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Madrugada siniestra

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

Madrugada siniestra

La ciudad de Sevilla dormía bajo un cielo estrellado.

Eran las 2:23 hora AM cuando el rugido de un motor rompió la quietud. Un Citroën CX, se deslizaba a toda velocidad por el asfalto mojado. Dentro, los cristales empañados ocultaban el rostro de su conductor, un hombre de unos cuarenta años, con la camisa manchada de cerveza y los ojos entrecerrados, apagados. Se llamaba Jorge. Había estado bebiendo desde las diez de la noche. Primero en el bar de su barrio, y después en la casa de un amigo. No recordaba exactamente cuándo se subió al coche, pero sabía que no debía hacerlo.

Sin embargo, la lógica es la primera víctima del alcohol.

Con una mano tambaleante en el volante y la otra sosteniendo una botella medio vacía, Jorge apenas distinguía las luces rojas y verdes que colgaban en lo alto de las calles desiertas. El semáforo de entrada al Paseo de las Delicias marcaba rojo desde hacía varios segundos. Pero él no frenó. Ni siquiera lo vio.

Al otro lado del Paseo, caminaban Carmen y Manolo. Volvían de una fiesta. Eran pareja desde hacía tres años. Carmen llevaba los zapatos de tacón en las manos. Manolo la abrazaba por los hombros mientras hablaban de algo, quizá sobre lo bien que lo había pasado en la fiesta. A sólo unos metros del semáforo, se detuvieron. Vieron que estaba en verde y cruzaron sin dudar y sin pensar que un coche podía venir a alta velocidad.

No lo vieron venir. Ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar

El impacto fue brutal. El cuerpo de Manolo voló por los aires, cayó pesadamente sobre el capó y después fue despedido contra el asfalto. Carmen apenas giró la cabeza antes de que el golpe la lanzara contra un poste de la electricidad. El sonido de los cuerpos al chocar se mezcló con el estruendo metálico de la parachoques delantero doblándose.

El coche dio un tambaleo, chocó contra una farola, pero no se detuvo.

Jorge no miró por el retrovisor. Su mente, nublada, no alcanzó a procesar lo ocurrido. O tal vez sí, pero no quiso enfrentarlo. Sólo pisó más fuerte el acelerador. El motor rugió como una bestia herida. El coche desapareció entre las sombras, dejando atrás un silencio roto y el goteo lento de sangre en la vereda.

Un vecino, despierto por insomnio, vio el accidente desde su terraza del primer piso de un edificio cercano. Marcó el teléfono de la policía con dedos temblorosas.

Minutos después, las luces azules iluminaron la escena. Una ambulancia llegó poco después, pero ya era tarde. Carmen murió en el acto. Manolo aún respiraba,, pero falleció camino del hospital. Tenía 25 años. Ella, 23.

Mientras tanto, Jorge llegó a su casa, estacionó el coche en el garaje y se encerró en el cuarto de baño. Vomitó. Se miró al espejo. Tenía sangre en la ropa, aunque en ese momento no sabía si era real o producto del alcohol. Entró en su dormitorio, se tiró en la cama y durmió. No soñó. Sólo cayó en un pozo oscuro.

A la mañana siguiente, la noticia recorrió parte de la ciudad: “Conductor se da a la fuga tras atropellar y matar a dos jóvenes en la madrugada.” La policía halló restos del paragolpes en la escena y una cámara de seguridad captó la silueta del Citroën.

Empezó la búsqueda.

Jorge despertó al mediodía con resaca. Cuando encendió la televisión, vio la imagen borrosa de su coche. No decía su nombre, pero lo sabía. Sintió un frío seco en el estómago. Se levantó y se fue al garaje. La parte delantera del coche tenía restos de pintura roja (el color del vestido de Carmen), el parachoques delantero destrozado y unas grietas en el parabrisas. Volvió a entrar. Cerró todas las ventanas. Apagó el teléfono móvil. Durante todo ese día no salió a la calle.

Pero la culpa no respeta puertas cerradas.

