¿Quieres un caramelo?
Nada más pisar el vestíbulo supe que ella estaba en casa. Su chaquetita verde, colgada en el perchero, así lo atestiguaba. También supuse que había llegado antes de que empezara a lloviznar, pues el paragüero estaba vacío. Ser consciente de que ella volvía a estar en casa encendió mi ansia.
Cada vez que me la encontraba sucedía lo mismo. Su mirada ingenua, su cuerpo frágil, su sonrisa cándida, sus respuestas inocentes y el absoluto desparpajo con el que trataba todo cuanto estaba a su alrededor despertaba mi deseo, el deseo más intenso que jamás he conocido. Era como una fina muñeca de porcelana, pura y limpia, y precisamente por esto tenía que ser mía, precisamente por eso quería poseerla.
Antes de subir al piso de arriba esperé un poco, apacigüé mis impulsos, y, una vez más calmado, me dirigí al salón. Al entrar me saludó con su alegría característica, se acercó a mí y extendió su mano. Yo sonreí, puse las manos en mis bolsillos, saqué un caramelo y se lo le dí. Ésta era la costumbre, nuestra costumbre. Luego se volvió y se fue, retomó sus asuntos. Yo me aposenté en el sofá y encendí la televisión, pero seguí contemplándola por el rabillo del ojo. Fuera, la llovizna se había convertido en una intensa tormenta de primavera.
El cielo había ennegrecido, los rayos y truenos se sucedían, y el agua, poco a poco, fue anegando calles, plazas y jardines. Mientras el agua repicaba con fuerza contra los cristales de la ventana, sonó el teléfono, al tercer tono mi mujer respondió. Al cabo de tres minutos cruzó la puerta del salón, se acercó y me dijo:
-Los padres de María no pueden venir a recogerla y me han pedido si podría acercarla a su casa. Ahora ando algo atareada con la cena, ¿te importa acompañarla?
Yo asentí sin pensarlo, mi corazón empezó a latir con más intensidad, me levanté, cogí mi abrigo, las llaves, y, con toda la dulzura de la que fui capaz, llamé a la pequeña María.
-Es hora de volver a casa, que mañana tienes que levantarte temprano para ir al colegio, ¿verdad?
Ella asintió con una sonrisa, tan dulce como irresistible, recogió sus cosas, se despidió de Carla, mi hija, y se reunió conmigo en la puerta. Ni un sólo lamento, ni una sola queja... es una niña tan dócil.
De eso hace ya veinte minutos. Ahora me encuentro junto a ella, solos, yo, ella y mi deseo; dentro de un coche con el motor encendido y las luces apagadas, perdido en la oscuridad, en medio de la tormenta. Ella me mira con ojos confusos, yo le sonrío y, como tantas otras veces, vuelvo a preguntarle:
-¿Quieres un caramelo?
Comentarios
Nos cuentas desde el pensamiento del sujeto de tu historia, y desde el borde indeciso de dificil manejo entre la imaginación de quién escribe y de quien lee e interpreta.
Todo un clásico el dichoso caramelo prohibido por las mamás.
La intención es recrear una escena... yo no creo en la literatura como herramienta moralizadora ni creo que el escritor tenga ninguna obligación de jugar ese papel.
El relato simplemente pretende ser eso, un retrato de una situación concreta, el dibujo de dos personajes, uno retratado en su silencio, el otro retratado en sus impulsos. La interpretación moral de lo que sucede allí queda en manos del lector, al que considero suficiente inteligente y sensato como para juzgar los hechos consecuentemente, yo no creo que sea nadie para ir dando lecciones sobre nada y menos de ese tipo.