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1.893 Con Letra Grande.

IagoFPIagoFP Anónimo s.XI
editado mayo 2008 en Narrativa
1. 1893














Hay muchachas realmente difíciles. Las muchachas difíciles se identifican porque sus cartas de despedida llevan matasellos y palabras como esporas de ántrax que o te matan en el mismo instante en que terminas de leerlas o te hacen continuar vivo aunque sintiéndote como recién salido de una caja plástica, es decir como un juguete inservible. Se sitúan tomando apuntes ociosamente, siempre a un par de mesas de ti o algo, en mitad del aula. En parvulario hacían cubos de papel con maña y tijeras en sus horas de esparcimiento y, crees, con el único sentido de aprender a recortar corazones en hexágonos graciosos como el tuyo para guardarlos en el forro de los bolsillos, así, de simples recordatorios.
Las chicas difíciles son las que han reparado en cosas tales como la multitud incontable de chicles rosas engarzados al asfalto o algo semejante. Las que dedujeron a partir de eso la gran magnitud del tiempo y que alguna de esas gomas de mascar debe de haber sido consumida por los dientes de su chico ideal. Luego se retrotraen pesarosas al conjugar ambas cosas y concluir en que su chico ideal puede haber muerto en el oeste norteamericano de un balazo por no llevar una tarta de manzana como coraza en el corazón, allá por 1893.
Y no la volverás loca de remate por que por este motivo, sus ojos te barrerán tan solo, intuyendo que por lógica estás muy lejos del adjetivo “idóneo”.
Así asá, terminó por tragar cemento: verifico la imposibilidad de conseguir a la muchacha de la cuarta fila de la facultad. Jodido y sin anillo de compromiso que calzarme es el termino. La vida escurriéndose por el cuello del grifo como si llevara serpientes en las botas. Ella anota sobre lo que versa el gilipollas del profesor (las pautas morales necesarias en los socialismos utópicos). Yo cogiendo mis ideas de quita y pon y dejándolas a secar en el tendal que aquí trato. Pero es viernes, y después del timbre toca desinhibirse. Lo primero tras las clases es almorzar en un restaurante de comida rápida. Pedir algo con cebolla. Pagar la cuenta finalmente y tomar el camino al apartamento para tirar los libros de las materias del curso. Luego esperar hasta el crepúsculo como Bela Lugosi para accionarme y mientras tanto obnubilarse con la TV por cable. Aproximadamente sobre 4 horas más tarde programar un encuentro frente a algún local de moda en la ciudad compostelana.
Al cabo de 4 horas y 45 minutos estoy en el Karaoke “Trópico”. Plash plash. A la entrada de los baños, dos tipos hechos y derechos, frente a la máquina expendedora de preservativos, están calzando a otro con las marcas rojas de los bofetones. Le hacen soltar lágrimas como bolas de pelo, muy despacio y sufridamente, hasta que resbalan por su tez, ahora del color del embutido curado por desgracia. Me meto en la cabina final de la fila de compartimentos haciéndome el sueco y pasando inadvertido sin problemas aunque mirando por el rabillo del ojo. Visto que no hay tapa, tengo que introducirme la coca de un modo muy acrobático en el margen de loza del vater. Una raya como la de una división con muchos decimales que me hace ir puesto de caspa hasta las mismísimas cejas. Salgo, y observa que los dos agresores no están más que en la presencia de una hemorragia nasal la cual advierto brotando del chaval tirado a pocos pasos de mi, colocado en el ángulo de la pared, pidiendo una pasada de fregona para el orgullo. Los tipos así se identifican, al igual que las chicas difíciles, porque son los únicos que buscan los pequeños tornillos de las patas de sus gafas de pasta en lugares públicos, ya que se las acaban de desmontar, y su ausencia no les resulta menos agradable que arrojar los globos oculares a una picadora.
Busco los vectores de la raja del culo que sobresalen de la goma de las faldas porque es donde mis ojos, instintivamente, van a concentrarse. Voy tan pasado que, al cabo de un rato de búsqueda de culos en hora de servicio infructuosa, me subo al escenario, una tarima cuadrada de madera con un micrófono en su soporte, y amplificadores a cada lado que emiten un sonido de puré espeso y distorsionado. Agarro el micrófono y comienzo a gritar cada una de las letras del abecedario en ingles. Es la cancioncilla que nos enseñaban en primaria para aprender el nombre de las grafías anglosajonas. “Ei bi si di i ef lli...”. El público comienza a abuchearme, como era de prever aunque no para mi excitada capacidad cognoscitiva y a tirarme latas de coca cola rojas, con su anagrama blanco y elegante, proveniente de la segunda guerra mundial.
La “Seta” sale de mis pulmones cuando despierto, sentado en el acolchado soporte de dos bolsas de basura negras en el callejón de detrás del club. Intuyo que la imagen difusa de los dos porteros bielorrusos sacándome a empellones por la puerta trasera es un echo. Los chicos continuaban dentro, pero seguía orgulloso de mi polla y mi desvergüenza largas como los siete días de la semana. De modo que así son todos los viernes de un universitario. Salgo de una cabina rayado de coca y creyéndome Clark Kent metamorfoseado y termino con la cabeza y los sentidos dinamitados por un golpe de jujitsu ejecutado con poca benevolencia por un portero trajeado en un callejón donde todo, hasta mi existencia, es reciclable. Parafraseando a Bob Dylan: “Aunque las leyes estén echas para los sabios y para los idiotas yo no tengo nada, tía, con lo que vivir de acuerdo” porque aquellos con lo que podría estar de acuerdo pudo haber muerto en el oeste norteamericano de 1803 de un balazo en el corazón por no ir acorazado con una tarta de manzana horneada por una chica bonita.
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Comentarios

  • mariaelenamariaelena Francisco de Quevedo s. XVII
    editado mayo 2008
    Gracias, Iago...!!!por contestar a mi pedido!!!

    Este cuento es excelente, realmente eres un gran escritor..., me gusto como desarrollas el tema, como describes al protagonista..muy bien.
    Tal vez yo pondria mas puntos y apartes en el texto..., pero esto es un detalle insignificante.

    Leere mas de tus cuentos, tienes mucho potencial!!!

    un abrazo,
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