I
Antonio se levantó bruscamente. Hacía calor en la habitación y necesitaba más aire. Paola yacía a su lado, de espaldas, el largo cabello rubio abandonado sobre la almohada. Dormía un sueño profundo y sin sueños, como al que nos solemos entregar después del sexo. Ni siquiera la oía respirar. Recorriendo con la mirada su espalda desnuda y bronceada, revelada por la tenue luz de las farolas, le sobrevino el recuerdo del placer intenso con el que momentos antes habían cabalgado juntos.
Le ardían la garganta y el pecho en esa noche de ferragosto[1], cuando en Roma el aire se torna llamarada, y las paredes de los edificios en las estrechas calles del centro devuelven como un horno abierto todo el calor acumulado durante el día. Aquella noche, en casa de Paola, el calor era una amenaza, un enemigo que le cerraba la garganta y le oprimía el pecho sin tregua.
Desnudo, con el miembro aún obstinadamente erecto, Antonio se acercó a la ventana en busca de una brisa, de un alivio que aplacara ese alacrán que le mordía el pecho a traición, sin aviso y sin razón alguna. La calle silenciosa recibió su necesidad de aliento con un abrazo ardiente y asfixiante del cual se apartó rapídamente.
Pensó en despertar a Paola. Quería contarle todo sobre el peso que lo doblaba. Paola era mucho más jóven, poco mayor que su propia hija y en aquel momento Antonio pensaba que la juventud era omnipotente y eterna y que con su fuerza le habría liberado del dolor que lo atenazaba.
¡Qué bella era y cómo le seguía gustando después de un año de relación! Además de compartir el trabajo y los continuos viajes al extranjero, Paola le había atraído desde el principio. Le habían fascinado su independencia y seguridad, aún siendo cálida y femenina. Extrañamente, desde que salían juntos, él había dejado de ir en busca de otras mujeres. Ya no sentía interés por ellas como antes, cuando su ánimo narcisista, y a pesar de su matrimonio con Lidia, le había llevado a la conquista incesante del otro sexo.
Ahora, con cincuenta y cinco años y el aspecto aún tónico y juvenil, Antonio se había convertido en el amante fiel de su jóven compañera de trabajo.
Lidia, su mujer, lo imaginaba volando o a punto de salir para ir a encontrar al enésimo cliente en el enésimo país o ciudad o emirato donde él solía ir. El día y la hora del vuelo eran conceptos vagos y elásticos, con los cuales se podía jugar facilmente al tratarse de distintos lugares, horarios y calendarios de trabajo. Esto permitía a Antonio pasar mucho tiempo con Paola, allá donde se encontrasen, o en la misma Roma, como esa noche.
Lidia había sufrido por los deslices de Antonio en el pasado, pero le quería. Él la trataba con cariño, siempre le traía un detalle a la vuelta de sus viajes, y con el tiempo se había vuelto más cauto y discreto en sus amoríos. Lidia yacía aquella noche sola en su cama, poco lejana de allí, en el barrio de Trastevere al otro lado del Tiber donde habían vivido siempre, y en su desvelo pensaba si en Dubai haría el mismo calor que en Roma.
Antonio pensó en ella, la madre de sus dos hijos, la compañera de su vida hasta hoy. La imaginó sola en la cama que habían compartido durante casi treinta años. La echó de menos. Echó de menos su paciencia, su buen carácter, cómo le habría atendido y consolado en aquel momento.
Sabía que la había hecho sufrir, pero tal y como había aprendido desde niño en su lejana Sicilia, a la esposa se la respeta porque es la madre de tus hijos, y la amante debe encontrarse siempre en el camino hacia casa; “el aperitivo en la calle y la comida en casa”, se solía decir.
El recuerdo de Lidia le provocó un dolor nuevo en el pecho, como una aguja que se clavaba en el esternón. No obstante el calor y el sudor que lo empapaba, y tener la garganta seca y agarrotada por la gran sed, empezó a sentir frío.
