Buenos medios días, amigos. Por fin logré sacar el tiempo necesario para terminar el curso. Y fue, terminarlo, irme de comidita navideña con viejos compañeros y... ómicron me invadió. Ahora convivo encerrada con dos gatos y muuuuchos minibichitos hasta el día 30. Pasados los primeros días de fiebre, recupero las fuerzas para venir y ponerme a la tarea, ahora sí, ahora de verdad. Os quiero. Cuidaos y pasad buenas fiestas. Nos vemos entre letras.
Gades, Animo.. espero que todo vaya mejor después del 30.
No quiero pasar información médica que no esté avalada por una autoridad, pero a mi me ha ido muy bien el ALCOHOOL, invito al virus a unos tragos, y los desgraciados se mueren, serán desagradecidos Felices fiestas. Emilio
Gades, Animo.. espero que todo vaya mejor después del 30.
No quiero pasar información médica que no esté avalada por una autoridad, pero a mi me ha ido muy bien el ALCOHOOL, invito al virus a unos tragos, y los desgraciados se mueren, serán desagradecidos Felices fiestas. Emilio
Los capullos de los míos es que crecieron con los tragos.
Gades, lo siento mucho por el tema de los bichitos. Me alegro mucho por el curso. Hace tiempo, pensé en hacerlo, pero decidí dejarlo como un plan B. ¿Qué tal? ¿Te ha gustado? ¿Has aprendido mucho? ¿Tenías un nivel alto cuando lo empezaste?
Gades, lo siento mucho por el tema de los bichitos. Me alegro mucho por el curso. Hace tiempo, pensé en hacerlo, pero decidí dejarlo como un plan B. ¿Qué tal? ¿Te ha gustado? ¿Has aprendido mucho? ¿Tenías un nivel alto cuando lo empezaste?
Hola, Isabel. No he podido disfrutarlo ni aprovecharlo a tope por estar a medio camino entre casa de mi madre y la mía, de cuidadora a tiempo completo o media vida en carretera, pero sí me ha gustado. El material lo tengo y ahora con más calma podré seguir aprendiendo de ello. Mi intención es hacer próximamente otro de corrector de estilo. ¿Que si tenía un nivel alto? Pues no, la verdad, o yo no lo creo así. Y sigo sin tenerlo. Pero todo es ir practicando y practicando. Yo te animo a hacerlo.
Hola. Espero que hayáis pasado -y sigáis pasando- unas fiestas estupendas y en muy buena compañía, si eso es lo que os hace felices, o en soledad, si eso es lo que os hace felices.😄 A mí me queda una semana de vacaciones, así que estoy contenta.
Gades, de momento, no está en mis planes hacer esos cursos. Yo cometo errores, por supuesto, pero me doy cuenta de que son pocos (mi novela no necesitó mucha corrección) y de que no se me da mal corregir -no profesionalmente, claro- relatos ajenos. Si algún día necesitase trabajar como correctora, me lo pensaría otra vez. Dicho esto, aclaro que creo que son cursos muy buenos para quien quiera dedicarse a escribir y no tenga buena base gramatical y de puntuación, y para quien esté pensando en dedicarse a la corrección profesional sin haber tenido antes contacto con un trabajo así.
Sin duda alguna, Rita Hayworth fue una de las actrices más guapas que han pisado Hollywood. Tuvo la suerte de alcanzar el éxito cuando Hollywood brillaba con todo su esplendor, en aquellos dorados años 50, cuando las actrices se acostaban entre burbujas de champán francés y desayunaban con diamantes. Pero, sin embargo, algo que poca gente sabe es que la protagonista del streaptese más sensual e icónico de la historia del cine murió desterrada en el olvido. A los 50 años empezó a padecer de Alzheimer. Algo que, al no estar diagnosticado por aquel entonces, se confundió con el alcoholismo. Y así, señalada y condenada por una adicción que no tenía, la actriz falleció a los 68 (1987), víctima de esta enfermedad que se le tardó dos décadas en diagnosticar.
