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Días de perros y gatos (HUMOR)

Pedro.AlhambraPedro.Alhambra Anónimo s.XI
editado mayo 2008 en Otros
Días de perros y gatos
Las desventuras del jovencito Antonio

No sé para qué me levanté aquel día. En serio, me tendría que haber quedado tumbado en la cama viendo pasar las musarañas, leyendo, o simplemente relajándome después de la semana de trabajo, pero a veces no sé bien lo que hago, o por lo menos no sé por qué lo hago. Por ello me levanté como un resorte y me lavé la cara en la pila rápidamente. Tenía los ojos rojos. Así que ese tipo medio dormido que no tenía ganas de afeitarse era yo. Apenas me peiné ligeramente con las manos y un poco de agua me dirigí hacia la cocina, tropezándome con el perro, que siempre está en medio del pasillo dispuesto a estorbarte cuando tienes prisa. El gato se acercó rápido y se estiro en mi pierna, hincándome las uñas, mientras me levantaba del suelo. Tiene un buen hábito de saludar rompiendo pantalones de tela fina y medias.

-¡Que haces daño, capullo! – le dije a modo de saludo matutino.
- ¡Miau! – contestó él mirándome fijamente.

Le cogí y le dí un par de besos en la barriga, a los que contestó con un mordisco en mi oreja y otro en mi nariz a la par que me hincaba ligeramente las uñas en la cabeza. Le dejé en el suelo con más delicadeza de la que se merecía. En un rapto de genialidad se me ocurrió que debía de prepararme el mejor desayuno de la historia, y a su vez que debía de prepararle el mejor desayuno de la historia al gato y al perro. Salmón ahumado y jamón de pata negra pera el perro, y una trucha para el gato.

El perro comía tan rápido que se atragantaba y el gato me miraba extrañado. Quizá pensase que me había vuelto loco. No le faltaba razón. Finalmente el perro terminó y se comió también la comida del gato. Este gato es idiota. Se puso a maullar desesperado: ¡Mi trucha, mi trucha! El perro le gruñía cuando se acercaba y él le daba zarpazos en la cola y el lomo de forma sibilina y maliciosa. Decidí no entrometerme en sus asuntos. Alimentaría al gato cuando el perro estuviera dormido, haciendo la digestión.

Para mí preparé unas tostadas, un zumo de naranja, un vaso de cacao, dos huevos, un poco de cena del día anterior e incluso me comí unas sobras de fabada que había en un tupper en la nevera. Comí muy rápido, y a decir verdad no sé por qué tenía tanto apetito. Me habría comido a Cristo por los pies, con cruz y todo. Lo que no mata engorda...

El gato me miraba comer extrañado. Su interés resultaba algo pesado. No dejaba de intentar subirse a la mesa, a ver qué hacía. - Como, estoy comiendo, pesado, pesadísimo. Baja de la mesa, leches - le decía. Esto lo acompañaba de un movimiento repetitivo: le cogía de la panza y lo depositaba en el suelo. Infructuoso, se volvía a subir al momento. ¿Por qué este gato tendrá esa incapacidad para aprender? Tendré que preguntárselo al veterinario. Espero que no me diga que tengo que llevarle a un psicólogo de gatos, si es que existen. Creo que está traumatizado.

Después de comer todo eso, me dolía el estómago muchísimo, nunca en mi vida me ha dolido tanto. Aún así me negaba a regurgitar la comida que tan arduamente había preparado e ingerido. No me gusta desperdiciar.
Me quité los calzoncillos pesadamente y me metí en la ducha. Me contemple el nabo un rato, absorto, mientras me lo meneaba un poco a desgana. El dolor de estómago parecía remitir por momentos. El agua me caía por la cara, calentita, y yo comencé a canturrear una de esas cancioncillas idiotas que salen sólo cuando estás en la ducha, algo muy típico vamos.

