Desde tiempo
inmemorial, a la Prostitución la han visto como una lacra de la humanidad, más
que nada porque decían que conjugaba incultura, oportunismo,
utilización ajena, necesidad y apetito sexual.
Sin embargo eso anterior, yo voy a ser más práctico y la defino palmariamente
como el camino más corto (y penosos también) para conseguir un bienestar individual.
Hay disímiles formas de prostituirse. La más propagada, la que más
escándalos provoca en la sociedad (eso se suele decir) es la sexual, y precisamente por
eso es la manera de prostitución más morbosa.
Es cierto que quienes ejercen la prostitución (tanto hombres como mujeres)
llevan en sus adentros la ingenua y a la vez estúpida satisfacción de mostrar a
los demás sus talentos y sus atributos físicos.
Mi opinión es que cada cual puede hacer con su cuerpo lo que le venga en ganas, sin
importarle el "temido Damocles" de la reprobación ajena.
Los humanos no sólo vivimos de mito en mito, sino que, sin querer, nos alimentamos de los mitos.
El masaje erótico se realiza buscando
una estimulación corporal, en un sentido más sensual y/o sexual, buscando el
alivio de un malestar, físico o psíquico. Y también brinda la oportunidad de gozar de momentos excitantes, placenteros, experimentando nuevas
sensaciones a través de las zonas erógenas. Y dicha estimulación provoca el
éxtasis.
Una
mujer madura es un símbolo de respeto y confianza.
Con el paso de los años, se van dando cuenta las mujeres de
que los conceptos y las prioridades cambian. La madurez les lega con el paso del
tiempo y con las experiencias adquiridas en la vida.
Una mujer madura es una persona que ha vivido lo
suficiente como para saber qué es lo que quiere, además de que tiene el don de la
seguridad en sí misma.
No tiene dudas de quién es, ha vivido y ha
aprendido hasta el extremo de saber qué la llena de felicidad y qué la hace
llorar o enfadar. Sabe bien cuál es su esencia y no tiene miedo a disfrutarla,
e incluso hasta compartirla.
Nunca teme al rechazo, sabe que se siente bien
siendo como es. No importa si está en una relación. Al tener esa madurez,
adquiere esa confianza necesaria para conseguir su amor propio, y ello permite
que el rechazo sea algo que sólo afecta a otras mujeres que no tienen
autoestima.
La mujer madura no se preocupa por la
autoestima, ya ha adquirido su amor propio para el difícil caminar por la vida.
A veces la mujer madura prefiere estar sola, en su propia
compañía, algo bueno cuando está cómoda en su propia piel y no duda quién es ni
tiene miedo a nada.
La madurez hace que al conocerse a sí misma,
olvide los miedos y entre en un proceso de aceptación personal, en el que
valora sobremanera el estar consigo.
La mujer madura dedica el tiempo necesario para valorar lo que más le agrada. Estando en su propia compañía, aprende que todas
las personas necesitan tiempo y espacio para desarrollar sus habilidades y su
talento.
Una mujer madura dedica tiempo a todo aquello
que la hace feliz, que cree le hace falta para mantenerse ocupada, y/o la ayuda
a liberar estrés.
Afronta los problemas de una manera calmada. Ha
vivido lo suficiente como para decidir de qué modo afrontar las cosas. La
experiencia de la vida le sonríe por poder afrontar situaciones difíciles. No
está pendiente de opiniones externas. Lo que digan los demás, no le importa. La
madurez trae una consciencia individual y no colectiva.
La mujer madura sabe lo que le gusta porque ha desarrollado sus
gustos, deseos. Sabe qué le gusta y qué no, y busca llegar a adquirir lo que
quiere, alejándose de todo aquello que le quite energía para poder lograrlo. La
madurez le enseña a distinguir entre lo que es relevante y lo que no es
importante.
Puede dar consejos. Con su experiencia,
habla de lo ya vivido. Puede analizar las cosas de una forma diferente. Su
capacidad racional y analítica se expanden, y por eso puede ser fuente de
consejos para otras mujeres que no han vivido tanto o que todavía no han alcanzado su
nivel de capacidad intelectual y emocional. De la misma manera, no hace drama
por nada y entiende que cada cosa tiene su lugar y su propósito.
Ha tenido su trayectoria profesional, ha
terminado sus estudios y conoce, como experta que es, su área de trabajo y
cómo ser buena en lo que sea que haga.
La madurez también le trae anexo un sentido de
responsabilidad, el cual se refleja en los compromisos con los demás y en la
fuerza laboral.
La mujer madura recibe preguntas y opiniones de
otras mujeres, porque la madurez es sinónimo de sabiduría, y así es percibida
por las otras. Y le solicitan consejos para ellas poder y saber
tomar sus propias decisiones de todas las clase, porque, obvio, todavía no han
llegado a donde ella se encuentra.
En mis siguientes
criterios trato de matizar una de las más frecuentes realidades de
la verdad empírica acerca de una relación sentimental.
Una unión amorosa, ejemplar en todos los aspectos (matrimonio,
pareja, sin cuestionar si es de diferente o del mismo sexo), capaz de soportarse mutuamente y cobijada sólo en el amor, hasta
llegar a celebrar las bodas de plata, de oro e incluso de platino, podría
seguir eternamente su idílica historia. Pero, por alguna razón oculta, el
cerebro no está preparado para sobrellevar la omnipresencia de la misma
persona todo el tiempo porque no se soportarían, porque ya no
habría nada que decirse, porque entrarían a escena las
discusiones, y cada una de la partes buscaría su propia la liberación.
Es justo que cada uno reclame su derecho a quedarse solo, a poder
echarse de menos, a derramar unas lágrimas, pero sin llegar a la cotidianeidad
de ver la misma cara de la otra parte. Y menos sumidos en un
encierro, condenados de por vida a encontrarse en cada rincón de la casa. Ya no
se hacen preguntas, no se cuestionan nada de sus vidas.
A partir de los 65 en adelante, el
cerebro navega más despacio, a impulsos primarios, reteniendo algunos recelos acumulados,
que más pronto que tarde salen a escena con redundancias imprevisibles. A Chávez López Sevilla jun 2008
Acababa de empezar el
día, pero yo llevaba ya más de una hora tumbado en la arena de la playa, mirando cómo el Sol era un ardiente globo, y las ondas del calor que
irradiaban la tierra eran casi visibles.
Al sentir la agradable
caricia del Astro Rey me quedé convencido de que, el precipitarse sobre la Tierra
era como si el huevo de la Creación hubiese sido lanzado, esperando que el
cascaron se rompiese y así pudiese dar paso al comienzo de la vida.
En aquella playa paradisiaca estaba yo completamente desnudo, recibiendo mi cuerpo
los rayos del Sol, y sólo rompiendo el placer del silencio unos balanceos de
las aguas al batirse con las arenas.
Al tratar de encontrar
la continuación de mis sueños, y ante esta sensación de placer, mi mente
se inició a dar vueltas en el pasaje de la odisea. Circe, dijo a Ulises: "primero
te saldrán al paso las sirenas, esas encantadoras sirenas que fascinan a los
hombres que se acercan a sus costas. ¡Infeliz el imprudente que se detenga a
escuchar sus cantos!".
Pero más allá de mi sueño de pecado, se extendía la realidad del mar, cuya agua
se hacía cada vez más azul, y todo parecía tranquilo, salvo un suave oleaje. Y
mis ojos observaron aquel lugar solitario, para luego mis sentidos regresar a
la oscuridad que me ofrecían los sueños, que eran los de una isla solitaria, donde una joven indígena, de poca estatura y de color caoba y más clara que sus
otras compañeras paseaba por la playa. Mirada por delante, parecía estar desnuda,
pero su sexo estaba cubierto por un pequeño triángulo de tela, mostrando,
sin recato, sus torneadas nalgas y sus perfectos pechos.
Era tentador arrinconar los miedos a los cantes de las sirenas en aquella isla
desierta, y estarán de acuerdo en que a través de mis sueños me sentía
tentado a abandonar este cínico mundo, y a través de mi morboso sueño lanzarme
al espacio cósmico, pasando a un desconocido, pero cálido mundo del placer.
Y no, no era la primera vez que el placer de los sueños llamaba a mi puerta, pero
sí era la primera vez que creía lógico sustituir algunas normas de una sociedad
fingida, por las normas de la Naturaleza. Lo que ocurre ahora es que las
relaciones sexuales están, en su conjunto, estrechamente ligadas a la necesidad
biológica de trasmitir la vida socialmente mediatizada por la obligación
capital de asegurar la reproducción.
Pero pienso que la liberación del morbo a través de los sueños corrobora que la Madre Naturaleza está por encima de las represiones a las que nos someten y que
conlleva que la Madre Naturaleza no entiende de credos y no puede evitar que fantasmas sexuales se conviertan en una auténtica revolución contra la
sociedad represiva en la que vivimos.
El interrogante de lo
prohibido iba me robando los sueños, pero poco después tuve la respuesta
merecida al pensar de nuevo en mis maravillosos fantasmas sexuales; en ellos
volvía a ver aquella playa y aquellas muchachas, que seguían tan esbeltas
como antes.
Al ver sus vaivenes, que tan pronto se inclinaban como se incorporaban,
reconozco que, maliciosamente y en forma deliberada, sólo esperaba que se les
partiesen aquellas cintas que sujetaban los triángulos de tela.
Imagino que ustedes estarán ansiosos por saber lo que me aguardaba a través de mis sueños. Pero debo decirles que cuando no se tienen canas, es una cosa, pero cuando aparecen las primeras, es distinto, y tengo que aclarar que ya no soy joven. Ahora, deben tener en cuenta que hasta cierta edad la Madre Naturaleza sigue siendo bondadosa.
Bueno, seguiré contándoles al detalle mis sueños.
Fueron varias veces que pasaban las muchachas junto a mí, hasta que la que me cautivaba, a primera vista, no tardaba en sentarse a mi lado.
- Le invito a un sitio más fresco -me dijo.
El camino se dirigía hacia el monte. Ella saltaba ágilmente y yo la seguía hasta llegar a una alta elevación. Veía una verde y jugosa hondonada, cuya gruesa alfombra de yerba estaba rodeada por altos tallos de platanales, y sus anchas hojas formaban un umbroso dosel. La muchacha se sentó en la yerba cruzando las piernas y quedando en la mini tela, tentadoramente descubierto su sexo, lo que hacía preguntarme si ella era consciente de sus dotes de seducción.
Exánime por un deseo contenido, me cubría los ojos al sentir la erección que aquello me producía.
- ¿Puedo preguntarte cuándo tuviste amor por primera vez con macho? - ¿Amor corporal? - Bueno, si así lo quieres llamar... - Bueno, diré que por el simple placer de la aventura. - Eres fantástica. Nunca había escuchado nada semejante.
Me gustaban sus respuestas y seguía la conversación hasta que surgían las palabras que facilitaban su sentimiento que, sin el menor signo de turbación, me permitiría ir con ella donde otro no iría. Así que acepté con el mayor placer acompañarla.
- ¿Adónde me llevas? Supongo que no será lejos. - ¿Aún tienes miedo de mí? - No, pero temo que mis sueños puedan desvanecerse. - Vamos de nuevo a la playa.
El agua de la cerrada laguna, que habíamos dejado atrás, era tranquila y llana, pero nos fuimos hacia un islote solitario donde el mar se extendía, sin horizonte ni fin.
Se dejó caer sobre la arena y extendió su cuerpo bronceado, para quedarse tendido con la cabeza apoyada en sus manos cruzadas. Y yo me senté a su lado. Una suave brisa se metía entre mi bañador, ventilando mis partes aumentadas.
- ¿Has traído aquí a alguna de tus conquistas? - Algunas, pero siempre en sueño. Vamos a bañarnos y así veré que tú no eres un sueño. - ¿Bañarnos? - Claro. El agua está estupenda, te sentirás mucho mejor y te ayudará a bajar la fiebre de las tentaciones. - ¿Te gustaría que me bañase desnuda? -me dijo, sonriendo pícaramente. - Bueno... Estamos solos y prometo no mirarte.
Bajé alegremente hasta la orilla del mar, a la vez que pensaba que ella iba a zambullirse de cabeza en el agua, pero se detuvo, se llevó las manos a su sexo y vi cómo se quitaba el triángulo de tela.
"Qué hermosa es la Madre Naturaleza", pensé al verla tirar la prenda por encima de sus hombros y permanecer erguida ante el mar, cual hermosa estatua. Y acto seguido, entró en el agua.
Poco después se hundió permaneciendo cierto tiempo así. Inquieto por su tardanza me sumergí en las verdes honduras. Y pude verla entre las brillantes formaciones del fondo del mar, donde todo era como un extraño planeta, con unos movimientos retardados. Se alejó, nadando hacia la playa y, sin ponerse el triángulo, se extendió en la arena.
- ¿Estás cansada? -le pregunté. - No, voy a disfrutar del gozo que me ha proporcionado el mar.
Mentía por no confesar que su gozo era causado por no poder olvidar que alguien del sexo masculino la esperaba al lado de ella.
