Os dejo el comienzo de una novela que tengo atascada desde hace mucho tiempo. No por falta de ganas, más bien por falta de ideas.
El socorro del título es porque le veo muchas taras al texto, pero no sé por dónde arreglarlas. También he de decir que es lo primero que me lanzo a escribir medio en serio.
Saludos.
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La Ciudad de los Borrachos:
¶ Capítulo 1: Revolución
“Revolución: Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.”
Los cristales del taxi seguían empañados. El vehículo se deslizaba con parsimonia, intentando salir del inmenso atasco que se había montado.
La nieve que había estado cayendo durante toda la noche y un accidente producido hacía varias horas, habían contribuido al embotellamiento que bloqueaba la entrada a la capital desde el aeropuerto Charles de Gaulle.
A bordo, el conductor, delgado y pálido como un fantasma, fumaba con asombrosa tranquilidad y tarareaba una cancioncilla repetitiva que sonaba en la radio.
Acababa de llegar y ya estaba muerta de frío, nerviosa y metida en un atasco.
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Genial- Pensó Mónica- Un gran comienzo.
A las doce y media llegó a casa. Bueno, a lo que iba a ser su casa durante el próximo año.
Se trataba de un estudio pequeño y austero, falto de cualquier tipo de interés.
Había el espacio justo para un sofá cama, un mueblecito con un viejo televisor, una cocina americana minúscula, una mesita baja con dos taburetes y un escritorio casi ridículo con una silla rota.
Hacia la derecha, una puerta daba al cuarto de baño. Un lavabo, un retrete y un plato de ducha encajados a la perfección.
“El diseñador de esto era un friki del tetris.” – Pensó.
Suspiró y soltó las maletas. Habitar allí no iba a ser fácil.
Como le quedaba tiempo hasta que trajeran las cajas de su mudanza (Apenas dos o tres trastos que consideraba vitales) se dedicó a ojear el estudio…
Lo único que la reconfortaba eran los dos inmensos ventanales que poseía. Uno desde la cocina y otro justo sobre el escritorio. Arrancó una de las cortinas, se tiró en el sofá tapándose con ella y enseguida se durmió.
-- º --
Se despertó sobre las tres de la tarde, sudando, con el estómago vacío y la cabeza abombada. Se incorporó y tiró la cortina al suelo.
“Una y no más. No vuelvo a dormir a la hora de comer”
Se lavó la cara y se cambió de camiseta antes de coger su mochila y salir cerrando de un portazo el estudio.
Buscó con la vista el bar más cercano y se adentró en él. Las cocinas estaban cerradas, no le extrañó.
Pidió un café y un par de donuts y se sentó en una mesita apartada del resto, justo delante de una ventana que daba a la calle paralela.
Sacó el portátil de su mochila y lo encendió mientras bebía.
Revisó el e-mail que había guardado antes de coger el avión. Siguió sin verle demasiado sentido al texto:
“27 Nov. Montparn. Terr. 18:00
No olvides quién eres.”
Desde hacía unos meses, ese e-mail era lo único que rondaba por su cabeza.
Había vivido para no dormir pensando en él.
Lo peor era el remitente.
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El calor era asfixiante, tanto que Lucie sentía que le costaba respirar.
Se había refugiado a la sombra de unos cuantos árboles, no tenía ni idea de botánica. Se limitó a pensar que eran árboles grandes, no le interesaban sus nombres.
Era la primera vez que pisaba un cementerio y tenía que reconocer que la había decepcionado.
Habría esperado un cielo nublado y amenazante de tormenta, unos sauces llorones, jirones de niebla, lápidas medio rotas…
Y en lugar de eso, se encontró en medio de un parque precioso, con un sol radiante y unas hileras de tumbas perfectamente cuidadas. Se sentía bastante defraudada.
Iba vestida con una blusa negra y unos pantalones vaqueros, zapatos de tacón bajo, negros también, y el pelo recogido. No quería llamar la atención, así que ni lloró, ni intentó aproximarse a los asistentes al funeral.
No obstante, llevaba una flor en la mano.
Masticaba chicle mientras contemplaba una tumba cercana con fingido interés.
