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El jardinero halló un nuevo trabajo

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 31 de julio en Erótica

El jardinero halló un nuevo trabajo

Me llamo Mario y tengo 24 años. Nací vi vivo en la ciudad de Sevilla. Mi imagen es: moreno, alto y agraciado de cara y de cuerpo. Con mi oficio de jardinero me iba ganando la vida, pero ahora estoy sin trabajo y por esto estoy buscado uno. Me hice de un periódico del día y vi un anuncio que llamó mi atención. Pero, aún no sé por qué, antes de acudir a la entrevista, sentía una extrañeza que se me iba acrecentando no bien me bajaba del autobús que me llevaba a aquel club de campo.

Tenía muros altísimos, como esos de las antiguas urbanizaciones, que con el tiempo y las continuadas crisis económicas quedaban en barrios miserias. Hasta el enrejado portón de la entrada estaba cubierto con una lona negra, la cual no dejaba ver ni el más mínimo resquicio de adentro.

Después de lo pesado que se me había hecho el viaje desde Sevilla a este lugar tan escondido del último pueblo del Aljarafe sevillano, llegaba al portón y pulsaba el timbre.

—¿Sí?
—Buenos días, vengo por lo del anuncio de jardinero.
—Un momento, por favor -decía la misma voz, que se notaba que era la voz de un hombre de avanzada edad.

Aquel club estaba en una zona aislada en medio del campo, lo que aumentaba mi curiosidad de por qué tanta manía por la privacidad. El anuncio del periódico pedía "un jardinero con experiencia para club de campo". Necesité subirme a dos autobuses para llegar hasta ese rincón de la zona más apartada del Aljarafe sevillano.

Cinco minutos después, un ojo se asomaba por la mirilla:

—¿Sí?
—Soy el mismo que llamó antes y que vine para lo que dije antes.
—Le abro.

Se corría el portón y aparecía un vejete totalmente desnudo, salvo unas alpargatas color beige, para, quizá, hacer juego con el tostado de su piel. Me quedaba clavado donde estaba. El vejete veía la expresión de mi cara y me preguntaba:

—¿No sabía usted que este es un club nudista?
—El anuncio no mencionaba esa particularidad.
—¡Bueno, ya que ha venido hasta aquí, aproveche la entrevista! –se percataba de mi indecisión.
—¡Pero pase, pase, que no lo vamos a comer! -se apresuraba en añadir.

Pensaba que los empleados no tenían por qué imitar a los socios del club en sus hábitos. Al fin y al cabo, el nudismo no es religión y, en mi caso, no sabía por qué tenía que ponerme en pelotas para entrar en el templo. Pero el portero se aburría de esperarme y yo entraba.

Lo seguía en una vereda de laja hasta una casa, con un cartel que rezaba "Club EnBolas - Dirección”. En el trayecto podía ver a personas desnudas haciendo vida al aire libre. De la primera impresión, nada placentera, por cierto, recuerdo a una mujer muy gorda que jugaba al voleibol con un hombre no menos gordo. Sus hermosos pechos se bamboleaban cada vez que golpeaba la pelota, a punto de abofetearse su propio cara.

El portero golpeaba la puerta y cuando se asomó un tipo con gafitas apoyadas sobre la punta de su nariz, le decía:

—Señor director, este joven viene por la entrevista de trabajo de jardinero.
—Pase usted -me decía el director, y me echaba una mirada de abajo a arriba.

Vestía bien: camisa y pantalones de marca, corbata de seda, mocasines... Me parecía demasiado esmerado en su ropa para un sábado en medio del campo. Le entregaba mi currículo, se retrepaba un poco las gafitas y leía. En el folio figuraba con detalle mi experiencia como jardinero en dos urbanizaciones de lujo. Si la gente adinerada había confiado sus jardines a mi persona, era evidente que tenía capacidad para ocupar este puesto. Así que el máximo responsable del "Club EnBolas" no necesitaba de preguntas. Iba directamente al grano:

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Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado 31 de julio

    —Usted ha podido ver, señor... -y volvía a mi currículo, para volver a leer mi nombre-, señor Mario, que éste es un club naturista, o un campo nudista, como le llamaban antes.