Al contemplarla tendida sobre la arena, debo reconocer que el agua no había aliviado mi calentura, y al abrir ella los ojos me vio arrodillado a su lado, omitiendo que me hallaba completamente desnudo. Sí, desnudo y dispuesto al amor. Había llegado el momento deseado. Lo peor era la tribulación continuada que había precedido a esta tan esperada oportunidad.
Mientras miraba su perfecta imagen, me preguntaba por qué no la besaba en la boca, y así calmaría con besos el dolor que me estaban originando sus empinados pezones. No tardé yo en entrar en acción, y ella comprendió que no podía aguantar su situación un segundo más, pues todos los órganos de su bella anatomía estaban a punto de estallar, y que si yo no cesaba en mis besos, chillaría o haría una locura.
Hay quien piensa que en una relación sexual, la ausencia de ternura disminuye el placer. Pero esto sólo es cierto a partir de determinada edad, cuando la agitación de la pubertad ha pasado y se ha establecido un equilibrio de las emociones sexuales.
Resulta penoso escuchar hablar de la repugnancia nacida de un mundo que prohíbe esta necesidad de amar, o aviva el insaciable deseo de contactos extraconyugales; pero diría: "¡qué feliz azar es el amor!".
A veces pienso que no existe otra realidad inmediata, otra humanidad tangible que las caricias de una carne femenina, la suavidad de su piel o la tibieza de un beso. Creo que nada más, pero ese "nada" se abre sobre una totalidad que ni una vida eterna en el cielo podría compensar.
Si, reconozco que es superior a mis fuerzas, y el deseo es cada vez más exigente. Sé que se trata de un simple sueño. Pero el dialogo no es más que una idea que todos tenemos en común y a cuya realización sólo llegaremos a través del sueño.
"Sé que me amas, porque tú no amas a nadie que no sean tus propios deseos. Y yo soy como tú, así que ámame".
Aquella tarde de abril hacía mucho calor en Sevilla.
La vi en una esquina preguntándole algo a un niño, cuyo se encogió de hombros.
Me acerqué a ellos, y Ella me preguntó:
—Disculpa, ¿puedes decirme dónde queda la parroquia de San Gil? -mostrana una cara una cara
bondadosa y una voz virginal.
—Claro, ven conmigo, me cae de paso.
Estuvimos conversando durante el trayecto. Era preciosa: melena negra al viento
y rasgos femeninos. Una imagen tan bella como Cielo lleno de estrellas.
Hicimos buenas migas. Imaginándose Ella que no volveríamos a vernos, sus
palabras eran conciliadoras; todas se centraban en que nos amásemos
los unos a los otros. Pero, llegó la despedida, nos dimos los típicos besos en
mejillas. De regreso a mi casa, pensé en Ella.
Pero el jueves por la noche de esa semana volví a verla de nuevo. Tenía prisa.
Le pedí su número de móvil y le dije que la llamaría. ¡Y claro que la llamé! Y
quedamos el viernes a las tres de la tarde. Se veía un poco cansada. MACARENA se
llamaba.
En nuestra conversación telefónica insistía en palabras conciliadoras, que
apartásemos el odio y el rencor de nuestras vidas y que imperase el Amor entre
todos los humanos, que yo lo difundiese. Quedamos como buenos amigos.
Pero esa misma tarde desapareció, cambió de móvil y ya
no supe de Ella, hasta que la vi otra vez este año a las diez del jueves de la
Semana Santa. Iba por la calle Resolana en dirección a la parroquia de San Gil.
Nos miramos y sonreímos. La expresión se su cara me resulta imposible de
olvidar
Aquella tarde de abril
hacía mucho calor en Sevilla. La vi en una esquina preguntándole algo a un niño, cuyo
se encogió de hombros. Me acerqué hasta ellos, y Ella me preguntó:
—Disculpa, ¿puedes decirme dónde queda la calle Pureza? -mostró una cara bondadosa y una voz
virginal.
—Claro, ven conmigo, me
cae de paso.
Estuvimos conversando
durante el trayecto. Era preciosa: melena negra al viento y rasgos femeninos.
Una imagen tan bella como Cielo lleno de estrellas. Hicimos buenas migas.
Suponiéndose ella que no volveríamos a vernos, sus palabras eran conciliadoras;
todas se centraban en que nos amásemos los unos a los otros. Pero, llegó la
despedida, nos dimos los típicos besos en mejillas. De regreso a mi casa, pensé en Ella.
Pero el jueves de esa
semana volví a verla. Tenía prisa. Le pedí su número de móvil y le dije que la
iba a llamar. ¡Y claro que la llame! Y quedamos caída la tarde de ese viernes. Estaba un poco cansada. TRIANA se llamaba.
Y en nuestra conversación
telefónica de nuevo insistía en palabras conciliadoras; que apartásemos el odio y
el rencor de nuestras vidas y que reinase el Amor entre todos los seres
humanos, que yo lo difundiese.
Quedamos como buenos
amigos. Esa misma tarde desapareció, cambió de móvil y ya no supe de ella,
hasta que la vi este año a las doce de la noche, coincidiendo con el jueves de
Semana Santa. Iba por el Puente de Triana hacia El Altozano. La reconocí
enseguida. Su cara jamás se me olvidó.
Recorría lenta y estruendosamente
el pasillo. Se hacía notar con sus patas firmes sobre el parqué, arañando con
sus uñas la textura de las paredes empapeladas, seduciendo con los movimientos
de su cola y su esbelto pelaje blanco. Cuando ya había atravesado más de la
mitad, aparecía su dueña en el otro extremo del pasillo.
Temió una regañina y
se metió por la puerta que tenía más a mano, que era la puerta del dormitorio
de su dueña. Ya en él, travesuras nuevas. Su dueña abrió un poco la
puerta de su dormitorio y apagó las luces, coincidiendo con el ruido que hacía el
felino al intentar esconderse, subiéndose de un salto gatuno al armario y
lanzándose como de trampolín,
sobre la cama, deshilachándose buena parte del flamante edredón, recién
comprado, por las garras abiertas que se deslizaron sobre él.
Al
oír su dueña un extraño ruido, abrió de nuevo la puerta de su dormitorio, y entonces desplumado
vio su edredón. Se quitó una zapatilla y se fue en busca de la causante del
desastre; pero sorprendentemente, o no tanto, la gata Luna había desaparecido
ya, sin dejar rastro.
Aun
su avanzada edad, once años (más de media vida de un gato), mantenía una
agilidad fuera de serie, por lo que no era de extrañar por su propietaria que, de tejado
en tejado, arribase a la azotea de la casa vecina, máxime sabiendo que era una gata conquistadora y ardiente, siempre dispuesta a buscar y a hallar macho. De hecho, ni su dueña sabía, o no lo recordaba ya, cuántas
preñeces había contraído, con partos de hijos, regalados y repartidos por
doquier, e incluso nietos. ¡Es que a su paciente dueña le era imposible criar a
tanto gato!
A la
permanente enamorada Luna le chifla sobremanera tumbarse al Sol y dar volteretas hasta
quedarse dormida. Por las mañanas pide el desayuno, que consiste siempre en el
mismo tipo de pienso, y por las noches, ¡increíble!, siempre a la misma hora,
cena un sobre de carne. Su preferido es "Felix".
Cuando
baja del cuarto de arriba, junto a la azotea, hasta la vivienda propiamente
dicha, le atrae afilarse las uñas en las alfombras y los sillones,
por lo que su dueña tiene que cerrar la puerta del salón, y es entonces, como dándose cuenta de que su dueña se ha percatado de su maniobra, cuando se tumba
encima del radiador de la calefacción del pasillo, como para despistar...
Luna
intuye si su ama se encuentra mal, y además lo nota desde lejos; la mira fijamente, se va hacia ella y pasa su lomo sobre las piernas de su protectora,
a la vez que ronronea. Es por todo ello que su ama le tiene cariño, con
lo que esto de coger una zapatilla para golpearla por haber cometido alguna
travesura, nunca se consuma.
Ese
mismo cariño hacia Luna, es también compartido por los hijos de la dueña de la
casa: es decir, la dueña absoluta de este peculiar felino y, de alguna forma su
eterna compañera. Es por esto, que en esa casa se desmitifica el mito de que
los dueños o las dueñas de gatos son ariscos. Y menos en de Luna, a decir de algunos
amigos y vecinos. Corroborado este hecho por un amigo de la señora, más bien
señorita, ya que también ella forma parte del gran listado de divorciados.
En
definitiva, la gata Luna es la alegría de una huerta en la que impera el Amor,
aun sus permanentes travesuras, incluso sus actos amorales, pues saben en esa
vivienda que ha tenido hijos mediante relaciones incestuosas con sus hijos o
sus nietos.
Pero.a pesar de esa supuesta amoralidad, es necesario saber que el mundo irracional es lo
opuesto al mundo racional, por lo que los incestos se pueden considerar normales
en los animales irracionales.
¡Qué
más quisiéramos los humanos tener ese instinto natural de fidelidad, que es
innato en los animales domésticos!
¿Cuánto poder de persuasión poseen los animales
domésticos que terminan por domar a gente xenófoba de ellos?
¿Por qué todavía
hay personas que no saben o no quieren ver el cariño, la fidelidad, la compañía
y la ayuda que estos animales proporcionan?
¿Cuándo se extinguirá, de una vez
para siempre, esa detestable desaprensión contra los animales de compañía?
Y para llegar hasta donde estoy, no hay
caminos para personas como tú. Me desvié por dos cruces, y por otros pasé varias
veces, despistando al destino. En algunos, caminé en círculo; en otros, di media
vuelta a mitad del trayecto.
Me alegra saber que por aquí hay infinidad de
muestras de auténtica amistad, que esta primorosa población se explaya en ella. Se palpa paz por todos los lados. Las señales de tráfico se tornan por personas
solidarias. Por estos pagos, sólo el buen rollo es el único idioma.
He atravesado puertas que antes fueron abiertas. Otras, las he tenido que abrir
yo; unas más fáciles que otras, pero todas con una cerradura sencilla. Si se atascan,
busco en los alrededores, que seguro hallaré a alguien que las arregla. En
ninguna existe carencia de Amor, y en todas ellas la humildad la llevan como escudo.
Los tramos que recorrí, campo a través, sin seguir rutas ni marcas, son
entrañables, pero si tú hallas algo en ese nuevo mundo que te has pintado y que
piensas que es más apropiado para mí que este paraíso, avísame; o mejor no, no
quiero volver a mi ciudad nunca más, pero sólo por no verte.
He estado
transitando en mis nostalgias, haciéndome habitual en dos de ellas. La gente de
aquí ni siquiera sabe cómo se escribe la palabra malicia.
Lo que me queda por
descubrir, me han dicho que es cupido, pero no tengo ánimos ni predisposición
para ello ahora. Tal vez, algún día con una buena hembra que practique la comprensión, me lo podría plantear. Mientras, voy a seguir contemporizando.
El ambiente por aquí es cálido y muy tranquilo. Logré un trabajo, y en
mis horas libres, tranquilamente puedo pasear, leer, escribir, pensar… Observo,
atónito pero maravillado, que aquí todo el mundo es feliz, casi con nada.
Sabes que no me las apañé tan mal del todo en mis tiempos contigo, quizás por
suerte. Sé que a veces la he cagado, pero siempre o casi siempre he salido bien
parado, aunque a veces a costa de mi propia salud. De algunos errores me he
ido ya deshaciendo, más pronto que tarde, y otros siguen todavía pendientes de
resolver. Pero el más importante me lo corregido demasiado tarde: tú.
Tomo nota de que, en cada curva, en cada cruce, en cada puerto que dé
paso a un nuevo Amor, debo pararme y girar la cabeza. La visión es diferente cuando
se mira hacia atrás. Conocer la trayectoria de las dos partes, me ayuda a
hallar el camino de mi felicidad. Por desconocimiento, no lo hice y para cuando
fui consciente, mi casa quedaba ya lejos. Y entonces pensé: “total, para qué, sólo iba a ser capaz de volver al lugar donde te conocí”. Convencido
estoy de que ha sido un acierto mi decisión, cuya pesa más que todos mis
aciertos juntos.
Eso último me sirve de tonta excusa
para justificarme de por qué no quiero volver. Pero la realidad es que se me
olvidó el camino de vuelta y ya no tengo interés por averiguarlo. Aunque,
obviamente, hay la misma distancia de aquí a allí que de allí a aquí, pero, por
mi parte, ni siquiera he pensado en esa utopía.
Es rigurosamente cierto que nunca he querido reconocer que de orgullo estoy muy
bien despachado. Y esto, según se mire, no es bueno para mí, porque supone un
peso extra en el supuesto de que un día tome la decisión de plantearme volver
a mi antigua, pero desastrosa vida.
Dos jóvenes esposas, con un físico de cara y cuerpo espectacular, urdieron un plan para divorciarse de sus millonarios maridos, y
después vivirían ricamente, rodeadas de lujos, viajando por todo el mundo y
yendo de cama en cama con los hombres que a ellas se les gustasen, pero
siempre hombres apuestos, y, por supuesto, con mucho dinero.
