Las horas lejos de ti están inundadas de fragmentos de tu vida que moran en mí. Puedo verte de mil formas reflejadas en mi alma
A veces te percibo como brisa repentina y fugaz. Otras, eres aroma fresco o breve verso, pero de pronto eres calidez que me llena de bienestar; y, al pensar en ti, mis labios esbozan una sonrisa tierna
A veces eres lluvia clara y fresca de verano que revitaliza mi espíritu, eres un abrazo cálido y apretado, y en el aire tu voz identifico; eres euforia y, al imaginarte así, de mi boca sale una melodiosa sonrisa
A veces te veo en el espiral del infinito, mi silencio te escribe, pero figuras como un ruido extraño de la noche, o como un cielo nublado, y entonces en mi mente eres un acertijo que nunca acabo de descifrar
Y siempre, en esos días en los que todo es posible, eres humedad cálida, y eres toda carne, y todo cuerpo, y todo beso y toda caricia; y tu aroma rocía mi mente, y tu sabor sabe a mar, y tu sonido a aire matizado por un suspiro que me hacen vibrar y desearte a mi lado más que nunca. Ahora, en mi cara se dibuja un gesto concupiscente causado por el rubor de mis mejillas
El tiempo se detiene en el momento en el que la vida deja de surgir, en el momento en el que los sueños dejan de existir, en el momento en el que ni siquiera tú mismo crees que tienes que seguir viviendo.
“La vida continúa”.
Escuchaba esas tres palabras a todo ser que rondaba por mi lado aquella calurosa tarde de julio, en el momento en que las palabras eran agujas que tejían con hilo de dolor mi nuevo y renaciente corazón. Y las palabras se las lleva el viento, hasta en la más absoluta calma. Las palabras no sirven de freno para detener la caída, ni las lágrimas expresan el miedo a que no existas. Sólo oyes un desapacible silbido del vacío. La nada impregna de ira las heridas. Y mientras tanto, transcurren los días…
Nací cuando lo vi por primera vez. 20 primaveras contaban aquellos luceros de los que pude disfrutar de sus miradas, y toda una vida por delante en la que podría pasar a su lado. La ingenuidad e inocencia son las partes más apegadas a mí, las más importantes de todos mis latidos.
Él era un chico feliz, sonriente, amable, respetuoso, educado, y, sobre todo, satisfecho y agradecido a la vida. La miel alimentaba el color de sus ojos, y el Sol se escondía en las nubes mientras los ojos parpadeaban. Su cabello era del color del castaño, chirriante de fuerza; y su sonrisa... ¡oh, su sonrisa era la alegría de mi vida, el móvil de mis sueños, el símil de lo perfecto! Pero su belleza no se guardaba en apariencias, sólo mostraba lo que su corazón escondía. Él ra grande, sincero, chispeante… Una de esas personas que con sólo su presencia le pone color a la vida.
Le conocí casualmente en una de esas oportunidades que brinda la vida, en uno de esos trenes que no se pueden dejar escapar. Y el tiempo se detenía en el momento que lo veía marchar, sabiendo que sería la última vez que lo hacía. Se teñía el cielo de gris, sin dejar rayo de sol a la vista; las nubes se alineaban en forma de corazón, y yo cerraba los ojos creyendo que si lo veía sería un espejismo. Pero cuando los volvía a abrir, se había ido, y lo único que a esa altura todavía quedaba en el aire, era un abominable vacío, que desde aquel día protagoniza mis días. No dudaba en gritar su nombre, para quebrar el silencio, pero la respuesta era mi propio eco. Rodeada de personas siempre estaba y siempre me sentía sola, como si él se hubiese llevado hasta el último resquicio de vida que quedaba, y sólo tenía fuerzas para llorar.
Salí de aquel lugar, sin vida y sin saber a dónde ir. Mis pies sólo utilizaban la inercia para llevar mi cuerpo. Y mi mente estaba perdida en algún lugar del cementerio, intentando buscar y hallar el alma que acababan de arrebatarle o, en su defecto, encontrarme yo con su alma. Seguían rociando lágrimas mis tristes ojos, y mi estado de ánimo pedía a voces la máquina del tiempo para volver a dar marcha atrás.
Las personas que a mi lado permanecían, callaban; sólo aprovechaban cruces de miradas para enviarme un sentido “lo siento”. Sin hablar, me llevaban al coche e iniciamos el viaje de vuelta. Pensaba que esa tarde sólo habíamos ido al cine y acabábamos de regresar de ver una película de terror, y de ahí caras largas. Pero las imágenes no eran reales, que no pertenecerían al baúl de mis recuerdos, que no estarían en el cajón de mis olvidos, que no acabarían de dibujar las últimas pinceladas de mi realidad. No eran míos mis propios pensamientos, no los sentía como parte de mí, quería que mis pensamientos se fuesen, como una bandada de pájaros.
Quería que volviesen a ser las 9 de la mañana de aquel 3 de julio, que él mirase al frente y no dejase que el sueño, la música, o lo que le había llevado a la muerte, le arrebatase la vida. Yo no conseguía distinguir nada en el ambiente, sólo era presa de la mayor de las tristezas.
-Leticia, ¿estás bien? -y entonces desperté.
Miré el sillón trasero del coche y vi mis dos mejores amigas, que me miraban fijamente. Sólo pude asentir con la cabeza. Volvía a mirar al frente y lloré de nuevo. Una de ellas me cogió de los hombros, sin decirme nada. Tampoco había nada que decir. Le di las gracias por estar conmigo en ese momento. También quería gritar mi dolor, pero nada de esto podía hacer. Aún no valoraba lo que acababa de suceder, aún nada había medido, aún no había pensado en nada, en cada parpadeo aparecía la imagen de él. Sólo oía su voz, sólo olía su olor, pero lo más triste era que sólo podía sentir su vacío.
Llegamos a casa y directamente me fui a la terraza. Miré el cielo con la vista obnubilada y lancé al aire un te amo sonoro salido de lo más hondo de mi alma. Recordé entonces uno de los mensajes que me envió que se despedía con un “te amo”.
Ahora, una de las millones de estrellas es su hogar, y fui yo quien lo imaginé mirándole y dedicándole un adiós. Por bonita que mi mente pintase la situación, en mi corazón sólo retumbaba el adiós. No podía dormir en toda la noche. Caía rendida a las ocho. Después, dormí poco y esa semana pasaba entre forzadas sonrisas. No estaba yo preparada para dejarle ir de mi vida. No me consolaban los consejos de amigos. Me cogía fuertemente a todas las esperanzas de que lo sucedido no era verdad, al menos para mí.
Todas las noches de ese verano me sentaba en la terraza y miraba mi estrella, que había fijado como nuestro punto de encuentro. Había cogido por norma que cuando más sola me sentía, me iba la terraza para sentirme cerca de él. Y una de aquellas noches estaba más sola que nunca.
Para mi sorpresa, los sentimientos que salían de mi corazón se instalaban como luces independientes detrás de mí y sólo un sentimiento, que brillaba más que todos juntos, diseñaba en nuestra estrella la ruta de la felicidad. Estaba a punto de dejar este mundo, en el que la felicidad era el único sentimiento que a mi vida no pertenecía, para terminar con mi sufrimiento. Pero cuando me levanté para dejarme llevar por esa ruta, miré atrás para despedirme de la vida, pero me encontré con todos los sentimientos brillando en la silenciosa penumbra, y detrás de aquellas luces cegadoras veía a mi madre, a mi padre, a mis amigas, y a todas las personas que me querían explicándome un mar de momentos que aún me quedaban por vivir. Por sus mentes afloraban recuerdos recordándome que, aun todas esas luces, había una luz más fuerte, el sentimiento más grande: la vida.
