Hola. Soy nuevo en el foro, y me gustaría daros a conocer una historia que estoy escribiendo desde hace un tiempo. Se trata de un relato de aventuras, de claro tinte fantástico aunque protagonizado unicamente por hombres (sin elfos, sin trasgos etc.) en el que se suceden guerras, traiciones, amores...y un largo etc. Os voy a copiar los primeros capítulos y si os va gustando, me lo decís y os voy pegando más. Pues sin más dilación:
Cuento de amor, guerra y muerte
Autor: La obra esta registrada por la propiedad intelectual. Por favor, no la reproduzcan sin mi consentimiento ni se adueñen de ella en su nombre, sería algo muy desagradable para todos:
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Prólogo: El héroe dormido
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Prólogo. El héroe dormido
La noche lucía esplendorosa al cobijo de una inmaculada luna llena. Los vientos fríos venidos desde el oeste azotaban furiosos a las rocosas montañas de Kiurad mientras un suave silbido, similar al canto de taciturna ave, ululaba entre las grietas que la erosión había ido produciendo en las montañas con el transcurso de los años.
Acerqué las manos hasta la hoguera, el fuego crepitaba vigoroso frente a mis verdosos ojos mientras mis manos recuperaban su calor habitual. Un fino olor a eucalipto inundó de repente mis pulmones. Aparté la vista del fuego y me fijé en la cabaña de color caoba que se situaba a escasos metros a mi derecha. Ya está Elda preparando alguno de sus extraños ungüentos- pensé ligeramente contrariado. Elda era una anciana que desde los tiempos de guerra se había dedicado al cuidado de enfermos y al estudio de las propiedades de las plantas; sus ungüentos, famosos en toda la región, habían salvado muchas vidas.
Eché un vistazo a los alrededores. La mayoría de las cabañas habían apagado ya sus luces y sólo en unas pocas podían observarse los tenues destellos que emanaban desde el fuego de las chimeneas.
Seguro que Orson está ya dormido, tendré que entrar con cuidado para no despertarlo.
El pensamiento avino hasta mi mente en el momento en que observé la oscuridad que reinaba en nuestra casa. Rara era la vez en la que me quedaba despierto hasta tan tarde pero aquella noche era tan hermosa que quedé cautivo observando el solemne ejército de estrellas que vigilaba todos y cada uno de los rincones del valle. Tiempo atrás, en una noche muy similar a esta, el viejo Orson me había enseñado a reconocer las diferentes constelaciones que habitaban en el firmamento; la más hermosa de todas ellas era sin duda la constelación Zor. El grupo de astros, que debía su nombre a uno de los dioses más importantes de la religión valbica, estaba formado por tres astros ordenados de menor a mayor tamaño formando una curva ondulada. Me fascinaba contemplar las estrellas y admirar su grandeza. Algún día me convertiré en una de ellas- me gustaba pensar.
Una punzada de aire helado arremetió de pronto contra mis costillas. Sentí un ligero escalofrío y mis dientes tiritaron durante unos segundos. Sin darme cuenta la noche se me había echado encima y la temperatura había descendido varios grados. Aparté mi rizada y negruzca cabellera de mis orejas y apreté con fuerza mis manos contra las mismas, el frío las había helado hasta hacerme perder la sensibilidad en ellas. Decidí que era el momento de volver a casa. Me agaché ligeramente y agarré un puñado de tierra que lancé a la hoguera para intentar apagarla. Después de repetir la operación tres veces, el fuego se convirtió en cenizas. El valle quedó en ese momento a oscuras. Me levanté del viejo tronco grisáceo de haya sobre el que me sentaba y me dirigí a casa.
Pegué un suave empellón a la puerta, que cedió emitiendo un ligero chirrido. Me quité las botas, cerré con pestillo la entrada de la casa y avancé a hurtadillas por el pasillo intentando hacer el menor ruido posible. A pesar de los gruñidos de queja que emitía la madera con cada uno de mis pasos conseguí llegar hasta mi habitación sin despertar a Orson.
Una vez dentro, cerré la puerta con cuidado y encendí a tientas un viejo candil situado sobre el escritorio. Cuando la pequeña llama empezó a chisporrotear me senté reclinado en la esquina inferior de la cama y froté mis cansados ojos para evitar caer vencido por el sueño. Aún con chiribitas entorpeciéndome la visión apoyé la cabeza sobre mis manos y dejé volar la vista más allá de los cristales del ventanuco del habitáculo. En el exterior reinaba la más absoluta oscuridad.
Con el paso de los minutos el sueño fue poco a poco ganándome terreno y mis párpados comenzaron a ejercer su derecho a cerrarse. Me dejé caer boca arriba sobre la cama y cerré los ojos. Poco después de que la pequeña vela que quedaba en el candil terminase de consumirse me quedé profundamente dormido.[/ocultar]
Actualizaré con nuevos capítulos cada tres días, el próximo, el sábado. Se agradecerán comentarios. Un saludo
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