Me dio por recordar mi infancia, sin querer. Recordé cuando me comía el gel de ducha porque me encantaba el olor. Qué tiempos aquellos, nada era más genial que hacer pompas de jabón directamente con la boca. Nada tan divertido. Hasta que un día me pilló haciéndolas mi tía, claro. Entonces comprendí que era malo hacer pompas con jabón. Quizá todo lo que me ocurre sea el siniestro resultado del jabón que “limpió” mi vida, mi boca e incluso mi estómago. Cuando alguien me decía: “no digas tantas palabrotas o te tendremos que lavar la boca con jabón” yo me reía. Cómo me dolía la barriga en ese momento.

Bueno, era hora de ponerse a hacer algo que no fuera el imbécil o pensar antiguas tonterías. Así que me dispuse a escuchar algo de música y comenzar así a disfrutar de mi día libre. Fui hacia el salón y conecté el amplificador; pero este no se encendió. - ¿Y a ti que leches te ocurre ahora? - dije. El cacharro olía mas a chamusquina que la tostadora. Estaba muerto. El gato me miraba fijamente. Se notaba que tenía hambre. Me miraba a mí, miraba el ampli, entornaba los ojillos y maullaba. Se acercó a mi pié y comenzó a darme en él con la cabeza. Debe de tener complejo de cabra. - No deberías ver tanto el National Geographic – le dije.

Tenía que abrir el ampli. Quería escuchar música, y el cacharro era casi nuevo. ¿Hace cuanto que lo había comprado? No lo recordaba, pero quizá estuviera aún en garantía. Tendría que buscar la factura... la carpeta de facturas estaba atestada. ¿Dónde leches estaba la factura? Pasada una hora de búsqueda la encontré, justo la última. Ahora recordé que la había metido aparte, en otra sección de la carpeta, para que me fuera fácil encontrarla... en fin...

La garantía había acabado hacía 2 días. El gato se acercó a darme con la cabeza. Tenía más hambre que “el Bobi” (“el Bobi “ era un gato rubio y enorme, el de mi abuela, que había llegado a pesar 25 kilos antes de que le hicieran una reducción de estómago). Fui a la cocina y abrí una de las apestosas latas de comida para gato. “Gourmet”, ponía en la lata. ¿Se referiría por la peste que echaba? También saqué bolas para gatos, comida seca, que no sé cómo se pueden comer los pobres, pero que parece gustarles. Él se volvía loco. A ver si me dejaba en paz un rato.

Tenía que abrir el amplificador. Seguramente se le habría fundido el fusible, o se lo hubiera roto alguna resistencia. Algo sencillo de reparar. Siempre se me han dado bien estas cosas, lo arreglaría rápido. Saqué la caja de herramientas y cogí un destornillador de estrella. Abrí la tapa del ampli. Lo que vi me dejó perplejo: el amplificador estaba lleno de pelos... pelos de gato.

Te subes al ampli, ¿verdad? - le dije de muy mal humor.
¡Miau! - me contestó. Había acabado de comer y no quería problemas.
Que sepas que estás castigado.
No tenía remedio.


Pedro Martínez Alhambra (c)

Comentarios

  • GadesGades Garcilaso de la Vega XVI
    editado mayo 2008
    Me encanta la naturalidad en tu forma de escribir. Hace que parezca una mañana normal y corriente de cualquier mortal, a pesar de lo peculiar de esta mañana y de este mortal.
  • LARALARA Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado mayo 2008
    Si, coincido con Helena que parece el día normal de un normal día donde al despertar a lo primero que notas es a.....la gata. Tropezando con ella, subiéndose al lavabo, colándose en el armario ropero, buscando la comida y poniéndose en medio otra vez ..... en todas partes,.... mirándolo todo desde sus hermosos ojos, y haciendo caso omiso a los requerimientos.

    Son l@s am@s del lugar.

    Un saludo.
  • sgrojillosgrojillo Fernando de Rojas s.XV
    editado mayo 2008
    Muy divertido y ameno, me han encantado los "miau" del gato, incluyéndole como un personaje más, "humanizándolo".

