Parado al lado de la puerta de la cocina, con el sombrero de paja cogido con las manos, los bajos de los pantalones de pana metidos en los calcetines, y una camisa de pana de cuadros plagada de manchas y de arrugas, Curro, el capataz de aquella impresionante hacienda, esperaba.
Las mujeres del servicio doméstico murmuraban, cómplices, desprecios hacia el dueño de la hacienda, que, a pesar de ser pronunciados en susurros, Cuero los escuchaba.
Los diferentes olores en aquella enorme y lujosa cocina alborotaban el sistema digestivo de Curro, y los continuados e incontrolables rugidos de su tripa recrudecían los insultos de sus compañeras, que se afanaban entre platos, cubertería, ollas y fogones.
Curro cargaba el peso de su delgado cuerpo en cada pie, a la vez que mantenía baja la cabeza y fija la vista en el verde de la solería cerámica del suelo de la cocina, pensando. Sabrá Dios en qué, pero lo más probable era en su endeble economía.
A eso de las doce de la mañana, el señorito llegaba a la cocina con pasos decididos y seguros desde el interior del suntuoso caserón, precedido por el aroma del afamado y costoso perfume, "Esencia de Loewe" y, después de sentarse en un taburete de caoba, frente a una vitro-cerámica de doce placas, fríamente, despectivamente le hablaba a su capataz Curro, sin siquiera dar los buenos días, pero ni a él ni a ninguna de las mujeres del servicio.
-Curro, espero por tu bien que estén regados los maizales, los frutales, los algodones, las papas y los trigales.
Curro apenas si movía los ojos para mirar a su patrón:
-Todo está ya regado, don Álvaro.
Una taza de porcelana Cartuja-Sevilla, con el mejor café colombiano, una jarra con leche caliente, un azucarero con azúcar (todo a juego), varias tostadas de pan de pueblo, un envase de mantequilla margarina, cuatro tarritos de mermelada de varios sabores, y un zumo natural de naranja, de su propia cosecha, dispuestos frente al señorito estaban.
-Curro, lava con esmero los veinte potros jóvenes. Poda el césped de los tres jardines, y también friega con Zotal los suelos de las tres cuadras -y ajustándose el cinturón, miró hacia las mujeres:
-¡Qué una de vosotras avive el fuego de la chimenea! ¡Tú misma Pepa, que me estoy congelando vivo, joder!
Los dos interpelados superpusieron sus voces, casi al unísono:
-Sí, don álvaro.
Eduardo sentía el golpe del aroma del café como una bofetada, y rezaba para su interior, para que su estómago no le traicionase sonoramente.
-Curro, esta tarde traerán el nuevo Mercedes deportivo de la señora, que lo metan en un garaje aparte. Y ojo con que alguno de ustedes se vaya de la lengua, que es una sorpresa Un Regalo de aniversario.
Don Álvaro seguía dando órdenes, pero Curro no le escuchaba ya porque el hambre lo tenía trastornado y sus pensamientos volaban hasta su mísera casa; sabía que su esposa Josefa estaría con las manos en agua fría, lavando las costosas prendas de sus patrones, después de haber llevado a sus hijos a la escuela. Temprano había desayunado Curro con su esposa y sus hijos: un vaso de leche y un pedazo de pan, antes de salir de nuevo para seguir trabajando.
Como si hubiese leído los pensamientos de su capataz, la voz del señorito le llegaba en forma iracunda:
-¡Pero muévete ya, joder, que parece que te flaquea la fuerza, como si estuvieses muerto de hambre! ¡Y sabes que me cuestas mucho dinero! ¡Dieciséis años pagándote un buen sueldo!
Y resulta que Curro estaba levantado desde las cinco de la mañana sin desayunar porque le gustaba hacerlo con su esposa e hijos, y precisamente desde la cinco y diez hasta las nueve había estado enfrascado en esas labores en la hacienda
“Dieciséis años”, pensaba Curro. Parecía ayer que “el Toti” le contase lo de la boda de la señorita, ahora la señora. Su amigo, “Toti”, le había dejado ese trabajo como herencia, dos meses antes de morir.