    Y durante algunos segundos se me quedaba mirando en silencio. Lo que suponía que debía corroborar su dicho.

    —Lo he visto con mis propios ojos, señor director -le dije, sin ironía.
    —Y usted imaginará -seguía el director-, que aquí todos los empleados se deben adaptar a la filosofía del club.

    Odiaba que usase la específica palabra filosofía para cualquier tontería. Sólo le decía: "claro", y esperaba a ver qué iba a decir a continuación. En realidad, era un hombrecillo pedante, chocante, suficiente…

    —En consecuencia -concluía el director-, toda la plantilla de operarios debe hacer su trabajo como vino al mundo. Ya lo ha visto usted en don Tejo, el portero. ¿Se anima, señor Mario? Según su currículum es usted una persona cualificada para cuidar de los jardines de nuestras instalaciones, pero el adaptarse al modus vivendi de nuestros socios, es una condición sine quam para que consiga este empleo.

    Tanta fineza de latinismos me estaba mareando. Al fin y al cabo, algunos decrépitos cuerpos caminaban por el campo con sus alicaídos órganos reproductores.

    Pensaba que tenía que decidirme. Sin embargo, antes le decía:

    —Pero usted está vestido, y es el director del club.
    —En mi oficina, pero si salgo a dar una vuelta por el campo, me quito la ropa -y como si esto le hubiese activado, añadía: venga usted conmigo. Le voy a enseñar muestras instalaciones y así sabrá con cuánto verde tendría que lidiar.

    Y sin más, detenía su sillón giratorio, se escondía detrás de un biombo verde y en un pispás emergía desnudo, salvo unas zapatillas de lona. Era muy velludo, un mono con anteojos, y me acaloraba con sólo mirarle el pecho.

    Salíamos al exterior. Me llevaba de paseo por los cuatro rincones del recinto. Saludaba cortés, a los socios, a la vez que iba enumerándome mis posibles obligaciones si aceptaba el empleo: poda, plantación, regadío y abonado. Me resultaba incómodo seguirle la conversación cuando llegamos a un lugar con una mesa redonda de cemento con su parrilla correspondiente, y una señora madura, guapa y bien hecha, me distraía con sus enormes pechos. No quería mirarla, pero no podía ni quería evitar que mis ojos se posasen en sus redondeces. El director no se daba cuenta, y yo no entendía cómo él podía evitar una erección. Mientras hablaba, pensaba que el nudismo era paradójicamente antinatural y que el habituarse a él, llegaba a apagar el deseo de tal forma que volvía a las personas asexuadas.

    El director se iba a hablar con un socio que estaba asando trozos de carne en su parrilla.

    —¿Y tu familia? -le preguntaba, al tiempo que extendía la mano.
    —En la piscina. Yo soy el mayordomo de todos ellos, el que se quema los huevos frente a este fuego -reíamos los tres.

    Al verme parado y en silencio, ese socio inquiría con la mirada al director, el cual me hacía un gesto para que me aproximase mientras le decía al otro:

     —Te presento al señor Mario. Ha venido a ofrecerse como jardinero, pero se ha llevado una gran sorpresa y creo que aún no se ha decidido.

    Le daba la mano a aquel socio, el cual le decía al director, mirándome:

    —Ya, es natural, lo comprendo.

    Los tres nos reímos de nuevo, nos despedimos y seguimos recorriendo el campo. Dábamos la vuelta al muro perimetral, inexpugnable por donde se mirase, y regresábamos a la puerta de la oficina de dirección.

    —¿Qué, señor Mario, acepta usted? -me preguntaba el director, a la vez que se refugiaba de un Sol de sentencia, bajo el alero de su oficina.

    Le decía sí porque necesitaba trabajar. Me daba la mano otra vez como señal de bienvenida y se presentaba:

    —Mi nombre es Basilio Bermúdez.

