El Bardo y su reflejo
Bosquejo de un dechado
1
— ¿De verdad crees que <<El Bardo y su reflejo>> es…? ¿Cómo decirlo…? ¿Un título… adecuado?
Liliana esperó alguna señal en los ojos de su mustio colega, editor, agente, comercial; un
chupa sangre vulgar y corriente. Al comprobar que lo que decía era cierto, que no bromeaba, que la había citado en su despacho al final del día sólo para reírse del título de su nueva novela y que siquiera aún se había pronunciado sobre lo arriesgado del contenido, se acercó un poco al borde de la mesa con mirada agresiva, y desde el otro lado, espetó:
— Es perfecto, cariño. Bardo; un poeta lírico.
— Sé qué es un bardo, pero no, dista bastante de la perfección. ¿Quién va a leer un libro con un título tan flojo? Ni haciendo un
Dalí con la portada lograrías captar la atención de algún lector; sabiendo lo difícil que está el jodido mercado editorial, ni poniendo miembros descuartizados en la portada venderías un libro…― se rascó la cabeza, visualizando una imagen dantesca―. Bueno, a lo mejor lo de los miembros puede que funcione si hay mucha sangre… ¡No! ― aporreó la mesa― luego está lo incompresible de la… ¿novela?
— No necesito lectores, ni reconocimiento. Es el título de todo cuanto he vomitado en estos últimos ocho meses. Estoy podrida.
— Y que lo digas. Pero todo lo vomitado apesta, más si es tuyo. Insisto. No es un buen título y sin lectores no habrá dinero― dijo cruzado de brazos―. ¿Quién te paga, Liliana, lo recuerdas? Se llama contrato, y debes cumplirlo. No eres más que un producto, actúa como tal. Además, ¿en qué coño pensabas cuando la escribiste? Es un auténtico lío… un follón atemporal; no le veo el sentido por ningún lado, cojas por donde lo cojas, carece de estructura… de lógica…
— ¿Sabes, José?
— ¿Qué?
— Me das asco.
— Y tú deliras. No das una. Por favor… ¿El bardo y su reflejo? ¡Joder!
Liliana se puso de pie interrumpiéndole. Cogió el vaso de
whisky que momentos antes José había servido como cortesía y, vertiéndolo en el suelo, lo dejó vacío de líquido conservando los hielos en su interior. <<Quince euros derramados en la puta moqueta>> debió pensar José. Después levantó su falda, bajó sus bragas hasta los tobillos y llevó el vaso entre sus piernas, posicionándolo en la cara interior y superior de sus muslos, orinando en el vaso y llenándolo hasta la mitad, sin derramar una sola gota fuera de éste, con insuperable perfección, ante la estupefacta mirada de José que tuvo que reír en defensa propia.
— Jodida loca.
— Esto es lo que hay. Tu
whisky es una auténtica mierda. Mejor destilado que este que acabo de servirte no encontrarás otro. O lo tomas, o lo dejas.
— ¡Jodida loca!
— Insisto, cariño.
José intuyó, al llevar años leyendo las novelas de Liliana, que parecía estar fuera de sí. Se levantó y se dirigió hacia el perchero donde tenía colgado su abrigo. Mientras se lo ponía, Liliana avanzó con el vaso de orina hasta él, removiendo los hielos que se derretían poco a poco. Indignada, le miró. José se armó de valor para salir de aquella trifulca sin decir palabra y ella arrojó el líquido en su rostro.
— ¡Bastardo cabrón!
Agarró una pluma y la clavó en su pecho. La retorció. José no…
Carla se detuvo en seco, como si no se hubiera percatado del cambio a rojo del disco de un semáforo. Dejó de escribir en el ordenador, paralizada y asustada, en cierta manera, por lo que acababa de escribir: << ¿Mear en un vaso? ¡No puede ser! Demasiado atrevido y… vulgar. Y… ¿matar a José? ¡Estás loca!>> pensó riendo.
De algún modo, Carla se estaba desahogando y vengando por lo que había vivido la noche anterior. Todo lo relatado en su pequeño texto, era cierto, exceptuando que ella no era Liliana y José, estaba vivo, y que bajo ningún concepto orinaría en un vaso como describió. Lo único real era su novela, su reciente fracaso: <<El Bardo y su reflejo. >> Un texto que había provocado las risas de su mustio colega José.
Carla se levantó al baño. Necesitaba refrescarse, eliminar todo pensamiento malvado. Pero al mirarse en el espejo, sonrió: Liliana… qué guarra eres. Measte en el vaso. Es hora de jugar, ¿jugamos?
2
Liliana era un pretexto. Cómplice imaginaria. Un esparcimiento. Su desahogo.