Llevé mi mirada hacia el Amor de mi vida, recopilando de cada poro de mi piel hasta la última gota de las fuerzas que me quedaban. A través de nuestra estrella, lo miré a los ojos por última vez en vida, le di mi corazón en carne viva, y siendo presa de una triste soledad, sólo pude gritar: ¡me voy contigo!
Y su alma inmortal nos contaba su final…
E inmediatamente después, aún sus padres y sus amigos pendientes de ella, pero sin que les diese tiempo a reaccionar para detenerla, se lanzó al vacío desde la terraza de su piso de la sexta planta del edificio. La altura y la inercia de caída despedazaban contra el duro asfalto un precioso cuerpo destrozado anímicamente de tan sólo 19 años.
Una de las cosas buenas que creo que nos hemos quitado, o al menos no lo viviremos con intensidad, es el problema del mal de amores.
Uf, lo que una pasaba cuando le tocará un novio chulillo, un Peter Pan, o cualquiera que te deje después de la tempestad: porque, a ver, en eso del amor tendría que ser como en lo laboral, te dan tres meses de prueba, y si gustas pues ya te hacen un contrato fijo, ¿no? Pues lo mismo, eso sería lo normal, pero en esto del amor, no, algunos necesitan 3, 4 o 10 años de prueba, que después de todo ese tiempo, todavía viene, un día y te dicen que tienen dudas. ¿Dudas? ¿De qué?
¿Cómo te puede decir alguien después de 3, 4 o 10 años que el problema no eres tú, soy yo? Porque claro que lo eres, no lo dudes. Que no se atreve a dar el paso, que no está preparado, que no salta sin red, ¿no será simplemente que te has cansado y te gusta más probar con una nueva que te empuje un poquito más a saltar?
Pero, bueno, vamos a la diferencia, que es lo que nos ocupa, creo que a nuestra edad uno ya se libra por fin de esos episodios de “sufrimiento” que vivía de joven con el “puto coñazo” ese del desamor.
No creo que fuera comparable con otro dolor, no hay otro igual, es diferente a todos, creo que hay que tener una edad, y una “identidad” especial para sentirlo así, eso sólo se vive una vez, como decían las “Azúcar moreno”, al menos eso creo yo, pero estoy abierta al dialogo, ¿eh? que alguien venga y me diga, “chica, qué equivocada estás”. Sinceridad, por favor, venid y me contáis, que yo encantada de pensar que todavía me puede pasar.
Las estadísticas dicen que la mayoría (no sé qué tanto por ciento) de la gente en este mundo vive al menos una historia de desamor en la vida, hay muchos que más, y también hay unos pocos que se casan con la primera que han salido, y hala A vivir la vida… los hay.
No sé si eso es bueno o malo, este artículo va para los otros, es una experiencia, y creo que vivirlo si te hace diferente, que no digo que sea necesario, pero un palito, pequeñito, o no, todo el mundo debería pasarlo, es sano, es real, te pone los pies en el suelo, te hace frágil, sensible, te baja a la tierra, te une mucho más a los demás, te hace más humano, te quita capas, esas cicatrices que cuestan cerrar son marcas, ya no te queda nunca la piel igual.
Esa época tan nuestra de : “porque yo lo sufro”, no es sólo triste y deprimente por sentirse rechazado por alguien que quieres, y que tú quieres y, encima, te has empeñado en no dejar de quererle, porque tú vas a vivir con eso para siempre, eso es así, y tú lo ves así, es que además de eso, le sumas sentir la decepción de que, ese ser que lo duda tanto, hasta hace nada, estaba completamente seguro que eras tú. Y luego, ahora viene la peor de todas las sumas, que te diga que el problema no es contigo, tú sigues siendo lo mejor que existe en el mundo, pero como persona (no como perro) el problema es que se ha enamorado de otra, eso es la puñalá más vil, y ahí pincha donde más duele, ahí no hay consuelo posible, no hay donde agarrar, pero, si ya con todo esto no estabas tú servida, viene, para mí, dos escenarios que se dan, uno frecuente, otro siempre, que lo complican todo mucho más:
1 / Que el que lo deje no esté seguro de lo que hace, vuelva y llame mil veces, maree, y te distorsione, o sea, que no sea capaz de irse del todo, más conocido como el perro del hortelano. 2/ Que se supone que tienes que salir a conocer a otro urgentemente, que se te tiene que ver feliz, y te tiene que ir bien ante los demás, eso aún te mata mucho más….
Como decía Arjona, el escritor (que me encanta): “el problema no es que mientas, el problema es que te creo. El problema no es que juegues, el problema es que es conmigo”.
Tú puedes ser todo lo mierda de tío entre lo mierda que puede ser un tío, pero eso no me cura, eso no hace que yo sufra menos, porque quiero que esa mierda de tío me quiera. Así somos.
Esa es la gran contradicción. Si no te merece, si no lo ves claro, si descubres que es un tío que no te va a hacer feliz, mejor lejos, ¿no? Pues no, tu ahí dale que te pego, dándole oportunidades y pensando que todo eso se va a pasar por obra y gracia del Espíritu Santo.
Seguramente que, en muchos casos, no eran capaces de verse reflejados en el perfil que nosotros hacíamos de ellos, y con esta oda al desamor, no quiero decir que a veces las víctimas no hayamos sido verdugos para otros, no siempre estás del mismo lado, pero hoy toca este.
Todos hemos usado esas mentiras piadosas que no hacen más que empeorar las cosas, lo dices para que no sufra, y al final, con la tendencia del otro a agarrarse a algo bueno, se interpretan como que hay dudas, y eso ya no lo ven tan mal.
Yo estoy convencida que, en esto del amor, si hay dudas es que no esperes que esto cambie, no se confirma con el tiempo, no se cambia nunca, no se mejora.
SI TE DICE “NO SÉ”, ES NO SI DUDAS, O DUDA, ES NO
Esto es un mensajito para los que empiecen, porque creo que para los de nuestra edad el tema está superado, y no porque no te pueda decepcionar una persona, pareja, marido o lo que tengas, que sí, que también, pero es que ya no te lo tomas igual, ¿será que ya tenemos callo? ¿Será que ya no pueden con nosotras? ¿Será que ya no quieres igual?
Veo a la gente de nuestra edad viviendo decepciones, sacando problemas que no contaba con ellos, luchando contra mil cosas, pero no sufriendo por amor, no es lo más importante en la vida para nosotras, somos más del : “qué le den“ y del “estoy más feliz sola que mal acompañada” frases con las que nos identificamos mucho más.
Qué bien que hay algo bueno con la edad. Que les den a todos esos Peter Pan. Y que bien poder decirlo alegre y sin mirar atrás.
**Devuélveme lo que no debí prestarte. **Devuélveme mi ilusión, grité al girasol que había en mi camino. **Devuélveme mi escalpelo, que yo mismo me voy a operar. **Devuélveme la visión de las montañas, dije a las semillas que en el sendero. **Devuélveme mi nombre, le dije a San Antonio. **¡Devuélveme mi vida de niño!, grité, nostálgico, al polvo cuando acabó el sendero.