El tiro por la culata
Se podía oír desde la
calle un violento portazo, y se podía ver a un hombre caminando con
pasos presurosos y hablando solo por un pasillo, como si llevase prisa. Y la
llevaba en realidad. Pero prisa loca por alejarse de aquella nefasta compañía.
El hombre quería a su esposa, pero ella no le echaba cuenta, se había
convertido en una frígida compulsiva, y lo peor era que no quería
cambiar.
Hacía el hombre un repaso mental de “las
cosas” que le habían ocurrido durante unas dos horas, más o menos, de esa noche,
que, sin saber cómo, habían llegado a oídos de su esposa, pero éste sorprendido
hombre no sabía que su esposa lo sabía. ¿Tal vez una trampa?
A primera hora de la mañana siguiente fue
a recoger a su amada esposa al aeropuerto. Aquel día había algo importante que
celebrar. Se moría de ganas por ver la expresión en la cara de su esposa cuando
viese el regalo sorpresa que le había comprado.
Pero su felicidad se hacía añicos cuando
sufrió el frío del beso del saludo. Se sintió como si estuviese en Siberia. Y
la peligrosidad de la mirada de ella parecía una silenciosa advertencia de la enorme
tormenta que se estaba gestando tras sus ojos.
El trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel lo hacían en el silencio más sepulcral,
y él estaba sintiendo que le costaba hasta respirar.
Poco después de entrar a lasuite
reservada de un hotel cinco estrellas, sin tan siquiera darle tiempo a
preguntarle a su esposa qué era lo que estaba ocurriendo, una sorpresa le
golpeaba con fuerza.
—Le ordeno que salga de esta suite-le decía ella con hiriente frialdad-. No acostumbro a compartir lecho
con necios
Pero él no salió de la habitación. Si en realidad existía una sorpresa
mayor de la que estaba viviendo, no lo sabía. Y esto se veía en la expresión de
su rostro, y más aún al escuchar lo que ella le decía a continuación:
—¿Qué parte no entendió? Ah, será que
usted es sordomudo. Aunque no tengo ni idea de cómo es porque no le conozco de
nada. ¡Le repito por segunda vez que salga inmediatamente de mi suite!
No había forma de que su cerebro sincronizase con su lengua. Daba un paso hacia
ella, pero se quedaba quieto al ver su amenazante mirada.
Su corazón se abría el camino que su
cerebro era incapaz de hacer.
—Cariño, tenemos que hablar -conseguía
decir al fin.
Por toda respuesta le daba la espalda y yéndose presurosa al dormitorio principal. Él trataba de seguirla, pero ella lo detenía tirándole con fuerza un pequeño paquete envuelto con papel de regalo.
No pudo él ver lo que era hasta que llevaba la vista a lo que le había causado el susto. No se lo podía creer: un reloj de oro y brillante (el regalo sorpresa) posaba medio destrozado en el suelo, mientras la mujer soltaba una carcajada malévola.
—Mi espontánea y justificada risa ha hablado por mí, señor -decía en tono humillante e indiferente. —Cariño, por favor, hay una explicación para... —Claro –le interrumpía con una expresión de asco-. Pero, francamente, no estoy interesada en escucharla. —Cariño, te lo suplico, escúchame... —Tengo cosas mucho más importantes que hacer que prestar atención a sus patéticas explicaciones –decía, volviéndole de nuevo la espalda. —Reina... -pero se detenía al ver que se giraba con ira en la mirada. —¡¿Reina?! -se enfurecía- ¡Paso de ser reina en un reino de mierda! —Cariño, solo déjame explicarte algo... —Si fuese usted una persona inteligente, pero eso es mucho pedirle, me libraría del insufrible calvario de su presencia -sentenciaba con frialdad. —¡No me iré hasta que no me escuches! -su paciencia se agotó y le habló, quizás más alto de lo conveniente en ese momento. —¡Si me obliga usted a escuchar lo que sea que quiera decirme, seré yo la que me vaya para no volver más! -dicho esto, se alejaba presurosa hacia uno de los cuartos de baño. Le costaba rumiar sus feroces palabras. No quería perder a su esposa. Era tan esencial en su vida como el aire que respiraba. Pensó que había sido un necio por haberse acostado con Rita, la mujer de un amigo en común. Pero sonreía al recordar lo que su esposa solía decirle a menudo: “en vez de cacarear tanto, lo que debes hacer es conquístame”.
Y la respuesta a eso fue...
—Te conquisté de novios y los primeros meses de casados, pero renuncié porque me percataba de que te habías acomodado al lujo merced a mi dinero, y en ningún momento te dio por pensar en mis necesidades sexuales. Pero mi error ha sido no haber reparado antes en la malicia innata de las mujeres, y por eso caí en la red de añagazas que me tendsteis. ¡Sí, tendisteis! Ahora me doy cuenta de que tenías como colabora a tu libertina amiga Rita. Por todo esto y por más que te diré cuando me salga de los cojones, ahora soy yo quien pasa de ti. Hablaré hoy mismo con mi abogado para que prepare el papeleo del divorcio
Dicho esto, salió de la suite y del hotel, y ya en la calle llamó, vía móvil, al marido de Rita y lo puso al corriente de la situación, el cual, como venía sospechando las infidelidades de su mujer, meses atrás la excluyó de su millonaria herencia.
Después fue en busca de Rita, y cuando la halló, como era un tipo atractivo y seductor, y además millonario, le dijo que su cita sexual había afluido en que se había enamorado de ella, que por más que lo intentaba no podía olvidarla y quería que formalizaran una relación y que se iba a divorciar de su esposa, amiga íntima de ella.
Al día siguiente, Rita habló con su marido y le dijo a la cara que se había enamorado del esposo de su amiga, y que por esto le pedía el divorcio. Su marido no puso obstáculo e inmediatamente ordenó a su abogado que presentase los trámites en el juzgado.
Estuvo saliendo con Rita justo el tiempo en que los divorcios se habían firmados. Rita llegó a enamorarse de él.
El mismo día de la firma de los divorcios, los dos ex maridos, amigos de toda la vida, llamaron por separado a sus ex esposas y las citaron en una cafetería del centro, sin que ninguna de las dos supiese que iban a aparecer los juntos.
Reunidos los cuatro, con el consiguiente pasmo de ellas, nuestro hombre dijo a las dos mujeres:
Les comunico, señoritas, que mi amigo, aquí presente, y yo tenemos en nuestro poder dos documentos oficiales que afectan positivamente a nosotros y muy negativamente a vosotras; uno es un acta notarial de una irrevocable separación de bienes, y el otro es una sentencia judicial de una exclusión de herencia.
Y sin más, las dejaron atónitas y mudas y, riéndose a boca llena, salieron los dos juntos de aquella céntrica cafetería.
¡Por fin me enamoré! ¡Sí, de ti, amada Soledad! Juntos hemos recorrido muchos
caminos. No empezamos con buen pie, pero lo importante era empezar. Poco a poco
y golpe tras golpe hemos aprendido a caminar con paso firme y la cabeza bien
alta, pasando de los pensamientos que nos juzgan. Parece no importar a nadie
lo que se siente cuando se es libre. Libre para levantarte por las mañanas y decirte:
¿qué toca hoy? Libre para decirte: hago esto, simplemente, porque me da la gana.
Me has enseñado, amada Soledad, que la felicidad no es cosa de dos, que no
necesito a nadie para reír, que puedo fabricarme mis propios sueños, marcarme
mis propias metas, recorrer mis propios caminos, y dedicarme a mí misma mis
propios halagos; entregarme, sin dar cuentas a nadie, a mis aficiones. En
definitiva, disfrutar de los pequeños placeres de la vida, sin la necesidad de
estar acompañada.
Tú, amada Soledad, de un tiempo a esta parte te has convertido en mi mejor
amiga, mi salvadora, mi confidente… mi todo. Al contrario de lo que la gente
pueda pensar, me has oído y me has escuchado, soportando y limpiando cada una
de mis lágrimas, y no me has dejado caer en ese pozo profundo de la oscuridad, de la que
tanto cuesta salir, si es que se sale.
En muchísimos momentos hemos caminado juntos; tú, en silencio y de mi mano; y
yo, a ciegas, escuchándote.
Gracias, mi amada Soledad, por ser tú lo que yo necesitaba en los momentos necesarios.
Para mí eres más que un estado emocional del que todos temen.
Por toda respuesta le daba la espalda y yéndose presurosa al dormitorio principal. Él trataba de seguirla, pero ella lo detenía tirándole con fuerza un pequeño paquete envuelto con papel de regalo.
No pudo él ver lo que era hasta que llevaba la vista a lo que le había causado el susto. No se lo podía creer: un reloj de oro y brillante (el regalo sorpresa) posaba medio destrozado en el suelo, mientras la mujer soltaba una carcajada malévola.
—Mi espontánea y justificada risa ha hablado por mí, señor -decía en tono humillante e indiferente. —Cariño, por favor, hay una explicación para... —Claro –le interrumpía con una expresión de asco-. Pero, francamente, no estoy interesada en escucharla. —Cariño, te lo suplico, escúchame... —Tengo cosas mucho más importantes que hacer que prestar atención a sus patéticas explicaciones –decía, volviéndole de nuevo la espalda. —Reina... -pero se detenía al ver que se giraba con ira en la mirada. —¡¿Reina?! -se enfurecía- ¡Paso de ser reina en un reino de mierda! —Cariño, solo déjame explicarte algo... —Si fuese usted una persona inteligente, pero eso es mucho pedirle, me libraría del insufrible calvario de su presencia -sentenciaba con frialdad. —¡No me iré hasta que no me escuches! -su paciencia se agotó y le habló, quizás más alto de lo conveniente en ese momento. —¡Si me obliga usted a escuchar lo que sea que quiera decirme, seré yo la que me vaya para no volver más! -dicho esto, se alejaba presurosa hacia uno de los cuartos de baño. Le costaba rumiar sus feroces palabras. No quería perder a su esposa. Era tan esencial en su vida como el aire que respiraba. Pensó que había sido un necio por haberse acostado con Rita, la mujer de un amigo en común. Pero sonreía al recordar lo que su esposa solía decirle a menudo: “en vez de cacarear tanto, lo que debes hacer es conquístame”.
Y la respuesta a eso fue...
—Te conquisté de novios y los primeros meses de casados, pero renuncié porque me percataba de que te habías acomodado al lujo merced a mi dinero, y en ningún momento te dio por pensar en mis necesidades sexuales. Pero mi error ha sido no haber reparado antes en la malicia innata de las mujeres, y por eso caí en la red de añagazas que me tendsteis. ¡Sí, tendisteis! Ahora me doy cuenta de que tenías como colabora a tu libertina amiga Rita. Por todo esto y por más que te diré cuando me salga de los cojones, ahora soy yo quien pasa de ti. Hablaré hoy mismo con mi abogado para que prepare el papeleo del divorcio
Dicho esto, salió de la suite y del hotel, y ya en la calle llamó, vía móvil, al marido de Rita y lo puso al corriente de la situación, el cual, como venía sospechando las infidelidades de su mujer, meses atrás la excluyó de su millonaria herencia.
Después fue en busca de Rita, y cuando la halló, como era un tipo atractivo y seductor, y además millonario, le dijo que su cita sexual había afluido en que se había enamorado de ella, que por más que lo intentaba no podía olvidarla y quería que formalizaran una relación y que se iba a divorciar de su esposa, amiga íntima de ella.
Al día siguiente, Rita habló con su marido y le dijo a la cara que se había enamorado del esposo de su amiga, y que por esto le pedía el divorcio. Su marido no puso obstáculo e inmediatamente ordenó a su abogado que presentase los trámites en el juzgado.
Estuvo saliendo con Rita justo el tiempo en que los divorcios se habían firmados. Rita llegó a enamorarse de él.
El mismo día de la firma de los divorcios, los dos ex maridos, amigos de toda la vida, llamaron por separado a sus ex esposas y las citaron en una cafetería del centro, sin que ninguna de las dos supiese que iban a aparecer los juntos.
Reunidos los cuatro, con el consiguiente pasmo de ellas, nuestro hombre dijo a las dos mujeres:
Les comunico, señoritas, que mi amigo, aquí presente, y yo tenemos en nuestro poder dos documentos oficiales que afectan positivamente a nosotros y muy negativamente a vosotras; uno es un acta notarial de una irrevocable separación de bienes, y el otro es una sentencia judicial de una exclusión de herencia.
Y sin más, las dejaron atónitas y mudas y, riéndose a boca llena, salieron los dos juntos de aquella céntrica cafetería.
A Chávez López Sevilla abril 2003
Excelente jugada. Eso se merecen por interesadas. Los maridos fueron muy inteligentes y supieron barajar muy bien sus cartas, al grado que ellas se quedaron con un tremendo chasco.
Excelente jugada. Eso se merecen por interesadas. Los maridos fueron muy inteligentes y supieron barajar muy bien sus cartas, al grado que ellas se quedaron con un tremendo chasco.