Carla, maestra titiritera, situada delante del ordenador, estaba dándole vida a su nuevo personaje: Dotándola de brazos y piernas, ojos y boca; aspectos triviales con los que un escritor debía satisfacer a quien quería leerle. Y con cada línea donde la describía, vestía en ella un cuerpo suntuoso. No obstante,
mi Carla, mujer de hueso y algo de carne, ojos inertes y carbonizados por la luz del ordenador, quería dejar brotar ese lado perverso suyo con el que tanto se había divertido y dotó a Liliana de todo cuanto ella carecía en lo concerniente al físico y de una mente inicua y retorcida, capaz de orinar en un vaso y después, asesinar. Podía imaginarla como un ser perfecto, en un escenario iluminado por la luz de una luna llena, derramando lágrimas por su pulcra belleza mientras un defecto terrible la corroía en su interior: Al contemplar Liliana su reflejo, veía lo demoníaco e infame de su espíritu.
<<Álter ego.>>
.
Pensó Carla. Sí; mi álter ego.
Y la idea de una escritora deplorable que escribiría lo que se le antojara, sin ataduras ni reglas, lograba quitar y entorpecer su sueño. Después de todo,
ella era ella y
yo, ambas.
Mañana, con urgencia, se reuniría con José para zanjar determinados asuntos que urgía tratar. Abrió su explorador
, y fue directa a su cuenta de correo electrónico. Tecleó
Valjean, su contraseña, y una vez dentro, redactó el siguiente correo:
Estimado José,
Disiento sobre lo tratado y acordado con mi última novela. “El Bardo y su reflejo” es una novela con un horizonte amplio y ambiguo. Sin embargo, cientos de ideas se me ocurren y me gustaría tratarlas contigo. Un nuevo libro está en camino. Mañana, si te parece bien, me pasaré por tu oficina.
Un cordial saludo.
Dejó el ordenador, agotada. ¿Un cordial saludo? Hace años que conozco a ese hijo de puta. Qué asco de modales y formalidades, dijo. Fue al baño. Sentada en el retrete vio su reflejo en el espejo largo que utilizaba para ver su figura entera cuando se probaba un vestido y fantaseaba con causar impresión. Pero lo cierto es que pocos vestidos se ceñían apropiadamente en Carla.
Le llevó tiempo liberar la orina y al relajar su cuerpo se le escapó una ventosidad. Rió. Miró su reflejo: ¿Te atreverás a contar esto, Liliana? ― preguntó imaginando que quien estaba dentro del espejo era su nueva criatura―. Tu nueva novela brillará por su naturalidad. Debes despistar, enredar, y sobre todo, ensuciar… ¡ensuciar!
¡Liberté!
SEGUIRÉ....
Comentarios
salud!
Entiendo también la vaina que supone a veces buscar un título adecuado.
Un diálogo rápido y agresivo que consigues con frases cortas y agudas adecuadas a la intención que pones en fomentar el lado histriónico de Liliana, aunque yo rebajaría una décima, no convienen exagerar un personaje, lo puedes convertir en historieta de comic, aunque es posible que esa justamente haya sido tu pretensión.
Y sobre todo me gusta que hayas potenciado en este escrito la postestad que tenemos al crear personajes que se atrevan a hacer “asuntos” que probablemente nunca osaríamos hacer en nuestra vida real.
También has reflejado la impotencia del escribir sin reconocimiento, sin ojos lectores, y lo que supone estar amarrado a un contrato que exija sangre y “audiencia”, desdramatizando esta situación, el drama estropea la mayor parte de los escritos cuando no se sabe dosificar el sutil registro de la angustia, la rabia o el dolor. Lo has dado ligereza inventando a una Liliana extremada y libre, atrevida hasta el paroxismo en la escena del vaso y la orina.
Casi nos engañas en algunos párrafos donde Carla se averguenza de su imaginado personaje, pero no parece tan diferente de Liliana. Se confuden las fronteras, puesto que le gustan los retos.
Un texto original, atrevido y diferente.
¡Felicitaciones!
Liliana era un pretexto. Cómplice imaginaria. Un esparcimiento. Su desahogo.
Carla, maestra titiritera, situada delante del ordenador, estaba dándole vida a su nuevo personaje: Dotándola de brazos y piernas, ojos y boca; aspectos triviales con los que un escritor debía satisfacer a quien quería leerle. Y con cada línea donde la describía, vestía en ella un físico suntuoso. No obstante, mi Carla, quería dejar brotar ese lado perverso suyo con el que tanto se había divertido y dotó a Liliana de una mente inicua y retorcida, capaz de orinar en un vaso y después, asesinar. Podía imaginarla como un ser perfecto, iluminada por la luz de una luna apenas llena, derramando lágrimas por su pulcra belleza mientras un defecto terrible la corroía en su interior: al contemplar Liliana su reflejo, veía lo demoníaco e infame de su espíritu.
.
Pensó Carla. Sí; mi álter ego.
Y la idea de una escritora siniestra que escribiría lo que se le antojara, sin ataduras ni reglas, lograba quitar y entorpecer su sueño. Después de todo, ella era ella.
Mañana, con urgencia, se reuniría con José para zanjar ciertos asuntos. Abrió su explorador y fue directa a su cuenta de correo electrónico. Tecleó su contraseña y redactó el siguiente correo:
Disiento sobre lo tratado y acordado con mi última novela. “El Bardo y su reflejo” es una novela con un horizonte amplio y ambiguo. Sin embargo, cientos de ideas se me ocurren y me gustaría tratarlas contigo. Un nuevo libro está en camino. Mañana, si te parece bien, me pasaré por tu oficina.