-Os quiero a todos activos. Curro, tú te ocupas de las luces del jardín y las de la terraza. De las de la carpa se encargan los organizadores. Vendrán trescientos invitados. El menú será: gazpacho, filetes de ternera, pescados variados; eso como comida principal. Como entremeses: tres jamones ibéricos 5 bellotas de nueve kilos, diez cañas de lomo ibéricas de dos kilos. Como mariscos: Trescientas docenas de ostras, y también gambas, cigalas langostinos, percebes y centollos. Y de postre helados cremas, flanes y fruta del tiempo. Toda la comida será cocinada, suministrada y servida por el restaurante “El Burladero”, con veinte camareros uniformados del servicio a domicilio del mismo restaurante.
-Bueno, Curro, ya sabes, pon todo en funcionamiento. ¡Y sin fallos! -Ah, se me olvidaba. Ahí te dejé tu sueldo de este mes. Te aumenté 15 pesetas por… la verdad es que no sé por qué -se apresuró en añadir.
-¡Muchísimas gracias, don Álvaro!
Curro salió sonriendo de la cocina, a la vez que pensando...
Comentarios
Tanto ha dado este nota
que se quedó en pelotas
ACHL
El fútbol del ayer
era solamente él
ACHL
Total, pa lo que
te va a durar...
ACHL
Ni coches, ni bancos ni políticos;
o sea, lugar de paraíso empírico
ACHL
ACHL
No sabe cocinar, ni planchar
ni lavar... pero no la quiera echar
ACHL
¡Excelente tino
el de los chinos!
ACHL
Estos eran labios Rumasa
y después pasa lo que pasa
ACHL
Labios del Manquepierda
¡y el palangana a la mierda!
ACHL
Estos son labios verderones
¡y el palangana sin cojones!
ACHL
La familia numerosa
de la saga Bond famosa
ACHL
El ex president guaperas
come coco en la feria de Figueras
ACHL
Victoria Vera tiene un no sé qué,
y un qué sé yo, que yo que sé
ACHL
Esta yanki, en permanente escaparate,
cobra sumas de dinero de disparate
ACHL
Esta pija inglesita del carajo
dice que Madrid huele a ajo
ACHL
Parado al lado de la puerta de la cocina, con el sombrero de paja cogido con las manos, los bajos de los pantalones de pana metidos en los calcetines, y una camisa de pana de cuadros plagada de manchas y de arrugas, Curro, el capataz de aquella impresionante hacienda, esperaba.
Las mujeres del servicio doméstico murmuraban, cómplices, desprecios hacia el dueño de la hacienda, que, a pesar de ser pronunciados en susurros, Cuero los escuchaba.
Los diferentes olores en aquella enorme y lujosa cocina alborotaban el sistema digestivo de Curro, y los continuados e incontrolables rugidos de su tripa recrudecían los insultos de sus compañeras, que se afanaban entre platos, cubertería, ollas y fogones.
Curro cargaba el peso de su delgado cuerpo en cada pie, a la vez que mantenía baja la cabeza y fija la vista en el verde de la solería cerámica del suelo de la cocina, pensando. Sabrá Dios en qué, pero lo más probable era en su endeble economía.
A eso de las doce de la mañana, el señorito llegaba a la cocina con pasos decididos y seguros desde el interior del suntuoso caserón, precedido por el aroma del afamado y costoso perfume, "Esencia de Loewe" y, después de sentarse en un taburete de caoba, frente a una vitro-cerámica de doce placas, fríamente, despectivamente le hablaba a su capataz Curro, sin siquiera dar los buenos días, pero ni a él ni a ninguna de las mujeres del servicio.
-Curro, espero por tu bien que estén regados los maizales, los frutales, los algodones, las papas y los trigales.
Curro apenas si movía los ojos para mirar a su patrón:
-Todo está ya regado, don Álvaro.
Una taza de porcelana Cartuja-Sevilla, con el mejor café colombiano, una jarra con leche caliente, un azucarero con azúcar (todo a juego), varias tostadas de pan de pueblo, un envase de mantequilla margarina, cuatro tarritos de mermelada de varios sabores, y un zumo natural de naranja, de su propia cosecha, dispuestos frente al señorito estaban.
-Curro, lava con esmero los veinte potros jóvenes. Poda el césped de los tres jardines, y también friega con Zotal los suelos de las tres cuadras -y ajustándose el cinturón, miró hacia las mujeres:
-¡Qué una de vosotras avive el fuego de la chimenea! ¡Tú misma Pepa, que me estoy congelando vivo, joder!
