Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar.
Y que yo me la lleve al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido. Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos. En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos. El almidón de su enagua me sonaba en el oído, como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido, y un horizonte de perros ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras, los juncos y los espinos, bajo su mata de pelo hice un hoyo sobre el limo. Yo me quité la corbata. Ella se quitó el vestido. Yo el cinturón con revólver Ella sus cuatro corpiños. Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna relumbran con ese brillo. Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos. No quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido. Sucia de besos y arena, yo me la lleve del río. Con el aire se batían las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy. Como un gitano legítimo. La regalé un costurero grande de raso pajizo, y no quise enamorarme porque teniendo marido me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río.
Y los números del calendario caían con una celeridad alarmante. Me dolían los nervios de ansiedad, de impaciencia. Constantemente tenía la sensación de estar perdiéndome algo irrecuperable: horas de felicidad.
Una tarde estuve a punto aparecer por su casa, sin ninguna razón aparente, y obligarla a escucharme todo lo que tenía que decirle.
¿Y qué era lo que tenía que decirle que ella atendiese?
Pero un resto de cordura apareció, no sé de dónde y en mi estado de desasosiego, y me comunicó que esta medida heroica podría resultar contraproducente
Salí aquella noche sobre las diez de la casa de mi novia y empecé a caminar.
Desemboqué en la plaza del pueblo.
A esas horas, la gente estaría cenando. No encontré a nadie en el trayecto hacia mi calle. No había Luna. El negro río de la noche arrastraba un caudal pobrísimo de estrellas. De algunos soportales salía un halo de luz mugrienta.
La calle que conducía a mi casa estaba medio oscura. A lo lejos ardía su única bombilla. Seguía avanzando con pasos firmes.
Las calles que iba dejando atrás, parecían enviarme un efluvio de preocupación. Pero, en realidad, tenía más curiosidad que miedo.
En la puerta de mi casa aguardaban dos individuos, navaja en mano. Los reconocí enseguida: uno era el que pretendía reconquistar a mi novia, que antes era su novia, y el otro, hermano, suyo más joven.
Con diez cañones por banda, viento en popa, á toda vela, no corta el mar, sino vuela, mi velero bergantín: Bajel pirata que llaman, por su bravura, el Temido, en todo mar conocido, del uno al otro confin.
La luna en el mar riela, en la lona gime el viento, y alza en blando movimiento olas de plata y azul; y ve el capitán pirata, cantando alegre en la popa, Asia á un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul[1]:
«Navega, velero mío, sin temor, que ni enemigo navío ni tormenta, ni bonanza tu rumbo á torcer alcanza, ni á sujetar tu valor.
»Veinte presas hemos hecho a despecho del inglés, y han rendido sus pendones cien naciones a mis pies.»
»Que es mi barco mi tesoro, Que es mi Dios la libertad, Mi ley, la fuerza y el viento, Mi única patria, la mar.
»Allá muevan feroz guerra, ciegos reyes por un palmo más de tierra; que yo tengo aquí por mío cuanto abarca el mar bravío, a quien nadie impuso leyes.
»Y no hay playa, sea cualquiera, ni bandera de esplendor, que no sienta mi derecho y dé pecho a mi valor.»
Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar.
»A la voz de «¡barco viene!» es de ver como vira y se previene, a todo trapo a escapar; que yo soy el rey del mar, y mi furia es de temer.
»En las presas yo divido lo cogido por igual; sólo quiero por riqueza la belleza sin rival.
Que es mi barco mi tesoro, Que es mi dios la libertad, Mi ley, la fuerza y el viento, Mi única patria, la mar.
»¡Sentenciado estoy á muerte! Yo me rio; no me abandone la suerte, y al mismo que me condena, colgaré de alguna entena, quizá en su propio navío.
»Y si caigo, ¿qué es la vida? Por perdida ya la dí, cuando el yugo del esclavo, como un bravo, sacudí.
Que es mi barco mi tesoro, Que es mi dios la libertad, Mi ley, la fuerza y el viento, Mi única patria, la mar.
»Son mi música mejor aquilones, el estrépito y temblor de los cables sacudidos, del negro mar los bramidos y el rugir de mis cañones.
»Y del trueno al son violento, y del viento al rebramar, yo me duermo sosegado, arrullado por la mar.
Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar.
Por la garganta me sube un río de sangre fresco de la herida que atraviesa de parte a parte mi cuerpo. Tengo clavos en las manos y cuchillos en los dedos y en mi sien una corona hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone la piel ca vez que me acuerdo que soy un hombre casao y sin embargo, te quiero.
Entre tu casa y mi casa hay un muro de silencio, de ortigas y de chumberas, de cal, de arena, de viento, de madreselvas oscuras y de vidrios en acecho. Un muro para que nunca lo pueda saltar el pueblo que anda rondando la llave que guarda nuestro secreto. ¡Y yo sé bien que me quieres! ¡Y tú sabes que te quiero! Y lo sabemos los dos y nadie puede saberlo.
