Hay quien lee las estrellas, la palma de la mano, las huellas digitales, las heridas del amor, los posos del café, la sonrisa de los labios, las cartas del tarot, las vísceras de un gorrión, las páginas en blanco, los aditivos alimentarios, los lunares y las pecas las uñas de manos y pies los iris o la cara entera.
Hay quien lee en el bus, en la playa o en la sierra, en el bar o el restaurante, subido a una farola, dentro de su bañera, en braille o en esperanto, con gafas o con prismáticos, con el trasero al aire, con bufanda y paraguas, incluso entre líneas, y con la luz apagada, y en el lugar del trabajo, y hasta en una biblioteca.
Y después de todo ese empeño, nunca se enteran de nada.
CONOCE MI BOCA TU TIBIO ALIENTO Y RECONOCE LA CARNE, Y MUERDE, CHUPA EL JADEO CONVERTIDO EN VIENTO Y MI LENGUA SE LIBERA Y SE PIERDE.
OLVIDO TUS TRAMPAS, TU GRAN TALENTO, ME ENTREGO SIEMPRE A TUS OJOS VERDES, YO LOS LAMO Y LOS HAGO MI ALIMENTO Y TÚ TE CLAVAS Y DEJO QUE TE ENTIERRES.
ME SEPULTAS Y ME LIBERAS, LENTO, COMO SEXO MUDO DE ANOCHECERES COMO AQUEL, EL MÁS HERMOSO CUENTO, Y QUÉ HA DE IMPORTARME SI ALGUIEN PIERDE. NO HAY FINALES, APENAS UN MOMENTO, POR ESO TE EXIJO QUE NO ME RECUERDES.
Cuentan los anales del Olimpo que un mediodía Zeus, aburrido de néctar, de ambrosía, de maná y de otros rutinarios alimentos divinos, encargó a Minerva –la diosa de la sabiduría- que bajase a la Tierra a hablar con los humanos para que le proporcionasen un nuevo plato que deleitase plenamente a su divino paladar.
Minerva quiso complacer los deseos de Zeus, y es por ello que visitó -con esta específica misión- todas las regiones, ciudades y pueblos humanos, con la ilusión de hallar en alguno de esos lugares un manjar que pudiese satisfacer al exigente paladar de Zeus.
En su gira culinaria visitó Esparta, Corinto, Lidia, Doria, Ática, Troya, Acaya Argólida, Mesenia, Eolia y Jonia.
Y algún tiempo después, cuando Minerva se encontraba frustrada por no haber podido encontrar en ninguno de esos lugares el manjar que Zeus requería, un ‘estrella especial’ la llevó al territorio Astures (Hispania).
Los amables y serviciales humanos, habitantes de una región del norte de Hispania, eran unas criaturas sencillas, trabajadoras respetuosas, altruistas, hospitalarias…
De pronto, atravesando Minerva una aldea de Astures, percibió un olor mágico que salía de una humilde cocina.
Su divino olfato se percató enseguida de que en este lugar estaba la gran y definitiva solución para el olímpico culinario problema del aburrimiento de los dioses por comer siempre lo mismo.
Entró presurosa a aquella casa y vio a una anciana mezclando en una olla garbanzos con trozos de morcilla, chorizo y tocino, además de aceite, sal, vinagre y otros aderezos. La saludó y le pidió que le permitiese probar su potaje, y con sólo medio bocado, ¡oh! Minerva sabía que la fabada sería para siempre el mejor de los alimentos olímpicos.
Unos días después, Minerva presentó en el Olimpo aquel primitivo plato. Al principio, todos los dioses desconfiaban de su apariencia, pero el olfato les decía otra cosa. Una a una, todas las deidades olímpicas iban llevando a la boca la fabada con su morcilla, chorizo y tocino, y en cuestión de dos o tres minutos, Minerva tuvo que ordenar a los acreditados ccocineros del Olimpo que copiasen la receta de tan exquisito guisado y que cocinasen cientos de raciones.
Y desde aquel legendario día, cada vez que se celebra algo importante, privado u oficial en el Olimpo, los banquetes de Zeus tienen como plato principal la fabada.