Los dos interpelados superpusieron sus voces, casi al unísono:
-Sí, don álvaro.
Eduardo sentía el golpe del aroma del café como una bofetada, y rezaba para su interior, para que su estómago no le traicionase sonoramente.
-Curro, esta tarde traerán el nuevo Mercedes deportivo de la señora, que lo metan en un garaje aparte. Y ojo con que alguno de ustedes se vaya de la lengua, que es una sorpresa Un Regalo de aniversario.
Don Álvaro seguía dando órdenes, pero Curro no le escuchaba ya porque el hambre lo tenía trastornado y sus pensamientos volaban hasta su mísera casa; sabía que su esposa Josefa estaría con las manos en agua fría, lavando las costosas prendas de sus patrones, después de haber llevado a sus hijos a la escuela. Temprano había desayunado Curro con su esposa y sus hijos: un vaso de leche y un pedazo de pan, antes de salir de nuevo para seguir trabajando.
Como si hubiese leído los pensamientos de su capataz, la voz del señorito le llegaba en forma iracunda:
-¡Pero muévete ya, joder, que parece que te flaquea la fuerza, como si estuvieses muerto de hambre! ¡Y sabes que me cuestas mucho dinero! ¡Dieciséis años pagándote un buen sueldo!
Y resulta que Curro estaba levantado desde las cinco de la mañana sin desayunar porque le gustaba hacerlo con su esposa e hijos, y precisamente desde la cinco y diez hasta las nueve había estado enfrascado en esas labores en la hacienda
“Dieciséis años”, pensaba Curro. Parecía ayer que “el Toti” le contase lo de la boda de la señorita, ahora la señora. Su amigo, “Toti”, le había dejado ese trabajo como herencia, dos meses antes de morir.
-Os quiero a todos activos. Curro, tú te ocupas de las luces del jardín y las de la terraza. De las de la carpa se encargan los organizadores. Vendrán trescientos invitados. El menú será: gazpacho, filetes de ternera, pescados variados; eso como comida principal. Como entremeses: tres jamones ibéricos 5 bellotas de nueve kilos, diez cañas de lomo ibéricas de dos kilos. Como mariscos: Trescientas docenas de ostras, y también gambas, cigalas langostinos, percebes y centollos. Y de postre helados cremas, flanes y fruta del tiempo. Toda la comida será cocinada, suministrada y servida por el restaurante “El Burladero”, con veinte camareros uniformados del servicio a domicilio del mismo restaurante.
“¡Jo, cuánto comen trescientas personas”, pensaba Curro.
-Bueno, Curro, ya sabes, pon todo en funcionamiento. ¡Y sin fallos!
-Ah, se me olvidaba. Ahí te dejé tu sueldo de este mes. Te aumenté 15 pesetas por… la verdad es que no sé por qué -se apresuró en añadir.
-¡Muchísimas gracias, don Álvaro!
Curro salió sonriendo de la cocina, a la vez que pensando...
“¡Qué contenta se va a poner mi Josefa!”
A Chávez López
Sevilla abril 2026
cantando mi España querida
ACHL
El fugitivo se escapaba,
pero canutas las pasaba
ACHL
en la tumba de su pavo Sosa
ACHL
Ca uno es ca uno
ACHL
Grandes cómicos del ayer
me transportan a mi niñez
ACHL
Sangre por un tubo
ACHL
La sombrilla de moda en verano en Sevilla
ACHL
al servicio del mar
ACHL
La pureza
de la impureza
ACHL
Demasiada carga para Belén.
A lo trece años parió un bebé
ACHL
Crucero de placer,
sin riesgo, según se ve
ACHL
Maduro nos mataba de hambre y cochambre
ACHL
Me uno obligado a la marcha,
pero detrás de las muchachas
ACHL
¿Macho o hembra?
Pues sí, ahora resulta que no es “el” Covid, sino “la” Covid; es decir, o siempre ha sido femenino, o se nos ha vuelto mariquita.
En cualquier caso, macho o hembra, lo que es un hp, o una hp (con perdón).
Le ha cogido tanto gustito a permanecer entre nosotros que me da la impresión de que se va a quedar una larga temporadita dando por culo.
¿Es que no tiene familia? ¿Es que nadie lo/la echa en falta?
A Chávez López
Sevilla abril 2026