En la noche siguiente, Jorge soñó con la macabra escena. Manolo extendía el brazo hacia él, ensangrentado. Carmen lo miraba, con ojos vacíos. Despertó gritando.

Al segundo día, la policía llegó a su casa. Lo delató una denuncia anónima, tal vez del vecino del insomnio. Lo encontraron en bata, sin afeitar, temblando.

—Sabemos que fue usted, Jorge -le dijo el oficial mientras lo esposaba.

No opuso resistencia. Sólo bajó la cabeza.

En el juicio, las pruebas fueron contundentes. Testimonios, videos, análisis de sangre, testigo desde una terraza. Había intentado negar su estado de ebriedad al principio, pero después confesó. Entre lágrimas. Dijo que no quería matarlos, que no los vio. Que sólo quería llegar a casa. Que tenía miedo. Que no supo qué hacer.

Pero la ley no perdona la cobardía.

Fue condenado a veinte años de prisión por homicidio, con el agravante de no prestar auxilio. No pidió disculpas a los familiares en la audiencia. No porque no quisiera, sino porque no se atrevió a mirarlos a los ojos.

Los padres de Carmen se abrazaron al oír la sentencia. Los de Manolo no dijeron palabra y se marcharon en silencio.

Hoy, la entrada al Paseo de las Delicias tiene un mural con dos rostros sonrientes, flores siempre frescas y una frase pintada en letras azules:

"No murieron de muerte natural, fueron atropellados."

Cada aniversario, alguien deja una vela encendida.

Y Jorge, en su celda inhóspita y oscura, escribe cartas que nunca envía. En ellas les pide perdón a los difuntos y a los padres de ellos. No espera redención. Sólo quiere que el recuerdo de aquella madrugada lo abandone alguna vez.

Pero no lo abandonará.


A Chávez López
Sevilla jun 2025

 :( 

Comentarios

  • editado junio 2025
    Trágico suceso a semejanza de tantos otros que ocasionan tantas víctimas inocentes.
    ¡Muy bien desarrollado!
    Shalom javer
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado junio 2025
    betobrom dijo:
    Trágico suceso a semejanza de tantos otros que ocasionan tantas víctimas inocentes.
    ¡Muy bien desarrollado!
    Shalom javer

    Un sobrino mío, Manolo, y su novia Carmen, eran esos fallecidos. De esto hace treinta años o poco más. El padre de mi sobrino, Manuel, hermano mío, desde entonces vive con un puñal sangrante, y también los padres de Carmen, gente trabajadora y honesta.

    ¿Quién me iba a decir a mí entonces que a mi hijo mayor, Antonio, familiarmente "Meme", moriría también de accidente el 11 de septiembre del 2019?  Y en ambos casos "asesinados" por conductores borrachos, con el agravante en mi hijo que el hijo de puta conductor, además de borracho de whisky, también iba drogado con cocaína. Es decir, que también yo tengo ese puñal hasta la tumba.

    ¡La vida!

      :(

     
  • Que desgracia, cuanto lamento saber de la autenticidad de los siniestros accidentes.
    No ayuda, por supuesto, pero aprecio tu valor para compartir los hechos.
    Abrazón javer
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    betobrom dijo:
    Que desgracia, cuanto lamento saber de la autenticidad de los siniestros accidentes.
    No ayuda, por supuesto, pero aprecio tu valor para compartir los hechos.
    Abrazón javer

    Generalmente, todo lo que escribo está basado en hechos reales, o en cosas que veo o escucho en la calle, a las cuales le meto por lo bajini mi sui géneris.

    Gracias, Beto

     :)
     
  • Una narración estremecedora :'( , muy bien construida, que golpea con fuerza desde lo cotidiano. Me ha dejado con un nudo en la garganta. Más allá del impacto, me parece un relato necesario: nos recuerda que las decisiones impulsivas, como conducir ebrio, pueden arruinar vidas en segundos. La ambientación, el ritmo y la carga emocional están muy logrados. Felicidades por este trabajo tan potente.