Eso ocurre en la vida real, y con relativa frecuencia además
(Ese texto tiene faltas de concentración, como repetición de palabras y omisión de otras. Lo tengo en mi archivo desde el año 2003, que fue cuando lo escribí y no me dio nunca por repasarlo, como algunos otros. Disculpa, Carlos)
El
maquillaje puede ayudar a las mujeres a rejuvenecer su cara, pero sólo si lo
amoldan a las necesidades de su piel. No deben tratar el cutis a los 40 como lo hacían a los 20.
Cada etapa de la vida requiere
nuevas adaptaciones y el maquillaje forma parte de una de ellas. Y he aquí unos
trucos sencillos para maquillar una piel madura y devolverle una
apariencia atractiva y fresca.
Cuidado con la base de maquillaje
Existe un número infinito de bases
de maquillaje y cada una de ellas ofrece un acabado distinto, pero cuidado
porque hay bases que deben evitar, pues pueden hacer parecer a un rostro más
maduro de lo que es. Las bases claras con toque
rosado anulan los tonos naturales de la piel, ofreciendo apariencia opaca,
contrario a lo que buscan. El maquillaje idóneo debe acabar con tonalidades
amarillentas, pues estas aportan el toque de luz adecuado.
Sí al colorete
Con el paso del tiempo, la cara se
va apagando, va perdiendo brillo y la pigmentación natural de las mejillas
desaparece poco a poco. El rubor es el cosmético que necesitan las mujeres,
pues es la mejor opción para devolver la tonalidad a la piel.
Dado que las pieles maduras son más
secas, la textura ideal de este cosmético será en crema. Estas composiciones
son más hidratantes y por lo tanto no resecan la piel como el colorete en
polvo.
Deben retirar de su repisa esos
coloretes, así como eliminar los polvos traslucidos. Estos, en
lugar de realzar los rasgos, están destacando la línea de expresión y las
arrugas, y ese efecto no es el deseado.
Una ceja definida, poblada y
arqueada
La depilación de cejas muy angulosa ofrece la imagen de una mujer con carácter. Una cara madura debe
intentar dulcificar sus rasgos, y las cejas juegan un rol importante en esto.
Atrás quedaron las cejas finas porque una ceja ancha, poblada y en forma
circular, suaviza la mirada.
Fuera ojeras y bolsas
Las ojeras
se convierten en el enemigo nº 1 de una piel madura. El uso de un anti-ojeras
es necesario para hacer que estas, si no desaparecerlas, disminuirlas. Para
esta clase de pieles van mejor los cosméticos fluidos, por dos razones:
hidratantes que no marcan las arrugas, fundamental para un buen acabado. Las bolsas son otro quebradero de
cabeza. Eliminarlas es div¡cícil, pero para todo hay solución; el tratamiento y
la constancia tienen premio. El maquillaje puede disimularlas, pero siempre se
percibirán, y por eso es mejor cuidarlas. El uso de contorno de ojos o mascarillas
frías puede ayudarlas a solucionar el problema.
Fuera cosméticos brillantes
Tienen que olvidarse de las sombras
metalizadas, coloretes con reflejos, gloss de labios. Estos cosméticos acentúan
las arrugas, y por esta razón es recomendable no usarlos.
Labios hidratados
Los labios pierden volumen con el paso de la edad, y con un buen maquillaje tienen que intentar devolvérselo. Barra de labios
hidratantes es la mejor opción, así como la elección de colores claritos. Los
tonos oscuros tienen la capacidad de reducir la dimensión, y para los labios todo
lo contrario.
Si yo pudiera detener
el tiempo, lo haría en el momento en que tus ojos estuviesen bien
abiertos, para así perderme en ellos, sin miedo a ser descubierto.
Me muero por querer
conocer qué es lo que se esconde tras las miradas inescrutables de tus ojos, que tienen el poder de hablar sin hablar y de hacer enmudecer a mi razón, a
la vez que obliga al silencio a moderar la conversación.
Con una simple mirada tuya, pones mi mundo patas arriba. ¡Y no sé quién diablos
te ha dado este poder! Por más que intento huir de él, siempre me alcanza,
envolviéndome en un mar revuelto de Amor, lujuria y pasión, que me arrastra a un
oscuro y hondo rincón de mi corazón.
Sin palabras es la mejor carta de Amor que podría dedicarte, ya que no hay
sentimiento más puro que el que no somos capaces de exteriorizar. Por más que
lo intento, huye la palabra de mi cabeza, dejándome en medio de un caos que no
consigo ordenar.
Pero controlar el tiempo no está aún en mi lista de habilidades, por lo que no
me queda sino seguir alimentándome de unos segundos en los que tu mirada se halla con la mía, que es cuando mi respiración se entrecorta y mi voz se
ahoga en un mar de silencios.
Como nuestro Sol no titubea
en imponer su calor, desde el amanecer hasta el atardecer, con igual firmeza arde mi corazón, lleno de fervor cuando esparce por toda mi corazón un
sentimiento, que sólo me puede transmitir una milésima de segundo de tu mirada
clavada en mis ojos.
Sólo decirte que te amo, no es suficiente para poner de
manifiesto esta avalancha de efusiones que inunda hasta la más ínfima partícula
de mis adentros.
La conquista de tu Amor es una efímera ambición
que renace, una y otra vez, y cada vez que escucho tu fascinante voz, resonando en
mis tímpanos e inmortalizándose en dulce recuerdo que tengo guardado en el cajón de mi memoria. ¿Pero cómo conseguir mi gran conquista?
Tal vez, si te regalo el Alba, el Ocaso, el Sol, la Luna, el Cielo, las Nubes,
el Arcoiris, la Aurora y las Flores… la flor más hermosa para la más hermosa de
todas las flores... “esa eres tú”.
Cual cascada que fluye soberbia, haciéndose paso
entre los montículos rocosos hasta alcanzar el fondo y unirse con la rivera,
con la misma determinación arde mi voluntad, que a mi corazón hace murmurar
palabras sugestivas que reafirman el Amor que siento por ti. Con el gran peso del
mundo sobre mis hombros, me levantaré una vez más para buscarte. Aunque mil
lanzas atraviesen mi cuerpo y mil dagas rajen mis venas, nada ni nadie puede
asesinar lo que siento.
Mi esfuerzo valdrá la pena si es por ti, sólo por ti. El
agradable sacrificio y la inmolación placentera, siempre vigilantes, se hallan
a la espera del desprendimiento de un pequeño fragmento de tu ser. ¿Pero cómo conseguir mi gran conquista? Tal vez, si te regalo la Energía, la Voluntad, el
Holocausto, la Abnegación, la Virtud y la Honestidad, el Pudor y la Probidad…
mi verdugo o mi salvadora... “esa eres tú”.
Como la arena en el reloj que cuenta sin cesar el transcurrir de los segundos que pasan en realidad, con tal paciencia
me mantengo sereno y dispuesto para esperar por ti hasta el final, aguardando
el aclamado día del que brotará de tus dulces y apacibles labios dos palabras
que este enamorado anhela escuchar: “te amo”.
En aquél, nuestro solitario lugar, estaré
esperando tu llegada triunfal, que cada eslabón romperá de una cadena que me
mantiene preso y le impide a mi corazón tranquilidad, que se retuerce por a tu
lado estar ¿Cuántos segundos, minutos, días, semanas, meses, años, décadas,
siglos? No importa. Viviré todo el tiempo que sea necesario. sin dejar de amarte,
hasta que me ames. ¿Pero cómo conseguir mi gran conquista? Quizá si te regalo
la Tolerancia y la Comprensión, la Constancia y la Persistencia, la Razón y la
Intuición, la Conciencia y la Sabiduría, el Saber y la Verdad, la dueña de mis
sueños y de mi realidad... “esa eres tú”.
Podría seguir eternamente inventándome y
escribiendo metáforas y abstracciones, pero los resultados serán siempre los
mismos.
Lo que siento por ti con palabras rebuscadas no se puede definir.
¿Pero cómo conseguir mi gran conquista? Te regalaría el Todo, y en especial Algo que nace en lo más recóndito de mi existencia, que es una sola palabra que
reúne todo en mi ritual, la cual se llama AMOR, el vástago perpetuo de tu
corazón... “ese soy yo”.
Ya había dejado de contar
sus pasos hacía tiempo. Dejaba atrás la gente y comprendía lo mucho que
amaba el silencio, tras estar sin él, en lo diferente que veía todo después de
pasar demasiadas horas de nostalgia.
En aquel lugar se
sentía inadvertida, y acogida y sola a la vez.
¿Cómo podía ansiar tanto un estado tan triste? La soledad la dejaba sin máscara, y así podía verse
a sí misma, presentada a través de un mar delante de ella.
El Sol asomaba por el horizonte y le iluminaba el rostro, reviviendo sus iris
multicolores. Aquel era el momento de cerrar los ojos y esbozar una sonrisa.
Había estado demasiado tiempo buscándolo, y resulta que lo tenía todo delante de
sus narices. Volvía a sonreír, quería saborear el momento una vez más, quería
volver a mojar y recrear sus labios en los recuerdos. Eran tan diferentes...
¿Por qué un dios no podía enamorarse de una mortal? Quizás precisamente por eso hacía de la situación una situación tan especial.
A pesar de la
diferencia tan abismal, la aguardaba un sentimiento muy entrañable. Sólo por
aquella noche.
Y, más tartde, todo
volvería a ser como antes; todo volvería a pasar como si nada. Pero; eso
sí, con una sonrisa dibujada en su historia.
Mi padre me enseñó todo lo que sé, y en lo que más interés ponía
era en meterme en la mollera una cosa muy importante: “¡uno debe conocer siempre sus
propios límites; quien los traspase, jamás llegará a buen puerto!”. Y me lo
decía a menudo y hasta con énfasis, como si le fuese la vida en ello,
pero no siempre le hacía yo caso.
Reconozco que no soy un hombre deslumbrante, sólo de un buen
ver. Pero, pienso que no vale la pena entrar en estos detalles.
Simplemente, mi físico no es para tirar cohetes.
Pero, eso sí, he aprendido a arreglármelas solo. Y no quiero más que esto,
porque sé que no puedo llegar a más. No es que envidie a quien vive del éxito o como quieran llamarlo. No es lo mío. Quizás por esto nunca me he
insinuado a ninguna mujer con esa picardía necesaria. Tuve una relación en mi juventud, pero a estas alturas de mi vida, 55 años y aún sin
pareja, supongo que sólo necesito compañía.
Pero un día conocí una mujer, después de montar mi tienda. Entró con un tipo rubio y me compró un gel. Me regaló una sonrisa mientras recogía el
cambio. Ahora ella sigue igual; educada, respetuosa y risueña. Habla moviendo
despacio los labios. Nunca tuve nada con ninguna de mis clientas, a menos
que alguna se me insinúe.
Volvió esa mujer a visitar mi tienda, hasta hacerse asidua. Es probable que le resuelva los pequeños olvidos, pues nunca compra gran cosa: carmín,
siempre rojo; pasta de dientes, rímel, coloretes…, pero siempre me deja una
sonrisa. En realidad, salgo ganando.
Ella dejó al rubio, y veía de que venía más por mi tienda y me
compraba más artículos y más costosos. Un día le dije que tenía ojeras. “Ya ve”, me dijo, secamente.
Pasada una semana vino a mi tienda un tipo
trajeado. Me preguntó cuánto costaba un lirio, que era un adorno en un jarrón
para la tienda. Le respondí que no estaba en venta. Se volvió de espalda y miró
hacia la calle, y entonces vi a ella en la acera. Conseguí que ese tipo
aceptase la flor como regalo, por más que insistía en pagarlo. Veía su sonrisa
cuando recibía la romántica flor de mano de su acompañante, amigo o lo que
fuese, que a mí me pareció un hombre insulso y afectado. ¡Qué bien conocía yo la sonrisa de ella!
Un día, después de cerrar a las dos de la tarde, decidí averiguar dónde vivía. Fue tan fácil
como visitar su barrio y hacer dos preguntas a una antigua clienta, que me
encontré en la calle principal.
Una madrugada escribí unos versos en un folio, lo metí en un sobre y lo
deposité en su buzón. Yo hago las cosas sin meditarlas, porque es la única
forma de vencer mi inseguridad.
Al día siguiente, volvió por mi tienda. Quería un perfume sencillo. Siempre pedía cosas sencillas. Le pregunté qué tal le iba, mientras empaquetaba el
bote. “Bien, ¿y a usted?”, respondió, pero su cara decía otra cosa.
Ahora me visita con frecuencia. Me pregunto para mis adentros si leería las
pobres letras que le había seguido enviando.
Decidí abandonar mi patética costumbre cuando un atardecer veía el color pálido de un folio en su mano derecha mientras caminaba. Miraba, de vez en cuando, a todos lados. Lo guardaba en su bolso y seguía caminando, pero a paso lento.
Aquella tarde, mi habitual y fatal tranquilidad se vio turbada por eso. Nadie lee lo que no quiere leer. Se lee porque gusta o no se lee. Pero, mi proverbial sensatez no quería sacar conclusiones. Quizá mis preciadas rimas no eran tan anodinas como yo pensaba o a ella le gustaban. ¡Qué más daba! Lo más importante para mí era no dejar que aquella mujer se agrandase en mi corazón como una esperanza.