Les agradeceríamos a las personas que entren por primera vez en este foro de Literatura que participen con comentarios hacia los textos de los foreros que estamos en él, y con escritos propios, imágenes, vídeos... y no solamente se limiten a presentarnos sus obras. Gracias.
Ya sé que suena extraño, ya sé que puede ser increíble, pero la primera noche que pasé en mi nueva casa del pueblo fue algo inolvidable. Y sí, tenía que ser de noche, cuando los ruidos se silencian, cuando se desvanecen las luces y la vigilia deja paso a los ensueños.
Apenas llevaba unos minutos en la cama, con el deseo de descansar del trajín de la mudanza, cuando mi imaginación empezaba a proyectar una película tras otra, y ya no podía dormirme. Permanecía despierta.
Era una privilegiada testigo de los recuerdos que murmuran las paredes. Escuchaba ladridos lastimosos, y vi un cachorro pastor alemán, de unos tres meses, que estaba en esta misma casa solo, nadie se hacía cargo de él. Con pasos cansinos y miradas tristes, iba de un lado para otro: ahora, un gemido, ahora, un ladrido, como quejas; ahora, corría hacia la puerta, con poca fe. Así pasaban las horas y en la cabeza de aquel perrito entraban dudas y más dudas. Entonces, se ponía nervioso, primero un poco, después mucho, tanto que necesitaba descargarse, por lo que la emprendía contra la toalla del baño: la mordía y la volvía a morder, como si con esta actitud acabase con su situación de soledad, con su sentimiento de perro abandonado. Al poco, había destrozado la toalla, ya era un trapo inservible. De pronto, su corazón de cachorro empezaba a palpitar con fuerza, daba vuelcos de alegría. ¡Oía un abrir de puerta! Lo dejaba todo y salía corriendo a recibir a su salvador, a alguien que le sacase del vacío de la nada. Una sonrisa de felicidad me sustraía de tanta pena. En aquella casa vivía alguna persona que quería a los animales. ¡Bien!
Cerré de nuevo los ojos y me di la vuelta en un intento por conciliar el sueño, pero las paredes estaban parlanchinas esa noche. Entonces oí una música, eran arpegios de una guitarra, que sonaba melancólica. No podía ver la cara del músico, pero sí sus manos, manos de una persona mayor, su piel seca con venas marcándose sobre el dorso, no daba lugar a dudas. ¿Qué lejanos recuerdos evocaban con sus notas?
Hice un gran esfuerzo por penetrar el significado de aquella melodía, por traducir a imágenes aquellas emociones, sentimientos. No fue fácil, pero pronto vi que aquel hombre no tenía a nadie, su corazón rebosaba amor, pero sin embargo era un alma solitaria. Entendí que en toda su vida había amado sólo una vez, pero no supo o no pudo ser correspondido; que quería olvidar bebiéndose la vida a tragos larguísimos, equivocándose de persona, una y otra vez, no encontrando lo que una vez halló. Pero, al poco, la música cambió y se hizo alegre. Entonces, supe que en aquella casa vivía un hombre que era feliz, que no le pedía cuentas al destino, que al final de su vida encontraba su mejor y más feliz recuerdo, y esto me consolaba.
Me levanté de la cama y fui a beber agua a la cocina, con la esperanza de cortar la situación. Pero nada. Me senté en una silla y cuando menos lo esperaba, de nuevo las paredes con sus monólogos, y esta vez oía ruidos de platos rotos y de cubiertos, chocando con el suelo y las paredes.
Vi una mujer asustada arrojando unos objetos a un hombre, tristemente desaliñado, hasta me parecía oler el repugnante tufo del vino barato de su aliento y su ropa. Él quería avanzar hacia ella, pronunciando palabras soeces, pero ella no le dejaba, no era una mosquita muerta, le hacía frente y le decía que se fuese y que no volviese nunca más. Añadía que no volvería a ponerle una mano encima y que ya tendría noticias de su abogado. Dicho esto, le tiró un vaso de cristal que se estampó contra la pared, a pocos centímetros de la cara de aquel, ahora asustado hombre, quien se daba cuenta de la situación; llorando se arrodillaba, le pedía perdón, le hacía no sé cuantas propósitos de enmienda, pero debía ver la inapelable decisión de la mujer de tramitar el divorcio, porque se levantó y sin mediar más palabras se fue, dando un sonoro portazo.