Un cordial saludo.
Es fácil identificarse en Carla, y repito, en su ser femenina: los gestos, los hábitos, la manera de dirigirse a él.
Saludos.
Repito: Gracias por leerme. Un saludín
He podido palpar la tensión que viven los personajes. Lo peor para un artista no es que no valoren su obra, eso es lícito y soportable. Lo peor sin duda es que se encarnicen despreciándola. El toque final que le das al texto desvelando que toda la escena és un escrito de Carla desahogándose y haciendo justicia pacíficamente mediante la palabra escrita, encuentro que aún lo hace más atractivo.
Un saludo.
Acabo de quitarme mis 15 o 20 minutos de siesta por leer este magnífico relato… realmente merecía la pena.
Aproximadamente hay dos cosas que se deben cumplir para que me guste un relato, nada fáciles por cierto. Tú has superado las dos con creces. La primera es que esté bien escrito, en este caso es incluso meticulosa la labor; la segunda… que me sorprenda, y esto hoy día (y creo que no sólo hablo por mi) es muy difícil de conseguir, habituados a una saciedad de emociones en todos los medios comunicativos e interactivos…
En una palabra: Enhorabuena!!!
PS: Esa Carla debe de dejar de mirarse al espejo… me da miedito.
3
Amaneció. Una niebla espesa, fantasmagórica, se afianzaba entre las ramas de los árboles, a las farolas, en las esquinas de los edificios, durmiendo en los semáforos, consiguiendo aletargar el arranque de la Ciudad Muerta, tal y como la llamaba Carla, que se desperezaba admirándola por el ventanal de su salón.
Se preparó una taza de café, de aroma intenso y amargo gusto al final con un ligero toque afrutado que podía distinguirse sólo si uno se lo imaginaba. Encendió el ordenador y fue a ver si José hubiera recibido el correo que le envió anoche y dignado a contestarla. Nada. Iré igualmente, dijo. No necesito la confirmación de ese imbécil ni su consentimiento. ¡Claro que no! Después de todo lo que se rió, después de cómo me ofendió… y humilló… pero, antes, antes empezaré a escribir sobre Liliana; lo necesito. ¡Liliana! Es… ¿Cómo describirlo? Como… es como si hubiera roto aguas… he estado con ella en mi vientre y ahora la voy a parir, de golpe. Y quiero que sea doloroso y escandalosamente sucio, que sangre tantísimo que roce y bese a la mismísima parca.
Y así, Carla empezó a parir a Liliana, inspirada, como era de esperar, por el amanecer y la niebla. Todo lo que escribiría Carla durante una hora no la llevaría a ningún lado. Daba vueltas, imaginaba cosas, pero nada tomaba la forma esperada ni deseada. Defraudada, sólo dejó el comienzo:
Salió a la calle, rumbo a la agencia. Caminaba envuelta de niebla. No se perdería porque conocía la ciudad, no diré tan bien como la palma de su mano ya que ella sería incapaz de imaginarla, pero sí tan bien como su propia casa. Estaba bastante furiosa porque el momento para escribir fue perfecto, sin embargo, ella no estuvo a la altura de las circunstancias. Refunfuñaba en voz baja, manteniendo una conversación consigo misma. Quienes se cruzaban con ella, reían.
Era el número del portal de la agencia. Subió hasta el piso octavo. Tocó el timbre de la puerta B. Abrió Isabel, la secretaria y recepcionista. Sonrió con levedad a Carla, pero ella no devolvió el gesto.
— Buenos días.
— Hola, buenas; quiero ver a José.
— ¿Ha pedido hora?
— Sí.
— Muy bien, ahora mismo le comunico que usted está aquí.
— Gracias. Muchas gracias.
Al cabo de unos minutos Isabel reapareció riendo, como si guardara un discreto chisme o secreto que habría compartido instantes antes con José. Le costaba mirar a los ojos a Carla y cuando lo hacía soltaba una risotada. ¿Qué le habría dicho este a Isabel para que se riera de ella? ¿Estaría José también riéndose cuando ella entrara?
— Señorita, me ha dicho que pase. Está al fondo, en su despacho. Donde siempre.
— Muy amable, gracias.
Carla entró sin vacilar, con ganas de guerra. Para hacer crecer su orgullo, caminó por el despacho y se situó enfrente del espejo, colocando algunos mechones, imaginando ver a Liliana en su interior. José no reía, y mantuvo el semblante, como si estuviera en jaque por algún motivo incógnito. Se levantó para estrechar su mano y fue después al mueble bar a servirse, a lo mejor, un vaso de whisky.
— ¿Recibiste mi email? ― preguntó Carla, curiosa.
— Claro que sí― contestó José, que de pronto, aguantaba la risa― ¿Quieres una copa?