Pero hubo una época en que la Hayworth llegó a tener el mundo a sus pies. Fue una de las piezas clave del Star System de Hollywood en una época en la que la fuerza de la pantalla cinematográfica dominaba mentes y corazones de millones de personas en todo el mundo. Esta belleza pelirroja tuvo una vida digna de una de las tantas películas que protagonizó, en la que gastó millones de dólares y se casó cinco veces.
Margarita Carmen Cansino, nombre real de la actriz, era hija de un bailarín español y de una actriz de vodevil. Como suele pasar en este tipo de historias, un ejecutivo de la 20th Century Fox la vio bailar en México cuando ella tenía 16 años y se la llevó a Hollywood para unas pruebas. Así obtuvo su primer papel en una película.
Rita se casó con un petrolero cuarentón (Edward Judson), a quien más tarde dejó para casarse con el director y actor Orson Welles. Su unión con Welles dio como fruto una hija, Rebecca, y un nuevo divorcio en 1948. Un año más tarde la guapa actriz contraería nupcias con el príncipe Ali Khan, del que también se divorció después del nacimiento de su hija, Jazmín Khan. Su último matrimonio fue con el productor James Hill, de quien se divorció en 1961. Ya entonces empezaron los primeros síntomas de su enfermedad. La dolencia que padecía Rita era senilidad precoz: Alzheimer, una enfermedad que hoy en día nos es desgraciadamente conocida, en los 80 era una gran desconocida. Su muerte fue triste y degradante. Se la etiquetó sin piedad de ser una alcohólica. Y como ocurre a menudo, al final la gente olvidó quien había sido. Como en aquella célebre cita suya en la que, con voz desvalida, confesaba que ser una estrella no era tan fabuloso: “Verán, lo que ocurre es que los hombres se acuestan con Gilda y se despiertan conmigo“.
Mi ídolo cinematográfico de siempre, incluso ahora ya fallecida es Margarita Carmen Cansino (Rita Hayworth), de ascendencia española. Su padre nació y vivió algunos años en España, concretamente en una localidad de la provincia de Sevilla (Castilleja de la Cuesta). Emigró a USA y allí se casó con una californiana, y de esa unión salió esta belleza natural que es Rita. Yo tuve el honor y el privilegio de conocerla en persona; ella, una mujer madurita de unos cuarenta y pico, y yo un púber de apenas 21. Su belleza me impresionó, y su simpatía, y su elegancia, y sus miradas coquetas, y, sobre todo, su exquisita amabilidad. Hasta entablamos una interesante conversación (aún recuerdo lo que hablamos, pero no viene a cuento), entendiéndonos entre mi cascajoso ingles y su atrancado español. En esa etapa de su vida estaba divorciada. Si quiero presumir, voy a presumir un poco y digo que yo por entonces, aparte de un chico joven, era lanzado y atractivo y en plena carrera universitaria de agrónomo. Me dio la impresión de que le agradé a mi diva, ¡oh!, pero ella a mí me chiflaba, y todavía la recuerdo con respeto y nostalgia ¡Qué maravilla de mujer! De haber existido entonces los teléfonos móviles, seguro estoy de que nos los hubiésemos facilitados. Ah, bailé con ella dos piezas; yo, más arrugado que un higo, sabiendo que estaba bailando nada menos que con la gran RITA HAYWORH, una gran actriz y una autentica profesional del baile.
Ya llego al final del veintiuno, por
fin. Y llego casi igual que lo empecé, con un libro de Carlos del Amor entre
las manos. En enero eran los lienzos que nos narraba en las páginas de Emocionarte
con los que secaba mis lágrimas y cubría el vacío de su ausencia con algo de
color. Hoy, en cada relato, me recuerda que la vida a veces se esconde
en las cosas pequeñas, esas en las que casi nadie se fija. Es fácil dejarse
llevar por el ritmo pausado de Carlos al recitarnos la vida, porque eso es lo
que él hace, recitar momentos, obligarnos con cada pausa a saborearlos
despacio, encontrando el sentido profundo de las palabras. Quizá por eso lo
elegí, porque hace falta una pausa, un pequeño silencio para recuperar momentos
entre tanto ruido.