Entonces, me fui hacia mi cama y, mentalmente rebobinando rememoraba un cachorro pastor alemán, muy contento y feliz por haber abandonado su soledad. Rememoraba un hombre mayor que buscaba su felicidad, hasta encontrarla en su música. Y rememoraba una mujer, pero una mujer brava y valiente, que luchaba con todas sus fuerzas para no ser maltratada nunca más. Y en aquel momento, me alegraba de todo aquello. Me acosté, me tapé hasta la cabeza y, por fin, pude conciliar el sueño, plácidamente.
Comentarios
Y su marido usa un preservativo
y ella a diario un anticonceptivo
La natalidad es una felicidad,
pero, a veces, viene si avisar
ACHL
A los nueve meses justitos
vino al mundo un pescadito
ACHL
Desde "los hombres de Paco",
ha pasado mogollón de tacos
ACHL
las tres actrices turcas del momento
ACHL
Así nos quiere ver, ausentes,
el esquizofrénico presidente
ACHL
Lectores empedernidos,
pero incomprendidos
Hay quien lee las estrellas,
la palma de la mano,
las huellas digitales,
las heridas del amor,
los posos del café,
la sonrisa de los labios,
las cartas del tarot,
las vísceras de un gorrión,
las páginas en blanco,
los aditivos alimentarios,
los lunares y las pecas
las uñas de manos y pies
los iris o la cara entera.
Hay quien lee en el bus,
en la playa o en la sierra,
en el bar o el restaurante,
subido a una farola,
dentro de su bañera,
en braille o en esperanto,
con gafas o con prismáticos,
con el trasero al aire,
con bufanda y paraguas,
incluso entre líneas,
y con la luz apagada,
y en el lugar del trabajo,
y hasta en una biblioteca.
Y después de todo ese empeño,
nunca se enteran de nada.
A Chávez López
Sevilla ago 2026
Acaban de conocer personalmente
al psicópata y embustero presidente
ACHL
¡Así te quiero ver yo a ti,
perverso y mortífero Covid!
ACHL
Los dos a punto de caramelo,
del helado a la cama y al cielo
ACHL
el presidente y su panda de vagos?
lleva adelante sus dos carreras
ACHL
La mejor medicación
es un buen revolcón
ACHL
La Arroyo tenía poderosas razones
para ser un mar de tentaciones
ACHL
El armario de ese orgullo mágico
es más profundo que el Cantábrico
ACHL
Apretada se ve Inés
antes de fin mes
ACHL
Ganó por goleada
la más manoseada
ACHL
Desde lejos la vio,
pero no se atrevió,
pero ella lo llamó,
y... pasó lo que pasó
ACHL
Dijo la bibliotecaria
que era universitaria
ACHL
La perfecta perfección
inseciviliza a la razón
ACHL
No quería pensarte
No quería pensarte, siempre intentaba ignorarte, dejando el sentimiento que inspirabas a mi corazón, de lado.
Fue inevitable amarte, imposible de mi alma sacarte y dejar mi mente abandonada al vacío de tu calor.
No quería pensarte, porque sabía que de hacerlo como un caballo salvaje vendría al galope enamorados todos los recuerdos.
En aquel abril, sed de Amor me inspiraste, y mi espíritu elevaste al tenerte presente permanentemente en mi corazón.
Te pido disculpas por haber nacido antes que tú, que ha impedido que se unan nuestros corazones en esta vida.
Y ya ves, hay cosas imposibles de postergar, entre ellas está el Amor, así que no podrás, por más que quieras evitarlo.
No quería pensarte, pero pensándote estoy.
A Chávez López
Sevilla ago 2026
CONOCE MI BOCA TU TIBIO ALIENTO
Y RECONOCE LA CARNE, Y MUERDE,
CHUPA EL JADEO CONVERTIDO EN VIENTO
Y MI LENGUA SE LIBERA Y SE PIERDE.
OLVIDO TUS TRAMPAS, TU GRAN TALENTO,
ME ENTREGO SIEMPRE A TUS OJOS VERDES,
YO LOS LAMO Y LOS HAGO MI ALIMENTO
Y TÚ TE CLAVAS Y DEJO QUE TE ENTIERRES.