**Ahora canta mi maestro, pero antes cantaba yo en su clase. **¿Acaso he llegado tan lejos para merecer esto? Pregunto mientras espero en medio del frío, decidido al fin a discutir a favor de mi silencio. **Dime, maestro ¿se mueven mis labios o de dónde viene ese cántico que incrusta mi alma como lanza de sal sobre roca?
Aunque debo haber tenido una entrepierna favorita, se me olvidó.
Sin poder remediarlo, he decidido seguir viviendo mi vida, y resulta que ahora, a estas alturas, estoy encontrando cosas inexploradas por mí.
Nadie sabe lo que uno siente cuando se siente de verdad.
Nadie debe hablar del fuego que mantenía en la chimenea de su corazón mientras duraba su amor, pero que ahora se ha apagado.
Ahora selecciono a conciencia mis querencias.
Ahora soy más de mí, menos altruista, menos confiado…
Aunque tuve amores, el diablo me facilitó el clavo que saca otro clavo.
Salí en busca de mujeres del tipo “papel higiénico” (usar y tirar), pero sólo encontré una de una sola capa.
Mientras buscaba la forma de no pensar en lo que quería pensar, la fuerza de mi obstinación me ayudaba.
Mientras ponía todo mi esfuerzo en sobrevivir, amanecía de nuevo.
Como no venía a mi coco lo que iba a decir, imaginariamente cogía una mano femenina, y sorprendentemente venía a mí mi inspiración.
Las palabras que ahora anotas en tu carácter de doble filo y las palabras de los plácidos encuentros diarios de antes, no son las mismas.
Aunque parezca extrañamente extraño, me siento infeliz por algo tan dulce, que me he puesto a reír.
Sobre las cosas buenas y malas que se experimentan mientras se está enamorado, no se cuentan a nadie; es que ni uno mismo debe recrearse mucho en ellas.
Sobre la historia de una mujer que moría de Amor, la contaré con errores, pero también con exageraciones positivas.
Al principio, cuando ella amaba a él, incluso con locura, él se fiaba de ella; pero ahora, todos los detalles de su vida, contados por él a ella, son lanzas contra él.
Aunque pueda sonar a pedantería o a indiferencia, el hecho de que a veces no me crean, me reconforta
No perderé la calma. Aunque no consiga olvidar, sigo confiando en mí.
Encima de ella puse fuego de Amor y mil productos románticos salidos directamente de mi corazón, mientras ella viviendo seguías tu vida.
Arrastraban con una notable viveza la diligencia, bajo un sol de sentencia, los cuatro exhaustos caballos tras un largo viaje por el paraje árido y pedregoso, por el anhelo de cruzar cuanto antes el infierno. El sol parecía regurgitar sobre la tierra, como una sopa calurosa de bilis que inundaba la planicie con su asfixiante hervor. Cada piedra era una brasa que formaba parte de la parrilla que irradiaba un sofocante calor, por lo que nada podría sobrevivir, excepto el esqueleto moribundo de un burro disecado, que al pasar por su lado nos sorprendió con un enorme mugido en demanda de un poco de agua.
En el interior de la diligencia, la temperatura era la más idónea para la cocción de alimentos, y yo, rendido ante mi segura muerte, recostado en el asiento agonizaba en un estado febril. El sudor corría por todo mi cuerpo, como catarata. Mi cabeza hervía, como en una cacerola, y por mis orejas salían esos vapores de la ebullición. Temí no volver a verte
Sentada frente a mí, una mujer gorda vestía vistosas prendas y sombrero negro, que, inconvenientemente, sufría de problemas gástricos, y en todo el trayecto no dejaba de dar disculpas por las ruidosas ventosidades que se le escapaban, según ella por las incomodidades en el viaje. Su talante jocoso no podía negar su turbación sin dar lugar a una profusión de risas, que alternaba con tóxicas emisiones, favoreciéndose en mutuo desarrollo. Pensé que no sería cierta la exagerada tempestad de truenos y risas, y creí estar sufriendo una alucinación, una pesadilla onírica debido a la fiebre. El recuerdo de tus jadeos me animaba a seguir viviendo
El insidioso traqueteo que agitaba la diligencia en el trayecto, se volvía trepidante al descender la loma, que en sus alturas permitía divisar, en la lejanía, aquel poblado al que nos dirigíamos. Al llegar el llano, en tan sólo un segundo se desató un oleaje de pulverulenta sequedad, arremolinándose contra la diligencia, zarandeándola como barco en mar furioso, viéndonos obligados a cerrar las dos ventanillas. El relinchar de los caballos anticipaba una desaforada carrera, y a galope tendido surcamos la tempestad de arena, al ritmo de caballos desbocados, fustigados por el cochero, al que oímos disparar sucesivas veces con su rifle. Pensé que se había vuelto loco. A los caballos azuzaba desquiciado vociferando blasfemias.
Ni el ritmo de aquella locomotora, ni el estado eufórico del cochero, permitían a la precaución que evitase los diferentes exabruptos del terreno, produciéndose unos traqueteos descompasados, por momento vertiginosos, que lanzaba por el aire a la diligencia en un vuelo rasante, camino al infierno. Los tremendos pedruscos, que por allí había originaban saltos de la diligencia, haciéndonos rebotar en los asientos y propiciando que, en uno de esos rebotes, se catapultase la señora gorda sobre mí, llevándome uno de los peores sustos de mi vida, y un fuerte manotazo en el rostro, por el que me mantenía sangrando la nariz durante el resto del viaje. Aplastado como cucaracha, sentía el descoyuntar de todos mis huesos y un apretar de todos mis órganos en fatal exhalación de mi aliento, entonando un gemido moribundo. (
Pensé en tus llantos sobre mi tumba y me sobrecogí por la añoranza
Disipada la tormenta, maltrecho y resentido, arrastrándome con el resto de mis fuerzas, me asomé por la ventanilla y con espanto pude ver que los espeluznantes alaridos que me llegaban provenían de una jauría de indios en actitud belicosa, que cabalgando frenéticos nos perseguían a tiro de piedra. En ese instante, un indio de horrible catadura se asomó por la ventanilla con un cuchillo entre dientes, pintado hasta las orejas, como demonios de pesadilla, y con esa cresta de pelo cepillo color rojo, parecía invadido por un espíritu maléfico. Convulsionándose como una cola de lagartija rompió el cristal con la cabeza y metió la mano para acceder a la manilla, pero la recogió pronto para taparse la nariz tras prorrumpir una acusada arcada. Se quedó mareado, colgando de la diligencia, agarrándose con una mano. Aun su trance, se me quedó mirando con perpleja expresión, como si estuviera viendo un monstruo con el desconcierto y temor de ver algo inconcebible para él. Luego se cayó, y se alejó rodando por aquel pedregal. Yo estaba petrificado, sometido a un agarrotamiento y en un estado de polaridad que percibía un erizamiento de mis cabellos. La gorda me miró con gesto de alegría, que consideré inadecuado para aquel momento de máxima tensión.