Han sido dos años de cambios, de los
grandes que salen en titulares y de los pequeños que se quedan en lo íntimo
escondidos. Dos años en que las palabras a veces han adquirido nuevos
significados o han recuperado el perdido. Dos años largos mirados desde ayer,
pero que ya se van.
Una llamada de la policía anunció que no
iba a ser el 2020 un año normalito. Como si CSI se rodase en mi casa,
ocho inspectores se presentaron para investigar un crimen. No sé si
encontrarían alguna huella, pero dejar dejaron unas pocas. Tranquilos, la víctima
estaba en la casa de al lado y yo me había enterado por las noticias, como
suele pasar. Uno nunca es consciente de los dramas que le rodean, a veces ni
cuando estallan en sus narices.
Después empezamos a oír hablar de coronavirus,
de pandemia; supimos cómo era eso del estado de alarma frente a
un enemigo al que no vemos; descubrimos el confinamiento; nos robaron
los abrazos; nos sacaron a los balcones a aplaudir, y algunos soñábamos con que
de esta saldríamos mejores. Pero despertamos y el coronavirus seguía allí (como
el dinosaurio), pero ahora se apellida ómicron y le hemos perdido el
respeto. Hace ya mucho que no salimos a los balcones a aplaudir y, si nos
apuran, nos falta tiempo para poner a caer de un burro a los sanitarios, como
si tuvieran que seguir siendo héroes dispuestos a salvarnos de nuestra
estupidez en todo momento.
La pandemia cerró bares y tiendas, vació
los parques, los cines, los teatros, llenó nuestras cocinas de imaginación y
convirtió a los padres en cuidadores y maestros de sus hijos. Aprendimos a
estudiar a distancia, trabajar a distancia, despedirnos a distancia; hemos
llorado a distancia, celebramos a distancia y amamos a distancia, a esa distancia
de seguridad que ahora sabemos que no es solo la que nos separa del
vehículo de delante. Pero no aprendimos a ser mejores y la vida siguió
intentando enseñarnos.
En septiembre perdí el trabajo porque no
era mío, solo llevaba unos cuantos años ocupando una plaza que se quedó sin
nombre, hasta que alguien se lo dio, 16 años después. Era el momento del
cambio, de iniciar nuevos caminos, de soñar..., pero la vida tenía otros
planes, siempre los tiene, y se puso un poco cuesta arriba.
En enero del veintiuno la nieve cubrió
España, y nos quejamos como si no nos hubieran avisado de ello por activa y por
pasiva. La mayoría no guardan recuerdo de una nevada tan grande, y esta ya le
puso nombre al acontecimiento para convertirse en referente, porque ya no
esperamos otra nevada, esperamos otra Filomena.
Y cuando la nieve se iba retirando, se
llevó consigo la sonrisa de mi padre, y todo se volvió un poco más negro.
Bueno, al menos hasta que el fuego pintó el horizonte de Ávila de anaranjados
intensos. Y de aquellas pavesas me salvé porque estaba en plena ola de calor en
Toledo. Sí, ese Toledo que luego supo lo que era una DANA calando hasta
los huesos del Greco. De esa también me salvé, porque me había ido a Ávila.
Creíamos que ya iba todo un poco más
tranquilo hasta que la Tierra empezó a sangrar, y nadie imaginaba una señora
tendiendo la ropa si oía hablar de una nueva colada en Cumbre Vieja,
donde todo era fuego y ceniza. Y seguimos sin aprender, contratando viajes
turísticos para acercarse al lugar del que sus habitantes tuvieron que salir
huyendo.
Las imágenes del año parecen
apocalípticas. ¡Qué exagerada se pone la vida a veces!