¡Ay, pena, penita, pena de nuestro amor en silencio! ¡Ay, qué alegría, alegría, quererte como te quiero!
Cuando por la noche a solas me quedo con tu recuerdo derribaría la pared que separa nuestro sueño, rompería con mis manos de tu cancela los hierros, con tal de verme a tu vera, tormento de mis tormentos, y te estaría besando hasta quitarte el aliento. Y luego, qué se me daba quedarme en tus brazos muerto.
¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía, luto, angustia, llanto, miedo, muerte, pena, sangre, vida, luna, rosa, sol y viento. Es morirse a cada paso y seguir viviendo luego con una espada de punta siempre pendiente del techo.
Salgo de mi casa al campo sólo con tu pensamiento, para acariciar a solas la tela de aquel pañuelo que se te cayó un domingo cuando venías del pueblo y que no te he dicho nunca, mi vida, que yo lo tengo. Y lo estrujo entre mis manos lo mismo que un limón nuevo, y miro tus iniciales y las repito en silencio para que ni el campo sepa lo que yo te estoy queriendo.
Ayer, en la Plaza Nueva, vida, no vuelvas a hacerlo te vi besar a mi niño, a mi niño el más pequeño, y cómo lo besarías ¡ay, Virgen de los Remedios! que fue la primera vez que a mí me distes un beso. Llegué corriendo a mi casa, alcé mi niño del suelo y sin que nadie me viera, como un ladrón en acecho, en su cara de amapola mordió mi boca tu beso.
¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase, aunque se hunda el firmamento, aunque tu nombre y el mío lo pisoteen por el suelo, y aunque la tierra se abra y aun cuando lo sepa el pueblo y ponga nuestra bandera de amor a los cuatro vientos, sígueme queriendo así, tormento de mis tormentos.
¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero!
Luisa era una mujer de 38 años, atractiva y hasta guapa. Tenía un cutis moreno y unos bellos ojos verdes, peligrosamente soñadores. Sus pómulos, que sobresalían más de lo normal, daban a la cara cierto hechizo salvaje. Vestía con esmero, y el “toque” disimulaba lo barato de la indumentaria.
Su esposo, de baja estatura, bruto y grosero, llevaba siempre su ropa sucia de manchas y cenizas, le apestaba el sudor y sus hombros raramente no estaban nevados; había en él algo de repulsivo, pero a su mujer, esas “nimias simplezas”, no parecían preocuparla.
Ella lo único que quería era codearse con gente importante con dinero a costa de lo que fuese, por encima incluso de su matrimonio.
Tal vez el Amor no sea para todos un sentimiento puro. Para mí sí.
Me resulta difícil llegar a la convicción de que los libros mientan venturas amorosas, que las confidencias entre amigos sean fraudulentas, y es por eso, que tengo que admitir que debo admitir que sí, que existe el disfrute de amar que jamás he conocido.
He llevado mi Amor en forma atormentada, cual cáustico cilicio de fuego y amargura. Y he amado con todo lo que hay en mí de sórdido y elevado, a ras de tierra y altamente, pero también he odiado de la misma forma; un círculo de Amor y odio como una soga de fuego pendiendo del cuello
Mi abuela la del pueblo, que nunca visitó la ciudad, era medio analfabeta. En un lugar (su retrógrado pueblo) donde lo cotidiano era un lujo, no había tenido tiempo en detenerse en algo que no quitaba el hambre.
Pero era una mujer inteligente y lista como lagartija, y, como me quería mucho, me dejó cinco legados antes de irse de este mundo.
Estos que siguen son los legados:
-Se aprende más escuchando que hablando. -El respeto y la educación abren más puertas que el dinero. -Una sonrisa te hace más atractivo ante los demás. -La actitud nos define: nos acerca o nos aleja de nuestros semejantes. -El Amor se siente, no se elige.
Comentarios
En la puerta del Congreso
visualizaron a este avieso
ACHL
En el jamón ibérico Jabugo
encontraré mi dieta, seguro
ACHL
¡Chiquilla, nadie contigo se ensaña,
siempre serás la Carmen de España!
ACHL
ANTONIO MACHADO
Caminante no hay camino
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
ACHL
MIGUEL HERNÁNDEZ
Nanas de la Cebolla
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
ACHL
La casada infiel
Y que yo me la lleve al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me
sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la lleve del río.
Con el aire se batían las
espadas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
ACHL
Y los números del calendario caían con una celeridad alarmante. Me dolían los nervios de ansiedad, de impaciencia. Constantemente tenía la sensación de estar perdiéndome algo irrecuperable: horas de felicidad.
Una tarde estuve a punto aparecer por su casa, sin ninguna razón aparente, y obligarla a escucharme todo lo que tenía que decirle.
¿Y qué era lo que tenía que decirle que ella atendiese?