Estaba cansada, tenía calor y hambre. Le dolían los pies y la espalda. No era el mejor día de su vida.
Y para colmo, llevaba una hora y media parada frente a la tumba de alguien a quien no conocía, aguantándose las ganas de echarse a llorar y esperando a que el funeral acabase y todo el mundo se largara.
¿Y todo para qué? Para acercarse y dejarle la flor. A escondidas. Como siempre.
Apoyó la espalda contra uno de los árboles y se puso las gafas de sol. Cerró los ojos.
Mentalmente comenzó a repasar lo que iba a hacer, lo que iba a decirle…
Por un momento se vio a sí misma acercándose con la cabeza gacha y tirando la flor contra la lápida. Porque ella no había ido a regalarle una rosa… Había ido a tirársela… A devolvérsela, pero con furia. Con esa clase de odio que surge del dolor más íntimo. De ese dolor mudo y seco que se nos agarra al pecho como un resfriado. Había ido a discutir, que nadie se equivocara.
Volvió a abrir los ojos y enfocó un poco la mirada. Reconocía vagamente a algunos de los asistentes. Logró divisar a su familia y, por primera vez en todo el día, recordó que la mala era ella.
Ella se había metido en mitad de un matrimonio con hijos, si bien era cierto que no pretendía romper una familia.
De todas formas. Ya daba igual.
Cuando todos los familiares y amigos se fueron, respiró hondo y contó hasta 69. Era una manía que acarreaba desde los diecisiete. Cuando esperaba por prudencia, siempre contaba hasta 69. Quizás fuera porque tuvo una adolescencia mala, o porque simplemente era así de graciosilla. El caso es que nunca pudo quitarse la costumbre.
Se acercó a la tumba despacio. Midiendo cada palabra que tenía ensayada en su cabeza. No iba a ponerse nerviosa. Ella había ido a discutir. No estaba enamorada, nunca lo había estado y punto.
Cuando al fin estuvo frente a frente arrojó la flor y… Se quedó en blanco.
Intentó armarse de valor y miró con rabia el nombre de la lápida. Abrió la boca para comenzar a hablar.
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Gilipollas
Se dio la vuelta y se alejó despacio.
Comentarios
Creo que vas muy bien.
Y bienvenida al foro.
A propósito ¿puedes traducir lo que está escrito en francés en tu firma?
Un saludo afectuoso
Personalmente creo que me queda un poco infantil, pero no sé, esperaré a ver si alguien me echa un cable corrigiendo o algo.
Sí, no hay problema en traducir:
"Es en la cima de la montaña donde nos sentimos más solos"
"Oigo tu voz en todos los ruidos del mundo"
Ojalá pudiera ayudarte, pero no tengo mucha idea y estoy falta de imaginación.
Todo lo que he leído hasta ahora era perfecto, sinceramente, vas por muy buen camino. No deberías cambiar nada, creo yo. Espero puedas terminar tu obra y publicarla.
¡Un abrazo y buena suerte!
Hay poca cosa, pero no cabe en un post, os la voy poniendo por trocitos.:
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Llegó al hotel sobre las seis de la tarde. Era la primera vez que visitaba Niza y que no pisaba la playa, sentía haber cometido un crimen.
Se quitó los tacones y los arrojó contra una pared, dejó caer el bolso. Aunque durante el funeral intentó parecer lo más calmada posible, a esas alturas ya no podía más.
Cruzó la habitación y se desplomó en el suelo bajo una de las ventanas, se echó a llorar.
Se sentía sola, casi abandonada, impotente y apática.
No entendía cómo se podía haber implicado tanto. Había cometido un error de principiante y ahora lo estaba pagando.
- Es el precio de ser “la otra” – Pensó con amargura y volvió a llorar.
Pero es que era tan injusto, joder. Ella lo había dado todo. No se le podía reprochar nada. En calidad de amante tenía que reconocer que había sido la mejor.
Durante el último año había viajado a Niza cada fin de semana, cada vez que tenía vacaciones. Había pagado hoteles y coches de alquiler. Ni siquiera presionó para romper el matrimonio y ser algo más que una sombra, había accedido a mantener la relación en el más estricto secreto.