— Un poco temprano para el alcohol, ¿no crees, José? ¿Qué os hace tanta gracia a ti y tu secretaria, si puede saberse?
— Nada, nada… es que… Bueno, a partir de las diez, ya se puede beber sin prejuicios. ¿No?
— ¡No! Por favor… ¡Es demasiado temprano!
— Puede, aunque siempre, y todavía más si se presentan los atenuantes adecuados, es un buen momento para mear, ¿eh?― dijo José clavando sus ojos en los de Carla, y guiñando con sensualidad depredadora uno de ellos. Después elevó la copa y vertió el contenido en el suelo, emulando e invitando a Carla a representar una escena más que familiar. A continuación, se desternilló de risa.
Aterrada, como si se hubiera quedado desnuda y atada ante José, Carla salió corriendo despavorida hasta la calle, donde la niebla, de nuevo, la engulló. Respiraba entrecortadamente, le faltaba la respiración y el ritmo de su corazón se desbocó. Sólo una pregunta se repetía en su mente. ¿Cómo?
Tirada en la acera de la calle, Carla aún podía escuchar las risas.
La intimidad y nobleza de la niebla, cubrieron y protegieron a Carla. Poco a poco fue recuperando fuerzas. A pesar del carmín corrido, una mueca de vileza se dibujó perfecta en su rostro. Sucia y empapada, supo que el noventa y ocho iba a producirla insomnio durante meses.
— Estoy sorprendido― le comenté a un desconocido, en un café que moría en una esquina.
Dijo llamarse Víctor después de una prolongada y afligida calada a su cigarrillo. Al liberar el humo con técnica, fue expandiéndose y terminó por dibujar en el aire fantasmas de su vida, que, sin invitación, me cercaron susurrando secretos, cantando, hasta desvanecerse por completo. Qué vida terrible la de Víctor.
Era un 22 de abril.
Llovía. Y no me apetecía escribir, más bien, estaba en sequía creativa. Fue por ello que bajé al café, a desahogarme. Sujeto a la barra, sin acabar de sentarse en el taburete, Víctor, que tampoco tenía con quien hablar, me miró y comentó con menosprecio:
— Hay que joderse, nos están cercando como animales apestados. ¡Mierda!
Se refirió al tabaco. No le seguí aunque le otorgué complicidad con la mirada, no quería que se fuera. El destino había juntado a dos miserables que se morían por un pedazo de conversación.
— ¿No fumas, compañero?
— Qué va. El tabaco no es más que un recurso pobre para un escritor sin ideas.
— Un pequeño y carísimo vicio.
— …
— Y… ¿de qué estás tan sorprendido?
— ¿Perdona?
— Lo has dicho hace un rato: <<estoy sorprendido. >>
Recordé.
— Es verdad; lo olvidé. No tiene importancia… ¡pensaba en voz alta!
— Compañero, sé cuando algo corroe a alguien y, justo cuando lo has dicho, en ése preciso instante, chasqueabas los dedos y refunfuñabas. Diría que eras un loco por tu mirada; no me gustaría encontrarte en un callejón oscuro, joder.
¡Me llamó loco sin tapujos! Pero no le di importancia, entonces.
— Me sorprende lo que he escrito en este último año, eso es todo.
Encendió otro cigarrillo mientras miraba la otra colilla morir.
— Ahm… ¿Escribes?… ¿eres escritor? ― al finalizar su pregunta, pude ver lo incómodo que resultaba para él manejar dichas condiciones. Y es que acababa de aludir la palabra maldita.
<<Sí, escribo… motivo de burla, de miramientos, de risas, de comentarios. ¡Agotador!>> pensé en ese momento, y ni un cambio en mi expresión podría hacerle ver el tremendo escozor que ello me provocaba y, con una técnica adquirida en los últimos años, contesté:
— El título me viene grande, Víctor. ¡Escritor!
— Comprendo. No sé qué decirte chaval… entonces, entiendo que lo haces por entretenimiento.
— Tampoco.
— ¿Entonces?
— Una necesidad. Como comer.
— O cagar…
— Sí, podría decirse. Cagar, mear, follar…
Le seguí la corriente para intentar hacerle sentir más cómodo, relajado, llevarle a mi campo de batalla y una vez estuviera en él, por educación, no tendría otra que seguirme la corriente. Y lo conseguí; porque en otro contexto, ya hubiéramos dado otro rumbo a la conversación. Después de todo, mereció la pena bajar al café, a renovar aires.
Becaud cantaba <<Et Maintenant. >>
— Voy a confesarte que me resulta extraño. Sólo he conocido a lectores, entre ellos, mi señora, pero gente que escribe… ya me entiendes, a nadie. Salvo a mi pequeña, que le ha dado por escribir un ridículo diario.
— ¿Un diario?
— Sí. Lo protege como un estúpido tesoro.
— La entiendo. Escribir es divertido, te lo recomiendo.
Rió.
— Eso sí que es improbable. Camarero, perdone, otra. ¿Quieres tú también?
— Por favor.
— Pues eso, imposible, soy un torpe. Y… ¿qué escribes exactamente?