    Enhorabuena :)
  • Pedro.AlhambraPedro.Alhambra Anónimo s.XI
    editado mayo 2008
    Continuación


    - Desde luego que te voy a castigar, no pongas esa cara de bueno ahora -. El perro se acercó dando tumbos. Se acababa de levantar de la siesta y quería ver lo que pasaba. La hora a la que suelo bajarle se aproximaba, y a esa hora siempre tiene ganas ya de mear y ver perritas... aunque no venga al caso decirlo ahora, la verdad es que está excesivamente salido. Siempre que regresa a casa después de haber visto a alguna con el celo, con la lengua fuera e hiper-alterado, se restrega con la colcha. A veces se me “escapa”, porque si no corre el riesgo de engancharse, como ya le ha ocurrido otras veces.

    El gato había huido mientras que yo pensaba en el perro y su vida, tan perruna. Siempre se esconde en el mismo sitio, así que no es demasiado difícil encontrarle. Se acurruca en un rincón dentro del armario, cuando puede abrirlo, o si no en el interior de la cómoda -que tiene una parte hueca-. Cuando se mete ahí es dificilísimo sacarle, tan difícil que no puede salir él solo, y para sacarle tengo que levantar la cómoda entera. Ahora, cómo no, se había metido en el hueco. Como siempre, al principio, se quedó quieto sin hacer ruido.

    - ¡Sé que estás ahí, bellaco! - le dije. Sin respuesta. Espera a que me marche del cuarto... ¿como es posible que este gato sea tan tonto!. - ¡Ahí te quedas!,- le digo... siempre lo mismo, en cuanto me voy comienza a maullar como un loco, cada vez más fuerte, hasta que llega un momento en el que sus lamentos alcanzan lo grotesco: su maullido parece el lloro de un niño, con apariencia humana pero sin serlo, que hace que mis vecinos de abajo duden de mí con respecto a mi trato con los animales. La verdad que no me extraña que piensen que apaleo al gato o algo así. Yo también lo pensaría si su gato diera esos berridos.

    Como castigo por lo de los pelos he dejado al gato sufriendo un rato en la cómoda. Mientras, le he puesto el collar al perro. Sé que dejar al gato berreando dentro de la cómoda mientras paseo al perro parece algo excesivamente malvado por mi parte. Pero lo parece sólo porque vosotros no sabéis lo cuentista que puede llegar a ser un gato.

    - ¡MIIIIiiiiiAAAAAaaaaaaUUUUUUUUUuuuuuuuuuuuu!, ¡MIIIIiiiiiAAAAAaaaaaaUUUUUUUUUuuuuuuuuuuuu!.

    El perro me mira, da brincos de alegría al ver la correa. En un de los saltos se pasa de fuerza y se da la vuelta sobre sí mismo, de espaldas, y se da un golpe en la cabeza. Ahora no siente dolor.

    - Veo que estás adquiriendo costumbres del otro, ¿eh?
    - ¡Guau!

    Lo bueno de este perro es que es de "bejiga rápida", es muy rápido, no más de quince minutos en hacerlo todo. Mea en cada árbol que ve, como si quisiera regarlos todos. No es de los de meada y cagada y listo, no es de esos. Hecha meaditas de apenas duración en cada árbol, en algunos ni mea, pero eso sí: hace el gesto. Hacer el gesto es para él algo de suma importancia. Yo creo que me amaga... este perro sería buen futbolista. Tiene un gesto repetitivo para hacerlo: huele el árbol, se excita un poco y mueve la cabeza a izquierda, a derecha… otra vez a izquierda, finta el árbol hacia uno de los lados, me mira de reojo y amaga a la izquierda… se prepara por el flanco izquierdo, no, por el derecho finalmente. Levanta la pata trasera de ese lado, la derecha, y echa la micro-meada en el árbol. Después de los primeros diez árboles (o bolsas del alcampo, o restos arbustos, o cajas de cartón, o…) ya no le sale ni una gota, pero todo el proceso ritual es el mismo o muy similar, casi nunca lo varia. Incluso a veces, cuando se acaba de despertar, el ritual se alarga más, porque cuando está medio dormido duda más de todo todavía... como ahora.