Indios galopando nos rodeaban por todos los flancos, coreando un desgañitado ulular, mientras lanzaban un enjambre de flechas y machetes contra la diligencia. El cochero les lanzaba cartuchos de dinamita, provocando mortandad entre nuestros perseguidores, pero de pronto una explosión sobre nuestras cabezas dejaba el cielo descubierto y pudimos ver cómo brotaba la sangre de aquel cuerpo sin cabeza del cochero, como si fuese una fuente. Saltaron a la diligencia los indios enfurecidos, encontrando la firme resistencia de la gorda, que a base de manotazos limpios, como a avispas, les iba dando tan terrible castigo que espantados huían los pocos supervivientes.
Cuando todo aquello terminaba, abrazaba y besaba a la gorda, y desde aquel momento de entonces mi corazón era reo de sus deseos.
Les agradeceríamos a las personas que entren por primera vez en este foro de Literatura que participen con comentarios hacia los textos de los foreros que estamos en él, y con escritos propios, imágenes, vídeos... y no solamente se limiten a presentarnos sus obras. Gracias.
El rectangular espejo con su luz fluorescente palpitando, le devolvía la imagen de un hombre triste, pálido y envejecido
Estaba cansado. Tras toda la noche escribiendo, sentía que las piernas le flojeaban. Por primera y única vez sentía la necesidad de irse a la cama. Cerraba la puerta del cuarto de baño y caminaba a través del pasillo, tratando de no hacer ruido. Al pasar por delante del cuarto de los niños, entreabría la puerta y se asomaba. Una sonrisa aparecía en su cara. Esa era la típica sonrisa de un padre orgulloso de sus hijos.
Despacio cerraba la puerta, se iba al salón y se sentaba en el sofá. Los pensamientos bullían y rebullían en su mente, incontrolablemente, y sólo un nombre permanecía quieto: Jorge: Jorge en su juventud, Jorge el día que fue por primera vez a su casa, Jorge cuando se marchó, Jorge ayer y Jorge hoy...
Le había vuelto a ver después de veinte años sin recibir noticias suyas, sin saber si estaba casado o soltero, si trabajaba o estaba en el paro, sin siquiera saber si estaba vivo o muerto. Pero ahora, el pasado volvía cual fantasma, cual sombra que volvía para llevárselo. Pensando se daba cuenta de que el tiempo le hacía ver las cosas de un modo muy diferente.
Cuando tenía veinte años, la idea de casarse y de formar una familia le parecía lo ideal; aquello con lo que todo hombre sueña o por lo menos lo que él soñaba. Pero, ahora daría lo que fuese por no haberse casado. Sabía que no quería a su mujer, y, aun eso, se había casado con ella.
¿Por qué? Lo sabía, pero aún hoy no se atrevía a decirlo. Muchas veces soñaba con gritarlo a los cuatro vientos, pero siempre había algo que le frenaba. Quizá eran sus adorados hijos, quizá la familia que ya había formado, o quizá fuese miedo. Miedo a sentirse rechazado, miedo a ser diferente, miedo al qué dirán...
La cabeza le iba a estallar. No podía seguir lamentándose por lo mismo tanta vida, tantas veces. Eran las tres de la madrugada y aún no había acabado.
Tenía que terminar la carta que había empezado antes de que su familia despertase. Se levantaba del sofá lo más rápido que sus ya endebles y casi atrofiados músculos le permitían, y entraba de nuevo a la cocina.
Todo seguía como lo había dejado antes de salir hacia el baño a refrescarse. El agua le había sentado bien. Ya no se sentía tan somnoliento. Se sentaba de nuevo frente a la carta y releía lo que ya había escrito:
Amado Jorge: Sí, has leído bien, he dicho “amado”. Lo he dicho y no me arrepiento. Lo volvería a decir miles de veces, porque eso es lo que siempre has sido para mí. Siempre he querido estar contigo, dormir contigo, hacer el Amor contigo y cuando te veía ayer creía que me iba a desmayar. Quería correr y darte un beso, como aquel beso que me robaste hace veinte años. ¿Te acuerdas? Tienes que acordarte. Te juro que yo no lo he olvidado. No he besado a nadie más desde aquel día, no con el corazón. Mi boca se ha unido a veces a la de mi mujer, pero los besos de corazón siempre han sido reservados para ti. No sabes cuánto lamento no haberme subido contigo a aquel autobús. Millones de veces maldije mi cobardía o indecisión por haberte dejado ir. Es por esto, que ahora te voy a decir algo que siempre te quise decir, pero que nunca me atreví a decírtelo: “te amo con toda mi alma”.
¿Y cómo continuar a partir de este punto? Las últimas dos palabras lo decían todo; pero ¿estaba haciendo lo correcto?
Luchando consigo mismo pensaba que lo más correcto era envejecer junto a su esposa y sus hijos, pero, pese a eso, barruntaba entregarse a Jorge.
- He vuelto a mi casa de la playa. Siete veranos ya desde la última vez que puse pie aquí. Está vacía, sólo la ocupan negras humedades que recriminan mi ausencia. - Es domingo por la tarde e imagino que el Sol cae sobre las dunas de la arena blanca. - El viento del Sur golpea la persiana de mi dormitorio, llamándome hijo pródigo. - Sólo a ella la dejo pasar. Se enreda en mi pelo y cierra el cuarto. ¿Qué será lo que va a hacerle a mi cuerpo? - Sin nada que hacer, miro a través del sucio ventanal, donde las golondrinas anidaban. - El Sol se posa sobre la arena blanca. - La playa está solitaria, vacía de almas. - Confundo el sonido de lo natural con el silencio - Me distraigo surcando con el dedo los surcos que el viento dejó grabado en la arena. - - La distancia hace que el horizonte quepa en la palma de la mano. - El mar se retira tranquilo para dejar que mi recuerdo se pose en su estampa. - Muchas veces navegué sobre las madres de esas pequeñas olas. - Veo las olas suicidarse, colisionando sobre una roca cercana. - Las olas saltan por los aires y se conviertes en añicos. - Algunos atardeceres caminé siguiendo una orilla imposible que se mutaba a cada paso, con el cielo naranja bajo mis pies. - Veo que el mar enjabona la playa. - Entre dos dos viejas barquichuelas varadas engendré a uno de mis hijos. - Una patera clavada en la arena sigue en el mismo lugar de siempre. - Tan desvencijadas como conocí a esa patera resiste estoica los efectos de una erosión por Amor. No así yo, que no tenía madera. - Un último rayo del astro rey y mi pelo desplomado sobre la espalda me avisan de que el día y el viento se han ido juntos. - Desde la ventana de mi dormitorio, la playa parece otra. - Pinto recuerdos que soy capaz de amar antes de acabarlos.
Comentarios
trae al coletas por la calle de la amargura
ACHL
Ataviada sencillamente,
como la pobre gente
ACHL
Las horas lejos de ti están inundadas de fragmentos de tu vida que moran en mí. Puedo verte de mil formas reflejadas en mi alma
A veces te percibo como brisa repentina y fugaz. Otras, eres aroma fresco o breve verso, pero de pronto eres calidez que me llena de bienestar; y, al pensar en ti, mis labios esbozan una sonrisa tierna
A veces eres lluvia clara y fresca de verano que revitaliza mi espíritu, eres un abrazo cálido y apretado, y en el aire tu voz identifico; eres euforia y, al imaginarte así, de mi boca sale una melodiosa sonrisa
A veces te veo en el espiral del infinito, mi silencio te escribe, pero figuras como un ruido extraño de la noche, o como un cielo nublado, y entonces en mi mente eres un acertijo que nunca acabo de descifrar
Y siempre, en esos días en los que todo es posible, eres humedad cálida, y eres toda carne, y todo cuerpo, y todo beso y toda caricia; y tu aroma rocía mi mente, y tu sabor sabe a mar, y tu sonido a aire matizado por un suspiro que me hacen vibrar y desearte a mi lado más que nunca. Ahora, en mi cara se dibuja un gesto concupiscente causado por el rubor de mis mejillas
A Chávez López
Sevilla ago 2026
Cabrona asesina
la madame china
ACHL
Está que flota
Hoy le toca
ACHL
Ella, mucho lloró,
pero el destino ganó
ACHL
El inexorable destino
El tiempo se detiene en el momento en el que la vida deja de surgir, en el momento en el que los sueños dejan de existir, en el momento en el que ni siquiera tú mismo crees que tienes que seguir viviendo.