— Te lo contaré si… antes accedes a una cosa. Cuando te referiste a tu hija…
— ¿Qué?
— Mencionaste que escribía un ridículo diario. Un estúpido tesoro.
— ¿Y?
— ¡Por favor, Víctor!
— ¿Qué?
— Te sientes mejor ridiculizando a la pobre muchacha… ¡Qué cruel y dañina es la burla!
— Es un capricho de niñas. Pronto se le pasará.
— Bueno, se le pase o no ― en ese momento le resté importancia, pero Víctor estaba tratando el asunto como una enfermedad y referirse a tal acto como un capricho femenino, me irritó, pero no lo manifesté― nunca te rías de ella porque escriba.
— Entiendo por donde vas… ¿Tú escribes un diario… eh?
— ¡Por favor, Víctor! ¡No te burles coño!
— No te ofendas… ¡Quería reírme! No te preocupes, extraño compañero, nunca me he burlado de ella ante su presencia… ¿Me cuentas ya qué escribes?
— Nada, en realidad. Doy vueltas sobre una idea, pero vuelvo al mismo sitio.
— Comprendo.
— He estado escribiendo sobre una mujer, en realidad, dos.
— ¿Dos mujeres?
— En efecto.
— ¡Te vengas de tu esposa o ex! ¿Cuernos? ¡Qué jodio!
— ¡No! ― dije riendo.
— ¿Y?
— Una escritora es quien aparece en mi novela. Y ella escribe sobre otra más.
— Joder, qué lío macho.
— Un poco enrevesado, eso es todo. ¿Quieres leerlo?― Le enseñé las primeras páginas que estaba corrigiendo antes de que llegara.
— Veo que no tengo más remedio… ¿no? ― dijo él como súplica.
— Son sólo tres páginas… ¿te animas?
Accedió. Mientras leía, cogí mi taza de té y fui hasta la ventana del café. Fuera había dejado de llover, pero los relámpagos iluminaban el cielo por doquier. Pronto volvería a diluviar.
Cada minuto que él leía fui masticando una idea, fruto de la hija de ese infeliz de Víctor.
— ¡Eh! ¡Ya! ¡Ya he terminado!
— ¿Y?
— Pues la verdad...
— ¿No te ha gustado? (Confieso que poco podría importarme su opinión.)
— No soy un buen lector, eso salta a la vista; ya sabes, prefiero la televisión, pero me ha sorprendido. Esa Carla amiga de Liliana… ¿Matarán a su agente juntas?
Vieja táctica: actuaba como si lo hubiera leído. Pero se había saltado párrafos fundamentales.
— Creo que no lo has entendido bien. Carla es mi herramienta para poder acceder hasta Liliana… que por fin sé qué escribirá.
Víctor me miraba interrogante y con desgana.
Acababa de tener un orgasmo mental. Por favor, le dije a mi compañero… hablemos de tu vida, que la mía precisa de la tuya para llegar al culmen… Y como cuando uno acaba de copular, le pedí a Víctor que me invitara a un cigarrillo.
15:31.
Como si de una partida de ajedrez se tratara, como si enfrente de ella tuviera un tablero imaginario y como contrincante la gnosis, Liliana acudió a un ramplón si bien recurrente <<jaque mate>> para concluir su última novela, cuyo título ―aspecto de lo más estrambótico para ella― estaba aún por precisar y pulir a pesar de que poseyera en cursiva uno de lo más romántico desde que tecleó, hará un año, las primeras palabras:
Aunque nada tenía que ver el título con lo tratado, pues un caballero es un héroe inclinado al romanticismo y a la batalla y quien aparecía en su novela, difería de serlo tanto como ella del bien. No sentía afecto por lo escrito, ni mucho menos. 15:47, Liliana hacía bastante que abandonó las formalidades. Escribir había resultado ser un desahogo espiritual. Precisamente, después de <<El bardo y su reflejo>>, no podía evitar imaginar ser juzgada y le costaba jaquecas encajar nuevos envites. Beduinos, dijo. Putos beduinos, incultos, ¡me estáis matando por dentro! Gritó. Sólo de pensarlo, provocaba en ella una espiral de locura y espasmos. Dolor y sangre. 15:51, todo subsanado con pastillas. Liliana, que apenas conservaba sus hermosos cabellos al habérselos arrancado todos a tirones y de cuajo, había cometido verdaderas atrocidades, entre ellas, matar, descuartizar y quemar el cadáver de José, su agente, sólo para poder sentir en carne lo que en su novela describía, narrada a modo de diario.
Un diario anónimo.
15:56.
Sin más.
Eso es lo que narró Liliana desde su celda, en un honorable Centro Psiquiátrico.
16:00, hora del tratamiento.
— Liliana, deja el ordenador. Se acabó el tiempo de recreo y de ocio…
Se alejó de él.
— Hoy no puedes escribir más, lo sabes. ¿Lo sabes?
Asintió.
— Si no montas el espectáculo de siempre, Roberto y yo no tendremos que atarte.
Asintió.