En otro mundo, un poquito menos
dramático, o quizá no, nos estamos acostumbrando a que la luz viaje en
ascensor, pero solo de subida y sin techo. Si sigue así nos vamos a quedar a
dos velas. La palabra comunista retoma su carácter de insulto en algunos
ámbitos, por una mujer que coge la mano del presidente de la CEOE como una
madre que intenta convencer a su hijo de que no está tan mal eso de compartir
el bocadillo. Descubrimos, gracias a Planeta, que tras el nombre Carmen Mola,
no había una mujer sino tres hombres, y es que por un millón de euros hoy día
casi cualquiera se desnuda. Unas chicas quieren ir a Eurovisión, las Tanxugueiras,
cantando en galego, y a algunos les ha faltado tiempo para criticar. Ni
que el gallego se hablase en China y no aquí. Eso sí, para comer pulpo a
feira...
Y así seguimos, haciendo de pequeñas
cosas grandes guerras, y de las cosas grandes teatro y fiesta.
Parece que todo va más calmado, hasta
que recibes un mensaje que dice «Chicas, he dado positivo» (de esta no
me salvé), y te conviertes en una más de esa media España que se ve obligada a
pasar la Navidad aislada para no contagiar a la otra media, para
proteger a los tuyos, a la familia, a los amigos, a los vecinos, a María, tu
sonrisa... Esas pequeñas cosas que hacen que esto de la vida siga mereciendo la
pena.
¿Que si necesito algo? Sí, que se acabe
el año. Necesito que los días tomen el ritmo de los relatos de Carlos,
pausados, saboreando cada uno de esos momentos que no suelen salir en los
telediarios. Aunque, después de estos dos años, creo que ya nada me parecerá
demasiado grande, que en realidad todo será pequeño e insignificante, todo
menos TÚ.
Antonio, qué envidia que hayas conocido a Rita. Entró demasiado joven e inocente en ese mundo tan brillante que ciega. Siempre escuché que se había retirado voluntariamente. En fin, ni la fama ni el dinero nos libra de ciertos desagradables finales.
Gades, iba a dejar tu relato para después, para leerlo con calma. Leí la primera frase, luego la segunda, la tercera... hasta el final. Qué bien escrito y descrito. Siento mucho lo de tu padre. Las pasadas navidades, y éstas también, me he acordado de las miles de familias con sillas vacías.
Me ha encantado la frase "Y así seguimos, haciendo de pequeñas cosas grandes guerras, y de las cosas grandes teatro y fiesta".
En mi familia cercana (la que está conmigo en Inglaterra), tengo a 3 trabajando en sanidad. Mi marido ha trabajado como (ayudante de) paramédico en el servicio de ambulancias durante los últimos años. Lo ha dejado hace dos meses, por fin, y ahora trabaja en el hospital. Las condiciones a las que habían llegado eran esclavistas y muchos -muchísimos- compañeros han tomado la misma decisión (que me llevaría otro párrafo explicar, por las diferencias de contratos aquí). Te puedo asegurar que de los aplausos se olvidó la gente muy pronto, y que de gritar y entorpecer las urgencias no se ha olvidado nadie. Mi hija y su marido también trabajan en hospital. Soy la única en la rama de educación.
Antonio, qué envidia que hayas conocido a Rita. Entró demasiado joven e inocente en ese mundo tan brillante que ciega. Siempre escuché que se había retirado voluntariamente. En fin, ni la fama ni el dinero nos libra de ciertos desagradables finales.
Pues sí, un servidor conoció en persona a Rita Hayworh, y este servidor quedó fascinado. Y aunque hace mucho tiempo de eso y ella ya falleció, todavía la recuerdo con cariño. Era una mujer impresionante, en todos los sentidos. Entiendo que los medios tengan aún en mente a Marilyn Monroe, y lo entiendo porque era un icono USA, pero, ¿qué pasa con Rita? ¿Acaso no era mejor actriz y más guapa que la Monroe?
@antonio chavez, sigues fuera del terruño? Feliz Navidad Y próspero Año Nuevo.
Sigo por estos pagos yanquis. Pasado Reyes me plantearé si me quedo unos meses más o me largo. Algo que en un principio pensaba que complacía a todos los míos, se ha convertido en un problema para mí; mi gente de aquí dice que me quede, y mi gente de allá dice que ya estoy tardando en regresar. Si le veo la parte buena a esta insospechada situación, es que todos me tienen en cuenta y desean que esté con ellos. A lo mejor me da por partirme en dos
También yo te deseo una buena salida y entrada de año.