ME SEPULTAS Y ME LIBERAS, LENTO,
COMO SEXO MUDO DE ANOCHECERES
COMO AQUEL, EL MÁS HERMOSO CUENTO,
Y QUÉ HA DE IMPORTARME SI ALGUIEN PIERDE.
NO HAY FINALES, APENAS UN MOMENTO,
POR ESO TE EXIJO QUE NO ME RECUERDES.
ACHL
Cuentan los anales del Olimpo que un mediodía Zeus, aburrido de néctar, de ambrosía, de maná y de otros rutinarios alimentos divinos, encargó a Minerva –la diosa de la sabiduría- que bajase a la Tierra a hablar con los humanos para que le proporcionasen un nuevo plato que deleitase plenamente a su divino paladar.
Minerva quiso complacer los deseos de Zeus, y es por ello que visitó -con esta específica misión- todas las regiones, ciudades y pueblos humanos, con la ilusión de hallar en alguno de esos lugares un manjar que pudiese satisfacer al exigente paladar de Zeus.
En su gira culinaria visitó Esparta, Corinto, Lidia, Doria, Ática, Troya, Acaya Argólida, Mesenia, Eolia y Jonia.
Y algún tiempo después, cuando Minerva se encontraba frustrada por no haber podido encontrar en ninguno de esos lugares el manjar que Zeus requería, un ‘estrella especial’ la llevó al territorio Astures (Hispania).
Los amables y serviciales humanos, habitantes de una región del norte de Hispania, eran unas criaturas sencillas, trabajadoras respetuosas, altruistas, hospitalarias…
De pronto, atravesando Minerva una aldea de Astures, percibió un olor mágico que salía de una humilde cocina.
Su divino olfato se percató enseguida de que en este lugar estaba la gran y definitiva solución para el olímpico culinario problema del aburrimiento de los dioses por comer siempre lo mismo.
Entró presurosa a aquella casa y vio a una anciana mezclando en una olla garbanzos con trozos de morcilla, chorizo y tocino, además de aceite, sal, vinagre y otros aderezos. La saludó y le pidió que le permitiese probar su potaje, y con sólo medio bocado, ¡oh! Minerva sabía que la fabada sería para siempre el mejor de los alimentos olímpicos.
Unos días después, Minerva presentó en el Olimpo aquel primitivo plato. Al principio, todos los dioses desconfiaban de su apariencia, pero el olfato les decía otra cosa. Una a una, todas las deidades olímpicas iban llevando a la boca la fabada con su morcilla, chorizo y tocino, y en cuestión de dos o tres minutos, Minerva tuvo que ordenar a los acreditados ccocineros del Olimpo que copiasen la receta de tan exquisito guisado y que cocinasen cientos de raciones.
Y desde aquel legendario día, cada vez que se celebra algo importante, privado u oficial en el Olimpo, los banquetes de Zeus tienen como plato principal la fabada.
A Chávez López
Sevilla ago 2026
Generosidad
es mostrar
ACHL
El fugitivo va por la vida
con el arca perdida
Y esos miles de Forbes ricachones
viven como les sale de los cojones
ACHL
Buenos días. Sevilla, viernes 21 agosto 2026
Buenos días de viernes 21 agosto 2026
Les agradeceríamos a las personas que entren por primera vez en este foro de Literatura que participen con comentarios hacia los textos de los foreros que estamos en él, y con escritos propios, imágenes, vídeos... y no solamente se limiten a presentarnos sus obras. Gracias.
Saludos
Ya sé que suena extraño, ya sé que puede ser increíble, pero la primera noche que pasé en mi nueva casa del pueblo fue algo inolvidable. Y sí, tenía que ser de noche, cuando los ruidos se silencian, cuando se desvanecen las luces y la vigilia deja paso a los ensueños.
Apenas llevaba unos minutos en la cama, con el deseo de descansar del trajín de la mudanza, cuando mi imaginación empezaba a proyectar una película tras otra, y ya no podía dormirme. Permanecía despierta.