“Sigue tu vida, Pascual”, me dije a mí mismo.
Un día entró ella a la tienda con aire misterioso. No recuerdo ahora qué me pidió. Se veía extraña. Le di lo que me había pedido y me preparé para admirar su majestuosa sonrisa. No hubo sonrisa. Pero, de pronto, me miró y me preguntó:
—¿Me respondería usted una pregunta?”.
Sobresaltado por la novedad, le dije que sí, que por supuesto.
—¿Sabe usted si hay algún poeta en nuestro barrio que acostumbra a distribuir gratis sus obras? Supongo que aquí verá y escuchará usted de todo, máxime siendo su clientela mayoritariamente femenina. —Ni idea –respondí, nervioso, pero creo que se dio cuenta de mi evidente nerviosismo. —Es que recibo poemas de alguien que no conozco -añadió. —¿Le molestan? -le pregunté, intrigado, e interesado también. —¡Oh, no, son maravillosos! -y se despidió, pero olvidando de nuevo su sonrisa.
Ya en mi casa, repasé otro de mis poemas antes de meterlo en el sobre. “No le molestan, son maravillosos”. Recorría el pasillo dándole vuelta a esas sus palabras. Pero no estaba seguro de que mis poemas fuesen buenos. A punto de salir hacia su casa, vi mi imagen en el espejo del pasillo; un hombre maduro con un papel colgando de la mano. Aparté la vista y dejé el sobre encima del mueble de la entrada. En ese momento, nació dentro de mí algo parecido a la ira. Pero tenía que llevarle mi último poema.
Antes de cerrar el sobre, añadí una línea al final, como una post data: “espero no haberla molestado; este es mi último envío”. Ella no lo entendería, y quizás era lo mejor. Cerré el sobre con una sensación de asfixia y me miré de nuevo al espejo antes de salir a la calle. “A veces me pregunto quién coño ha diseñado esta estúpida sonrisa mía”, dije al espejo, o sea, a mí mismo.
Pasado un día, antes de cerrar la tienda la vi una lluviosa tarde en la acera de enfrente. Caminaba con tamaña lasitud que parecía enfermiza. Llevaba un paraguas de color café, que hacía juego con su gabardina. Cerré la tienda y la seguí, sin saber por qué hacía eso. Las luces exiguas de las farolas filtraban una lluvia apacible. Caminé detrás ella por unas calles concurridas hasta llegar a una plaza. Entró a una cafetería de grandes ventanales y se sentó en una de las sillas de una de las mesas frente a la puerta.
Me resguardé bajo el toldo de una tienda de enfrente, a escasos metros de la cafetería. El camarero apareció y le sirvió un café. Se quitó la gabardina y la extendió sobre la silla de al lado. Abrió su bolso y sacó mis papeles. Se recostó sobre su sillón y comenzó a leer, a la vez que removía su café. Al poco, dejó la lectura y miró hacia la calle, y luego colocó la cucharilla sobre el plato y bebió un nimio sorbo, llevó la taza a su lugar siguió leyendo.
Acabó su café y se quedó mirando la calle, con mis papeles en una de sus manos. Decidí acercarme a ella con la misma sensación que debe sentir un recluta cuando se acerca a su general. Con gestos de satisfacción me miró cuando empecé a cruzar la calle. Pero, sin poderlo evitar, por el gentío y la lluvia, tropecé con el cristal de la cristalera. Entonces miré los papeles y a ella fijamente. Asomó una mueca de alegría a su rostro, y sus bellos y grandes ojos estaban abiertos de par en par, asombrados. Pero, de pronto, sus brillosa mirada cayó dando tumbos, echando ella mano de su pañuelo para que la socorriese.
Sollocé una sonrisa, y el cristal me devolvió una imagen desvalida de un don nadie que pretende ser poeta, pero a ella le gustan mis versos y, a juzgar por el brillo en sus grises luceros, también yo le gusto.
Comentarios
Desde tiempo inmemorial, a la Prostitución la han visto como una lacra de la humanidad, más que nada porque decían que conjugaba incultura, oportunismo, utilización ajena, necesidad y apetito sexual.
Sin embargo eso anterior, yo voy a ser más práctico y la defino palmariamente como el camino más corto (y penosos también) para conseguir un bienestar individual.
Hay disímiles formas de prostituirse. La más propagada, la que más escándalos provoca en la sociedad (eso se suele decir) es la sexual, y precisamente por eso es la manera de prostitución más morbosa.
Es cierto que quienes ejercen la prostitución (tanto hombres como mujeres) llevan en sus adentros la ingenua y a la vez estúpida satisfacción de mostrar a los demás sus talentos y sus atributos físicos.
Mi opinión es que cada cual puede hacer con su cuerpo lo que le venga en ganas, sin importarle el "temido Damocles" de la reprobación ajena.
Los humanos no sólo vivimos de mito en mito, sino que, sin querer, nos alimentamos de los mitos.
A Chávez López
Sevilla mayo 2010
El masaje erótico se realiza buscando una estimulación corporal, en un sentido más sensual y/o sexual, buscando el alivio de un malestar, físico o psíquico. Y también brinda la oportunidad de gozar de momentos excitantes, placenteros, experimentando nuevas sensaciones a través de las zonas erógenas. Y dicha estimulación provoca el éxtasis.
A Chávez López
Sevilla feb 2005
Hola, Reyes, ¿qué quieres decirme con ese vídeo?
TRØLLABUNDIN // Eivør & Danish National Symphony Orchestra (Live) (youtube.com)
Es lo que me sugirió la lectura. Siento mucha fuerza en esa mujer que canta.
besos.
En mis siguientes criterios trato de matizar una de las más frecuentes realidades de la verdad empírica acerca de una relación sentimental.
Una unión amorosa, ejemplar en todos los aspectos (matrimonio, pareja, sin cuestionar si es de diferente o del mismo sexo), capaz de soportarse mutuamente y cobijada sólo en el amor, hasta llegar a celebrar las bodas de plata, de oro e incluso de platino, podría seguir eternamente su idílica historia. Pero, por alguna razón oculta, el cerebro no está preparado para sobrellevar la omnipresencia de la misma persona todo el tiempo porque no se soportarían, porque ya no habría nada que decirse, porque entrarían a escena las discusiones, y cada una de la partes buscaría su propia la liberación.
Es justo que cada uno reclame su derecho a quedarse solo, a poder echarse de menos, a derramar unas lágrimas, pero sin llegar a la cotidianeidad de ver la misma cara de la otra parte. Y menos sumidos en un encierro, condenados de por vida a encontrarse en cada rincón de la casa. Ya no se hacen preguntas, no se cuestionan nada de sus vidas.
A partir de los 65 en adelante, el cerebro navega más despacio, a impulsos primarios, reteniendo algunos recelos acumulados, que más pronto que tarde salen a escena con redundancias imprevisibles.
A Chávez López
Sevilla jun 2008
Fenomenal entonces. Me alegro por ti.
Besos
Acababa de empezar el día, pero yo llevaba ya más de una hora tumbado en la arena de la playa, mirando cómo el Sol era un ardiente globo, y las ondas del calor que irradiaban la tierra eran casi visibles.
Al sentir la agradable caricia del Astro Rey me quedé convencido de que, el precipitarse sobre la Tierra era como si el huevo de la Creación hubiese sido lanzado, esperando que el cascaron se rompiese y así pudiese dar paso al comienzo de la vida.
En aquella playa paradisiaca estaba yo completamente desnudo, recibiendo mi cuerpo los rayos del Sol, y sólo rompiendo el placer del silencio unos balanceos de las aguas al batirse con las arenas.
Al tratar de encontrar la continuación de mis sueños, y ante esta sensación de placer, mi mente se inició a dar vueltas en el pasaje de la odisea. Circe, dijo a Ulises: "primero te saldrán al paso las sirenas, esas encantadoras sirenas que fascinan a los hombres que se acercan a sus costas. ¡Infeliz el imprudente que se detenga a escuchar sus cantos!".
Pero más allá de mi sueño de pecado, se extendía la realidad del mar, cuya agua se hacía cada vez más azul, y todo parecía tranquilo, salvo un suave oleaje. Y mis ojos observaron aquel lugar solitario, para luego mis sentidos regresar a la oscuridad que me ofrecían los sueños, que eran los de una isla solitaria, donde una joven indígena, de poca estatura y de color caoba y más clara que sus otras compañeras paseaba por la playa. Mirada por delante, parecía estar desnuda, pero su sexo estaba cubierto por un pequeño triángulo de tela, mostrando, sin recato, sus torneadas nalgas y sus perfectos pechos.
Era tentador arrinconar los miedos a los cantes de las sirenas en aquella isla desierta, y estarán de acuerdo en que a través de mis sueños me sentía tentado a abandonar este cínico mundo, y a través de mi morboso sueño lanzarme al espacio cósmico, pasando a un desconocido, pero cálido mundo del placer.
Y no, no era la primera vez que el placer de los sueños llamaba a mi puerta, pero sí era la primera vez que creía lógico sustituir algunas normas de una sociedad fingida, por las normas de la Naturaleza. Lo que ocurre ahora es que las relaciones sexuales están, en su conjunto, estrechamente ligadas a la necesidad biológica de trasmitir la vida socialmente mediatizada por la obligación capital de asegurar la reproducción.
Pero pienso que la liberación del morbo a través de los sueños corrobora que la Madre Naturaleza está por encima de las represiones a las que nos someten y que conlleva que la Madre Naturaleza no entiende de credos y no puede evitar que fantasmas sexuales se conviertan en una auténtica revolución contra la sociedad represiva en la que vivimos.
El interrogante de lo prohibido iba me robando los sueños, pero poco después tuve la respuesta merecida al pensar de nuevo en mis maravillosos fantasmas sexuales; en ellos volvía a ver aquella playa y aquellas muchachas, que seguían tan esbeltas como antes.
Al ver sus vaivenes, que tan pronto se inclinaban como se incorporaban, reconozco que, maliciosamente y en forma deliberada, sólo esperaba que se les partiesen aquellas cintas que sujetaban los triángulos de tela.
-sigue en siguiente página-
Imagino que ustedes estarán ansiosos por saber lo que me aguardaba a través de mis sueños. Pero debo decirles que cuando no se tienen canas, es una cosa, pero cuando aparecen las primeras, es distinto, y tengo que aclarar que ya no soy joven. Ahora, deben tener en cuenta que hasta cierta edad la Madre Naturaleza sigue siendo bondadosa.
Bueno, seguiré contándoles al detalle mis sueños.
Fueron varias veces que pasaban las muchachas junto a mí, hasta que la que me cautivaba, a primera vista, no tardaba en sentarse a mi lado.
- Le invito a un sitio más fresco -me dijo.
El camino se dirigía hacia el monte. Ella saltaba ágilmente y yo la seguía hasta llegar a una alta elevación. Veía una verde y jugosa hondonada, cuya gruesa alfombra de yerba estaba rodeada por altos tallos de platanales, y sus anchas hojas formaban un umbroso dosel. La muchacha se sentó en la yerba cruzando las piernas y quedando en la mini tela, tentadoramente descubierto su sexo, lo que hacía preguntarme si ella era consciente de sus dotes de seducción.
Exánime por un deseo contenido, me cubría los ojos al sentir la erección que aquello me producía.
- ¿Puedo preguntarte cuándo tuviste amor por primera vez con macho?
- ¿Amor corporal?
- Bueno, si así lo quieres llamar...
- Bueno, diré que por el simple placer de la aventura.
- Eres fantástica. Nunca había escuchado nada semejante.
Me gustaban sus respuestas y seguía la conversación hasta que surgían las palabras que facilitaban su sentimiento que, sin el menor signo de turbación, me permitiría ir con ella donde otro no iría. Así que acepté con el mayor placer acompañarla.
- ¿Adónde me llevas? Supongo que no será lejos.
- ¿Aún tienes miedo de mí?
- No, pero temo que mis sueños puedan desvanecerse.
- Vamos de nuevo a la playa.
El agua de la cerrada laguna, que habíamos dejado atrás, era tranquila y llana, pero nos fuimos hacia un islote solitario donde el mar se extendía, sin horizonte ni fin.
- ¡Esto es realmente maravilloso!
-sigue y termina en siguiente página-
Se dejó caer sobre la arena y extendió su cuerpo bronceado, para quedarse tendido con la cabeza apoyada en sus manos cruzadas. Y yo me senté a su lado. Una suave brisa se metía entre mi bañador, ventilando mis partes aumentadas.
- ¿Has traído aquí a alguna de tus conquistas?
- Algunas, pero siempre en sueño. Vamos a bañarnos y así veré que tú no eres un sueño.
- ¿Bañarnos?
- Claro. El agua está estupenda, te sentirás mucho mejor y te ayudará a bajar la fiebre de las tentaciones.
- ¿Te gustaría que me bañase desnuda? -me dijo, sonriendo pícaramente.
- Bueno... Estamos solos y prometo no mirarte.
Bajé alegremente hasta la orilla del mar, a la vez que pensaba que ella iba a zambullirse de cabeza en el agua, pero se detuvo, se llevó las manos a su sexo y vi cómo se quitaba el triángulo de tela.