“La vida continúa”.
Escuchaba esas tres palabras a todo ser que rondaba por mi lado aquella calurosa tarde de julio, en el momento en que las palabras eran agujas que tejían con hilo de dolor mi nuevo y renaciente corazón. Y las palabras se las lleva el viento, hasta en la más absoluta calma. Las palabras no sirven de freno para detener la caída, ni las lágrimas expresan el miedo a que no existas. Sólo oyes un desapacible silbido del vacío. La nada impregna de ira las heridas. Y mientras tanto, transcurren los días…
Nací cuando lo vi por primera vez. 20 primaveras contaban aquellos luceros de los que pude disfrutar de sus miradas, y toda una vida por delante en la que podría pasar a su lado. La ingenuidad e inocencia son las partes más apegadas a mí, las más importantes de todos mis latidos.
Él era un chico feliz, sonriente, amable, respetuoso, educado, y, sobre todo, satisfecho y agradecido a la vida. La miel alimentaba el color de sus ojos, y el Sol se escondía en las nubes mientras los ojos parpadeaban. Su cabello era del color del castaño, chirriante de fuerza; y su sonrisa... ¡oh, su sonrisa era la alegría de mi vida, el móvil de mis sueños, el símil de lo perfecto! Pero su belleza no se guardaba en apariencias, sólo mostraba lo que su corazón escondía. Él ra grande, sincero, chispeante… Una de esas personas que con sólo su presencia le pone color a la vida.
Le conocí casualmente en una de esas oportunidades que brinda la vida, en uno de esos trenes que no se pueden dejar escapar. Y el tiempo se detenía en el momento que lo veía marchar, sabiendo que sería la última vez que lo hacía. Se teñía el cielo de gris, sin dejar rayo de sol a la vista; las nubes se alineaban en forma de corazón, y yo cerraba los ojos creyendo que si lo veía sería un espejismo. Pero cuando los volvía a abrir, se había ido, y lo único que a esa altura todavía quedaba en el aire, era un abominable vacío, que desde aquel día protagoniza mis días. No dudaba en gritar su nombre, para quebrar el silencio, pero la respuesta era mi propio eco. Rodeada de personas siempre estaba y siempre me sentía sola, como si él se hubiese llevado hasta el último resquicio de vida que quedaba, y sólo tenía fuerzas para llorar.
Salí de aquel lugar, sin vida y sin saber a dónde ir. Mis pies sólo utilizaban la inercia para llevar mi cuerpo. Y mi mente estaba perdida en algún lugar del cementerio, intentando buscar y hallar el alma que acababan de arrebatarle o, en su defecto, encontrarme yo con su alma. Seguían rociando lágrimas mis tristes ojos, y mi estado de ánimo pedía a voces la máquina del tiempo para volver a dar marcha atrás.
Las personas que a mi lado permanecían, callaban; sólo aprovechaban cruces de miradas para enviarme un sentido “lo siento”. Sin hablar, me llevaban al coche e iniciamos el viaje de vuelta. Pensaba que esa tarde sólo habíamos ido al cine y acabábamos de regresar de ver una película de terror, y de ahí caras largas. Pero las imágenes no eran reales, que no pertenecerían al baúl de mis recuerdos, que no estarían en el cajón de mis olvidos, que no acabarían de dibujar las últimas pinceladas de mi realidad. No eran míos mis propios pensamientos, no los sentía como parte de mí, quería que mis pensamientos se fuesen, como una bandada de pájaros.
Quería que volviesen a ser las 9 de la mañana de aquel 3 de julio, que él mirase al frente y no dejase que el sueño, la música, o lo que le había llevado a la muerte, le arrebatase la vida. Yo no conseguía distinguir nada en el ambiente, sólo era presa de la mayor de las tristezas.
-Leticia, ¿estás bien? -y entonces desperté.
Miré el sillón trasero del coche y vi mis dos mejores amigas, que me miraban fijamente. Sólo pude asentir con la cabeza. Volvía a mirar al frente y lloré de nuevo. Una de ellas me cogió de los hombros, sin decirme nada. Tampoco había nada que decir. Le di las gracias por estar conmigo en ese momento. También quería gritar mi dolor, pero nada de esto podía hacer. Aún no valoraba lo que acababa de suceder, aún nada había medido, aún no había pensado en nada, en cada parpadeo aparecía la imagen de él. Sólo oía su voz, sólo olía su olor, pero lo más triste era que sólo podía sentir su vacío.
Llegamos a casa y directamente me fui a la terraza. Miré el cielo con la vista obnubilada y lancé al aire un te amo sonoro salido de lo más hondo de mi alma. Recordé entonces uno de los mensajes que me envió que se despedía con un “te amo”.
Ahora, una de las millones de estrellas es su hogar, y fui yo quien lo imaginé mirándole y dedicándole un adiós. Por bonita que mi mente pintase la situación, en mi corazón sólo retumbaba el adiós. No podía dormir en toda la noche. Caía rendida a las ocho. Después, dormí poco y esa semana pasaba entre forzadas sonrisas. No estaba yo preparada para dejarle ir de mi vida. No me consolaban los consejos de amigos. Me cogía fuertemente a todas las esperanzas de que lo sucedido no era verdad, al menos para mí.
Todas las noches de ese verano me sentaba en la terraza y miraba mi estrella, que había fijado como nuestro punto de encuentro. Había cogido por norma que cuando más sola me sentía, me iba la terraza para sentirme cerca de él. Y una de aquellas noches estaba más sola que nunca.
Para mi sorpresa, los sentimientos que salían de mi corazón se instalaban como luces independientes detrás de mí y sólo un sentimiento, que brillaba más que todos juntos, diseñaba en nuestra estrella la ruta de la felicidad. Estaba a punto de dejar este mundo, en el que la felicidad era el único sentimiento que a mi vida no pertenecía, para terminar con mi sufrimiento. Pero cuando me levanté para dejarme llevar por esa ruta, miré atrás para despedirme de la vida, pero me encontré con todos los sentimientos brillando en la silenciosa penumbra, y detrás de aquellas luces cegadoras veía a mi madre, a mi padre, a mis amigas, y a todas las personas que me querían explicándome un mar de momentos que aún me quedaban por vivir. Por sus mentes afloraban recuerdos recordándome que, aun todas esas luces, había una luz más fuerte, el sentimiento más grande: la vida.
Llevé mi mirada hacia el Amor de mi vida, recopilando de cada poro de mi piel hasta la última gota de las fuerzas que me quedaban. A través de nuestra estrella, lo miré a los ojos por última vez en vida, le di mi corazón en carne viva, y siendo presa de una triste soledad, sólo pude gritar: ¡me voy contigo!