Era una privilegiada testigo de los recuerdos que murmuran las paredes. Escuchaba ladridos lastimosos, y vi un cachorro pastor alemán, de unos tres meses, que estaba en esta misma casa solo, nadie se hacía cargo de él. Con pasos cansinos y miradas tristes, iba de un lado para otro: ahora, un gemido, ahora, un ladrido, como quejas; ahora, corría hacia la puerta, con poca fe. Así pasaban las horas y en la cabeza de aquel perrito entraban dudas y más dudas. Entonces, se ponía nervioso, primero un poco, después mucho, tanto que necesitaba descargarse, por lo que la emprendía contra la toalla del baño: la mordía y la volvía a morder, como si con esta actitud acabase con su situación de soledad, con su sentimiento de perro abandonado. Al poco, había destrozado la toalla, ya era un trapo inservible. De pronto, su corazón de cachorro empezaba a palpitar con fuerza, daba vuelcos de alegría. ¡Oía un abrir de puerta! Lo dejaba todo y salía corriendo a recibir a su salvador, a alguien que le sacase del vacío de la nada. Una sonrisa de felicidad me sustraía de tanta pena. En aquella casa vivía alguna persona que quería a los animales. ¡Bien!
Cerré de nuevo los ojos y me di la vuelta en un intento por conciliar el sueño, pero las paredes estaban parlanchinas esa noche. Entonces oí una música, eran arpegios de una guitarra, que sonaba melancólica. No podía ver la cara del músico, pero sí sus manos, manos de una persona mayor, su piel seca con venas marcándose sobre el dorso, no daba lugar a dudas. ¿Qué lejanos recuerdos evocaban con sus notas?
Hice un gran esfuerzo por penetrar el significado de aquella melodía, por traducir a imágenes aquellas emociones, sentimientos. No fue fácil, pero pronto vi que aquel hombre no tenía a nadie, su corazón rebosaba amor, pero sin embargo era un alma solitaria. Entendí que en toda su vida había amado sólo una vez, pero no supo o no pudo ser correspondido; que quería olvidar bebiéndose la vida a tragos larguísimos, equivocándose de persona, una y otra vez, no encontrando lo que una vez halló. Pero, al poco, la música cambió y se hizo alegre. Entonces, supe que en aquella casa vivía un hombre que era feliz, que no le pedía cuentas al destino, que al final de su vida encontraba su mejor y más feliz recuerdo, y esto me consolaba.
Me levanté de la cama y fui a beber agua a la cocina, con la esperanza de cortar la situación. Pero nada. Me senté en una silla y cuando menos lo esperaba, de nuevo las paredes con sus monólogos, y esta vez oía ruidos de platos rotos y de cubiertos, chocando con el suelo y las paredes.
Vi una mujer asustada arrojando unos objetos a un hombre, tristemente desaliñado, hasta me parecía oler el repugnante tufo del vino barato de su aliento y su ropa. Él quería avanzar hacia ella, pronunciando palabras soeces, pero ella no le dejaba, no era una mosquita muerta, le hacía frente y le decía que se fuese y que no volviese nunca más. Añadía que no volvería a ponerle una mano encima y que ya tendría noticias de su abogado. Dicho esto, le tiró un vaso de cristal que se estampó contra la pared, a pocos centímetros de la cara de aquel, ahora asustado hombre, quien se daba cuenta de la situación; llorando se arrodillaba, le pedía perdón, le hacía no sé cuantas propósitos de enmienda, pero debía ver la inapelable decisión de la mujer de tramitar el divorcio, porque se levantó y sin mediar más palabras se fue, dando un sonoro portazo.
Entonces, me fui hacia mi cama y, mentalmente rebobinando rememoraba un cachorro pastor alemán, muy contento y feliz por haber abandonado su soledad. Rememoraba un hombre mayor que buscaba su felicidad, hasta encontrarla en su música. Y rememoraba una mujer, pero una mujer brava y valiente, que luchaba con todas sus fuerzas para no ser maltratada nunca más. Y en aquel momento, me alegraba de todo aquello. Me acosté, me tapé hasta la cabeza y, por fin, pude conciliar el sueño, plácidamente.
A Chávez López
Sevilla ago 2026
A la Rosalía de ayer
le han robado la niñez
ACHL
¿Esperando el autobús?
¡Eso no te lo crees ni tú!
ACHL