"Qué hermosa es la Madre Naturaleza", pensé al verla tirar la prenda por encima de sus hombros y permanecer erguida ante el mar, cual hermosa estatua. Y acto seguido, entró en el agua.
Poco después se hundió permaneciendo cierto tiempo así. Inquieto por su tardanza me sumergí en las verdes honduras. Y pude verla entre las brillantes formaciones del fondo del mar, donde todo era como un extraño planeta, con unos movimientos retardados. Se alejó, nadando hacia la playa y, sin ponerse el triángulo, se extendió en la arena.
- ¿Estás cansada? -le pregunté.
- No, voy a disfrutar del gozo que me ha proporcionado el mar.
Mentía por no confesar que su gozo era causado por no poder olvidar que alguien del sexo masculino la esperaba al lado de ella.
Al contemplarla tendida sobre la arena, debo reconocer que el agua no había aliviado mi calentura, y al abrir ella los ojos me vio arrodillado a su lado, omitiendo que me hallaba completamente desnudo. Sí, desnudo y dispuesto al amor. Había llegado el momento deseado. Lo peor era la tribulación continuada que había precedido a esta tan esperada oportunidad.
Mientras miraba su perfecta imagen, me preguntaba por qué no la besaba en la boca, y así calmaría con besos el dolor que me estaban originando sus empinados pezones. No tardé yo en entrar en acción, y ella comprendió que no podía aguantar su situación un segundo más, pues todos los órganos de su bella anatomía estaban a punto de estallar, y que si yo no cesaba en mis besos, chillaría o haría una locura.
Hay quien piensa que en una relación sexual, la ausencia de ternura disminuye el placer. Pero esto sólo es cierto a partir de determinada edad, cuando la agitación de la pubertad ha pasado y se ha establecido un equilibrio de las emociones sexuales.
Resulta penoso escuchar hablar de la repugnancia nacida de un mundo que prohíbe esta necesidad de amar, o aviva el insaciable deseo de contactos extraconyugales; pero diría: "¡qué feliz azar es el amor!".
A veces pienso que no existe otra realidad inmediata, otra humanidad tangible que las caricias de una carne femenina, la suavidad de su piel o la tibieza de un beso. Creo que nada más, pero ese "nada" se abre sobre una totalidad que ni una vida eterna en el cielo podría compensar.
Si, reconozco que es superior a mis fuerzas, y el deseo es cada vez más exigente. Sé que se trata de un simple sueño. Pero el dialogo no es más que una idea que todos tenemos en común y a cuya realización sólo llegaremos a través del sueño.
"Sé que me amas, porque tú no amas a nadie que no sean tus propios deseos. Y yo soy como tú, así que ámame".
A Chávez López
Sevilla abril 2005
Abril en Sevilla (Macarena)
Aquella tarde de abril hacía mucho calor en Sevilla. La vi en una esquina preguntándole algo a un niño, cuyo se encogió de hombros. Me acerqué a ellos, y Ella me preguntó:
—Disculpa, ¿puedes decirme dónde queda la parroquia de San Gil? -mostrana una cara una cara bondadosa y una voz virginal.
—Claro, ven conmigo, me cae de paso.
Estuvimos conversando durante el trayecto. Era preciosa: melena negra al viento y rasgos femeninos. Una imagen tan bella como Cielo lleno de estrellas. Hicimos buenas migas. Imaginándose Ella que no volveríamos a vernos, sus palabras eran conciliadoras; todas se centraban en que nos amásemos los unos a los otros. Pero, llegó la despedida, nos dimos los típicos besos en mejillas. De regreso a mi casa, pensé en Ella.
Pero el jueves por la noche de esa semana volví a verla de nuevo. Tenía prisa. Le pedí su número de móvil y le dije que la llamaría. ¡Y claro que la llamé! Y quedamos el viernes a las tres de la tarde. Se veía un poco cansada. MACARENA se llamaba.
En nuestra conversación telefónica insistía en palabras conciliadoras, que apartásemos el odio y el rencor de nuestras vidas y que imperase el Amor entre todos los humanos, que yo lo difundiese. Quedamos como buenos amigos.
Pero esa misma tarde desapareció, cambió de móvil y ya no supe de Ella, hasta que la vi otra vez este año a las diez del jueves de la Semana Santa. Iba por la calle Resolana en dirección a la parroquia de San Gil. Nos miramos y sonreímos. La expresión se su cara me resulta imposible de olvidar
Sevilla abril 2017
Abril en Sevilla (Triana)
Aquella tarde de abril hacía mucho calor en Sevilla. La vi en una esquina preguntándole algo a un niño, cuyo se encogió de hombros. Me acerqué hasta ellos, y Ella me preguntó:
—Disculpa, ¿puedes decirme dónde queda la calle Pureza? -mostró una cara bondadosa y una voz virginal.
—Claro, ven conmigo, me cae de paso.
Estuvimos conversando durante el trayecto. Era preciosa: melena negra al viento y rasgos femeninos. Una imagen tan bella como Cielo lleno de estrellas. Hicimos buenas migas. Suponiéndose ella que no volveríamos a vernos, sus palabras eran conciliadoras; todas se centraban en que nos amásemos los unos a los otros. Pero, llegó la despedida, nos dimos los típicos besos en mejillas. De regreso a mi casa, pensé en Ella.
Pero el jueves de esa semana volví a verla. Tenía prisa. Le pedí su número de móvil y le dije que la iba a llamar. ¡Y claro que la llame! Y quedamos caída la tarde de ese viernes. Estaba un poco cansada. TRIANA se llamaba.
Y en nuestra conversación telefónica de nuevo insistía en palabras conciliadoras; que apartásemos el odio y el rencor de nuestras vidas y que reinase el Amor entre todos los seres humanos, que yo lo difundiese.
Quedamos como buenos amigos. Esa misma tarde desapareció, cambió de móvil y ya no supe de ella, hasta que la vi este año a las doce de la noche, coincidiendo con el jueves de Semana Santa. Iba por el Puente de Triana hacia El Altozano. La reconocí enseguida. Su cara jamás se me olvidó.
Sevilla abril 2017
Recorría lenta y estruendosamente el pasillo. Se hacía notar con sus patas firmes sobre el parqué, arañando con sus uñas la textura de las paredes empapeladas, seduciendo con los movimientos de su cola y su esbelto pelaje blanco. Cuando ya había atravesado más de la mitad, aparecía su dueña en el otro extremo del pasillo.
Temió una regañina y se metió por la puerta que tenía más a mano, que era la puerta del dormitorio de su dueña. Ya en él, travesuras nuevas. Su dueña abrió un poco la puerta de su dormitorio y apagó las luces, coincidiendo con el ruido que hacía el felino al intentar esconderse, subiéndose de un salto gatuno al armario y lanzándose como de trampolín, sobre la cama, deshilachándose buena parte del flamante edredón, recién comprado, por las garras abiertas que se deslizaron sobre él.
Al oír su dueña un extraño ruido, abrió de nuevo la puerta de su dormitorio, y entonces desplumado vio su edredón. Se quitó una zapatilla y se fue en busca de la causante del desastre; pero sorprendentemente, o no tanto, la gata Luna había desaparecido ya, sin dejar rastro.
Aun su avanzada edad, once años (más de media vida de un gato), mantenía una agilidad fuera de serie, por lo que no era de extrañar por su propietaria que, de tejado en tejado, arribase a la azotea de la casa vecina, máxime sabiendo que era una gata conquistadora y ardiente, siempre dispuesta a buscar y a hallar macho. De hecho, ni su dueña sabía, o no lo recordaba ya, cuántas preñeces había contraído, con partos de hijos, regalados y repartidos por doquier, e incluso nietos. ¡Es que a su paciente dueña le era imposible criar a tanto gato!
A la permanente enamorada Luna le chifla sobremanera tumbarse al Sol y dar volteretas hasta quedarse dormida. Por las mañanas pide el desayuno, que consiste siempre en el mismo tipo de pienso, y por las noches, ¡increíble!, siempre a la misma hora, cena un sobre de carne. Su preferido es "Felix".
Cuando baja del cuarto de arriba, junto a la azotea, hasta la vivienda propiamente dicha, le atrae afilarse las uñas en las alfombras y los sillones, por lo que su dueña tiene que cerrar la puerta del salón, y es entonces, como dándose cuenta de que su dueña se ha percatado de su maniobra, cuando se tumba encima del radiador de la calefacción del pasillo, como para despistar...
Luna intuye si su ama se encuentra mal, y además lo nota desde lejos; la mira fijamente, se va hacia ella y pasa su lomo sobre las piernas de su protectora, a la vez que ronronea. Es por todo ello que su ama le tiene cariño, con lo que esto de coger una zapatilla para golpearla por haber cometido alguna travesura, nunca se consuma.
Ese mismo cariño hacia Luna, es también compartido por los hijos de la dueña de la casa: es decir, la dueña absoluta de este peculiar felino y, de alguna forma su eterna compañera. Es por esto, que en esa casa se desmitifica el mito de que los dueños o las dueñas de gatos son ariscos. Y menos en de Luna, a decir de algunos amigos y vecinos. Corroborado este hecho por un amigo de la señora, más bien señorita, ya que también ella forma parte del gran listado de divorciados.
En definitiva, la gata Luna es la alegría de una huerta en la que impera el Amor, aun sus permanentes travesuras, incluso sus actos amorales, pues saben en esa vivienda que ha tenido hijos mediante relaciones incestuosas con sus hijos o sus nietos.
Pero.a pesar de esa supuesta amoralidad, es necesario saber que el mundo irracional es lo opuesto al mundo racional, por lo que los incestos se pueden considerar normales en los animales irracionales.
¡Qué más quisiéramos los humanos tener ese instinto natural de fidelidad, que es innato en los animales domésticos!
¿Cuánto poder de persuasión poseen los animales domésticos que terminan por domar a gente xenófoba de ellos?
¿Por qué todavía hay personas que no saben o no quieren ver el cariño, la fidelidad, la compañía y la ayuda que estos animales proporcionan?
¿Cuándo se extinguirá, de una vez para siempre, esa detestable desaprensión contra los animales de compañía?
A Chávez López
Sevilla junio 2007
Y para llegar hasta donde estoy, no hay caminos para personas como tú. Me desvié por dos cruces, y por otros pasé varias veces, despistando al destino. En algunos, caminé en círculo; en otros, di media vuelta a mitad del trayecto.
Me alegra saber que por aquí hay infinidad de muestras de auténtica amistad, que esta primorosa población se explaya en ella. Se palpa paz por todos los lados. Las señales de tráfico se tornan por personas solidarias. Por estos pagos, sólo el buen rollo es el único idioma.
He atravesado puertas que antes fueron abiertas. Otras, las he tenido que abrir yo; unas más fáciles que otras, pero todas con una cerradura sencilla. Si se atascan, busco en los alrededores, que seguro hallaré a alguien que las arregla. En ninguna existe carencia de Amor, y en todas ellas la humildad la llevan como escudo. Los tramos que recorrí, campo a través, sin seguir rutas ni marcas, son entrañables, pero si tú hallas algo en ese nuevo mundo que te has pintado y que piensas que es más apropiado para mí que este paraíso, avísame; o mejor no, no quiero volver a mi ciudad nunca más, pero sólo por no verte.
He estado transitando en mis nostalgias, haciéndome habitual en dos de ellas. La gente de aquí ni siquiera sabe cómo se escribe la palabra malicia.
Lo que me queda por descubrir, me han dicho que es cupido, pero no tengo ánimos ni predisposición para ello ahora. Tal vez, algún día con una buena hembra que practique la comprensión, me lo podría plantear. Mientras, voy a seguir contemporizando.
El ambiente por aquí es cálido y muy tranquilo. Logré un trabajo, y en mis horas libres, tranquilamente puedo pasear, leer, escribir, pensar… Observo, atónito pero maravillado, que aquí todo el mundo es feliz, casi con nada.
Sabes que no me las apañé tan mal del todo en mis tiempos contigo, quizás por suerte. Sé que a veces la he cagado, pero siempre o casi siempre he salido bien parado, aunque a veces a costa de mi propia salud. De algunos errores me he ido ya deshaciendo, más pronto que tarde, y otros siguen todavía pendientes de resolver. Pero el más importante me lo corregido demasiado tarde: tú.
Tomo nota de que, en cada curva, en cada cruce, en cada puerto que dé paso a un nuevo Amor, debo pararme y girar la cabeza. La visión es diferente cuando se mira hacia atrás. Conocer la trayectoria de las dos partes, me ayuda a hallar el camino de mi felicidad. Por desconocimiento, no lo hice y para cuando fui consciente, mi casa quedaba ya lejos. Y entonces pensé: “total, para qué, sólo iba a ser capaz de volver al lugar donde te conocí”. Convencido estoy de que ha sido un acierto mi decisión, cuya pesa más que todos mis aciertos juntos.
Eso último me sirve de tonta excusa para justificarme de por qué no quiero volver. Pero la realidad es que se me olvidó el camino de vuelta y ya no tengo interés por averiguarlo. Aunque, obviamente, hay la misma distancia de aquí a allí que de allí a aquí, pero, por mi parte, ni siquiera he pensado en esa utopía.