Buenas noches, Nueva York. Y saludos al resto de países, pero como Antonio está en territorio yanki, el primer saludo va para él.
Gracias, Isabel. Si yo pudiera coger Nueva York entera y desplazarla a Sevilla, sobraría la mitad de Sevilla, sin que se me note demasiado que soy sevillano
Un día, quizá no lejano, dispondremos de una vacuna definitiva contra el coronavirus. Pero jamás hallaremos una contra la gilipollez. En su virulencia, el Covid es temporal. En su extensión, la gilipollez es eterna. Desde su notoriedad internacional, Novak Djokovic personifica esa gilipollez más que nadie. El número uno del tenis mundial es también el número uno de la idiotez, la majadería, la frivolidad y la inoportunidad, después de serlo de la indiferencia.
Ya nos pareció censurable, ya nos produjo malestar propio y vergüenza ajena que, en medio de esta tragedia planetaria que nunca ha dado motivos reales para el optimismo, ese memo que se hace llamar Nole se comportase públicamente como si estuviéramos viviendo una fiesta y no una pesadilla. Él y sus amiguitos, esa colección de niñatos ricos y adulados, hacían gala de un patente desprecio hacia las víctimas que hería la sensibilidad de toda persona afectada y de quienes, incluso sin afectar, guardaban hacia ellas un respeto obligado.
Por otro lado, seguramente, estaban infringiendo unas cuantas leyes e ignorando unas cuantas recomendaciones anti-pandemia. No era cuestión de ir por ahí derramando lágrimas, aunque fueran de cocodrilo. Pero entre el luto y el cachondeo, entre los crespones y los farolillos existe un gran trecho llamado decoro.
Con la trivialidad de los famosos se creían distintos por mejores, o mejores por distintos. Se pensaban inmunes, invulnerables, a salvo de los peligros y los pesares ajenos. Los amenazados, como el infierno, son los otros. Tal vez los viejos. Tal vez los pobres. Tal vez los medrosos. Tal vez los anónimos. Pero acaban de recibir una lección que también, de paso, incide en todos aquellos que, en su frivolidad o su ignorancia, se toman a la ligera una situación sanitaria de una gravedad todavía desconocida y, desde luego, muy lejos de estar dominada.
Aunque, pese a todo, lamentemos que la irresponsabilidad de Djokovic y su alegre muchachada haya desembocado en contagios, no hay mal que por bien no venga. La fama de esos deportistas puede contribuir a concienciar a quienes los admiran o, al menos, los conocen. Asimismo, supone una advertencia hacia quienes, con infectados y muertos goteando o, según en qué sitios, chorreando, no se pliegan a las circunstancias. Todos aquellos que, de buena fe o por intereses, se empeñan en, aunque sea con precauciones, precipitar el regreso de competiciones y espectadores.
Y el padre del fulano Novak Djokovic, aplaude la decisión de su hijo y considera que está por encima del bien y del mal.
Comentarios
Buenas tardes
Y fue, terminarlo, irme de comidita navideña con viejos compañeros y... ómicron me invadió. Ahora convivo encerrada con dos gatos y muuuuchos minibichitos hasta el día 30. Pasados los primeros días de fiebre, recupero las fuerzas para venir y ponerme a la tarea, ahora sí, ahora de verdad.
Os quiero. Cuidaos y pasad buenas fiestas. Nos vemos entre letras.
No quiero pasar información médica que no esté avalada por una autoridad, pero a mi me ha ido muy bien el ALCOHOOL, invito al virus a unos tragos, y los desgraciados se mueren, serán desagradecidos
Felices fiestas.
Emilio
Gades
Enhorabuena por ese título y recupérate. Felices Fiestas Navideñas
No he podido disfrutarlo ni aprovecharlo a tope por estar a medio camino entre casa de mi madre y la mía, de cuidadora a tiempo completo o media vida en carretera, pero sí me ha gustado.
