el negro color de la gatita, que cada día iba engordando más y más. Aquella mañana había desayunado al lado de su dueño, mimosa, lamiéndose y relamiéndose por aquí y por allá, mientras él leía el periódico. El del quiosco y el del estanco fueron los últimos en verle aquel día por la calle. El caso es que Manuel encendió el televisor y sacó los dos números de la lotería que había comprado aquel año. Como siempre, reiteró aquello de “no sé para qué lo compro, si nunca toca”. Pero aquella mañana, en su interior, algo le decía que deseaba ese premio más que a nada en el mundo. Quería ir a visitar a su sobrino, que estaba de misiones en Tijuana, y morir allí, con el único miembro de su familia que le quedaba en la tierra. Ayudaría, con su dinero, a construir los colegios que Juanito, como lo llamaban de pequeño, había proyectado. Y para eso, claro, se necesitaba mucho dinero.
Nuestro aspirante a multimillonario se sentó ante el televisor, arrellanándose en el amplio diván que le había perdurado de sus días de trabajo y noches en vela. Napoleón se sentó a su lado, a pesar de que su amo mascullaba algo acerca de las pelusas. Los números rodaban como por arte de magia en aquella inmensa bola giratoria. De repente, escuchó algo que en principio se negaba a creer.
-[FONT="] [/FONT]¡Veinticinco mil seiscientos trenta y uno!- cantó la niña morena de los rizos.
-[FONT="] [/FONT]¡Cien millones de euros! – le acompañó su amiguito rubio.
Don Manuel saltó de su sillón.
En el pueblo no se hablaba de otra cosa. Las mujeres preguntaban, los hombres se apretujaban en las tascas para hablar de lo mismo que sus esposas. En un pueblo de menos de tres mil habitantes, la paz se vio perturbada por la intranquilidad y el desasosiego que reinaban ante el desconcierto de la desaparición de don Manuel.
Había una anciana, Amelia, vecina de don Manuel, que estaba sorda como una tapia, afectada ya por los años y, según decía ella, por una bomba de los nacionales que explotó a sus espaldas. A pesar de no escuchar casi nada, era la única testigo de la ausencia de Manuel. No le había visto bajar las escaleras en todos aquellos días, ni al gato escaparse de su casa. Una vez había subido y llamado al timbre, pero nadie abría la puerta, así que volvió a su casa sin dejar de mirar las escaleras. Había algo raro en todo aquello.
El tiempo fue transcurriendo con normalidad; las Navidades se apagaron y todo volvió a estar en calma. Los visitantes volvieron a la ciudad, las mujeres se encerraron en sus casas y los hombres volvieron a la rutina de sus trabajos. El asunto de don Manuel fue poco a poco quedándose en el olvido, hasta que un día, transcurridos ya los dos meses, Amelia fue al ayuntamiento.
-[FONT="] [/FONT]Le digo yo a usted que en el edificio hay bichos – decía Amalia a uno de los policías.
-[FONT="] [/FONT]Pero ¿qué clase de bichos? – le preguntó el policía intentando establecer comunicación con la pobre Amalia.
-[FONT="] [/FONT]Que hay bichos, oiga – vociferaba la anciana. –Que lo sé yo, hombre. Que se huele en el ambiente.
Algunos curiosos se amontonaron alrededor del policía y la anciana. Estupefactos, escuchaban a la mujer, que parecía presa del mismísimo demonio, aullando a diestro y siniestro que en su casa olía a bichos. Unos y otros se miraron, convencidos de que todos pensaban lo mismo. Corrieron en tropel hasta el edificio donde vivían Amalia y don Manuel. En él reinaba un olor fétido que se extinguía hasta las escaleras, y a medida que iban subiendo, los vecinos se iban reduciendo en número. Don Jesús, el policía con el que hablaba Amalia, intentó derribar la puerta. A duras penas, entre tres hombres a los que tuvo que pedir ayuda pudieron conseguirlo.
Todo estaba revuelto en aquella casa. Los maullidos de Napoleón llegaron hasta ellos. El gato corrió a darles la bienvenida hacia la entrada de la casa. Estaba sucio, muy sucio, y apestaba a carne podrida, el pobre animal. Los tres hombres se taparon la cara con pañuelos, para evitar el mal olor en la medida de lo que podían, y avanzaron hasta el salón, donde encontraron un dantesco cuadro: don Manuel, o lo que quedaba de él, yacía en el suelo, con la cabeza y parte de la espalda levemente apoyada en la parte baja del diván. Su rostro estaba desfigurado, y sus manos hechas muñones de sangre corroída. En el suelo, un poco manchado de sangre con la mancha impresa de unas de las patas de Napoleón, el número 25631 desafiaba a todos los visitantes del fúnebre espectáculo.
Dos días más tarde se celebró el entierro, al que acudió toda la gente del pueblo. Don Manuel yacería para siempre en uno de los lugares más respetados del cementerio, como la gente importante del pueblo. En cuanto a Napoleón, nunca más se le vio por la casa del antiguo médico, pero algunos dicen que, cuando la gente se ha ido y el cementerio está cerrado, un gato negro con el collar rojizo salta las tapias con mucha habilidad y va a velar por el eterno descanso de su amo.
Comentarios
Aquí ando de nuevo, leyendo este estupedo relato sin un sólo comentario. En fin.
Señor Windumanoth,
Me ha gustado bastante. Es un bonito ejemplo de fluidez narrativa. Todo aparentemente parece muy fácil, verdad? Y es precisamente lo difícil, hacerlo fácil. Hacer que una historia de ficción como esta, llegue, se entienda, sea verosímil, se identifique uno con unos personajes u otros, que sea sencilla y sin pretensiones,pero que avance, adelante o atrás en el tiempo. Lineal o fragmentada, pero que avance. Que cuente. Y ésta historia cuenta y bien.
Encuentro a faltar un desenlace quizá no tan tan previsible en el que alguien del pueblo podría haber intervenido. Tú mismo apuntas hábilmente esa posibilidad al principio del texto en un bonito párrafo:
"El pueblo seguía siendo el pueblo, (qué frase tan simple y efectiva) pero con más barullo y gentío de lo habitual. Habían decorado las calles con luces de colores que se enredaban en los árboles, dando una sensación de magia que nunca, en otras fechas del año, se podía respirar en el ambiente tranquilo y sosegado de aquellas aceras. Pero no todo es calma y diversión, porque los pueblos, pueblos son, (bonito homenaje a Calderón) y como tales, los chismorreos íban y venían como si realmente tuvieran patas.(Amén)
pero luego no lo rematas: es decir, pusiste el clavo en la pared, pero te olvidaste colgar el cuadro.
Y ya. Me alegra haberlo leído.
Windumanoth.
Un buen manejo del ritmo, bastante fluido y llevadero, el final ya se veia venir, pero bueno, ¿te interesa hacer un nuevo final? serie estupendo
Pensé exactamente lo mismo