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La Asafétida

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado diciembre 2025 en Narrativa

La Asafétida

"No existe la tranquilidad para los veterinarios rurales", pensaba mientras conducía.

Eran las seis de la tarde de un domingo de invierno, y en la carretera iba sólo yo, yendo a Cerro Hierro para tratar de curar a un perro. Según me había dicho mi hijo, que era quien había recogido el mensaje del "urgente aviso”, el perro llevaba enfermo toda la semana.

Mientras salía de mi casa, con los últimos rayos de Sol, las calles estaban desiertas, y las casas colindantes a la mía presentaban ese aspecto confortable que evoca imágenes de sillón, de cachimba, de chimeneas encendidas. Miraba las luces titilando, y podía imaginarme a toda la gente de mi pueblo dormitando con las piernas extendidas.

Mi coche no se cruzaba con ningún otro vehículo, y la carretera se iba haciendo cada vez más negra. Nadie circulaba por aquel lugar, excepto un servidor, un veterinario rural.

Llegaba a la parte de la estación de la Renfe de Cerro Hierro y veía ante mí una fila de casas nuevas, con la fachada en piedra de un color amarronado. Me bajaba del coche y de pronto me sentía atrapado en una depresiva conmiseración: "Emilia, casa 3, 2ª fila, paralela a la vía del ferrocarril; la única casa sin chimenea". Había escrito mi hijo en una hoja del bloc que teníamos junto del teléfono sobre la mesita.

Mientras abría la cancela y cruzaba el jardín, llevaba la cabeza ocupada en lo que iba a decir. No tenía que ser grosero, intentaría explicar mi postura de que a los veterinarios también nos agrada descansar los domingos y que, aunque no nos importaba viajar para atender una urgencia, cuestionábamos una visita un domingo a un perro que había permanecido enfermo toda la semana. Era fácil de entender que podían haber avisado el lunes o el martes.

Tenía ya preparado mi improvisado discurso, cuando abría la puerta una mujer de estatura mediana y de unos cincuenta años. Parecía preocupada.

—Buenas noches. Soy el veterinario. Emilia, supongo –saludaba con los labios apretados.
—¡Oh, usted! -sonreía-. No hemos sido presentados, pero suelo verlo en San Nicolas con su pequeño hijo. ¡Pero no se quede ahí! ¡Pase, pase, por favor!

La puerta tenía acceso directo a un saloncito, poco iluminado. De una ojeada veía el mobiliario, un poco anticuado, y una cortina que aislaba la parte del fondo. Emilia se hacía a un lado. En una cama de matrimonio de un dormitorio próximo yacía un hombre esquelético, con los ojos hundidos.

—Es mi esposo, Emilio –se apresuraba a decirme Emilia. El hombre, serio, levantaba una mano huesuda-. Y aquí está su paciente, nuestro querido Frankfurt –señalaba un perro dachshund que estaba echado a un lado de la cama donde estaba su esposo.

—¿Frankfurt?

Sí, Frankfurt, porque pensamos que era el nombre más apropiado para un "perro salchicha alemán" –sonreía de nuevo. Pero su marido seguía serio y  sin hablar.

—Cierto, un nombre apropiado –respondía.

Por un momento recordaba lo acertada que era con los nombres para perros y gatos una de las monjas del asilo de San Nicolás para animales domésticos.

El perro me miraba, como dándome la bienvenida. Me agachaba para acariciar su piel reluciente.

—Parece sano. ¿Qué le ocurre?
—Toda la semana ha caminado de una forma extraña, como si tuviese problemas en las patas –respondía-. En realidad, no nos preocupaba. Pero esta tarde se ha desplomado y no podía levantarse. Y esto sí que nos preocupó.
­—Me he dado cuenta de eso mientras lo acariciaba –pasé la mano por debajo de su vientre y lo empujé levemente, hasta lograr ponerlo en pie-: ¡Frankfurt, muéstrame cómo caminas, venga, que vienes de una raza de valientes!

Tal vez animado por mis palabras de aliento, el perro se levantó y dio pasos vacilantes, pero la parte trasera se iba inclinando y  volvía a echarse. Y eso llamaba mi atención.