Es rigurosamente cierto que nunca he querido reconocer que de orgullo estoy muy bien despachado. Y esto, según se mire, no es bueno para mí, porque supone un peso extra en el supuesto de que un día tome la decisión de plantearme volver a mi antigua, pero desastrosa vida.
¿Y mi Sevilla, qué tal? ¿Qué tal le va sin mí?
A Chávez López
Sevilla julio 2006
El tiro por la culata
Se podía oír desde la calle un violento portazo, y se podía ver a un hombre caminando con pasos presurosos y hablando solo por un pasillo, como si llevase prisa. Y la llevaba en realidad. Pero prisa loca por alejarse de aquella nefasta compañía. El hombre quería a su esposa, pero ella no le echaba cuenta, se había convertido en una frígida compulsiva, y lo peor era que no quería cambiar.
Hacía el hombre un repaso mental de “las cosas” que le habían ocurrido durante unas dos horas, más o menos, de esa noche, que, sin saber cómo, habían llegado a oídos de su esposa, pero éste sorprendido hombre no sabía que su esposa lo sabía. ¿Tal vez una trampa?
A primera hora de la mañana siguiente fue a recoger a su amada esposa al aeropuerto. Aquel día había algo importante que celebrar. Se moría de ganas por ver la expresión en la cara de su esposa cuando viese el regalo sorpresa que le había comprado.
Pero su felicidad se hacía añicos cuando sufrió el frío del beso del saludo. Se sintió como si estuviese en Siberia. Y la peligrosidad de la mirada de ella parecía una silenciosa advertencia de la enorme tormenta que se estaba gestando tras sus ojos.
El trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel lo hacían en el silencio más sepulcral, y él estaba sintiendo que le costaba hasta respirar.
Poco después de entrar a la suite reservada de un hotel cinco estrellas, sin tan siquiera darle tiempo a preguntarle a su esposa qué era lo que estaba ocurriendo, una sorpresa le golpeaba con fuerza.
—Le ordeno que salga de esta suite -le decía ella con hiriente frialdad-. No acostumbro a compartir lecho con necios
Pero él no salió de la habitación.
Si en realidad existía una sorpresa mayor de la que estaba viviendo, no lo sabía. Y esto se veía en la expresión de su rostro, y más aún al escuchar lo que ella le decía a continuación:
—¿Qué parte no entendió? Ah, será que usted es sordomudo. Aunque no tengo ni idea de cómo es porque no le conozco de nada. ¡Le repito por segunda vez que salga inmediatamente de mi suite!
No había forma de que su cerebro sincronizase con su lengua. Daba un paso hacia ella, pero se quedaba quieto al ver su amenazante mirada.
Su corazón se abría el camino que su cerebro era incapaz de hacer.
—Cariño, tenemos que hablar -conseguía decir al fin.
-sigue y termina en página siguiente-
No pudo él ver lo que era hasta que llevaba la vista a lo que le había causado el susto. No se lo podía creer: un reloj de oro y brillante (el regalo sorpresa) posaba medio destrozado en el suelo, mientras la mujer soltaba una carcajada malévola.
—Mi espontánea y justificada risa ha hablado por mí, señor -decía en tono humillante e indiferente.
—Cariño, por favor, hay una explicación para...
—Claro –le interrumpía con una expresión de asco-. Pero, francamente, no estoy interesada en escucharla.
—Cariño, te lo suplico, escúchame...
—Tengo cosas mucho más importantes que hacer que prestar atención a sus patéticas explicaciones –decía, volviéndole de nuevo la espalda.
—Reina... -pero se detenía al ver que se giraba con ira en la mirada.
—¡¿Reina?! -se enfurecía- ¡Paso de ser reina en un reino de mierda!
—Cariño, solo déjame explicarte algo...
—Si fuese usted una persona inteligente, pero eso es mucho pedirle, me libraría del insufrible calvario de su presencia -sentenciaba con frialdad.
—¡No me iré hasta que no me escuches! -su paciencia se agotó y le habló, quizás más alto de lo conveniente en ese momento.
—¡Si me obliga usted a escuchar lo que sea que quiera decirme, seré yo la que me vaya para no volver más! -dicho esto, se alejaba presurosa hacia uno de los cuartos de baño.
Le costaba rumiar sus feroces palabras. No quería perder a su esposa. Era tan esencial en su vida como el aire que respiraba. Pensó que había sido un necio por haberse acostado con Rita, la mujer de un amigo en común. Pero sonreía al recordar lo que su esposa solía decirle a menudo: “en vez de cacarear tanto, lo que debes hacer es conquístame”.
Y la respuesta a eso fue...
—Te conquisté de novios y los primeros meses de casados, pero renuncié porque me percataba de que te habías acomodado al lujo merced a mi dinero, y en ningún momento te dio por pensar en mis necesidades sexuales. Pero mi error ha sido no haber reparado antes en la malicia innata de las mujeres, y por eso caí en la red de añagazas que me tendsteis. ¡Sí, tendisteis! Ahora me doy cuenta de que tenías como colabora a tu libertina amiga Rita. Por todo esto y por más que te diré cuando me salga de los cojones, ahora soy yo quien pasa de ti. Hablaré hoy mismo con mi abogado para que prepare el papeleo del divorcio
Dicho esto, salió de la suite y del hotel, y ya en la calle llamó, vía móvil, al marido de Rita y lo puso al corriente de la situación, el cual, como venía sospechando las infidelidades de su mujer, meses atrás la excluyó de su millonaria herencia.
Después fue en busca de Rita, y cuando la halló, como era un tipo atractivo y seductor, y además millonario, le dijo que su cita sexual había afluido en que se había enamorado de ella, que por más que lo intentaba no podía olvidarla y quería que formalizaran una relación y que se iba a divorciar de su esposa, amiga íntima de ella.
Al día siguiente, Rita habló con su marido y le dijo a la cara que se había enamorado del esposo de su amiga, y que por esto le pedía el divorcio. Su marido no puso obstáculo e inmediatamente ordenó a su abogado que presentase los trámites en el juzgado.
Estuvo saliendo con Rita justo el tiempo en que los divorcios se habían firmados. Rita llegó a enamorarse de él.
El mismo día de la firma de los divorcios, los dos ex maridos, amigos de toda la vida, llamaron por separado a sus ex esposas y las citaron en una cafetería del centro, sin que ninguna de las dos supiese que iban a aparecer los juntos.
Reunidos los cuatro, con el consiguiente pasmo de ellas, nuestro hombre dijo a las dos mujeres:
Les comunico, señoritas, que mi amigo, aquí presente, y yo tenemos en nuestro poder dos documentos oficiales que afectan positivamente a nosotros y muy negativamente a vosotras; uno es un acta notarial de una irrevocable separación de bienes, y el otro es una sentencia judicial de una exclusión de herencia.
Y sin más, las dejaron atónitas y mudas y, riéndose a boca llena, salieron los dos juntos de aquella céntrica cafetería.
A Chávez López
Sevilla abril 2003
¡Por fin me enamoré! ¡Sí, de ti, amada Soledad! Juntos hemos recorrido muchos caminos. No empezamos con buen pie, pero lo importante era empezar. Poco a poco y golpe tras golpe hemos aprendido a caminar con paso firme y la cabeza bien alta, pasando de los pensamientos que nos juzgan. Parece no importar a nadie lo que se siente cuando se es libre. Libre para levantarte por las mañanas y decirte: ¿qué toca hoy? Libre para decirte: hago esto, simplemente, porque me da la gana.
Me has enseñado, amada Soledad, que la felicidad no es cosa de dos, que no necesito a nadie para reír, que puedo fabricarme mis propios sueños, marcarme mis propias metas, recorrer mis propios caminos, y dedicarme a mí misma mis propios halagos; entregarme, sin dar cuentas a nadie, a mis aficiones. En definitiva, disfrutar de los pequeños placeres de la vida, sin la necesidad de estar acompañada.
Tú, amada Soledad, de un tiempo a esta parte te has convertido en mi mejor amiga, mi salvadora, mi confidente… mi todo. Al contrario de lo que la gente pueda pensar, me has oído y me has escuchado, soportando y limpiando cada una de mis lágrimas, y no me has dejado caer en ese pozo profundo de la oscuridad, de la que tanto cuesta salir, si es que se sale.
En muchísimos momentos hemos caminado juntos; tú, en silencio y de mi mano; y yo, a ciegas, escuchándote.
Gracias, mi amada Soledad, por ser tú lo que yo necesitaba en los momentos necesarios. Para mí eres más que un estado emocional del que todos temen.
Eres mi mejor medicina.
A Chávez López
Sevilla feb 2006
Ese microrrelato ganó un segundo premio en un concurso de Literatura Libre, organizado por el Ateneo de mi ciudad, Sevilla, en el año 2006.
Gracias, Carlos, tú siempre tan generoso con mis escritos.
Carlos dijo
Eso ocurre en la vida real, y con relativa frecuencia además
(Ese texto tiene faltas de concentración, como repetición de palabras y omisión de otras. Lo tengo en mi archivo desde el año 2003, que fue cuando lo escribí y no me dio nunca por repasarlo, como algunos otros. Disculpa, Carlos)
Ya, pero para presentar un escrito en un foro público como Dios manda, tengo que estar más pendiente de todos los detalles.
A veces,con el afán de publicar rápido se me van los errores.
El maquillaje puede ayudar a las mujeres a rejuvenecer su cara, pero sólo si lo amoldan a las necesidades de su piel. No deben tratar el cutis a los 40 como lo hacían a los 20.
Cada etapa de la vida requiere nuevas adaptaciones y el maquillaje forma parte de una de ellas. Y he aquí unos trucos sencillos para maquillar una piel madura y devolverle una apariencia atractiva y fresca.
Cuidado con la base de maquillaje
Existe un número infinito de bases de maquillaje y cada una de ellas ofrece un acabado distinto, pero cuidado porque hay bases que deben evitar, pues pueden hacer parecer a un rostro más maduro de lo que es. Las bases claras con toque rosado anulan los tonos naturales de la piel, ofreciendo apariencia opaca, contrario a lo que buscan. El maquillaje idóneo debe acabar con tonalidades amarillentas, pues estas aportan el toque de luz adecuado.
Sí al colorete
Con el paso del tiempo, la cara se va apagando, va perdiendo brillo y la pigmentación natural de las mejillas desaparece poco a poco. El rubor es el cosmético que necesitan las mujeres, pues es la mejor opción para devolver la tonalidad a la piel.
Dado que las pieles maduras son más secas, la textura ideal de este cosmético será en crema. Estas composiciones son más hidratantes y por lo tanto no resecan la piel como el colorete en polvo.
Deben retirar de su repisa esos coloretes, así como eliminar los polvos traslucidos. Estos, en lugar de realzar los rasgos, están destacando la línea de expresión y las arrugas, y ese efecto no es el deseado.
Una ceja definida, poblada y arqueada
La depilación de cejas muy angulosa ofrece la imagen de una mujer con carácter. Una cara madura debe intentar dulcificar sus rasgos, y las cejas juegan un rol importante en esto. Atrás quedaron las cejas finas porque una ceja ancha, poblada y en forma circular, suaviza la mirada.
Fuera ojeras y bolsas
Las ojeras se convierten en el enemigo nº 1 de una piel madura. El uso de un anti-ojeras es necesario para hacer que estas, si no desaparecerlas, disminuirlas. Para esta clase de pieles van mejor los cosméticos fluidos, por dos razones: hidratantes que no marcan las arrugas, fundamental para un buen acabado. Las bolsas son otro quebradero de cabeza. Eliminarlas es div¡cícil, pero para todo hay solución; el tratamiento y la constancia tienen premio. El maquillaje puede disimularlas, pero siempre se percibirán, y por eso es mejor cuidarlas. El uso de contorno de ojos o mascarillas frías puede ayudarlas a solucionar el problema.
Fuera cosméticos brillantes
Tienen que olvidarse de las sombras metalizadas, coloretes con reflejos, gloss de labios. Estos cosméticos acentúan las arrugas, y por esta razón es recomendable no usarlos.
Labios hidratados
Los labios pierden volumen con el paso de la edad, y con un buen maquillaje tienen que intentar devolvérselo. Barra de labios hidratantes es la mejor opción, así como la elección de colores claritos. Los tonos oscuros tienen la capacidad de reducir la dimensión, y para los labios todo lo contrario.
Fuente: Internet
Algunos añadidos:
A Chávez López
Sevilla oct 2013
Si yo pudiera detener el tiempo, lo haría en el momento en que tus ojos estuviesen bien abiertos, para así perderme en ellos, sin miedo a ser descubierto.
Me muero por querer conocer qué es lo que se esconde tras las miradas inescrutables de tus ojos, que tienen el poder de hablar sin hablar y de hacer enmudecer a mi razón, a la vez que obliga al silencio a moderar la conversación.
Con una simple mirada tuya, pones mi mundo patas arriba. ¡Y no sé quién diablos te ha dado este poder! Por más que intento huir de él, siempre me alcanza, envolviéndome en un mar revuelto de Amor, lujuria y pasión, que me arrastra a un oscuro y hondo rincón de mi corazón.