El material lo tengo y ahora con más calma podré seguir aprendiendo de ello. Mi intención es hacer próximamente otro de corrector de estilo.
¿Que si tenía un nivel alto? Pues no, la verdad, o yo no lo creo así. Y sigo sin tenerlo. Pero todo es ir practicando y practicando. Yo te animo a hacerlo.
Buena Tardebuena a todos
Horror en grado superlativo
Buenas tardes España
Feliz Navidad
Gades, de momento, no está en mis planes hacer esos cursos. Yo cometo errores, por supuesto, pero me doy cuenta de que son pocos (mi novela no necesitó mucha corrección) y de que no se me da mal corregir -no profesionalmente, claro- relatos ajenos. Si algún día necesitase trabajar como correctora, me lo pensaría otra vez. Dicho esto, aclaro que creo que son cursos muy buenos para quien quiera dedicarse a escribir y no tenga buena base gramatical y de puntuación, y para quien esté pensando en dedicarse a la corrección profesional sin haber tenido antes contacto con un trabajo así.
Cosas de la vida
Adiós 20 y 21, adiós.
Ya llego al final del veintiuno, por fin. Y llego casi igual que lo empecé, con un libro de Carlos del Amor entre las manos. En enero eran los lienzos que nos narraba en las páginas de Emocionarte con los que secaba mis lágrimas y cubría el vacío de su ausencia con algo de color. Hoy, en cada relato, me recuerda que la vida a veces se esconde en las cosas pequeñas, esas en las que casi nadie se fija. Es fácil dejarse llevar por el ritmo pausado de Carlos al recitarnos la vida, porque eso es lo que él hace, recitar momentos, obligarnos con cada pausa a saborearlos despacio, encontrando el sentido profundo de las palabras. Quizá por eso lo elegí, porque hace falta una pausa, un pequeño silencio para recuperar momentos entre tanto ruido.
Han sido dos años de cambios, de los grandes que salen en titulares y de los pequeños que se quedan en lo íntimo escondidos. Dos años en que las palabras a veces han adquirido nuevos significados o han recuperado el perdido. Dos años largos mirados desde ayer, pero que ya se van.
Una llamada de la policía anunció que no iba a ser el 2020 un año normalito. Como si CSI se rodase en mi casa, ocho inspectores se presentaron para investigar un crimen. No sé si encontrarían alguna huella, pero dejar dejaron unas pocas. Tranquilos, la víctima estaba en la casa de al lado y yo me había enterado por las noticias, como suele pasar. Uno nunca es consciente de los dramas que le rodean, a veces ni cuando estallan en sus narices.
Después empezamos a oír hablar de coronavirus, de pandemia; supimos cómo era eso del estado de alarma frente a un enemigo al que no vemos; descubrimos el confinamiento; nos robaron los abrazos; nos sacaron a los balcones a aplaudir, y algunos soñábamos con que de esta saldríamos mejores. Pero despertamos y el coronavirus seguía allí (como el dinosaurio), pero ahora se apellida ómicron y le hemos perdido el respeto. Hace ya mucho que no salimos a los balcones a aplaudir y, si nos apuran, nos falta tiempo para poner a caer de un burro a los sanitarios, como si tuvieran que seguir siendo héroes dispuestos a salvarnos de nuestra estupidez en todo momento.
La pandemia cerró bares y tiendas, vació los parques, los cines, los teatros, llenó nuestras cocinas de imaginación y convirtió a los padres en cuidadores y maestros de sus hijos. Aprendimos a estudiar a distancia, trabajar a distancia, despedirnos a distancia; hemos llorado a distancia, celebramos a distancia y amamos a distancia, a esa distancia de seguridad que ahora sabemos que no es solo la que nos separa del vehículo de delante. Pero no aprendimos a ser mejores y la vida siguió intentando enseñarnos.
En septiembre perdí el trabajo porque no era mío, solo llevaba unos cuantos años ocupando una plaza que se quedó sin nombre, hasta que alguien se lo dio, 16 años después. Era el momento del cambio, de iniciar nuevos caminos, de soñar..., pero la vida tenía otros planes, siempre los tiene, y se puso un poco cuesta arriba.