—Es el lomo, ¿verdad? –preguntaba Emilia-. Porque las patas delanteras parecen fuertes.
—Eso es también mi problema -terciaba su marido, con aspereza en la voz, hablando por primera vez. Su esposa le cogía la mano y la acariciaba, reteniéndola entre las suyas.
—La debilidad está en la parte trasera –respondí y puse al perro sobre mis rodillas, para tocarle las vértebras lumbares, en busca de algún punto de dolor.
—¿Lo habrán golpeado? Aunque no lo dejamos salir solo, pero a veces se escabulle por la puerta del jardín y…
—Cabe la posibilidad de que sea una lesión fortuita –la interrumpí-, pero lo más probable es que todo radique en los discos.
—¿Discos? –la mujer adoptaba una expresión de confusión.
— Los discos son cojines de cartílago de un tejido fibroso que están entre las vértebras. En perros de un cuerpo tan largo, como Frankfurt, a veces se dislocan del conducto raquídeo y ejercen presión sobre la médula.
—¿Qué posibilidades tiene de cura? –se volvía a oír la voz áspera, desde la cama.

Esa era la pregunta clave con esta clase de síndromes. El pronóstico podría ser cualquiera: desde una completa recuperación, hasta una parálisis.

—No es fácil responder a su pregunta. No puedo darles un diagnóstico erróneo. Por de pronto, le pondré una inyección, tomará unas pastillas, y esperemos a ver cómo responde.

Le inyecté en vena un analgésico con antibiótico. Conté unas pastillas de Salicilato y las metí en un pequeño tubo de plástico, que solía llevar en mi maletín, y se lo entregué a Emilia. Este era el único tratamiento para estos casos que había entonces.

—Gracias. Y ahora, señor veterinario, pasando una cosa más agradable –sonreía Emilia-. Nos gustaría invitarle a una cerveza. Mi marido suele tomar una todas las tardes sobre esta hora. ¿Le apetece a usted acompañarlo? Nos sentiríamos muy halagados por disfrutar un poco más de su compañía.
—Muy amable, Emilia, pero no quisiera molestar.
—No, no es molestia. A mi esposo le es grata su presencia, y yo estoy encantada de verlo de nuevo.

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Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Llevó a la mesa dos latas de cerveza negra. Puso unas almohadas detrás de la espalda de su esposo, y se sentó en el borde de la cama, después de poner una de las latas en la mano de su esposo.

    —Somos asturianos, de Gijón, y… –empezaba a explicar, de pronto, Emilia.
    —Ya había notado un acento distinto al de aquí –la interrumpí.
    —...nos vinimos a Cerro Hierro hace un mes, después del accidente de mi marido –completaba lo que había empezado.
    —¿Qué le ocurrió? –miraba a Emilio, preguntándole.
    —Yo era minero –habló por tercera vez-, y un mañana se nos cayó encima una bóveda, a mí me rompió la espalda, me aplastó el hígado y me causó heridas internas, pero tres compañeros murieron, de modo que tengo la suerte de estar vivo –bebió un sorbo de cerveza-. Pero los médicos me han dicho que nunca más volveré a caminar.
    —Lo siento –moví la cabeza.
    —No diga eso. Cuando veo las bendiciones que la providencia me ha regalado, tengo que estar agradecido; no tengo molestias, y le puedo asegurar que esta mujer es la mejor esposa del mundo.
    —¡Quién te oiga! –Emilia se sonrojaba-. Pero estamos felices por habernos venido a vivir a este maravilloso lugar. Tiempo atrás, pasábamos las vacaciones en Andalucía, y era sano alejarse de los humos y de las chimeneas. El balcón de nuestro dormitorio de nuestra antigua casa daba a un muro, pero esta casa tiene ventanas, y una de ellas frente a nuestra cama. Sin esfuerzo, podemos ver más allá de cien metros.
    —Toda Andalucía es preciosa. San Nicolás, del cual depende Cerro Hierro, y al igual que éste pueblo, se halla sobre una colina. Aquí hay mucho Sol y corre una brisa agradable. Desde cualquiera de esas ventanas pueden verse los verdes, que se extienden hasta el río. ¡Sí, señores asturianos, han sabido escoger un buen lugar para vivir! –y salía a escena mi vena terrera.
    —Y traer a Frankfurt ha sido una buena idea –decía, de pronto, Emilio, quien añadía-: me sentía solo cuando mi esposa salía a la compra, pero este perro hacía que todo fuera diferente. No está uno nunca solo cuando tiene un perro.
    —Tiene usted razón –respondí y le pregunté a su vez-: ¿qué edad tiene Frankfurt?
    —Cuatro años. La mejor edad, ¿no, viejo? -dejaba caer la mano sobre un lado de la cama, en busca de su perro.
    —Parece que su sitio favorito es a su lado.
    —Así es. Pero es curioso. Mi esposa le pone de comer, lo lleva de paseo, lo asea… pero siempre vuelve a mi lado. Sólo tengo que mirarlo y le falta tiempo para venirse conmigo.
    —Eso es normal en personas discapacitadas. Sus mascotas están cerca de ellas, como queriendo ofrecerles ayuda.