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  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado 31 de julio

    Hablamos de mi remuneración; o, más bien, él me ofrecía un sueldo y yo aceptaba. Pero tengo que reconocer que era un buen sueldo. Antes de despedirse me decía:

    —Ahora, vaya usted a ver a don Tejo. Él tomará sus datos. Es urgente cortar el pasto, así que, si le parece bien, empezará mañana mismo.

    Y claro que me parecía bien, como a toda persona que está en el paro y con la necesidad de trabajar para poder comer.

    Cuando llegaba a mi edificio, lo primero que hacía era ir a la vivienda de mi vecino y amigo, que tenía dos motocicletas y le pedía que me prestase una hasta que yo viese la manera de cómo desplazarme hasta mi trabajo, sin la necesidad de tantos autobuses.

    Ya en mi casa, buscaba y hallaba un tanga beige, que a veces utilizaba para tomar el Sol en la terraza. Lo había pensado a la vuelta de mi interminable viaje. Cogía el tanga y reforzaba con correa de cuero el contorno. Después, me iba a mi estantería de trabajo y cogía un alambre, cortaba con los alicates trozos de tres centímetros y los iba adhiriendo al tanga, con cuidado y manteniendo la simetría en la distancia, porque este iba a ser mi único e inefable uniforme de trabajo. Circundaban ganchitos en el hemisferio del tanga. Terminada la transformación, volvía a mi cuarto, me lo ponía y me miraba al espejo, y entonces me reía pensando en que si me ponía un casco podría pasar por un streeper con su disfraz de trabajo.

    Esa noche me costaba coger el sueño. Aunque parezca una broma, se me venía a la mente la imagen de don Tejo, con su escroto alicaído entre vellitos canosos, y me revolvía inquieto en la cama, pensando que así podría terminar yo.

    Al otro día, llegaba al club media hora antes del horario fijado. El club abría para los socios a las diez, así que don Tejo venía a abrirme el portón con su ropa de trabajo: en pelotas vivas. Me llevaba hasta un almacén, junto al vestuario de los naturistas, y allí me mostraba una ficha verde de plástico con mi nombre y me explicaba cómo marcar en el reloj eléctrico para hacer constar mi hora de entrada y de salida. Luego, me entregaba la llave de un casillero de metal, que iba a ser el mío.

    Era el número 7. Recordaba que, según la simbología, que este guarismo era “el anillo” (el de don Tejo sería el doble cero), pero no decía nada para evitar malas interpretaciones, al fin y al cabo, era mi primer día de trabajo.

    Después me indicaba un vestuario rústico, con un banco de madera y una serie de clavos en la pared, para poner mi ropa de trabajo: el traje de Adán. Don Tejo me dejaba solo, como si en el exterior hubiese privacidad. Me desnudaba completamente y bajo los vaqueros traía mi tanga adaptado. Metía toda mi ropa de calle en mi casillero y colgaba la llave en uno en los ganchos de mi única prenda.

    Cuando salía, no había nadie. “¿Y el almacén dónde está?”, me preguntaba. Caminaba hasta una casilla con techo de uralita. La puerta no tenía candado. Dentro estaban las herramientas, una carretilla y unas cuantas macetas de plástico, esperando a ser plantadas. Me enganchaba a mi tangas una pala y una pequeña hacha de mano y salía con la carretilla. Como media hora después, agachado estaba preparando el terreno al lado de una de las calles internas. Sentía, de pronto, que alguien me tocaba el hombro.

    Tan concentrado estaba en mi labor que no veía que el director del club, en pelotas estaba a mi lado. Lo saludada. Don Basilio me preguntaba cómo había llegado. "En moto", respondía. Él se quedaba pasmado por mi obvia vulgaridad. Me justificaba alegando que nadie me había dado instrucciones sobre por dónde comenzar mi tarea. Me decía que estaba bien donde me encontraba, pero que ese no era el problema. Señalaba mi tanga con su índice: el problema era que no estaba desnudo y enseguida empezarían a llegar los socios. Tenía la intención de aclararle que sólo los que se metían en la piscina estaban desnudos, ya que todos los demás usaban calzado o gafas. Pero en su lugar, le hacía ver que no era un tanga normal, era una herramienta necesaria para hacer mi trabajo.