Y su alma inmortal nos contaba su final…
E inmediatamente después, aún sus padres y sus amigos pendientes de ella, pero sin que les diese tiempo a reaccionar para detenerla, se lanzó al vacío desde la terraza de su piso de la sexta planta del edificio. La altura y la inercia de caída despedazaban contra el duro asfalto un precioso cuerpo destrozado anímicamente de tan sólo 19 años.
A Chávez López
Sevilla ago 2026
Me llevan buscando tres días,
mi hermano, mi madre y mi tía
ACHL
Una de las cosas buenas que creo que nos hemos quitado, o al menos no lo viviremos con intensidad, es el problema del mal de amores.
Uf, lo que una pasaba cuando le tocará un novio chulillo, un Peter Pan, o cualquiera que te deje después de la tempestad: porque, a ver, en eso del amor tendría que ser como en lo laboral, te dan tres meses de prueba, y si gustas pues ya te hacen un contrato fijo, ¿no? Pues lo mismo, eso sería lo normal, pero en esto del amor, no, algunos necesitan 3, 4 o 10 años de prueba, que después de todo ese tiempo, todavía viene, un día y te dicen que tienen dudas. ¿Dudas? ¿De qué?
¿Cómo te puede decir alguien después de 3, 4 o 10 años que el problema no eres tú, soy yo? Porque claro que lo eres, no lo dudes. Que no se atreve a dar el paso, que no está preparado, que no salta sin red, ¿no será simplemente que te has cansado y te gusta más probar con una nueva que te empuje un poquito más a saltar?
Pero, bueno, vamos a la diferencia, que es lo que nos ocupa, creo que a nuestra edad uno ya se libra por fin de esos episodios de “sufrimiento” que vivía de joven con el “puto coñazo” ese del desamor.
No creo que fuera comparable con otro dolor, no hay otro igual, es diferente a todos, creo que hay que tener una edad, y una “identidad” especial para sentirlo así, eso sólo se vive una vez, como decían las “Azúcar moreno”, al menos eso creo yo, pero estoy abierta al dialogo, ¿eh? que alguien venga y me diga, “chica, qué equivocada estás”. Sinceridad, por favor, venid y me contáis, que yo encantada de pensar que todavía me puede pasar.
Las estadísticas dicen que la mayoría (no sé qué tanto por ciento) de la gente en este mundo vive al menos una historia de desamor en la vida, hay muchos que más, y también hay unos pocos que se casan con la primera que han salido, y hala A vivir la vida… los hay.
No sé si eso es bueno o malo, este artículo va para los otros, es una experiencia, y creo que vivirlo si te hace diferente, que no digo que sea necesario, pero un palito, pequeñito, o no, todo el mundo debería pasarlo, es sano, es real, te pone los pies en el suelo, te hace frágil, sensible, te baja a la tierra, te une mucho más a los demás, te hace más humano, te quita capas, esas cicatrices que cuestan cerrar son marcas, ya no te queda nunca la piel igual.
Esa época tan nuestra de : “porque yo lo sufro”, no es sólo triste y deprimente por sentirse rechazado por alguien que quieres, y que tú quieres y, encima, te has empeñado en no dejar de quererle, porque tú vas a vivir con eso para siempre, eso es así, y tú lo ves así, es que además de eso, le sumas sentir la decepción de que, ese ser que lo duda tanto, hasta hace nada, estaba completamente seguro que eras tú. Y luego, ahora viene la peor de todas las sumas, que te diga que el problema no es contigo, tú sigues siendo lo mejor que existe en el mundo, pero como persona (no como perro) el problema es que se ha enamorado de otra, eso es la puñalá más vil, y ahí pincha donde más duele, ahí no hay consuelo posible, no hay donde agarrar, pero, si ya con todo esto no estabas tú servida, viene, para mí, dos escenarios que se dan, uno frecuente, otro siempre, que lo complican todo mucho más:
1 / Que el que lo deje no esté seguro de lo que hace, vuelva y llame mil veces, maree, y te distorsione, o sea, que no sea capaz de irse del todo, más conocido como el perro del hortelano.
2/ Que se supone que tienes que salir a conocer a otro urgentemente, que se te tiene que ver feliz, y te tiene que ir bien ante los demás, eso aún te mata mucho más….
Como decía Arjona, el escritor (que me encanta): “el problema no es que mientas, el problema es que te creo. El problema no es que juegues, el problema es que es conmigo”.
Tú puedes ser todo lo mierda de tío entre lo mierda que puede ser un tío, pero eso no me cura, eso no hace que yo sufra menos, porque quiero que esa mierda de tío me quiera. Así somos.
Esa es la gran contradicción. Si no te merece, si no lo ves claro, si descubres que es un tío que no te va a hacer feliz, mejor lejos, ¿no? Pues no, tu ahí dale que te pego, dándole oportunidades y pensando que todo eso se va a pasar por obra y gracia del Espíritu Santo.
Seguramente que, en muchos casos, no eran capaces de verse reflejados en el perfil que nosotros hacíamos de ellos, y con esta oda al desamor, no quiero decir que a veces las víctimas no hayamos sido verdugos para otros, no siempre estás del mismo lado, pero hoy toca este.
Todos hemos usado esas mentiras piadosas que no hacen más que empeorar las cosas, lo dices para que no sufra, y al final, con la tendencia del otro a agarrarse a algo bueno, se interpretan como que hay dudas, y eso ya no lo ven tan mal.
Yo estoy convencida que, en esto del amor, si hay dudas es que no esperes que esto cambie, no se confirma con el tiempo, no se cambia nunca, no se mejora.
SI TE DICE “NO SÉ”, ES NO
SI DUDAS, O DUDA, ES NO
Esto es un mensajito para los que empiecen, porque creo que para los de nuestra edad el tema está superado, y no porque no te pueda decepcionar una persona, pareja, marido o lo que tengas, que sí, que también, pero es que ya no te lo tomas igual, ¿será que ya tenemos callo? ¿Será que ya no pueden con nosotras? ¿Será que ya no quieres igual?
Veo a la gente de nuestra edad viviendo decepciones, sacando problemas que no contaba con ellos, luchando contra mil cosas, pero no sufriendo por amor, no es lo más importante en la vida para nosotras, somos más del : “qué le den“ y del “estoy más feliz sola que mal acompañada” frases con las que nos identificamos mucho más.
Qué bien que hay algo bueno con la edad. Que les den a todos esos Peter Pan. Y que bien poder decirlo alegre y sin mirar atrás.
ACHL
Cosas absurdas con sentido
**Devuélveme lo que no debí prestarte.
**Devuélveme mi ilusión, grité al girasol que había en mi camino.
**Devuélveme mi escalpelo, que yo mismo me voy a operar.
**Devuélveme la visión de las montañas, dije a las semillas que en el sendero.
**Devuélveme mi nombre, le dije a San Antonio.
**¡Devuélveme mi vida de niño!, grité, nostálgico, al polvo cuando acabó el sendero.
**Ahora canta mi maestro, pero antes cantaba yo en su clase.
**¿Acaso he llegado tan lejos para merecer esto? Pregunto mientras espero en medio del frío, decidido al fin a discutir a favor de mi silencio.
**Dime, maestro ¿se mueven mis labios o de dónde viene ese cántico que incrusta mi alma como lanza de sal sobre roca?
A Chávez López
Sevilla ago 2026
Aunque debo haber tenido una entrepierna favorita, se me olvidó.