    Terminé de beber mi cerveza y me puse en pie.

    —Esta mía me va a durar un poco más -alzaba su lata, casi llena.

    —Acostumbraba a beber algunas cervezas cuando salía con los compañeros después del trabajo. Pero ahora… Aunque disfruto de esta única cerveza, junto con mi mujer y Frankfurt, y hoy con usted. Es curioso cómo cambian las cosas…

    Emilia se inclinó sobre él, fingiendo una regañina.

    —¡Tuviste que cambiar tus costumbres, ¿no?! –sonrió. Y pude ver que era la primera vez que Emilio sonrió.

    Me fui hacia la puerta de salida a la calle.

    —Gracias por la cerveza. Volveré el martes para ver cómo sigue Frankfurt. Espero que para entonces esté mejor. Buenas noches. Hasta pasado mañana. AufwiedersehenFrankfurt –sonreí.

    Mientras iba saliendo, me despedí de nuevo de Emilio levantando la mano. Pero Emilia me cogió del brazo y me dijo:

    —Nos sentíamos mal por haberle avisado un domingo, pero usted ha podido ver que teníamos un motivo para ello. Gracias y buenas noches, señor veterinario.
    —No se preocupe por eso. Es mi trabajo. Además, siempre quiero lo mejor para los animales domésticos.

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  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Mientras conducía de regreso en la oscuridad de la noche, pensaba que en realidad la visita no me había causado molestia. Mi irritación se esfumaba cuando entré a aquella casa. Lo que me quedaba era un sentimiento de humildad. Si Emilio tenía que dar gracias a la vida, ¿cuál debía ser mi postura? Lo que más quería en ese momento era quitar de mi mente el presentimiento sobre el perro. Había indicio de fatalidad en los síntomas de Frankfurt, pero tenía que curarlo. Predisponía mi ánimo para ello.

    Si embargo, el martes siguiente había empeorado.

    —Será mejor que me lo lleve al consultorio para hacerle unas radiografías –le dije a Emilia. Y añadí-: no veo mejoría. Y estos casos se deben tratar con celeridad. No podemos perder más tiempo.

    En el coche, acomodé a Frankfurt en el hueco del asiento delantero derecho. Lo iba mirando durante todo el trayecto y veía que sus patas traseras no se movían, que estaban quietas. "Demasiado quietas", penaba.

    No era necesario emplear anestesia para hacer un estudio radiográfico en nuestra recién adquirida máquina de rayos. Ya en mi poder las radiografías, detecté un estrechamiento entre las vértebras que confirmaba mis sospechas de protrusión. Ahora, estas deficiencias se corrigen con esteroides o cirugía, pero en entonces sólo quedaba seguir con el tratamiento, rezar y esperar.

    Ese fin de semana, mi esperanza se iba diluyendo. Le había administrado salicilato, pero el perro no podía levantarse. Le oprimía los dedos de las patas traseras y de pronto era compensado con un leve movimiento reflejo. Pero revoloteaba en mi cabeza que la parálisis en la parte posterior no estaba lejana.

    El sábado siguiente me encontré con la luctuosa realidad de la confirmación de mi diagnóstico. Cuando entré a la casa, el perro se acercó a recibirme, caminando con las patas delanteras y arrastrando las traseras. Veía negro el panorama.

    —Buenos días, señor veterinario –Emilia me recibió con una sonrisa apagada. Señaló el perro, estirado cuan largo sobre el suelo del salón-. ¿Cómo lo ve usted hoy? –añadió preguntándome.

    Me incliné y le toqué las patas, en busca de reflejos. Nada. Me encogí de hombros, era incapaz de dar una respuesta. De pronto, tropecé con la mirada demacrada de Emilio.

