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Inevitable

KafkianoKafkiano Pedro Abad s.XII
editado julio 2009 en Narrativa
No puedo dormir. No quiero dormir. Es paradójico, pero quiero aprovechar mis últimas horas haciendo lo que menos me gusta: escribir.

Dentro de mí, sé que lo merezco. Después de todo no es normal que un hombre asesine a sangre fría a su anciana madre de 85 años. Pero se lo merecía. Merecía hasta la última gota de sangre que derramó antes de exhalar su último aliento. Aunque reconozco que casi me arrepiento, porque estaba mirando el partido de fútbol más esperado del año; era la gran final del campeonato. Pero tenía que hacerlo en ese momento. Además no valía la pena terminar de beber esa tibia cerveza mirando cómo nos hacían el cuarto gol.

Recuerdo que no lo pensé dos veces; sólo me levanté y tomé el mismo cuchillo que mi tío Carlos le había regalado hace ya tres meses. Debía hacerlo rápido porque los vecinos se alarman hasta cuando llora mi hijo de un año… Mi niñito… Él era la única razón por la cual yo me levantaba a trabajar a esa maldita fábrica todos los días del año. Lo extrañaré. Definitivamente será lo único que extrañaré.

Quizás hice ruido cuando entré a la cocina, porque la vieja se dio vuelta y me preguntó con esa estúpida y molestosa voz que la caracterizaba: “¿Va a querer más pollito, mijito?” Y en ese preciso instante la tomé por el cuello y le clavé el cuchillo como diez veces. Según el fiscal fueron dieciocho, pero yo recuerdo claramente que fueron diez veces. Además tuve la amabilidad de propinárselas todas en el cuello, porque la mayoría de los criminales que han aparecido en televisión últimamente, no se preocupan por las puñaladas que dan. Ellos sólo clavan el cuchillo a destajo, sin pensar que hay todo un trasfondo estético. Al menos yo me preocupé de ello y la apuñalé sólo en el cuello, para que mi familia no pensara que fui un desconsiderado. Después de todo la vieja se preocupaba por su apariencia, y eso era lo único que yo admiraba de ella.

Lamentablemente no contaba con la astucia de mi fiel compañero Max. Él y su olfato de sabueso profesional acabaron encerrándome tras estas estúpidas rejas de acero (que por lo visto nadie ha limpiado en años). Sin la ayuda de Max, jamás habrían descubierto dónde escondí el cuerpo.





… Creo que dormí unos cuantos minutos… El cansancio físico logró vencerme...

¡Maldición! Está amaneciendo. Sólo tengo un vaso de agua y una manta para taparme por si me da frío. A propósito de agua, recuerdo que el guardia me dijo que mejor no tomara, porque de esa forma la electricidad pasaría más fácilmente a través de mi cuerpo (y antes de cerrar mi celda con llave, rió maliciosamente).

Y yo me pregunto ¿qué sabe él? ¿Acaso lo ha sentido alguna vez? ¿Acaso sabe qué se siente estar a horas (quizá minutos) de la muerte? La respuesta es no. No lo sabe. Porque si lo supiera, sabría que la boca se seca como el más árido desierto. En realidad lo que más siento en este momento, es sed… una sed indescriptible… sed de agua, sed de vida, sed de libertad…

El juez dijo que me ejecutarían con los primeros rayos de sol… ¿Será que olvidaron matarme? A lo mejor había muchos otros reos que debían ser ejecutados y se olvidaron de mí. No lo sé. Sólo sé que no quiero pensar en ese momento. Porque es posible que… esperen… ¡Escucho pasos! ¡Maldita sea!




Bien… como último deseo me dejaron terminar de escribir esto… Es gracioso, porque en realidad mi último deseo es que me dejen en libertad, pero creo que eso no pueden cumplirlo…

Estoy amarrado a la silla, tengo un casco muy pesado en la cabeza, hay un ambiente muy raro en esta sala. Algunos me miran como ansiosos, otros me odian, otros me miran con lástima. En la última fila está sentado mi tío Carlos, pero siento que no puedo volver a mirarlo. El guardia está dando golpecitos con el pie, como impaciente… y para mí el tiempo transcurre a la velocidad de la luz.

Debo terminar de escribir. Las personas están abucheando incesantemente y gritando cosas que prefiero no escribir acá.

Y yo sólo quiero volver a estar en la celda aquella, mirando por esa pequeña ventana… Deberían haberme dejado ver el amanecer por última vez, lo habría aprovechado al máximo… Quiero recostarme en esa cama… pero ahora sí quiero dormir. Quiero dormir.

Comentarios

  • SuinaSuina Garcilaso de la Vega XVI
    editado julio 2009
    El asesinato considerado como una de las bellas artes.
  • KafkianoKafkiano Pedro Abad s.XII
    editado julio 2009
    Gracias por pasarte :)

    Siempre he tenido una duda, y es que me gustaría saber qué es lo que siente un hombre condenado a la ejecución en los momentos previos a su muerte.

    Pero creo que sólo hay una forma de averiguarlo, y es en ese instante cuando me arrepiento de querer saberlo :D
  • SuinaSuina Garcilaso de la Vega XVI
    editado julio 2009
    Hacía mención a un título del escritor Thomas de Quincey, "El asesinato considerado como una de las bellas artes" y tu manera de redactar, haciendo que el asesino de su madre se plantee lo antiestético que sería dar las cuchilladas a lo loco, fuera de la zona del cuello me hizo recodar a este autor. También me gusta que no juzgues ni moralices, solo que te limites a contar. Muy bien, me ha gustado mucho.
  • POLIXENAPOLIXENA Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado julio 2009
    Yo veo dos relatos independientes, la descripción del asesinato se mantiene totalmente fría y distante, por lo que nos quedamos con un protagonista vacío en todos los sentidos. Me gusta.
    Sin embargo en la segunda parte su deseo de ver el amanecer entiendo que como símbolo de la libertad le da un cierta humanidad que no me concuerda...
    A pesar de ello el primer relato me ha sobrecogido y eso ya dice mucho.
    Un abrazo,
    Polixena
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