16:03, azul con rosa: las líneas se derriten. Y ahora Caballero Ignoto se dilucida como un titulo inapropiado y lo balbuceó, babeando.
— Veo que tiene ganas de cooperar. Así debe ser, siempre.
Liliana cayó en el abismo.
— ¿Has visto?
— Sí.
— Increíble; la loca esta no ha puesto resistencia.
— Habrá mejorado.
— Quizá.
— ¿Será porque no tiene más pelo que arrancarse?
Los dos enfermeros rieron.
— ¿Caballero qué, ha dicho?
— ¡Yo qué coño sé! ¿Te interesan los desvaríos de una loca?
En un espasmo convulsivo, Liliana abrió los ojos y miró con fiereza a quien la llamó loca. 16:09, cunde el pánico.
— ¡Átala! ¡Átala!
Podría estar bajo los efectos de los medicamentos, sin embargo, miró a Roberto con odio mientras chirriaban sus dientes con movimientos de mandíbula.
— Cagao…
— ¿Tú sabes lo que ha hecho esta tía?
— ¿A mí qué me importa? Roberto, ni un caballo podría levantarse con semejante dosis. ¿Tranquilo?
— Tranquilo.
16:15. Liliana duerme.
Duerme.
Duerme…
Realmente, sigo mareándome… quizás sea la hora de la mañana que no ayuda… pero esto de los saltos temporales y los personajes que aparecen por detrás de la puerta sorpresivamente, es genial. Me gusta muchísimo, es como ir descubriendo el PERFIL DE LOS PERSONAJES, de a poco se van configurando y adquiriendo consistencia…
Vos ya sabes que me gusta mucho lo que escribís… seguí así… que quiero ver que va a hacer Carla/lLiliana. Le va a robar el diario a la pobre chica???
cariños
Las situaciones de servilismo para "satisfacer" a ese editor y soportar sus burlas, tambien son interesantes: ayudan a crear una empatia con el personaje de Carla: nos cae bien porque es la que "sufre", y mas aun cuando sufre por los insabores de escribir, algo que a muchos nos resulta bastante familiar
Lo que si queria comentarte es que es un "malabarismo" literario complejo de mantener entero, y que dice mucho a tu favor que lo estes consiguiendo, a pesar de que en algunos momentos se despiste uno un poco y tenga que "rebobinar" para entender en que "capa" de ficcion esta en cada momento (la de Liliana, Carla o el escritor). Pero en eso le da mas relevancia a su lectura
Seguire pendiente de este relato y su (sus) reflejos
¡Lilian! Que alegría que te pasaras por aquí. sabes que tu opinión es muy importante para mí. Marearse es normal, lo hago yo también mientras lo escribo, es lo que tiene escribir cosas tan raras... Veremos qué acaba pasando, por qué no sé muy bien hacia dónde va dirigido este camión... Un abrazo!!! Y seguimos leyéndonos aquí y por allí...
Gracias Creativo!!! Es un honor que te pasaras a leer algo mio, lo digo muy en serio. Lo que dices del malabarismo literario es muy cierto, tanto que he pensado no continuar por lo arriesgado que es y lo difícil que es mantener todas las "bolas girando", si meto alguna más me arriesgo a que se desplome todo y si quito alguna, parecerá soso. No sé muy bien cómo va a acabar esto, pero agradezco infinitamente tu opinión.
Nos seguimos leyendo!:D
Sin bragas y de pie, y con la misma falda con que engalanó a Liliana para la escena que ella acababa de representar, Carla jugaba ahora con ellas enredándolas en su dedo índice y, en la otra mano, sostenía sin temblar siquiera un poco, un vaso con Vodka aguado. Detesto el güisqui; deberías saberlo después de tantos y tantos y… tantos años, dijo, con deje martirizado.
Detrás del escritorio, el cadáver de José desprendía el poco calor que debía quedar dentro de él, hasta quedarse por completo en frío. Y si tenía alma, ya habría renunciado al cuerpo, tan imperturbable como el semblante de Carla. Irónicamente, fue José y no ella quien terminó por orinarse encima al vislumbrar que estaba muriendo tal y como ella había descrito en el correo electrónico que le envió la noche anterior.
Un olor penetrante, mezcla de orina, sudor y sangre, empantanaba el despacho. Y la pregunta que cualquier ser humano podría realizarse después de tan execrable episodio, no emanó de la mente de Carla. ¿Por qué he hecho esto? ¿Cómo sucedió? ¿Qué puedo hacer para esconderle? No le importaba nada en absoluto. Para ella, lo valía. Merecía estar muerto. Y para reavivar su convicción, escupió, flema incluida, sobre el cadáver de José. Más bien, sus pensamientos reafirmaban lo que acababa de hacer: Ahí te pudras en el jodido infierno. Si existe. Ya me entiendes, José…, ya me entiendes. Querido, ¡yo escribí un correo electrónico bien distinto al que recibiste! Mi incontrolable sonambulismo me llevó a enviarte, de la mano de Liliana, estoy segura, lo que no deberías haber leído. Si tú y esa cerda no os hubierais reído de mí…Todo esto habría quedado en un archivo de mi ordenador, pero vio la luz, vio la luz…
Isabel llamó en el cristal ahumado de la puerta del despacho. Entró sin esperar a la respuesta de José.