Todo aquello, sumado a la reciente pérdida, la hacía sentirse caminando en una cuerda floja. Precisamente, la clase de cuerda que separa el dolor de la ira.
Se tiró llorando un buen rato, ni siquiera fue consciente de cuanto. Cuando reunió fuerzas, se secó las lágrimas y se levantó. Se dirigió tambaleándose hacia el baño y se miró en el espejo fijamente.
- Para lo que has quedado, Lucie…
Se desnudó pesadamente, con desgana, y tiró la ropa a un rincón.
Ni siquiera se molestó en dejarla recogida.
Suspiró y llenó la bañera.
Antes de meterse, cerró la puerta y apagó la luz. Necesitaba una tregua.
Se tumbó en el agua con cuidado de no mojarse los pelos y cerró los ojos. De pronto se sintió extenuada. No tenía fuerzas ni siquiera para abrirlos.
Mientras se dejaba acariciar por el agua, repasaba los acontecimientos del último año:
Primero se habían visto en un bar, luego se habían acostado, varias veces. Dos semanas más tarde consiguió aprenderse su nombre. Luego…
Luego todo fue un remolino de citas en secreto, de “no se te ocurra llamarme a casa”, de “No, al móvil tampoco, ya te aviso yo”, de viajes furtivos a Niza, de hoteles en la otra punta de la ciudad… Y de sexo.
Pero, pese a todo, también había tenido noches mágicas, botellas de champán y paseos por la playa, restaurantes…
Si se concentraba sentía que casi podía rozar con la punta de los dedos las ilusiones de aquellos ratos.
De repente vio a una joven Lucie que sentía curiosidad, que se ponía nerviosa. Una Lucie insegura y con mariposas en el estómago.
Sintió algo de miedo, no había pasado nada de tiempo y ya veía su propia imagen como un recuerdo lejano. ¿Cómo se podía envejecer tanto en dos semanas? Apartó ese pensamiento de su cabeza.
También había recibido muchos regalos, la mayoría en compensación por resignarse a llevar la relación en secreto y tener que comportarse como una fugitiva.
- Secretos, hoteles y regalos… Me siento como una puta.
De pronto, las dudas comenzaron a abordarla como piratas a un galeón cargado de oro. Respiró hondo y apretó los puños bajo el agua. Intentó quitárselo de la cabeza lo antes posible, pero un pequeño puntito de angustia se acababa de encender en alguna parte dentro de ella. ¿Y si no hubieses sido más que eso? ¿Y si…?
Se rebulló en el agua y suspiró.
Aunque así fuera, a esas alturas, ya todo dada igual.
A la mañana siguiente volvería a París, a su trabajo en su tienda de caramelos y a sus juergas los sábados por la noche. Con el tiempo y el chocolate suficientes, el dolor se diluiría.
Pero del dicho al hecho… Comenzó a llorar de nuevo. Se sentía incapaz de seguir después de haber perdido lo mejor que le había pasado nunca.
El cansancio físico y el emocional tuvieron que hacer piña para dejarla dormida allí mismo.
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Una hora y media más tarde, su móvil sonó haciéndola despertar.
El agua se había quedado helada y Lucie vaticinó un resfriado próximo.
Salió de la bañera y se secó con una de las toallas del hotel. Caminó por la habitación completamente desnuda hasta encontrar su bolso. Lo recogió del suelo y lo vació sobre la cama. Cogió su teléfono y se sentó sobre el colchón. Leyó el mensaje con cara de póker:
“27 Nov. Montparn. Terr. 18:00
No olvides quién eres.”
Si bien el número era privado, había una especie de firma bajo un pseudónimo que no tardó en identificar. Se le hizo un nudo en el estómago.
- Genial, cariño, las cosas pintan de puta madre…
La ironía, como dicen por ahí, es un arte que se tarda en dominar toda la vida.
Dos meses después, el avión de Mónica llegaba a París y algo extraño sucedía en otro punto de la ciudad…
Aunque eran muchos los que habían empezado esa noche, sólo quedaban unos quince. Lo cual no era problema porque cada uno de ellos iba borracho por él y por los que faltaban.