Se fue hacia la cocina. Las piernas flaqueaban, vencidas. Cruzando el vestíbulo tropezó con las dos maletas que estaban ya preparadas. Fue dejando huellas de sus manos húmedas y frías sobre las paredes del pasillo que atravesaba sumido en la oscuridad, mientras se iba acercando al agua fresca que bajaría por su garganta procurándole el alivio que tanto ansiaba. Frente al frigorifico, una nueva punzada le dobló, hacíendole caer de rodillas, en una absurda postura de plegaria ante el electrodoméstico que zumbía. Intentó alcanzar con la mano temblorosa la manilla de la puerta que de repente parecía elevada y distante.
Quiso llamar a Paola para que abriese ella la puerta y cogiese la jarra y se la arrojase entera en la cabeza, en la boca reseca, en el pecho ardiente y dolorido y al mismo tiempo lo abrazase con su cálido cuerpo, con sus pechos, con su pelo, para quitarle este frío que lo paralizaba. No le salió la voz. Sabía que ella dormía plácida y serena, como duermen los niños agotados, sin preocupaciones, sin culpabilidades.
Esa noche la había llevado a extremos inusitados de placer, gracias a las pastillas azules que él y sus compañeros compraban a bajo precio en sus viajes a Riad, Oman o Dubai, y que traían, vendían o regalaban, y que él siempre tomaba cuando pasaba la noche con ella.
El dolor se había extendido al brazo izquierdo, perdió el equilibrio y se dejó caer a un lado, sobre el suelo de azulejos blancos. Estaban tibios por el calor del cercano frigorífico y esto alivió momentáneamente el helor de sus brazos y el sudor frío en la sien. Ni siquiera notó le dureza del pavimento. Se imaginó acostado junto a Paola, ¿o era Lidia?, la cabeza sobre la almohada y la mano reposando sobre su cadera. Comprendió y cerró los ojos. Se quedó quieto y entregado pocos segundos más hasta que todo cesó. Sólo su pene se mantuvo duro y firme, desafiando a la muerte ineluctable.
[1] En Italia viene así llamado el 15 de agosto, pues representa el ápice del verano y del calor. En esta fecha la mayor parte de la población se encuentra de vacaciones lejos de las ciudades. Es tradicionalmente día de fiesta y de descanso.
Comentarios
Paola se despertó sobresaltada al oír el ruido en la cocina. Vió que eran las dos de la madrugada en el despertador digital de su mesilla y se quedó escuchando. Moviéndose con pereza constató que Antonio no estaba a su lado y lo llamó. ¿Se habría levantado para ir al baño, a la cocina? No hubo respuesta. Fue medio dormida en busca de agua y de él, para llevarlo consigo a la cama y volver a anidarse en sus brazos.
Antonio era el amante perfecto para ella. Sin compromiso, llevaban adelante la relación con fluidez, sin tener que pasar por los escollos con los que en la convivencia inevitablemente uno se termina tropezando. Él era jovial y divertido, maduro, excelente en su trabajo y en la cama. Había aprendido mucho de él en ambos ámbitos. Le tenía cariño y simpatía y le respetaba enormemente a nivel profesional, dada su edad y experiencia.
Desde el pasillo lo vió, en el suelo frente al frigorifico, en posición fetal, como dormido. Pensó que había ido allí en busca de frescor, huyendo del calor sofocante del dormitorio. Cuando lo sacudió suavemente con la mano comprendió que algo grave ocurría, y en ese momento se le volcó el corazón y las entrañas se le encogieron. Le sacudió con más fuerza para que despertase de ese sueño absurdo e incómodo.
Estaba sola con él. Nadie sabía que estaban juntos aquella noche. Pensó en la mujer de Antonio, en Lidia, a la que no conocía, pensó en una llamada a las dos de la madrugada, ¿A quién? ¿Por qué? ¿Con qué explicación?