Pero un resto de cordura apareció, no sé de dónde y en mi estado de desasosiego, y me comunicó que esta medida heroica podría resultar contraproducente
A Chávez López
Sevilla abril 2026
Cita con la muerte
Salí aquella noche sobre las diez de la casa de mi novia y empecé a caminar.
Desemboqué en la plaza del pueblo.
A esas horas, la gente estaría cenando. No encontré a nadie en el trayecto hacia mi calle. No había Luna. El negro río de la noche arrastraba un caudal pobrísimo de estrellas. De algunos soportales salía un halo de luz mugrienta.
La calle que conducía a mi casa estaba medio oscura. A lo lejos ardía su única bombilla. Seguía avanzando con pasos firmes.
Las calles que iba dejando atrás, parecían enviarme un efluvio de preocupación. Pero, en realidad, tenía más curiosidad que miedo.
En la puerta de mi casa aguardaban dos individuos, navaja en mano. Los reconocí enseguida: uno era el que pretendía reconquistar a mi novia, que antes era su novia, y el otro, hermano, suyo más joven.
Me armé de valor
A Chávez López
Sevilla abril 2026
Canción del pirata
Con diez cañones por banda,
viento en popa, á toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
mi velero bergantín:
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido,
del uno al otro confin.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia á un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul[1]:
«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo á torcer alcanza,
ni á sujetar tu valor.
»Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.»
»Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria, la mar.
»Allá muevan feroz guerra,
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
»Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.»
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
»A la voz de «¡barco viene!»
es de ver
como vira y se previene,
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
»En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria, la mar.
»¡Sentenciado estoy á muerte!
Yo me rio;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.
»Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la dí,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi dios la libertad,
Mi ley, la fuerza y el viento,
Mi única patria, la mar.
»Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
»Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por la mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
ACHL
Pena y alegría del amor
Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo.
Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en mi sien una corona
hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone
la piel ca vez que me acuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo, te quiero.
Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.
¡Ay, pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría,
quererte como te quiero!
Cuando por la noche a solas
me quedo con tu recuerdo
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,
rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu vera,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento.
Y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía,
luto, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del techo.
Salgo de mi casa al campo
sólo con tu pensamiento,
para acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.
Y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.
Ayer, en la Plaza Nueva,
vida, no vuelvas a hacerlo
te vi besar a mi niño,
a mi niño el más pequeño,
y cómo lo besarías
¡ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que a mí me distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo,
y aunque la tierra se abra
y aun cuando lo sepa el pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
ACHL
Luisa era una mujer de 38 años, atractiva y hasta guapa. Tenía un cutis moreno y unos bellos ojos verdes, peligrosamente soñadores. Sus pómulos, que sobresalían más de lo normal, daban a la cara cierto hechizo salvaje. Vestía con esmero, y el “toque” disimulaba lo barato de la indumentaria.
Su esposo, de baja estatura, bruto y grosero, llevaba siempre su ropa sucia de manchas y cenizas, le apestaba el sudor y sus hombros raramente no estaban nevados; había en él algo de repulsivo, pero a su mujer, esas “nimias simplezas”, no parecían preocuparla.
Ella lo único que quería era codearse con gente importante con dinero a costa de lo que fuese, por encima incluso de su matrimonio.
Dispuesta a todo estaba la traviesa Luisita
A Chávez López
Sevilla abril 2026
Tal vez el Amor no sea para todos un sentimiento puro. Para mí sí.
Me resulta difícil llegar a la convicción de que los libros mientan venturas amorosas, que las confidencias entre amigos sean fraudulentas, y es por eso, que tengo que admitir que debo admitir que sí, que existe el disfrute de amar que jamás he conocido.
He llevado mi Amor en forma atormentada, cual cáustico cilicio de fuego y amargura. Y he amado con todo lo que hay en mí de sórdido y elevado, a ras de tierra y altamente, pero también he odiado de la misma forma; un círculo de Amor y odio como una soga de fuego pendiendo del cuello
A Chávez López
Sevilla abril 2026
No le digo mi edad a nadie desde
hace 97 años 7 meses y 20 días
ACHL
Una lengua becaria pintó
la parte íntima de Clinton
ACHL
Mi abuela me dejó un tesoro
Mi abuela la del pueblo, que nunca visitó la ciudad, era medio analfabeta. En un lugar (su retrógrado pueblo) donde lo cotidiano era un lujo, no había tenido tiempo en detenerse en algo que no quitaba el hambre.
Pero era una mujer inteligente y lista como lagartija, y, como me quería mucho, me dejó cinco legados antes de irse de este mundo.
Estos que siguen son los legados:
-Se aprende más escuchando que hablando.
-El respeto y la educación abren más puertas que el dinero.
-Una sonrisa te hace más atractivo ante los demás.
-La actitud nos define: nos acerca o nos aleja de nuestros semejantes.
-El Amor se siente, no se elige.
A Chávez López
Sevilla abril 2026
La bulimia hace estragos en Virginia
ACHL
Ni pa perro vale Maduro
ACHL
En la peli "La terminal",
Tom Hanks actúa genial
ACHL