El equipo de rugby se reunió en el mismo pub irlandés de siempre para celebrar que, tras las estrepitosas derrotas de otros años, por fin habían ganado un torneo.
Y todo se lo debían a su nuevo jugador. Andrea Panucci, al que pensaban nombrar capitán en cuanto les fuese posible, había conducido al equipo a una victoria sin precedentes porque, de hecho, había sido la única desde que lo fundaron.
Era el más joven de todos y, con diferencia, el más listo. Había dejado Italia para estudiar un año de carrera en París y no iba a desaprovecharlo.
De todos los presentes debía ser el único a esas alturas que se sujetaba en pie y no tartamudeaba al hablar. Al menos, no demasiado. Pero sí que llevaba la camisa algo abierta y la corbata casi desanudada. Lo cual no daba una gran imagen.
Pese a lo que pueda parecer, se aburría…
El universo de Andrea se resumía en 4 puntos fundamentales: las matemáticas, el deporte, su coche y las mujeres… Y no precisamente por ese orden.
Así que, según su baremo, ¿qué podías esperar de una noche que te tiras metido en un bar con un montón de tíos mamados y en el que ninguna mujer en su sano juicio entraría? Pues nada, no podías esperar nada. De modo que, a la media hora de llegar, ya estaba borracho.
Había perdido la cuenta de las horas que llevaban allí y de las cervezas y las copas que se había tomado. Sin embargo, en el transcurso de la noche se había ido recuperando. Lo que no hacía sino empeorar su aburrimiento.
Cuando pensaba que debía largarse si no quería morir de hastío, el día le cambió por completo.
En realidad, lo que cambió fue el turno de camareros del pub. Hecho que trajo consigo a Celine Falvet. Una camarera procedente de La Flèche que compaginaba su trabajo en el bar con unos encarguillos aquí y allá como stripper. Todo ello para pagarse unos estudios de telecomunicaciones que ni le gustaban, ni le servían para lo que ella quería ser, traductora. Pero las presiones familiares siempre son más fuertes.
Andrea se lo tomó con calma, sabía que, pese a estar rodeado de tíos, no había competencia ninguna. Cuando se aseguró de que la camarera se había fijado bien en él, se levantó y se movió todo lo digno que pudo, que no fue mucho, para acercarse a la barra.
Andrea era un chico atractivo desde un punto de vista puramente sexual y encantador siempre y cuando no lo conocieras demasiado bien. Sabía que era guapo, cuidaba su cuerpo de manera sistemática y siempre intentaba tener buena cara. Se mostraba abierto y amable. Y por encima de todo, nunca daba la tabarra.
Jamás había agobiado a una tía en una discoteca ni dado la brasa en un bar, simplemente lo consideraba innecesario.
Se atusó un poco el flequillo y la miró fijamente. Era delgada, no muy alta y con un pelo castaño que le caía por debajo de los hombros. Iba bien peinada y arreglada.
El italiano esperó a que se acercara un poco para llamarla con un gesto más amistoso que otra cosa.
- Dime.
- ¿Me pones una Murfis Red, por favor? – La miró a los ojos con toda la concentración que fue capaz de reunir.
- Sí, claro…
La camarera se alejó despacio en busca del tirador y una jarra. Andrea sonrío para sí, ya estaba todo arreglado. Si cuando volviese se atusaba el pelo al hablarle, podría dar por válida la noche.
- Aquí tienes – Celine le entregó la jarra y se arregló el pelo como quien no quiere la cosa.
Andrea le mostró una torcida sonrisa y le dio las gracias. No era necesario entablar conversación con ella, no le hacía falta. La miró y bebió sin dejar de sonreírle.
Al cabo de un rato, llegó otro grupo de gente, se sentaron al fondo. Uno de ellos se chocó con el joven. Andrea no le prestó ni la más mínima atención.
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Salió del pub sobre las seis de la mañana. Hablaba tranquilo y se movía casi en línea recta.
- ¿Dónde te llevo? – Preguntó a su acompañante, casi por cumplir.
- Con que haya sábanas limpias, me conformo – Río ella.