La mano extendida de su jefe era lo único que pudo ver, ya que su enorme escritorio cubría el resto del cuerpo que se intuía en el suelo, con un charco de sangre. En la esquina y con bragas en la mano, estaba Carla.
— ¿Qué ha…? ¿José? ¡José!
Isabel buscó a Carla. Se encontraron sus ojos. Vio sonreír a Belcebú. Unió pensamientos y sacó una escalofriante conclusión. Estaba viviendo el relato, firmado por Carla Cosette Rojas, que José le había pasado a hurtadillas esa misma mañana, el texto con el que se rieron de ella. Chilló pidiendo socorro. Los compañeros de oficina empezaron a entrar al despacho; una señora llamó a una ambulancia. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?, preguntaron a Isabel. Ella se limitó a no perder de vista a Carla y ésta, inalterable, la ojeaba también mientras se ponía su ropa interior. Volvió a sonreír a Isabel y murmuró: Querida, tengo que estar presentable cuando vengan los agentes de la ley.
— ¡Asesina! ― gritó Isabel―. ¡No la perdáis de vista! ¡Que no salga de este despacho!
A pesar de los escalofriantes gritos salidos de las mismísimas entrañas de Isabel, Carla se giró y miró a través de la ventana. Afuera, apenas podía dibujarse una línea. Esta niebla no se levantará nunca…Liliana, ya te he abierto la puerta para que veas y narres lo que yo no fui capaz. Escribamos juntas y de la mano, ahora que ves.
Todos los allí presentes, vieron a una mujer hablar con su propio reflejo, difuso dentro de la niebla.
Mi novela, antes de ser escrita, tiene título.
Se produjo un silencio.
Desnudo, alma y abismos.
Bravo Señora Rojas, bravo.
Hay tantas rosas, tipos de rosas; colores, olores… que mis sentimientos, como mis criaturas, se confunden. Sus olores llegan a mí, penetran, viajan por mi sangre y me ahogan el corazón. Estalla de alegría, colmando el alma, tullida desde lo escrito ayer. Su viaje continúa hasta mi cerebro que lo materializa en pensamiento; lo comprendo, lo mastico, lo espiro.
Mis rosas,
Mis rosas,
Mis rosas. Mi jardín. ¿Te quedas?
El cristal no refleja si no hay nada oscuro detrás.
Dejaré que ellos sean los que juzguen. Los que huelan. Los que espiren la fragancia de ellas, mis rosas.
Bohr, gracias por seguir interesado y animarme. Tú mismo lo has dicho, dejó de ser relato y va camino de novela corta que se unirá a "La Tomba del Ignoto", que escribió de la noche a la mañana una tal Liliana Candau
Te sigo leyendo compañero. Un millón de gracias a ti, por los ánimos, y a todos.
— Inocente.
— Señora Rojas― dijo en un prolongado suspiro el Agente Osuna― los empleados de esta planta de la editorial la vieron entrar al despacho, al parecer hasta en dos ocasiones: la primera salió llorando y al cabo de una media hora, volvió a reunirse con su editor y a no salir hasta que se descubrió el cadáver.
— Soy inocente. Le doy mi palabra.
— Su… ¿palabra?
— Exacto.
— Es complicado cuando uno tiene tantas pruebas en su contra.
— Debería creerme, la palabra es poderosa.
— Eso no es lo que me consta; la secretaria del difunto, Isabel Morrell, cita expresamente que la persona que bajó llorando como si la hubieran despedido, pareció cambiar de alma como quien cambia de ropa y subió con sed de venganza.
— ¿Esa zorra ha dicho eso? Agente, profundice en ella, le invito a que lo haga, quizá se sorprenda.
— ¿Es usted escritora?
— En efecto.
— Aquí me consta que ganó un premio de renombre. Vaya…enhorabuena.
— Gracias, agente― contestó Carla haciéndose ruborizar.
— No sigamos dándole más vueltas. Usted lo hizo y punto. Hay tantas pruebas irrefutables en su contra que pelear contra ellas sería una tarea inútil y una pérdida de tiempo considerable.
Una lágrima corrió por la mejilla de Carla. Sólo una.
— ¿Puede responderme a una última pregunta?
— Sí.
— ¿Quién diantre es Liliana?
— Culpable.
— No la he preguntado para que juzgue. ¡Joder! Con usted los juzgados quedarían limpios y desatascados rápidamente…
— Bueno, es que ella le mató. Y con tal frialdad...
— ¿Cómo lo tiene tan claro? ¿Acaso lo vio?
— Verlo con mis propios ojos, no…
— ¿Y bien? ¿Escuchó algo sospechoso?
— Nada.
— Entonces… ¿Algún hecho fuera de lo normal?
— Sí. Lea este relato.
— ¿Cómo?
— Léalo.