En pocos segundos el corazón se recobró de sus vuelcos aunque quedó acelerado y batiente como un tambor, y ella pudo pensar con lucidez: llamaría a Edoardo, el mejor amigo de Antonio y compañero de trabajo desde siempre.
Edoardo conocía a Antonio desde su juventud, habían compartido aficiones, trabajo, mujeres. Sabía de su relación con Paola pues trabajaban los tres juntos en los mismos proyectos y a menudo hacían los mismos viajes. Él sabría qué hacer.
Edoardo llegó poco después, tranquilo y eficiente como siempre. Antonio estaba muerto y Paola lloró con desolación y rabia. Entre los dos lo trasladaron al sofá de la sala y lo vistieron. El pene seguía erguido, único hálito de vida en su cuerpo inerte.
Edoardo recogió el reloj de pulsera que había quedado en la mesilla junto a una caja de píldoras azules que se metió, rápida y discretamente, en el bolsillo, así como pocos enseres más esparcidos por la casa.
En la noche de ferragosto sólo algunos amigos quedaban en la ciudad. Edoardo les llamó. Entre todos acordaron una versión oficial y piadosa de lo ocurrido y que unánimamente habrían reforzado ante Lidia: Antonio y Edoardo habían ido a recoger a Paola a casa de ésta para ir al aeropuerto. Por el gran calor, Paola les había invitado a subir y ofrecido un refresco. Poco después Antonio había empezado a sentirse mal. Lo demás era historia.
Ahora entiendo el lema al pie de tu post que reza:
"No todo lo que puede ser contado cuenta y no todo lo que cuenta puede ser contado"..
Mañana si puedo te hago un comentario en condiciones, si me lo permites.
Hay una imagen de Antonio frente a la nevera que me ha encantado.
Saludos,
Shai
El relato da una imagen engañosa de aparente sencillez.. En su primera parte hay una tensión sin estridencias, que consigues con el efecto de la noche calurosa (ferragosto) pos coito. Te felicito por esta herramienta que has utilizado no sé si de manera consciente, en el párrafo de :
“Le ardían la garganta y el pecho en esa noche de ferragosto cuando en Roma el aire se torna llamarada, y las paredes de los edificios en las estrechas calles del centro devuelven como un horno abierto todo el calor acumulado durante el día. Aquella noche, en casa de Paola, el calor era una amenaza, un enemigo que le cerraba la garganta y le oprimía el pecho sin tregua.
Aunque para mi gusto sobra la última frase remarcada pues ya has repetido pecho y garganta , lal comienzo de la misma y no es necesaria la repetición para el texto. Además suena muy bien terminando con el calor era una amenza…..¿ves? Hay una atmósfera adecuada y el final no queda ni trágico, ni atropellado.
La referencia repetida del miembro erecto es estupenda.
Buen dibujo el de Antonio, haciendo ver que tiene una imagen de si mismo narcisista y consciente de su iniciada decadencia se agarra a la juventud de Paola. Sabe disculpar muy bien su doble juego y se autojustifica con indulgencia. Detallista de fechas para no herir a su mujer e incluso piensa en el regalito de vuelta. Se gusta mucho a si mismo. Lo has descrito bien.
Primero haces de Antonio un buen amante, siciliano de frase antipática de “aperitivo en la calle y la comida en casa” y luego lo mermas tanto en su último dolor que hasta haces que sintamos lástima por él y hasta cierta ternura. Eso es saber llevarnos a tu voluntad Shai. Es la aparente sencillez de que te hablaba al principio.
Me encanta esto:
“una nueva punzada le dobló, hacíendole caer de rodillas, en una absurda postura de plegaria ante el electrodoméstico que zumbía. Intentó alcanzar con la mano temblorosa la manilla de la puerta que de repente parecía elevada y distante”
Y la cachetada irónica que da la vida al Don Juan de Viagra y horario establecido, al final es la tibieza de una nevera la que consuela al hombre. Lo dices aquí:
“Estaban tibios por el calor del cercano frigorífico y esto alivió momentáneamente el helor de sus brazos y el sudor frío en la sien. Sólo su pene se mantuvo duro y firme, desafiando a la muerte ineluctable
La segunda parte donde cuenta Paola me interesa menos como lectora. Hay un trato establecido, una alianza cómoda entre amantes.