    Ayer, mientras lo bajaba, se me acercó una niña. Quería jugar con un baloncito pequeño que llevaba, y me preguntó si podía jugar ahí, porque la daba miedo que el perro lo mordiera (eso creo, quizá en el fondo quería tirarle la pelota para ver lo que pasaba).
    - Hola señor, ¿cómo se llama? - me dijo señalándome con el dedo al perro.
    - Se llama “Pinco”. - Le contesté.
    - ¡Ah!. No es muy guapo. ¿Si se lo tiro la pincha, no? – me dijo mientras señalaba la pelota, liándose con los artículos, con cara de miedo y vocecilla de ángel.
    - Pues no lo sé. Pero creo que no, porque este perro es muy raro, no es un perro normal-. Me miró extrañada.
    - ¿Por qué? - preguntó. Creo que no entendía por qué el perro, un perro exteriormente totalmente normal (excepto por la fealdad que sin duda sí que es excepcional), era extraño.
    - Sí, como ves es normal por fuera, pero es extraño porque no se comporta como se tendría que comportar un perro. Ya sabes, no ve mucho la televisión y no está a la moda-, le dije a la niña.
    - Sí, Laura, el señor tiene razón, en la tele no salen perros tan feos-, dijo un niño que se acababa de acercar por mi espalada, haciendo mucho ruido y asustando a Pinco, y que por la pintilla parecía ser el hermano de Laura: tendría un año más que ella, unos cinco o seis.- Es raro por eso -, dijo el niño a continuación.
    - Hombre, también se puede interpretar por ese lado, pero yo no me refería a eso -, le dije al niño mientras me giré hacia él.- Es raro porque nunca le han atraído las pelotas, ni los palos, ni nada que se arroje. Jamás ha ido a buscar nada, ni lo ha cogido con la boca, ni nada así.
    - ¿Nunca coge nada con la boca? -, me dijo el niño. Se le veía sorprendido. La niña no sabía que pensar. Me miraba como si la estuviera mintiendo. No entraba en su cabeza que un perro no fuera a por la pelota.- ¡Que perro más raro!-, dijo al fin.
    - Ya te lo he dicho, aparte de muy poco agraciado es un perro cansinamente raro, rarísimo.
    - ¡Toma perrito, la pelota! -, dijo la niña mientras tiraba la pelota con violencia y poca puntería contra el suelo, cerca del perro. El perro la vio pasar y finalmente pararse debajo de un banco. Siguió todo el trayecto con la vista. Después miró a la niña, al niño, y finalmente a mí. Parecía decir: a por la pelota va ir tu abuela o el capullo de mi dueño (que no sé por qué os está contando mi vida).
    - ¡Es verdad! - dijeron la niña y el niño al unísono. La niña parecía haber descubierto algo importante de todo aquello. Acababa de descubrir la rareza, en este caso con forma de perro.
    - ¿Y sabe hacer algo? -, me preguntó el niño. Debía de pensar que un perro que no sabe coger o ir a buscar una pelota, o un palo, es un perro que no sabe hacer nada. Y la verdad que tenía razón.
    - Pues… - por un momento me quedé en blanco. ¿Qué diablos sabía hacer el perro aparte de dormir, cagar, y no ir a por la pelota? .- Sabe cantar. Es cantante -, dije al fin.

    Nunca había visto ojos más grandes que los de la niña en ese momento. Su cara era pura sorpresa y asombro. El niño también se quedó muy extrañado. No sé qué se imaginarían, la verdad -espero que no se lo imaginasen cantando ópera-, pero se veía que ahora tenían más reparo en pensar que les mentía. Ahora ya me creían, pero la idea de que un perro cantara les extrañó todavía más que lo anterior, y tampoco se atrevieron a preguntar cómo ni de qué forma.
    - No canta, evidentemente, como cantan las personas -. Les dije.- Cuando le da por ahí se limita a levantar la cabeza y aullar de una forma muy digna. Nada de florituras.
    - ¿Cómo un lobo? -. Me preguntó el niño.
    - Más o menos, pero más agudo… Bueno, voy a subirle a casa. Otro día que os vea por aquí os enseño lo bien que canta. Adiós pequeñajos.
    - ¡Sí, por favor!¡Vale! Adiós señor -, me dijo el niño. La niña no dijo nada. Ya se había olvidado del perro y de mí, y se alejaba corriendo a jugar con su pelota.


    Pedro Martínez Alhambra (C)
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