Sin poder remediarlo, he decidido seguir viviendo mi vida, y resulta que ahora, a estas alturas, estoy encontrando cosas inexploradas por mí.
Nadie sabe lo que uno siente cuando se siente de verdad.
Nadie debe hablar del fuego que mantenía en la chimenea de su corazón mientras duraba su amor, pero que ahora se ha apagado.
Ahora selecciono a conciencia mis querencias.
Ahora soy más de mí, menos altruista, menos confiado…
Aunque tuve amores, el diablo me facilitó el clavo que saca otro clavo.
Salí en busca de mujeres del tipo “papel higiénico” (usar y tirar), pero sólo encontré una de una sola capa.
Mientras buscaba la forma de no pensar en lo que quería pensar, la fuerza de mi obstinación me ayudaba.
Mientras ponía todo mi esfuerzo en sobrevivir, amanecía de nuevo.
Como no venía a mi coco lo que iba a decir, imaginariamente cogía una mano femenina, y sorprendentemente venía a mí mi inspiración.
Las palabras que ahora anotas en tu carácter de doble filo y las palabras de los plácidos encuentros diarios de antes, no son las mismas.
Aunque parezca extrañamente extraño, me siento infeliz por algo tan dulce, que me he puesto a reír.
Sobre las cosas buenas y malas que se experimentan mientras se está enamorado, no se cuentan a nadie; es que ni uno mismo debe recrearse mucho en ellas.
Sobre la historia de una mujer que moría de Amor, la contaré con errores, pero también con exageraciones positivas.
Al principio, cuando ella amaba a él, incluso con locura, él se fiaba de ella; pero ahora, todos los detalles de su vida, contados por él a ella, son lanzas contra él.
Aunque pueda sonar a pedantería o a indiferencia, el hecho de que a veces no me crean, me reconforta
No perderé la calma. Aunque no consiga olvidar, sigo confiando en mí.
Encima de ella puse fuego de Amor y mil productos románticos salidos directamente de mi corazón, mientras ella viviendo seguías tu vida.
A Chávez López
Sevilla ago 2026
Mi adorada gorda
Arrastraban con una notable viveza la diligencia, bajo un sol de sentencia, los cuatro exhaustos caballos tras un largo viaje por el paraje árido y pedregoso, por el anhelo de cruzar cuanto antes el infierno. El sol parecía regurgitar sobre la tierra, como una sopa calurosa de bilis que inundaba la planicie con su asfixiante hervor. Cada piedra era una brasa que formaba parte de la parrilla que irradiaba un sofocante calor, por lo que nada podría sobrevivir, excepto el esqueleto moribundo de un burro disecado, que al pasar por su lado nos sorprendió con un enorme mugido en demanda de un poco de agua.
En el interior de la diligencia, la temperatura era la más idónea para la cocción de alimentos, y yo, rendido ante mi segura muerte, recostado en el asiento agonizaba en un estado febril. El sudor corría por todo mi cuerpo, como catarata. Mi cabeza hervía, como en una cacerola, y por mis orejas salían esos vapores de la ebullición.
Temí no volver a verte
Sentada frente a mí, una mujer gorda vestía vistosas prendas y sombrero negro, que, inconvenientemente, sufría de problemas gástricos, y en todo el trayecto no dejaba de dar disculpas por las ruidosas ventosidades que se le escapaban, según ella por las incomodidades en el viaje. Su talante jocoso no podía negar su turbación sin dar lugar a una profusión de risas, que alternaba con tóxicas emisiones, favoreciéndose en mutuo desarrollo. Pensé que no sería cierta la exagerada tempestad de truenos y risas, y creí estar sufriendo una alucinación, una pesadilla onírica debido a la fiebre.
El recuerdo de tus jadeos me animaba a seguir viviendo
El insidioso traqueteo que agitaba la diligencia en el trayecto, se volvía trepidante al descender la loma, que en sus alturas permitía divisar, en la lejanía, aquel poblado al que nos dirigíamos. Al llegar el llano, en tan sólo un segundo se desató un oleaje de pulverulenta sequedad, arremolinándose contra la diligencia, zarandeándola como barco en mar furioso, viéndonos obligados a cerrar las dos ventanillas. El relinchar de los caballos anticipaba una desaforada carrera, y a galope tendido surcamos la tempestad de arena, al ritmo de caballos desbocados, fustigados por el cochero, al que oímos disparar sucesivas veces con su rifle. Pensé que se había vuelto loco. A los caballos azuzaba desquiciado vociferando blasfemias.
Ni el ritmo de aquella locomotora, ni el estado eufórico del cochero, permitían a la precaución que evitase los diferentes exabruptos del terreno, produciéndose unos traqueteos descompasados, por momento vertiginosos, que lanzaba por el aire a la diligencia en un vuelo rasante, camino al infierno. Los tremendos pedruscos, que por allí había originaban saltos de la diligencia, haciéndonos rebotar en los asientos y propiciando que, en uno de esos rebotes, se catapultase la señora gorda sobre mí, llevándome uno de los peores sustos de mi vida, y un fuerte manotazo en el rostro, por el que me mantenía sangrando la nariz durante el resto del viaje. Aplastado como cucaracha, sentía el descoyuntar de todos mis huesos y un apretar de todos mis órganos en fatal exhalación de mi aliento, entonando un gemido moribundo. (
Pensé en tus llantos sobre mi tumba y me sobrecogí por la añoranza
Disipada la tormenta, maltrecho y resentido, arrastrándome con el resto de mis fuerzas, me asomé por la ventanilla y con espanto pude ver que los espeluznantes alaridos que me llegaban provenían de una jauría de indios en actitud belicosa, que cabalgando frenéticos nos perseguían a tiro de piedra. En ese instante, un indio de horrible catadura se asomó por la ventanilla con un cuchillo entre dientes, pintado hasta las orejas, como demonios de pesadilla, y con esa cresta de pelo cepillo color rojo, parecía invadido por un espíritu maléfico. Convulsionándose como una cola de lagartija rompió el cristal con la cabeza y metió la mano para acceder a la manilla, pero la recogió pronto para taparse la nariz tras prorrumpir una acusada arcada. Se quedó mareado, colgando de la diligencia, agarrándose con una mano. Aun su trance, se me quedó mirando con perpleja expresión, como si estuviera viendo un monstruo con el desconcierto y temor de ver algo inconcebible para él. Luego se cayó, y se alejó rodando por aquel pedregal. Yo estaba petrificado, sometido a un agarrotamiento y en un estado de polaridad que percibía un erizamiento de mis cabellos. La gorda me miró con gesto de alegría, que consideré inadecuado para aquel momento de máxima tensión.
Indios galopando nos rodeaban por todos los flancos, coreando un desgañitado ulular, mientras lanzaban un enjambre de flechas y machetes contra la diligencia. El cochero les lanzaba cartuchos de dinamita, provocando mortandad entre nuestros perseguidores, pero de pronto una explosión sobre nuestras cabezas dejaba el cielo descubierto y pudimos ver cómo brotaba la sangre de aquel cuerpo sin cabeza del cochero, como si fuese una fuente. Saltaron a la diligencia los indios enfurecidos, encontrando la firme resistencia de la gorda, que a base de manotazos limpios, como a avispas, les iba dando tan terrible castigo que espantados huían los pocos supervivientes.