— No tengo tiempo, Señorita Morrell, para tonterías.
— Pues deberá sacar un par de minutos. Se arrepentirá si no lo lee.
— Démelo.
El Agente Osuna leyó. No mostró aspaviento alguno. Al concluir, expuso: ―Imagino quién lo escribió. Ficción no es realidad y por tanto, una prueba sin peso.
— ¿Sin peso?
— Sin peso. ¿Por qué sonríe? La estoy subestimando, sabe algo más, ¿verdad?
— Ése relato… lo envió Carla al cadáver que investiga, la noche anterior. ¿No le parece esclarecedor?
— Desde luego.
— Si quiere saber con quién está tratando, cuando hable con ella, pregúntele por Liliana; la respuesta no vendrá con palabras.
¡Es un monstruo! Mi creación lo es, una completa aberración. Leo, repaso, y nada tiene sentido. Estoy consternado, porque esto no era lo que planeé narrar. ¿Habré llegado hasta aquí para nada? Mis amadas hijas, Carla y Liliana, se adentraron anoche en un laberinto, tan largo y lleno de giros y caminos que acabé perdiéndole la pista a Carla que seguía a su álter ego hipnotizada. Sin ella, no puedo acceder al verdadero monstruo.
Puede que sea mejor así. Que Liliana domine la situación en la lobreguez del laberinto. Oculta en la sombra y sólo capaz de brotar en las mentes de quienes quieran darle vida. Sabemos qué hizo y qué me ha dado y no necesito saber más de ella, salvo que acabó presa en un Centro Psiquiátrico por matar a José, ¿o todavía Liliana tiene más secretos que revelar?, pero ¿Y Carla? ¿Qué hago con ella? También se esconde, no obstante ella es mucho más fácil de encontrar.
Voy detrás pisando sus talones y en cada giro, veo su vestido blanco desaparecer. Es un sinsentido. Derecha, izquierda, derecha, derecha.
¿Carla?
No me responde.
¿Carla? ¡Déjame explicarte!
¿Por qué huyes, de quién?
Se detuvo y la encontré. Me miraba como una hija lo hace a un padre. Sus ojos centelleaban con una luz que yo no recuerdo haberle otorgado.
— ¿Por qué me has hecho esto? ― Me preguntó―. ¿En qué me has convertido? ¿No eres capaz de vislumbrar que huyo precisamente de ti?
No pude responderla. De pie, permanecí observándola. Vestido blanco, manchas de barro, melena irregular. Era más bella de como yo la había pintado. Había evolucionado en soledad o porque simplemente no quería ser lo que yo dicté que debía ser.
— No huyas de mí, querida hija. Puedo explicarte.
— Me has estado utilizando. Yo… ― rompió a llorar.
— Habla, por favor. Habla, no te quedes nada dentro.
— Quieres convertirme en una simple asesina, para que puedas justificar lo que escribes. ¡Qué ruin!
— ¿No lo entiendes? ― pregunté― ¡Tú eres mi llave para llegar hasta ella!
— ¿Mi hermana?
— Exacto, ella.
— No quiere saber nada más de ti. Escribió la novela que tú no fuiste capaz de narrar y se ha entregado a las sombras. Por tu bien, no la invoques… Liliana, para ti, ha muerto. ¿No leíste las últimas palabras de mi novela? Duerme, duerme, duerme… ¡Márchate de aquí! ¡No eres bienvenido!
Entonces Carla desapareció delante de mí. Me he dado cuenta de que he herido sus sentimientos, y lo he hecho de manera inconsciente. Sin percibirlo, estaba convirtiendo a Carla en una réplica imperfecta e insulsa de Liliana; pero me ha plantado cara. Mi hija quiere un futuro digno, un nombre por el que ser recordado. ¿Cómo no me di cuenta de la luz que había en sus ojos?
¡Perdóname Carla!
Amanece en el laberinto. Los rayos de luz perfilan un camino en él, las sombras se arremolinan, imperfectas. Carla brilla a lo lejos. No sé si me ha oído; no quiero que me vea llorar.
Lloro.
Por ti, Carla.
Pero esta parte 9, con el autor "dialogando" con sus creaciones, casi pactando con ellas ("tienes que ayudarme a encontrar a Liliana"), es verdaderamente brillante. Es mas, la idea de que una vez frente a frente con una de sus creaciones, se da cuenta de que es "mas" de lo que el le dio como creador, da idea de una evolucion, de un entorno donde la creacion tiene cierto grado de albedrio, para avanzar, para razonar que desea distanciarse de la imagen que su propio creador le ha dado. Y esa idea Recue, es una de esas BUENAS ideas que te hacen retreparte en la silla y fruncir el ceño de admiracion :cool:.
Me ha encantado, y eso que leyendo como empieza esta parte 9, he creido verte a ti mismo maldiciendote por el embrollo argumental en el que tu mismo te has metido, llegando a decir cosas como "Estoy consternado, porque esto no era lo que planeé narrar.". . Pero luego has "remontado" con esa estupenda escena con Carla.
Muy bueno, inspirado diria yo.