  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado junio 2025

    Una narración estremecedora :'( , muy bien construida, que golpea con fuerza desde lo cotidiano. Me ha dejado con un nudo en la garganta. Más allá del impacto, me parece un relato necesario: nos recuerda que las decisiones impulsivas, como conducir ebrio, pueden arruinar vidas en segundos. La ambientación, el ritmo y la carga emocional están muy logrados. Felicidades por este trabajo tan potente.



    Gracias por leerme, amandamz19. Muy amable de tu parte.

    Fíjate que ese relato es real, escrito a mi sui géneris, por supuesto. Pero los nombre Manolo y Carmen corresponden a extintos familiares míos. El tal Jorge es inventado; que, por cierto, salió de la cárcel con libertad condicional habiendo cumplido sólo 16 años de condena.

    Un saludo afectuoso

     :) 

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Lo repasé y creo que queda mejor así...

    Madrugada otoñal siniestra

    La ciudad de Sevilla dormía bajo un cielo poco estrellado.

    Eran un sábado otoñal a las 02:23 horas AM cuando el rugido de un motor de auto rompió la quietud de una de las partes de la ciudad. Un Citroën CX, color blanco, se deslizaba a alta velocidad por el asfalto, mojado por una tenue lluvia. Dentro, los cristales empañados ocultaban el rostro de su conductor: un hombre de unos treinta años, con chaqueta y camisa manchadas de restos de bebidas alcohólicas y los ojos entrecerrados. Se llamaba Jorge. Había estado bebiendo whisky y cerveza desde las 22,00 horas. Primero en uno de los bares de su barrio, y continuó haciéndolo en un club nocturno. No recordaba cuándo se subió a su coche, pero seguramente sabía que no debía hacerlo.

    Sin embargo, la lógica es la primera víctima del alcohol.

    Con una de sus manos tambaleante en el volante y la otra sosteniendo una botella de whisky semi vacía, Jorge apenas distinguía las luces rojas y verdes que colgaban en lo alto de calles desiertas. El semáforo de la entrada al Paseo de las Delicias marcaba rojo desde hacía tres o cuatro segundos. Pero él no frenó el coche. Es que ni siquiera lo vio.

    Al otro lado de ese amplio y simbólico Paseo de la ciudad de Sevilla, caminaban Carmen y Manolo, que  regresaban de una fiesta. Eran novios desde hacía un años¡. Carmen llevaba sus zapatos de tacones altos en las manos, y las medias empapadas. Manolo la abrazaba por los hombros mientras hablaban de algo, quizá de lo bien que lo había pasado en la fiesta entre amigos. A sólo unos metros del semáforo, se detuvieron, miraron el semáforo, vieron que estaba en verde y cruzaron sin dudar y sin pensar que un coche podía venir a mucha velocidad.

    Ninguno e los dos vieron venir el coche. Ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar

    El impacto fue brutal. El cuerpo de Manolo voló por los aires, cayó pesadamente sobre el capó del Citroën y luego fue despedido violentamente contra el asfalto. Carmen apenas giró la cabeza antes de que el golpe la lanzara contra un poste de la electricidad. El sonido de los cuerpos al chocar se mezcló con el estruendo metálico del parachoques delantero doblándose.

    El coche dio un prolongado tambaleo, chocó de refilón contra un añoso árbol, pero no se detuvo.

    Jorge no miró por el retrovisor. Su mente, nublada, no pudo procesar lo ocurrido. O tal vez sí, pero no quiso enfrentarlo. Sólo pisó más el acelerador. El motor del auto rugió cual bestia herida de muerte, desapareció entre sombras dejando atrás un silencio roto y un goteo lento de sangre en la vereda.

    Un señor de mediana edad, despierto por un insomnio crónico, vio en primer plano el accidente desde su terraza del primer piso de un edificio cercano. Nervioso, se fue hacia el salón y marcó el teléfono de la policía con dedos temblorosos.