Aunque tu manera impoluta, sin emociones dramáticas, sin salidas de tono, cuidando el detalle y pensando en "la otra" es una muy buena manera de contar el deceso.
Un abrazo Shai. Me ha gustado mucho comentarte.
También aprendo.
Me di cuenta de la redundancia a la que te refieres (garganta y pecho) cuando leí el texto después de haberlo colgado aquí, pero sí fue intencional el crear una tensión ambiental debida al fuerte calor. Por ello, el título que puse al relato.
Antonios Narcisos he conocido muchos en Italia (como tu Federico) con lo cual fue fácil describirle e incluso sentir un poco de piedad in extremis por él.
Sé que la segunda parte es menos interesante en todos los aspectos, pero necesaria, pues el relato se basa en un hecho real y he preferido cerrar el círculo de los acontecimientos tal y como sucedieron.
Saludos,
Shaianti
Tú si que has sabido dar en la diana con tu ferragosto.
Saludos,
Shai
paciencia.
También me inclino en reverencia por el buen análisis hecho por Suina. No se puede explicar mejor. Osea, que ni lo intento.
La verdad es que después de leeros a las dos, seré humilde y escribiré menos y os leeré más. Tengo tanto que aprender.....
Sois estupendas narradoras, ojalá con el tiempo yo pueda escribir así.
Un abrazo y pienso leer todo lo que publiquéis. Tenéis en mi una aferrima admiradora.
Te felicito Shaianti
Un abrazo desde Lima
Para mí, es un texto impecable y muy bien escrito, te hace sentir hasta el calor bochornoso y agobiante de Roma.
Lo que ya no veo tan claro es como Paola y Edoardo van a explicar a la mujer lo de su pene erecto.. supongo que los médicos sabrán que decir, mentir se les da bien, lo sé, y una mentira piadosa siempre es lícita en estos casos. ¿O no?
Yo también os léo.
Shai
Shaianti
Nota: Pido por favor a la administración de este foro que borre de esta página el mensaje de bigcho15.
Estoy de acuerdo con Ester, este relato me desanima a escribir y me anima a leerte XD.
Espero poder llegar a ese nivel y me gustaría que leyeses algo mio y me comentaras que te parece de corazon.
Saludos
Desgraciadamente está inspirado en una historia verdadera, ocurrida en el 2007 a un colega mío. Sólo he cambiado los nombres de los protagonistas. La ambientación y las circunstancias son como de verdad acontecieron...
Según mi parecer cada fragmento que se agrega al tejido del discurso encaja con los antecedentes de modo que permite una sucesión clara y eficaz; como si, en el devenir del relato, el lector no tuviese dudas del valor de las piezas que el escritor va encastrando ante sus ojos.
Te agradezco, Shaianti, el habernos dado este magnífico trabajo.
Hasta pronto.
Shai
me gustó mucho, Shai, me enganchó y me llevó de la manita hasta el final.
plaf plaf plaf plaf
Saludos,
Shai
Saludos,
Shai
Digo que es el arranque de una novela, primero, porque creo recordar una que empezaba parecido y consideran que es un muy buen arranque de novela ¡felicidades! y segundo, porque aparecen personajes y situaciones cruzadas que claman por un desarrollo. Has conseguido, en pocas palabras, dejar a lector in media res, con un montón de cabos por seguir, que no atar, a ver dónde nos llevan.
Personalmente, hubiera mencionado menos veces lo de su miembro erecto post mortem, quizás sólo al final. Porque hemos de suponer que ha estado así en toda la trama por lo que el chiste mejora tras la descripción de la tragedia y también, porque es una imagen demasiado potente para abusar de ella.
Bueno, es muy difícil conseguir un best seller en un foro masivo, por algo será. Enhorabuena.