Cuando todo aquello terminaba, abrazaba y besaba a la gorda, y desde aquel momento de entonces mi corazón era reo de sus deseos.
A Chávez López
Sevilla ago 2026
groseramente nos rascamos los cojones
ACHL
Buenos días. Sevilla, sábado 22 agosto 2026
Buenos días de sábado 22 agosto 2026
Les agradeceríamos a las personas que entren por primera vez en este foro de Literatura que participen con comentarios hacia los textos de los foreros que estamos en él, y con escritos propios, imágenes, vídeos... y no solamente se limiten a presentarnos sus obras. Gracias.
Saludos
La utopía de un mundo en armonía
ACHL
Para siempre ha terminado ya, sin más,
eso de cogérsela con un papel de fumar
ACHL
Y los miles de señoritos con dinero,
derrochan en putas y eventos fiesteros
ACHL
Chicos, mañana puntualidad,
que tenemos un examen oral
ACHL
ACHL
Cobardía o indecisión
El rectangular espejo con su luz fluorescente palpitando, le devolvía la imagen de un hombre triste, pálido y envejecido
Estaba cansado. Tras toda la noche escribiendo, sentía que las piernas le flojeaban. Por primera y única vez sentía la necesidad de irse a la cama. Cerraba la puerta del cuarto de baño y caminaba a través del pasillo, tratando de no hacer ruido. Al pasar por delante del cuarto de los niños, entreabría la puerta y se asomaba. Una sonrisa aparecía en su cara. Esa era la típica sonrisa de un padre orgulloso de sus hijos.
Despacio cerraba la puerta, se iba al salón y se sentaba en el sofá. Los pensamientos bullían y rebullían en su mente, incontrolablemente, y sólo un nombre permanecía quieto: Jorge: Jorge en su juventud, Jorge el día que fue por primera vez a su casa, Jorge cuando se marchó, Jorge ayer y Jorge hoy...
Le había vuelto a ver después de veinte años sin recibir noticias suyas, sin saber si estaba casado o soltero, si trabajaba o estaba en el paro, sin siquiera saber si estaba vivo o muerto. Pero ahora, el pasado volvía cual fantasma, cual sombra que volvía para llevárselo. Pensando se daba cuenta de que el tiempo le hacía ver las cosas de un modo muy diferente.
Cuando tenía veinte años, la idea de casarse y de formar una familia le parecía lo ideal; aquello con lo que todo hombre sueña o por lo menos lo que él soñaba. Pero, ahora daría lo que fuese por no haberse casado. Sabía que no quería a su mujer, y, aun eso, se había casado con ella.
¿Por qué? Lo sabía, pero aún hoy no se atrevía a decirlo. Muchas veces soñaba con gritarlo a los cuatro vientos, pero siempre había algo que le frenaba. Quizá eran sus adorados hijos, quizá la familia que ya había formado, o quizá fuese miedo. Miedo a sentirse rechazado, miedo a ser diferente, miedo al qué dirán...
La cabeza le iba a estallar. No podía seguir lamentándose por lo mismo tanta vida, tantas veces. Eran las tres de la madrugada y aún no había acabado.
Tenía que terminar la carta que había empezado antes de que su familia despertase. Se levantaba del sofá lo más rápido que sus ya endebles y casi atrofiados músculos le permitían, y entraba de nuevo a la cocina.
Todo seguía como lo había dejado antes de salir hacia el baño a refrescarse. El agua le había sentado bien. Ya no se sentía tan somnoliento. Se sentaba de nuevo frente a la carta y releía lo que ya había escrito:
Amado Jorge: Sí, has leído bien, he dicho “amado”. Lo he dicho y no me arrepiento. Lo volvería a decir miles de veces, porque eso es lo que siempre has sido para mí. Siempre he querido estar contigo, dormir contigo, hacer el Amor contigo y cuando te veía ayer creía que me iba a desmayar. Quería correr y darte un beso, como aquel beso que me robaste hace veinte años. ¿Te acuerdas? Tienes que acordarte. Te juro que yo no lo he olvidado. No he besado a nadie más desde aquel día, no con el corazón. Mi boca se ha unido a veces a la de mi mujer, pero los besos de corazón siempre han sido reservados para ti. No sabes cuánto lamento no haberme subido contigo a aquel autobús. Millones de veces maldije mi cobardía o indecisión por haberte dejado ir. Es por esto, que ahora te voy a decir algo que siempre te quise decir, pero que nunca me atreví a decírtelo: “te amo con toda mi alma”.
¿Y cómo continuar a partir de este punto? Las últimas dos palabras lo decían todo; pero ¿estaba haciendo lo correcto?
Luchando consigo mismo pensaba que lo más correcto era envejecer junto a su esposa y sus hijos, pero, pese a eso, barruntaba entregarse a Jorge.
A Chávez López
Sevilla ago 2026
¡Este bichejo no es sólo un cicuta,
es también un hijo de la gran puta!
ACHL
- He vuelto a mi casa de la playa. Siete veranos ya desde la última vez que puse pie aquí. Está vacía, sólo la ocupan negras humedades que recriminan mi ausencia.
- Es domingo por la tarde e imagino que el Sol cae sobre las dunas de la arena blanca.
- El viento del Sur golpea la persiana de mi dormitorio, llamándome hijo pródigo.
- Sólo a ella la dejo pasar. Se enreda en mi pelo y cierra el cuarto. ¿Qué será lo que va a hacerle a mi cuerpo?
- Sin nada que hacer, miro a través del sucio ventanal, donde las golondrinas anidaban.
- El Sol se posa sobre la arena blanca.
- La playa está solitaria, vacía de almas.
- Confundo el sonido de lo natural con el silencio
- Me distraigo surcando con el dedo los surcos que el viento dejó grabado en la arena. - - La distancia hace que el horizonte quepa en la palma de la mano.
- El mar se retira tranquilo para dejar que mi recuerdo se pose en su estampa.
- Muchas veces navegué sobre las madres de esas pequeñas olas.
- Veo las olas suicidarse, colisionando sobre una roca cercana.
- Las olas saltan por los aires y se conviertes en añicos.
- Algunos atardeceres caminé siguiendo una orilla imposible que se mutaba a cada paso, con el cielo naranja bajo mis pies.
- Veo que el mar enjabona la playa.
- Entre dos dos viejas barquichuelas varadas engendré a uno de mis hijos.
- Una patera clavada en la arena sigue en el mismo lugar de siempre.
- Tan desvencijadas como conocí a esa patera resiste estoica los efectos de una erosión por Amor. No así yo, que no tenía madera.
- Un último rayo del astro rey y mi pelo desplomado sobre la espalda me avisan de que el día y el viento se han ido juntos.
- Desde la ventana de mi dormitorio, la playa parece otra.
- Pinto recuerdos que soy capaz de amar antes de acabarlos.
ACHL
Esta abuela no tiene verrugas,
tiene sabiduría de las arrugas
ACHL
¡Cuidemos más a nuetro planeta,
que se está yendo a hacer puñetas!
ACHL
Dice mi ginecóloga doña Paz,
que piensa que estoy preñá
ACHL
soltera y entera
En esta vida de "¡viva la Pepa!",
muchos van con cara y careta
ACHL
Bonita estampa
de potra y potro
ACHL
Buscando desesperadamente
a su pendón tiburón indecente
ACHL