    —Buenos días, Emilio –Emilio simuló tranquilidad, pero llevó la mirada hacia la ventana, ignorándome, como si yo no estuviese. Durante unos momentos, me sentía incómodo.
    —¿Está enfadado conmigo? -susurré a su esposa.
    —No, con usted no. Es por esto -sostenía un periódico en la mano-. Se siente angustiado por esto desagradable -miré la hoja que señalaba, la cual mostraba una ilustración de un perro dachshund, como Frankfurt, paralizado. Tenía la parte trasera del cuerpo sobre una pequeña plataforma con ruedas. Paseaba con su dueño y parecía normal, excepto por la plataforma.

    Al oír Emilio un sonido de papel, no podía ser otra cosa que el periódico. Se volvía hacia nosotros, con una rapidez impropia para el estado en que se encontraba, y me preguntaba:

    —¿Qué piensa usted de eso, señor veterinario? ¿No es una barbaridad?
    —No me gustan las apariencias, y supongo que su dueño pensaría que era lo único que podía hacerse.
    —Quizá… -casi no le salía la voz-. Pero no quiero que mi perro acabe como yo, o como ese otro perro –dejaba caer la mano en busca de su mascota. Pero Frankfurt aún seguía echado sobre el suelo del salón-. Ya no hay nada que hacer, ¿verdad?
    —Les dije que la esperanza era poca, y añadí que estos casos no son fáciles de resolver. Lo siento.
    —No le estoy culpando. Sabemos que usted hace todo lo que puede, y también sabemos que vela por los animales, ¿pero qué podemos hacer por Frankfurt? ¿Ponerlo "a dormir"?
    —Olvide eso tan horrible. He visto casos iguales, y a veces "estas parálisis desaparecen por sí solas", pasado algún tiempo. Tienen que seguir con el tratamiento, porque no creo que el caso de Frankfurt sea un caso desesperado.

    Durante el trayecto de regreso, seguía dándole vueltas a ese asunto. La esperanza de curación que les había dicho era lejana. A veces ocurría "una recuperación espontánea", pero los trastornos de Frankfurt continuaban avanzando.

    sigue y termina en página siguiente-


  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    No obstante, seguí visitándolo con asiduidad. Incluso una vez llevé un par de latas de cerveza negra, que tomé con Emilio. Tanto él como su esposa conservaban una esperanza, pero el perro no mostraba mejoría. En una de aquellas visitas, al entrar en la casa olí algo desagradable. Había algo de familiar para mí en ese olor. Podría ser… Agudicé el olfato, a la vez que me di cuenta de que el matrimonio se miraba, como compinchado. Hablaba el marido, a la vez que retorcía la sábana entre los dedos, como un niño esperando un regañina.

    —Es una sustancia que estamos administrándole. Apesta, pero se supone que es buena. Oliverio, un antiguo compañero de mi trabajo, ha venido a visitarnos y nos la ha traído. También él tiene un perro y además sabe de las enfermedades que contraen los perros. Emilia, por favor–miró a su esposa y le hizo una indicación con la mano.

    Con timidez, Emilia se iba hacia la cocina y regresaba portando un bote sin etiqueta, que me entregaba. Lo destapaba, y el fuerte olor aclaraba mi memoria en el acto: ¡Asafétida! Un mejunje casero, un remedio de los charlatanes de antes de la guerra. Aún se podía comprar en algunas farmacias. Sabía que su popularidad se fundamentaba en la suposición de que algo que olía mal tenía propiedades mágicas. También sabía que semejante compuesto casero no iba a cambiar las cosas. Taponé el bote mostrando un evidente enfado.

    -—¡¿Le están administrando esto?!

    Se sentían como niños atrapados.

    —Dos veces al día –respondía Emilio-. No le gusta, pero Oliverio dice que ha curado a otros perros con idéntico problema que el nuestro -su mirada era de súplica.
    —Adelante entonces. Y ojalá surta efecto.

    La Asafétida no le iba a hacer más daño del que ya tenía el perro, y, en vista que mi tratamiento no había servido de mucho, no estaba en situación de reprobarla.

    —En realidad, no tengo nada que objetar -concluí.

    Emilia sonrió, y yo vi un comienzo de relajación en la expresión de su marido, que me dijo:

    —Gracias por no molestarse, señor veterinario –me miró-: puedo administrársela yo. Es una cosa que puedo hacer. No se puede imaginar con cuánta fe lo hago.

    Una semana después volvía a visitar a Frankfurt .

    —¿Cómo se encuentra hoy? –pregunté, repartiendo la mirada entre Emilio y Emilia, y también Frankfurt
    —Bien -siempre respondían eso. Pero esta vez, Emilio tenía una expresión de júbilo. Bajaba la mano, y el perro se subía a la cama. Me decía-: mire usted –pellizcaba en una de las patas traseras y se producía una contracción, leve pero innegable.