En enero del veintiuno la nieve cubrió España, y nos quejamos como si no nos hubieran avisado de ello por activa y por pasiva. La mayoría no guardan recuerdo de una nevada tan grande, y esta ya le puso nombre al acontecimiento para convertirse en referente, porque ya no esperamos otra nevada, esperamos otra Filomena.
Y cuando la nieve se iba retirando, se llevó consigo la sonrisa de mi padre, y todo se volvió un poco más negro. Bueno, al menos hasta que el fuego pintó el horizonte de Ávila de anaranjados intensos. Y de aquellas pavesas me salvé porque estaba en plena ola de calor en Toledo. Sí, ese Toledo que luego supo lo que era una DANA calando hasta los huesos del Greco. De esa también me salvé, porque me había ido a Ávila.
Creíamos que ya iba todo un poco más tranquilo hasta que la Tierra empezó a sangrar, y nadie imaginaba una señora tendiendo la ropa si oía hablar de una nueva colada en Cumbre Vieja, donde todo era fuego y ceniza. Y seguimos sin aprender, contratando viajes turísticos para acercarse al lugar del que sus habitantes tuvieron que salir huyendo.
Las imágenes del año parecen apocalípticas. ¡Qué exagerada se pone la vida a veces!
En otro mundo, un poquito menos dramático, o quizá no, nos estamos acostumbrando a que la luz viaje en ascensor, pero solo de subida y sin techo. Si sigue así nos vamos a quedar a dos velas. La palabra comunista retoma su carácter de insulto en algunos ámbitos, por una mujer que coge la mano del presidente de la CEOE como una madre que intenta convencer a su hijo de que no está tan mal eso de compartir el bocadillo. Descubrimos, gracias a Planeta, que tras el nombre Carmen Mola, no había una mujer sino tres hombres, y es que por un millón de euros hoy día casi cualquiera se desnuda. Unas chicas quieren ir a Eurovisión, las Tanxugueiras, cantando en galego, y a algunos les ha faltado tiempo para criticar. Ni que el gallego se hablase en China y no aquí. Eso sí, para comer pulpo a feira...
Y así seguimos, haciendo de pequeñas cosas grandes guerras, y de las cosas grandes teatro y fiesta.
Parece que todo va más calmado, hasta que recibes un mensaje que dice «Chicas, he dado positivo» (de esta no me salvé), y te conviertes en una más de esa media España que se ve obligada a pasar la Navidad aislada para no contagiar a la otra media, para proteger a los tuyos, a la familia, a los amigos, a los vecinos, a María, tu sonrisa... Esas pequeñas cosas que hacen que esto de la vida siga mereciendo la pena.
¿Que si necesito algo? Sí, que se acabe el año. Necesito que los días tomen el ritmo de los relatos de Carlos, pausados, saboreando cada uno de esos momentos que no suelen salir en los telediarios. Aunque, después de estos dos años, creo que ya nada me parecerá demasiado grande, que en realidad todo será pequeño e insignificante, todo menos TÚ.
Me ha encantado la frase "Y así seguimos, haciendo de pequeñas cosas grandes guerras, y de las cosas grandes teatro y fiesta".
En mi familia cercana (la que está conmigo en Inglaterra), tengo a 3 trabajando en sanidad. Mi marido ha trabajado como (ayudante de) paramédico en el servicio de ambulancias durante los últimos años. Lo ha dejado hace dos meses, por fin, y ahora trabaja en el hospital. Las condiciones a las que habían llegado eran esclavistas y muchos -muchísimos- compañeros han tomado la misma decisión (que me llevaría otro párrafo explicar, por las diferencias de contratos aquí). Te puedo asegurar que de los aplausos se olvidó la gente muy pronto, y que de gritar y entorpecer las urgencias no se ha olvidado nadie. Mi hija y su marido también trabajan en hospital. Soy la única en la rama de educación.
Que recopilatorio tan exhaustivo , que bien redactado. Enhorabuena, Ana.