    —En algún lugar tengo que enganchar mis herramientas de trabajo, ¿no cree usted?

    Me quedaba mirándolo para ver si mi justificación merecía un chiste sexual al respecto. Pero quería hacerle entender que se fijase en los ganchos que le había adaptado. Al fin me decía:

    —El reglamento es claro para todos: debemos seguir la filosofía naturista como una norma principal de nuestra convivencia. Empero, voy a llevar su petición a la junta de socios. Así que hoy siga usted así.

    Y así seguía.

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  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado 31 de julio

    Ese miércoles no paraba ni un solo momento, casi ni para almorzar. Caminaba por todo el campo, podando, plantando, desmalezando, regando... Había sectores abandonados que no guardaban consonancia con el entorno. Algunos nudistas me miraban extrañados, pero yo no podía evitar que mi escasa prenda, en su estrechez provocativa, marcase genitales. Y más allá de la excusa de no querer desnudarme enteramente, era poco menos que imprescindible para acarrear los útiles necesarios para hacer mi trabajo.

    Al día siguiente, tampoco nadie comentaba nada sobre mi transformado tanga beige, lo más parecido a estar en bolas. Pero mi humor imaginaba… "¿qué reacción tendrían las mujeres a las que premiaría con un súbito streap tease, si en medio del trabajo decidía desnudarme por propia decisión?". Así que todo era cuestión de probar.

    Esa mañana iba por el parque arrastrando la carretilla cuando veía a una señora poniendo la mesa para el desayuno. Era una tía guapa y con buenas hechuras, y por suerte para mí que significaba que no me había camuflado entre el entorno, se me empalmaba el pene. Desviaba mi ruta y me acercaba a un árbol muy cercano a ella. Esperaba a que sintiese mi presencia y cuando me mirase me desposeería del tanga, y a la vez simularía revisar la resistencia de los ganchitos, mientras que de reojo miraba la reacción de aquella maciza naturista.

    Podrán creer que se turbaba; ella, que siempre estaba desnuda frente a cualquier extraño, se ponía roja y desviaba la mirada, en busca a su marido. ¿De qué podía acusarme? ¿De cumplir con la filosofía del naturismo que por él me daban el empleo? Mi lucimiento duraba poco, dos o tres segundos, y volvía a ponerme mi único uniforme de jardinero. La mujer se sentaba en su banco y me daba la espalda. Y hasta que no me iba de allí, no reanudaba sus quehaceres domésticos.

    Era esta mi única diversión en ese verano. Repetía la performance otras veces más, con igual resultado: las nudistas se ruborizaban al verme "de repente" completamente desnudo.

    Pensaba que mi actitud abyecta devolvía a esas mujeres (quizá su "filosofía" las convertía en frígidas) un poco del erotismo que su hábito de muros para adentro les había esquilmado.

    Pero en julio de ese verano, las jóvenes nudistas, hijas y nietas de los dueños del club, pedían al director Bermúdez, que al igual que allí se practicaba el nudismo, que también permitiese un poco de lesbianismo. Para lo cual organizaron una manifestación en el club, besándose en la boca y toqueteándose pechos y entrepiernas.

    Tanto apego le cogí a mi trabajo en el club “EnBolas” que solicité a don Basilio Bermúdez que me admitiera como socio, sin, por supuesto, dejar de trabajar de jardinero y que de mi sueldo me descontase la cuota mensual. A lo que luego de consultar con los propietarios, accedió

    Y eso quiere decir que me revuelco con chicas jóvenes e incluso con algunas señoras casadas siempre que tengo ganas de "eso". ¡Vaya, que mi pene está rifado! Pero con quien mejor se lo pasa mi pene es con la hija del recatado Bermúdez, que es una morenaza que sabe sacarle punta al lápiz con su serpentosa lengua.

    Y estas pijas, "niñas de papá", me adoran…



    A Chávez López
    Sevilla jul 2026

     :)

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