    En mi acelerado deseo por probar en la otra pata, casi caigo en la cama de Emilio. El resultado era el mismo: una contracción, leve pero innegable.

    -—¡Está recuperando los reflejos! –exclamé.
    —Parece que la Asafétida está funcionando -dijo Emilio.

    Brotaba de mi interior una cascada de emociones, sobre todo de vergüenza profesional y orgullo herido. Pero era momentáneo. Prevalecía en mí la felicidad al ver cómo se estaba produciendo una recuperación en el perro.

    —Su entrega para su mascota ha sido fundamental. Lo veo mejor.
    —Entonces… ¿se va a curar?.
    —Sería prematuro afirmar eso, pero parece que sí.

    Pasaron algunas semanas antes de que se recuperase del todo. Era un caso obvio de "recuperación espontánea", que no tenía nada que ver con la Asafétida, ni con los esfuerzo del matrimonio, ni con los míos. Vis medicatrix Naturae (El poder curativo de la Naturaleza) tenía la culpa. Una vez más…

    Mi última visita a aquella casa era a la misma hora de la primera: las seis y cuarto de la tarde. Cuando me invitaron a pasar, el perro salchicha venía a saludarme, pero enseguida volvía a su lugar favorito: junto a la cama de su dueño. Parecía que Frankfurt  también tenía fe en la Asafétida.

    —¡Esta es una escena apoteósica para todos! –decía, con énfasis-. ¡Su Frankfurt ya puede correr como un galgo!
    —Si señor –Emilio tocaba a su perro-. Nos ha tenido muy preocupados –y lo acariciaba.
    —Me alegro de verlo feliz. Es maravilloso cómo ha terminado todo. Bueno, me voy ya.
    —No corra tanto, señor veterinario -me detenía Emilia-. Antes de irse tómese una cerveza con mi marido.
    —¡Creo que es lo obligado en estos casos! –enfatizaba Emilio.

    Deseché la silla que me brindó y me senté en un borde de la cama. Bebimos y charlamos satisfechos. Nuestras caras irradiaban amistad. Y Emilia nos miraba, contenta.

    Pero estaban confundidos. Mi parte en la recuperación de Frankfurt no había sido tenida en cuenta como útil. Frente a los ojos de sus amos, mi esfuerzo debía parecerles torpes e ineficaces. Estaban convencidos de que Frankfurt habría muerto, de no ser por "el gran remedio” que les había traído su paisano Oliverio, que era quien había puesto las cosas en su sitio. Me levantaba del borde de la cama y me disponía a salir de la casa.

    Pero justo en el momento en que iba saliendo, entraba Oliverio. Me lo presentaron y ampliamos la velada con una cerveza más cada uno. Emilio empezaba a hablar de la Asafétida. Entre la alegría y la ignorancia trataba de enfrentarme con Oliverio, y hasta daba a entender "que se tuviese en cuenta la Asafétida en casos futuros". No quise dar mi opinión sobre eso. Sólo les dije que me alegraba de la recuperación del perro. Y aunque mi orgullo quedó herido, no lo exteriorizaba. Lo más importante era haber sido testigo directo de un final feliz, en lugar de una tragedia. Y esto era lo que importaba.

    En ningún momento traté de hacer ver a Emilio y a Emilia, y después a su amigo y paisano Oliverio, que la total recuperación de Frankfurt era debida al "Poder Curativo de la Naturaleza", aún por descifrar, y no a la Asafétida. Pero tampoco era necesario que hiciese semejante aclaración, porque a el perro salchicha alemán lo habían salvado el Amor, la dedicación y la fe que se habían impuesto sus dueños y protectores. Y así, lógicamente, se tarda más en morir.



    A Chávez López
    Sevilla dic 2025

     :)

  • buenísimo señor veterinario.

    me emocionó.

    feliz año.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado 1 de enero
    buenísimo señor veterinario.

    me emocionó.

    feliz año.

    Gracias por leerme, Juan Manuel.

    Es obligado para mí decir que para este relato me ha ayudado una de mis hijas, que es veterinaria, sobre todo en las nomenclaturas técnicas, pero el título, los personajes y los diálogos son íntegramente míos.

    Feliz año también para ti y para los tuyos

    Saludos

     :) 

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