Pues sí, un servidor conoció en persona a Rita Hayworh, y este servidor quedó fascinado. Y aunque hace mucho tiempo de eso y ella ya falleció, todavía la recuerdo con cariño. Era una mujer impresionante, en todos los sentidos. Entiendo que los medios tengan aún en mente a Marilyn Monroe, y lo entiendo porque era un icono USA, pero, ¿qué pasa con Rita? ¿Acaso no era mejor actriz y más guapa que la Monroe?
A ver si en el que entra ponemos punto y final a este desastre interminable que arrastramos desde hace ya dos años.
Sarasvati
@antonio chavez, sigues fuera del terruño? Feliz Navidad
Sigo por estos pagos yanquis. Pasado Reyes me plantearé si me quedo unos meses más o me largo. Algo que en un principio pensaba que complacía a todos los míos, se ha convertido en un problema para mí; mi gente de aquí dice que me quede, y mi gente de allá dice que ya estoy tardando en regresar. Si le veo la parte buena a esta insospechada situación, es que todos me tienen en cuenta y desean que esté con ellos. A lo mejor me da por partirme en dos
También yo te deseo una buena salida y entrada de año.
Buenas tardes a todos. ¿Todos?
Buenas noches, España
Gracias, Isabel. Si yo pudiera coger Nueva York entera y desplazarla a Sevilla, sobraría la mitad de Sevilla, sin que se me note demasiado que soy sevillano
¡Felices Reyes!
Buenas tardes
Buenos días
Djokovic, número uno mundial de la gilipollez
Un día, quizá no lejano, dispondremos de una vacuna definitiva contra el coronavirus. Pero jamás hallaremos una contra la gilipollez. En su virulencia, el Covid es temporal. En su extensión, la gilipollez es eterna. Desde su notoriedad internacional, Novak Djokovic personifica esa gilipollez más que nadie. El número uno del tenis mundial es también el número uno de la idiotez, la majadería, la frivolidad y la inoportunidad, después de serlo de la indiferencia.
Ya nos pareció censurable, ya nos produjo malestar propio y vergüenza ajena que, en medio de esta tragedia planetaria que nunca ha dado motivos reales para el optimismo, ese memo que se hace llamar Nole se comportase públicamente como si estuviéramos viviendo una fiesta y no una pesadilla. Él y sus amiguitos, esa colección de niñatos ricos y adulados, hacían gala de un patente desprecio hacia las víctimas que hería la sensibilidad de toda persona afectada y de quienes, incluso sin afectar, guardaban hacia ellas un respeto obligado.
Por otro lado, seguramente, estaban infringiendo unas cuantas leyes e ignorando unas cuantas recomendaciones anti-pandemia. No era cuestión de ir por ahí derramando lágrimas, aunque fueran de cocodrilo. Pero entre el luto y el cachondeo, entre los crespones y los farolillos existe un gran trecho llamado decoro.
Con la trivialidad de los famosos se creían distintos por mejores, o mejores por distintos. Se pensaban inmunes, invulnerables, a salvo de los peligros y los pesares ajenos. Los amenazados, como el infierno, son los otros. Tal vez los viejos. Tal vez los pobres. Tal vez los medrosos. Tal vez los anónimos. Pero acaban de recibir una lección que también, de paso, incide en todos aquellos que, en su frivolidad o su ignorancia, se toman a la ligera una situación sanitaria de una gravedad todavía desconocida y, desde luego, muy lejos de estar dominada.
Aunque, pese a todo, lamentemos que la irresponsabilidad de Djokovic y su alegre muchachada haya desembocado en contagios, no hay mal que por bien no venga. La fama de esos deportistas puede contribuir a concienciar a quienes los admiran o, al menos, los conocen. Asimismo, supone una advertencia hacia quienes, con infectados y muertos goteando o, según en qué sitios, chorreando, no se pliegan a las circunstancias. Todos aquellos que, de buena fe o por intereses, se empeñan en, aunque sea con precauciones, precipitar el regreso de competiciones y espectadores.
Y el padre del fulano Novak Djokovic, aplaude la decisión de su hijo y considera que está por encima del bien y del mal.