Sin palabras es la mejor carta de Amor que podría dedicarte, ya que no hay sentimiento más puro que el que no somos capaces de exteriorizar. Por más que lo intento, huye la palabra de mi cabeza, dejándome en medio de un caos que no consigo ordenar.
Pero controlar el tiempo no está aún en mi lista de habilidades, por lo que no me queda sino seguir alimentándome de unos segundos en los que tu mirada se halla con la mía, que es cuando mi respiración se entrecorta y mi voz se ahoga en un mar de silencios.
A Chávez López
Sevilla feb 2005
Mi ritual
Como nuestro Sol no titubea en imponer su calor, desde el amanecer hasta el atardecer, con igual firmeza arde mi corazón, lleno de fervor cuando esparce por toda mi corazón un sentimiento, que sólo me puede transmitir una milésima de segundo de tu mirada clavada en mis ojos.
Sólo decirte que te amo, no es suficiente para poner de manifiesto esta avalancha de efusiones que inunda hasta la más ínfima partícula de mis adentros.
La conquista de tu Amor es una efímera ambición que renace, una y otra vez, y cada vez que escucho tu fascinante voz, resonando en mis tímpanos e inmortalizándose en dulce recuerdo que tengo guardado en el cajón de mi memoria. ¿Pero cómo conseguir mi gran conquista? Tal vez, si te regalo el Alba, el Ocaso, el Sol, la Luna, el Cielo, las Nubes, el Arcoiris, la Aurora y las Flores… la flor más hermosa para la más hermosa de todas las flores... “esa eres tú”.
Cual cascada que fluye soberbia, haciéndose paso entre los montículos rocosos hasta alcanzar el fondo y unirse con la rivera, con la misma determinación arde mi voluntad, que a mi corazón hace murmurar palabras sugestivas que reafirman el Amor que siento por ti. Con el gran peso del mundo sobre mis hombros, me levantaré una vez más para buscarte. Aunque mil lanzas atraviesen mi cuerpo y mil dagas rajen mis venas, nada ni nadie puede asesinar lo que siento.
Mi esfuerzo valdrá la pena si es por ti, sólo por ti. El agradable sacrificio y la inmolación placentera, siempre vigilantes, se hallan a la espera del desprendimiento de un pequeño fragmento de tu ser. ¿Pero cómo conseguir mi gran conquista? Tal vez, si te regalo la Energía, la Voluntad, el Holocausto, la Abnegación, la Virtud y la Honestidad, el Pudor y la Probidad… mi verdugo o mi salvadora... “esa eres tú”.
Como la arena en el reloj que cuenta sin cesar el transcurrir de los segundos que pasan en realidad, con tal paciencia me mantengo sereno y dispuesto para esperar por ti hasta el final, aguardando el aclamado día del que brotará de tus dulces y apacibles labios dos palabras que este enamorado anhela escuchar: “te amo”.
En aquél, nuestro solitario lugar, estaré esperando tu llegada triunfal, que cada eslabón romperá de una cadena que me mantiene preso y le impide a mi corazón tranquilidad, que se retuerce por a tu lado estar ¿Cuántos segundos, minutos, días, semanas, meses, años, décadas, siglos? No importa. Viviré todo el tiempo que sea necesario. sin dejar de amarte, hasta que me ames. ¿Pero cómo conseguir mi gran conquista? Quizá si te regalo la Tolerancia y la Comprensión, la Constancia y la Persistencia, la Razón y la Intuición, la Conciencia y la Sabiduría, el Saber y la Verdad, la dueña de mis sueños y de mi realidad... “esa eres tú”.
Podría seguir eternamente inventándome y escribiendo metáforas y abstracciones, pero los resultados serán siempre los mismos.
Lo que siento por ti con palabras rebuscadas no se puede definir. ¿Pero cómo conseguir mi gran conquista? Te regalaría el Todo, y en especial Algo que nace en lo más recóndito de mi existencia, que es una sola palabra que reúne todo en mi ritual, la cual se llama AMOR, el vástago perpetuo de tu corazón... “ese soy yo”.
A Chávez López
Sevilla ene 2003
A rastra con sus recuerdos
Ya había dejado de contar sus pasos hacía tiempo. Dejaba atrás la gente y comprendía lo mucho que amaba el silencio, tras estar sin él, en lo diferente que veía todo después de pasar demasiadas horas de nostalgia.
En aquel lugar se sentía inadvertida, y acogida y sola a la vez.
¿Cómo podía ansiar tanto un estado tan triste? La soledad la dejaba sin máscara, y así podía verse a sí misma, presentada a través de un mar delante de ella.
El Sol asomaba por el horizonte y le iluminaba el rostro, reviviendo sus iris multicolores. Aquel era el momento de cerrar los ojos y esbozar una sonrisa.
Había estado demasiado tiempo buscándolo, y resulta que lo tenía todo delante de sus narices. Volvía a sonreír, quería saborear el momento una vez más, quería volver a mojar y recrear sus labios en los recuerdos. Eran tan diferentes...
¿Por qué un dios no podía enamorarse de una mortal? Quizás precisamente por eso hacía de la situación una situación tan especial.
A pesar de la diferencia tan abismal, la aguardaba un sentimiento muy entrañable. Sólo por aquella noche.
Y, más tartde, todo volvería a ser como antes; todo volvería a pasar como si nada. Pero; eso sí, con una sonrisa dibujada en su historia.
A Chávez López
Sevilla feb 2002
Mi padre me enseñó todo lo que sé, y en lo que más interés ponía era en meterme en la mollera una cosa muy importante: “¡uno debe conocer siempre sus propios límites; quien los traspase, jamás llegará a buen puerto!”. Y me lo decía a menudo y hasta con énfasis, como si le fuese la vida en ello, pero no siempre le hacía yo caso.
Reconozco que no soy un hombre deslumbrante, sólo de un buen ver. Pero, pienso que no vale la pena entrar en estos detalles. Simplemente, mi físico no es para tirar cohetes.
Pero, eso sí, he aprendido a arreglármelas solo. Y no quiero más que esto, porque sé que no puedo llegar a más. No es que envidie a quien vive del éxito o como quieran llamarlo. No es lo mío. Quizás por esto nunca me he insinuado a ninguna mujer con esa picardía necesaria. Tuve una relación en mi juventud, pero a estas alturas de mi vida, 55 años y aún sin pareja, supongo que sólo necesito compañía.
Pero un día conocí una mujer, después de montar mi tienda. Entró con un tipo rubio y me compró un gel. Me regaló una sonrisa mientras recogía el cambio. Ahora ella sigue igual; educada, respetuosa y risueña. Habla moviendo despacio los labios. Nunca tuve nada con ninguna de mis clientas, a menos que alguna se me insinúe.
Volvió esa mujer a visitar mi tienda, hasta hacerse asidua. Es probable que le resuelva los pequeños olvidos, pues nunca compra gran cosa: carmín, siempre rojo; pasta de dientes, rímel, coloretes…, pero siempre me deja una sonrisa. En realidad, salgo ganando.
Ella dejó al rubio, y veía de que venía más por mi tienda y me compraba más artículos y más costosos. Un día le dije que tenía ojeras. “Ya ve”, me dijo, secamente.
Pasada una semana vino a mi tienda un tipo trajeado. Me preguntó cuánto costaba un lirio, que era un adorno en un jarrón para la tienda. Le respondí que no estaba en venta. Se volvió de espalda y miró hacia la calle, y entonces vi a ella en la acera. Conseguí que ese tipo aceptase la flor como regalo, por más que insistía en pagarlo. Veía su sonrisa cuando recibía la romántica flor de mano de su acompañante, amigo o lo que fuese, que a mí me pareció un hombre insulso y afectado. ¡Qué bien conocía yo la sonrisa de ella!
Un día, después de cerrar a las dos de la tarde, decidí averiguar dónde vivía. Fue tan fácil como visitar su barrio y hacer dos preguntas a una antigua clienta, que me encontré en la calle principal.
Una madrugada escribí unos versos en un folio, lo metí en un sobre y lo deposité en su buzón. Yo hago las cosas sin meditarlas, porque es la única forma de vencer mi inseguridad.
Al día siguiente, volvió por mi tienda. Quería un perfume sencillo. Siempre pedía cosas sencillas. Le pregunté qué tal le iba, mientras empaquetaba el bote. “Bien, ¿y a usted?”, respondió, pero su cara decía otra cosa.
Ahora me visita con frecuencia. Me pregunto para mis adentros si leería las pobres letras que le había seguido enviando.
-sigue y termina en página siguiente-
Decidí abandonar mi patética costumbre cuando un atardecer veía el color pálido de un folio en su mano derecha mientras caminaba. Miraba, de vez en cuando, a todos lados. Lo guardaba en su bolso y seguía caminando, pero a paso lento.
Aquella tarde, mi habitual y fatal tranquilidad se vio turbada por eso. Nadie lee lo que no quiere leer. Se lee porque gusta o no se lee. Pero, mi proverbial sensatez no quería sacar conclusiones. Quizá mis preciadas rimas no eran tan anodinas como yo pensaba o a ella le gustaban. ¡Qué más daba! Lo más importante para mí era no dejar que aquella mujer se agrandase en mi corazón como una esperanza.
“Sigue tu vida, Pascual”, me dije a mí mismo.
Un día entró ella a la tienda con aire misterioso. No recuerdo ahora qué me pidió. Se veía extraña. Le di lo que me había pedido y me preparé para admirar su majestuosa sonrisa. No hubo sonrisa. Pero, de pronto, me miró y me preguntó:
—¿Me respondería usted una pregunta?”.
Sobresaltado por la novedad, le dije que sí, que por supuesto.
—¿Sabe usted si hay algún poeta en nuestro barrio que acostumbra a distribuir gratis sus obras? Supongo que aquí verá y escuchará usted de todo, máxime siendo su clientela mayoritariamente femenina.
—Ni idea –respondí, nervioso, pero creo que se dio cuenta de mi evidente nerviosismo.
—Es que recibo poemas de alguien que no conozco -añadió.
—¿Le molestan? -le pregunté, intrigado, e interesado también.
—¡Oh, no, son maravillosos! -y se despidió, pero olvidando de nuevo su sonrisa.
Ya en mi casa, repasé otro de mis poemas antes de meterlo en el sobre. “No le molestan, son maravillosos”. Recorría el pasillo dándole vuelta a esas sus palabras. Pero no estaba seguro de que mis poemas fuesen buenos. A punto de salir hacia su casa, vi mi imagen en el espejo del pasillo; un hombre maduro con un papel colgando de la mano. Aparté la vista y dejé el sobre encima del mueble de la entrada. En ese momento, nació dentro de mí algo parecido a la ira. Pero tenía que llevarle mi último poema.
Antes de cerrar el sobre, añadí una línea al final, como una post data: “espero no haberla molestado; este es mi último envío”. Ella no lo entendería, y quizás era lo mejor. Cerré el sobre con una sensación de asfixia y me miré de nuevo al espejo antes de salir a la calle. “A veces me pregunto quién coño ha diseñado esta estúpida sonrisa mía”, dije al espejo, o sea, a mí mismo.
Pasado un día, antes de cerrar la tienda la vi una lluviosa tarde en la acera de enfrente. Caminaba con tamaña lasitud que parecía enfermiza. Llevaba un paraguas de color café, que hacía juego con su gabardina. Cerré la tienda y la seguí, sin saber por qué hacía eso.
Las luces exiguas de las farolas filtraban una lluvia apacible. Caminé detrás ella por unas calles concurridas hasta llegar a una plaza. Entró a una cafetería de grandes ventanales y se sentó en una de las sillas de una de las mesas frente a la puerta.
Me resguardé bajo el toldo de una tienda de enfrente, a escasos metros de la cafetería. El camarero apareció y le sirvió un café. Se quitó la gabardina y la extendió sobre la silla de al lado. Abrió su bolso y sacó mis papeles. Se recostó sobre su sillón y comenzó a leer, a la vez que removía su café. Al poco, dejó la lectura y miró hacia la calle, y luego colocó la cucharilla sobre el plato y bebió un nimio sorbo, llevó la taza a su lugar siguió leyendo.
Acabó su café y se quedó mirando la calle, con mis papeles en una de sus manos. Decidí acercarme a ella con la misma sensación que debe sentir un recluta cuando se acerca a su general. Con gestos de satisfacción me miró cuando empecé a cruzar la calle. Pero, sin poderlo evitar, por el gentío y la lluvia, tropecé con el cristal de la cristalera. Entonces miré los papeles y a ella fijamente. Asomó una mueca de alegría a su rostro, y sus bellos y grandes ojos estaban abiertos de par en par, asombrados. Pero, de pronto, sus brillosa mirada cayó dando tumbos, echando ella mano de su pañuelo para que la socorriese.
Sollocé una sonrisa, y el cristal me devolvió una imagen desvalida de un don nadie que pretende ser poeta, pero a ella le gustan mis versos y, a juzgar por el brillo en sus grises luceros, también yo le gusto.
A Chávez López
Sevilla ene 2003