    Como unos cinco minutos después, luces azules iluminaron la escena. Una ambulancia llegó casi de inmediato, pero ya era tarde. Carmen murió en el acto. Manolo aún respiraba, pero falleció camino del hospital. Tenía 24 años, y ella 23.

    Mientras, tanto Jorge llegó a su bloque, estacionó el coche en su espacio privado del garaje comunitario y luego se encerró en el cuarto de baño de su piso. Vomitó reiteradas veces. Se miró en el espejo. Tenía sangre salpicada en la chaqueta y la camisa, pero en ese momento no sabía si era real o producto del alcohol. Pasó a su dormitorio, se tiró sin mirar en la cama y pronto se quedó dormido. No soñó, sólo cayó en un pozo lúgubre y oscuro.

    A la mañana siguiente, el suceso recorrió ese barrio de la ciudad y otros colindantes: “Conductor se da a la fuga tras atropellar y matar a dos jóvenes en la pasada madrugada”. La policía encontró restos del parachoques en el lugar del suceso, y una cámara de seguridad captó la silueta del coche blanco.

    Y empezó la búsqueda.

    Jorge despertó al mediodía del día siguiente con una terrible resaca. Cuando encendió la televisión, vio la imagen borrosa de su coche. No decía el nombre del conductor, pero él lo sabía de sobra. Sintió un fuerte frío seco en el estómago. Se levantó y se fue al garaje. La parte delantera de su Citroën tenía salpicones de pintura beige (el color de la gabardina de Carmen), el parachoques delantero prácticamente destrozado, y grietas en el parabrisas. Volvió a entrar en su vivienda. Cerró todas las ventanas. Apagó el teléfono móvil. Durante todo ese día no salió a la calle.

    Pero la culpa no respeta puertas cerradas.

    Esa noche, Jorge tuvo una pesadilla: Manolo extendía el brazo ensangrentado hacia él. Carmen lo miraba con ojos llenos de ira. Despertó gritando como un loco.

    Al segundo día del horrible suceso, dos policías aparecieron por su domicilio. Lo delató una denuncia anónima, quizá del vecino del insomnio. Lo encontraron en batín, con cara demacrada, sin afeitar y temblando.

    —Sabemos que fue su coche y que usted lo conducía -le decía uno de los policías mientras lo esposaba.

    Jorge, ante tan contundente afirmación, no opuso resistencia. Sólo bajó la cabeza.

    El juicio se celebró a los dos día. Las pruebas eran contundentes: testimonios, videos, análisis de sangre, testigo directo desde una terraza. Jorge había intentado negar su estado de embriaguez al principio, pero luego confesó. Entre lágrimas dijo que no quería matarlos, que no los vio, que sólo quería llegar pronto a su casa, que tenía miedo, que no supo qué hacer…

    Pero la ley es implacable y no perdona las cobardías.

    Fue condenado a veintidós años de cárcel por un doble homicidio, con el agravante de no prestar auxilio, de fugarse. No pidió disculpas a los familiares en el juzgado, y no lo hizo porque no quisiera, sino porque no se atrevió a mirarlos a los ojos.

    Los padres de Carmen se abrazaron al escuchar la sentencia. Los de Manolo, no dijeron palabra y se fueron en silencio.

    Hoy, en la entrada del Paseo de las Delicias hay un mural con dos rostros jóvenes sonrientes, flores siempre frescas y una frase pintada en letras mayúsculas y verdes esperanza:

    "No murieron de muerte natural, los mató un conductor ebrio."

    Cada aniversario, alguien deja una vela encendida, y otros flores.

    Y Jorge, en su celda inhóspita y oscura, escribe cartas que nunca envía. En ellas pide perdón a los difuntos y a los padres de ellos. No espera redención. Sólo quiere que el recuerdo de aquella  funesta madrugada lo abandone algún día.

    Pero no, no lo abandonará. Será la recriminatoria voz de su conciencia la que terminará con él.


    A Chávez López
    Sevilla jun 2025

     :(
     
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