Se decidieron por el pequeño hostal que quedaba a la vuelta de la esquina. Pararon en una máquina de condones por el camino y pagaron la habitación a medias. No era una maravilla, pero al menos estaba limpia. A Celine le parecía suficiente. Andrea no pensaba objetar nada.
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Cuando despertó le pitaban los oídos y le dolían músculos que ni siquiera sabía que tuviera. Se giró buscando a la camarera, no la encontró.
Se incorporó despacio en la cama. Estaba mareado. La resaca se iba a cobrar la factura de la noche anterior.
El lugar donde debería tener a una futura ingeniera en telecomunicaciones desnuda estaba vacío. Salió de la cama algo consternado. Se tranquilizó al descubrir una nota con un número de móvil y firmada por la misma Celine. Sonrío.
No podía quejarse. Ella había sido bastante más considerada de lo que lo sería él, desde luego.
Se estiró y se fue hacia el cuarto de baño. Se miró en el espejo y constató que debería afeitarse un poco. Volver a la perilla no le parecía mala idea.
Un mechón de pelo negro azabache le calló sobre la frente. Pelarse tampoco estaría mal.
Se metió bajo la ducha y estuvo pensando un rato. La verdad es que había sido divertido. Ella no había hecho demasiadas preguntas y él tampoco. Se lo había pasado bien.
Decidió que por esta vez haría una excepción. Le apetecía volver a verla.
Salió de la ducha, se secó y se vistió. Guardó el número de Celine en su cartera y se dispuso a salir de la habitación. Se metió las manos en los bolsillos por si le había quedado algo de calderilla para coger el autobús. Nada ni un céntimo. Lo que sí tenía era un papel.
Sacó del bolsillo derecho del pantalón una servilleta arrugada. Iba a arrojarla a la papelera cuando vio algo escrito. La estiró sobre la mesita de noche y leyó con atención:
“27 Nov. Montparn. Terr. 18:00
No olvides quién eres.”
Durante un rato no supo cómo reaccionar. Pensó en llamar a Celine y preguntarle de qué coño iba todo aquello, pero se paró en seco. Había un tetraedro dibujado en la esquina de la servilleta. De inmediato, supo de quien procedía. Se sentó en la cama con desconcierto.
- Vale, tengo una resaca del copón y ahora esto… Necesito un café.
Salió del hostal sonriéndole a la recepcionista. Anduvo unos minutos hasta dar con una cafetería de su agrado. Pidió un café solo y una botella de agua. Pagó con el último billete que le quedaba en la cartera y se sentó en una mesa a especular sobre la servilleta y su remitente.
Ya no tengo más escrito XD. Aquí fue donde empecé a atrancarme.
XD
en la amplitud de este foro he tropezado con tu relato. Aprovecho también para darte la bienvenida.
Te diré que a pesar de haber empezado a leerlo por error desde el último post (cosa que no ha perjudicado al entendimiento de la trama), me ha deleitado mucho desde el principio.
Tienes una manera de narrar fluida y natural, lo cual es ya una ventaja en principio. No sé que desarrollo tienes pensado para el relato, la verdad es que promete convertirse en algo de más amplio horizonte. Eres detallista y realista y tampoco falta la justa cantidad de ironía y sentimientos.
Me recuerdas a Guillaume Musso en el ritmo y el suspense.
Ya veremos qué ocurre el 27 nov.
Bravo!
Saludos,
Shai
p.s. por algunos giros que utilizas y la sintaxis, he tenido la impresión que traduces del francés o del italiano, pero ça fait rien.
Lo del francés no es por traducir. Es que estoy en el último año de la escuela de idiomas y me paso el día viendo, oyendo, leyendo y escribiendo cosas en francés, como consecuencia se me ha pegado el acento (tengo algunos amigos franceses y hablo mucho con ellos) y en muchas ocasiones, el estilo. Mais, c'est la vie!
En fin, no sé para cuando podré continuar. La verdad es que estoy saturada de exámenes de bachiller y de escuela de idiomas :S
Pero prometo una continuación lo antes posible.
Como pequeño adelanto, decir que en el próximo trocito, recuperaremos a Mónica y su reciente mudanza.
Saludos.